EL AMIGO INVISIBLE
— En las películas, el negro es el color del amor.
Cuando Andrés abra tu regalo, debes ir vestida así.
Tendida sobre la cama de Olga, cierro los ojos y susurro look
at what you've done to me conforme avanza la canción
de Beyoncé. Olga habla a gritos desde el dormitorio
de su hermana, de vez en cuando me enseña fotografías
en la que las chicas son pálidas, llevan crucifijos
y se pintan las uñas. Ser así para ser feliz:
en las películas, el negro es el color del amor.
Cuando extiende sobre la almohada una falda, unas medias
de rejilla y una camiseta con un alucinante escote en pico,
soy consciente de que, tanto en las películas como
en la habitación de Olga, el negro es el color del
amor.
Andrés es el chico más guapo de la clase.
Viste camisetas anchísimas con nombres que desconozco,
pantalones caídos por el comienzo de los muslos, calzoncillos
de color oscuro, y los lunes sus muñequeras de pinchos
huelen a acetona. En septiembre adorné mi carpeta
con su nombre, junto a las fotos de Elijah Wood. Escribí: Bea
x Andrés. Me llamo Bea y tengo catorce años.
Soy rubia pero no intereso demasiado a los chicos. Cuando
me negué a pasarle a Calero mi examen de Física,
escribió puta empollona en mi mesa a la hora
del recreo. Con rotulador difícil de borrar. Para
que se quedase allí todo el trimestre. Me importó poco
porque no soy nada de eso, y sé que Andrés
no opina igual. Me abraza con sus dientes al verme, sonríe
muy sincero como para que yo me derrita. Yo me apellido Mantero
y él Martínez, así que tengo la suerte
fabulosa de que se siente junto a mí. Las tareas —las
mías sin errores, las suyas por hacer— nos han convertido
en amigos; como Andrés nunca ha aprobado matemáticas,
cada jueves por la tarde viene a casa y le explico ecuaciones,
geometría, polinomios y fracciones. Al tachar números
quiero morirme de felicidad, mi amor se eleva a la enésima
potencia, porque nuestros brazos se rozan y su aliento rebota
contra mi mejilla.
Olga es mi mejor amiga y nos vemos todos los días.
Incluso los jueves, que es mi día del amor; sospecho
que Andrés le cae mal. No responde cuando le pregunto
su opinión. ¿Cómo te cae Andrés? Y
me mira muy seria. Olga y yo nos llevamos tan bien porque
somos muy distintas: a mí me gusta leer, a ella hablar
de chicos. Está saliendo con uno de su instituto,
van en moto al cine algunos sábados. A mí nunca
me han besado. Al principio, Olga me explicaba: cierra los
ojos, abre la boca como si los mocos te impidiesen respirar,
mueve la lengua de un lado a otro, arriba, abajo. El tiempo
pasó, perdí el interés por besar a ningún
chico. Pero el lunes por la tarde volví a preguntar: ¿y
si Andrés me besa? En un cambio de clase Yolanda se
había acercado a nuestro pupitre, nos había
invitado a merendar el miércoles en su casa; después
de recoger las notas, fiesta de Navidad. Yo acepté encantada;
me costó convencer a Andrés para que viniera. Tía,
verás como me pongan reguetón. Me joden el
fin de año. Tranquilo, yo llevo un disco, y
mi mano derecha sobre su hombro izquierdo, y mis tobillos
temblando, arriba abajo efecto dominó. Durante el
recreo, Yolanda sorteó el amigo invisible. Crucé los
dedos mientras Yoli sacaba el papel de la bolsa de plástico,
lo desdoblé con ansia, y me temblaron las rodillas
al leer su nombre: Andrés. Mi amigo invisible. Mi
amigo. Efecto dominó.
Por este enorme sentimiento
pasé ayer toda la tarde
buscando el regalo perfecto; para que Andrés estalle
de amor nada más abrirlo. Paseando por Ronda de los
Tejares, me imaginaba de su mano, compartiendo bonobús
y cucurucho de castañas en el Bulevar. El sábado
ideal: comiendo y queriéndonos. Durante toda la tarde
de ayer busqué el regalo perfecto; lo juro porque
llegué a casa a las diez de la noche y mi madre se
enfadó muchísimo. De tienda en tienda, pensando
por la acera en qué invertir mis cinco euros para
lograr enamorar definitivamente a Andrés. Qué poca
vergüenza, gritó mamá, claro,
tanto juntarte con la Olga, tanto juntarte.
Pobre. Mi madre está divorciada, odia a los hombres
y desconoce el papel que El señor de las moscas —edición
bolsillo— juega en mi futuro.
Andrés está escondido en el sofá cuando
Olga y yo llegamos. Hemos subido al segundo piso en ascensor
para comprobar lo intacto de mi cardado y mis labios. Y para
no respirar demasiado fuerte nada más pasar de la
puerta, porque estoy gordita, tengo asma y cuando subo las
escaleras demasiado rápido me ahogo. Y no querría
dar mi primer beso con los pulmones chiquititos. El lunes
por la tarde, Olga me advirtió: no te obsesiones
con besar a Andrés. Olga es mi amiga y no quiere
que yo sufra. Pero mi amor por Andrés supera toda
la amistad que, año tras año, nosotras hemos
cuidado como plastilina. Un punto medio. Doy el regalo a
Yolanda y nos acercamos a Andrés, bosteza tres veces
desde que llegamos.
— Tía, qué guapa, qué ojos, cómo
mola.
Me imagino la reacción de Andrés tras abrir
su regalo, cuando en el pasillo le diga que le quiero. Por
ahora miento, entusiasmándome con el disco que me
ha prestado, y contando las canciones que he grabado por
si sólo ponen mierda. Olga está agradeciendo
a Yolanda que le haya permitido venir: no pensábamos
separarnos en una tarde tan importante como ésta.
Si en las películas el negro es el color del amor,
a mí hoy deberían llamarme Audrey Hepburn Satánica.
Mi falda, mi jersey, las medias de rejilla y las botas militares,
color noche de amor. Andrés y yo nos reímos
analizando la ropa del resto. Se ha pintado la raya de los
ojos.
— Qué cambio, tía.
— Alguna vez tenía que ser.
— Ya. Mola.
Bromeo, despeinándole. Han puesto una de Britney
y me chiflaría bailar con Olga, pero debo guardar
las formas para no espantar a Andrés. ¿Qué pensaría
si me viera siniestra y frívola al mismo tiempo? Él
no habla y yo tampoco tengo demasiado que decirle, salvo
que le amo profundamente y que el jersey me pica. El aburrimiento
me ha secado los labios; voy a la cocina a por Pepsi y a
por Olga.
— ¿Va bien? —Olga me releva.
— No sé. Estoy muy cortada.
— A ver.
— Está buena tu amiga, ¿eh? —Calero surge
tras el árbol de Navidad.
— Ya ves.
— ¿Y tú? ¿Y eso que me traes puesto?
Estamos en Navidades, no en Carnaval.
— Vete a la mierda.
— ¿Gorda de mierda, has dicho? ¿Los Reyes
te van a traer un espejo?
— He dicho que me dejes en paz y te vayas a la mierda.
— Puta empollona.
La frase continúa en mi pupitre; las limpiadoras
no han logrado, todavía, acabar con ella. Yolanda
entra en el salón con dos bolsas del Mercadona repletas
de regalos. La impaciencia me impide buscar a Andrés. ¿Le
gustará leer? ¿Le gustará el libro? ¿Le
gustará el libro que le he comprado? ¿Le gustaré yo?
Primer regalo, Ángela. Clama de felicidad, rompe el
papel verde, extrae una caja de bombones, lee la tarjeta,
abraza a Sandra con emoción. Segundo regalo, recoge
Rober, deslía el papel de periódico, descubre
un bloc con motos en la portada y solicita a Lidia que firme
en la primera página, como bonito recuerdo de tan
bonito obsequio.
— ¡Andrés! ¡Andrés! ¡Tu
regalo, Andrés!
Ninguno de los rostros convocados en torno a Yolanda es
el de Andrés. Pelos de punta y gomina para ellos,
horquillas de colores para ellas. Todos murmuran y yo grito
muy fuerte. Busco a Olga para que su voz me acompañe,
pero también ella falta. Yolanda continúa con
el reparto de regalos —estará meando, bromea—,
y yo me acerco al pasillo cuando Calero me agarra por la
muñeca. Al removerme, me suelta.
— Mejor que no vayas.
Como si a Calero acabaran de barnizarle los ojos. Si pasara
por su lado andaría muy lento, para no quitarles brillo.
— ¿Por qué?
— Igual lo que veas no te gusta demasiado —Calero acerca
su pecho a mi hombro. Me da vergüenza y me retiro un
poco. Vuelve a sujetarme—. Bea, tía, no vayas, en
serio.
— Vete a la mierda y déjame en paz.
El brillo se le multiplica. Regreso al salón cuando
escucho mi nombre, recojo mi sorpresa. Calero está tras
de mí, otra vez su pecho junto a mi hombro.
Andrés y Olga no aparecen y me importa mucho.
Mi regalo es un oso de peluche liadísimo, de los
Veinte Duros, con un imperdible a la altura del corazón,
y una nota escrita sobre cartulina rosa: eres una persona
muy muy muy especial. La firma es de Calero.
Agradezco su regalo, mastico un trozo de pastel y vuelvo
al pasillo. El dormitorio de Yolanda está entreabierto.
Adivino, en el suelo, el abrigo de Olga.
Me doy la vuelta y choco con Calero. Me muerdo los labios,
le miro a los ojos. Es moreno y se peina de punta, con gomina.
Como todos. Como todos, me trata bastante mal. No tengo demasiados
amigos, no sé si lo he dicho. Sólo Olga. Mi
mejor amiga. Me quiere muchísimo. Habla conmigo, me
protege. Soy rubia y gordita, nunca he interesado a demasiada
gente. Sólo para que me insulten o escriban barbaridades
en mi mesa. Como Calero. Calero y su pelo de punta con gomina.
Va a repetir este año. Ríe diciendo maricón cuando
en clase recitamos a Lorca.
De repente, sin saber por qué, mancho de nata los
labios de mi amigo invisible.
Andrés y Olga no aparecen y me importa mucho.
© Elena Medel |