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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

EL AMIGO INVISIBLE

 

En las películas, el negro es el color del amor. Cuando Andrés abra tu regalo, debes ir vestida así.

Tendida sobre la cama de Olga, cierro los ojos y susurro look at what you've done to me conforme avanza la canción de Beyoncé. Olga habla a gritos desde el dormitorio de su hermana, de vez en cuando me enseña fotografías en la que las chicas son pálidas, llevan crucifijos y se pintan las uñas. Ser así para ser feliz: en las películas, el negro es el color del amor. Cuando extiende sobre la almohada una falda, unas medias de rejilla y una camiseta con un alucinante escote en pico, soy consciente de que, tanto en las películas como en la habitación de Olga, el negro es el color del amor.

Andrés es el chico más guapo de la clase. Viste camisetas anchísimas con nombres que desconozco, pantalones caídos por el comienzo de los muslos, calzoncillos de color oscuro, y los lunes sus muñequeras de pinchos huelen a acetona. En septiembre adorné mi carpeta con su nombre, junto a las fotos de Elijah Wood. Escribí: Bea x Andrés. Me llamo Bea y tengo catorce años. Soy rubia pero no intereso demasiado a los chicos. Cuando me negué a pasarle a Calero mi examen de Física, escribió puta empollona en mi mesa a la hora del recreo. Con rotulador difícil de borrar. Para que se quedase allí todo el trimestre. Me importó poco porque no soy nada de eso, y sé que Andrés no opina igual. Me abraza con sus dientes al verme, sonríe muy sincero como para que yo me derrita. Yo me apellido Mantero y él Martínez, así que tengo la suerte fabulosa de que se siente junto a mí. Las tareas —las mías sin errores, las suyas por hacer— nos han convertido en amigos; como Andrés nunca ha aprobado matemáticas, cada jueves por la tarde viene a casa y le explico ecuaciones, geometría, polinomios y fracciones. Al tachar números quiero morirme de felicidad, mi amor se eleva a la enésima potencia, porque nuestros brazos se rozan y su aliento rebota contra mi mejilla.

Olga es mi mejor amiga y nos vemos todos los días. Incluso los jueves, que es mi día del amor; sospecho que Andrés le cae mal. No responde cuando le pregunto su opinión. ¿Cómo te cae Andrés? Y me mira muy seria. Olga y yo nos llevamos tan bien porque somos muy distintas: a mí me gusta leer, a ella hablar de chicos. Está saliendo con uno de su instituto, van en moto al cine algunos sábados. A mí nunca me han besado. Al principio, Olga me explicaba: cierra los ojos, abre la boca como si los mocos te impidiesen respirar, mueve la lengua de un lado a otro, arriba, abajo. El tiempo pasó, perdí el interés por besar a ningún chico. Pero el lunes por la tarde volví a preguntar: ¿y si Andrés me besa? En un cambio de clase Yolanda se había acercado a nuestro pupitre, nos había invitado a merendar el miércoles en su casa; después de recoger las notas, fiesta de Navidad. Yo acepté encantada; me costó convencer a Andrés para que viniera. Tía, verás como me pongan reguetón. Me joden el fin de año. Tranquilo, yo llevo un disco, y mi mano derecha sobre su hombro izquierdo, y mis tobillos temblando, arriba abajo efecto dominó. Durante el recreo, Yolanda sorteó el amigo invisible. Crucé los dedos mientras Yoli sacaba el papel de la bolsa de plástico, lo desdoblé con ansia, y me temblaron las rodillas al leer su nombre: Andrés. Mi amigo invisible. Mi amigo. Efecto dominó.

Por este enorme sentimiento pasé ayer toda la tarde buscando el regalo perfecto; para que Andrés estalle de amor nada más abrirlo. Paseando por Ronda de los Tejares, me imaginaba de su mano, compartiendo bonobús y cucurucho de castañas en el Bulevar. El sábado ideal: comiendo y queriéndonos. Durante toda la tarde de ayer busqué el regalo perfecto; lo juro porque llegué a casa a las diez de la noche y mi madre se enfadó muchísimo. De tienda en tienda, pensando por la acera en qué invertir mis cinco euros para lograr enamorar definitivamente a Andrés. Qué poca vergüenza, gritó mamá, claro, tanto juntarte con la Olga, tanto juntarte. Pobre. Mi madre está divorciada, odia a los hombres y desconoce el papel que El señor de las moscas —edición bolsillo— juega en mi futuro.

Andrés está escondido en el sofá cuando Olga y yo llegamos. Hemos subido al segundo piso en ascensor para comprobar lo intacto de mi cardado y mis labios. Y para no respirar demasiado fuerte nada más pasar de la puerta, porque estoy gordita, tengo asma y cuando subo las escaleras demasiado rápido me ahogo. Y no querría dar mi primer beso con los pulmones chiquititos. El lunes por la tarde, Olga me advirtió: no te obsesiones con besar a Andrés. Olga es mi amiga y no quiere que yo sufra. Pero mi amor por Andrés supera toda la amistad que, año tras año, nosotras hemos cuidado como plastilina. Un punto medio. Doy el regalo a Yolanda y nos acercamos a Andrés, bosteza tres veces desde que llegamos.

— Tía, qué guapa, qué ojos, cómo mola.

Me imagino la reacción de Andrés tras abrir su regalo, cuando en el pasillo le diga que le quiero. Por ahora miento, entusiasmándome con el disco que me ha prestado, y contando las canciones que he grabado por si sólo ponen mierda. Olga está agradeciendo a Yolanda que le haya permitido venir: no pensábamos separarnos en una tarde tan importante como ésta. Si en las películas el negro es el color del amor, a mí hoy deberían llamarme Audrey Hepburn Satánica. Mi falda, mi jersey, las medias de rejilla y las botas militares, color noche de amor. Andrés y yo nos reímos analizando la ropa del resto. Se ha pintado la raya de los ojos.

— Qué cambio, tía.

— Alguna vez tenía que ser.

— Ya. Mola.

Bromeo, despeinándole. Han puesto una de Britney y me chiflaría bailar con Olga, pero debo guardar las formas para no espantar a Andrés. ¿Qué pensaría si me viera siniestra y frívola al mismo tiempo? Él no habla y yo tampoco tengo demasiado que decirle, salvo que le amo profundamente y que el jersey me pica. El aburrimiento me ha secado los labios; voy a la cocina a por Pepsi y a por Olga.

— ¿Va bien? —Olga me releva.

— No sé. Estoy muy cortada.

— A ver.

— Está buena tu amiga, ¿eh? —Calero surge tras el árbol de Navidad.

— Ya ves.

— ¿Y tú? ¿Y eso que me traes puesto? Estamos en Navidades, no en Carnaval.

— Vete a la mierda.

— ¿Gorda de mierda, has dicho? ¿Los Reyes te van a traer un espejo?

— He dicho que me dejes en paz y te vayas a la mierda.

— Puta empollona.

La frase continúa en mi pupitre; las limpiadoras no han logrado, todavía, acabar con ella. Yolanda entra en el salón con dos bolsas del Mercadona repletas de regalos. La impaciencia me impide buscar a Andrés. ¿Le gustará leer? ¿Le gustará el libro? ¿Le gustará el libro que le he comprado? ¿Le gustaré yo? Primer regalo, Ángela. Clama de felicidad, rompe el papel verde, extrae una caja de bombones, lee la tarjeta, abraza a Sandra con emoción. Segundo regalo, recoge Rober, deslía el papel de periódico, descubre un bloc con motos en la portada y solicita a Lidia que firme en la primera página, como bonito recuerdo de tan bonito obsequio.

— ¡Andrés! ¡Andrés! ¡Tu regalo, Andrés!

Ninguno de los rostros convocados en torno a Yolanda es el de Andrés. Pelos de punta y gomina para ellos, horquillas de colores para ellas. Todos murmuran y yo grito muy fuerte. Busco a Olga para que su voz me acompañe, pero también ella falta. Yolanda continúa con el reparto de regalos —estará meando, bromea—, y yo me acerco al pasillo cuando Calero me agarra por la muñeca. Al removerme, me suelta.

— Mejor que no vayas.

Como si a Calero acabaran de barnizarle los ojos. Si pasara por su lado andaría muy lento, para no quitarles brillo.

— ¿Por qué?

— Igual lo que veas no te gusta demasiado —Calero acerca su pecho a mi hombro. Me da vergüenza y me retiro un poco. Vuelve a sujetarme—. Bea, tía, no vayas, en serio.

— Vete a la mierda y déjame en paz.

El brillo se le multiplica. Regreso al salón cuando escucho mi nombre, recojo mi sorpresa. Calero está tras de mí, otra vez su pecho junto a mi hombro.

Andrés y Olga no aparecen y me importa mucho.

Mi regalo es un oso de peluche liadísimo, de los Veinte Duros, con un imperdible a la altura del corazón, y una nota escrita sobre cartulina rosa: eres una persona muy muy muy especial. La firma es de Calero.

Agradezco su regalo, mastico un trozo de pastel y vuelvo al pasillo. El dormitorio de Yolanda está entreabierto.

Adivino, en el suelo, el abrigo de Olga.

Me doy la vuelta y choco con Calero. Me muerdo los labios, le miro a los ojos. Es moreno y se peina de punta, con gomina. Como todos. Como todos, me trata bastante mal. No tengo demasiados amigos, no sé si lo he dicho. Sólo Olga. Mi mejor amiga. Me quiere muchísimo. Habla conmigo, me protege. Soy rubia y gordita, nunca he interesado a demasiada gente. Sólo para que me insulten o escriban barbaridades en mi mesa. Como Calero. Calero y su pelo de punta con gomina. Va a repetir este año. Ríe diciendo maricón cuando en clase recitamos a Lorca.

De repente, sin saber por qué, mancho de nata los labios de mi amigo invisible.

Andrés y Olga no aparecen y me importa mucho.

 

© Elena Medel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elena Medel | España, 1985 | Nació en Córdoba y obtuvo el premio Andalucía Joven 2001 con su poemario Mi primer bikini. Está incluida –entre otras- en las antologías Inéditos, La lógica de Orfeo, Edad presente y Veinticinco. Coordina junto a otros poetas andaluces el colectivo cultural La Bella Varsovia. Recientemente publicó el libro Vacaciones.