JAMES BOND
Al terminar la película, Bond encendió un
puro en las afueras del cine. James exhalaba el humo y en
su rostro había una mirada perdida buscando un cielo
lleno de nubes. Nunca se dice si Bond disfrutaba de la niebla
londinense. Siempre se encontraba de vacaciones, y se le
requería mientras estaba de incógnito en alguna
isla del Caribe.
Nubes oscuras.
Pantallas de vapor en donde se proyectaba el rumor de la
luz de neón de la ciudad.
Vértigo.
Sintió asco y regaló el
puro a un pasante, pero el asco no le venía del tabaco,
sino que le nacía
desde dentro, como si le dominara una pena oscura y triste,
un dolor fúnebre, como un llamado proveniente del
cielo pero dejado sin respuesta.
Un viscoso escupitajo adornó a
discreción el pavimento. Quizás, solo quizás,
no recordaba los atardeceres como primeros atardeceres sino
como borrosos nubarrones, como cuadros pre-impresionistas,
como Turner. La acera le ignoraba y los fotógrafos
esperaban a los actores con cientos de bombillos estallando
para conseguir la mejor exposición en la fotografía.
James se hizo hacia la derecha y dio paso a la multitud.
Los fotógrafos
no buscan a los personajes sino a los actores, y Bond ya
no les interesaba, preferían a Sean Connery. Desentendido
de ellos buscó su camino.
La película es de título desconocido, en blanco
y negro. La actriz era acechada por un tío paterno
perseguido por triple homicidio. La madre era la ideal ama
de casa, experta y atenta a la cultura culinaria norteamericana,
con dos adorables hijos inteligentes y bien educados. La
madre jamás se dio por enterada de la verdadera trama
de la película, tal y como a James le sucedía
en su vida. La corona le asignaba misiones, el status quo
se mantenía pero, ¿después qué?
Volteó a ver su reloj.
Fuera la hora que fuera, ya tenía decidido regresar
al hotel. Este reloj era propio, comprado en Manchester,
no de los fabricados por Q, pero era solo un acto reflejo;
eliminar incertidumbres. De niño
fue dejado fuera de su colegio por ignorar la hora; aprendido
mecanismo de defensa, para evitar vergüenzas, costumbre
redundante para alguien siempre vigilado y con personal asignado
para llevarle y recordarle qué hacer y con quién
hacer. El gobierno no querría que su mejor recurso
humano se pierda un acto diplomático. En aquel colegio
se le dejó afuera, puertas cerradas, James replicó por
entrada en vano. Apenado regresó a casa temiendo del
castigo, pero la sirena de alerta avisó de la urgencia
de buscar refugio, venían los alemanes de nuevo. Las
baterías
antiaéreas se activaron para contrarrestar los silbidos
de los aviones en picada y los proyectiles arrojados; el
traqueteo de las baterías sirviendo de ritmo a las
melodías de metal y fuego. Intentó montarse
en un camión pero fue dejado atrás. El camión
giró en una esquina para luego ser sepultado por la
fachada de un edificio alcanzado por un misil germano. “No
me dejen”, gritaba una y otra vez corriendo tras el camión, “no
me dejen”. Un pañuelo blanco en la cabeza de una señora
le llamaba como mariposa nocturna al fuego; instinto y tendencia
hacia la madre que llamándole con los brazos abiertos
le pedía “corre, James, corre, que no te alcancen”;
hasta que fue sepultada.
En la limosina Bond ve hacia
fuera, y la cámara le enfoca hacia dentro reflejando en su
ventana cerrada las marquesinas del cinema theater,
los centros nocturnos, las luces tintineantes, el tráfico
del carril contrario; se acerca al cristal y la luz difusa
dibuja su rostro con suficiente fuerza para ser captado en
los químicos de la cinta rodando. Corte, se imprime.
Bond se sentía confuso,
como si ya nada de lo que él
mismo fuera o representara fuera propio de él. Todo
el glamour con que se rodeaba y que era parte de sí mismo
se había convertido de pronto en una rareza, en algo
parásito pegado a su piel como musgo, como si él
fuera una roca en el océano rodeada de algas y corales
que la embellecieran pero que no le dejaran ver la luz. Una
limosina es un caro y largo ataúd con los mejores
asientos. ¿Y qué era el glamour? ¿Quién
decide el buen gusto? ¿El radiador de un Rolls Royce
simulando al partenón griego con una burda imitación
de una Nike con alas abiertas? ¿Un hotel en República
Dominicana, arquitectura Art Deco, sirvientes vistiendo camisas
guayaberas con guacamayos impresos en verde fosforescente
sobre estampado naranja? ¿Y tragos de ron servidos
en cocos vaciados? Las limosinas no venían con la
fama cuando él era chico. Cuando fue chico la fama
venía en las portadas de los periódicos, con
las fotos de los pilotos de la Royal Air Force abatidos por
la Luftwaffe. Los héroes de guerra caídos en
el aire. En tierra, donde caían los aviones derribados
y el bombardeo germánico, la gloria era alcanzar el
camión,
montarse en él y escapar de los centros urbanos hacia
los campos. Atrás las ciudades desaparecían
en el fuego, junto con sus hermanos. Los futbolistas también
alcanzaban la gloria en aviones estrellados, así cuentan
en Manchester. Con el final de la guerra los combatientes
de la tercera división regresaron a casa. Las familias
fueron a la estación a recibirles, y cada esposa recobró
un marido y los hijos conocían a los padres que los
concibieron la noche anterior a ser llamados al ejército,
a excepción de Bond, que jamás conoció a
su padre ni llego a la estación y es probable que
jamás incluso haya llegado al campo de batalla, hundido
su transporte en el canal de la Mancha por algún submarino
alemán. Se despertó; la puerta de la limosina
se abrió dejando entrar el sonido exterior; seguía
en el asiento trasero, mano extendida y sudada sobre el cuero
que tapizaba el coche. Descendió todavía
confundido y continuó hacia el lobby del hotel. Bring
the boys home, don´t leave the children alone, no,
no. Pero mentir es bueno. Bond se va a morir creyendo
que su padre murió escalando los Alpes y que jamás
fue encontrado; o al menos eso le dijo su madre.
Sin esperar, fue al bar
a refugiarse en la barra de roble e iluminación ambiental
graduada. Era el único
huésped en el bar . Pidió un vodka tonic, y
diez más. Las monedas las ponía la Corona Inglesa.
En el reflejo del sudor derramado de una copa sobre la barra,
veía el bar invertido, techo abajo, los abanicos girando.
Empezó, diluyendo
su persona, escapando en el fondo de un vaso tras otro. Las
lágrimas le brotaban discretamente
pero sin impedimentos. Lentamente estas rodaban por sus mejillas,
como si fueran gotas frescas de pintura, fluyendo sobre el
lienzo de su rostro, dibujando un Bond gris y tenso, desconsolado.
Avanzaban al azar dibujando cicatrices y ojeras caídas,
caminos sinuosos de action painting sobre su cutis.
Levantó la vista y se encontró ante una pared
de espejos, detrás de la barra, con decenas de estantes
de cristal sosteniendo filas y columnas de botellas apiladas
con licores de esencias y colores. Desde la barra era la
visión de un órgano, como los del siglo XVIII,
holandeses; y cada trago una manivela de la consola, y cada
sorbo una nota en los teclados. Buscó distinguir su
reflejo entre las columnas de botellas y la música
brotó naturalmente dentro de sí, como una banda
sonora para los créditos de una película subiendo
por un fondo negro. Salud, otra copa, barman aplicaba elixir
y regresaba a su rincón como pajarito cucú en
un reloj de péndulo. Estiró el brazo por una
chica Bond que le acompañara, uñas cortas limadas
y lápiz labial rojo; no había nadie, tonto
Bond, la película quedó en el teatro, pero
igual qué esperas de alguien que prefiere americanos,
en especial tejanos, como sus mejores amigos.
Dejó el bar y caminó solo
hacia su habitación.
Con los ojos alcoholizados iba dando tumbos siguiendo su
reflejo en las lozas de mármol. Los ojos de Bond se
centraron en los numeritos rojos del elevador, contando 5… 4… 3… en
reversa hasta el primer piso. No era un hotel muy grande,
y estaba escondido de las avenidas principales. La decoración,
harta en detalles, alfombras y cortinas, se había
ido poblando de telas baratas, telarañas descuidadas
entre los brazos de lámparas colgantes, abusivos y
permanentes abanicos de techo, descoloridas fibras en las
carpetas del suelo, números borrosos en los botones
del ascensor; detalles mal logrados en oro de fantasía
para los capiteles de las columnas, escasa iluminación.
Los selectos retratos de época y las fotografías
autografiadas por artistas del cine mudo habían cedido
ante paisajes costumbristas de campiñas en Escocia,
bosques otoñales norteamericanos y lagos suizos.
La decoración vegetal era evidente: artificial sembrada
en macetas llenas de arena. Puertas se abren, música
de elevador.
Cuando entró en el
ascensor era peso muerto. Apoyando su cuerpo con las manos
en las paredes, se dejó llevar
como cargamento cuesta arriba, todo espejos. Alcanzó el
pañuelo en su bolsillo con mano temblorosa y se quitó el
sudor frío de la frente. James levantó la cabeza
y vio su reflejo en el espejo del elevador. Bond solo podía
sentir culpa, y el sudor que se acababa de secar no era más
que pintura sobre su rostro recordando su error con colores
oscuros, tonos tierra y azules nocturnos. Todos los perfumes
de Arabia no limpiarán ese olor, esa mancha que brota
por los poros; no una sola mano, todo el cuerpo, más
bien, apestado por la derrota. De niño la voz no alcanzó una
nota y el hermano de la abadía le reventó una
regla en las manos en castigo; un órgano acompañaba,
clave temperada, los ejercicios corales.
Gracias a su error el mundo
occidental cayó en la
total desgracia. La reina había sido asesinada. No
le quedó más remedio que aceptar que su falta
no tendría fe de erratas ni edición que la
corrigiera. Reconoció, resignado, haberle fallado
al servicio secreto de su majestad. Una llamada de M le
había confirmado la noticia poco después de
haber terminado la premiere. El celular terminó, junto
con el resto del imperio, en el bote de la basura, junto
a las sobras de comida chatarra y fantasías de súper
héroes del siglo XX nacidos en el primer mundo, proyectados
en el celuloide.
***
Un automóvil Phantom
'53 recorre un camino rural suizo. El destino es una fábrica
en un valle alpino. Al llegar el vehículo, el personal,
de origen coreano (¿norcoreano?), espera en fila por
su patrón.
El chofer le abre la puerta, y ahí está, Auric Goldfinger,
el dueño de este escondite, sosteniendo su quijada,
papada pendiente, con mirada de villano de historieta, calva
reluciente al sol, traje a la medida. El segundo de la fila
se acerca y le dice algo al oído. Auric asiente y
el coreano vuelve a su posición. Él avanza
y el sequito le sigue en orden hacía las oficinas.
Corte de cámara hacia el interior: mucho vidrio, consolas
de control, desde las ventanas se puede ver un nivel inferior
lleno de maquinarias y personal moviéndose, se ven
ocupados. Bond está demasiado ocupado con su psiquiatra
para venir a estorbarles.
© Rodrigo Peñalba
Franco |