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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

LA ULTIMA ESCENA DE GARREL

 

a César Albarrán,

maestro del celuloide.

 

Cuando el señor Garrel me llamó por teléfono para hacerme la oferta de filmar el momento de su muerte, no pude sino tomarlo a broma. Una mala broma. Ni siquiera la más original. Sólo hasta que lo tuve frente a mí, con esa presencia suya que desbordaba gravedad y famelismo, supe que todo aquello iba en serio. Bastante en serio. Con Garrel no había espacio para las bromas, como fui dándome cuenta con el tiempo.

Mi incredulidad tocó fondo cuando me alcanzó el cheque con lo que sería la primera parte de mis honorarios el mismo día en que nos conocimos. Era una suma en euros que multiplicaba la integridad de todo lo que había ganado en mi corta carrera como cineasta. Y eso apenas era el comienzo

: las otras dos terceras partes de mi sueldo podría cobrarlas sólo después de su muerte. El contrato con los abogados así lo estipulaba. El otro cheque cubriría las necesidades técnicas para la filmación, así como los salarios de todo el staff en la primera fase del proyecto. El señor Garrel no había dejado el mínimo resquicio para el azar. Si quería que su muerte, esos brevísimos y últimos instantes, fueran atrapados en una película para el resto de los días de la humanidad, la empresa llegaría a su fin con un éxito indiscutible.

Conforme avanzábamos sobre las minucias del contrato, más me asombraba la precisión milimétrica con que el anciano prefiguró la escenografía en que habrían de discurrir sus últimos días. En cambio, sobre las precisiones técnicas o estéticas de la grabación, nada fue dicho. Me entregaba plena libertad de obraje. A ese respecto él se daba por desentendido. Le estoy pagando para que usted se las arregle de cabo a rabo; ya suficiente tendré yo interpretando mi parte. Eso fue lo que dijo aquella vez, con el tono perentorio de costumbre. Sólo atiné a pensar que Garrel, ese actor veterano, estaba dispuesto a llevar a cabo la mejor y última interpretación de su vida, a como diera lugar, que por lo tanto se lavaba las manos para adentrarse en su papel y que delegaba la dirección de todo ese montaje lúgubre en mi persona. Y así fue.

Pero ¿qué vio Garrel en mí? ¿Qué lo llevó a elegir a un director novato recién llegado a París que apenas chapurreaba el francés? Su dinero pudo haber comprado en secreto cualquier nombre de la industria. Cualquiera

: sólo abrir la chequera y tendría todo el circuito de cine europeo a sus pies. Una empresa de las magnitudes que él pretendía (un momento que por su propia fugacidad sería materialmente irrepetible) se antojaba holgada para un director novel como yo. Demasiada responsabilidad en tan pocos años de experiencia, como los tenía entonces. ¿Qué era realmente lo que buscaba? ¿O es que en verdad mis películas habían causado tan favorable impresión en el espíritu de Garrel? Francamente lo dudo. ¿Qué era entonces lo que había visto en mí? Hasta hoy sigo sin poder respondérmelo. Quizá cierta nostalgia por nuestros orígenes compartidos, por nuestra sangre... Quizá sólo haya sido empatía. Pero de ello hablaré un poco después.

Antes de continuar quizá deba decir que, luego de filmar exitosamente la muerte de Garrel, me alejé del cine como quien se aleja de la peste. Así, sin más. No volví a dirigir una sola película, ni volví a escribir una sola línea de guión, ni volví a poner una cámara sobre mis hombros. Rehuyo de todo lo que tenga que ver con el cine. Incluso evito a toda costa las salas de proyección. A tal grado ha llegado mi aborrecimiento por el cinematógrafo y por esa viciada aura de misticismo con que el siglo XX arropó al más querido de sus inventos.

Podía decirse que tenía futuro en el cine. No es que lo dijera yo. La crítica había sido benevolente con esa figura de enfant terrible que pretendí fincarme. En la época en que conocí al señor Garrel, yo contaba en mi currículo con un documental sobre los centenares de asesinatos de mujeres en la frontera norte de mi país (que, espuria o real, me redituó en una amenaza de muerte que me obligó a expatriarme al poco tiempo) y un par de cortometrajes menores en formato digital. Mi obra más remarcable había sido un largometraje mudo llamado Temor del cielo, un proyecto de varios años sumamente pretencioso que, a mi óptica, aspiraba a romper con algunas convenciones de la gramática del cine

: estaba filmado en tiempo real, sin actores profesionales y echando mano de la división de la pantalla en celdas de acción simultánea. De mi escasa producción era precisamente Temor del cielo la obra que mayores elogios (y mayores escarnios) recogió entre las páginas de la crítica. Aunque en mi país fue prácticamente ignorado tras mi destierro, Francia me dio el espaldarazo para lo que prometía ser una carrera fecunda. ¡Pero quién iba a decir que no podía estar más equivocado! Si por entonces, con todo y mis veintisiete años cumplidos, alguien me hubiera dicho que las postrimerías de la vida de un viejo actor sería lo último que podría filmar, me hubiera desternillado de la risa, por supuesto. Pero así fue. Tal como lo he dicho. Jamás volví a filmar una sola escena luego del período en que mantuve contacto con Garrel.

Decía llamarse Louis Garrel y ser tan bretón como el que más. Aunque aquél no era su verdadero nombre, ni ésa su auténtica patria. En absoluto. Cuál no sería mi sorpresa al enterarme de sus verdaderos orígenes. Se llamaba Luis A. Benítez y había nacido mexicano. Tan mexicano como pude serlo yo en otro tiempo. No fue difícil desentrañar su biografía en Internet con el seudónimo de actor. Pero rastrear su pasado como Benítez fue distinto

: una tarea ardua que sólo pude concretar husmeando en sus archivos, leyendo sus diarios y hurgando en su correspondencia durante la semana en que montamos el equipo de filmación en su casa de la Rue du Temple.

Antes que alguien me acuse por entrometerme de manera flagrante en la privacidad de otro hombre, sólo puedo decir a mi favor que me apremiaba la necesidad de saber quién era ese tipo que de buenas a primeras decidió desembolsarme una fortuna para verlo morir. No podía correr riesgos. En cierta forma me sentí obrando con derecho y legitimidad. No hice sino reunir información sobre mi nuevo jefe, ponerme al tanto sobre aquel con quien a fin de cuentas sellaría un pacto en términos tan peculiares. Jamás me sentí culpable al respecto.

No es deshonesto acotar que Garrel fue un actor sin mucha luz, por no decir mediocre. Los personajes que interpretó durante su carrera fueron más bien mínimos. Un par de roles terciarios en la filmografía de Godard resultan ser lo más brillante, con justa razón. De ahí en más, encontramos un copioso listado de papeles menores. Si el currículo de Garrel puede considerarse de algún modo meritorio, lo es sólo por el hecho de haber atestiguado en estricto orden cronológico la historia completa del cine francés de segunda mitad del siglo XX, pero siempre desde la barrera, jamás como factor determinante en su desarrollo frente a las cámaras. Sin embargo, es justo apuntar que, si bien fue una medianía como histrión e incluso su carrera transcurrió con más pena que gloria, la injerencia de nuestro hombre sobre el cinematógrafo se fraguó en otras trincheras; jamás en un estudio cinematográfico, como él hubiera querido con todo su corazón. El problema con Garrel era muy simple y mucho más frecuente de lo que uno pudiera creer dentro del mundo del arte

: había nacido con una vocación tan notable por el cine que incluso los más grandes lo hubieran envidiado, sí; pero el hombre, aunque suene crudo, no tenía una pizca de talento. No obstante, a él nunca pareció importarle este factor. Continuaba su marcha con la misma tozudez de un corredor cojo que no ha oído, o que finge no oír, que la carrera terminó hace tiempo y que hace mucho perdió todas sus posibilidades

: que de hecho jamás las tuvo.

Su vida social, sus ideas y su férrea militancia, en cambio, serían cosas dignas de narrarse por separado. Garrel llegó a publicar con buen tino una media docena de ensayos, artículos y reseñas en Cahiers du Cinéma. Esto lo descubrí cuando rescaté algunos números enmohecidos de la revista de entre sus archivos. Por sus diarios y su correspondencia supe igualmente que Garrel llegó a albergar en su casa a cualquier artista del Partido que buscara refugio en París. Fue así como inició su entrañable amistad con Iannis Xenakis, quien por entonces huía de Grecia tras ser condenado a pena de muerte; y lo mismo con Juan Goytisolo, recién desempacado de la Barcelona franquista. Los propios Godard, Truffaut y Chabrol eran huéspedes habituales de Garrel. Cobraron fama esas acaloradas tertulias que luego devenían francachelas entre la intelectualidad parisina de la época. Si alguien se animara un poco, bien podría afirmar que el nuevo cine francés nació en el número 14 de la Rue de Temple

: la casa de Garrel. Fue de hecho allí donde Godard redactó el legendario desplegado que los actores Jean-Pierre Kalfon y Jean-Pierre Léaud leyeron a las puertas de la Cinématheque Francaise en febrero de 1968. Y fue en efecto Garrel uno de los promotores del sucesivo boicot y toma de las oficinas del Festival de Cannes. Todo esto, amén del ambiente de hostilidad y represión de la época, en protesta por la arbitraria destitución de Langlois como director de la Cinématheque.

Cuando me enteré de lo pormenores de la vida de Garrel, lo más lógico que me fue dado pensar era lo siguiente

: ¿de dónde provenía la fortuna de este hombre? Es decir, no resulta inverosímil creer que un joven actor de teatro nacido en una pequeña ciudad del centro-norte de México haya hecho carrera en Europa partiéndose el lomo, luchando contra desventajas tan elementales como vivir años indocumentado, la completa ignorancia del idioma y el haber desembarcado con una sola maleta por toda pertenencia. En cambio, elaborar un mapa mental desde ese punto de su vida hasta el otro, el último, podría ocasionar recelo hasta en el más incauto. ¿Cómo había logrado amasar entonces semejante fortuna? Ni el cine independiente ni la militancia eran opciones viables, desde luego. Tal vez mi juicio haya sido precipitado e injusto, pero en esos días sólo me atreví a creer que algo sucio había debajo de cada uno de los billetes de mi antiguo compatriota. Preferí no hacer más conjeturas ni averiguar nada al respecto.

En una charla casual, Garrel no asomaba ni resabios de aquel chico mexicano de provincia que había luchado a brazo partido para ser aceptado en un país refractario en primera instancia con casi cualquier inmigrante. Por el contrario. Sus ademanes sosegados pero severos, su mirada impertérrita pero afilada, su manera tan sutil de sopesar los espíritus de los que siempre se rodeó, su acento frío y neutral, así como su vasto acervo, delataban en él a un hombre exquisito, muy hecho tanto a los avatares de la vida como a sus embelesos. Con todo y que su última voluntad haya sido la de guardar las imágenes de su muerte, no podía afirmarse que Garrel se hubiera convertido en un viejo excéntrico y agobiado por una monomanía senil. O al menos no quiero recordarlo así. Más bien me gusta evocarlo como la última persona a la que pude considerar un amigo legítimo. Aunque dudo que el simple hecho de haber estado tan cerca de él durante cada una de las veinticuatro horas de cada día de cada uno de sus postrimeros meses de vida, me conceda un derecho tan merecedor como el de su amistad. No me importa. Realmente quiero pensar que así fue. No diré más al respecto. De todas formas doy por seguro que, conforme avance en mi relato, esta sentencia y mi propia persona serán puestas sobre una balanza en la que saldré perdiendo sin remedio. Cuando esta historia toque su final, la imagen que cualquiera de mis allegados o un lector casual pudieran haber tenido de mí en un principio, se caerá por los suelos. Pero de verdad no me importa. Si tomé la espinosa decisión de contar este lúgubre capítulo de mi vida años después de que ocurriera, lo hago en la firme creencia de que cualquier juicio moral que se me impute, me valdrá poco menos que un bledo. Escribo esto para saldar una cuenta pendiente conmigo mismo. Punto. Con nadie más. Ni siquiera con el difunto Garrel, el único que poseería en todo caso el derecho para escupirme en la cara mi actuar desleal, cobarde y deshonesto hacia él y hacia nuestro pacto. El único.

Cuando lo conocí, Garrel juraba y perjuraba que el día de su muerte estaba muy cerca. Pero lo cierto es que todo el que lo conociera podía apostar la mano derecha a que el viejo viviría más que uno mismo, más que cualquier otro ser humano. Pero, en todo caso, si se tomara como premisa la dura convicción de Garrel sobre la proximidad de su muerte, ¿cómo saber en qué instante llegaría ésta? ¿A qué hora del día, qué día de la semana, qué día del mes, qué mes del año...? ¡Lo mismo podría cogerlo por sorpresa antes de que instaláramos el equipo de filmación en su casa, que de igual manera no llegar nunca! O al menos no llegar antes que la mía (a eso y no a una hipérbole ni a una aberración de las leyes naturales quise referirme con “nunca”). En este punto estribó la inmensa dificultad del proyecto en el que nos enfrascamos. Sería una sola escena. Garrel estaba dispuesto a redimir esa perfecta oda a la medianía, ese hermoso canto a la nulidad, ese cúmulo gigantesco de mediocridad que habían sido sus actuaciones en una sola e irrepetible escena. Una sola.

 

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* *

 

Anoté la dirección en mi antebrazo mientras la voz del viejo me dictaba al otro lado de la línea. No me costó dar con el lugar. El número 14 de la Rue du Temple era un edificio sombrío por fuera

: sombrío y gélido por dentro, cercano a la Place de la République. Decidí que sólo así, visitando a quienquiera que se hiciera llamar Louis Garrel por el teléfono, terminaría de una vez con las bromas que me venía gastando desde hace unas semanas. Pero ya lo digo

: con Garrel no había espacio para las bromas. Firmé el contrato y eché a andar el proyecto al día siguiente. Dinero había de sobra, pero el tiempo, por otra parte, se volvía el elemento crucial.

El ajetreo de los preparativos apenas me dejó entrever en lo que me había metido. Sólo semanas después de firmar nuestro convenio, fue que caí en cuenta de que algunas de sus cláusulas eran tan puntillosas que rayaban en lo ridículo. Por ejemplo

: a partir de que pusiéramos nuestras firmas sobre el papel, ninguno de los involucrados podría decir palabra sobre el rodaje, ni tanto a terceros como entre nosotros mismos fuera de esa casa. Silencio absoluto. Otra cláusula advertía que los rollos de película, fotografía y cintas magnéticas, estarían foliadas desde un inicio, y que deberían ser entregados uno a uno a los abogados sólo quince días después del fallecimiento del contratante, sin importar qué tan avanzados estuvieran los trabajos de edición y posproducción. Cualquier retraso o incumplimiento sobre este último punto sería castigado con especial severidad. Otra cláusula fijaba que, a la muerte de Garrel, me serían depositadas de inmediato las otras dos terceras partes de mi pago, pero ello significaba renunciar automáticamente a cualquier derecho de autoría sobre la obra. Además, la totalidad del equipo que se empleara en la filmación debía ser comprado para tales efectos y luego ser desechado

: no podría rentarse ni mucho menos adquirirse de segunda mano. Todo nuevo, como si se tratara de material quirúrgico que se bota luego de una operación. Esto incluía cada tornillo, cada bombilla, cada metro de película, cinta o cable. Una asepsia ridícula. Al inicio pensé que, en efecto, no era otra cosa que un derroche increíble el que estaba por emprender. Pero concluí que a fin de cuentas no sería mi dinero el que se diluiría en semejante disparate, así que hice lo posible por disfrutar de las excentricidades que en cualquier otra circunstancia me serían imposibles de repetir.

La casa de la Rue du Temple tenía un ático espacioso que fue dividido con paneles desmontables de tabla-roca. El equipo técnico que reuní era tan numeroso como eficaz en sus labores

: trabajaban a marchas forzadas, día y noche, todo por una sustanciosa cantidad de dinero. La división más amplia fue destinada al centro de comando, monitoreo y edición para el rodaje

: tenía cientos de miles de euros en lo más avanzado de la tecnología digital puestos a mi servicio. Ni en mis sueños más descabellados hubiera podido concebir tales maravillas. Me dolía en lo hondo saber que al final todo el equipo debería tirarse a la basura ante los ojos de un notario.

Las obras en la sala de controles corrieron al paralelo que en el resto de la casa. Los técnicos debieron diseñar y montar un complejo sistema de monitoreo que abarcara cada rincón, cada resquicio de las tres plantas de la residencia. Ningún ángulo por el que pasara Garrel a lo largo de su rutina diaria debería quedar sin ser filmado. Ninguno. Ni la ratonera más recóndita, en caso de haberla, estaría fuera del alcance de alguna lente. Pero era importante que el equipo no entorpeciera la cotidianeidad de Garrel. Para esta parte del proyecto los trabajadores a mi mando sudaron frío. Debí duplicar la suma que les ofrecí de entrada para que no claudicaran en sus esfuerzos. A pesar de lo peliagudo de la misión, en tan sólo una semana de jornadas corridas nuestro objetivo fue zanjado. Ignoro cuántos cientos y cientos de metros de cables utilizamos. El número de cámaras que vigilaban a lo largo de la casa ascendía fácilmente a más de una centena. La cantidad de micrófonos debería ser un poco mayor. Nada, absolutamente nada debía escaparse al ojo y al oído avizor que habíamos montado. Una pléyade de centinelas en vilo eterno. De eso se trataba todo. Y en uno de ellos, en uno de esos celadores abnegados y sin descanso, habría de convertirme yo mismo. ¿Cómo es que no me di cuenta de que lo que en realidad firmé no era otra cosa que un pacto irrevocable para consagrar mis días a los de otro ser humano por tiempo indefinido? Si entonces hubiera tenido idea de la pesadilla que estaba por venir, habría renunciado el primer día sin pensármelo dos veces, con todo y que me ofrecieran un cheque con el doble de ceros.

Para las ocasiones en que fuera necesario, se había dispuesto montar en el mismo ático un pequeño dormitorio con servicio completo. Si yo o alguien del staff se viera obligado a pernoctar en el trabajo, podía echar mano de la cama, la cocineta y el baño. Todo estaba permitido en el ático. Pero, en cambio, quedaba rigurosamente prohibido hacer cualquier clase de contacto con Garrel o poner un solo pie en el resto de la casa una vez comenzada la filmación. Cada vez que alguien quisiera salir, debía emplear la escalera metálica para incendios engastada en la parte trasera del edificio. Esto no le hizo mucha gracia a nadie, pero pronto debimos acostumbrarnos.

Era la época en que yo compartía un triste piso con un fotógrafo venezolano y su esposa, un pintor colombiano y una estudiante argentina. El generoso adelanto de Garrel me permitió dar de un golpe la anualidad de un departamento de la Rue Albert para mí solo. Puedo decir que gocé como un loco de volver a tener espacio para mí, sin nadie más pegándoseme como lapa, entrometiéndose en mis cosas. Con todo, al paso de los días, la soledad y la fría tabla-roca del ático se volvieron mi residencia. Eran raras las veces en que el proyecto nos permitía dejar la casa antes de la media noche. Yo aún debía tomar el metro en Oberkampf, trasbordar en dos estaciones más y al fin caminar cinco o seis cuadras para llegar a mi flamante departamento. Este traslado se me volvía un martirio al concluir un duro día de labores en la afinación de los últimos detalles. Fue así que paulatinamente comencé a trasvasar mis pertenencias al ático

: primero un par de libros, un par de discos, un par de cambios de ropa... ¿Cómo iba a saber que al poco tiempo aquél se convertiría para mí en lo más cercano a un hogar en ese extraño período de mi vida al que hago referencia?

 

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¿Hasta qué nivel es posible memorizar la corporeidad de otro ser humano y las maneras en que ésta se instala y se desenvuelve en el espacio? ¿Se puede llegar a conocer tanto o más que la propia? De la misma manera, ¿es posible aprenderle cada ademán, cada gesticulación, al grado de poder predecir el momento en que cada uno surgirá, las circunstancias particulares que habrán de provocarlos, e incluso leer sus ideas, sus intenciones, sus emociones, sus miedos, sus filiaciones, sus más duras certezas o su propia mendacidad, a través de ellos? ¿Puede decirse que nos apropiamos de una fracción de su esencia cuando para nosotros llega ese punto de quiebra en que su físico no es más una barrera sino un puente, un conjunto de signos que conforman la gramática más externa y elemental de su espíritu? Ya lo creo.

Fueron once los meses durante los que debí esperar su muerte. Once meses en los que mis ojos no se despegaron de las pantallas con su semblante ominoso. Días y días enteros en que su cuerpo marchito se fue grabando en mis retinas a fuerza del tiempo y de los de cañones de luz de los monitores. Como si de ese modo absorbiera yo su impulso vital, como si drenara su energía cada vez que una de mis cámaras apuntaba hacia él. ¿Era al final eso por lo que me pagaba? Once meses en que tuve que vigilar cada uno de sus pasos a través de las pantallas, monitorear y aprehender el menor de sus movimientos en un particular acto de vampirismo.

Aunque capturar su actuación dentro de la casa era relativamente sencillo, filmar sus rutinas en exteriores se vuelve tema aparte. A pesar de la precisión con que funcionaban sus hábitos al interior de los muros, una vez traspasado el umbral se volvían impredecibles. Era preciso cargar con cinta y baterías de reserva, por si una simple salida a comprar víveres o el periódico terminaba convirtiéndose en una caminata por todo el barrio o una súbita escapada a cualquier punto de la ciudad. Debo decir que para estas excursiones el contrato tenía normas bien establecidas

: faltaba más. Garrel debía sentirse en total libertad. El equipo de filmación no podía entrometerse en su camino ni llamar la curiosidad de los transeúntes sobre su persona. El margen radial mínimo que debíamos mantener era de diez metros en espacios abiertos. Quedaba prohibido entrar con cámara en mano a los mismos sitios cerrados que él de manera simultánea. En estas ocasiones, debíamos ingeniárnoslas para arreglar las tomas lo mejor posible desde una ventana o desde una puerta. No fueron pocas las veces en que captamos la atención de los regentes de varias tiendas y cafés, pero en especial de la policía. Mostrar el permiso de filmación funcionaba casi siempre

: preparábamos un documental para la televisión sobre tal o cual tema, cada vez uno distinto. La gente de los alrededores terminó acostumbrándose a lo incómodo de nuestra presencia como quien se acostumbra a la cercanía de un paria.

Así, sin buscarlo, fue que terminé por asimilar su rostro destemplado, por escudriñar y memorizar cada resquicio de su piel ajada, por reconocer cada poro de sus mofletes y su nariz como quien lo hace con un campo minado, cada pelo de cada orificio de su cuerpo, cada arruga y cada mancha de su dermis fláccida, cada furúnculo, cada verruga, cada mucosidad, cada flema, cada líquido que saliera de ella, todo con la precisión de un cartógrafo diligente. Todo a través de la cámara. Juro que, aún hoy, hay noches en que su cara me arrebata el sueño con su último rictus de dolor y de agonía.

Las primeras veces que intenté ver cine luego de ese período, creí que su silueta desgarbada aparecería en cualquier instante, como la de un actor que realiza un cameo, haciendo exactamente las mismas cosas triviales e inocuas que lo vi hacer a lo largo de casi un año. Me volvió a ser imposible concentrarme en los conflictos de los largometrajes, poner toda mi atención en los actores, seguir medianamente una trama o inclusive recomponer por momentos la gramática visual de la película. Lo mismo con la televisión. Mi interés no podía evitar centrarse sólo en los segundos planos, tal como en su casa, en espera de un fantasma, de un intruso que jamás llegaría.

Reconozco lo extraordinario de mi situación, pero ignoro la frecuencia con que un cuadro clínico de esta variedad se presente, o aun si se halle clasificado. Una suerte de dislexia visual. No se me ocurre mejor forma de referirme a mi problema. En pocas palabras, había olvidado cómo leer la gramática del cine. Mi caso era de un patetismo tal que sólo podía atinar a compararme con un espectador de principios de siglo XX, que requería de esos empleados de las salas cinematográficas cuya labor no era otra que mostrarle al público, con ayuda de una varita de maestro, qué era lo que estaba pasando en la secuencia de fotogramas proyectados por el maravilloso y flamante invento.

Pero el mal que contraje a partir de esa temporada en la casa de Garrel no termina allí. Lo peor vino sólo después, con los años. A la fecha, cada vez que cierro los ojos, no puedo evitar verlo rasurándose con esa mano trémula, a punto de cortarse en cada milímetro que la hoja de acero recorre por su barba de alfileres, con infinitas penurias. Lo veo ponerse dolorosamente de cuclillas sobre el excusado para soltar un pedazo de mierda como si fuera un lingote de hierro. Lo veo doblado por accesos de tos hasta que expulsa una flema densa y verde de su garganta con un sonido gutural y doloroso. Lo veo sacándose una dentadura ensalivada y amarillenta a media noche para depositarla en un sucio vaso con agua. Lo veo echarse a dormir como un bebé, custodiado por la cámara infrarroja en una esquina del cuarto, y al poco tiempo roncar como un animal salvaje. Lo veo tener esporádicas y fugaces erecciones durante las etapas más avanzadas de su sueño. Lo veo fregando su ropa interior en el lavamanos por las mañanas luego de que la incontinencia urinaria lo traicionase. Lo veo sorbiendo ruidosamente la sopa, cucharada a cucharada, masticando los bocados con la misma lentitud que un bebé para luego tragárselos con apuros. Lo veo romper en ataques de tristeza mientras se empina vaso tras vaso de whisky, hasta que se le hinchan los párpados como dos tomates por el llanto y se queda dormido en el suelo. Lo veo, en fin, padeciendo la carga indignante de su vejez y de su completa soledad.

 

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Del personal que contraté en un comienzo, terminé por despedir a dos terceras partes el primer mes y deshaciéndome de ellos en su totalidad al cuarto. Rápido aprendí a arreglármelas por mí solo con todas las cámaras y el equipo. Lo mismo con las salidas a exteriores. El motor de mi decisión radicó en que de esa manera me ahorraría desgastes personales y monetarios al no tener que lidiar con una caterva de imbéciles. Además, sentía que el proyecto me pertenecía, que la noción de intimidad y de confidencia que Garrel me daba no era para compartirse con nadie más. No podía ni debía compartirse con nadie más. Me parecía deshonroso para mí y para el viejo que terceros metieran sus narices. Lo que Garrel hiciera dentro de su casa durante los últimos días de su vida no tenía porqué competerle a nadie además de nosotros dos

: los únicos implicados en el contrato. Era yo el elegido, el depositario de su confianza.

Pero sucedió que el octavo mes, hundido en el más profundo de los tedios e intoxicado por el fastidio de ver que el anciano no tenía fecha para morirse, tomé la decisión de sujetar las riendas del proyecto. Hacerlo verdaderamente mío en la esperanza de verlo convertido en mi obra más ambiciosa hasta al fecha. ¿Por qué no?, llegué a decirme. Una oportunidad tan propicia no volvería a darse. Si Garrel quería que yo fuera el director, en toda la extensión de la palabra, así sería.

Alterar la rigidez de sus rutinas y jugar a mi antojo con su memoria senil fue lo más sencillo. Pero sería apenas la primera etapa de mi plan. Con la casa a mi disposición durante las noches, todo salió a pedir de boca. En cuanto el viejo entraba en el sueño, yo me escabullía hasta la casa, desde el ático. Lo primero que hice fue de lo más elemental. En silencio, entré hasta su cuarto para vaciar un vaso de agua sobre la cama. Esto lo repetí todas las noches durante dos semanas. Cada mañana el anciano despertaba empapado en lo que creía que era su orina. Las cámaras registraron puntualmente su gradual desconcierto. Una buena reacción, convincente, viniendo de un actor acabado. Pero pronto supe que podría dar más. Ése era el inicio del nuevo rumbo de mi proyecto. Garrel jamás lo supo. No tenía forma de saberlo. Yo era el artista, no él.

Para esta etapa elaboré otros ejercicios similares. El siguiente consistió en esto

: infiltrándome de nueva cuenta en su dormitorio, extraje la dentadura del vaso con agua. La primera vez la extrañeza del viejo fue enorme. Mucho mayor que en las que se descubría orinado. No pude reprimir las risas el día en que Garrel se dedicó a buscar sus dientes por toda la casa

: buscaba como un energúmeno a lo largo de cada metro cuadrado de la duela, debajo de cada mueble, encima de cada mesa, de cada silla, adentro de cada receptáculo..., incluso en el retrete. Fue ésa la primera vez que lo vi perder un poco de su inagotable dignidad y de su inquebrantable compostura. Quizá haya sido el tono de bufonada involuntaria, o el saberse despojado de pronto de una máscara pétrea delante de su público para enseñar su mísero rostro. La verdad es que estaba humillado. A tal nivel llegó su vergüenza que ése fue uno de los únicos tres o cuatro días en que se dirigió a mí, su celador ominoso pero invisible, durante los once meses

: se plantó frente a una de las cámaras de la sala y me alzó la voz solicitando que dejara de filmar hasta nuevo aviso. Por supuesto que no obedecí.

Las jugarretas consecutivas se sucedieron más o menos en el mismo tenor. De todas y cada una quedó constancia filmada. Procuré obrar aparentando que las alteraciones en el orden establecido por el anciano habían sido producto de su distracción, sin dejar el menor rastro en mi obraje y en su periodicidad. De esta forma fui extraviándole varios objetos personales, cambiando las etiquetas de los comestibles, sustituyéndolos por otros caducados, cortando el suministro de agua caliente cuando tomaba una ducha, tapando el drenaje durante días, mellando el filo de sus rastrillos, atrasando o adelantado la hora de cada reloj en la casa, sustituyendo las baterías de los electrodomésticos por otras viejas, marchitando sus plantas de distintas formas, alterando las etiquetas de sus medicamentos, etcétera. Me sorprendió comprobar que mi imaginación para estas cosas no tenía fin. Me regodeaba frente a los monitores como un chiquillo. Pude haber continuado así hasta el infinito. Una sensación indescriptible de poder se adueñaba de mí en cada nuevo intento. Era como una droga dulcísima que me demandaba dosis más y más grandes. Y fue este embeleso el que me llevó a aumentar el grado de mis tretas sobre Garrel.

La segunda fase de mi proyecto consistió, entre otras cosas, en meterle algunos sustos de muerte al anciano, fabricarle de vez en cuando noticias funestas o amenazas a través de misivas anónimas, e incluso propiciar las condiciones para causar accidentes leves en la casa. Las posibilidades de esta nueva etapa las descubrí cuando alteré las fechas de caducidad de algunos alimentos perecederos y lo vi vomitar y derrumbarse por la fiebre durante casi tres días.

Una buena ocasión descubrí que Garrel era alérgico a los gatos. Lo pude comprobar cuando el del vecino se entrometió en la casa y quedó atrapado en la lavadora. El viejo despertó en la madrugada por los maullidos del animal. Lo más sencillo era levantar la tapa, abrir todas las puertas para enseñarle el camino y dejarlo huir. No obstante, Garrel puso el grito en el cielo cuando notó que tenía esa bestezuela tan cerca de él. Todavía en pijama, no dudó en salirse a la calle antes que el gato. Se armó un alboroto. Por la mañana, mis cámaras captaron las grandes lagunas de piel enrojecida en todo el cuerpo del anciano, así como unos ojos turgentes y un goteo nasal continuo.

Me fue de lo más sencillo conseguir una cría de gato en una tienda de mascotas y hacerlo mi compañero. En las noches lo paseaba por todos los recintos de la casa, y con el tiempo lo fui dejando explorar unos minutos su nuevo hogar. La primera semana Garrel coligió que padecía del rastro que dejó el animal del vecino durante su intrusión. Pero las erupciones cutáneas, los ojos enrojecidos y el flujo nasal no desaparecieron en un mes.

De la misma forma, tomé ventaja de los secretos que conocía de Garrel para montar el episodio de las amenazas. Eran cartas en forma, sin remitente y dirigidas al señor Luis A. Benítez, su nombre real. Este simple hecho hizo que se tomara en serio cada misiva que le envié desde el anonimato. Su desconcierto y su miedo no pudieron ser más grandes. Las cartas referían a su pasado más remoto, que yo conocía bien tras haber hurgado en sus diarios, pero que quizá ya nadie salvo él recordaría. Al conseguir de esta forma su atención, lo exhortaba simplemente a “andarse con cuidado” y a “no pasarse de listo”. Viniendo de un desconocido que sabía su verdadera identidad tan bien como su historia, esas inocuas amenazas cobraban un peso extraordinario e infundían terror incluso en el más templado.

Para darles contundencia y rematarlas, en cierta oportunidad contraté a dos clochards para que simularan un robo. Me costó mucho tiempo hacerme de su confianza e imponerles mis condiciones. Llegarles al precio fue lo más fácil. El atraco se realizó tal como lo fijamos

: los ladrones se llevaron sólo lo que les indiqué. Garrel me reprendió severamente tras el episodio, acusándome de negligencia. Me excusé de toda responsabilidad diciendo que a esas horas de la noche yo estaba profundamente dormido en el ático. No tenía manera de enterarme de lo que sucedía en la casa

: aduje que aunque las cámaras seguían en funcionamiento, mis monitores estaban apagados. Mentía, claro. Pero ni siquiera esta contingencia hizo que Garrel develara lo que se urdía bajo su techo. Jamás le habló de mi existencia a la policía cuando dio su declaración. No quedó registro que constara mi estancia allí. Mucho menos habló del puñado de cámaras que pudieron registrar la identidad de los criminales. Prefirió tragarse el coraje de haber sido despojado de algunas pertenencias valiosas antes que sacar nuestro secreto a la luz.

Pero lo alarmante llegó cuando los ladrones improvisados volvieron semanas más tarde a la casa para llevarse el dinero de la caja fuerte y once de las cien cámaras. ¡Eso no estuvo en nuestro acuerdo! Esta vez el viejo sí advirtió el asalto. Los dos tipos lo sacaron con violencia de la cama y amagaron con matarlo. Aunque sólo fanfarroneaban para divertirse, Garrel se llevó el susto de su vida. Lo humillaron a más no poder. Lo hicieron desnudarse y lo golpearon hasta el cansancio. Luego, tirado en el suelo, le tusaron la cabeza con unas navajas hechizas. Recibió contusiones severas en todas partes y cortaduras en el cuero cabelludo a granel.

Con todo y la golpiza que le dieron, optó por no dar aviso a la policía y evitar así que lo interrogaran sobre las cámaras robadas. Yo estaba furioso. De inmediato fui a buscar a esos cabrones al mismo puente de donde los había sacado para exigirles una explicación. Pero aquellos ya no estaban, y no volvieron jamás por el rumbo.

Ésa fue la primera vez en que temí que las cosas se salieran de control. Incluso Garrel decidió comprar una pistola de la que no volvió a separarse ni en sueños. Tan alterado estaba que invirtió sus hábitos de ahí en adelante. Cambió cada una de las cerraduras de la casa y mandó poner varias más. Noche tras noche, vigilaba desde cada una de las ventanas, encendía y apagaba las luces, subía el volumen del televisor, fingía conversar con alguien en voz alta y rondaba las habitaciones como un ratón en su laberinto, siempre con pistola en mano. Comenzó a vivir presa del terror y así continuó hasta su muerte. Sus días estuvieron contados a partir de entonces. Quedaba poco para que toda la farsa concluyera.

No pude evitar sentir lástima por el anciano cuando decidió recluirse del mundo. La vida monomaníaca y anacoreta por la que optó desde la brutal golpiza, era todo menos una vida digna. No salía más a dar sus paseos. Cerró las cortinas para siempre, como un panel de basalto por el que no volvió a atravesar una sola franja de luz. Ya no leía sus periódicos y había abandonado los libros por no poder concentrarse más de diez minutos en la lectura. Temía salir a comprar víveres, y cuando tomaba el valor suficiente, lo hacía cargando su pistola bajo la ropa. No volvió a asistir a una sala de cine mientras estuvo vivo. No volvió tampoco a cruzar palabra con otro ser humano. Ni siquiera respondía al teléfono. No recogía la correspondencia del buzón temiendo más amenazas anónimas. Comenzó a descuidar su higiene personal y su aspecto. Dormía muy poco y lo hacía de día, casi siempre en el sillón. Trataba de eludir a toda costa el momento de meterse a la cama. Tomaba café y otros estimulantes como un adicto, lo que se tradujo en el desgaste de sus nervios y de su salud en general. Casi no comía. Desconfiaba de todos. Incluso se le fue haciendo normal cubrir las cámaras con toallas o prendas de ropa. Ese destino lo corrieron más de la mitad de los aparatos. Mis monitores se fueron apagando eventualmente. De no haber muerto tan pronto, hubiera continuado hasta impedir que siguiera filmando su vida cotidiana. De hecho, temí que tarde o temprano me pusiera en la calle de una patada y que cancelara la empresa. Sé que estaba a punto de hacerlo.

El juego se me salió de las manos.

Decidí cortar por lo sano hasta que escampara todo. Pero la marejada que desaté estaba próxima a tocar su final.

 

*

* *

 

Cuando el señor Garrel me llamó por teléfono para hacerme la oferta de filmar el momento de su muerte, no pude sino tomarlo a broma. Una mala broma. Ni siquiera la más original. ¿Cómo iba a imaginar que aquello iba en serio? ¿Cómo iba a imaginar que mi vida quedaría marcada por los siguientes eventos? ¿Cómo iba a imaginar que ese actor mediocre respiraría su último aliento entre mis brazos? ¿Cómo iba a imaginar apenas que ese triste viejo terminaría desangrándose copiosamente sobre mi regazo, con el cráneo y la cara deshechos por una bala de su propia arma, con los restos del cerebro todavía tibios a unos centímetros de mis ojos hacinando todo el espanto del mundo?

La muerte tiene métodos y tiempos curiosos. Lo he visto de cerca. De repente un hombre joven, gozando de cabal salud, toma una siesta en un día de descanso. Y ya está. Un último respiro, ni siquiera el más hondo. Sólo el último. No sabemos si hay dolor. Muere. De repente una madre deja a su hijo de meses en la cama unos segundos. Alguien ha llamado al teléfono. Ella corre a contestar. El bebé se mueve tanto que consigue alcanzar el borde de la cama. Y ya está. Cae al vacío y su cráneo frágil no resiste el impacto. Se parte en dos. Muere. En cambio, un paciente desahuciado por una enfermedad cruenta y achacado por dolores inhumanos, aguarda semanas, meses y años en una cama, inmóvil. Pero la muerte no viene. No escucha sus súplicas. No vendrá en mucho tiempo. Sólo habrá zozobra y dolor. Así es como funciona.

Con Garrel todo sucedió en un momento.

Cada vez se me hace más difícil recordar otra cosa que no sea una secuencia de imágenes dispersas y confusas. El vértigo de los acontecimientos se enreda en mi cabeza como un tornado implacable. Creo verme monitorear las pantallas en la madrugada. El trastorno del sueño de Garrel había terminado por torcer el mío. Dormíamos de día y actuábamos de noche. Creo verlo sentado nerviosamente en su sillón, con un vaso de whisky entre las manos, escuchando música. Tal vez no haya sido así.

Quizá sólo esté hundido en el más absoluto silencio, anegado en sus propios latidos. De tanto en tanto mira la pistola para estar seguro de su cercanía. Da un sorbo al whisky y recoge el arma. Se la lleva al regazo, donde acuna el acero frío con diligencia. Así permanece más de una hora. Con la vista clavada hacia la calle, desde la ventana. Afuera puede que llueva, que relampaguee. Puede que no. Puede que haga un clima benévolo y que la noche sea transparente. Parece cavilar algo. Algo muy importante. Algo que ha venido considerando de un tiempo atrás. Lo sé porque no parpadea. Porque sus ojos así lo delatan. Porque aprendí a leerlo en esos once meses que estuve con él.

La escena comienza.

Los diafragmas de las cámaras parecerían querer dilatarse por sí mismos. Cobrar vida. El gato sabe el camino. Pero desconoce que no debe estar allí a esas horas. Sin darme cuenta, el animal recorre el trayecto desde el ático hasta la sala de Garrel. Lo recorre pegado a las paredes, buscando su propio rastro. Siente el calor del viejo. Comienza a hacer círculos en torno al sillón. Manso. Al poco toma la suficiente confianza para acercársele. Se regodea en las pantuflas del anciano. Ronronea sin vergüenza. Más tarde trepa por sus piernas y se apoltrona en un hueco tibio. Junto a la pistola. A este punto Garrel no hace nada, para mi sorpresa. Ha decidido no hacer nada. Nota la presencia del huésped desde el inicio. Incluso parecería estar disfrutando de la visita. Estarlo agradeciendo. O al menos de eso daría la impresión de no ser por las lágrimas gordas que resbalan en sus mejillas. ¿Es el gato el emisario y hay que tratarlo como tal?

Entonces sucede.

El animal pega un reparo cuando escucha el primer estallido. El cuerpo de Garrel, sin embargo, permanece inmóvil, rígido. Surge un segundo estallido. Él continúa inerme, con la serenidad del que sabe lo que se avecina. La puerta principal se vence ante la violencia de los embates. La hoja se abre con estrépito. Entran dos siluetas. Son los mismos clochards de las veces anteriores. Dudo entre salir disparado para auxiliar al viejo o permanecer contemplando la escena hasta el final. No obstante, todo sucede con demasiada prontitud. Garrel se da la media vuelta sobre su sillón. Apunta el arma hacia uno de los hombres, que se acerca con rapidez hacia él. Acciona el gatillo y la bala da en el blanco. El intruso pega un grito salvaje y se contorsiona sobre su propio eje. Mientras tanto, el otro alcanza al anciano. No hay tiempo para más. El rostro de Garrel devela pavor. Sabe lo que sigue. El vagabundo lo tira al suelo con un movimiento brusco. Le arrebata fácilmente el arma y lo encañona. En ese punto Garrel está temblando como un ratón lleno de pavura. Lo siguiente no lo podré olvidar nunca. Su última mirada la dirige hacia mí. Es la misma mirada que me encuentro en pesadillas. Es consciente de que lo observo. Mira hacia mí a través del lente de una cámara como si entre nosotros no mediara un mundo entero. Su mirada es una súplica lastimosa y silente. La última.

El intruso detona el arma un par de veces, a quemarropa, sobre el tórax de Garrel. Eso será todo. Aquél lo sabe y decide huir de inmediato. Es muy tarde para continuar con el robo. Por su compañero no debe preocuparse

: ha corrido la misma suerte que su víctima.

Garrel se queda solo.

De unas cuantas zancadas consigo bajar a la casa. El cuerpo del viejo se ve mucho más grande de lo que pensaría. Luego de tantos meses de verlo en los monitores había perdido la noción de su estatura. Los nervios me traicionan. De pronto no sé qué hacer. No sé qué debo hacer. Me debato torpemente entre salir corriendo en busca del homicida, llamar a alguien o tratar de auxiliar al moribundo, incluso al otro. Decido hacer lo último. Me tiro al lado de Garrel esperando poder salvarlo. Me pongo en cuclillas y lo recuesto sobre mí. Aún respira, pero está inconsciente. Son sólo músculos que reaccionan a las últimas descargas eléctricas del cerebro. Ya no hay vida como tal. Su cuerpo transpira, sí. Transpira y se desangra con la misma velocidad. Siento la tibieza yéndose con prontitud. Los pulmones funcionan a toda marcha, como fuelles hambrientos. Y de pronto un temblor espeluznante recorre sus carnes. No puedo dejar de pensar en los cuerpos de las gallinas que son decapitadas y que salen corriendo sin cabeza unos metros más allá. En eso se ha convertido Garrel. En eso y nada más

: un muñón de carne y de fluidos es lo que se convulsiona entre mis brazos. ¿Estaría sufriendo? Sus ojos se abren con la furia de dos piedras de sol, como si de un momento a otro fueran a salir proyectados hacia el infinito o a absorberlo de una sola vez. Su rostro se desarma en contorsiones imposibles. Parecería que el suplicio nunca podría terminar. Así que lo resuelvo

: cojo la pistola como me es dado y la pego con fuerza a la sien de Garrel. Pienso en que nunca antes he tenido una entre mis manos. Acciono el gatillo. Y ya está. Una muerte confortante y apaciguadora. Tal como quiso Garrel

: todo ante el testimonio frío de las cámaras.

 

*

* *

 

No había tiempo que perder. Puse manos a la obra en mis esfuerzos por borrar las cintas. Todas y cada una de las cintas donde grabé las rutinas del anciano. Aquello se traducía en miles y miles de horas de vídeo y de filmación

: sólo bastaba multiplicar las veinticuatro horas del día por el número total de cámaras, que eran más de cien, y luego multiplicar el resultado por los más de trescientos días que duró el proceso. ¡Una locura! No pasó mucho para que me diera cuenta de la imposibilidad de mi cometido. Así es que me di a la labor de borrar únicamente aquellas cintas donde Garrel era presa de mis jugarretas, las cintas correspondientes a los últimos meses. Sin embargo, y a pesar de que dedicaba todo el día a ello, mis esfuerzos eran risibles. De seguir trabajando en eliminar todos los vestigios de semejante manera, no conseguiría más que acabar con una minúscula parte de la gran colección. En ese punto percibí la auténtica magnitud de las cosas. No habría terminado ni con la décima parte del material cuando el cadáver del viejo y el del vagabundo estuvieran descompuestos. De hecho ya comenzaban a pudrirse en la sala. Pronto el hedor a muerte impregnaría la casa y se expandiría por el vecindario sin remedio. Al final decidí vaciar mis maletas y llenarlas de casetes y de rollos, tantos como pudiera. Pero de nuevo sólo conseguí observar la completa inutilidad de mis empeños. Estaba perdido. No había manera terrena de que un solo hombre pudiera deshacerse de tan colosal cúmulo de elementos inculpadores en su contra. Estaba en jaque. Yo sería el primer sospechoso de homicidio. Muy poco me podían importar ya las cláusulas que me prohibían tocar el material grabado. Mucho menos me importaba que no me fueran a pagar el resto del dinero. Lo que quería era desaparecer a como diera lugar sin dejar rastro.

En la fracción de segundo que me tomó jalar del gatillo sobre la sien del viejo, un relámpago fulminante lo esclareció todo. Cuando intentaba preparar mi huida, comprendí que mis sospechas no eran infundadas. Garrel me había contratado para eso . Por fin entendía qué era lo que había visto en mí. Supo percibir en la naturaleza de mi espíritu la maleabilidad para arrinconarla hasta ese punto. Él era el verdadero maestro del proyecto. No yo. Yo era apenas una pieza del complejo entramado que su genio había tejido. Como tal, debería jugar mi rol hasta sus últimas consecuencias. Esa pieza de arte era mucho más ambiciosa de lo que deduje en una primera instancia.

Todo mundo sabe que el celuloide a base de nitrato es un material altamente combustible, que produce un humo negro y un olor acre e intenso cuando se quema. Su empleo le costó pérdidas invaluables a la historia del cine y a varias compañías cinematográficas. Un corto circuito en una bodega de almacenaje, una chispa, y ya está

: kilómetros de largometrajes reducidos a nada. Una voluta negra de humo alzándose sobre los almacenes de los estudios, llevándose consigo cantidades de historias humanas. No obstante, el celuloide más moderno, hecho a base de triacetato, es un material que se resiste un poco más a la combustión. Esto complicó un tanto las cosas. Debí usar muchos litros de queroseno. Debí esparcirlos sobre montañas y montañas de casetes y de rollos de película, sobre el millonario estudio del ático, sobre cada una de las cámaras, sobre cada una de las habitaciones de la casa, sobre el cadáver del vagabundo y sobre el cadáver de Garrel.

Lo demás fue sencillo.

 

 

© Tryno Maldonado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tryno Maldonado | México, 1977 | Es considerado por la crítica como una de las voces más prometedoras del panorama literario mexicano. Fue becario del FONCA 2003-2004. Está incluido en Nuevas voces de la narrativa mexicana, Novísimos cuentos de la República Mexicana y ha publicado el libro de cuentos Temas y variaciones. Ha escrito para Letras Libres, Switch, Cine Premiere y es colaborador de La Tempestad. Viena Roja es su primera novela. Actualmente habita en www.atari2600.blogspot.com