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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

COSTA ARRIBA

 

Quien más,
quien menos

ha alguna vez derrochado su nombre.

 

- Costa, ¿no te morís por volver a Buenos Aires?

- Negrita, ¿no te morís por volver a escribir un guión?

- Claro que sí, pero sabés bien que no puedo.

- Exactamente.

 

En eso de las prohibiciones autoimpuestas Costa se parecía mucho a mí, sólo que yo estaba diagnosticada y medicada a propósito de. Hacía casi treinta años que él no pisaba suelo argentino, y el mismo tiempo hacía que yo no escribía un solo diálogo. Pero el diálogo continuaba, de tanto en tanto, por teléfono y en alguna que otra visita. Este era mi tercer viaje arriba, al norte, a los Estados Unidos para verlo.

A Costa siempre le había preocupado en demasía la cuestión del existir del hombre. No hay peor cosa que desaparecer –decía– porque no estás ni verdaderamente vivo ni verdaderamente muerto. Claro que en esa época era más factible lo segundo que lo primero, pero él se refería a otra cosa. Costa manejaba la realidad desde otra perspectiva y justamente por eso había dejado la Argentina del Proceso. No tenía miedo de morirse, afirmaba. Temía desaparecer, que según él era mucho peor. Desaparecer, entre otras cosas, negrita –me explicaba– es no poder leer El Principito un jueves a la tarde en una plaza, es no poder filmar una película cierta y tener que esconderme o dedicarme a dirigir pésimos comediantes para poder pagar el alquiler, que es más o menos la misma cosa.

Esos años habían inculcado el miedo a la literatura, a mí y a tantos otros. En ese sentido, según Costa, yo había desaparecido. Y lamento no haber podido darle la razón a su debido tiempo. No sé si será tarde, pero aún así, lamento no haber sido capaz de hacer mi mea culpa sudamericano, tan necesario para llevarme cuesta abajo en la cruzada aunque Costa siguiera arriba.

A mi larga lista de fobias concurrentes se había sumado otra, la más terrible de todas. Claro que yo, además, sí tenía miedo de morirme y por eso la quema masiva de mis tantos guiones –íbamos a hacer tantas cosas, Costa-, la quema de las cintas de vídeo que osábamos llamar películas –fue la primera vez que te vi llorar, pobrecito. Claro que, a diferencia de él, no mucha gente estaba al tanto de lo que yo realmente hacía, además de vestirme como una verdadera señorita de sociedad, digna de padres rotarios, conservadores y pro status quo.

El flaco Costa era uno de los pocos que se sentía cómodo con mis fobias y hasta las encontraba entretenidas. Claro que en esa época yo tenía poco más de veinte años y no me molestaba demasiado el turismo médico obligado, especie de pasatiempo de mis padres por algún que otro desmayo o breve ataque de pánico. - Lo que usted tiene, señora –me hubiera encantado aclarar “señorita” pero para qué– es lo que se conoce como fobia asociativa autoprohibitiva.

La primera de todas fue tan común que pasó desapercibida. Después de que mi hermano intentara ahogarme en el Atlántico, ante toda extensión mayor de agua me costaba horrores respirar. No podía –al día de hoy no puedo- meter siquiera los pies en el mar, ni en una piscina, aunque sea de goma y tenga tres centímetros de agua. Después vinieron otras fobias, algunas más considerables, otras realmente ridículas como mi fobia a la seda, siendo ésta la que más le preocupaba a mi madre por ser el género preferido y obligatorio de todas las socias y todas las hijas del Rotary Club en sus pomposas fiestas. Pero había sido ella, justamente, la que me había obligado a pasar la noche junto a mi abuela muerta vestida con sedas y yo, que le he temido siempre tanto a la muerte y lo que usted tiene es una fobia asociativa autoprohibitiva.

Supongo que todos sufrimos algún tipo de fobia, en mayor o menor medida. Costa decía que los dictadores le tenían fobia a la gente y a su capacidad de razonar, ergo, le tenían fobia a la democracia por más que dijeran trabajar en función de, y así continuaba el cuento que todos conocemos. Tenía razón.

Era mi tercera visita al norte y con el flaco teníamos un acuerdo: lo íbamos a intentar otra vez. La primera vez habíamos fallado por mi culpa; no aguanté más de un mes y medio en California.

- Pero dejate de joder, negrita, no me digas que extrañás Buenos Aires.

Extrañaba la lengua, mi lengua, ese castellano deformado y tan nuestro, el sonido de la erre que era principio de mi nombre. Aquí no tienen palabras como “ferrocarril” ­– le decía yo – que suenan tanto a no sé qué. Aquí las consonantes fuertes se dicen para adentro como si se escondieran de algo.

Me daba mucho coraje que nadie pudiera pronunciar mi nombre. Los vecinos de Costa estaban poco menos que contentos conmigo, que me la pasaba intentando sacarles una erre de sus bocas norteñas para lograr algo menos que nada. Todos terminaban desistiendo y llamándome Gina. Costa se reía de verme patalear como una nena. Pero negrita –me decía– nosotros hacemos lo mismo de algún modo. En nuestra lengua, Chaplin va a ser siempre Carlitos y Batman va a ser siempre Bruno Díaz, ningún Bruce Wayne. Dejate de joder. Y tenía razón. Costa siempre terminaba sus frases con un dejate de joder. Y yo terminaba siempre dándole la razón.

Así y todo fallamos por mi culpa la primera vez. Costa decía que no, pero yo sabía que sí. Después de todo, la fase inicial del plan dependía de mí y esta vez no había sido culpa de la fobia. Si bien no había logrado tomar un lápiz y escribir al menos una línea sin marearme ni vomitar ni desmayarme, la primera estaba puesta y los motores a punto. Él siempre me alentaba de la misma manera. – Poné primera y arrancá, negrita. Así empezaba el diálogo del primer corto que habíamos hecho juntos y pensé que quizás podríamos empezar así a contar, esta vez, nuestra historia.

Teníamos la idea, estábamos los dos en el mismo lugar y eso era ya decir mucho. El flaco temía que ante algún altercado yo le tomara fobia a los aviones y no nos viéramos nunca más, pero qué va, así de fóbica y un poco vieja yo era bastante corajuda. Claro que el coraje se me iba con el efecto del valium , no obstante él se había asegurado que recibiera una caja llena de frasquitos con tranquilizantes para mi cumpleaños número 40.

 

Pero si algo éramos -quiero decir Costa y yo- era testarudos, y por eso otra vez California, años después, otra vez el intento de cumplir ese pacto, por eso movernos hacia el mismo punto al final del camino por casi treinta años. Estábamos en una especie de campaña al desierto pero sin indios ni dios ni patria, armando ejército de tanto sueño roto, reconstruyendo pedazos de la vida para armar un collage de nosotros mismos, los de antes, tanto tiempo después.

Nos habíamos quedado igual de solos, nada más que en distintas latitudes. A veces se le daba por envidiar a los muertos porque ellos tenían, al menos, alguien que los fuera a visitar de vez en cuando. Será por eso que su casa estaba siempre llena de flores.

A mí, en cambio, la soledad me parecía tan cotidiana como el café de la mañana, como las clases de literatura en el liceo. Costa decía que yo trabajaba para no olvidarme de cómo lucía la gente en el mundo real. Como siempre, algo de razón tenía el muy desgraciado. Así y todo, yo al menos una amiga tenía, que él no conocía, pero a quien de todos modos le debíamos mucho. Entre otras cosas ella me había empujado a retomar el viejo pacto adolescente con el flaco, aquella promesa de juntarnos después de la tormenta para finalmente escribir y filmar y contar nuestra historia; la idea del gran trueque también había sido de ella. Claro, mujer –me dijo un día como al pasar– ustedes son dos pelotudos, tienen la palabra NO tatuada en la frente y con mayúscula. Si vos te curás esa fobia de mierda que tenés y te dignás a volver a escribir guiones, la película se filma y la dirige Costa en Buenos Aires. Le dije que estaba loca y me arrepentí de haberle contado muchas cosas. Luego me arrepentí de haberle dicho que estaba loca y agradecí haberle contado todo.

Claro que al principio la idea me había sonado bastante inalcanzable; ambos términos de la ecuación parecían imposibles, yo escribiendo, Costa volviendo, pero Silvia tenía una simpleza tan maravillosa para exponer los hechos que a nadie le quedaba otra opción más que creerle y decirle que sí a todo. Ella era unos años menor que yo y daba clases de historia argentina en el liceo. La primera vez que la vi fue en su salón de clase llorando como un perro. Yo nomás pasaba por la puerta y pensé que estaba sola. Pero no. La tipa lagrimeaba delante de una clase repleta de pibas y pibes de no más de quince años. – Estos animales algo le habrán hecho – pensé y me salió la solidaridad de adentro. Le pregunté si estaba bien y se rió. ­– Hay cuentas que todavía no cierran – dijo y señaló el pizarrón. Era un cuadro sinóptico lleno de flechas y nombres y fechas y hombres, de muertos y sus madres y abuelas. Me acerqué a ella borrando el nombre del dictador con mi saco de lana; apenas si podía verle la cara entre tanto maquillaje, tanta lágrima, tanta tiza. Sólo se me ocurrió llevármela a tomar un café –ella prefirió un whisky– y contarle un poco de mí, creyendo que con eso se sentiría mejor. Ella bebía su trago y pedía otro y me llamo Silvia y hablaba y todo al mismo tiempo. En un momento se calmó, respiró hondo y me miró.

– ¿Y vos quién sos? ­

– Yo dicto literatura de tercero y de cuarto.

- Te pregunté quién sos, no qué hacés.

Le dije ­ “Soy guionista pero no hago guiones”. Y más que de mí le hablé de vos, Costa. Después de todo vos tenías una sola vida y era esa, la que te prohibieron esos hijos de puta. Vos vivías entre ocho milímetros y el caos creativo de tu casita de Banfield. Le conté de la vez que nos filmamos desnudos y mi miedo a que la cinta llegara a algún pariente. Vos tenías miedo de que estuvieran prohibiendo la palabra sexo, le temías al decreto 1888 y a todos sus hermanos, me leías el pueblo que no quería ser gris y te reías pero yo sabía que en Buenos Aires te quedaba poco tiempo. Tus miedos siempre fueron mucho más profundos que los míos, negrito. Yo temía que te mataran, vos temías desaparecer; no de las calles de Buenos Aires en manos de la autoridad pública sino de la memoria visual de tus conciudadanos. Temías también que yo eligiera una vida más segura que la del cine clandestino que mostraba los ideales en los que creíamos. Y elegí esta vida de mierda, Costa. Pensé que me estaba salvando. Pero vos sabés; siempre le tuve demasiado terror a estar muerta.

El segundo fracaso fue culpa de los dos; Costa tenía que reconocerlo. Si bien yo todavía no lograba sentarme a escribir el bendito guión sin desmayarme, había avanzado bastante en el intento. Buscaba continuamente el orden perfecto de la escena y el diálogo y, a la vez, buscaba distintos métodos de apalear mis innumerables prohibiciones. Silvia se había empeñado conmigo por alguna razón. No toleraba la idea de mi quietud guionística producto de mis fobias –estúpidas manías de vieja– decía, y se le había metido en la cabeza que lo mío era perfectamente solucionable. Además, le resultaba fascinante la idea del viejo pacto con Costa y ya me había ofrecido a su sobrina para hacer el papel de Regina. Me había entrenado por varios meses, obligándome a llevar en la cartera copias de aquellos libros que hacía años no tocaba y que habían sido producto de varios ataques de pánico. ­ También me regaló una máquina de escribir, que la traigo en mi bolso, y algunas películas de Almodóvar y Woody Allen que dejé en Buenos Aires. Ella tampoco estaba demasiado sana, convengamos. Aún le costaba horrores tener a una madre de plaza de mayo cerca y no sentir la necesidad de correr para el punto cardinal más alejado. – Cuando veas una señora con un pañuelo en la cabeza, nena, corré para el otro lado. Creo que hasta el día de hoy no puede cruzarse con una sin tener taquicardia. Pero al rato se le pasa; Silvia es de otro planeta. – Fumate un cigarro y relajate, ¿querés? – repite como loro.

 

Todavía me sorprenden ciertas cosas. Los martes a la noche hay rueda de lectura en el club del otro lado de la vía. No he conseguido asistir hasta la fecha; Silvia logró solamente empujarme hasta la puerta. De tanto en tanto se me da por invitar a mis alumnos; supongo que ellos lo encontrarían fascinante, pero en verdad no lo sé. La fascinación se amortiza con el tiempo, las generaciones se ubican de uno y otro lado de lo que llaman progreso. A mí todavía me seduce la letra molde, la palabra que ataca todo intento de minimizar al hombre a simple observador de sí mismo. Pero mis razones para encontrarlo fascinante estaba en el simple arte de elegir – quiero decir, poder hacerlo -; como una derivación lógica de la libertad o de la falta de, y entonces estoy equivocada, otra vez. A mi me parece increíble que se junten a comentar literatura y la fascinación está en estar en desacuerdo y que pueda ser eso un punto de partida. A ellos les parecería increíble que se junten a comentar literatura y punto.

Es increíble lo que hace el tiempo con la gente, de uno u otro lado del progreso. Es lamentable que la memoria no sea autodidacta y, en cambio, dependa tanto de nosotros. Él podría haber vuelto en unos años, nada más. – Pero, negrita, si tu propia memoria confunde tu nombre, estás realmente perdido. Ser director y no hacer cine es lo mismo que jugar a la ruleta rusa con el cargador lleno. Dejate de joder.

Costa podría haber escrito un tratado sobre las distintas formas del suicidio. – No volver pudiendo hacerlo, flaco, es como suicidarse la nacionalidad –le dije alguna vez. Pero ni él Sartre ni yo Simone, y siempre terminábamos volviendo al tema de mis fobias.

 

Para Silvia mis fobias eran una estupidez y en eso se parecía mucho a Costa. Tal vez los dos tuvieran un poco de razón en todo esto. Y no se dejaba de joder, che, y me regalaba bolígrafos y cuadernitos Gloria, como si fuera mi cumpleaños una vez por semana. También me regaló una copia de Pantaleón y las visitadoras de Mario Vargas Llosa. Me lo dio una semana antes de volar por última vez a California. La abracé y la maldije a la vez – claro que ella no sabía que vos también me habías dado una copia, que había terminado junto con mis tantos guiones. Pero g racias a ella había logrado llevar a Ortega y Gasset en el bolso por varias semanas seguidas sin sentir que alguien me miraba y me apuntaba con una nueve milímetros en la nuca.

Así de preparada y sana llegué a tu casa esta vez. Y fuiste vos, Costa, el que se acobardó. Yo arrugada y muy flaca, vos panzón y tan guapo como siempre, yo sosteniendo un bolígrafo y un cuadernito Gloria en la mano y vos disfrutando que transpirara como un cerdo. Supongo que no me creías capaz de sentarme a escribir ese bendito guión que habíamos pasado tantas noches buscando como si fuera un hijo hace ya tanto tiempo. Pero lo hice. Tardé unos meses en convencerme de que ninguno de tus vecinos me iba a llamar por mi nombre aunque pasara horas intentando adoctrinarlos en la erre.

Pero el señor, que tanto hablaba de mí y de mis fobias, que decía estar dispuesto a lo que fuera para intentar lograr esa versión aggiornada de nosotros, los de antes de, había decidido no cumplir su parte del acuerdo.

- Negrita, yo no voy a volver otra vez a Buenos Aires.

 

Releí el guión una docena de veces en el viaje de vuelta y todavía me resultaba extraño reconocer mi firma en la última página. Pero no podía más que restarle importancia a mi hazaña de haberlo escrito; por el contrario, intentaba disimular diplomáticamente la furia de un final fracasado. Claro que mi final había sido tan perfecto como absurdamente opuesto al que Costa se había empeñado en escupirme. Mi último diálogo estaba situado en un exterior de Buenos Aires; Costa decía corten en la Plaza de Mayo. Pero Negrita, yo no voy a volver; Costa solamente nombraba a Buenos Aires desde su cómodo sillón Made in China, comprado a mitad de precio en algún mercado de pulgas del barrio latino de Los Ángeles. Me costaba creer que él no estuviera volviendo, pero por sobre todo me costaba creer que había buscado curarme – y lo había logrado– a cambio de la cura de su fobia al país, que nunca llegaría. Pensé que quizás también su no volver tuviera algo que ver conmigo; supongo que aún me guardaba cierto rencor por haberlo dejado tan solo, por haber abandonado la idea de ser su mujer, de hacer y decir y mostrar y regalar imágenes que traduzcan al pueblo las verdades que poderosos y necios silencian con las armas. Pero él llevaba su bandera como única vestimenta posible; yo no tenía tierra y andaba desnuda por ahí. Él era demasiado arriesgado y yo, en fin, todo lo contrario.

 

Seguramente Silvia me esperaría en el aeropuerto, toda sonriente y expectante ella, tan segura del triunfo. Esperaría que apareciéramos los dos, como le había contado que éramos hace treinta años solo que un poco más viejos y otro tanto más sanos. Pero Silvia no estaba. Tomé un taxi y esperé no llegar nunca; todavía tenía el guión en las manos y podía jurar que se reía en mi cara. Intenté despejarme un poco y pensé en mi jardín de invierno con mis plantas; eso siempre me traía un poco de paz. Claro que Silvia había prometido encargarse de regarlas y volví a preocuparme.

Ilusa yo esperaba que el taxista se bajara a ayudarme con los bolsos. La máquina de escribir pesaba como juicio y confieso que pensé en regalársela al primer vecino que pasara. Después me arrepentí, de más está aclarármelo. Cargué los bártulos sobre mi espalda, metí la llave y entré. Dejé la máquina de escribir junto a un pedazo de papel con una nota de Silvia. Me fui al bar de la esquina a encontrarme con un amigo que hace rato no veo. Dice que se enamoró de una guionista argentina que solía ser cobarde.

 

© Mara Aguirre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mara Aguirre | Argentina, 1978 | Nació en Buenos Aires. Desde 1997 ha sido merecedora de distintos premios y menciones en certámenes de América y España. Fue antologada en Arrójame a las llamas y ha colaborado con distintas revistas literarias, tanto en Argentina como en España, Chile, Cuba y Brasil. También ha incursionado en la narrativa breve, el guión cinematográfico y es autora de dos obras concepto de poesía: Pulso y Mea Culpa.