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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

EL FANTASMA DEL FANTASIO Y OTROS INFUNDIOS

 

MAGIA DE LOS ESPEJOS. Susto de poetas...

Augusto Monterroso

 

Hasta entonces Candela no lo entendió. Se hubiera echado a reír, incluso, de haber sabido aquello de la tele allí, los vecinos testimoniando, los parasicólogos con su ferretería de cazafantasmas y las psicofonías. Las psicofonías, contó a Canal Sur Felipe el del bar La Vega, como prueba concluyente de que nos ha hablado, en off y otra vez, la Santísima Virgen , en curiosa advertencia de que ese cine había abierto sin que ningún cura, y no será por falta de vocaciones en esta Sevilla, grande y mariana, asistiera con hisopo e incienso a la inauguración. Cinematógrafos y Cinemateca Fantasio. Ese era el nombre, supo después Candela, del cine-filmoteca que estuvo allí donde ahora ella tiene su casa encantada.

Eso debieran saberlo los constructores, los arqueólogos, las inmobiliarias; los especuladores, los hipotecados y los inquilinos; los servicios de emergencias, los comerciantes a la caza de local, los niños que duermen poco: los pisos alzados sobre antiguos cines están endemoniados. Advertirse en los periódicos, SE ALQUILA PISO BAJO, SIN AMUEBLAR, AIRE ACONDICIONADO, COCINA INDEPENDIENTE, RECIENTE CONSTRUCCIÓN SOBRE CINE DE VERANO. ABSTÉNGANSE EMBARAZADAS, EPILÉPTICOS Y PERSONAS CON ENFERMEDADES CORONARIAS. Los pisos construidos sobre viejos cines se venden tarde y mal, peor incluso que los caserones enclavados en cementerios antiguos. Cuando la excavadora entra donde antes hubo un camposanto exhuma sólo jirones de tela, cadáveres bellísimamente enmohecidos, el lustroso zapato de todo difunto, algún casco y tesorillo si es necrópolis romana; efigies culonas, si allí camparon íberos; campos de urnas, en ciertos pueblos indoeuropeos; fotos de nicho, ánforas, fémures… pamplinas funerarias.

En cambio, dicen, cuando se estremecen los cimientos de un cine se menean las peores pasiones, que son las pasiones contenidas; se revuelven, no sólo las emociones inmortalizadas en 35 mm., fijadas con mejunjes de revelar y apiladas luego en latas; también los estremecimientos de platea, paraíso y gallinero. Y es que el antiguo Fantasio fue antes el antiquísimo y redundante Teatro Anfiteatro, y de él heredó la estructura, desprovista, eso sí, de su inicial sentido jerárquico -pues, con semejante nombre, en los tickets de Cinematógrafos y Cinemateca Fantasio ni título de película ni número de butaca cabían-. Así, por siempre, los ambigúes fueron ocupados por los cuatro gualtrapas vespertinos que primero llegaban. En esto Ana siempre estuvo en contra, y hasta el mismísimo de oírte decir ‘qué avance social, eso de que cada uno se sentara donde quisiera', ay Candelilla, cómo se nota que tú viniste al barrio catorce años después de que cerraran el Fantasio… Y es que a Ana, una vez, de chica, la llevó el Quini a ver Rocky IV, y desde el segundo paraíso le escupieron en la frente un garboso gargajo. En otra ocasión, al Quini le calentaron las orejas por una butaca en fila diez y por llamar “palo”, “no me vayas a dar con el palo” a lo que, a todas luces, era espada de Star Wars, de madera, sí, pero de Star Wars. Del cincuenta y dos a finales del ochenta y nueve: incontables las pasiones reveladas, rebeladas.

CUATRO DORMITORIOS, DOS CUARTOS DE BAÑO. Porque Candela no lo sabía, SUELO GRESITE, porque no era del barrio, COCINA AMUEBLADA, se metió a comprar el piso. OPCIÓN A GARAJE. Nadie dijo nada. Allí es costumbre no advertir, FACILIDADES DE PAGO, sino recibir luego con grandes risas y palmoteando, la entrada de un nuevo miembro al purgatorio. TERRAZA DE DIEZ METROS, UN LARGÍSIMO PASILLO. Por inhóspitos, hasta entonces Candela había odiado los corredores casi tanto como los bares sin aseo. Alegaba que en un pasillo todo pasa y nunca pasa nada. En el suyo colocó dos bombillas de indescriptible color naranja, una de las cuales nunca llegó del todo a encender. Y así siguió, por años, puteando pasillos.

Una noche de sábado, la de más frío, el del bar La Vega ya le dijo. Para que Candela entendiera por qué en el bajo habían cerrado tres negocios en un año, por qué Isabelita corría los muebles de noche, por qué todos los del vecindario, ella misma tan atea, se persignaban al salir a la calle con más fruición de la que, de por sí, emplea cualquier sevillano al hacerse las cruces, por qué Javito se volvió daltónico el día que volviendo del mercado se le rompió el canasto, y rodaron cuesta abajo amarillos limón, limas naranjas, verdes caquis. Los niños normales no suspiran tanto, -instruía El Vega- eso es por alergia a algo tóxico; levantar una reunión de comunidad sin que el del primero be jure pleitos al del bajo efe no debe ser tan complicado. La respuesta a que esa vecindad fuera un cuadro del Bosco estaba en los Cinematógrafos y Cinemateca Fantasio.

El año en que se mató el psiquiatra que pasaba consulta en el dos be, supo Candela ese sábado, aquella casa de vecinos llegó a alcanzar en Sevilla la cumbre de la fama. Para evitar papeleos y que no se atribuyera la muerte del doctor Anglada al mal fario del emplazamiento de la consulta, su hijo, también psiquiatra, no tuvo idea más fina que la de montar al muerto en moto y llevárselo, literalmente, al otro barrio, para dejarlo allí sentado un poyete, con rictus indolente y un periódico bajo el brazo. Eso fue al menos lo que el recién huérfano declaró luego a la Guardia Civil, pues les dieron el alto y les multaron llegando al parque, por no llevar el finado el casco reglamentario.

Lo insólito de aquella acción y, más aún, del hecho de que con sinceridad declarara sus intenciones, llevó a la policía a buscar la relación del Caso Anglada con los Cinematógrafos y Cinemateca Fantasio: era evidente que padre e hijo actuaron bajo el influjo de la historia de Night on Earth en la que Roberto Benigni, en el papel de taxista por Roma, abandona en un banco al sacerdote muerto. Los vecinos comenzaron a atar cabos y a prestar declaración, punto este en el que la policía encontró serias dificultades, pues ya en el patio habían comenzado a ver normal que la abuela de Estrella pasara las tardes enteras sin bragas, remedando a Marilyn en la escena de la falda.

Después llegaron los parasicólogos, un experto en toxicología, el técnico de la Consejería de Medioambiente. La noche en que se emitió en Canal Sur, en horario de máxima audiencia, el programa sobre el caso, aquel patio volvió a bullir como en los mejores agostos del Fantasio, cuando trasladaban la pantalla desde el escenario del teatro al solar de abajo, y por el mismo precio y más albero daban sesión doble en el Fantasio de Verano. Por primera vez la junta de propietarios estuvo unánime y hasta ecuánime, y consta en acta que ese mes se subió la cuota (la voluntad) para poder comprar dos barriles de cerveza y alquilar una pantalla gigante donde ver en condiciones el programa. El programa y Matrix, aprovecharon. Por fin se enteraron todos, aquello tenía explicación científica. Las sustancias químicas de las películas, descompuestas por el calor y la humedad del río, despiden gases tóxicos de efectos alucinógenos y fuegos fatuos donde pueden verse y escucharse secuencias completas.

Que mirara en su vida, le dijo a Candela esa noche El Vega. Ahora que era propietaria del piso y de la verdad podría explicarse maravillas tales como el precio irrisorio del inmueble; que nadie en el barrio quisiera la virguería de armario que, expoliado de alguna sacristía, primero amontonó películas del Fantasio y ahora ropitas de Candela; o que la noche de junio menos pensada, la lagartija cinéfila de la pantalla de verano, ascendida después de tantos años a la categoría de caimán, se le suba nostálgica a la pantalla del ordenador. Que mirara en su vida, le insistió a Candela esa noche El Vega. Por supuesto, decidió no hacerlo. Candela temía probar a ver cómo era su historia desde que llegó al piso y acabar atribuyendo a los cines Fantasio hasta el hecho de que se le pudran los tomates en la nevera. No le faltaba a ella más que echar cuentas a los tabernarios de aquel barrio de capote y capirote. Como si no tuviera ya bastante, con lo suyo del trabajo, con los plazos de la moto, con ese hedor líquido a estudio fotográfico que rezuma por las grietas el espejo del armario y que más de un vahído le había procurado, con que todas las noches busque y no encuentre el abanico. ¿Por qué le tuvo que decir nada El Vega, que ahora Candela ensueña y se obsesiona?

La gota que colmó el vaso de sus inquietudes fue el reportaje de investigación publicado en el periódico del barrio, titulado La casa sobre Cinematógrafos y Cinemateca Fantasio. Aterrada, como si las verdades escritas fueran más verdad que las verdades dichas de El Vega, revoleó el periódico contra la pared. Y de un volunto raro, Candela encendida de miedo se tiró de rodillas al suelo, las manos una con otra presas, para encomendarse al espíritu del Fantasio.

En caso alguno, ni los estudiosos de la Universidad de Sevilla, ni la Santa Madre Iglesia, ni la policía, ni los vecinos, ni siquiera los taberneros de Triana, habían barajado la posibilidad ni hallado pruebas de la existencia de una suerte de Fantasma del Fantasio, aterrador, un personaje encasquillado en la moviola y atrapado allí de por siempre, adolorido, delirante. Hasta el momento, sólo dos hipótesis; una, la de la borrachera del vecindario a causa de la alquimia corrompida de las películas, amalgamada con el óxido de las latas y el orín de los perros, y dos, por supuesto, la de la aparición de la Santísima Virgen, habían tomado consistencia. Pero Candela ese viernes noche se encomienda, eso no pide pan, al Duende, que así lo llamó y así se quedó desde entonces en sus plegarias y letanías. Le rezó, le imploró, le lloró, quemó romero y lío otras hierbas, le cantó, puso a enfriar dos botellas de orujo, una para ella, otra para el Duende.

Esa noche bebió hasta perder el miedo y la vergüenza, hasta alzar el dedo, inquisidor, tambaleante, para cagarse en los mengues y los muertos todos del cine Fantasio, que pordiós que no le pasara nada. Y en un renuncio se escuchó decir a sí misma que por la paz de mi alma yo vendo si hace falta mi cuerpo al Duende.

Tuvo que ser que de veras que un ánima en pena, descartada desde las primeras especulaciones, se ilusionara al ver que al fin alguien le invocaba temblorosa y se le ofrecía en cuerpo, porque después de aquel fin de semana que Candela pasó entre cogorza y la congoja, al pronto los días tomaron ese aire Technicolor típico de los días de tormenta. Maldita la hora en que El Vega le cuenta cuentos de susto y cine, a ella, que ni escuchar el supercalisfrasgilístico puede, que luego se le mete en la cabeza y acaba loca de estribillo.

En sus veleidades, desde ese viernes Candela atribuyó al pacto con el fantasma del Fantasio hasta los pasajes de su vida más irrelevantes: que le regalaran la banda sonora de O'Brother, perdida en ni se acuerda qué naufragio de amores; que el vecino verderón de la silla de ruedas se comprara prismáticos para observarla a lo James Stewart en La Ventana Indiscreta; que al pasar por el puente Triana eche de menos que un Daniel Auteuil cualquiera venga a convencerla de que no se arroje al agua y se la lleve al mundo, contratada de blanco fácil en su espectáculo de lanzador de cuchillos; que cuando limpia la luna del armario alcance, entre el cloruro de plata que incrustado detrás del espejo aún queda, el amoniaco del trapo y la banda sonora de Apocalypse Now, planos subjetivos dignos de Trainspotting. Nada concluyente, a juicio de cualquiera. Los infundios de Candela eran sólo un síntoma más del mal de celuloide que en los meses de calor atacaba en aquella corrala de perros siempre ululantes.

Algunas señales, en cambio, le parecieron definitivas incluso a Ana, que en su escepticismo había rebajado aquella leyenda urbana a la altura de chuminada campestre. Lo de la plaza de Siracusa, por ejemplo. Aprovechó Candela el día de descanso de aquel congreso en Sicilia para llegarse a la isla de Ortigia, y allí tuvo el honor de que unas carteristas la arrastraran por el bolso de punta a punta de la plaza, detrás perros, chiquillos y los carabignieri, y ella, desollada y amoratada de risa, gritando mientras mamma mia, ¡qué travelling!, ay Dios, ¡Dios!, ¡Malena!, ¡soy Malena!. Ante las arritmias que la despertaban de madrugada, el médico le recomendó que dejara de meterse en líos y que hiciera ejercicios de respiración -alejada, eso sí, de los vapores de la luna del armario-, y que para dormir sustituyera la cerveza por unos ansiolíticos, bajo cuyo influjo soñó entera la tercera de la trilogía de Jean-Marc Barr, aún pendiente de rodaje. El rumano que toca el acordeón por los bares del barrio fue la siguiente demostración de la existencia y la santidad del duende. Al rumano le dio por tocar todas las piezas compuestas por Bregovic para los filmes de Kusturica. Y a Candela, de ver pelis de Kusturica, por pocas no le seca el seso, como le pasó al Quijano de leer el Amadís y el Orlando Furioso. La vida es silbar. Esa película fue definitiva. Esa cinta cubana que ya no pasaban en España, y que por arte de magia y pocos dólares le llegó a casa, junto con otros liotes de interés procedentes de la isla.

Y así, con el tiempo, el fantasma del Fantasio llegó a ser tan de la casa de Candela como la gotera, los ronquidos del vecino, el olor a fotogramas podridos de su ropa, el pasillo bizco de una bombilla. Hasta le hizo un altarico, alegórico, y más ofrendas de orujo, y madalenas en los meses de frío. Y si al principio se desveló con la idea de que el muerto, la aberración, el demonio o lo que aquello fuera viniera a cobrarse su parte de pacto en carne, su pánico terminó siendo que jamás se le apareciera para consumar el pago, aunque fuera en pesadilla, aunque luego le olieran las piernas a azufre, o a líquidos de revelado.

En prueba de su amor y aburrimiento eterno, el Duende abasteció a Candela de amantes menudos de pelo algo largo, ojos llorosos y fina estampa, como a ella le gustaban, al estilo del Sbaraglia en Carmen, o a lo Joseph Fiennes en Shakespeare in Love, que luego huían espantados al segundo relampagueo de bombilla, y le procuró a su chiquitina experiencias fílmicas a priori no disponibles en el catálogo de la filmoteca. A este paso, se sonreía ella mientras lavaba los cacharros, pronto me veo bailando con un dibujito animado. En muestra de gratitud, cada tarde Candela hacía sonar entero el Cinema de Rodrigo Leâo, a pesar de los riesgos que conllevan que la melodía le resonara de por vida en la cabeza.

Lo de la UGT. Radicalmente, lo de la UGT. El milagro del Cineclub de la UGT fue decisivo para amar al alma del Fantasio más allá de la ley de la gravedad. Sólo pudo ser él y sus gestiones de ultratumba quien le puso en las manos un folleto del ciclo del Cineclub de la UGT, dedicado a Fritz Lang, y debate luego, y sólo Dios sabe por qué demonios, con la que estaba cayendo, fue esa tarde, si ha visto mil veces Metrópolis, ni por qué se quedó luego a la proyección de cintas viejas de la II República. Pau. Casi se muere al escuchar el título catalán, Pau, de la cinta, Pau: la película pacifista en la que su abuelo José María actuó en 1936, antes de aquello del campo de concentración de Torremolinos, de la evasión frustrada con el brigadista, el paseíllo hasta la playa y todo lo demás es agua; antes de que la abuela, arrasada, loca y viuda, arrojara en furia el carné del Partido y el del Comité de Actores de la UGT a la candela. Candela…

…Candela desde ese entonces lo invocó más, lo amenazó más, lo bebió más. Maldita bendición estás hecho, bendito diablo, duendecito mío, bendito cabrón, le lloró, embarrancada, entre la gloria y la pena. Hasta que al fin una noche, en el Cine de las Sábanas Blancas, como le decía de pequeña a la cama, el duende le habló en sueños, sin más pompa ni retóricas de profecía que la de contarle que no es tan fácil, la transfixión, ni el revelado, ni otros trucos de apariciones rudimentarias, aunque todo está ya, listo, o casi...

La loca de Candela y el Fantasma del Fantasio han quedado. Arden de ganas de ajustarse las cuentas. Para sentir una emoción de steadicam. Para fundirse, aunque sea a negro. Irán disfrazados, a ambos les divierte, ella ya tiene preparado el sombrero pirata a lo Burt Lancaster. Él se nota nervioso. Porque quedan pocas horas para el encuentro y aún no ha conseguido hacerse carne. Encarnarse. Pero sí promete al menos hacerse imagen. Imaginarse.

Todo está preparado. La cita es esta noche. Frente a la luna del armario, entre las grietas del cristal, por los reflejos del espejo.

 

© Carmen Camacho

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carmen Camacho | España, 1976 | Licenciada y doctoranda en Ciencias de la Información. Ha publicado en El Círculo, Barataria, Los Noveles, Renacimiento y en la antología Microscopios Eróticos. Es colaboradora de Renacimiento, Revista de Literatura y una de las premiadas en el II Certamen Literario de Mensajes Cortos, del programa “Arte y Creación Joven 2005” , del Instituto Andaluz de la Juventud. Sitio web: www.carmencamacho.net