LA ULTIMA ESCENA
DE GARREL
a César Albarrán,
maestro del celuloide.
Cuando el señor Garrel me llamó por teléfono
para hacerme la oferta de filmar el momento de su muerte,
no pude sino tomarlo a broma. Una mala broma. Ni siquiera
la más original. Sólo hasta que lo tuve frente
a mí, con esa presencia suya que desbordaba gravedad
y famelismo, supe que todo aquello iba en serio. Bastante
en serio. Con Garrel no había espacio para las bromas,
como fui dándome cuenta con el tiempo. Mi incredulidad tocó fondo cuando me alcanzó el
cheque con lo que sería la primera parte de mis honorarios
el mismo día en que nos conocimos. Era una suma en
euros que multiplicaba la integridad de todo lo que había
ganado en mi corta carrera como cineasta. Y eso apenas era
el comienzo
: las otras dos terceras partes de mi sueldo podría
cobrarlas sólo después de su muerte. El contrato
con los abogados así lo estipulaba. El otro cheque
cubriría las necesidades técnicas para la filmación,
así como los salarios de todo el staff en la primera
fase del proyecto. El señor Garrel no había
dejado el mínimo resquicio para el azar. Si quería
que su muerte, esos brevísimos y últimos instantes,
fueran atrapados en una película para el resto de
los días de la humanidad, la empresa llegaría
a su fin con un éxito indiscutible.
Conforme avanzábamos sobre las minucias del contrato,
más me asombraba la precisión milimétrica
con que el anciano prefiguró la escenografía
en que habrían de discurrir sus últimos días.
En cambio, sobre las precisiones técnicas o estéticas
de la grabación, nada fue dicho. Me entregaba plena
libertad de obraje. A ese respecto él se daba por
desentendido. Le estoy pagando para que usted se las arregle
de cabo a rabo; ya suficiente tendré yo interpretando
mi parte. Eso fue lo que dijo aquella vez, con el tono perentorio
de costumbre. Sólo atiné a pensar que Garrel,
ese actor veterano, estaba dispuesto a llevar a cabo la mejor
y última interpretación de su vida, a como
diera lugar, que por lo tanto se lavaba las manos para adentrarse
en su papel y que delegaba la dirección de todo ese
montaje lúgubre en mi persona. Y así fue.
Pero ¿qué vio Garrel en mí? ¿Qué lo
llevó a elegir a un director novato recién
llegado a París que apenas chapurreaba el francés?
Su dinero pudo haber comprado en secreto cualquier nombre
de la industria. Cualquiera
: sólo abrir la chequera y tendría todo el
circuito de cine europeo a sus pies. Una empresa de las magnitudes
que él pretendía (un momento que por su propia
fugacidad sería materialmente irrepetible) se antojaba
holgada para un director novel como yo. Demasiada responsabilidad
en tan pocos años de experiencia, como los tenía
entonces. ¿Qué era realmente lo que buscaba? ¿O
es que en verdad mis películas habían causado
tan favorable impresión en el espíritu de Garrel?
Francamente lo dudo. ¿Qué era entonces lo que
había visto en mí? Hasta hoy sigo sin poder
respondérmelo. Quizá cierta nostalgia por nuestros
orígenes compartidos, por nuestra sangre... Quizá sólo
haya sido empatía. Pero de ello hablaré un
poco después.
Antes de continuar quizá deba decir que, luego de
filmar exitosamente la muerte de Garrel, me alejé del
cine como quien se aleja de la peste. Así, sin más.
No volví a dirigir una sola película, ni volví a
escribir una sola línea de guión, ni volví a
poner una cámara sobre mis hombros. Rehuyo de todo
lo que tenga que ver con el cine. Incluso evito a toda costa
las salas de proyección. A tal grado ha llegado mi
aborrecimiento por el cinematógrafo y por esa viciada
aura de misticismo con que el siglo XX arropó al más
querido de sus inventos.
Podía decirse que tenía futuro en el cine.
No es que lo dijera yo. La crítica había sido
benevolente con esa figura de enfant terrible que
pretendí fincarme. En la época en que conocí al
señor Garrel, yo contaba en mi currículo con
un documental sobre los centenares de asesinatos de mujeres
en la frontera norte de mi país (que, espuria o real,
me redituó en una amenaza de muerte que me obligó a
expatriarme al poco tiempo) y un par de cortometrajes menores
en formato digital. Mi obra más remarcable había
sido un largometraje mudo llamado Temor del cielo,
un proyecto de varios años sumamente pretencioso que,
a mi óptica, aspiraba a romper con algunas convenciones
de la gramática del cine
: estaba filmado en tiempo real, sin actores profesionales
y echando mano de la división de la pantalla en celdas
de acción simultánea. De mi escasa producción
era precisamente Temor del cielo la obra que mayores
elogios (y mayores escarnios) recogió entre las páginas
de la crítica. Aunque en mi país fue prácticamente
ignorado tras mi destierro, Francia me dio el espaldarazo
para lo que prometía ser una carrera fecunda. ¡Pero
quién iba a decir que no podía estar más
equivocado! Si por entonces, con todo y mis veintisiete años
cumplidos, alguien me hubiera dicho que las postrimerías
de la vida de un viejo actor sería lo último
que podría filmar, me hubiera desternillado de la
risa, por supuesto. Pero así fue. Tal como lo he dicho.
Jamás volví a filmar una sola escena luego
del período en que mantuve contacto con Garrel.
Decía llamarse Louis Garrel y ser tan bretón
como el que más. Aunque aquél no era su verdadero
nombre, ni ésa su auténtica patria. En absoluto.
Cuál no sería mi sorpresa al enterarme de sus
verdaderos orígenes. Se llamaba Luis A. Benítez
y había nacido mexicano. Tan mexicano como pude serlo
yo en otro tiempo. No fue difícil desentrañar
su biografía en Internet con el seudónimo de
actor. Pero rastrear su pasado como Benítez fue distinto
: una tarea ardua que sólo pude concretar husmeando
en sus archivos, leyendo sus diarios y hurgando en su correspondencia
durante la semana en que montamos el equipo de filmación
en su casa de la Rue du Temple.
Antes que alguien me acuse por entrometerme de manera flagrante
en la privacidad de otro hombre, sólo puedo decir
a mi favor que me apremiaba la necesidad de saber quién
era ese tipo que de buenas a primeras decidió desembolsarme
una fortuna para verlo morir. No podía correr riesgos.
En cierta forma me sentí obrando con derecho y legitimidad.
No hice sino reunir información sobre mi nuevo jefe,
ponerme al tanto sobre aquel con quien a fin de cuentas sellaría
un pacto en términos tan peculiares. Jamás
me sentí culpable al respecto.
No es deshonesto acotar que Garrel fue un actor sin mucha
luz, por no decir mediocre. Los personajes que interpretó durante
su carrera fueron más bien mínimos. Un par
de roles terciarios en la filmografía de Godard resultan
ser lo más brillante, con justa razón. De ahí en
más, encontramos un copioso listado de papeles menores.
Si el currículo de Garrel puede considerarse de algún
modo meritorio, lo es sólo por el hecho de haber atestiguado
en estricto orden cronológico la historia completa
del cine francés de segunda mitad del siglo XX, pero
siempre desde la barrera, jamás como factor determinante
en su desarrollo frente a las cámaras. Sin embargo,
es justo apuntar que, si bien fue una medianía como
histrión e incluso su carrera transcurrió con
más pena que gloria, la injerencia de nuestro hombre
sobre el cinematógrafo se fraguó en otras trincheras;
jamás en un estudio cinematográfico, como él
hubiera querido con todo su corazón. El problema con
Garrel era muy simple y mucho más frecuente de lo
que uno pudiera creer dentro del mundo del arte
: había nacido con una vocación tan notable
por el cine que incluso los más grandes lo hubieran
envidiado, sí; pero el hombre, aunque suene crudo,
no tenía una pizca de talento. No obstante, a él
nunca pareció importarle este factor. Continuaba su
marcha con la misma tozudez de un corredor cojo que no ha
oído, o que finge no oír, que la carrera terminó hace
tiempo y que hace mucho perdió todas sus posibilidades
: que de hecho jamás las tuvo.
Su vida social, sus ideas y su férrea militancia,
en cambio, serían cosas dignas de narrarse por separado.
Garrel llegó a publicar con buen tino una media docena
de ensayos, artículos y reseñas en Cahiers
du Cinéma. Esto lo descubrí cuando rescaté algunos
números enmohecidos de la revista de entre sus archivos.
Por sus diarios y su correspondencia supe igualmente que
Garrel llegó a albergar en su casa a cualquier artista
del Partido que buscara refugio en París. Fue así como
inició su entrañable amistad con Iannis Xenakis,
quien por entonces huía de Grecia tras ser condenado
a pena de muerte; y lo mismo con Juan Goytisolo, recién
desempacado de la Barcelona franquista. Los propios Godard,
Truffaut y Chabrol eran huéspedes habituales de Garrel.
Cobraron fama esas acaloradas tertulias que luego devenían
francachelas entre la intelectualidad parisina de la época.
Si alguien se animara un poco, bien podría afirmar
que el nuevo cine francés nació en el número
14 de la Rue de Temple
: la casa de Garrel. Fue de hecho allí donde Godard
redactó el legendario desplegado que los actores Jean-Pierre
Kalfon y Jean-Pierre Léaud leyeron a las puertas de
la Cinématheque Francaise en febrero de 1968. Y fue
en efecto Garrel uno de los promotores del sucesivo boicot
y toma de las oficinas del Festival de Cannes. Todo esto,
amén del ambiente de hostilidad y represión
de la época, en protesta por la arbitraria destitución
de Langlois como director de la Cinématheque.
Cuando me enteré de lo pormenores de la vida de Garrel,
lo más lógico que me fue dado pensar era lo
siguiente
: ¿de dónde provenía la fortuna de
este hombre? Es decir, no resulta inverosímil creer
que un joven actor de teatro nacido en una pequeña
ciudad del centro-norte de México haya hecho carrera
en Europa partiéndose el lomo, luchando contra desventajas
tan elementales como vivir años indocumentado, la
completa ignorancia del idioma y el haber desembarcado con
una sola maleta por toda pertenencia. En cambio, elaborar
un mapa mental desde ese punto de su vida hasta el otro,
el último, podría ocasionar recelo hasta en
el más incauto. ¿Cómo había logrado
amasar entonces semejante fortuna? Ni el cine independiente
ni la militancia eran opciones viables, desde luego. Tal
vez mi juicio haya sido precipitado e injusto, pero en esos
días sólo me atreví a creer que algo
sucio había debajo de cada uno de los billetes de
mi antiguo compatriota. Preferí no hacer más
conjeturas ni averiguar nada al respecto.
En una charla casual, Garrel no asomaba ni resabios de aquel
chico mexicano de provincia que había luchado a brazo
partido para ser aceptado en un país refractario en
primera instancia con casi cualquier inmigrante. Por el contrario.
Sus ademanes sosegados pero severos, su mirada impertérrita
pero afilada, su manera tan sutil de sopesar los espíritus
de los que siempre se rodeó, su acento frío
y neutral, así como su vasto acervo, delataban en él
a un hombre exquisito, muy hecho tanto a los avatares de
la vida como a sus embelesos. Con todo y que su última
voluntad haya sido la de guardar las imágenes de su
muerte, no podía afirmarse que Garrel se hubiera convertido
en un viejo excéntrico y agobiado por una monomanía
senil. O al menos no quiero recordarlo así. Más
bien me gusta evocarlo como la última persona a la
que pude considerar un amigo legítimo. Aunque dudo
que el simple hecho de haber estado tan cerca de él
durante cada una de las veinticuatro horas de cada día
de cada uno de sus postrimeros meses de vida, me conceda
un derecho tan merecedor como el de su amistad. No me importa.
Realmente quiero pensar que así fue. No diré más
al respecto. De todas formas doy por seguro que, conforme
avance en mi relato, esta sentencia y mi propia persona serán
puestas sobre una balanza en la que saldré perdiendo
sin remedio. Cuando esta historia toque su final, la imagen
que cualquiera de mis allegados o un lector casual pudieran
haber tenido de mí en un principio, se caerá por
los suelos. Pero de verdad no me importa. Si tomé la
espinosa decisión de contar este lúgubre capítulo
de mi vida años después de que ocurriera, lo
hago en la firme creencia de que cualquier juicio moral que
se me impute, me valdrá poco menos que un bledo. Escribo
esto para saldar una cuenta pendiente conmigo mismo. Punto.
Con nadie más. Ni siquiera con el difunto Garrel,
el único que poseería en todo caso el derecho
para escupirme en la cara mi actuar desleal, cobarde y deshonesto
hacia él y hacia nuestro pacto. El único.
Cuando lo conocí, Garrel juraba y perjuraba que el
día de su muerte estaba muy cerca. Pero lo cierto
es que todo el que lo conociera podía apostar la mano
derecha a que el viejo viviría más que uno
mismo, más que cualquier otro ser humano. Pero, en
todo caso, si se tomara como premisa la dura convicción
de Garrel sobre la proximidad de su muerte, ¿cómo
saber en qué instante llegaría ésta? ¿A
qué hora del día, qué día de
la semana, qué día del mes, qué mes
del año...? ¡Lo mismo podría cogerlo
por sorpresa antes de que instaláramos el equipo de
filmación en su casa, que de igual manera no llegar
nunca! O al menos no llegar antes que la mía (a eso
y no a una hipérbole ni a una aberración de
las leyes naturales quise referirme con “nunca”). En este
punto estribó la inmensa dificultad del proyecto en
el que nos enfrascamos. Sería una sola escena. Garrel
estaba dispuesto a redimir esa perfecta oda a la medianía,
ese hermoso canto a la nulidad, ese cúmulo gigantesco
de mediocridad que habían sido sus actuaciones en
una sola e irrepetible escena. Una sola.
*
* *
Anoté la dirección en mi antebrazo mientras
la voz del viejo me dictaba al otro lado de la línea.
No me costó dar con el lugar. El número 14
de la Rue du Temple era un edificio sombrío por fuera
: sombrío y gélido por dentro, cercano a la
Place de la République. Decidí que sólo
así, visitando a quienquiera que se hiciera llamar
Louis Garrel por el teléfono, terminaría de
una vez con las bromas que me venía gastando desde
hace unas semanas. Pero ya lo digo
: con Garrel no había espacio para las bromas. Firmé el
contrato y eché a andar el proyecto al día
siguiente. Dinero había de sobra, pero el tiempo,
por otra parte, se volvía el elemento crucial.
El ajetreo de los preparativos apenas me dejó entrever
en lo que me había metido. Sólo semanas después
de firmar nuestro convenio, fue que caí en cuenta
de que algunas de sus cláusulas eran tan puntillosas
que rayaban en lo ridículo. Por ejemplo
: a partir de que pusiéramos nuestras firmas sobre
el papel, ninguno de los involucrados podría decir
palabra sobre el rodaje, ni tanto a terceros como entre nosotros
mismos fuera de esa casa. Silencio absoluto. Otra cláusula
advertía que los rollos de película, fotografía
y cintas magnéticas, estarían foliadas desde
un inicio, y que deberían ser entregados uno a uno
a los abogados sólo quince días después
del fallecimiento del contratante, sin importar qué tan
avanzados estuvieran los trabajos de edición y posproducción.
Cualquier retraso o incumplimiento sobre este último
punto sería castigado con especial severidad. Otra
cláusula fijaba que, a la muerte de Garrel, me serían
depositadas de inmediato las otras dos terceras partes de
mi pago, pero ello significaba renunciar automáticamente
a cualquier derecho de autoría sobre la obra. Además,
la totalidad del equipo que se empleara en la filmación
debía ser comprado para tales efectos y luego ser
desechado
: no podría rentarse ni mucho menos adquirirse de
segunda mano. Todo nuevo, como si se tratara de material
quirúrgico que se bota luego de una operación.
Esto incluía cada tornillo, cada bombilla, cada metro
de película, cinta o cable. Una asepsia ridícula.
Al inicio pensé que, en efecto, no era otra cosa que
un derroche increíble el que estaba por emprender.
Pero concluí que a fin de cuentas no sería
mi dinero el que se diluiría en semejante disparate,
así que hice lo posible por disfrutar de las excentricidades
que en cualquier otra circunstancia me serían imposibles
de repetir.
La casa de la Rue du Temple tenía un ático
espacioso que fue dividido con paneles desmontables de tabla-roca.
El equipo técnico que reuní era tan numeroso
como eficaz en sus labores
: trabajaban a marchas forzadas, día y noche, todo
por una sustanciosa cantidad de dinero. La división
más amplia fue destinada al centro de comando, monitoreo
y edición para el rodaje
: tenía cientos de miles de euros en lo más
avanzado de la tecnología digital puestos a mi servicio.
Ni en mis sueños más descabellados hubiera
podido concebir tales maravillas. Me dolía en lo hondo
saber que al final todo el equipo debería tirarse
a la basura ante los ojos de un notario.
Las obras en la sala de controles corrieron al paralelo
que en el resto de la casa. Los técnicos debieron
diseñar y montar un complejo sistema de monitoreo
que abarcara cada rincón, cada resquicio de las tres
plantas de la residencia. Ningún ángulo por
el que pasara Garrel a lo largo de su rutina diaria debería
quedar sin ser filmado. Ninguno. Ni la ratonera más
recóndita, en caso de haberla, estaría fuera
del alcance de alguna lente. Pero era importante que el equipo
no entorpeciera la cotidianeidad de Garrel. Para esta parte
del proyecto los trabajadores a mi mando sudaron frío.
Debí duplicar la suma que les ofrecí de entrada
para que no claudicaran en sus esfuerzos. A pesar de lo peliagudo
de la misión, en tan sólo una semana de jornadas
corridas nuestro objetivo fue zanjado. Ignoro cuántos
cientos y cientos de metros de cables utilizamos. El número
de cámaras que vigilaban a lo largo de la casa ascendía
fácilmente a más de una centena. La cantidad
de micrófonos debería ser un poco mayor. Nada,
absolutamente nada debía escaparse al ojo y al oído
avizor que habíamos montado. Una pléyade de
centinelas en vilo eterno. De eso se trataba todo. Y en uno
de ellos, en uno de esos celadores abnegados y sin descanso,
habría de convertirme yo mismo. ¿Cómo
es que no me di cuenta de que lo que en realidad firmé no
era otra cosa que un pacto irrevocable para consagrar mis
días a los de otro ser humano por tiempo indefinido?
Si entonces hubiera tenido idea de la pesadilla que estaba
por venir, habría renunciado el primer día
sin pensármelo dos veces, con todo y que me ofrecieran
un cheque con el doble de ceros.
Para las ocasiones en que fuera necesario, se había
dispuesto montar en el mismo ático un pequeño
dormitorio con servicio completo. Si yo o alguien del staff
se viera obligado a pernoctar en el trabajo, podía
echar mano de la cama, la cocineta y el baño. Todo
estaba permitido en el ático. Pero, en cambio, quedaba
rigurosamente prohibido hacer cualquier clase de contacto
con Garrel o poner un solo pie en el resto de la casa una
vez comenzada la filmación. Cada vez que alguien quisiera
salir, debía emplear la escalera metálica para
incendios engastada en la parte trasera del edificio. Esto
no le hizo mucha gracia a nadie, pero pronto debimos acostumbrarnos.
Era la época en que yo compartía un triste
piso con un fotógrafo venezolano y su esposa, un pintor
colombiano y una estudiante argentina. El generoso adelanto
de Garrel me permitió dar de un golpe la anualidad
de un departamento de la Rue Albert para mí solo.
Puedo decir que gocé como un loco de volver a tener
espacio para mí, sin nadie más pegándoseme
como lapa, entrometiéndose en mis cosas. Con todo,
al paso de los días, la soledad y la fría tabla-roca
del ático se volvieron mi residencia. Eran raras las
veces en que el proyecto nos permitía dejar la casa
antes de la media noche. Yo aún debía tomar
el metro en Oberkampf, trasbordar en dos estaciones más
y al fin caminar cinco o seis cuadras para llegar a mi flamante
departamento. Este traslado se me volvía un martirio
al concluir un duro día de labores en la afinación
de los últimos detalles. Fue así que paulatinamente
comencé a trasvasar mis pertenencias al ático
: primero un par de libros, un par de discos, un par de
cambios de ropa... ¿Cómo iba a saber que al
poco tiempo aquél se convertiría para mí en
lo más cercano a un hogar en ese extraño período
de mi vida al que hago referencia?
*
* *
¿Hasta qué nivel es posible memorizar la corporeidad
de otro ser humano y las maneras en que ésta se instala
y se desenvuelve en el espacio? ¿Se puede llegar a
conocer tanto o más que la propia? De la misma manera, ¿es
posible aprenderle cada ademán, cada gesticulación,
al grado de poder predecir el momento en que cada uno surgirá,
las circunstancias particulares que habrán de provocarlos,
e incluso leer sus ideas, sus intenciones, sus emociones,
sus miedos, sus filiaciones, sus más duras certezas
o su propia mendacidad, a través de ellos? ¿Puede
decirse que nos apropiamos de una fracción de su esencia
cuando para nosotros llega ese punto de quiebra en que su
físico no es más una barrera sino un puente,
un conjunto de signos que conforman la gramática más
externa y elemental de su espíritu? Ya lo creo.
Fueron once los meses durante los que debí esperar
su muerte. Once meses en los que mis ojos no se despegaron
de las pantallas con su semblante ominoso. Días y
días enteros en que su cuerpo marchito se fue grabando
en mis retinas a fuerza del tiempo y de los de cañones
de luz de los monitores. Como si de ese modo absorbiera yo
su impulso vital, como si drenara su energía cada
vez que una de mis cámaras apuntaba hacia él. ¿Era
al final eso por lo que me pagaba? Once meses en que tuve
que vigilar cada uno de sus pasos a través de las
pantallas, monitorear y aprehender el menor de sus movimientos
en un particular acto de vampirismo.
Aunque capturar su actuación dentro de la casa era
relativamente sencillo, filmar sus rutinas en exteriores
se vuelve tema aparte. A pesar de la precisión con
que funcionaban sus hábitos al interior de los muros,
una vez traspasado el umbral se volvían impredecibles.
Era preciso cargar con cinta y baterías de reserva,
por si una simple salida a comprar víveres o el periódico
terminaba convirtiéndose en una caminata por todo
el barrio o una súbita escapada a cualquier punto
de la ciudad. Debo decir que para estas excursiones el contrato
tenía normas bien establecidas
: faltaba más. Garrel debía sentirse en total
libertad. El equipo de filmación no podía entrometerse
en su camino ni llamar la curiosidad de los transeúntes
sobre su persona. El margen radial mínimo que debíamos
mantener era de diez metros en espacios abiertos. Quedaba
prohibido entrar con cámara en mano a los mismos sitios
cerrados que él de manera simultánea. En estas
ocasiones, debíamos ingeniárnoslas para arreglar
las tomas lo mejor posible desde una ventana o desde una
puerta. No fueron pocas las veces en que captamos la atención
de los regentes de varias tiendas y cafés, pero en
especial de la policía. Mostrar el permiso de filmación
funcionaba casi siempre
: preparábamos un documental para la televisión
sobre tal o cual tema, cada vez uno distinto. La gente de
los alrededores terminó acostumbrándose a lo
incómodo de nuestra presencia como quien se acostumbra
a la cercanía de un paria.
Así, sin buscarlo, fue que terminé por asimilar
su rostro destemplado, por escudriñar y memorizar
cada resquicio de su piel ajada, por reconocer cada poro
de sus mofletes y su nariz como quien lo hace con un campo
minado, cada pelo de cada orificio de su cuerpo, cada arruga
y cada mancha de su dermis fláccida, cada furúnculo,
cada verruga, cada mucosidad, cada flema, cada líquido
que saliera de ella, todo con la precisión de un cartógrafo
diligente. Todo a través de la cámara. Juro
que, aún hoy, hay noches en que su cara me arrebata
el sueño con su último rictus de dolor y de
agonía.
Las primeras veces que intenté ver cine luego de
ese período, creí que su silueta desgarbada
aparecería en cualquier instante, como la de un actor
que realiza un cameo, haciendo exactamente las mismas cosas
triviales e inocuas que lo vi hacer a lo largo de casi un
año. Me volvió a ser imposible concentrarme
en los conflictos de los largometrajes, poner toda mi atención
en los actores, seguir medianamente una trama o inclusive
recomponer por momentos la gramática visual de la
película. Lo mismo con la televisión. Mi interés
no podía evitar centrarse sólo en los segundos
planos, tal como en su casa, en espera de un fantasma, de
un intruso que jamás llegaría.
Reconozco lo extraordinario de mi situación, pero
ignoro la frecuencia con que un cuadro clínico de
esta variedad se presente, o aun si se halle clasificado.
Una suerte de dislexia visual. No se me ocurre mejor forma
de referirme a mi problema. En pocas palabras, había
olvidado cómo leer la gramática del cine. Mi
caso era de un patetismo tal que sólo podía
atinar a compararme con un espectador de principios de siglo
XX, que requería de esos empleados de las salas cinematográficas
cuya labor no era otra que mostrarle al público, con
ayuda de una varita de maestro, qué era lo que estaba
pasando en la secuencia de fotogramas proyectados por el
maravilloso y flamante invento.
Pero el mal que contraje a partir de esa temporada en la
casa de Garrel no termina allí. Lo peor vino sólo
después, con los años. A la fecha, cada vez
que cierro los ojos, no puedo evitar verlo rasurándose
con esa mano trémula, a punto de cortarse en cada
milímetro que la hoja de acero recorre por su barba
de alfileres, con infinitas penurias. Lo veo ponerse dolorosamente
de cuclillas sobre el excusado para soltar un pedazo de mierda
como si fuera un lingote de hierro. Lo veo doblado por accesos
de tos hasta que expulsa una flema densa y verde de su garganta
con un sonido gutural y doloroso. Lo veo sacándose
una dentadura ensalivada y amarillenta a media noche para
depositarla en un sucio vaso con agua. Lo veo echarse a dormir
como un bebé, custodiado por la cámara infrarroja
en una esquina del cuarto, y al poco tiempo roncar como un
animal salvaje. Lo veo tener esporádicas y fugaces
erecciones durante las etapas más avanzadas de su
sueño. Lo veo fregando su ropa interior en el lavamanos
por las mañanas luego de que la incontinencia urinaria
lo traicionase. Lo veo sorbiendo ruidosamente la sopa, cucharada
a cucharada, masticando los bocados con la misma lentitud
que un bebé para luego tragárselos con apuros.
Lo veo romper en ataques de tristeza mientras se empina vaso
tras vaso de whisky, hasta que se le hinchan los párpados
como dos tomates por el llanto y se queda dormido en el suelo.
Lo veo, en fin, padeciendo la carga indignante de su vejez
y de su completa soledad.
*
* *
Del personal que contraté en un comienzo, terminé por
despedir a dos terceras partes el primer mes y deshaciéndome
de ellos en su totalidad al cuarto. Rápido aprendí a
arreglármelas por mí solo con todas las cámaras
y el equipo. Lo mismo con las salidas a exteriores. El motor
de mi decisión radicó en que de esa manera
me ahorraría desgastes personales y monetarios al
no tener que lidiar con una caterva de imbéciles.
Además, sentía que el proyecto me pertenecía,
que la noción de intimidad y de confidencia que Garrel
me daba no era para compartirse con nadie más. No
podía ni debía compartirse con nadie más.
Me parecía deshonroso para mí y para el viejo
que terceros metieran sus narices. Lo que Garrel hiciera
dentro de su casa durante los últimos días
de su vida no tenía porqué competerle a nadie
además de nosotros dos
: los únicos implicados en el contrato. Era yo el
elegido, el depositario de su confianza.
Pero sucedió que el octavo mes, hundido en el más
profundo de los tedios e intoxicado por el fastidio de ver
que el anciano no tenía fecha para morirse, tomé la
decisión de sujetar las riendas del proyecto. Hacerlo
verdaderamente mío en la esperanza de verlo convertido
en mi obra más ambiciosa hasta al fecha. ¿Por
qué no?, llegué a decirme. Una oportunidad
tan propicia no volvería a darse. Si Garrel quería
que yo fuera el director, en toda la extensión de
la palabra, así sería.
Alterar la rigidez de sus rutinas y jugar a mi antojo con
su memoria senil fue lo más sencillo. Pero sería
apenas la primera etapa de mi plan. Con la casa a mi disposición
durante las noches, todo salió a pedir de boca. En
cuanto el viejo entraba en el sueño, yo me escabullía
hasta la casa, desde el ático. Lo primero que hice
fue de lo más elemental. En silencio, entré hasta
su cuarto para vaciar un vaso de agua sobre la cama. Esto
lo repetí todas las noches durante dos semanas. Cada
mañana el anciano despertaba empapado en lo que creía
que era su orina. Las cámaras registraron puntualmente
su gradual desconcierto. Una buena reacción, convincente,
viniendo de un actor acabado. Pero pronto supe que podría
dar más. Ése era el inicio del nuevo rumbo
de mi proyecto. Garrel jamás lo supo. No tenía
forma de saberlo. Yo era el artista, no él.
Para esta etapa elaboré otros ejercicios similares.
El siguiente consistió en esto
: infiltrándome de nueva cuenta en su dormitorio,
extraje la dentadura del vaso con agua. La primera vez la
extrañeza del viejo fue enorme. Mucho mayor que en
las que se descubría orinado. No pude reprimir las
risas el día en que Garrel se dedicó a buscar
sus dientes por toda la casa
: buscaba como un energúmeno a lo largo de cada metro
cuadrado de la duela, debajo de cada mueble, encima de cada
mesa, de cada silla, adentro de cada receptáculo...,
incluso en el retrete. Fue ésa la primera vez que
lo vi perder un poco de su inagotable dignidad y de su inquebrantable
compostura. Quizá haya sido el tono de bufonada involuntaria,
o el saberse despojado de pronto de una máscara pétrea
delante de su público para enseñar su mísero
rostro. La verdad es que estaba humillado. A tal nivel llegó su
vergüenza que ése fue uno de los únicos
tres o cuatro días en que se dirigió a mí,
su celador ominoso pero invisible, durante los once meses
: se plantó frente a una de las cámaras de
la sala y me alzó la voz solicitando que dejara de
filmar hasta nuevo aviso. Por supuesto que no obedecí.
Las jugarretas consecutivas se sucedieron más o menos
en el mismo tenor. De todas y cada una quedó constancia
filmada. Procuré obrar aparentando que las alteraciones
en el orden establecido por el anciano habían sido
producto de su distracción, sin dejar el menor rastro
en mi obraje y en su periodicidad. De esta forma fui extraviándole
varios objetos personales, cambiando las etiquetas de los
comestibles, sustituyéndolos por otros caducados,
cortando el suministro de agua caliente cuando tomaba una
ducha, tapando el drenaje durante días, mellando el
filo de sus rastrillos, atrasando o adelantado la hora de
cada reloj en la casa, sustituyendo las baterías de
los electrodomésticos por otras viejas, marchitando
sus plantas de distintas formas, alterando las etiquetas
de sus medicamentos, etcétera. Me sorprendió comprobar
que mi imaginación para estas cosas no tenía
fin. Me regodeaba frente a los monitores como un chiquillo.
Pude haber continuado así hasta el infinito. Una sensación
indescriptible de poder se adueñaba de mí en
cada nuevo intento. Era como una droga dulcísima que
me demandaba dosis más y más grandes. Y fue
este embeleso el que me llevó a aumentar el grado
de mis tretas sobre Garrel.
La segunda fase de mi proyecto consistió, entre otras
cosas, en meterle algunos sustos de muerte al anciano, fabricarle
de vez en cuando noticias funestas o amenazas a través
de misivas anónimas, e incluso propiciar las condiciones
para causar accidentes leves en la casa. Las posibilidades
de esta nueva etapa las descubrí cuando alteré las
fechas de caducidad de algunos alimentos perecederos y lo
vi vomitar y derrumbarse por la fiebre durante casi tres
días.
Una buena ocasión descubrí que Garrel era
alérgico a los gatos. Lo pude comprobar cuando el
del vecino se entrometió en la casa y quedó atrapado
en la lavadora. El viejo despertó en la madrugada
por los maullidos del animal. Lo más sencillo era
levantar la tapa, abrir todas las puertas para enseñarle
el camino y dejarlo huir. No obstante, Garrel puso el grito
en el cielo cuando notó que tenía esa bestezuela
tan cerca de él. Todavía en pijama, no dudó en
salirse a la calle antes que el gato. Se armó un alboroto.
Por la mañana, mis cámaras captaron las grandes
lagunas de piel enrojecida en todo el cuerpo del anciano,
así como unos ojos turgentes y un goteo nasal continuo.
Me fue de lo más sencillo conseguir una cría
de gato en una tienda de mascotas y hacerlo mi compañero.
En las noches lo paseaba por todos los recintos de la casa,
y con el tiempo lo fui dejando explorar unos minutos su nuevo
hogar. La primera semana Garrel coligió que padecía
del rastro que dejó el animal del vecino durante su
intrusión. Pero las erupciones cutáneas, los
ojos enrojecidos y el flujo nasal no desaparecieron en un
mes.
De la misma forma, tomé ventaja de los secretos que
conocía de Garrel para montar el episodio de las amenazas.
Eran cartas en forma, sin remitente y dirigidas al señor
Luis A. Benítez, su nombre real. Este simple hecho
hizo que se tomara en serio cada misiva que le envié desde
el anonimato. Su desconcierto y su miedo no pudieron ser
más grandes. Las cartas referían a su pasado
más remoto, que yo conocía bien tras haber
hurgado en sus diarios, pero que quizá ya nadie salvo él
recordaría. Al conseguir de esta forma su atención,
lo exhortaba simplemente a “andarse con cuidado” y a “no
pasarse de listo”. Viniendo de un desconocido que sabía
su verdadera identidad tan bien como su historia, esas inocuas
amenazas cobraban un peso extraordinario e infundían
terror incluso en el más templado.
Para darles contundencia y rematarlas, en cierta oportunidad
contraté a dos clochards para que simularan
un robo. Me costó mucho tiempo hacerme de su confianza
e imponerles mis condiciones. Llegarles al precio fue lo
más fácil. El atraco se realizó tal
como lo fijamos
: los ladrones se llevaron sólo lo que les indiqué.
Garrel me reprendió severamente tras el episodio,
acusándome de negligencia. Me excusé de toda
responsabilidad diciendo que a esas horas de la noche yo
estaba profundamente dormido en el ático. No tenía
manera de enterarme de lo que sucedía en la casa
: aduje que aunque las cámaras seguían en
funcionamiento, mis monitores estaban apagados. Mentía,
claro. Pero ni siquiera esta contingencia hizo que Garrel
develara lo que se urdía bajo su techo. Jamás
le habló de mi existencia a la policía cuando
dio su declaración. No quedó registro que constara
mi estancia allí. Mucho menos habló del puñado
de cámaras que pudieron registrar la identidad de
los criminales. Prefirió tragarse el coraje de haber
sido despojado de algunas pertenencias valiosas antes que
sacar nuestro secreto a la luz.
Pero lo alarmante llegó cuando los ladrones improvisados
volvieron semanas más tarde a la casa para llevarse
el dinero de la caja fuerte y once de las cien cámaras. ¡Eso
no estuvo en nuestro acuerdo! Esta vez el viejo sí advirtió el
asalto. Los dos tipos lo sacaron con violencia de la cama
y amagaron con matarlo. Aunque sólo fanfarroneaban
para divertirse, Garrel se llevó el susto de su vida.
Lo humillaron a más no poder. Lo hicieron desnudarse
y lo golpearon hasta el cansancio. Luego, tirado en el suelo,
le tusaron la cabeza con unas navajas hechizas. Recibió contusiones
severas en todas partes y cortaduras en el cuero cabelludo
a granel.
Con todo y la golpiza que le dieron, optó por no
dar aviso a la policía y evitar así que lo
interrogaran sobre las cámaras robadas. Yo estaba
furioso. De inmediato fui a buscar a esos cabrones al mismo
puente de donde los había sacado para exigirles una
explicación. Pero aquellos ya no estaban, y no volvieron
jamás por el rumbo.
Ésa fue la primera vez en que temí que las
cosas se salieran de control. Incluso Garrel decidió comprar
una pistola de la que no volvió a separarse ni en
sueños. Tan alterado estaba que invirtió sus
hábitos de ahí en adelante. Cambió cada
una de las cerraduras de la casa y mandó poner varias
más. Noche tras noche, vigilaba desde cada una de
las ventanas, encendía y apagaba las luces, subía
el volumen del televisor, fingía conversar con alguien
en voz alta y rondaba las habitaciones como un ratón
en su laberinto, siempre con pistola en mano. Comenzó a
vivir presa del terror y así continuó hasta
su muerte. Sus días estuvieron contados a partir de
entonces. Quedaba poco para que toda la farsa concluyera.
No pude evitar sentir lástima por el anciano cuando
decidió recluirse del mundo. La vida monomaníaca
y anacoreta por la que optó desde la brutal golpiza,
era todo menos una vida digna. No salía más
a dar sus paseos. Cerró las cortinas para siempre,
como un panel de basalto por el que no volvió a atravesar
una sola franja de luz. Ya no leía sus periódicos
y había abandonado los libros por no poder concentrarse
más de diez minutos en la lectura. Temía salir
a comprar víveres, y cuando tomaba el valor suficiente,
lo hacía cargando su pistola bajo la ropa. No volvió a
asistir a una sala de cine mientras estuvo vivo. No volvió tampoco
a cruzar palabra con otro ser humano. Ni siquiera respondía
al teléfono. No recogía la correspondencia
del buzón temiendo más amenazas anónimas.
Comenzó a descuidar su higiene personal y su aspecto.
Dormía muy poco y lo hacía de día, casi
siempre en el sillón. Trataba de eludir a toda costa
el momento de meterse a la cama. Tomaba café y otros
estimulantes como un adicto, lo que se tradujo en el desgaste
de sus nervios y de su salud en general. Casi no comía.
Desconfiaba de todos. Incluso se le fue haciendo normal cubrir
las cámaras con toallas o prendas de ropa. Ese destino
lo corrieron más de la mitad de los aparatos. Mis
monitores se fueron apagando eventualmente. De no haber muerto
tan pronto, hubiera continuado hasta impedir que siguiera
filmando su vida cotidiana. De hecho, temí que tarde
o temprano me pusiera en la calle de una patada y que cancelara
la empresa. Sé que estaba a punto de hacerlo.
El juego se me salió de las manos.
Decidí cortar por lo sano hasta que escampara todo.
Pero la marejada que desaté estaba próxima
a tocar su final.
*
* *
Cuando el señor Garrel me llamó por teléfono
para hacerme la oferta de filmar el momento de su muerte,
no pude sino tomarlo a broma. Una mala broma. Ni siquiera
la más original. ¿Cómo iba a imaginar
que aquello iba en serio? ¿Cómo iba a imaginar
que mi vida quedaría marcada por los siguientes eventos? ¿Cómo
iba a imaginar que ese actor mediocre respiraría su último
aliento entre mis brazos? ¿Cómo iba a imaginar
apenas que ese triste viejo terminaría desangrándose
copiosamente sobre mi regazo, con el cráneo y la cara
deshechos por una bala de su propia arma, con los restos
del cerebro todavía tibios a unos centímetros
de mis ojos hacinando todo el espanto del mundo?
La muerte tiene métodos y tiempos curiosos. Lo he
visto de cerca. De repente un hombre joven, gozando de cabal
salud, toma una siesta en un día de descanso. Y ya
está. Un último respiro, ni siquiera el más
hondo. Sólo el último. No sabemos si hay dolor.
Muere. De repente una madre deja a su hijo de meses en la
cama unos segundos. Alguien ha llamado al teléfono.
Ella corre a contestar. El bebé se mueve tanto que
consigue alcanzar el borde de la cama. Y ya está.
Cae al vacío y su cráneo frágil no resiste
el impacto. Se parte en dos. Muere. En cambio, un paciente
desahuciado por una enfermedad cruenta y achacado por dolores
inhumanos, aguarda semanas, meses y años en una cama,
inmóvil. Pero la muerte no viene. No escucha sus súplicas.
No vendrá en mucho tiempo. Sólo habrá zozobra
y dolor. Así es como funciona.
Con Garrel todo sucedió en un momento.
Cada vez se me hace más difícil recordar otra
cosa que no sea una secuencia de imágenes dispersas
y confusas. El vértigo de los acontecimientos se enreda
en mi cabeza como un tornado implacable. Creo verme monitorear
las pantallas en la madrugada. El trastorno del sueño
de Garrel había terminado por torcer el mío.
Dormíamos de día y actuábamos de noche.
Creo verlo sentado nerviosamente en su sillón, con
un vaso de whisky entre las manos, escuchando música.
Tal vez no haya sido así.
Quizá sólo
esté hundido en el más
absoluto silencio, anegado en sus propios latidos. De tanto
en tanto mira la pistola para estar seguro de su cercanía.
Da un sorbo al whisky y recoge el arma. Se la lleva al regazo,
donde acuna el acero frío con diligencia. Así permanece
más de una hora. Con la vista clavada hacia la calle,
desde la ventana. Afuera puede que llueva, que relampaguee.
Puede que no. Puede que haga un clima benévolo y que
la noche sea transparente. Parece cavilar algo. Algo muy
importante. Algo que ha venido considerando de un tiempo
atrás.
Lo sé porque no parpadea. Porque sus ojos así lo
delatan. Porque aprendí a leerlo en esos once meses
que estuve con él.
La escena comienza.
Los diafragmas de las cámaras parecerían querer
dilatarse por sí mismos. Cobrar vida. El gato sabe
el camino. Pero desconoce que no debe estar allí a
esas horas. Sin darme cuenta, el animal recorre el trayecto
desde el ático hasta la sala de Garrel. Lo recorre
pegado a las paredes, buscando su propio rastro. Siente el
calor del viejo. Comienza a hacer círculos en torno
al sillón. Manso. Al poco toma la suficiente confianza
para acercársele. Se regodea en las pantuflas del
anciano. Ronronea sin vergüenza. Más tarde trepa
por sus piernas y se apoltrona en un hueco tibio. Junto a
la pistola. A este punto Garrel no hace nada, para mi sorpresa.
Ha decidido no hacer nada. Nota la presencia del huésped
desde el inicio. Incluso parecería estar disfrutando
de la visita. Estarlo agradeciendo. O al menos de eso daría
la impresión de no ser por las lágrimas gordas
que resbalan en sus mejillas. ¿Es el gato el emisario
y hay que tratarlo como tal?
Entonces sucede.
El animal pega un reparo cuando escucha el primer estallido.
El cuerpo de Garrel, sin embargo, permanece inmóvil,
rígido. Surge un segundo estallido. Él continúa
inerme, con la serenidad del que sabe lo que se avecina.
La puerta principal se vence ante la violencia de los embates.
La hoja se abre con estrépito. Entran dos siluetas.
Son los mismos clochards de las veces anteriores.
Dudo entre salir disparado para auxiliar al viejo o permanecer
contemplando la escena hasta el final. No obstante, todo
sucede con demasiada prontitud. Garrel se da la media vuelta
sobre su sillón. Apunta el arma hacia uno de los hombres,
que se acerca con rapidez hacia él. Acciona el gatillo
y la bala da en el blanco. El intruso pega un grito salvaje
y se contorsiona sobre su propio eje. Mientras tanto, el
otro alcanza al anciano. No hay tiempo para más. El
rostro de Garrel devela pavor. Sabe lo que sigue. El vagabundo
lo tira al suelo con un movimiento brusco. Le arrebata fácilmente
el arma y lo encañona. En ese punto Garrel está temblando
como un ratón lleno de pavura. Lo siguiente no lo
podré olvidar nunca. Su última mirada la dirige
hacia mí. Es la misma mirada que me encuentro en pesadillas.
Es consciente de que lo observo. Mira hacia mí a través
del lente de una cámara como si entre nosotros no
mediara un mundo entero. Su mirada es una súplica
lastimosa y silente. La última.
El intruso detona el arma un par de veces, a quemarropa,
sobre el tórax de Garrel. Eso será todo. Aquél
lo sabe y decide huir de inmediato. Es muy tarde para continuar
con el robo. Por su compañero no debe preocuparse
: ha corrido la misma suerte que su víctima.
Garrel se queda solo.
De unas cuantas zancadas consigo bajar a la casa. El cuerpo
del viejo se ve mucho más grande de lo que pensaría.
Luego de tantos meses de verlo en los monitores había
perdido la noción de su estatura. Los nervios me traicionan.
De pronto no sé qué hacer. No sé qué debo hacer.
Me debato torpemente entre salir corriendo en busca del homicida,
llamar a alguien o tratar de auxiliar al moribundo, incluso
al otro. Decido hacer lo último. Me tiro al lado de
Garrel esperando poder salvarlo. Me pongo en cuclillas y
lo recuesto sobre mí. Aún respira, pero está inconsciente.
Son sólo músculos que reaccionan a las últimas
descargas eléctricas del cerebro. Ya no hay vida como
tal. Su cuerpo transpira, sí. Transpira y se desangra
con la misma velocidad. Siento la tibieza yéndose
con prontitud. Los pulmones funcionan a toda marcha, como
fuelles hambrientos. Y de pronto un temblor espeluznante
recorre sus carnes. No puedo dejar de pensar en los cuerpos
de las gallinas que son decapitadas y que salen corriendo
sin cabeza unos metros más allá. En eso se
ha convertido Garrel. En eso y nada más
: un muñón de carne y de fluidos es lo que
se convulsiona entre mis brazos. ¿Estaría sufriendo?
Sus ojos se abren con la furia de dos piedras de sol, como
si de un momento a otro fueran a salir proyectados hacia
el infinito o a absorberlo de una sola vez. Su rostro se
desarma en contorsiones imposibles. Parecería que
el suplicio nunca podría terminar. Así que
lo resuelvo
: cojo la pistola como me es dado y la pego con fuerza a
la sien de Garrel. Pienso en que nunca antes he tenido una
entre mis manos. Acciono el gatillo. Y ya está. Una
muerte confortante y apaciguadora. Tal como quiso Garrel
: todo ante el testimonio frío de las cámaras.
*
* *
No había tiempo que perder. Puse manos a la obra
en mis esfuerzos por borrar las cintas. Todas y cada una
de las cintas donde grabé las rutinas del anciano.
Aquello se traducía en miles y miles de horas de vídeo
y de filmación
: sólo bastaba multiplicar las veinticuatro horas
del día por el número total de cámaras,
que eran más de cien, y luego multiplicar el resultado
por los más de trescientos días que duró el
proceso. ¡Una locura! No pasó mucho para que
me diera cuenta de la imposibilidad de mi cometido. Así es
que me di a la labor de borrar únicamente aquellas
cintas donde Garrel era presa de mis jugarretas, las cintas
correspondientes a los últimos meses. Sin embargo,
y a pesar de que dedicaba todo el día a ello, mis
esfuerzos eran risibles. De seguir trabajando en eliminar
todos los vestigios de semejante manera, no conseguiría
más que acabar con una minúscula parte de la
gran colección. En ese punto percibí la auténtica
magnitud de las cosas. No habría terminado ni con
la décima parte del material cuando el cadáver
del viejo y el del vagabundo estuvieran descompuestos. De
hecho ya comenzaban a pudrirse en la sala. Pronto el hedor
a muerte impregnaría la casa y se expandiría
por el vecindario sin remedio. Al final decidí vaciar
mis maletas y llenarlas de casetes y de rollos, tantos como
pudiera. Pero de nuevo sólo conseguí observar
la completa inutilidad de mis empeños. Estaba perdido.
No había manera terrena de que un solo hombre pudiera
deshacerse de tan colosal cúmulo de elementos inculpadores
en su contra. Estaba en jaque. Yo sería el primer
sospechoso de homicidio. Muy poco me podían importar
ya las cláusulas que me prohibían tocar el
material grabado. Mucho menos me importaba que no me fueran
a pagar el resto del dinero. Lo que quería era desaparecer
a como diera lugar sin dejar rastro.
En la fracción de segundo que me tomó jalar
del gatillo sobre la sien del viejo, un relámpago
fulminante lo esclareció todo. Cuando intentaba preparar
mi huida, comprendí que mis sospechas no eran infundadas.
Garrel me había contratado para eso . Por
fin entendía qué era lo que había visto
en mí. Supo percibir en la naturaleza de mi espíritu
la maleabilidad para arrinconarla hasta ese punto. Él
era el verdadero maestro del proyecto. No yo. Yo era apenas
una pieza del complejo entramado que su genio había
tejido. Como tal, debería jugar mi rol hasta sus últimas
consecuencias. Esa pieza de arte era mucho más ambiciosa
de lo que deduje en una primera instancia.
Todo mundo sabe que el celuloide a base de nitrato es un
material altamente combustible, que produce un humo negro
y un olor acre e intenso cuando se quema. Su empleo le costó pérdidas
invaluables a la historia del cine y a varias compañías
cinematográficas. Un corto circuito en una bodega
de almacenaje, una chispa, y ya está
: kilómetros de largometrajes reducidos a nada. Una
voluta negra de humo alzándose sobre los almacenes
de los estudios, llevándose consigo cantidades de
historias humanas. No obstante, el celuloide más moderno,
hecho a base de triacetato, es un material que se resiste
un poco más a la combustión. Esto complicó un
tanto las cosas. Debí usar muchos litros de queroseno.
Debí esparcirlos sobre montañas y montañas
de casetes y de rollos de película, sobre el millonario
estudio del ático, sobre cada una de las cámaras,
sobre cada una de las habitaciones de la casa, sobre el cadáver
del vagabundo y sobre el cadáver de Garrel.
Lo demás fue sencillo.
© Tryno Maldonado |