PEQUEÑOS TERREMOTOS
Y cada
vez que recuerdo el día que te conocí,
me viene una jaqueca de esas en que desearía arrancarme
la cabeza y servirla en bandeja en una fiesta para caníbales.
Escribí en una servilleta de un 7-Eleven, manchada
con catsup y mostaza, como si hubiera limpiado con ella la
escena de un crimen muy violento.
Pensé en todas esas cosas que hacen que la gente
maneje un autobomba, detone un puente o derribe un edificio;
así que me inventé una historia de muertos
vivientes, tenía de todo: lanzallamas, un camión
de helados y platillos voladores. Después alguien
pensó que era una buena idea y quiso hacer con ella
una película de miedo.

Temprano por la mañana, antes de las caricaturas
y las carreras de autos. Antes del reporte del tiempo que
anuncia tormentas de nieve y terremotos. Antes de encender
los aviones y apurar las turbinas, recibí una llamada:
-Los muertos, ¿podríamos
hacerles que supieran artes marciales?
-La escena, donde uno le muerde un brazo
a la chica bonita –dije-,
quiero ser el muerto. Luego, puede vestirlos con un sombrero
de duende si le apetece.
Me quedé con el brazo de la chica bonita y ahora
el director está enseñando a los muertos movimientos
de kung fu.
¿Qué sucedería si los muertos salieran
de sus tumbas, si pudiera manejarlos con un control a distancia?
Los haría andar por las calles con un par de pistolas.
También a caballo como bandidos del viejo oeste.
Les ordenaría detener trenes con los puños.
Volarían por los cielos como aviones de combate.
La historia, era la canción de amor de un científico
loco.
Una carta bomba olvidada en un parque de diversiones.
Un auto a toda velocidad por el carril equivocado de la
carretera.

Los del estudio me han enviado los promocionales de la película.
En el cartel hay un chico y una chica, el chico sostiene
en lo alto un tubo de acero, ella sostiene una motosierra
y usa una camiseta con el dibujo de una calavera. Los dos
sobre el cofre de un Buick azul del '57, en medio de un cementerio.
También me han envidado un memo:
“Hemos convertido el auto en una máquina
del tiempo”
Eso explica el barco vikingo y los dinosaurios en el cartel,
las pirámides egipcias y la nave espacial.

El día que saliste de casa llevabas puesta esa camiseta
con la foto de la criatura del lago Ness, también
nuestra colección de discos y la motocicleta. Al día
siguiente revisaba las notas en los diarios: alguna chica
bonita que se hubiera estrellado contra una pared o un autobús.
Alguien que se hubiera unido a un circo para atravesar anillos
de fuego o dar vueltas dentro de una esfera de metal. Pensaba
en una posibilidad idiota, en que hubieras cometido una locura
suicida, de esas que hacen los amantes cuando se les acaba
la suerte.
Tiempo después recibí una postal de una ballena.
Decía que estabas en una playa y eras muy feliz, que
iba siendo hora que quitara los anuncios de los periódicos.
Decías que no tenía gracia ese con tu foto
donde decía que habías escapado de casa y tenías
que volver pronto para curarte de un virus mortal.
Esa misma tarde llamé a los diarios. Agregué una
línea:
“Es peligrosa y puede que lleve un arma
de fuego.”

Hablé con los del estudio, les dije que había
tenido una idea, que la chica bonita podría llevar
un implante explosivo, un arma nuclear conectada al ritmo
de su corazón.
La heroína, sería una bomba de tiempo a punto
de estallar.
Tu corazón es una casa embrujada con puertas y ventanas
que se abren, espejos que se rompen y el llanto de un niño
que se escucha detrás de las paredes. Ha llegado la
hora de volarlo en pedazos, de convertirlo en un rompecabezas
al que se le han extraviado todas las piezas.

“Un asteroide chocará con
la tierra en el año
2014. Se llama 2005 QQ78”, leí en una revista
científica mientras hacía la fila del supermercado.
Pensé en estrellas de rock, en ladrones de bancos,
en ninfómanas y espías internacionales. Todos
ellos juntos en una gran sala de un museo del futuro, colgados
del cielo, como ahora hacemos con los huesos de los dinosaurios.
Imaginé el momento del impacto. Al primer hombre
cayendo sobre el pavimento. Su último suspiro, ese
que me recuerda el sonido de la aguja sobre un disco al
que se le han terminado todas las canciones.
Delante de mí alguien se ha sacado un premio. Encima
de la caja registradora había una torreta encendida,
iluminando todo como si fuera un auto de policía.
Era una chica que llevaba un bebé en los brazos. Había
comprado un par de cajas de cereal, crayones y un aromatizante
para auto. Le han sacado una foto junto a unos globos de
colores y creo que ahora se llevará todo gratis a
casa.

En la radio del auto, el noticiero habla sobre un avión
que ha desaparecido de la frecuencia y los radares. Un avión
que se ha convertido en un fantasma con doscientos pasajeros
a bordo.
El cielo es azul y no hay
aviones cruzándolo.
Me dijiste que los aviones se caían del cielo porque
alguien se ha olvidado de cargar un amuleto. También
porque alguno ha perdido toda la suerte.
Siempre que volabas llevabas unos audífonos y escuchabas
tus discos. Decías que si tenías que estrellarte
contra el suelo, lo harías con una de tus canciones
favoritas.

La novia del científico era una chica menuda y bronceada.
Tumbada en el sofá de un pequeño apartamento,
soñaba con autos veloces, noches largas y una gran
aventura. El científico tenía un control remoto
y un montón de secretos. Ella soñaba, como
tú, con pisar el acelerador a fondo y largarse a cualquier
parte. Pero yo no soy como el científico, revivir
muertos y viajar por el tiempo no son algunas de mis cualidades.
Por eso quiero verte en la pantalla de un cine, muerta de
miedo, con esa bomba conectada a tu corazón y esos
monstruos persiguiéndote. Todos muertos, todos locos.
En la televisión
dan una película de un submarino
lleno de fantasmas. Hay una niña que atraviesa las
paredes, un viejo que aparece colgado en la sala de comunicaciones
y un soldado de la segunda guerra que dispara balas que no
pueden hacerte daño. Detrás de una escotilla
que se abre con una contraseña que solo el capitán
conoce, hay una caja de madera pequeña adornada con
esvásticas,
rodeada con una cadena de acero. La tripulación está al
borde de la locura y todos andan con las pistolas en guardia
y la frente llena de sudor. Voy a la cocina, detrás
de mí se escuchan gritos, disparos y agua correr por
todas partes.
Sobre la mesa está la correspondencia y un cereal
con la foto de un muñeco parecido al conde drácula,
te invita a dar una vuelta por Six Flags con un cupón
de descuento que está al reverso de la caja.

Hay más postales.
En una apareces con un uniforme azul de Viaje a las estrellas y
llevas puestas unas orejas puntiagudas. Un robot te apunta
con una pistola de luces y tienes una de tus mejores sonrisas. “Espero
que algún día salgas de ese agujero en donde
te escondes y sacudas el polvo que has acumulado encima”,
decía
al reverso.
Yo espero que el idiota que está dentro del robot
no esté contigo. Ojalá sea una venganza, una
broma de mal gusto. Aunque siempre te gustaron las matemáticas
y los programas de ciencia ficción.

La versión final de la historia está lista
y no hay nada que pueda hacer por ti. Al final vuelas en
pedazos. Los dinosaurios, los vikingos y los muertos vivientes
gobiernan la tierra. En el cielo hay naves espaciales, ciudades
suspendidas en las nubes y autopistas a otras dimensiones.
El científico ha tomado muchas de estás últimas
y ha dado con una pista, una dimensión en donde te
has enamorado de un loco matemático y pasan veladas
resolviendo fórmulas, teoremas imposibles y brindando
con un trago de vino cada artículo que él publica
en las revistas especializadas. Pero el científico
está dispuesto a destruir este y otros mundos. Borrar
todas las alternativas. Si existe un dios, -piensa-, no le
habrá hecho gracia mi pequeña campaña,
seguro nos veremos las caras en un duelo al amanecer.
© Jaime Garza |