| acerca de Los Noveles | staff | archivo | autores | convocatoria | enlaces | contacto |

 

Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

SOBRE LA PACIENCIA

 

Para Lionel

Esta historia es ajena. Le pertenece –llamémoslos así- a Estanislao y a Damián; sobre todo a Damián, que una tarde de mayo, café mediante, armado de coraje, del coraje impuesto por los, diría Perlongher, “marasmos del romanticismo”, imaginó para sí y para el otro una realidad distinta que, después de todo, fuera capaz de completar su historia. Pero no lo logró.

 

Agua

“Agua Que Corre baja y lava, ataca, salta, empuja. Agua Que Corre, alimenta, destruye, se alegra. No puede pensar ni remansar, no puede sonreír, no puede dormir. No puede volver. Agua Que Corre topa, dispara, se levanta, conduce, apura y rompe. Yo te vi, yo te vi, yo te vi. Yo te llevo...”

Sara Gallardo

 

Estanislao no estaba ni dormido ni despierto, estaba perdido en una zona intermedia, meciéndose suave y casi imperceptiblemente hacia delante y hacia atrás, como un trozo de madera que flota a la orilla del mar, entre la espuma. Tenía esa imagen, esa sensación: veía el mar, el extenso mar y se veía a sí mismo como un trozo de madera –quizás el resto de algún naufragio- flotando, yendo y viniendo, a la deriva ante la inmensidad de todo. Sentado aún en una de las butacas del cine, mientras las luces se encendían, los créditos finales de la película mostraban una interminable lista de nombres, y la gente (el público) se levantaba de sus asientos (algunos se secaban las lágrimas o sonreían complacidos, otros murmuraban palabras inentendibles), Estanislao trataba de recomponerse. Tenía la sensación de haberse dormido, de haber soñado la película que acababa de ver. Sabía que no. Sabía que no se había dormido, que había estado muy atento, que había disfrutado (si ésa era la palabra) de las imágenes, de la banda sonora (el omnipresente piano), de la historia, de los gestos a punto de estallar de las actrices, y que había llorado desde el comienzo, cuando una de las protagonistas, delicada pero decididamente, se sumergía para siempre en el oscuro, difuso, pero liberador río.

Damián, sentado aún en una de las butacas del cine, recordaba el rostro de Julianne Moore como Laura Brown tratando de perderse. Ya no había ninguna imagen en la gran pantalla pero le gustaba quedarse hasta lo que él consideraba el “verdadero final”. Repentinamente le vinieron ganas de orinar. Odiaba ir a los baños públicos por lo que había desarrollado una especie de técnica: podía retener las ganas simplemente con proponérselo y orinar siempre en su casa. Pero entonces, cuando en su cabeza Julianne Moore como Laura Brown trataba de matarse y era rescatada de las profundidades del agua por una Virginia Woolf que había decidido no matar a su heroína, Damián tuvo un incontrolable deseo de orinar que no podía esperar. Se levantó de la butaca, se dirigió a la salida e ingresó al baño del cine. Aunque los mingitorios estaban vacíos, él entró al primero de los individuales. Sentía algo de vergüenza; era la primera vez en años que orinaba fuera de su casa. Al terminar, cuando se estaba abrochando el pantalón, se le dio por pensar en la banda sonora de la película que acababa de ver. Trataba de recordar el sonido, la música que producía el piano, cuando escuchó una especie de quejido, un vago llanto que provenía, al parecer, del individual contiguo. Acercó un poco su cabeza a una de las paredes para escuchar mejor y percibió un largo y quejoso suspiro. Alguien, del otro lado, estaba llorando.

Estanislao lloraba encerrado en uno de los individuales del baño del cine. Rodaban libres sus lágrimas por sus mejillas y él trataba de recomponerse. No lograba saber el significado exacto de su llanto. La película lo había conmovido y sólo en su cabeza tenía las imágenes de ella. Quería unirlas con algún acontecimiento de su vida, con algo de su pasado que le diera la pauta de semejante llanto. Pero no, no podía. Pero no, no quería; y en su cabeza sólo tenía el zapato de tacón de una de las protagonistas vagando por las oscuridades del río al cual, por propia voluntad, se había sumergido.

Damián escuchó el sonido de la puerta contigua pero no se atrevió a salir. Como las puertas del baño estaban cortadas, muy despacio y sigiloso, asomó su cabeza por arriba y vio, frente al gran espejo junto al lavabo, a un muchacho de no más de veinticinco años que se lavaba las manos y la cara. Bajó rápidamente la cabeza y permaneció en silencio apoyado contra la puerta. Se le apareció la imagen de Meryl Streep como Clarissa Vaugham en un plano cenital, subiendo por un ascensor, sosteniendo un gran ramo de flores y mirando hacia arriba. Salió con esa imagen en su cabeza, escuchó lejano el sonido del piano de la película y se colocó próximo al muchacho que se lavaba las manos y la cara. Lo miró por el reflejo del espejo. No era muy alto; casi de su misma altura. Tenía los cabellos oscuros y cortos, las manos pequeñas, y sus ojos, marrones, parecían inundados de una tonalidad rojiza. El otro, al parecer, no se había percatado de que Damián, a través del espejo, lo estaba observando. Damián observó el movimiento de las manos del otro, que permanecía inmóvil frente al grifo abierto. Es, pensó Damián, como si estuviese hipnotizado por el agua que corre.

Estanislao se miraba las manos bajo el agua. Observaba cómo el líquido se desplazaba por sus manos, sus dedos, su piel. Trataba de retenerla con pequeños movimientos pero era inevitable: el agua se escurría por entre sus manos. Se pensó a sí mismo como agua. Ya no era un trozo de madera flotando, yendo y viniendo, sino agua, agua que corría. Se le apareció la imagen de Julianne Moore como Laura Brown acostada en la habitación de un hotel a la espera del agua que brotaría del suelo. Vio torrentes de agua oscura y sucia que inundaron sus imágenes, y recordó la frase de un libro que había leído hacía ya mucho tiempo, en la escuela secundaria. Era una frase sobre el agua, sobre su fuerza; una frase poderosa que cuando la leyó, años atrás, en la escuela secundaria, le pareció una especie de conjuro. Inmóvil frente al grifo abierto, Estanislao trataba de recordarla entera, tal cual la había leído; pero, entre Julianne Moore como Laura Brown que se ahogaba y el agua del grifo que se le escurría por entre las manos, él no logró recordar más que tres palabras: “Agua Que Corre”. Las murmuraba entre dientes, casi imperceptiblemente, cuando una lágrima brotó de su ojo izquierdo, rodó despacio por su mejilla, se depositó brevemente en sus labios, y terminó confundiéndose, fundiéndose con el agua que bañaba sus manos.

Damián tragó saliva y produjo un diminuto sonido gutural. No sabía qué hacer. No sabía si retirarse de ese baño o si comenzar a hablar, a hablarle. Miró el espejo nuevamente, y lo miró al otro, que seguía inmóvil. Finalmente le preguntó: “¿Te gustó la película?”. El otro no respondió automáticamente; como vuelto de un sueño, algo sorprendido, lo miró y le dijo: “No lo sé”. Damián lo miró emitiendo algo que pudo ser una sonrisa y, con un gesto que tiempo después calificaría como “impulsivo”, cerró el grifo donde el otro se lavaba las manos. Ambos tuvieron la misma mental imagen, aunque nunca lo supieron: Nicole Kidman como Virginia Woolf diciendo que no mataría a su heroína, y Julianne Moore como Laura Brown saliendo de las profundidades acuáticas de ella misma.

Salieron juntos del cine, en absoluto silencio. Damián se detuvo por unos instantes en la puerta de entrada y salida a observar el afiche promocional de la película. El otro dudó unos instantes pero también se detuvo.

-Me llamo Damián –dijo.

-Yo soy Estanislao –dijo.

A Damián le pareció sumamente extraño el nombre del otro pero no se atrevió a indagar. En cambio, se le dio por pensar que sería agradable volver a ver a ese muchacho de no más de veinticinco años que hasta hacía unos momentos lloraba encerrado en el baño; es más, en ese momento, allí, junto al afiche de la película que acababan de ver, Damián le dijo: “¿Querés tomar un café?”

-No puedo, estoy apurado.

-Te vi muy triste en el baño.

-Fue la película.

-¿Qué parte?

-Toda.

-Podríamos volver a vernos algún día y...

-No sé.

-Te dejo mi número de teléfono.

-Me tengo que ir.

-¿Qué murmurabas en el baño?

-¿Yo? Ah, unas palabras de un libro.

-¿Te gusta leer?

-“Agua que corre”, decía –dijo Estanislao y se fue. Damián quiso retenerlo pero el otro ya estaba caminado, yéndose, sin que pudiera decirle algo más. “Agua que corre”, repetía Damián mientras lo veía alejarse, de espaldas, nervioso y apurado. Por un instante pensó en la posibilidad de que el otro se diera vuelta y observara cómo lo estaba mirando alejarse. Pero no lo hizo.

 

Damián

Se imaginó a Estanislao como él deseaba que fuera, como él deseaba que hubiera sido: abierto y atento. Lo imaginó, después, tendido en la cama, y se imaginó a sí mismo besándole los ojos, la nariz, la boca; le acarició la nuca y Estanislao le acercó su voz a su rostro y le contó su vida. Tenía tres hermanos más grandes que vivían en España; sus padres habían muerto en un accidente cuando él tenía tres años, y desde entonces, él y sus hermanos, quedaron al cuidado de sus abuelos, de sus cuatro abuelos. Prefería trabajar como empleado en un negocio de insumos de computación que encerrarse quién sabe cuántos años estudiando quién sabe qué carrera. Por primera vez, Damián sintió una mezcla de amor, deseo, tristeza y emoción al imaginar la vida de un desconocido con el que apenas cruzó palabra y que ahora, entonces, en su cabeza, movía sus manos acariciándolo suavemente y le decía lo predispuesto que estaba a enamorarse. “Lástima que la realidad me pida paciencia”, se dijo y se durmió enseguida.

 

Estanislao

Estaba sentado en la cama, semidesnudo, mirándose las manos. Se sintió un idiota al recordarse, horas atrás, en el cine. Pensó en ese muchacho con el cual había cruzado unas palabras y que lo había invitado, después, a tomar café. Todavía no sabía el motivo exacto de su prolongado llanto en el cine y lo atribuyó a la belleza de las imágenes de la película. “Después de todo”, se dijo, “no siempre hay un motivo”. Sin embargo sabía, en su interior, que las imágenes del suicidio de Virginia Woolf correspondían a un acontecimiento de su pasado, de su pasado adolescente: cuando tenía dieciséis años, arrebatado por el amor no correspondido de un compañero de la escuela secundaria, él había intentado suicidarse de la misma manera. Pero no lo logró. Había llenado los bolsillos de su campera con piedras que fue encontrando en su trayecto al río, pero al introducirse en las oscuras aguas del río Paraná, un pescador, que lo venía observando de hacía rato, lo rescató casi al instante. Ahora, entonces, ese hecho lo llenaba de vergüenza. Se sentía ridículo, melodramático al recordar ese acontecimiento. Trataba de olvidarlo. Es más, casi había desaparecido de su cabeza y ya no tenía imágenes precisas de ese día; ni siquiera recordaba con exactitud a Mauro, su compañero de la escuela secundaria. Pero la película que había visto hacía algunas horas, no lo retrotrajo a las imágenes del pasado, sino que lo llenó de la misma incertidumbre de aquellos días, de la misma pregunta: ¿Cómo podía uno continuar unido a otras personas? Pregunta estúpida, siempre decía, pero que allí, en ese momento, semidesnudo, mirándose las manos, y después de haber llorado y recordado la frase que usó como conjuro para llenar sus bolsillos con piedras e internarse en el río, no tenía respuesta.

 

Sobre la paciencia

Por varios días Damián pensó en él. Era obvio que él esperaba encontrárselo por algún rincón de la ciudad. Pero era obvio también que en el supuesto caso de encontrárselo, aunque ese instante durara apenas unos segundos, Damián no sabría qué hacer. En un mundo perfecto, se dijo, en un mundo donde todo fuera posible, más allá de la realidad cotidiana y sus pedidos de paciencia, Estanislao, cargando quién sabe qué derrotero, hubiese aceptado aquella invitación de café. En un instante maravilloso, Damián le hubiese preguntado por su tristeza y el otro, abierto, le hubiese contado que ya no soportaba su inmensa soledad, que tenía veinticinco años pero se sentía de cuarenta, que no lograba entender a las personas, que repentinamente la película le mostró lo largas que son las horas, y que por tal había que llenarlas, colmarlas. “¿Colmarlas de qué?”, le hubiese preguntado Damián. “De amor”, le habría respondido Estanislao. Entonces Damián habría querido dar con alguna palabra que pudiera ayudarlo; pero, quizás, lo único que se le hubiera ocurrido habría sido mirarlo profundamente a los ojos. Y se habrían besado, allí, de noche, en ese supuesto bar, a la vista de todo el mundo que, indiferente, continuaría con lo suyo.

Con el transcurrir de los días Estanislao fue olvidándose de la película, del muchacho que le había invitado un café, de su llanto y de la frase que usó como conjuro para, muchos años atrás, internarse en el río Paraná. En el peor de los casos, se le habría ocurrido pensar que era un cobarde sin el coraje suficiente para enfrentar su pasado. Pero, aunque sabía entender a la vida a su modo (sobre todo a la propia), sabía también que lo que estaba haciendo tenía las características de una coraza, de un muro; un muro de silencio, pero muro al fin. Ésa era la esencia de su vida, a eso aspiraba: un mundo sin sacudimientos ni sobresaltos; un mundo que sabía que le depararía sorpresas y altibajos pero que, fueran cuales fueran las secuelas, nada (ni nadie) podría alterarle su manso transcurrir. Sobre todo con los hombres, con los cuales mantenía esporádicas y casuales relaciones sin dejarlos, sin dejarse, llegar a más.

Se cruzaron tres veces antes de su último encuentro. La primera vez, Damián lo vio desde un taxi en el que iba. Rápidamente le pidió al conductor detenerse y abortar el viaje allí mismo, a dos cuadras de donde lo había visto. Corrió esas dos cuadras pero al llegar al lugar, Damián no dio con él. Pensó en todas la posibilidades posibles sobre el paradero de Estanislao y comenzó a caminar para tomar otro taxi y partir cuando, en la vereda opuesta en la que él estaba, lo vio dentro de un enorme negocio de ropa deportiva. Cruzó la calle y, sin pensarlo, se introdujo en el negocio, que se llamaba Sport 78. Estanislao, al parecer, era uno de los empleados, ya que estaba detrás de uno de los mostradores frente a una computadora. Estaba atendiendo a una mujer que pagaba dos pares de zapatillas Nike con tarjeta de crédito. Damián se colocó detrás de un exhibidor de camperas Adidas y, mientras pasaba su mano izquierda por los diferentes tipos de camperas, lo observaba atender a la mujer. Vio sus manos pequeñas digitar las teclas de la computadora, recibir y entregar la tarjeta de crédito, y lo vio esperar, atento pero algo desentendido, que la señora firme el recibo de su compra. Después lo vio sonreír por primera vez al entregar la bolsa que contenía las zapatillas y despedirse de la mujer. Tenía toda intención de acercarse al mostrador y saludarlo. Pero no pudo hacerlo: un cosquilleo en el estómago se lo impidió. En su cabeza estaba la imagen de sus manos. Las veía en actitudes simples, cotidianas: escribiendo, posándose en una mesa, rascándose el mentón, acariciándole la nuca. Minutos después, rápido como había ingresado, se fue.

La segunda vez que se cruzaron Estanislao lo vio ingresar por la puerta principal de Sport 78, el negocio de ropa deportiva en el que trabajaba desde hacía casi un año. Olvidaba fácilmente los rostros pero recordó el de Damián cuando éste se le acercó y le dijo, con una sonrisa cordial y algo nerviosa, “hola”. Damián no compró nada en el negocio sino que, dado que había pasado casualmente por ahí y lo había visto, dijo, se le ocurrió la idea de invitarlo, nuevamente, a tomar un café. Estanislao aceptó para no ser descortés. Aunque todavía sentía algo de vergüenza al recordar que ese hombre lo había visto llorar en un baño, quería saber, por simple curiosidad, qué pensaba de él. Esa noche, cerca de las diez, se encontraron en un bar. Fue en El Olimpo, un bar que estaba cerca de la casa de Damián, que sugirió ese lugar ya que, decía, le gustaba la ambientación. Llegó primero y se sentó a una mesa algo alejada de la puerta de entrada. No había mucha gente y en el ambiente sonaba una música calma, suave, que parecía lejana, como que provenía de otro lugar. Por cortesía, o por costumbre (no sabía cuál), esperó la llegada de Estanislao para ordenar y, mientras lo hacía, se dedicó a observar, algo impaciente, a la gente que estaba en el bar. Una anciana vestida algo exageradamente que leía un libro de, le pareció ver, Nina Berberova; dos mujeres, más cerca de él, que con gestos casi secretos hablaban de un tal Carlos, que al parecer vivía en Niza y falsificaba cuadros de Frida Kalho; cerca del ventanal, dos jóvenes, un muchacho y un muchacho, tomaban café. En ese momento, cuando Damián veía que uno de los muchachos colocaba una de sus piernas entre las del otro y sonreía cómplice, ingresó Estanislao, que por un instante, un mínimo instante, dudó en acercarse a él.

No fue exactamente como él pensaba. En sus expectativas, Damián se había imaginado una conversación más larga e íntima. Ahora, entonces, una hora después, camino a su casa, recordaba la mesa del bar sin saber exactamente qué pensar. Nada de lo que había imaginado sobre la vida del otro coincidía con la realidad: Estanislao era hijo único y vivía con sus padres; tenía veinticuatro años y estaba evaluando la posibilidad de comenzar a estudiar “Licenciatura en Turismo” ya que, dijo, tenía la intención de irse a vivir a España, a Palma de Mallorca más exactamente. Al hablar de la noche en que se conocieron, Estanislao dijo no haber podido disfrutar demasiado de la película ya que sufrió de un repentino y doloroso ataque de hígado (o algo parecido) que lo hizo llorar encerrado en el baño y le había impedido ver el final. “¿Cómo termina?”, preguntó. “Como en el principio. Virginia ahogándose”, respondió Damián y le preguntó por la frase que murmuraba en el baño. “Es de un libro que leí en la escuela secundaria. Agua que corre, decía. Seguramente, se me vino a la cabeza al ver tanta agua en la película”. Una hora después, Damián recordaba esas palabras y recordaba también el momento en que él le pedía, casi humildemente, su número de teléfono para, si así lo quería, volver a encontrarse. Y vio, entonces, en ese momento, una hora después, cuando se disponía a ingresar a su casa, el movimiento de las manos de Estanislao al escribir en una servilleta los números. Vio que tenía una forma especial de tomar el bolígrafo, que utilizaba no dos, sino tres dedos, y que colocaba el bolígrafo más allá de la punta de los dedos, de sus dedos, como si hiciera un gran esfuerzo, como si hubiera aprendido a escribir solo, como si nadie nunca le hubiera enseñado a escribir y hubiera desarrollado una especie de técnica, personal y solitaria. En ese momento, una hora después, cuando comenzaba a desvestirse, Damián se dio cuenta de que Estanislao tomaba el bolígrafo como lo hacía él, de ese modo tan extraño, tan distinto al del resto de las personas que tomaban bolígrafos para escribir números de teléfonos, listas de compras, direcciones, apuntes de quién sabe qué carreras, qué profesiones y oficios tan distintos al de Estanislao y al de él; seres humanos que durante el transcurso de sus vidas, de sus horas cotidianas escriben palabras y números sin reparar en el modo de hacerlo, sin fijarse en lo que Damián, allí, recostado en su cama y semidesnudo, se había fijado. Damián se había dado cuenta, en ese mínimo gesto del otro, de alguna especie de comunión entre ambos y llegó a la conclusión -más bien sintió de repente- que se había enamorado. Quiso decir, quiso decirse algo en voz alta, quiso hablarse a sí mismo y escucharse su voz diciéndose palabras, quiso adornar la palabra “enamorado” con un número no determinado de adjetivos, de sensaciones. Pero no pudo emitir palabra alguna, ni siquiera pudo emitir sonido alguno. Como solía sucederle, como pocas veces solía sucederle, Damián se encontraba soslayado por los gestos mínimos y mancomunados de un desconocido que una vez vio en un baño y al que ahora, entonces, como confuso, ido, y exaltado, como abandonado, lo recordaba con un movimiento de manos al escribir unos números que, pensó, allí, abandonado y enamorado, representaban la esencia del romanticismo, de su romanticismo. Al día siguiente se despertó enamorado de Estanislao. Pensaba en él, lo imaginaba, se imaginaba con él. Imaginó un nuevo encuentro ese mismo día. Eran casi las nueve de la mañana cuando se dirigió al teléfono y comenzó a marcar el número de teléfono que el otro le había escrito, con esa forma de hacerlo tan parecida a la suya, la noche anterior en una servilleta en el bar. Era el número de un teléfono móvil. Sonó tres veces y se escuchó, después, la voz de Estanislao. Damián le dijo que simplemente lo llamaba porque se había despertado con su imagen (había interpretado que durante el transcurso de la noche había soñado con él). Estanislao se limitó a decir gracias escuetamente, y luego hizo un largo e incómodo silencio que el otro llenó con una invitación a su casa. Estanislao dijo estar muy ocupado ese día pero que, si lo quería, podía volver a llamarlo “cualquier día de estos”; y colgó. Damián fugazmente pensó en el tono con que el otro le había dicho “cualquier día de estos” pero sonrió y, entre irónico y levemente decepcionado se dijo: “Lástima que la realidad me pida paciencia”.

 

Damián y Estanislao

Esta vez no fue en el El Olimpo. Fue en La fluvial, un bar en el muelle con un enorme ventanal que daba al río Paraná. Esta vez no fue de noche, sino de día, de tarde, una tarde de mayo, dos semanas después de su último encuentro en El Olimpo. Llovía.

-Cómo llueve...

-Sí.

-Pensé que no ibas a venir.

-Aquí estoy.

-Sí.

-¿Te gusta este bar?

-Sí. Se ve el río.

-Por eso te lo sugerí. Por el río, por el “Agua que corre”.

-Ah.

-...

-...

-¿Querés tomar algo?

-Nada, gracias. Tengo que volver a trabajar.

-Te estarás preguntando por qué te llamé después de dos semanas.

-No. Bueno, sí.

-Quería verte. Eso es todo.

-¿Nada más?

-En estas últimas semanas, estuve pensando mucho en vos.

-...

-Y no me atreví a llamarte antes. Marcar hoy tu número y hablarte fue todo un esfuerzo.

-¿Un esfuerzo?

-Un esfuerzo placentero...

-...

-Hay algo importante entre nosotros. Lo creo, lo veo, lo siento. Algo se venía gestando. Pequeños gestos me dieron el indicio. Siempre me fijo en los pequeños gestos, los mínimos detalles. Ellos forman el todo. El hombre es la unión de todos esos gestos... ¿Sabés que escribimos de la misma forma? Lo noté aquella noche en El Olimpo, cuando me dejaste tu número de teléfono, cuando escribiste tu número en esta servilleta. Todavía la conservo como verás. Utilizamos más dedos que el resto de los mortales para tomar los bolígrafos. No te rías, es verdad, parece una pavada, pero, ya te dije, mis ojos recaen siempre en los pequeños gestos, en las mínimas acciones de otro; de vos. Como cuando estabas en el baño del cine hipnotizado ante el agua... que corría. No tenés por qué sentirte presionado, si ésa es la palabra, ante todas estas palabras, ante mis palabras. Simplemente te las... Porque seguramente te estarás preguntando cómo puedo estar diciendo tantas cosas sobre alguien al que apenas conozco, sobre alguien que apenas vi... Eso es lo maravilloso: el saber cosas tuyas con sólo mirarte. Y durante estas dos semanas te vi, te vi todos los días. Estabas presente en mis pensamientos, en mi vida cotidiana, en mis horas. Hoy sólo pensaba que quería verte y hablar de pavadas. Pero no pude evitarlo, me salieron estas palabras...

-Yo... Yo... me siento halagado. De alguna manera te lo agradezco. Pero ahora me toca a mí.

-Es estupendo que también tengas cosas para decirme.

-Sí. No me gustan los hombres.

 

Agua que corre

“Agua Que Corre baja y lava, ataca, salta, empuja. Agua Que Corre, alimenta, destruye, se alegra. No puede pensar ni remansar, no puede sonreír, no puede dormir. No puede volver. Agua Que Corre topa, dispara, se levanta, conduce, apura y rompe. Yo te vi, yo te vi, yo te vi. Yo te llevo...”

Sara Gallardo

 

Damián supo que Estanislao mentía, que le había mentido sobre sus gustos. Hacía años, después de superar prejuicios (no erradicarlos, sino superarlos, o suplantarlos por otros) y dejar de lado los caprichos de la apariencia, que venía diciéndose que en general la gente tiene el aspecto de lo que es. Pero al verlo aquella tarde, una vez sentenciadas las palabras, con el aspecto que sabía que tendría, siendo exactamente el hombre que había esperado que fuera, una vez sentenciadas las palabras, Damián se sintió un hombre herido. Se despidieron con una sonrisa bajo una cortina de agua que caía desde el cielo. Antes, Damián le había preguntado el nombre del libro que había leído en la escuela secundaria. El otro pronunció un extraño nombre y dijo no recordar quién lo había escrito. Luego se fue.

Aquella tarde, mientras se dirigía de vuelta a su trabajo a bordo de un taxi, Estanislao emitió un suspiro de alivio. Había mentido para no sentirse cómplice de un sentimiento ajeno, para no involucrarse en algo de lo que, por ahora, por entonces, no tenía interés. Observó el paisaje a través del vidrio del automóvil y, la lluvia, como piedras golpeando, deformaba su visión. Sintió algo parecido a la tristeza al ver todo un paisaje cubierto por agua. Volvió a suspirar y alguna tibia imagen se le iba formando en su cabeza cuando el taxi se detuvo en la puerta de Sport 78.

 

El libro se llamaba Eisejuaz y lo había escrito una argentina, Sara Gallardo, hacía ya muchos años. Era un libro extraño. Damián lo consiguió barato en una librería de libros usados. Comenzó a leerlo con cierta dificultad, pero poco a poco fue sumergiéndose en la voz del protagonista. Llegó a un capítulo que se llamaba Agua Que Corre y automáticamente lo recordó. Desde esa tarde lluviosa en La Fluvial sólo se cruzaron una vez. Habían pasado casi dos meses cuando Damián lo vio caminando en dirección opuesta a él. Al parecer el otro no se había dado cuanta que, a pocos pasos, en la misma vereda y en dirección opuesta, estaba el hombre que escribía de la misma extraña forma que él, personal y solitaria. Se vieron a la distancia próxima. Cruzaron certeramente sus ojos, sus miradas pero, en un instante, en un mínimo instante, todo el cuerpo de Estanislao dudó en seguir y, simulando quizás un olvido, miró su reloj, dio media vuelta y comenzó a caminar apurado hacia la esquina, donde se perdió de la vista de Damián, que prefirió ver cómo se alejaba, emitir un gesto que pudo ser una sonrisa y recordar la frase del libro que había subrayado esa mañana:

“Le dije:

-¿Quién sos, señor?

-Soy ese espíritu que te fue dado.

-¿Cuál es tu nombre, para que te sirva, para que sirvamos?

-Mi nombre es Agua Que Corre.

Y se fue.”

 

© Leonel Giacometto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leonel Giacometto | Argentina, 1976 | Narrador, periodista y dramaturgo. En 1998, escribió y dirigió su primera pieza teatral: Carne humana. Desde 2001 ha recibido diversos premios por su trabajo en teatro. Es colaborador del suplemento de Cultura del diario El Litoral y del diario La Capital, y de las revistas El Vecino y El Picadero. Junto a Francisco Garamona edita la revista de poesía Macuerna; y junto a Miguel Passarini y Julio Cejas, El espacio vacío, una publicación dedicada a las artes escénicas.