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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

CINEMA ALMODOVAR

 

De pequeño solía subir a los árboles junto a Pedrito. Trepábamos cualquier viejo roble luego de ver alguna película y maullábamos como gatos asustados hasta que algún vendaval nos obligaba a bajar. La última vez que estuvimos arriba me preguntó qué quería hacer de grande. Lo primero que contesté fue: “películas”. Y se rió tanto de mí, que sentí vergüenza.

Ahora percibía la misma emoción de rubor, esa presión en el pecho. No podía comprender los consejos de Pedro. Todo era tan asqueroso. Del estómago me subía una extraña sensación de repugnancia, ese vértigo nauseabundo. Todas las hojas son del viento ya que él las mueve hasta la muerte.

“Te va a sacar del apuro”, decía entusiasmado. Yo me sentía atrapado, perturbado y le repetía que “¡no! ¡no!”. Estaba loco. ¡Cómo iba a poder hacer eso yo! Y él proseguía, “no te preocupes, cierras los ojos, te pones cómodo en la butaca, estiras las piernas, miras la película sobre el ecran o cierras los ojos y alucinas con el lunar de alguna diosa del cine. En cuestión de minutos ya no va a tener mucha importancia. Puedes sacar cincuenta o sesenta billetes por noche, hasta más”.

No sabía qué hacer. Todas las hojas son del viento... Me advirtió que era un riesgo que se debía tomar seriamente. Tuve unas ganas tremendas de largarlo, de mandarlo al diablo. Siempre pensé en él como un verdadero amigo, no como el puto crápula en que se había convertido. ¡Pedrito hablándome de manchar lo único digno que me quedaba! En ese momento me quedé en blanco sin saber qué hacer, mirando la fachada del viejo cine Colón, más conocido por sus asiduos como el cine Almodóvar. En la cartelera se leía: “Hoy: Paprika y sus diez maridos”.

La noche era fría, como ahora. Las calles estaban húmedas y no había mujer gorda con las pestañas llenas de rímel que no te mirara a los ojos como una serpiente a su presa. El silencio se dejaba sentir a pesar del bullicio nocturno. “Este negocio no es para mí”, pensé, y me despedí de Pedro alejándome de esa calle oscura y hedionda.

Si jamás Ariadna hubiera tenido esos vómitos y mareos, si el mundo no hubiera estado tan en contra en ese momento, nunca, juro que nunca hubiera buscado nuevamente a Pedro en esas bancas de la Plaza Francia. Todas las hojas son del viento...

“Y, huevón, cómo es el negocio”, le dije totalmente abatido, asqueado y colgado del mundo. Entonces me explicó que en el cine Almodóvar los clientes se clasificaban en pepis, lucis, bombas y otras chicas del montón. Me dijo muy alegre y algo entusiasmado: “Las chicas del montón son las escandalosas que vienen todos los días en grupo, andan misias y borrachas. Por lo general son muy agresivas, llevan pelucas rubias y sus falditas son recontra huachafas. Te recomendaría no entrar en contacto directo, ni en confianza con esas locas de poca monta. Las bombas en cambio se diferencian por no venir acompañadas, son recatadas, solitarias, llevan el cabello corto y aparentemente son dóciles, pero son las más feroces, les gustan las situaciones extremas, tú sabes, golpéame y cosas así. No, amigo, evítalas, con ese tipo de locas nunca sabes, hace poco me tocó una, al final no me quiso pagar, dizque porque la había tratado muy suave. Bueno, también están las lucis, las que vienen de vez en cuando, esas sí tienen dinero y a veces te ofrecen un buen extra para que las acompañes fuera del cine a alguna fiesta privada. Eso sí, yo nada que ver con trabajitos extras, eso no es para mí, sabes que no hay que confundir el placer con el trabajo y para mí esto es solo un trabajo. Billete, amigo, todo esto se trata de billete. Y espero que tú tampoco confundas esto. Bien, por último están las pepis, y ya te darás cuenta quienes son entre todas estas locas al borde de un ataque de nervios”. Mientras seguía hablando Pedro, yo veía cómo todo el mundo se me venía abajo. “¿Tantas horas dedicadas a Tarkovski, a Godard, a Buñuel... para esto?” Alguna vez creí que tendría un futuro, que haría películas, que escribiría guiones, que las salas de cine estarían destinadas para mis historias... y ahora esto. Me sentía como un tonto espectador a punto de ser embestido por el tren del filme de los hermanos Lumière. Sabía que no tenía sentido agachar la cabeza. Era mejor esperar el tren.

Realmente necesitaba el dinero pronto. Ariadna me había llorado mucho e increpado por la demora en su menstruación. Debía darme valor sin alborotar mis neuronas, pero ahí estaban las ideas, mutilándome, carcomiendo mi cuerpo. Y la renta que no esperaba, y el aborto con su sangre y yo convertido en un asesino flácido, y que los meses se hinchan y que me digo “sí, acepto” y que lo pienso “ no, no puedo”, y que vienen las imágenes: un bebé llorando y yo sin trabajo y sin una moneda en el bolsillo... “Será casi nada el que usen mi cuerpo como objeto, quizá hasta sí lo disfrute tal como dice Pedro ”. Debía darme valor sin alborotar mis neuronas. El miedo es una enfermedad. “¿Estás seguro, amigo?” Me preguntó una vez más Pedro. “Claro”, le dije ya sin voz, totalmente afligido. “que vengan esas chicas Almodóvar." Me peiné. Caminamos en dirección al viejo cine, en otros tiempos había sido el gran teatro de la Ciudad de los Reyes, ahora era sólo un viejo y maloliente cine porno de la ciudad de los pobres.

Me detuve para sentir la noche más llevadera, antes de poder entrar. Observé el letrero: “Hoy: La signorina colorete. Ultima función: El Super-Inca y las Ñustas del Placer”. Subí las escalinatas, me acerqué a la boletería y el anciano despachador me lanzó su mirada de sátiro. Pedro le pidió dos tiques. Entramos. El pasillo de antesala apestaba a cagada de borracho. Pude soportarlo aguantando la respiración. Ya en la sala, sin darme cuenta, nos habíamos separado en medio de la oscuridad. Lo busqué pero ya se había perdido entre las sombras. Supuse entonces que había salido de la sala por el fuerte hedor que se sentía.

Seguí caminando por entre las butacas. Debía sentarme un momento. A pesar de la tenue luz que proyectaba la pantalla no veía en la sala más que sombras moviéndose en muchas direcciones. Parecía una incontrolable feria donde se regía solo la ley del deseo. Un rumor sordo, a besos y chupeteo desenfrenado inundaba la sala. Por momentos podía percibir un hedor peor que en el corredor, a muertos, a pescado malogrado, se respiraba la pobreza de esas almas. Sentí un fuerte dolor en el cerebro, en el pecho, en mis piernas. Sentí asco de mí. Retrocedí de espaldas tratando de escapar. Entonces tropecé con un negro alto y fornido que llevaba un polito blanco ceñido. Tenía el cabello corto y pintado de blanco o amarillo, no lo sé bien, no pude definirlo. Sólo atiné a ocultar mi temor pidiéndole disculpas por el tropiezo, fue inútil, mis labios demoraron un infierno en pronunciar esas diez letras juntas: d-i-s-c-ú-l-p-e-m-e. Sólo quería decir esa palabra, cruzar las cortinas que me llevarían al pasillo de olor a caca de borracho y bajar la escalinata, observar al viejo de la boletería comiéndose a un marica; seguir por las hediondas calles llenas de putas, borrachos ambulantes y niños mendigos, calles llenas de tráfico y hombres desempleados, rodeado de bolsones de miseria, de policías corruptos, de jueces mafiosos, de curas fascistas, de generales y militares hijos de puta... Entonces mis piernas no dieron respuesta y observé al negro mover sus enormes labios, apretándome los hombros hacia abajo, como intentando hacerme inclinar ante él. “Estás equivocado, amigo, yo no soy como Pepi, Luci, Bom y todas esas otras chicas del montón, te lo juro, amigo, yo no soy así. A mí no me gustan estos juegos, amigo, te lo juro, no”, le dije trémulo, chirriando los dientes . “soy... tan macho... como tú...”. El negro rió como un gran toro bramando frente a su matador. “Sí, sí, sí, todas dicen lo mismo primero. Así que, vamos, demuestra tu mala educación. Aprovecha que hoy estoy de buenas, son sólo veinte billetes por esto. Dale gracias a la vida por la oportunidad de tenerme, sobre todo a mi madre por hacerme tan grande”, me dijo desabrochando la correa y el botón de su pantalón. “Yo no soy de esos, amigo, te lo juro”, le rogué mientras mi carne se hacia cada vez más trémula. En ese momento se acercó a nosotros una sombra coqueta que se abanicaba con unos billetes en la mano. Se acercó al negro y le dijo: “déjalo, papi, no sabe lo que se pierde, yo sí quiero besar la flor de tu secreto, y le doy gracias a tu madre por haberte parido macho”, fue eso o algo así lo que dijo, no pude escuchar muy bien. Los vi alejarse en medio de la sala entre las butacas, eran sólo dos siluetas: el mataor y su víctima. Se perdieron y detuve la mirada en el ecran: una rubia se agitaba incesante gritando en italiano.

Me puse de pie y decidí largarme de una buena vez. Crucé las cortinas y, a contra luz, en el pasillo, escuché el eco de unos tacones lejanos, luego vi la silueta de mujer más perfecta que jamás había visto. Era la silueta de una femme fatale. Se acercó completamente, cuando estuvimos frente a frente cogió mi mano y puso un billete de cincuenta dólares ante mi vista. En realidad no lo podía creer, no supe qué hacer ni qué decir. Pensé en Ariadna, en el feto mirándome con ojos de hambre, en mis estudios de cine postergados, en cuántas veces tendría que hacer esto para... Luego la silueta habló con voz sensual, pero grave, como ronca. “Toma este billete, es para ti. Son cincuenta dólares, eres nuevo por aquí y un nuevo vale eso. ¿Vamos al fondo?” Traté de cerciorarme si el billete era falso. Demoré por mi jodida visión. Saqué mis cuentas, pensé en Ariadna y sus vómitos una vez más. Dudé en seguir al marica, pero... Todas las hojas son del viento...

La silueta me sacó del pasillo y luego me llevó de la mano hasta un rincón de la sala de proyección. No pensé en nada, intentaba no hacerlo, sólo tenía en mi mente imágenes tenues de las calles frías y húmedas.

Me arrinconó en una de las paredes al final de la sala. Se acercó hasta mi rostro. No pude distinguir mucho, soy miope y tengo unos lentes que parecen poto de botella, sólo percibí unos labios pintados y olorosos a cereza. Quise cerrar los ojos para soportar todo. Me levantó el polo. Rasguñó suavemente mi vientre y excitándome poco a poco, sacó mi sexo que ya empezaba a crecer. Yo nada más observaba el ecran . Por un momento, en mi delirio, hasta creí ver allí La Dolce Vita. Desfilaron raudas en mi mente las películas de Fellini. Y comencé a imaginar que tenía entre mis piernas a Anita Ekberg, abajo, saliendo de la gran fuente de Trevi, salpicándome de su juego lascivo antes que llegue la mañana. Yo era Marcello en mi delirio. Todo fue más soportable así, menos repugnante. Convoqué imágenes para mi redención. Y llegaron: la Papas en Zorba, la Bergman en Casablanca, la Marilyn, la Garbo, la Bardot, la Brooke... Luego exploté. Nos sentamos a ver el final de esa patética película porno. Extenuado, metí mis manos en el bolsillo del pantalón para sentir una vez más ese billete verde, arrugado y doblado, también yo me sentía así. En ese momento se prendió la luz de la sala y volteé a observar al marica que todavía estaba a mi lado: era Pedro que huía tapándose el rostro.

Después de mucho tiempo recuerdo esa primera noche fría como hoy. Han pasado tantas cosas desde que llegué a este lugar a hacer lo que hago todas las noches. Camino hacia el cine cantando en silencio “Todas las hojas son... ya que él las mueve hasta la muerte.” Las putas ahora no son ya un simple montón de carne para mí. Ahora tienen nombres, tienen vida. Me saludan, me piden fuego como todas las noches, se compadecen de mí y yo de ellas.

Camino despacio, vestido de negro, con la casaca totalmente raída, fumando, deseando encontrar la muerte en las esquinas para ponerle los ojos morados y partirle la cara por esta mi historia sórdida. Y sigo cantando: “Todas las hojas son..." Pero no, no quiero más ser una hoja arrastrada por el viento. Entonces, como un vuelco, recuerdo esa otra vieja canción del viejo Dylan: Blowing in the Wind. Y susurro lentamente: “Soplando en el viento, soplando en el...” Respiro muy hondo pensando que este final debe cambiar, y soplo, soplo tan fuerte, hasta quedarme sin aire.

 

© Julio César Vega

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio César Vega | Perú, 1976 | Comunicador Social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado el poemario Kilómetros Marcados y el libro de relatos: Cuatrogatos. Aún inéditas se encuentran sus novelas: Adiós tristeza, La Espantosa Felicidad y Días y noches con un demonio en el ojo izquierdo. Es uno de los promotores del proyecto editorial Sarita Cartonera. Sitio web: Julio César Vega