COSTA ARRIBA
Quien más,
quien menos
ha alguna vez derrochado su nombre.
- Costa, ¿no te morís por volver a Buenos
Aires?
- Negrita, ¿no te morís por volver a escribir
un guión?
- Claro que sí, pero sabés bien que no
puedo.
- Exactamente.
En eso de las prohibiciones autoimpuestas Costa se parecía
mucho a mí, sólo que yo estaba diagnosticada
y medicada a propósito de. Hacía casi treinta
años que él no pisaba suelo argentino, y el
mismo tiempo hacía que yo no escribía un solo
diálogo. Pero el diálogo continuaba, de tanto
en tanto, por teléfono y en alguna que otra visita.
Este era mi tercer viaje arriba, al norte, a los Estados
Unidos para verlo.
A Costa siempre le había preocupado en demasía
la cuestión del existir del hombre. No hay peor
cosa que desaparecer –decía– porque no estás
ni verdaderamente vivo ni verdaderamente muerto. Claro
que en esa época era más factible lo segundo
que lo primero, pero él se refería a otra cosa.
Costa manejaba la realidad desde otra perspectiva y justamente
por eso había dejado la Argentina del Proceso. No
tenía miedo de morirse, afirmaba. Temía desaparecer,
que según él era mucho peor. Desaparecer,
entre otras cosas, negrita –me explicaba– es no
poder leer El Principito un jueves a la tarde en
una plaza, es no poder filmar una película cierta y tener que
esconderme o dedicarme a dirigir pésimos comediantes
para poder pagar el alquiler, que es más o menos la
misma cosa.
Esos años habían
inculcado el miedo a la literatura, a mí y a tantos
otros. En ese sentido, según
Costa, yo había desaparecido. Y lamento no haber podido
darle la razón a su debido tiempo. No sé si
será tarde, pero aún así, lamento no
haber sido capaz de hacer mi mea culpa sudamericano,
tan necesario para llevarme cuesta abajo en la cruzada aunque
Costa siguiera arriba.
A mi larga lista de fobias
concurrentes se había
sumado otra, la más terrible de todas. Claro que yo,
además, sí tenía miedo de morirme y
por eso la quema masiva de mis tantos guiones –íbamos
a hacer tantas cosas, Costa-, la quema de las cintas
de vídeo que osábamos llamar películas –fue
la primera vez que te vi llorar, pobrecito. Claro que,
a diferencia de él, no mucha gente estaba al tanto
de lo que yo realmente hacía, además de vestirme
como una verdadera señorita de sociedad, digna de
padres rotarios, conservadores y pro status quo.
El flaco Costa era uno de
los pocos que se sentía
cómodo con mis fobias y hasta las encontraba entretenidas.
Claro que en esa época yo tenía poco más
de veinte años y no me molestaba demasiado el turismo
médico obligado, especie de pasatiempo de mis padres
por algún que otro desmayo o breve ataque de pánico.
- Lo que usted tiene, señora –me hubiera
encantado aclarar “señorita” pero para qué– es
lo que se conoce como fobia asociativa autoprohibitiva.
La primera de todas fue tan común que pasó desapercibida.
Después de que mi hermano intentara ahogarme en el
Atlántico, ante toda extensión mayor de agua
me costaba horrores respirar. No podía –al día
de hoy no puedo- meter siquiera los pies en el mar,
ni en una piscina, aunque sea de goma y tenga tres centímetros
de agua. Después vinieron otras fobias, algunas más
considerables, otras realmente ridículas como mi fobia
a la seda, siendo ésta la que más le preocupaba
a mi madre por ser el género preferido y obligatorio
de todas las socias y todas las hijas del Rotary Club en
sus pomposas fiestas. Pero había sido ella, justamente,
la que me había obligado a pasar la noche junto a
mi abuela muerta vestida con sedas y yo, que le he temido
siempre tanto a la muerte y lo que usted tiene es una
fobia asociativa autoprohibitiva.
Supongo que todos sufrimos algún tipo de fobia, en
mayor o menor medida. Costa decía que los dictadores
le tenían fobia a la gente y a su capacidad de razonar,
ergo, le tenían fobia a la democracia por más
que dijeran trabajar en función de, y así continuaba
el cuento que todos conocemos. Tenía razón.
Era mi tercera visita al norte y con el flaco teníamos
un acuerdo: lo íbamos a intentar otra vez. La primera
vez habíamos fallado por mi culpa; no aguanté más
de un mes y medio en California.
- Pero dejate de joder,
negrita, no me digas que extrañás Buenos
Aires.
Extrañaba la lengua, mi lengua, ese castellano deformado
y tan nuestro, el sonido de la erre que era principio de
mi nombre. Aquí no tienen palabras como “ferrocarril” – le
decía yo – que suenan tanto a no sé qué. Aquí las
consonantes fuertes se dicen para adentro como si se escondieran
de algo.
Me daba mucho coraje que
nadie pudiera pronunciar mi nombre. Los vecinos de Costa
estaban poco menos que contentos conmigo, que me la pasaba
intentando sacarles una erre de sus bocas norteñas
para lograr algo menos que nada. Todos terminaban desistiendo
y llamándome Gina. Costa se reía
de verme patalear como una nena. Pero negrita –me
decía– nosotros hacemos lo mismo de algún
modo. En nuestra lengua, Chaplin va a ser siempre Carlitos
y Batman va a ser siempre Bruno Díaz, ningún
Bruce Wayne. Dejate de joder. Y tenía razón.
Costa siempre terminaba sus frases con un dejate de joder.
Y yo terminaba siempre dándole la razón.
Así y todo fallamos por mi culpa la primera vez.
Costa decía que no, pero yo sabía que sí.
Después de todo, la fase inicial del plan dependía
de mí y esta vez no había sido culpa de la
fobia. Si bien no había logrado tomar un lápiz
y escribir al menos una línea sin marearme ni vomitar
ni desmayarme, la primera estaba puesta y los motores a punto. Él
siempre me alentaba de la misma manera. – Poné primera
y arrancá, negrita. Así empezaba el diálogo
del primer corto que habíamos hecho juntos y pensé que
quizás podríamos empezar así a contar,
esta vez, nuestra historia.
Teníamos la idea, estábamos los dos en el
mismo lugar y eso era ya decir mucho. El flaco temía
que ante algún altercado yo le tomara fobia a los
aviones y no nos viéramos nunca más, pero qué va,
así de fóbica y un poco vieja yo era bastante
corajuda. Claro que el coraje se me iba con el efecto del
valium , no obstante él se había
asegurado que recibiera una caja llena de frasquitos con
tranquilizantes para mi cumpleaños número 40.
Pero si algo éramos -quiero decir Costa y yo- era
testarudos, y por eso otra vez California, años después,
otra vez el intento de cumplir ese pacto, por eso movernos
hacia el mismo punto al final del camino por casi treinta
años. Estábamos en una especie de campaña
al desierto pero sin indios ni dios ni patria, armando ejército
de tanto sueño roto, reconstruyendo pedazos de la
vida para armar un collage de nosotros mismos, los de antes,
tanto tiempo después.
Nos habíamos quedado igual de solos, nada más
que en distintas latitudes. A veces se le daba por envidiar
a los muertos porque ellos tenían, al menos, alguien
que los fuera a visitar de vez en cuando. Será por
eso que su casa estaba siempre llena de flores.
A mí, en cambio, la soledad me parecía tan
cotidiana como el café de la mañana, como las
clases de literatura en el liceo. Costa decía que
yo trabajaba para no olvidarme de cómo lucía
la gente en el mundo real. Como siempre, algo de razón
tenía el muy desgraciado. Así y todo, yo al
menos una amiga tenía, que él no conocía,
pero a quien de todos modos le debíamos mucho. Entre
otras cosas ella me había empujado a retomar el viejo
pacto adolescente con el flaco, aquella promesa de juntarnos
después de la tormenta para finalmente escribir y
filmar y contar nuestra historia; la idea del gran trueque
también había sido de ella. Claro, mujer –me
dijo un día como al pasar– ustedes son dos pelotudos,
tienen la palabra NO tatuada en la frente y con mayúscula.
Si vos te curás esa fobia de mierda que tenés
y te dignás a volver a escribir guiones, la película
se filma y la dirige Costa en Buenos Aires. Le dije
que estaba loca y me arrepentí de haberle contado
muchas cosas. Luego me arrepentí de haberle dicho
que estaba loca y agradecí haberle contado todo.
Claro que al principio la idea me había sonado bastante
inalcanzable; ambos términos de la ecuación
parecían imposibles, yo escribiendo, Costa volviendo,
pero Silvia tenía una simpleza tan maravillosa para
exponer los hechos que a nadie le quedaba otra opción
más que creerle y decirle que sí a todo. Ella
era unos años menor que yo y daba clases de historia
argentina en el liceo. La primera vez que la vi fue en su
salón de clase llorando como un perro. Yo nomás
pasaba por la puerta y pensé que estaba sola. Pero
no. La tipa lagrimeaba delante de una clase repleta de pibas
y pibes de no más de quince años. – Estos
animales algo le habrán hecho – pensé y
me salió la solidaridad de adentro. Le pregunté si
estaba bien y se rió. – Hay cuentas que todavía
no cierran – dijo y señaló el pizarrón.
Era un cuadro sinóptico lleno de flechas y nombres
y fechas y hombres, de muertos y sus madres y abuelas. Me
acerqué a ella borrando el nombre del dictador con
mi saco de lana; apenas si podía verle la cara entre
tanto maquillaje, tanta lágrima, tanta tiza. Sólo
se me ocurrió llevármela a tomar un café –ella
prefirió un whisky– y contarle un poco de mí,
creyendo que con eso se sentiría mejor. Ella bebía
su trago y pedía otro y me llamo Silvia y
hablaba y todo al mismo tiempo. En un momento se calmó,
respiró hondo y me miró.
– ¿Y vos quién sos?
– Yo dicto literatura de tercero y de cuarto.
- Te pregunté quién sos, no qué hacés.
Le dije “Soy guionista pero no hago guiones”.
Y más que de mí le hablé de vos, Costa.
Después de todo vos tenías una sola vida y
era esa, la que te prohibieron esos hijos de puta. Vos vivías
entre ocho milímetros y el caos creativo de tu casita
de Banfield. Le conté de la vez que nos filmamos desnudos
y mi miedo a que la cinta llegara a algún pariente.
Vos tenías miedo de que estuvieran prohibiendo la
palabra sexo, le temías al decreto 1888 y a todos
sus hermanos, me leías el pueblo que no quería
ser gris y te reías pero yo sabía que
en Buenos Aires te quedaba poco tiempo. Tus miedos siempre
fueron mucho más profundos que los míos, negrito.
Yo temía que te mataran, vos temías desaparecer;
no de las calles de Buenos Aires en manos de la autoridad
pública sino de la memoria visual de tus conciudadanos.
Temías también que yo eligiera una vida más
segura que la del cine clandestino que mostraba los ideales
en los que creíamos. Y elegí esta vida de mierda,
Costa. Pensé que me estaba salvando. Pero vos sabés;
siempre le tuve demasiado terror a estar muerta.
El segundo fracaso fue culpa
de los dos; Costa tenía
que reconocerlo. Si bien yo todavía no lograba sentarme
a escribir el bendito guión sin desmayarme, había
avanzado bastante en el intento. Buscaba continuamente el
orden perfecto de la escena y el diálogo y, a la vez,
buscaba distintos métodos de apalear mis innumerables
prohibiciones. Silvia se había empeñado conmigo
por alguna razón. No toleraba la idea de mi quietud
guionística producto de mis fobias –estúpidas
manías de vieja– decía, y se le había
metido en la cabeza que lo mío era perfectamente solucionable.
Además, le resultaba fascinante la idea del viejo
pacto con Costa y ya me había ofrecido a su sobrina
para hacer el papel de Regina. Me había entrenado
por varios meses, obligándome a llevar en la cartera
copias de aquellos libros que hacía años no
tocaba y que habían sido producto de varios ataques
de pánico. También
me regaló una máquina de escribir, que la traigo
en mi bolso, y algunas películas de Almodóvar
y Woody Allen que dejé en Buenos Aires. Ella tampoco
estaba demasiado sana, convengamos. Aún le costaba
horrores tener a una madre de plaza de mayo cerca y no sentir
la necesidad de correr para el punto cardinal más
alejado. – Cuando veas una señora con un pañuelo
en la cabeza, nena, corré para el otro lado.
Creo que hasta el día de hoy no puede cruzarse con
una sin tener taquicardia. Pero al rato se le pasa; Silvia
es de otro planeta. – Fumate un cigarro y relajate, ¿querés? – repite
como loro.
Todavía me sorprenden ciertas cosas. Los martes a
la noche hay rueda de lectura en el club del otro lado de
la vía. No he conseguido asistir hasta la fecha; Silvia
logró solamente empujarme hasta la puerta.
De tanto en tanto se me da por invitar a mis alumnos; supongo
que ellos lo encontrarían fascinante, pero en verdad
no lo sé. La fascinación se amortiza con el
tiempo, las generaciones se ubican de uno y otro lado de
lo que llaman progreso. A mí todavía me seduce
la letra molde, la palabra que ataca todo intento de minimizar
al hombre a simple observador de sí mismo. Pero mis
razones para encontrarlo fascinante estaba en el simple arte
de elegir – quiero decir, poder hacerlo -; como
una derivación lógica de la libertad o de la
falta de, y entonces estoy equivocada, otra vez. A mi me
parece increíble que se junten a comentar literatura
y la fascinación está en estar en desacuerdo
y que pueda ser eso un punto de partida. A ellos les parecería
increíble que se junten a comentar literatura y punto.
Es increíble lo que hace el tiempo con la gente,
de uno u otro lado del progreso. Es lamentable que la memoria
no sea autodidacta y, en cambio, dependa tanto de nosotros. Él
podría haber vuelto en unos años, nada más. – Pero,
negrita, si tu propia memoria confunde tu nombre, estás
realmente perdido. Ser director y no hacer cine es lo mismo
que jugar a la ruleta rusa con el cargador lleno. Dejate
de joder.
Costa podría haber
escrito un tratado sobre las distintas formas del suicidio. – No
volver pudiendo hacerlo, flaco, es como suicidarse la nacionalidad –le
dije alguna vez. Pero ni él Sartre ni yo Simone, y
siempre terminábamos
volviendo al tema de mis fobias.
Para Silvia mis fobias eran una estupidez y en eso se parecía
mucho a Costa. Tal vez los dos tuvieran un poco de razón
en todo esto. Y no se dejaba de joder, che, y me regalaba
bolígrafos y cuadernitos Gloria, como si fuera mi
cumpleaños una vez por semana. También me regaló una
copia de Pantaleón y las visitadoras de
Mario Vargas Llosa. Me lo dio una semana antes de volar por última
vez a California. La abracé y la maldije a la vez – claro
que ella no sabía que vos también me habías
dado una copia, que había terminado junto con mis
tantos guiones. Pero g racias a ella había logrado
llevar a Ortega y Gasset en el bolso por varias semanas seguidas
sin sentir que alguien me miraba y me apuntaba con una nueve
milímetros en la nuca.
Así de preparada y sana llegué a tu casa esta
vez. Y fuiste vos, Costa, el que se acobardó. Yo arrugada
y muy flaca, vos panzón y tan guapo como siempre,
yo sosteniendo un bolígrafo y un cuadernito Gloria
en la mano y vos disfrutando que transpirara como un cerdo.
Supongo que no me creías capaz de sentarme a escribir
ese bendito guión que habíamos pasado tantas
noches buscando como si fuera un hijo hace ya tanto tiempo.
Pero lo hice. Tardé unos meses en convencerme de que
ninguno de tus vecinos me iba a llamar por mi nombre aunque
pasara horas intentando adoctrinarlos en la erre.
Pero el señor, que tanto hablaba de mí y de
mis fobias, que decía estar dispuesto a lo que fuera
para intentar lograr esa versión aggiornada de
nosotros, los de antes de, había decidido no cumplir
su parte del acuerdo.
- Negrita, yo no voy a volver otra vez a Buenos Aires.
Releí el guión una docena de veces en el viaje
de vuelta y todavía me resultaba extraño reconocer
mi firma en la última página. Pero no podía
más que restarle importancia a mi hazaña de
haberlo escrito; por el contrario, intentaba disimular diplomáticamente
la furia de un final fracasado. Claro que mi final había
sido tan perfecto como absurdamente opuesto al que Costa
se había empeñado en escupirme. Mi último
diálogo estaba situado en un exterior de Buenos Aires;
Costa decía corten en la Plaza de Mayo.
Pero Negrita, yo no voy a volver; Costa solamente
nombraba a Buenos Aires desde su cómodo sillón Made
in China, comprado a mitad de precio en algún
mercado de pulgas del barrio latino de Los Ángeles.
Me costaba creer que él no estuviera volviendo, pero
por sobre todo me costaba creer que había buscado
curarme – y lo había logrado– a cambio de
la cura de su fobia al país, que nunca llegaría.
Pensé que quizás también su no volver
tuviera algo que ver conmigo; supongo que aún me guardaba
cierto rencor por haberlo dejado tan solo, por haber abandonado
la idea de ser su mujer, de hacer y decir y mostrar y regalar imágenes
que traduzcan al pueblo las verdades que poderosos y necios
silencian con las armas. Pero él llevaba su bandera
como única vestimenta posible; yo no tenía
tierra y andaba desnuda por ahí. Él era demasiado
arriesgado y yo, en fin, todo lo contrario.
Seguramente Silvia me esperaría en el aeropuerto,
toda sonriente y expectante ella, tan segura del triunfo.
Esperaría que apareciéramos los dos, como le
había contado que éramos hace treinta años
solo que un poco más viejos y otro tanto más
sanos. Pero Silvia no estaba. Tomé un taxi y esperé no
llegar nunca; todavía tenía el guión
en las manos y podía jurar que se reía en mi
cara. Intenté despejarme un poco y pensé en
mi jardín de invierno con mis plantas; eso siempre
me traía un poco de paz. Claro que Silvia había
prometido encargarse de regarlas y volví a preocuparme.
Ilusa yo esperaba que el taxista se
bajara a ayudarme con los bolsos. La máquina de escribir pesaba como juicio
y confieso que pensé en regalársela al primer
vecino que pasara. Después me arrepentí, de
más está aclarármelo. Cargué los
bártulos sobre mi espalda, metí la llave y
entré. Dejé la máquina de escribir junto
a un pedazo de papel con una nota de Silvia. Me fui al
bar de la esquina a encontrarme con un amigo que hace rato
no veo. Dice que se enamoró de una guionista argentina
que solía ser cobarde.
© Mara Aguirre |