| acerca de Los Noveles | staff | archivo | autores | convocatoria | enlaces | contacto |

 

Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

DE BAJA

 

07:00

La sábana se queda en los dedos como melaza. Tira de sí sin dar con los límites del colchón. Una imagen repentina e irrecuperable interrumpe la oscuridad tibia: un jadeo femenino, medio rostro, una piel. Se revuelve y queda bocabajo. Párpados sin espesura cayendo, la comisura de labios, o de un ojo, no sabe bien, tersa, joven, muy joven. Se incorpora y sentado contra la cabecera resopla. Ha conjurado esas imágenes espasmódicas. Le asaltan a veces, residuos irrecuperables del sueño; sobre todo en días como hoy, poco frecuentes, en que rompe el orden.

 

12:00

Eusebio Calaza es un buen empleado. Él lo sabe: con toda seguridad se le tiene por trabajador ejemplar en la empresa. Naturalmente no se le ha puesto ninguna pega esta mañana, después de una noche en vela, cuando ha llamado para decir que no iría a trabajar por enfermedad. Eusebio goza de buena salud y no es propenso a quejarse. Sin embargo, hoy, por prudencia, ha preferido guardar reposo para atajar de raíz la fiebre ligera que sufre. Se despereza y sube las persianas. La luz abrumadora del mediodía acaba por despejarle. Se siente ya mejor que al amanecer.

Ha llamado a la empresa para comunicarles que mañana ya estará en condiciones de volver al trabajo. Eusebio sabe que todavía le quedan como mínimo un par de años más en ServiTel antes de poder emanciparse y montar su propia compañía. Dos años más en la sala amplia de luz chata, salpicada de objetos perfectos y sencillos, poliedros regulares y líneas de cruce perpendicular preciso; dos años más esperando frente a la pantalla que salte la siguiente asignación de la base de datos: generalmente autónomos a los que tratar de vender, en frío, la línea de ServiTel. Después podrá montar su negocio de servicios de voz ip. Lleva tiempo preparando el proyecto solo. Hasta hace unos meses, cuando se puso en contacto con Miguel, un antiguo compañero –luego jefe- en ServiTel. Le habló de su idea, le presentó el estudio detallado en que había estado trabajando, y le propuso que se asociaran. La respuesta afirmativa de Miguel no sólo acercó a ojos vista el nacimiento de la pequeña empresa, sino que validó lo que hasta entonces no había sido más que un proyecto privado que no podía descartarse fuese un disparate. Miguel le felicitó y se mostró admirado ante la laboriosidad de Eusebio que incluía un pequeño estudio de mercado, desde luego no equiparable en volumen de información a los elaborados por compañías especializadas en ello, pero minucioso en la segmentación y fino en las conclusiones cualitativas que extraía.

Tras asearse, calentarse un tupper de lentejas que había guardado de ayer en el microondas y llevar a cabo la sesión cotidiana y concienzuda de limpieza del piso, Eusebio piensa en ver una película. Sabe que no tiene ninguna nueva, que no haya visto todavía; aun así pasea su mirada por el estante colmado de DVD's. Abundan las películas del Oeste y las comedias americanas de los años cincuenta. Hoy no es de esos días: a veces a Eusebio le apetece, incluso con más ahínco que cuando acaba de comprar un nuevo DVD, a veces le apetece ver por segunda o tercera vez alguna de sus películas. Hoy no es uno de esos días. Poco más hay con lo que entretenerse: un curso por fascículos de gestión empresarial, algunos periódicos y revistas antiguas: Emprendedores, DVD hoy.

 

13:00

La exclamación de un grupo de jóvenes rebota en las cuatro fachadas que delimitan el patio interior al que da el piso. Se subraya la quietud. El patio es extenso: hay una pista de paddle de cemento y una piscina sin agua. Por el lado de la calle la zona tampoco es bulliciosa. Es un islote residencial plantado entre los ramales de autovía que surcan la periferia. Nadie se acerca allí; no hay nada que hacer. Han aparecido, eso sí, unos cuantos comercios que atienden la demanda de los residentes. El piso es casi nuevo; pequeño pero con el espacio bien aprovechado; muebles sobrios, de aglomerado, dos mesillas de metacrilato. No hay apenas decoración: sólo pósters enmarcados con vistas nocturnas de grandes ciudades: San Francisco, Londres, París. Lourdes, la novia de Eusebio, le ha dicho en alguna ocasión que es algo “impersonal”, apostillando con un enigmático “masculino”. Eusebio está satisfecho del piso: de cómo ha quedado y de las condiciones financieras que le han permitido comprarlo: todo ha ido saliendo según previó hace ya 8 años, cuando viendo que su puesto en ServiTel era estable aprovechó sus ahorros y una hipoteca aceptable para comprar el piso. Ha dejado un recado en el buzón de voz de Lourdes: hoy no ha ido a trabajar por la fiebre, pero ya se encuentra mejor, si le apetece a ella, pueden verse por la tarde, cuando ella salga de trabajar, para ir al cine o tomar algo.

Eusebio sabe de sobra que su relación con Lourdes no va a crecer. Pueden seguir años y años saliendo un par de veces por semana y pasando la noche del viernes o el sábado juntos. A sus 45 años se le ha presentado ya dos o tres veces la ocasión de vivir con una mujer: ha acabado por rechazar esa posibilidad siempre, no como una postura fija e irrenunciable, sino considerando en cada caso las condiciones y las consecuencias: sencillamente no quería vivir ni con Marta ni con Verónica o Patricia. No quiere vivir con Lourdes, pero ella tampoco quiere vivir con él. Nunca han hablado de ello pero lo tienen claro los dos. Eusebio es fiel a Lourdes sin esfuerzo. Sabe que es un hombre con cierto atractivo para las mujeres: especialmente para aquellas en su entorno que le ven repetir puntualmente, con esmero y sin un mohín de molestia, sus actividades cotidianas, día tras día, mes tras mes; aquellas que ven cómo no se sale jamás de su trato correcto y sus buenos modales. Eusebio no es dado a cavilar sobre asuntos que no estén adheridos a la cotidianeidad inmediata o a sus proyectos de futuro, alejados pero concisos. Sin embargo en alguna ocasión se ha detenido a pensar en sí mismo y en su relación con las mujeres. Deben de verle como una butaca segura y cómoda. El pelo negro abundante y su rostro recio, grande, al borde del abotargamiento sin llegar a él. Un sólido funcionario del confort. Sobre el porqué de su fidelidad natural a Lourdes ha llegado a una conclusión extraña: serle infiel o dejarla por otra no acarrearía padecimiento moral ninguno, pero sería un contratiempo y una molestia en el orden sencillo de su existencia.

 

14:00

Está aburrido. Raro en él. Quizá sea el poso de la fiebre que no le permite concentrarse en una actividad concreta y delimitada. Ha estado pensando más de lo habitual. Ha pensado en esas imágenes sensuales de la mañana. Le alteran en el momento, y ya pasado el instante, le dejan un desasosiego de incomprensión. Eusebio no es pacato: no censura en los demás ni la conducta ni el lenguaje menos modosos que los suyos. A la vez, su modo propio de conducirse no requiere lucha: no hay inclinaciones o deseos que se vea obligado a apaciguar con esfuerzo grande. Zanjó su carácter al cerrar la adolescencia y así se ha mantenido hasta la fecha. La inquietud por las imágenes de la mañana no viene tanto por su contenido sexual –que más adivina que ve con claridad-, sino precisamente por su fugacidad, por esa impresión momentánea de retraso o de omisión, por ese adivinar en una última esquirla diminuta e incandescente el trazo previo de un cometa enorme. Se queda con la impresión de que se pierde algo, de que esas pequeñas ondículas que mecen la superficie delatan la hondura desconocida.

En el lavabo se contempla en el espejo: su rostro, su torso, todo él, están perfectamente armados: no hay duda posible: cuando traga saliva se le tensa la mandíbula y entrecierran los ojos: un gesto que conoce a la perfección, igual desde siempre. Es incapaz de moverse delante del espejo con movimientos artificiosos. Piensa en alguna de sus películas: cómo el protagonista se contempla en el espejo cuajando muecas y gestos en los que reconocerse. Eusebio es incapaz de hacerlo, no lo necesita. Cada uno de sus gestos está engarzado con naturalidad en sus actos: no puede ni posar ni extrañarse ante sí mismo. Eusebio se siente abrumado por la vivencia de este día de ociosidad imprevisto. No tenía nada organizado y hasta la enfermedad le ha abandonado, al menos hasta el punto de no agotarle y obligarle a quedarse en cama. Siente la necesidad de inundarse todo él por contenidos ajenos: verdaderamente ha llegado a cansarse de sí mismo hoy. Decide ir a darse un garbeo por el centro comercial: podría ir a ver una película.

 

15:00

El centro comercial se encuentra a poca distancia del gran bloque de ladrillo rojo. Un corto paseo a pie. Para llegar allí, sin embargo, es preciso cruzar un descampado donde, se cuenta en el barrio, se han encontrado jeringuillas. Eusebio no da mucho crédito al rumor de que por las noches el lugar es pasto de yonquis y delincuentes. No obstante, habitualmente, cuando va al centro comercial, se desplaza en coche, dando la gran vuelta que se requiere, saliendo a la autovía del Este, cambiando de sentido y entrando en el bypass. No le agrada tampoco tener que pasar por el pasadizo para peatones húmedo y lóbrego por debajo de la autovía. A pesar de ello, hoy ha decido ir a pie. Suele ir al centro comercial los fines de semana, solo o con Lourdes. Hay tiendas, alguna cafetería y un complejo multicines. Echan películas americanas de estreno. A Eusebio le gustan, y a veces se decide por una sesión en versión original, para mejorar su inglés. Con el tiempo se ha ido habituando a leer los subtítulos hasta llegar a no darse cuenta de que la película no está doblada. Lourdes, sin embargo, no soporta tener que leerlos, así que cuando va con ella tiene que ceder y entrar en la versión doblada. Entre semana, sin embargo, cuando prácticamente no hay público, programan ciclos de cine de autor. A Eusebio por lo general le aburre ese tipo de película, aunque en alguna ocasión ha salido satisfecho del cine, como aquella vez en que vio Alphaville. Fue el último septiembre: Eusebio se tomó las vacaciones al final del verano para poder trabajar a gusto en casa en su proyecto. Un martes por la mañana, tras varios días de trabajo duro, se había acercado al centro comercial para despejarse y olvidarse un poco de sus cifras. La película le había gustado e incluso, pensó después, de algún modo incomprensible le había ayudado a aclarar sus ideas, a desbrozar la información en bruto de que disponía y escoger sólo la necesaria, aupada por el ingenio. Quizá hoy suceda lo mismo. De camino al centro, Eusebio ya está decidido a ir a ver una película, la que echen hoy, sea la que sea. Cualquier cosa será mejor que seguir manoteando contra las horas. Los mocasines arrastran polvo y se manchan, el sol es un punto pequeño y aterrador en su cenit, y a Eusebio vuelven las imágenes de la mañana.

 

16:00

En italiano. Ha tenido que emplear toda la tozudez que invierte en sus pequeñas decisiones para no echarse a atrás. Salò, o los 120 días de Sodoma. Está solo en el cine. Aire frío y seco, olor a vacío. Ha renunciado a su idea inicial de comprar palomitas; le ha parecido que quedaba fuera de lugar. Justo cuando se están apagando las luces entra en la sala una chica joven. Flaca, con orejas de soplillo: durante el instante, abortado por ambos rápidamente, en que coinciden sus miradas, se enfrenta a unos ojos grandes y tensos, como fijados con alfileres. Caen los párpados como una nana. La chica se ha sentado en la parte delantera, alejada de Eusebio. La coleta no se mueve y cede a la oscuridad

Al principio de la película, en frío, Eusebio ha pensado serenamente en cómo los personajes se dejan llevar por la desinhibición absoluta. Más avanzada, ya se ha incorporado a pelo a las escenas que se suceden: les sirven mierda de comer: las cuchillas hiriendo la boca de los jóvenes bellos. Eusebio deja de prestar atención a la pantalla por un momento: cómo le contará la película a Lourdes: hay poco que contar: podría, claro está, hacerle el relato de lo que ha visto en la pantalla, conoce las palabras apropiadas, hasta técnicas para describir los episodios: podrá hablar de coprofagia o tortura atildadamente, pero no será capaz de contar el asco que ha sentido al verlo.

Ha oído toser un par de veces a la chica que se sentó delante, pero no ha desviado su atención de la película. Secuencia a secuencia el malestar de Eusebio aumenta: el repugnante de la barba ase ahora un pene enorme, tumefacto, desproporcionado, mientras contempla por la ventana... Eusebio sucumbe a una arcada que a duras penas logra controlar, se levanta y, despacio, encogido, empieza a moverse sin osar volver de nuevo la vista hacia la pantalla. Los diálogos hinchados y el eco de los cambios de luz en el patio de butacas le devuelven a su pequeñez mientras atraviesa trastabillando, la fila de asientos hacia la salida.

- Un café con leche. Poca leche, dos sobres de azúcar.

 

18:30

La cafetería es limpia y confortable, pero en los rombos verdes y rojos de la tapicería, en el platillo cuadrado de la taza y en el rostro barbilampiño del camarero hay algo de copia eterna. Eusebio lleva cerca de una hora meditabundo. Tras servirle el café, el camarero ha vuelto a situarse quieto tras la barra con la mirada perdida. Salò, o los 120 días de Sodoma. Drenados los saltos entre una bellaquería y otra, la película vuelve a la mente de Eusebio una y otra vez: una, dos, tres escenas hasta que le acomete de nuevo la arcada. Sin embargo, no se trata ya del latigazo corporal que le ha sacudido en la sala, sino de un desbordamiento tóxico de un pozo negro íntimo, que le permite mantenerse impasible, mientras desea que su cerebro se apague.

La chica que estaba en la sala con él entra en la cafetería. Se dirige a la barra y pide una Coca-cola. Parece reconocer en ese momento a Eusebio. Se acerca con su bebida hasta la mesa:

- Te has salido antes de que acabara –dice sonriendo y se aparta un fleco de la frente.

- No he podido aguantarla, era superior a mis fuerzas.

- ¿Pero por qué?–pregunta sorprendida con un leve respingo de caderas- Es sólo una película –apostilla, haciendo ademán de sentarse frente a Eusebio.

- Siéntate –concede Eusebio-, sí es sólo una película, pero las imágenes me resultaban repulsivas. He estado a punto de vomitar. Tú te has quedado hasta el final. Parece que te ha gustado.

- ¿Gustarme? Pues no sé. Me ha parecido divertida, absurda –y da un sorbo a la botella de Coca-cola. La botella y el labio superior se quedan en un punto intermedio entre el contacto y la separación-. Es la película más rara que he visto en mi vida –prosigue la chica-. Yo no vengo mucho al cine, la verdad.

Eusebio se siente a gusto en compañía de la chica, cuyo físico quebradizo le atrae. Es ella quien habla más, entrecortada por constantes carraspeos, aunque Eusebio ha llenado presto los silencios amenazantes para que no se apagase la conversación. Sin interrumpirla demasiado ha procurado alejarse de la película. Pese a que en un primer momento la chica ha demostrado un desparpajo y una indiferencia asombrosos, a través del pequeño temblor del labio inferior y de algún desviar de ojos, Eusebio ha entrevisto que Mónica, estudiante de secretariado por las noches, según le cuenta, también está muy alterada por lo que ha visto. Las secuencias de Saló, pese a que ya no vuelven a aparecer en su charla, son el tenebroso nexo que les une. Ninguno de los dos desea recurrir a él, pero parece que subrepticiamente los ata con firmeza.

Mónica habla sin parar de temas inconexos. Eusebio tamiza los saltos y las frases sin concluir para extraer la información de la biografía de Mónica. “…No es que me lleve mal con Sandra, pero es que lo que me molesta…” Mónica interrumpe su largo monólogo sobre su amiga Sandra de sopetón. Enfrascada en sus historias parecía haberse olvidado de la presencia de Eusebio. Enrojece y calla. Eusebio, que lleva ya un rato callado, se obliga a pensar en algo, en algo que tuerza violentamente el rumbo hacia la disolución que lleva su encuentro.

- Mónica, ¿qué te parece si nos acercamos a mi casa?, ya te digo que vivo aquí cerca, tomamos algo y continuamos hablando. Podemos ver una película si te apetece.

Mónica asiente y se levantan en silencio. Eusebio está extrañado por el modo en que ha pronunciado la propuesta. De algún modo ha hablado como habla con las personas a las que quiere vender el producto en su trabajo: como si le dictasen por un pequeño auricular no sólo el contenido, sino también la entonación y el gesto con que ha hablado. Pero en este caso la poca autenticidad de sus palabras no ha sido el medio innoble para alcanzar un objetivo que a él le interesa. No, se confiesa estupefacto, la situación lo requería, ha salvado a la chica, ha salvado el nexo.

 

20:00

Mónica y Eusebio caminan de la mano por el descampado. De vez en cuando, a iniciativa alterna de uno y otro, se detienen para besarse y sobarse con brusquedad.

 

Dos días más tarde, 04:00

La señora del 2ºC vuelve a oír ruidos de muebles arrastrándose en el piso de Eusebio Calaza. Otra vez. Desde hace dos noches así. Ruidos, berridos sin sentido y carcajadas que hielan. De noche y de día. Le extraña que sean Eusebio y su novia Lourdes, siempre tan discretos. No son ruidos de una fiesta de jóvenes. Los gritos y las risas asustan por igual: tampoco es un bullicio continuo: son ruidos aislados que atraviesan el edificio de repente. No se ha atrevido a subir y quejarse. Se ha prometido a sí misma que de mañana no pasa: mañana llamará a la policía si continúa el escándalo. Qué raro, no puede ser Eusebio Calaza. Qué será. No es una reunión con mucha gente, no: ha creído distinguir sólo dos tipos de rugido –no se atrevería a llamarlo voz-, uno que le pareció más bien masculino y otro más bien femenino. Hasta ayer por la tarde. Esta noche ya sólo es uno el que ruge, está segura de ello. Una carcajada abrupta de nuevo. Sí, ahora es ya siempre el mismo rugido, pero la señora del 2ºC no sabe si es el masculino o el femenino. Decidido: mañana llamará a la policía.

 

© Juan Rivera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Rivera | España, 1976 | Estudió matemáticas en la Universidad Politécnica de Cataluña. Ha seguido cursos de creación literaria y colaborado en varias revistas digitales. En la actualidad escribe poemas y relatos, y una columna bimestral para Los Noveles, además de dedicarse a atender a su prometida. Reside en la ciudad de Madrid.