EL FANTASMA DEL
FANTASIO Y OTROS INFUNDIOS
MAGIA DE LOS ESPEJOS.
Susto de poetas...
Augusto Monterroso
Hasta entonces
Candela no lo entendió. Se hubiera
echado a reír, incluso, de haber sabido aquello de
la tele allí, los vecinos testimoniando, los parasicólogos
con su ferretería de cazafantasmas y las psicofonías.
Las psicofonías, contó a Canal Sur Felipe el
del bar La Vega, como prueba concluyente de que nos ha hablado,
en off y otra vez, la Santísima Virgen ,
en curiosa advertencia de que ese cine había abierto
sin que ningún cura, y no será por falta de
vocaciones en esta Sevilla, grande y mariana, asistiera con
hisopo e incienso a la inauguración. Cinematógrafos y
Cinemateca Fantasio. Ese era el nombre, supo después
Candela, del cine-filmoteca que estuvo allí donde
ahora ella tiene su casa encantada.
Eso debieran saberlo los constructores, los arqueólogos,
las inmobiliarias; los especuladores, los hipotecados y los
inquilinos; los servicios de emergencias, los comerciantes
a la caza de local, los niños que duermen poco: los
pisos alzados sobre antiguos cines están endemoniados.
Advertirse en los periódicos, SE ALQUILA PISO BAJO,
SIN AMUEBLAR, AIRE ACONDICIONADO, COCINA INDEPENDIENTE, RECIENTE
CONSTRUCCIÓN SOBRE CINE DE VERANO. ABSTÉNGANSE
EMBARAZADAS, EPILÉPTICOS Y PERSONAS CON ENFERMEDADES
CORONARIAS. Los pisos construidos sobre viejos cines
se venden tarde y mal, peor incluso que los caserones enclavados
en cementerios antiguos. Cuando la excavadora entra donde
antes hubo un camposanto exhuma sólo jirones de tela,
cadáveres bellísimamente enmohecidos, el lustroso
zapato de todo difunto, algún casco y tesorillo si
es necrópolis romana; efigies culonas, si allí camparon íberos;
campos de urnas, en ciertos pueblos indoeuropeos; fotos de
nicho, ánforas, fémures… pamplinas funerarias.
En cambio, dicen, cuando
se estremecen los cimientos de un cine se menean las peores
pasiones, que son las pasiones contenidas; se revuelven,
no sólo las emociones inmortalizadas
en 35 mm., fijadas con mejunjes de revelar y apiladas luego
en latas; también los estremecimientos de platea,
paraíso y gallinero. Y es que el antiguo Fantasio
fue antes el antiquísimo y redundante Teatro Anfiteatro,
y de él heredó la estructura, desprovista,
eso sí, de su inicial sentido jerárquico -pues,
con semejante nombre, en los tickets de Cinematógrafos
y Cinemateca Fantasio ni título de película
ni número de butaca cabían-. Así, por
siempre, los ambigúes fueron ocupados por los cuatro
gualtrapas vespertinos que primero llegaban. En esto Ana
siempre estuvo en contra, y hasta el mismísimo
de oírte decir ‘qué avance social, eso de que
cada uno se sentara donde quisiera', ay Candelilla, cómo
se nota que tú viniste al barrio catorce años
después de que cerraran el Fantasio… Y es que
a Ana, una vez, de chica, la llevó el Quini a ver Rocky
IV, y desde el segundo paraíso le escupieron
en la frente un garboso gargajo. En otra ocasión,
al Quini le calentaron las orejas por una butaca en fila
diez y por llamar “palo”, “no me vayas a dar con el palo” a
lo que, a todas luces, era espada de Star Wars, de
madera, sí, pero de Star Wars. Del cincuenta
y dos a finales del ochenta y nueve: incontables las pasiones
reveladas, rebeladas.
CUATRO DORMITORIOS, DOS CUARTOS DE BAÑO. Porque Candela
no lo sabía, SUELO GRESITE, porque no era del barrio,
COCINA AMUEBLADA, se metió a comprar el piso. OPCIÓN
A GARAJE. Nadie dijo nada. Allí es costumbre no advertir,
FACILIDADES DE PAGO, sino recibir luego con grandes risas
y palmoteando, la entrada de un nuevo miembro al purgatorio.
TERRAZA DE DIEZ METROS, UN LARGÍSIMO PASILLO. Por
inhóspitos, hasta entonces Candela había odiado
los corredores casi tanto como los bares sin aseo. Alegaba
que en un pasillo todo pasa y nunca pasa nada. En el suyo
colocó dos bombillas de indescriptible color naranja,
una de las cuales nunca llegó del todo a encender.
Y así siguió, por años, puteando pasillos.
Una noche de sábado, la de más frío,
el del bar La Vega ya le dijo. Para que Candela entendiera
por qué en el bajo habían cerrado tres negocios
en un año, por qué Isabelita corría
los muebles de noche, por qué todos los del vecindario,
ella misma tan atea, se persignaban al salir a la calle con
más fruición de la que, de por sí, emplea
cualquier sevillano al hacerse las cruces, por qué Javito
se volvió daltónico el día que volviendo
del mercado se le rompió el canasto, y rodaron cuesta
abajo amarillos limón, limas naranjas, verdes caquis.
Los niños normales no suspiran tanto, -instruía
El Vega- eso es por alergia a algo tóxico; levantar
una reunión de comunidad sin que el del primero be
jure pleitos al del bajo efe no debe ser tan complicado.
La respuesta a que esa vecindad fuera un cuadro del Bosco
estaba en los Cinematógrafos y Cinemateca Fantasio.
El año en que se
mató el psiquiatra que pasaba consulta en el dos be,
supo Candela ese sábado, aquella casa de vecinos llegó a
alcanzar en Sevilla la cumbre de la fama. Para evitar papeleos
y que no se atribuyera la muerte del doctor Anglada al mal
fario del emplazamiento de la consulta, su hijo, también
psiquiatra, no tuvo idea más fina que la de montar
al muerto en moto y llevárselo, literalmente, al otro
barrio, para dejarlo allí sentado un poyete, con rictus
indolente y un periódico bajo el brazo. Eso fue al
menos lo que el recién huérfano declaró luego
a la Guardia Civil, pues les dieron el alto y les multaron
llegando al parque, por no llevar el finado el casco reglamentario.
Lo insólito de aquella
acción y, más
aún, del hecho de que con sinceridad declarara sus
intenciones, llevó a la policía a buscar la
relación del Caso Anglada con los Cinematógrafos
y Cinemateca Fantasio: era evidente que padre e hijo actuaron
bajo el influjo de la historia de Night on Earth en
la que Roberto Benigni, en el papel de taxista por Roma,
abandona en un banco al sacerdote muerto. Los vecinos comenzaron
a atar cabos y a prestar declaración, punto este en
el que la policía encontró serias dificultades,
pues ya en el patio habían comenzado a ver normal
que la abuela de Estrella pasara las tardes enteras sin bragas,
remedando a Marilyn en la escena de la falda.
Después llegaron los parasicólogos, un experto
en toxicología, el técnico de la Consejería
de Medioambiente. La noche en que se emitió en Canal
Sur, en horario de máxima audiencia, el programa sobre
el caso, aquel patio volvió a bullir como en los mejores
agostos del Fantasio, cuando trasladaban la pantalla desde
el escenario del teatro al solar de abajo, y por el mismo
precio y más albero daban sesión doble en el
Fantasio de Verano. Por primera vez la junta de
propietarios estuvo unánime y hasta ecuánime,
y consta en acta que ese mes se subió la cuota (la
voluntad) para poder comprar dos barriles de cerveza y alquilar
una pantalla gigante donde ver en condiciones el programa.
El programa y Matrix, aprovecharon. Por fin se enteraron
todos, aquello tenía explicación científica.
Las sustancias químicas de las películas, descompuestas
por el calor y la humedad del río, despiden gases
tóxicos de efectos alucinógenos y fuegos fatuos
donde pueden verse y escucharse secuencias completas.
Que mirara en su vida, le dijo a Candela esa noche El Vega. Ahora
que era propietaria del piso y de la verdad podría
explicarse maravillas tales como el precio irrisorio del
inmueble; que nadie en el barrio quisiera la virguería
de armario que, expoliado de alguna sacristía, primero
amontonó películas del Fantasio y ahora ropitas
de Candela; o que la noche de junio menos pensada, la lagartija
cinéfila de la pantalla de verano, ascendida
después de tantos años a la categoría
de caimán, se le suba nostálgica a la pantalla
del ordenador. Que mirara en su vida, le insistió a
Candela esa noche El Vega. Por supuesto, decidió no
hacerlo. Candela temía probar a ver cómo era
su historia desde que llegó al piso y acabar atribuyendo
a los cines Fantasio hasta el hecho de que se le pudran los
tomates en la nevera. No le faltaba a ella más que
echar cuentas a los tabernarios de aquel barrio de capote
y capirote. Como si no tuviera ya bastante, con lo suyo del
trabajo, con los plazos de la moto, con ese hedor líquido
a estudio fotográfico que rezuma por las grietas el
espejo del armario y que más de un vahído le
había procurado, con que todas las noches busque y
no encuentre el abanico. ¿Por qué le tuvo que
decir nada El Vega, que ahora Candela ensueña
y se obsesiona?
La gota que colmó el vaso de sus inquietudes fue
el reportaje de investigación publicado en el periódico
del barrio, titulado La casa sobre Cinematógrafos
y Cinemateca Fantasio. Aterrada, como si las verdades
escritas fueran más verdad que las verdades dichas
de El Vega, revoleó el periódico contra
la pared. Y de un volunto raro, Candela encendida de miedo
se tiró de rodillas al suelo, las manos una con otra
presas, para encomendarse al espíritu del Fantasio.
En caso alguno, ni los estudiosos de la Universidad de Sevilla,
ni la Santa Madre Iglesia, ni la policía, ni los vecinos,
ni siquiera los taberneros de Triana, habían barajado la
posibilidad ni hallado pruebas de la existencia de una suerte
de Fantasma del Fantasio, aterrador, un personaje encasquillado
en la moviola y atrapado allí de por siempre, adolorido,
delirante. Hasta el momento, sólo dos hipótesis; una, la
de la borrachera del vecindario a causa de la alquimia corrompida
de las películas, amalgamada con el óxido de las latas y
el orín de los perros, y dos, por supuesto, la de la aparición
de la Santísima Virgen, habían tomado consistencia. Pero
Candela ese viernes noche se encomienda, eso no pide pan,
al Duende, que así lo llamó y así se quedó desde entonces
en sus plegarias y letanías. Le rezó, le imploró, le lloró,
quemó romero y lío otras hierbas, le cantó, puso a enfriar
dos botellas de orujo, una para ella, otra para el Duende.
Esa noche bebió hasta
perder el miedo y la vergüenza,
hasta alzar el dedo, inquisidor, tambaleante, para cagarse
en los mengues y los muertos todos del cine Fantasio, que pordiós que
no le pasara nada. Y en un renuncio se escuchó decir
a sí misma que por la paz de mi alma yo vendo
si hace falta mi cuerpo al Duende.
Tuvo que ser que de veras que un ánima en pena, descartada
desde las primeras especulaciones, se ilusionara al ver que
al fin alguien le invocaba temblorosa y se le ofrecía
en cuerpo, porque después de aquel fin de semana que
Candela pasó entre cogorza y la congoja, al pronto
los días tomaron ese aire Technicolor típico
de los días de tormenta. Maldita la hora en que El
Vega le cuenta cuentos de susto y cine, a ella,
que ni escuchar el supercalisfrasgilístico puede,
que luego se le mete en la cabeza y acaba loca de estribillo.
En sus veleidades, desde ese viernes Candela atribuyó al
pacto con el fantasma del Fantasio hasta los pasajes
de su vida más irrelevantes: que le regalaran la banda
sonora de O'Brother, perdida en ni se acuerda qué naufragio
de amores; que el vecino verderón de la silla de ruedas
se comprara prismáticos para observarla a lo James
Stewart en La Ventana Indiscreta; que al pasar
por el puente Triana eche de menos que un Daniel Auteuil
cualquiera venga a convencerla de que no se arroje al agua
y se la lleve al mundo, contratada de blanco fácil
en su espectáculo de lanzador de cuchillos; que cuando
limpia la luna del armario alcance, entre el cloruro de plata
que incrustado detrás del espejo aún queda,
el amoniaco del trapo y la banda sonora de Apocalypse
Now, planos subjetivos dignos de Trainspotting. Nada
concluyente, a juicio de cualquiera. Los infundios de Candela
eran sólo un síntoma más del mal de
celuloide que en los meses de calor atacaba en aquella corrala
de perros siempre ululantes.
Algunas señales,
en cambio, le parecieron definitivas incluso a Ana, que en
su escepticismo había rebajado
aquella leyenda urbana a la altura de chuminada campestre.
Lo de la plaza de Siracusa, por ejemplo. Aprovechó Candela
el día de descanso de aquel congreso en Sicilia para
llegarse a la isla de Ortigia, y allí tuvo el honor
de que unas carteristas la arrastraran por el bolso de punta
a punta de la plaza, detrás perros, chiquillos y los
carabignieri, y ella, desollada y amoratada de risa, gritando
mientras mamma mia, ¡qué travelling!, ay
Dios, ¡Dios!, ¡Malena!, ¡soy Malena!. Ante
las arritmias que la despertaban de madrugada, el médico
le recomendó que dejara de meterse en líos
y que hiciera ejercicios de respiración -alejada,
eso sí, de los vapores de la luna del armario-, y
que para dormir sustituyera la cerveza por unos ansiolíticos,
bajo cuyo influjo soñó entera la tercera de
la trilogía de Jean-Marc Barr, aún pendiente
de rodaje. El rumano que toca el acordeón por los
bares del barrio fue la siguiente demostración de
la existencia y la santidad del duende. Al rumano le dio
por tocar todas las piezas compuestas por Bregovic para los
filmes de Kusturica. Y a Candela, de ver pelis de Kusturica,
por pocas no le seca el seso, como le pasó al Quijano
de leer el Amadís y el Orlando Furioso. La vida es
silbar. Esa película fue definitiva. Esa
cinta cubana que ya no pasaban en España, y que por
arte de magia y pocos dólares le llegó a casa,
junto con otros liotes de interés procedentes de la
isla.
Y así, con el tiempo, el fantasma del Fantasio llegó a
ser tan de la casa de Candela como la gotera, los ronquidos
del vecino, el olor a fotogramas podridos de su ropa, el
pasillo bizco de una bombilla. Hasta le hizo un altarico,
alegórico, y más ofrendas de orujo, y madalenas
en los meses de frío. Y si al principio se desveló con
la idea de que el muerto, la aberración, el demonio
o lo que aquello fuera viniera a cobrarse su parte de pacto
en carne, su pánico terminó siendo que jamás
se le apareciera para consumar el pago, aunque fuera en pesadilla,
aunque luego le olieran las piernas a azufre, o a líquidos
de revelado.
En prueba de su amor y aburrimiento eterno, el Duende abasteció a
Candela de amantes menudos de pelo algo largo, ojos llorosos
y fina estampa, como a ella le gustaban, al estilo del Sbaraglia
en Carmen, o a lo Joseph Fiennes en Shakespeare
in Love, que luego huían espantados al segundo
relampagueo de bombilla, y le procuró a su chiquitina
experiencias fílmicas a priori no disponibles en el
catálogo de la filmoteca. A este paso,
se sonreía ella mientras lavaba los cacharros, pronto
me veo bailando con un dibujito animado. En muestra
de gratitud, cada tarde Candela hacía sonar entero
el Cinema de Rodrigo Leâo, a pesar de los
riesgos que conllevan que la melodía le resonara de
por vida en la cabeza.
Lo de la UGT. Radicalmente,
lo de la UGT. El milagro del Cineclub de la UGT fue decisivo
para amar al alma del Fantasio más allá de
la ley de la gravedad. Sólo
pudo ser él y sus gestiones de ultratumba quien le
puso en las manos un folleto del ciclo del Cineclub de la
UGT, dedicado a Fritz Lang, y debate luego, y sólo
Dios sabe por qué demonios, con la que estaba cayendo,
fue esa tarde, si ha visto mil veces Metrópolis, ni
por qué se quedó luego a la proyección
de cintas viejas de la II República. Pau.
Casi se muere al escuchar el título catalán, Pau,
de la cinta, Pau: la película pacifista
en la que su abuelo José María actuó en
1936, antes de aquello del campo de concentración
de Torremolinos, de la evasión frustrada con el brigadista,
el paseíllo hasta la playa y todo lo demás
es agua; antes de que la abuela, arrasada, loca y viuda,
arrojara en furia el carné del Partido y el del Comité de
Actores de la UGT a la candela. Candela…
…Candela desde ese entonces lo invocó más,
lo amenazó más, lo bebió más. Maldita
bendición estás hecho, bendito diablo,
duendecito mío, bendito cabrón, le lloró,
embarrancada, entre la gloria y la pena. Hasta que al fin
una noche, en el Cine de las Sábanas Blancas, como
le decía de pequeña a la cama, el duende le
habló en sueños, sin más pompa ni retóricas
de profecía que la de contarle que no es tan fácil,
la transfixión, ni el revelado, ni otros trucos de
apariciones rudimentarias, aunque todo está ya, listo,
o casi...
La loca de Candela y el Fantasma del Fantasio han quedado.
Arden de ganas de ajustarse las cuentas. Para sentir una
emoción de steadicam. Para fundirse, aunque
sea a negro. Irán disfrazados, a ambos les divierte,
ella ya tiene preparado el sombrero pirata a lo Burt Lancaster. Él
se nota nervioso. Porque quedan pocas horas para el encuentro
y aún no ha conseguido hacerse carne. Encarnarse.
Pero sí promete al menos hacerse imagen. Imaginarse.
Todo está preparado. La cita es esta noche. Frente
a la luna del armario, entre las grietas del cristal, por
los reflejos del espejo.
© Carmen Camacho |