SOBRE LA PACIENCIA
Para Lionel
Esta historia
es ajena. Le pertenece –llamémoslos
así- a Estanislao y a Damián; sobre todo a
Damián, que una tarde de mayo, café mediante,
armado de coraje, del coraje impuesto por los, diría
Perlongher, “marasmos del romanticismo”, imaginó para
sí y para el otro una realidad distinta que, después
de todo, fuera capaz de completar su historia. Pero no lo
logró.
Agua
“Agua Que Corre baja y lava, ataca, salta,
empuja. Agua Que Corre, alimenta, destruye, se alegra.
No puede pensar ni remansar, no puede sonreír, no
puede dormir. No puede volver. Agua Que Corre topa, dispara,
se levanta, conduce, apura y rompe. Yo te vi, yo te vi,
yo te vi. Yo te llevo...”
Sara Gallardo
Estanislao no estaba ni dormido ni despierto, estaba perdido
en una zona intermedia, meciéndose suave y casi imperceptiblemente
hacia delante y hacia atrás, como un trozo de madera
que flota a la orilla del mar, entre la espuma. Tenía
esa imagen, esa sensación: veía el mar, el
extenso mar y se veía a sí mismo como un trozo
de madera –quizás el resto de algún naufragio-
flotando, yendo y viniendo, a la deriva ante la inmensidad
de todo. Sentado aún en una de las butacas del cine,
mientras las luces se encendían, los créditos
finales de la película mostraban una interminable
lista de nombres, y la gente (el público) se levantaba
de sus asientos (algunos se secaban las lágrimas o
sonreían complacidos, otros murmuraban palabras inentendibles),
Estanislao trataba de recomponerse. Tenía la sensación
de haberse dormido, de haber soñado la película
que acababa de ver. Sabía que no. Sabía que
no se había dormido, que había estado muy atento,
que había disfrutado (si ésa era la palabra)
de las imágenes, de la banda sonora (el omnipresente
piano), de la historia, de los gestos a punto de estallar
de las actrices, y que había llorado desde el comienzo,
cuando una de las protagonistas, delicada pero decididamente,
se sumergía para siempre en el oscuro, difuso, pero
liberador río.
Damián, sentado aún en una de las butacas
del cine, recordaba el rostro de Julianne Moore como Laura
Brown tratando de perderse. Ya no había ninguna imagen
en la gran pantalla pero le gustaba quedarse hasta lo que él
consideraba el “verdadero final”. Repentinamente le vinieron
ganas de orinar. Odiaba ir a los baños públicos
por lo que había desarrollado una especie de técnica:
podía retener las ganas simplemente con proponérselo
y orinar siempre en su casa. Pero entonces, cuando en su
cabeza Julianne Moore como Laura Brown trataba de matarse
y era rescatada de las profundidades del agua por una Virginia
Woolf que había decidido no matar a su heroína,
Damián tuvo un incontrolable deseo de orinar que no
podía esperar. Se levantó de la butaca, se
dirigió a la salida e ingresó al baño
del cine. Aunque los mingitorios estaban vacíos, él
entró al primero de los individuales. Sentía
algo de vergüenza; era la primera vez en años
que orinaba fuera de su casa. Al terminar, cuando se estaba
abrochando el pantalón, se le dio por pensar en la
banda sonora de la película que acababa de ver. Trataba
de recordar el sonido, la música que producía
el piano, cuando escuchó una especie de quejido, un
vago llanto que provenía, al parecer, del individual
contiguo. Acercó un poco su cabeza a una de las paredes
para escuchar mejor y percibió un largo y quejoso
suspiro. Alguien, del otro lado, estaba llorando.
Estanislao lloraba encerrado en uno de los individuales
del baño del cine. Rodaban libres sus lágrimas
por sus mejillas y él trataba de recomponerse. No
lograba saber el significado exacto de su llanto. La película
lo había conmovido y sólo en su cabeza tenía
las imágenes de ella. Quería unirlas con algún
acontecimiento de su vida, con algo de su pasado que le diera
la pauta de semejante llanto. Pero no, no podía. Pero
no, no quería; y en su cabeza sólo tenía
el zapato de tacón de una de las protagonistas vagando
por las oscuridades del río al cual, por propia voluntad,
se había sumergido.
Damián escuchó el sonido de la puerta contigua
pero no se atrevió a salir. Como las puertas del baño
estaban cortadas, muy despacio y sigiloso, asomó su
cabeza por arriba y vio, frente al gran espejo junto al lavabo,
a un muchacho de no más de veinticinco años
que se lavaba las manos y la cara. Bajó rápidamente
la cabeza y permaneció en silencio apoyado contra
la puerta. Se le apareció la imagen de Meryl Streep
como Clarissa Vaugham en un plano cenital, subiendo por un
ascensor, sosteniendo un gran ramo de flores y mirando hacia
arriba. Salió con esa imagen en su cabeza, escuchó lejano
el sonido del piano de la película y se colocó próximo
al muchacho que se lavaba las manos y la cara. Lo miró por
el reflejo del espejo. No era muy alto; casi de su misma
altura. Tenía los cabellos oscuros y cortos, las manos
pequeñas, y sus ojos, marrones, parecían inundados
de una tonalidad rojiza. El otro, al parecer, no se había
percatado de que Damián, a través del espejo,
lo estaba observando. Damián observó el movimiento
de las manos del otro, que permanecía inmóvil
frente al grifo abierto. Es, pensó Damián,
como si estuviese hipnotizado por el agua que corre.
Estanislao se miraba las
manos bajo el agua. Observaba cómo
el líquido se desplazaba por sus manos, sus dedos,
su piel. Trataba de retenerla con pequeños movimientos
pero era inevitable: el agua se escurría por entre
sus manos. Se pensó a sí mismo como agua. Ya
no era un trozo de madera flotando, yendo y viniendo, sino
agua, agua que corría. Se le apareció la imagen
de Julianne Moore como Laura Brown acostada en la habitación
de un hotel a la espera del agua que brotaría del
suelo. Vio torrentes de agua oscura y sucia que inundaron
sus imágenes, y recordó la frase de un libro
que había leído hacía ya mucho tiempo,
en la escuela secundaria. Era una frase sobre el agua, sobre
su fuerza; una frase poderosa que cuando la leyó,
años atrás, en la escuela secundaria, le pareció una
especie de conjuro. Inmóvil frente al grifo abierto,
Estanislao trataba de recordarla entera, tal cual la había
leído; pero, entre Julianne Moore como Laura Brown
que se ahogaba y el agua del grifo que se le escurría
por entre las manos, él no logró recordar más
que tres palabras: “Agua Que Corre”. Las murmuraba entre
dientes, casi imperceptiblemente, cuando una lágrima
brotó de
su ojo izquierdo, rodó despacio por su mejilla, se
depositó brevemente en sus labios, y terminó confundiéndose,
fundiéndose con el agua que bañaba sus manos.
Damián tragó saliva y produjo un diminuto
sonido gutural. No sabía qué hacer. No sabía
si retirarse de ese baño o si comenzar a hablar, a
hablarle. Miró el espejo nuevamente, y lo miró al
otro, que seguía inmóvil. Finalmente le preguntó: “¿Te
gustó la película?”. El otro no respondió automáticamente;
como vuelto de un sueño, algo sorprendido, lo miró y
le dijo: “No lo sé”. Damián lo miró emitiendo
algo que pudo ser una sonrisa y, con un gesto que tiempo
después calificaría como “impulsivo”, cerró el
grifo donde el otro se lavaba las manos. Ambos tuvieron la
misma mental imagen, aunque nunca lo supieron: Nicole Kidman
como Virginia Woolf diciendo que no mataría a su heroína,
y Julianne Moore como Laura Brown saliendo de las profundidades
acuáticas de ella misma.
Salieron juntos del cine, en absoluto silencio. Damián
se detuvo por unos instantes en la puerta de entrada y salida
a observar el afiche promocional de la película. El
otro dudó unos instantes pero también se detuvo.
-Me llamo Damián –dijo.
-Yo soy Estanislao –dijo.
A Damián le pareció sumamente extraño
el nombre del otro pero no se atrevió a indagar. En
cambio, se le dio por pensar que sería agradable volver
a ver a ese muchacho de no más de veinticinco años
que hasta hacía unos momentos lloraba encerrado en
el baño; es más, en ese momento, allí,
junto al afiche de la película que acababan de ver,
Damián le dijo: “¿Querés tomar un café?”
-No puedo, estoy apurado.
-Te vi muy triste en el baño.
-Fue la película.
-¿Qué parte?
-Toda.
-Podríamos volver a vernos algún día
y...
-No sé.
-Te dejo mi número de teléfono.
-Me tengo que ir.
-¿Qué murmurabas en el baño?
-¿Yo? Ah, unas palabras de un libro.
-¿Te gusta leer?
-“Agua que corre”, decía –dijo Estanislao y se fue.
Damián quiso retenerlo pero el otro ya estaba caminado,
yéndose, sin que pudiera decirle algo más. “Agua
que corre”, repetía Damián mientras lo veía
alejarse, de espaldas, nervioso y apurado. Por un instante
pensó en la posibilidad de que el otro se diera vuelta
y observara cómo lo estaba mirando alejarse. Pero
no lo hizo.
Damián
Se imaginó a Estanislao como él deseaba que
fuera, como él deseaba que hubiera sido: abierto y
atento. Lo imaginó, después, tendido en la
cama, y se imaginó a sí mismo besándole
los ojos, la nariz, la boca; le acarició la nuca y
Estanislao le acercó su voz a su rostro y le contó su
vida. Tenía tres hermanos más grandes que vivían
en España; sus padres habían muerto en un accidente
cuando él tenía tres años, y desde entonces, él
y sus hermanos, quedaron al cuidado de sus abuelos, de sus
cuatro abuelos. Prefería trabajar como empleado en
un negocio de insumos de computación que encerrarse
quién sabe cuántos años estudiando quién
sabe qué carrera. Por primera vez, Damián sintió una
mezcla de amor, deseo, tristeza y emoción al imaginar
la vida de un desconocido con el que apenas cruzó palabra
y que ahora, entonces, en su cabeza, movía sus manos
acariciándolo suavemente y le decía lo predispuesto
que estaba a enamorarse. “Lástima que la realidad
me pida paciencia”, se dijo y se durmió enseguida.
Estanislao
Estaba sentado en la cama, semidesnudo, mirándose
las manos. Se sintió un idiota al recordarse, horas
atrás, en el cine. Pensó en ese muchacho con
el cual había cruzado unas palabras y que lo había
invitado, después, a tomar café. Todavía
no sabía el motivo exacto de su prolongado llanto
en el cine y lo atribuyó a la belleza de las imágenes
de la película. “Después de todo”, se dijo, “no
siempre hay un motivo”. Sin embargo sabía, en su interior,
que las imágenes del suicidio de Virginia Woolf correspondían
a un acontecimiento de su pasado, de su pasado adolescente:
cuando tenía dieciséis años, arrebatado
por el amor no correspondido de un compañero de la
escuela secundaria, él había intentado suicidarse
de la misma manera. Pero no lo logró. Había
llenado los bolsillos de su campera con piedras que fue encontrando
en su trayecto al río, pero al introducirse en las
oscuras aguas del río Paraná, un pescador,
que lo venía observando de hacía rato, lo rescató casi
al instante. Ahora, entonces, ese hecho lo llenaba de vergüenza.
Se sentía ridículo, melodramático al
recordar ese acontecimiento. Trataba de olvidarlo. Es más,
casi había desaparecido de su cabeza y ya no tenía
imágenes precisas de ese día; ni siquiera recordaba
con exactitud a Mauro, su compañero de la escuela
secundaria. Pero la película que había visto
hacía algunas horas, no lo retrotrajo a las imágenes
del pasado, sino que lo llenó de la misma incertidumbre
de aquellos días, de la misma pregunta: ¿Cómo
podía uno continuar unido a otras personas? Pregunta
estúpida, siempre decía, pero que allí,
en ese momento, semidesnudo, mirándose las manos,
y después de haber llorado y recordado la frase que
usó como conjuro para llenar sus bolsillos con piedras
e internarse en el río, no tenía respuesta.
Sobre la paciencia
Por varios días Damián pensó en él.
Era obvio que él esperaba encontrárselo por
algún rincón de la ciudad. Pero era obvio también
que en el supuesto caso de encontrárselo, aunque ese
instante durara apenas unos segundos, Damián no sabría
qué hacer. En un mundo perfecto, se dijo, en un mundo
donde todo fuera posible, más allá de la realidad
cotidiana y sus pedidos de paciencia, Estanislao, cargando
quién sabe qué derrotero, hubiese aceptado
aquella invitación de café. En un instante
maravilloso, Damián le hubiese preguntado por su tristeza
y el otro, abierto, le hubiese contado que ya no soportaba
su inmensa soledad, que tenía veinticinco años
pero se sentía de cuarenta, que no lograba entender
a las personas, que repentinamente la película le
mostró lo largas que son las horas, y que por tal
había que llenarlas, colmarlas. “¿Colmarlas
de qué?”, le hubiese preguntado Damián. “De
amor”, le habría respondido Estanislao. Entonces Damián
habría querido dar con alguna palabra que pudiera
ayudarlo; pero, quizás, lo único que se le
hubiera ocurrido habría sido mirarlo profundamente
a los ojos. Y se habrían besado, allí, de noche,
en ese supuesto bar, a la vista de todo el mundo que, indiferente,
continuaría con lo suyo.
Con el transcurrir de los
días Estanislao fue olvidándose
de la película, del muchacho que le había invitado
un café, de su llanto y de la frase que usó como
conjuro para, muchos años atrás, internarse
en el río Paraná. En el peor de los casos,
se le habría ocurrido pensar que era un cobarde sin
el coraje suficiente para enfrentar su pasado. Pero, aunque
sabía entender a la vida a su modo (sobre todo a la
propia), sabía también que lo que estaba haciendo
tenía las características de una coraza, de
un muro; un muro de silencio, pero muro al fin. Ésa
era la esencia de su vida, a eso aspiraba: un mundo sin sacudimientos
ni sobresaltos; un mundo que sabía que le depararía
sorpresas y altibajos pero que, fueran cuales fueran las
secuelas, nada (ni nadie) podría alterarle su manso
transcurrir. Sobre todo con los hombres, con los cuales mantenía
esporádicas y casuales relaciones sin dejarlos, sin
dejarse, llegar a más.
Se cruzaron tres veces antes
de su último encuentro.
La primera vez, Damián lo vio desde un taxi en el
que iba. Rápidamente le pidió al conductor
detenerse y abortar el viaje allí mismo, a dos cuadras
de donde lo había visto. Corrió esas dos cuadras
pero al llegar al lugar, Damián no dio con él.
Pensó en todas la posibilidades posibles sobre el
paradero de Estanislao y comenzó a caminar para tomar
otro taxi y partir cuando, en la vereda opuesta en la que él
estaba, lo vio dentro de un enorme negocio de ropa deportiva.
Cruzó la calle y, sin pensarlo, se introdujo en el
negocio, que se llamaba Sport 78. Estanislao, al parecer,
era uno de los empleados, ya que estaba detrás de
uno de los mostradores frente a una computadora. Estaba atendiendo
a una mujer que pagaba dos pares de zapatillas Nike con tarjeta
de crédito. Damián se colocó detrás
de un exhibidor de camperas Adidas y, mientras pasaba su
mano izquierda por los diferentes tipos de camperas, lo observaba
atender a la mujer. Vio sus manos pequeñas digitar
las teclas de la computadora, recibir y entregar la tarjeta
de crédito, y lo vio esperar, atento pero algo desentendido,
que la señora firme el recibo de su compra. Después
lo vio sonreír por primera vez al entregar la bolsa
que contenía las zapatillas y despedirse de la mujer.
Tenía toda intención de acercarse al mostrador
y saludarlo. Pero no pudo hacerlo: un cosquilleo en el estómago
se lo impidió. En su cabeza estaba la imagen de sus
manos. Las veía en actitudes simples, cotidianas:
escribiendo, posándose en una mesa, rascándose
el mentón, acariciándole la nuca. Minutos después,
rápido como había ingresado, se fue.
La segunda vez que se cruzaron Estanislao lo vio ingresar
por la puerta principal de Sport 78, el negocio de ropa deportiva
en el que trabajaba desde hacía casi un año.
Olvidaba fácilmente los rostros pero recordó el
de Damián cuando éste se le acercó y
le dijo, con una sonrisa cordial y algo nerviosa, “hola”.
Damián no compró nada en el negocio sino que,
dado que había pasado casualmente por ahí y
lo había visto, dijo, se le ocurrió la idea
de invitarlo, nuevamente, a tomar un café. Estanislao
aceptó para no ser descortés. Aunque todavía
sentía algo de vergüenza al recordar que ese
hombre lo había visto llorar en un baño, quería
saber, por simple curiosidad, qué pensaba de él.
Esa noche, cerca de las diez, se encontraron en un bar. Fue
en El Olimpo, un bar que estaba cerca de la casa de Damián,
que sugirió ese lugar ya que, decía, le gustaba
la ambientación. Llegó primero y se sentó a
una mesa algo alejada de la puerta de entrada. No había
mucha gente y en el ambiente sonaba una música calma,
suave, que parecía lejana, como que provenía
de otro lugar. Por cortesía, o por costumbre (no sabía
cuál), esperó la llegada de Estanislao para
ordenar y, mientras lo hacía, se dedicó a observar,
algo impaciente, a la gente que estaba en el bar. Una anciana
vestida algo exageradamente que leía un libro de,
le pareció ver, Nina Berberova; dos mujeres, más
cerca de él, que con gestos casi secretos hablaban
de un tal Carlos, que al parecer vivía en Niza y falsificaba
cuadros de Frida Kalho; cerca del ventanal, dos jóvenes,
un muchacho y un muchacho, tomaban café. En ese momento,
cuando Damián veía que uno de los muchachos
colocaba una de sus piernas entre las del otro y sonreía
cómplice, ingresó Estanislao, que por un instante,
un mínimo instante, dudó en acercarse a él.
No fue exactamente como él
pensaba. En sus expectativas, Damián se había
imaginado una conversación
más larga e íntima. Ahora, entonces, una hora
después, camino a su casa, recordaba la mesa del bar
sin saber exactamente qué pensar. Nada de lo que había
imaginado sobre la vida del otro coincidía con la
realidad: Estanislao era hijo único y vivía
con sus padres; tenía veinticuatro años y estaba
evaluando la posibilidad de comenzar a estudiar “Licenciatura
en Turismo” ya que, dijo, tenía la intención
de irse a vivir a España, a Palma de Mallorca más
exactamente. Al hablar de la noche en que se conocieron,
Estanislao dijo no haber podido disfrutar demasiado de la
película ya que sufrió de un repentino y doloroso
ataque de hígado (o algo parecido) que lo hizo llorar
encerrado en el baño y le había impedido ver
el final. “¿Cómo termina?”, preguntó. “Como
en el principio. Virginia ahogándose”, respondió Damián
y le preguntó por la frase que murmuraba en el baño. “Es
de un libro que leí en la escuela secundaria. Agua
que corre, decía. Seguramente, se me vino a
la cabeza al ver tanta agua en la película”. Una hora
después, Damián recordaba esas palabras y recordaba
también el momento en que él le pedía,
casi humildemente, su número de teléfono para,
si así lo quería, volver a encontrarse. Y vio,
entonces, en ese momento, una hora después, cuando
se disponía a ingresar a su casa, el movimiento de
las manos de Estanislao al escribir en una servilleta los
números. Vio que tenía una forma especial de
tomar el bolígrafo, que utilizaba no dos, sino tres
dedos, y que colocaba el bolígrafo más allá de
la punta de los dedos, de sus dedos, como si hiciera un gran
esfuerzo, como si hubiera aprendido a escribir solo, como
si nadie nunca le hubiera enseñado a escribir y hubiera
desarrollado una especie de técnica, personal y solitaria.
En ese momento, una hora después, cuando comenzaba
a desvestirse, Damián se dio cuenta de que Estanislao
tomaba el bolígrafo como lo hacía él,
de ese modo tan extraño, tan distinto al del resto
de las personas que tomaban bolígrafos para escribir
números de teléfonos, listas de compras, direcciones,
apuntes de quién sabe qué carreras, qué profesiones
y oficios tan distintos al de Estanislao y al de él;
seres humanos que durante el transcurso de sus vidas, de
sus horas cotidianas escriben palabras y números sin
reparar en el modo de hacerlo, sin fijarse en lo que Damián,
allí, recostado en su cama y semidesnudo, se había
fijado. Damián se había dado cuenta, en ese
mínimo gesto del otro, de alguna especie de comunión
entre ambos y llegó a la conclusión -más
bien sintió de repente- que se había enamorado.
Quiso decir, quiso decirse algo en voz alta, quiso hablarse
a sí mismo y escucharse su voz diciéndose palabras,
quiso adornar la palabra “enamorado” con un número
no determinado de adjetivos, de sensaciones. Pero no pudo
emitir palabra alguna, ni siquiera pudo emitir sonido alguno.
Como solía sucederle, como pocas veces solía
sucederle, Damián se encontraba soslayado por los
gestos mínimos y mancomunados de un desconocido que
una vez vio en un baño y al que ahora, entonces, como
confuso, ido, y exaltado, como abandonado, lo recordaba con
un movimiento de manos al escribir unos números que,
pensó, allí, abandonado y enamorado, representaban
la esencia del romanticismo, de su romanticismo. Al día
siguiente se despertó enamorado de Estanislao. Pensaba
en él, lo imaginaba, se imaginaba con él. Imaginó un
nuevo encuentro ese mismo día. Eran casi las nueve
de la mañana cuando se dirigió al teléfono
y comenzó a marcar el número de teléfono
que el otro le había escrito, con esa forma de hacerlo
tan parecida a la suya, la noche anterior en una servilleta
en el bar. Era el número de un teléfono móvil.
Sonó tres veces y se escuchó, después,
la voz de Estanislao. Damián le dijo que simplemente
lo llamaba porque se había despertado con su imagen
(había interpretado que durante el transcurso de la
noche había soñado con él). Estanislao
se limitó a decir gracias escuetamente, y luego hizo
un largo e incómodo silencio que el otro llenó con
una invitación a su casa. Estanislao dijo estar muy
ocupado ese día pero que, si lo quería, podía
volver a llamarlo “cualquier día de estos”; y colgó.
Damián fugazmente pensó en el tono con que
el otro le había dicho “cualquier día de estos” pero
sonrió y, entre irónico y levemente decepcionado
se dijo: “Lástima que la realidad me pida paciencia”.
Damián y
Estanislao
Esta vez no fue en el El
Olimpo. Fue en La fluvial,
un bar en el muelle con un enorme ventanal que daba al río
Paraná. Esta vez no fue de noche, sino de día,
de tarde, una tarde de mayo, dos semanas después de
su último encuentro en El Olimpo. Llovía.
-Cómo llueve...
-Sí.
-Pensé que no ibas a venir.
-Aquí estoy.
-Sí.
-¿Te gusta este bar?
-Sí. Se ve el río.
-Por eso te lo sugerí. Por el río, por el “Agua
que corre”.
-Ah.
-...
-...
-¿Querés tomar algo?
-Nada, gracias. Tengo que volver a trabajar.
-Te estarás preguntando por qué te llamé después
de dos semanas.
-No. Bueno, sí.
-Quería verte. Eso es todo.
-¿Nada más?
-En estas últimas semanas, estuve pensando mucho
en vos.
-...
-Y no me atreví a llamarte antes. Marcar hoy tu número
y hablarte fue todo un esfuerzo.
-¿Un esfuerzo?
-Un esfuerzo placentero...
-...
-Hay algo importante entre
nosotros. Lo creo, lo veo, lo siento. Algo se venía
gestando. Pequeños gestos
me dieron el indicio. Siempre me fijo en los pequeños
gestos, los mínimos detalles. Ellos forman el todo.
El hombre es la unión de todos esos gestos... ¿Sabés
que escribimos de la misma forma? Lo noté aquella
noche en El Olimpo, cuando me dejaste tu número de
teléfono, cuando escribiste tu número en esta
servilleta. Todavía la conservo como verás.
Utilizamos más dedos que el resto de los mortales
para tomar los bolígrafos. No te rías, es verdad,
parece una pavada, pero, ya te dije, mis ojos recaen siempre
en los pequeños gestos, en las mínimas acciones
de otro; de vos. Como cuando estabas en el baño del
cine hipnotizado ante el agua... que corría. No tenés
por qué sentirte presionado, si ésa es la palabra,
ante todas estas palabras, ante mis palabras. Simplemente
te las... Porque seguramente te estarás preguntando
cómo puedo estar diciendo tantas cosas sobre alguien
al que apenas conozco, sobre alguien que apenas vi... Eso
es lo maravilloso: el saber cosas tuyas con sólo mirarte.
Y durante estas dos semanas te vi, te vi todos los días.
Estabas presente en mis pensamientos, en mi vida cotidiana,
en mis horas. Hoy sólo pensaba que quería verte
y hablar de pavadas. Pero no pude evitarlo, me salieron
estas palabras...
-Yo... Yo... me siento halagado. De alguna manera te lo
agradezco. Pero ahora me toca a mí.
-Es estupendo que también tengas cosas para decirme.
-Sí. No me gustan los hombres.
Agua que corre
“Agua Que Corre baja y lava, ataca, salta,
empuja. Agua Que Corre, alimenta, destruye, se alegra.
No puede pensar ni remansar, no puede sonreír, no
puede dormir. No puede volver. Agua Que Corre topa, dispara,
se levanta, conduce, apura y rompe. Yo te vi, yo te vi,
yo te vi. Yo te llevo...”
Sara Gallardo
Damián supo que Estanislao mentía, que le
había mentido sobre sus gustos. Hacía años,
después de superar prejuicios (no erradicarlos, sino
superarlos, o suplantarlos por otros) y dejar de lado los
caprichos de la apariencia, que venía diciéndose
que en general la gente tiene el aspecto de lo que es. Pero
al verlo aquella tarde, una vez sentenciadas las palabras,
con el aspecto que sabía que tendría, siendo
exactamente el hombre que había esperado que fuera,
una vez sentenciadas las palabras, Damián se sintió un
hombre herido. Se despidieron con una sonrisa bajo una cortina
de agua que caía desde el cielo. Antes, Damián
le había preguntado el nombre del libro que había
leído en la escuela secundaria. El otro pronunció un
extraño nombre y dijo no recordar quién lo
había escrito. Luego se fue.
Aquella tarde, mientras se dirigía de vuelta a su
trabajo a bordo de un taxi, Estanislao emitió un suspiro
de alivio. Había mentido para no sentirse cómplice
de un sentimiento ajeno, para no involucrarse en algo de
lo que, por ahora, por entonces, no tenía interés.
Observó el paisaje a través del vidrio del
automóvil y, la lluvia, como piedras golpeando, deformaba
su visión. Sintió algo parecido a la tristeza
al ver todo un paisaje cubierto por agua. Volvió a
suspirar y alguna tibia imagen se le iba formando en su cabeza
cuando el taxi se detuvo en la puerta de Sport 78.
El libro se llamaba Eisejuaz y lo había
escrito una argentina, Sara Gallardo, hacía ya muchos
años. Era un libro extraño. Damián lo
consiguió barato en una librería de libros
usados. Comenzó a leerlo con cierta dificultad, pero
poco a poco fue sumergiéndose en la voz del protagonista.
Llegó a un capítulo que se llamaba Agua
Que Corre y automáticamente lo recordó.
Desde esa tarde lluviosa en La Fluvial sólo se cruzaron
una vez. Habían pasado casi dos meses cuando Damián
lo vio caminando en dirección opuesta a él.
Al parecer el otro no se había dado cuanta que, a
pocos pasos, en la misma vereda y en dirección opuesta,
estaba el hombre que escribía de la misma extraña
forma que él, personal y solitaria. Se vieron a la
distancia próxima. Cruzaron certeramente sus ojos,
sus miradas pero, en un instante, en un mínimo instante,
todo el cuerpo de Estanislao dudó en seguir y, simulando
quizás un olvido, miró su reloj, dio media
vuelta y comenzó a caminar apurado hacia la esquina,
donde se perdió de la vista de Damián, que
prefirió ver cómo se alejaba, emitir un gesto
que pudo ser una sonrisa y recordar la frase del libro que
había subrayado esa mañana:
“Le dije:
-¿Quién sos, señor?
-Soy ese espíritu que te fue dado.
-¿Cuál es tu nombre, para que te sirva,
para que sirvamos?
-Mi nombre es Agua Que Corre.
Y se fue.”
© Leonel Giacometto |