CINEMA ALMODOVAR
De pequeño solía subir a los árboles
junto a Pedrito. Trepábamos cualquier viejo
roble luego de ver alguna película y maullábamos
como gatos asustados hasta que algún vendaval nos
obligaba a bajar. La última vez que estuvimos arriba
me preguntó qué quería hacer de grande.
Lo primero que contesté fue: “películas”.
Y se rió tanto de mí, que sentí vergüenza.
Ahora percibía la misma emoción de rubor,
esa presión en el pecho. No podía comprender
los consejos de Pedro. Todo era tan asqueroso. Del estómago
me subía una extraña sensación de repugnancia,
ese vértigo nauseabundo. Todas las hojas son del
viento ya que él las mueve hasta la muerte.
“Te va a sacar del apuro”, decía
entusiasmado. Yo me sentía atrapado, perturbado y
le repetía
que “¡no! ¡no!”. Estaba loco. ¡Cómo
iba a poder hacer eso yo! Y él proseguía, “no
te preocupes, cierras los ojos, te pones cómodo en
la butaca, estiras las piernas, miras la película
sobre el ecran o cierras los ojos y alucinas con el lunar
de alguna diosa del cine. En cuestión de minutos ya
no va a tener mucha importancia. Puedes sacar cincuenta o
sesenta billetes por noche, hasta más”.
No sabía qué hacer. Todas las hojas son
del viento... Me advirtió que era un riesgo
que se debía tomar seriamente. Tuve unas ganas tremendas
de largarlo, de mandarlo al diablo. Siempre pensé en él
como un verdadero amigo, no como el puto crápula
en que se había convertido. ¡Pedrito hablándome
de manchar lo único digno que me quedaba! En ese
momento me quedé en blanco sin saber qué hacer,
mirando la fachada del viejo cine Colón, más
conocido por sus asiduos como el cine Almodóvar.
En la cartelera se leía: “Hoy: Paprika y sus
diez maridos”.
La noche era fría, como ahora. Las calles estaban
húmedas y no había mujer gorda con las pestañas
llenas de rímel que no te mirara a los ojos como una
serpiente a su presa. El silencio se dejaba sentir a pesar
del bullicio nocturno. “Este negocio no es para mí”, pensé,
y me despedí de Pedro alejándome de esa calle
oscura y hedionda.
Si jamás Ariadna hubiera tenido esos vómitos
y mareos, si el mundo no hubiera estado tan en contra en
ese momento, nunca, juro que nunca hubiera buscado nuevamente
a Pedro en esas bancas de la Plaza Francia. Todas las
hojas son del viento...
“Y, huevón, cómo
es el negocio”, le
dije totalmente abatido, asqueado y colgado del mundo. Entonces
me explicó que en el cine Almodóvar los clientes
se clasificaban en pepis, lucis, bombas y otras chicas del
montón. Me dijo muy alegre y algo entusiasmado: “Las
chicas del montón son las escandalosas que vienen
todos los días en grupo, andan misias y borrachas.
Por lo general son muy agresivas, llevan pelucas rubias y
sus falditas son recontra huachafas. Te recomendaría
no entrar en contacto directo, ni en confianza con esas locas
de poca monta. Las bombas en cambio se diferencian por no
venir acompañadas, son recatadas, solitarias, llevan
el cabello corto y aparentemente son dóciles, pero
son las más feroces, les gustan las situaciones extremas,
tú sabes, golpéame y cosas así. No,
amigo, evítalas, con ese tipo de locas nunca sabes,
hace poco me tocó una, al final no me quiso pagar,
dizque porque la había tratado muy suave. Bueno, también
están las lucis, las que vienen de vez en cuando,
esas sí tienen dinero y a veces te ofrecen un buen
extra para que las acompañes fuera del cine a alguna
fiesta privada. Eso sí, yo nada que ver con trabajitos
extras, eso no es para mí, sabes que no hay que confundir
el placer con el trabajo y para mí esto es solo un
trabajo. Billete, amigo, todo esto se trata de billete. Y
espero que tú tampoco confundas esto. Bien, por último
están las pepis, y ya te darás cuenta quienes
son entre todas estas locas al borde de un ataque de nervios”. Mientras
seguía hablando Pedro, yo veía cómo
todo el mundo se me venía abajo. “¿Tantas
horas dedicadas a Tarkovski, a Godard, a Buñuel...
para esto?” Alguna vez creí que tendría
un futuro, que haría películas, que escribiría
guiones, que las salas de cine estarían destinadas
para mis historias... y ahora esto. Me sentía como
un tonto espectador a punto de ser embestido por el tren
del filme de los hermanos Lumière. Sabía que
no tenía sentido agachar la cabeza. Era mejor esperar
el tren.
Realmente necesitaba el
dinero pronto. Ariadna me había
llorado mucho e increpado por la demora en su menstruación.
Debía darme valor sin alborotar mis neuronas, pero
ahí estaban las ideas, mutilándome, carcomiendo
mi cuerpo. Y la renta que no esperaba, y el aborto con su
sangre y yo convertido en un asesino flácido, y que
los meses se hinchan y que me digo “sí, acepto” y
que lo pienso “ no, no puedo”, y que vienen las
imágenes: un bebé llorando y yo sin trabajo
y sin una moneda en el bolsillo... “Será casi
nada el que usen mi cuerpo como objeto, quizá hasta
sí lo disfrute tal como dice Pedro ”. Debía
darme valor sin alborotar mis neuronas. El miedo es una enfermedad. “¿Estás
seguro, amigo?” Me preguntó una vez más
Pedro. “Claro”, le dije ya sin voz, totalmente
afligido. “que vengan esas chicas Almodóvar." Me
peiné. Caminamos en dirección al viejo cine,
en otros tiempos había sido el gran teatro de la Ciudad
de los Reyes, ahora era sólo un viejo y maloliente
cine porno de la ciudad de los pobres.
Me detuve para sentir la
noche más llevadera, antes
de poder entrar. Observé el letrero: “Hoy: La
signorina colorete. Ultima función: El Super-Inca
y las Ñustas del Placer”. Subí las escalinatas,
me acerqué a la boletería y el anciano despachador
me lanzó su mirada de sátiro. Pedro le
pidió dos tiques. Entramos. El pasillo de antesala
apestaba a cagada de borracho. Pude soportarlo aguantando
la respiración. Ya en la sala, sin darme cuenta, nos
habíamos separado en medio de la oscuridad. Lo busqué pero
ya se había perdido entre las sombras. Supuse entonces
que había salido de la sala por el fuerte hedor que
se sentía.
Seguí caminando por
entre las butacas. Debía
sentarme un momento. A pesar de la tenue luz que proyectaba
la pantalla no veía en la sala más que sombras
moviéndose en muchas direcciones. Parecía una
incontrolable feria donde se regía solo la ley del
deseo. Un rumor sordo, a besos y chupeteo desenfrenado inundaba
la sala. Por momentos podía percibir un hedor peor
que en el corredor, a muertos, a pescado malogrado, se respiraba
la pobreza de esas almas. Sentí un fuerte dolor en
el cerebro, en el pecho, en mis piernas. Sentí asco
de mí. Retrocedí de espaldas tratando de escapar.
Entonces tropecé con un negro alto y fornido que llevaba
un polito blanco ceñido. Tenía el cabello corto
y pintado de blanco o amarillo, no lo sé bien, no
pude definirlo. Sólo atiné a ocultar mi temor pidiéndole
disculpas por el tropiezo, fue inútil, mis labios
demoraron un infierno en pronunciar esas diez letras juntas:
d-i-s-c-ú-l-p-e-m-e. Sólo quería decir
esa palabra, cruzar las cortinas que me llevarían
al pasillo de olor a caca de borracho y bajar la escalinata,
observar al viejo de la boletería comiéndose
a un marica; seguir por las hediondas calles llenas de putas,
borrachos ambulantes y niños mendigos, calles llenas
de tráfico y hombres desempleados, rodeado de bolsones
de miseria, de policías corruptos,
de jueces mafiosos, de curas fascistas, de generales y militares
hijos de puta... Entonces mis piernas
no dieron respuesta y observé al negro mover sus enormes
labios, apretándome los hombros hacia abajo, como
intentando hacerme inclinar ante él. “Estás equivocado,
amigo, yo no soy como Pepi, Luci, Bom y todas esas otras
chicas del montón, te lo juro, amigo, yo no soy así.
A mí no me gustan estos juegos, amigo, te lo juro,
no”, le dije trémulo, chirriando los dientes . “soy...
tan macho... como tú...”. El negro rió como
un gran toro bramando frente a su matador. “Sí,
sí, sí, todas dicen lo mismo primero. Así que,
vamos, demuestra tu mala educación. Aprovecha que
hoy estoy de buenas, son sólo veinte billetes
por esto. Dale gracias a la vida por la oportunidad de tenerme,
sobre todo a mi madre por hacerme tan grande”, me dijo
desabrochando la correa y el botón de su pantalón. “Yo
no soy de esos, amigo, te lo juro”, le rogué mientras
mi carne se hacia cada vez más trémula. En
ese momento se acercó a nosotros una sombra coqueta
que se abanicaba con unos billetes en la mano. Se acercó al
negro y le dijo: “déjalo, papi, no sabe lo que
se pierde, yo sí quiero besar la flor de tu secreto,
y le doy gracias a tu madre por haberte parido macho”, fue
eso o algo así lo que dijo, no pude escuchar muy bien.
Los vi alejarse en medio de la sala entre las butacas, eran
sólo dos siluetas: el mataor y su víctima.
Se perdieron y detuve la mirada en el ecran: una
rubia se agitaba incesante gritando en italiano.
Me puse de pie y decidí largarme
de una buena vez. Crucé las cortinas y, a contra luz,
en el pasillo, escuché el eco de unos tacones lejanos,
luego vi la silueta de mujer más perfecta que jamás
había
visto. Era la silueta de una femme fatale. Se acercó completamente,
cuando estuvimos frente a frente cogió mi mano y puso
un billete de cincuenta dólares ante mi vista. En
realidad no lo podía creer, no supe qué hacer
ni qué decir. Pensé en Ariadna, en el feto
mirándome con ojos de hambre, en mis estudios de cine
postergados, en cuántas veces tendría que hacer
esto para... Luego la silueta habló con voz sensual,
pero grave, como ronca. “Toma este billete, es para ti.
Son cincuenta dólares, eres nuevo por aquí y
un nuevo vale eso. ¿Vamos al fondo?” Traté de
cerciorarme si el billete era falso. Demoré por mi
jodida visión. Saqué mis cuentas, pensé en
Ariadna y sus vómitos una vez más. Dudé en
seguir al marica, pero... Todas las hojas son del viento...
La silueta me sacó del pasillo y luego me llevó de
la mano hasta un rincón de la sala de proyección.
No pensé en nada, intentaba no hacerlo, sólo
tenía en mi mente imágenes tenues de las calles
frías y húmedas.
Me arrinconó en una
de las paredes al final de la sala. Se acercó hasta
mi rostro. No pude distinguir mucho, soy miope y tengo unos
lentes que parecen poto de botella, sólo percibí unos
labios pintados y olorosos a cereza. Quise cerrar los ojos
para soportar todo. Me levantó el polo. Rasguñó suavemente
mi vientre y excitándome poco a poco, sacó mi
sexo que ya empezaba a crecer. Yo nada más observaba
el ecran . Por un momento, en mi delirio, hasta creí ver
allí La Dolce Vita. Desfilaron raudas en
mi mente las películas de Fellini. Y comencé a
imaginar que tenía entre mis piernas a Anita Ekberg,
abajo, saliendo de la gran fuente de Trevi, salpicándome
de su juego lascivo antes que llegue la mañana. Yo
era Marcello en mi delirio. Todo fue más soportable
así, menos repugnante. Convoqué imágenes
para mi redención. Y llegaron: la Papas en Zorba,
la Bergman en Casablanca, la Marilyn,
la Garbo, la Bardot, la Brooke... Luego exploté. Nos
sentamos a ver el final de esa patética película
porno. Extenuado, metí mis manos en el bolsillo del
pantalón para sentir una vez más ese billete
verde, arrugado y doblado, también yo me sentía
así. En ese momento se prendió la luz de la
sala y volteé a observar al marica que todavía
estaba a mi lado: era Pedro que huía tapándose
el rostro.
Después de mucho tiempo recuerdo esa primera noche
fría como hoy. Han pasado tantas cosas desde que llegué a
este lugar a hacer lo que hago todas las noches. Camino hacia
el cine cantando en silencio “Todas las hojas son... ya
que él las mueve hasta la muerte.” Las putas
ahora no son ya un simple montón de carne para mí.
Ahora tienen nombres, tienen vida. Me saludan, me piden fuego
como todas las noches, se compadecen de mí y yo de
ellas.
Camino despacio, vestido
de negro, con la casaca totalmente raída, fumando,
deseando encontrar la muerte en las esquinas para ponerle
los ojos morados y partirle la cara por esta mi historia
sórdida. Y sigo cantando: “Todas
las hojas son..." Pero no, no quiero más
ser una hoja arrastrada por el viento. Entonces, como un
vuelco, recuerdo esa otra vieja canción del viejo
Dylan: Blowing
in the Wind. Y susurro lentamente: “Soplando en
el viento, soplando en el...” Respiro muy hondo pensando
que este final debe cambiar, y soplo, soplo tan fuerte, hasta
quedarme sin aire.
© Julio César Vega |