DE BAJA
07:00
La sábana se queda en los dedos como melaza. Tira
de sí sin dar con los límites del colchón.
Una imagen repentina e irrecuperable interrumpe la oscuridad
tibia: un jadeo femenino, medio rostro, una piel. Se revuelve
y queda bocabajo. Párpados sin espesura cayendo, la
comisura de labios, o de un ojo, no sabe bien, tersa, joven,
muy joven. Se incorpora y sentado contra la cabecera resopla.
Ha conjurado esas imágenes espasmódicas. Le
asaltan a veces, residuos irrecuperables del sueño;
sobre todo en días como hoy, poco frecuentes, en que
rompe el orden.
12:00
Eusebio Calaza es un buen empleado. Él lo sabe: con
toda seguridad se le tiene por trabajador ejemplar en la
empresa. Naturalmente no se le ha puesto ninguna pega esta
mañana, después de una noche en vela, cuando
ha llamado para decir que no iría a trabajar por enfermedad.
Eusebio goza de buena salud y no es propenso a quejarse.
Sin embargo, hoy, por prudencia, ha preferido guardar reposo
para atajar de raíz la fiebre ligera que sufre. Se
despereza y sube las persianas. La luz abrumadora del mediodía
acaba por despejarle. Se siente ya mejor que al amanecer.
Ha llamado a la empresa para comunicarles que mañana
ya estará en condiciones de volver al trabajo. Eusebio
sabe que todavía le quedan como mínimo un par
de años más en ServiTel antes de poder emanciparse
y montar su propia compañía. Dos años
más en la sala amplia de luz chata, salpicada de objetos
perfectos y sencillos, poliedros regulares y líneas
de cruce perpendicular preciso; dos años más
esperando frente a la pantalla que salte la siguiente asignación
de la base de datos: generalmente autónomos a los
que tratar de vender, en frío, la línea de
ServiTel. Después podrá montar su negocio de
servicios de voz ip. Lleva tiempo preparando el proyecto
solo. Hasta hace unos meses, cuando se puso en contacto con
Miguel, un antiguo compañero –luego jefe- en ServiTel.
Le habló de su idea, le presentó el estudio
detallado en que había estado trabajando, y le propuso
que se asociaran. La respuesta afirmativa de Miguel no sólo
acercó a ojos vista el nacimiento de la pequeña
empresa, sino que validó lo que hasta entonces no
había sido más que un proyecto privado que
no podía descartarse fuese un disparate. Miguel le
felicitó y se mostró admirado ante la laboriosidad
de Eusebio que incluía un pequeño estudio de
mercado, desde luego no equiparable en volumen de información
a los elaborados por compañías especializadas
en ello, pero minucioso en la segmentación y fino
en las conclusiones cualitativas que extraía.
Tras asearse, calentarse
un tupper de lentejas que había
guardado de ayer en el microondas y llevar a cabo la sesión
cotidiana y concienzuda de limpieza del piso, Eusebio piensa
en ver una película. Sabe que no tiene ninguna nueva,
que no haya visto todavía; aun así pasea su
mirada por el estante colmado de DVD's. Abundan las películas
del Oeste y las comedias americanas de los años cincuenta.
Hoy no es de esos días: a veces a Eusebio le apetece,
incluso con más ahínco que cuando acaba de
comprar un nuevo DVD, a veces le apetece ver por segunda
o tercera vez alguna de sus películas. Hoy no es uno
de esos días. Poco más hay con lo que entretenerse:
un curso por fascículos de gestión empresarial,
algunos periódicos y revistas antiguas: Emprendedores,
DVD hoy.
13:00
La exclamación de
un grupo de jóvenes rebota
en las cuatro fachadas que delimitan el patio interior al
que da el piso. Se subraya la quietud. El patio es extenso:
hay una pista de paddle de cemento y una piscina sin agua.
Por el lado de la calle la zona tampoco es bulliciosa. Es
un islote residencial plantado entre los ramales de autovía
que surcan la periferia. Nadie se acerca allí; no
hay nada que hacer. Han aparecido, eso sí, unos cuantos
comercios que atienden la demanda de los residentes. El piso
es casi nuevo; pequeño pero con el espacio bien aprovechado;
muebles sobrios, de aglomerado, dos mesillas de metacrilato.
No hay apenas decoración: sólo pósters
enmarcados con vistas nocturnas de grandes ciudades: San
Francisco, Londres, París. Lourdes, la novia de Eusebio,
le ha dicho en alguna ocasión que es algo “impersonal”,
apostillando con un enigmático “masculino”. Eusebio
está satisfecho del piso: de cómo ha quedado
y de las condiciones financieras que le han permitido comprarlo:
todo ha ido saliendo según previó hace ya 8
años, cuando viendo que su puesto en ServiTel era
estable aprovechó sus ahorros y una hipoteca aceptable
para comprar el piso. Ha dejado un recado en el buzón
de voz de Lourdes: hoy no ha ido a trabajar por la fiebre,
pero ya se encuentra mejor, si le apetece a ella, pueden
verse por la tarde, cuando ella salga de trabajar, para ir
al cine o tomar algo.
Eusebio sabe de sobra que su relación con Lourdes
no va a crecer. Pueden seguir años y años saliendo
un par de veces por semana y pasando la noche del viernes
o el sábado juntos. A sus 45 años se le ha
presentado ya dos o tres veces la ocasión de vivir
con una mujer: ha acabado por rechazar esa posibilidad siempre,
no como una postura fija e irrenunciable, sino considerando
en cada caso las condiciones y las consecuencias: sencillamente
no quería vivir ni con Marta ni con Verónica
o Patricia. No quiere vivir con Lourdes, pero ella tampoco
quiere vivir con él. Nunca han hablado de ello pero
lo tienen claro los dos. Eusebio es fiel a Lourdes sin esfuerzo.
Sabe que es un hombre con cierto atractivo para las mujeres:
especialmente para aquellas en su entorno que le ven repetir
puntualmente, con esmero y sin un mohín de molestia,
sus actividades cotidianas, día tras día, mes
tras mes; aquellas que ven cómo no se sale jamás
de su trato correcto y sus buenos modales. Eusebio no es
dado a cavilar sobre asuntos que no estén adheridos
a la cotidianeidad inmediata o a sus proyectos de futuro,
alejados pero concisos. Sin embargo en alguna ocasión
se ha detenido a pensar en sí mismo y en su relación
con las mujeres. Deben de verle como una butaca segura y
cómoda. El pelo negro abundante y su rostro recio,
grande, al borde del abotargamiento sin llegar a él.
Un sólido funcionario del confort. Sobre el porqué de
su fidelidad natural a Lourdes ha llegado a una conclusión
extraña: serle infiel o dejarla por otra no acarrearía
padecimiento moral ninguno, pero sería un contratiempo
y una molestia en el orden sencillo de su existencia.
14:00
Está aburrido. Raro en él. Quizá sea
el poso de la fiebre que no le permite concentrarse en una
actividad concreta y delimitada. Ha estado pensando más
de lo habitual. Ha pensado en esas imágenes sensuales
de la mañana. Le alteran en el momento, y ya pasado
el instante, le dejan un desasosiego de incomprensión.
Eusebio no es pacato: no censura en los demás ni la
conducta ni el lenguaje menos modosos que los suyos. A la
vez, su modo propio de conducirse no requiere lucha: no hay
inclinaciones o deseos que se vea obligado a apaciguar con
esfuerzo grande. Zanjó su carácter al cerrar
la adolescencia y así se ha mantenido hasta la fecha.
La inquietud por las imágenes de la mañana
no viene tanto por su contenido sexual –que más adivina
que ve con claridad-, sino precisamente por su fugacidad,
por esa impresión momentánea de retraso o de
omisión, por ese adivinar en una última esquirla
diminuta e incandescente el trazo previo de un cometa enorme.
Se queda con la impresión de que se pierde algo, de
que esas pequeñas ondículas que mecen la superficie
delatan la hondura desconocida.
En el lavabo se contempla en el espejo: su rostro, su torso,
todo él, están perfectamente armados: no hay
duda posible: cuando traga saliva se le tensa la mandíbula
y entrecierran los ojos: un gesto que conoce a la perfección,
igual desde siempre. Es incapaz de moverse delante del espejo
con movimientos artificiosos. Piensa en alguna de sus películas:
cómo el protagonista se contempla en el espejo cuajando
muecas y gestos en los que reconocerse. Eusebio es incapaz
de hacerlo, no lo necesita. Cada uno de sus gestos está engarzado
con naturalidad en sus actos: no puede ni posar ni extrañarse
ante sí mismo. Eusebio se siente abrumado por la vivencia
de este día de ociosidad imprevisto. No tenía
nada organizado y hasta la enfermedad le ha abandonado, al
menos hasta el punto de no agotarle y obligarle a quedarse
en cama. Siente la necesidad de inundarse todo él
por contenidos ajenos: verdaderamente ha llegado a cansarse
de sí mismo hoy. Decide ir a darse un garbeo por el
centro comercial: podría ir a ver una película.
15:00
El centro comercial se encuentra a poca distancia del gran
bloque de ladrillo rojo. Un corto paseo a pie. Para llegar
allí, sin embargo, es preciso cruzar un descampado
donde, se cuenta en el barrio, se han encontrado jeringuillas.
Eusebio no da mucho crédito al rumor de que por las
noches el lugar es pasto de yonquis y delincuentes. No obstante,
habitualmente, cuando va al centro comercial, se desplaza
en coche, dando la gran vuelta que se requiere, saliendo
a la autovía del Este, cambiando de sentido y entrando
en el bypass. No le agrada tampoco tener que pasar por el
pasadizo para peatones húmedo y lóbrego por
debajo de la autovía. A pesar de ello, hoy ha decido
ir a pie. Suele ir al centro comercial los fines de semana,
solo o con Lourdes. Hay tiendas, alguna cafetería
y un complejo multicines. Echan películas americanas
de estreno. A Eusebio le gustan, y a veces se decide por
una sesión en versión original, para mejorar
su inglés. Con el tiempo se ha ido habituando a leer
los subtítulos hasta llegar a no darse cuenta de que
la película no está doblada. Lourdes, sin embargo,
no soporta tener que leerlos, así que cuando va con
ella tiene que ceder y entrar en la versión doblada.
Entre semana, sin embargo, cuando prácticamente no
hay público, programan ciclos de cine de autor. A
Eusebio por lo general le aburre ese tipo de película,
aunque en alguna ocasión ha salido satisfecho del
cine, como aquella vez en que vio Alphaville. Fue
el último septiembre: Eusebio se tomó las vacaciones
al final del verano para poder trabajar a gusto en casa en
su proyecto. Un martes por la mañana, tras varios
días de trabajo duro, se había acercado al
centro comercial para despejarse y olvidarse un poco de sus
cifras. La película le había gustado e incluso,
pensó después, de algún modo incomprensible
le había ayudado a aclarar sus ideas, a desbrozar
la información en bruto de que disponía y escoger
sólo la necesaria, aupada por el ingenio. Quizá hoy
suceda lo mismo. De camino al centro, Eusebio ya está decidido
a ir a ver una película, la que echen hoy, sea la
que sea. Cualquier cosa será mejor que seguir manoteando
contra las horas. Los mocasines arrastran polvo y se manchan,
el sol es un punto pequeño y aterrador en su cenit,
y a Eusebio vuelven las imágenes de la mañana.
16:00
En italiano. Ha tenido que emplear toda la tozudez que invierte
en sus pequeñas decisiones para no echarse a atrás. Salò,
o los 120 días de Sodoma. Está solo en
el cine. Aire frío y seco, olor a vacío. Ha
renunciado a su idea inicial de comprar palomitas; le ha
parecido que quedaba fuera de lugar. Justo cuando se están
apagando las luces entra en la sala una chica joven. Flaca,
con orejas de soplillo: durante el instante, abortado por
ambos rápidamente, en que coinciden sus miradas, se
enfrenta a unos ojos grandes y tensos, como fijados con alfileres.
Caen los párpados como una nana. La chica se ha sentado
en la parte delantera, alejada de Eusebio. La coleta no se
mueve y cede a la oscuridad
Al principio de la película, en frío, Eusebio
ha pensado serenamente en cómo los personajes se dejan
llevar por la desinhibición absoluta. Más avanzada,
ya se ha incorporado a pelo a las escenas que se suceden:
les sirven mierda de comer: las cuchillas hiriendo la boca
de los jóvenes bellos. Eusebio deja de prestar atención
a la pantalla por un momento: cómo le contará la
película a Lourdes: hay poco que contar: podría,
claro está, hacerle el relato de lo que ha visto en
la pantalla, conoce las palabras apropiadas, hasta técnicas
para describir los episodios: podrá hablar de coprofagia
o tortura atildadamente, pero no será capaz de contar
el asco que ha sentido al verlo.
Ha oído toser un
par de veces a la chica que se sentó delante,
pero no ha desviado su atención de la película.
Secuencia a secuencia el malestar de Eusebio aumenta: el
repugnante de la barba ase ahora un pene enorme, tumefacto,
desproporcionado, mientras contempla por la ventana... Eusebio
sucumbe a una arcada que a duras penas logra controlar, se
levanta y, despacio, encogido, empieza a moverse sin osar
volver de nuevo la vista hacia la pantalla. Los diálogos
hinchados y el eco de los cambios de luz en el patio de butacas
le devuelven a su pequeñez mientras atraviesa trastabillando,
la fila de asientos hacia la salida.
- Un café con leche.
Poca leche, dos sobres de azúcar.
18:30
La cafetería es limpia y confortable, pero en los
rombos verdes y rojos de la tapicería, en el platillo
cuadrado de la taza y en el rostro barbilampiño del
camarero hay algo de copia eterna. Eusebio lleva cerca de
una hora meditabundo. Tras servirle el café, el camarero
ha vuelto a situarse quieto tras la barra con la mirada perdida. Salò,
o los 120 días de Sodoma. Drenados los saltos
entre una bellaquería y otra, la película vuelve
a la mente de Eusebio una y otra vez: una, dos, tres escenas
hasta que le acomete de nuevo la arcada. Sin embargo, no
se trata ya del latigazo corporal que le ha sacudido en la
sala, sino de un desbordamiento tóxico de un pozo
negro íntimo, que le permite mantenerse impasible,
mientras desea que su cerebro se apague.
La chica que estaba en la sala con él entra en la
cafetería. Se dirige a la barra y pide una Coca-cola.
Parece reconocer en ese momento a Eusebio. Se acerca con
su bebida hasta la mesa:
- Te has salido antes de que acabara –dice sonriendo y se
aparta un fleco de la frente.
- No he podido aguantarla, era superior a mis fuerzas.
- ¿Pero por qué?–pregunta sorprendida con
un leve respingo de caderas- Es sólo una película –apostilla,
haciendo ademán de sentarse frente a Eusebio.
- Siéntate –concede Eusebio-, sí es sólo
una película, pero las imágenes me resultaban
repulsivas. He estado a punto de vomitar. Tú te has
quedado hasta el final. Parece que te ha gustado.
- ¿Gustarme? Pues
no sé. Me ha parecido divertida,
absurda –y da un sorbo a la botella de Coca-cola. La botella
y el labio superior se quedan en un punto intermedio entre
el contacto y la separación-. Es la película
más
rara que he visto en mi vida –prosigue la chica-. Yo no vengo
mucho al cine, la verdad.
Eusebio se siente a gusto
en compañía de la
chica, cuyo físico quebradizo le atrae. Es ella quien
habla más, entrecortada por constantes carraspeos,
aunque Eusebio ha llenado presto los silencios amenazantes
para que no se apagase la conversación. Sin interrumpirla
demasiado ha procurado alejarse de la película. Pese
a que en un primer momento la chica ha demostrado un desparpajo
y una indiferencia asombrosos, a través del pequeño
temblor del labio inferior y de algún desviar de ojos,
Eusebio ha entrevisto que Mónica, estudiante de secretariado
por las noches, según le cuenta, también está muy
alterada por lo que ha visto. Las secuencias de Saló,
pese a que ya no vuelven a aparecer en su charla, son el
tenebroso nexo que les une. Ninguno de los dos desea recurrir
a él, pero parece que subrepticiamente los ata con
firmeza.
Mónica habla sin parar de temas inconexos. Eusebio
tamiza los saltos y las frases sin concluir para extraer
la información de la biografía de Mónica. “…No
es que me lleve mal con Sandra, pero es que lo que me molesta…” Mónica
interrumpe su largo monólogo sobre su amiga Sandra
de sopetón. Enfrascada en sus historias parecía
haberse olvidado de la presencia de Eusebio. Enrojece y calla.
Eusebio, que lleva ya un rato callado, se obliga a pensar
en algo, en algo que tuerza violentamente el rumbo hacia
la disolución que lleva su encuentro.
- Mónica,
¿qué te
parece si nos acercamos a mi casa?, ya te digo que vivo aquí cerca,
tomamos algo y continuamos hablando. Podemos ver una película
si te apetece.
Mónica asiente y
se levantan en silencio. Eusebio está extrañado
por el modo en que ha pronunciado la propuesta. De algún
modo ha hablado como habla con las personas a las que quiere
vender el producto en su trabajo: como si le dictasen por
un pequeño auricular
no sólo el contenido, sino también la entonación
y el gesto con que ha hablado. Pero en este caso la poca
autenticidad de sus palabras no ha sido el medio innoble
para alcanzar un objetivo que a él le interesa. No,
se confiesa estupefacto, la situación lo requería,
ha salvado a la chica, ha salvado el nexo.
20:00
Mónica y Eusebio caminan de la mano por el descampado.
De vez en cuando, a iniciativa alterna de uno y otro, se
detienen para besarse y sobarse con brusquedad.
Dos días más tarde, 04:00
La señora del 2ºC vuelve a oír ruidos
de muebles arrastrándose en el piso de Eusebio Calaza.
Otra vez. Desde hace dos noches así. Ruidos, berridos
sin sentido y carcajadas que hielan. De noche y de día.
Le extraña que sean Eusebio y su novia Lourdes, siempre
tan discretos. No son ruidos de una fiesta de jóvenes.
Los gritos y las risas asustan por igual: tampoco es un bullicio
continuo: son ruidos aislados que atraviesan el edificio
de repente. No se ha atrevido a subir y quejarse. Se ha prometido
a sí misma que de mañana no pasa: mañana
llamará a la policía si continúa el
escándalo. Qué raro, no puede ser Eusebio Calaza.
Qué será. No es una reunión con mucha
gente, no: ha creído distinguir sólo dos tipos
de rugido –no se atrevería a llamarlo voz-, uno que
le pareció más bien masculino y otro más
bien femenino. Hasta ayer por la tarde. Esta noche ya sólo
es uno el que ruge, está segura de ello. Una carcajada
abrupta de nuevo. Sí, ahora es ya siempre el mismo
rugido, pero la señora del 2ºC no sabe si es
el masculino o el femenino. Decidido: mañana llamará a
la policía.
© Juan Rivera |