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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

PEQUEÑOS TERREMOTOS

 

Y cada vez que recuerdo el día que te conocí, me viene una jaqueca de esas en que desearía arrancarme la cabeza y servirla en bandeja en una fiesta para caníbales.

Escribí en una servilleta de un 7-Eleven, manchada con catsup y mostaza, como si hubiera limpiado con ella la escena de un crimen muy violento.

Pensé en todas esas cosas que hacen que la gente maneje un autobomba, detone un puente o derribe un edificio; así que me inventé una historia de muertos vivientes, tenía de todo: lanzallamas, un camión de helados y platillos voladores. Después alguien pensó que era una buena idea y quiso hacer con ella una película de miedo.

 

Temprano por la mañana, antes de las caricaturas y las carreras de autos. Antes del reporte del tiempo que anuncia tormentas de nieve y terremotos. Antes de encender los aviones y apurar las turbinas, recibí una llamada:

-Los muertos, ¿podríamos hacerles que supieran artes marciales?

-La escena, donde uno le muerde un brazo a la chica bonita –dije-, quiero ser el muerto. Luego, puede vestirlos con un sombrero de duende si le apetece.

­Me quedé con el brazo de la chica bonita y ahora el director está enseñando a los muertos movimientos de kung fu.

 

¿Qué sucedería si los muertos salieran de sus tumbas, si pudiera manejarlos con un control a distancia?

Los haría andar por las calles con un par de pistolas.

También a caballo como bandidos del viejo oeste.

Les ordenaría detener trenes con los puños.

Volarían por los cielos como aviones de combate.

 

La historia, era la canción de amor de un científico loco.

Una carta bomba olvidada en un parque de diversiones.

Un auto a toda velocidad por el carril equivocado de la carretera.

 

Los del estudio me han enviado los promocionales de la película. En el cartel hay un chico y una chica, el chico sostiene en lo alto un tubo de acero, ella sostiene una motosierra y usa una camiseta con el dibujo de una calavera. Los dos sobre el cofre de un Buick azul del '57, en medio de un cementerio.

También me han envidado un memo:

“Hemos convertido el auto en una máquina del tiempo”

 

Eso explica el barco vikingo y los dinosaurios en el cartel, las pirámides egipcias y la nave espacial.

 

El día que saliste de casa llevabas puesta esa camiseta con la foto de la criatura del lago Ness, también nuestra colección de discos y la motocicleta. Al día siguiente revisaba las notas en los diarios: alguna chica bonita que se hubiera estrellado contra una pared o un autobús. Alguien que se hubiera unido a un circo para atravesar anillos de fuego o dar vueltas dentro de una esfera de metal. Pensaba en una posibilidad idiota, en que hubieras cometido una locura suicida, de esas que hacen los amantes cuando se les acaba la suerte.

Tiempo después recibí una postal de una ballena. Decía que estabas en una playa y eras muy feliz, que iba siendo hora que quitara los anuncios de los periódicos. Decías que no tenía gracia ese con tu foto donde decía que habías escapado de casa y tenías que volver pronto para curarte de un virus mortal.

Esa misma tarde llamé a los diarios. Agregué una línea:

“Es peligrosa y puede que lleve un arma de fuego.”

 

Hablé con los del estudio, les dije que había tenido una idea, que la chica bonita podría llevar un implante explosivo, un arma nuclear conectada al ritmo de su corazón.

La heroína, sería una bomba de tiempo a punto de estallar.

 

Tu corazón es una casa embrujada con puertas y ventanas que se abren, espejos que se rompen y el llanto de un niño que se escucha detrás de las paredes. Ha llegado la hora de volarlo en pedazos, de convertirlo en un rompecabezas al que se le han extraviado todas las piezas.

 

Un asteroide chocará con la tierra en el año 2014. Se llama 2005 QQ78”, leí en una revista científica mientras hacía la fila del supermercado. Pensé en estrellas de rock, en ladrones de bancos, en ninfómanas y espías internacionales. Todos ellos juntos en una gran sala de un museo del futuro, colgados del cielo, como ahora hacemos con los huesos de los dinosaurios. Imaginé el momento del impacto. Al primer hombre cayendo sobre el pavimento. Su último suspiro, ese que me recuerda el sonido de la aguja sobre un disco al que se le han terminado todas las canciones.

Delante de mí alguien se ha sacado un premio. Encima de la caja registradora había una torreta encendida, iluminando todo como si fuera un auto de policía. Era una chica que llevaba un bebé en los brazos. Había comprado un par de cajas de cereal, crayones y un aromatizante para auto. Le han sacado una foto junto a unos globos de colores y creo que ahora se llevará todo gratis a casa.

 

En la radio del auto, el noticiero habla sobre un avión que ha desaparecido de la frecuencia y los radares. Un avión que se ha convertido en un fantasma con doscientos pasajeros a bordo.

El cielo es azul y no hay aviones cruzándolo.

Me dijiste que los aviones se caían del cielo porque alguien se ha olvidado de cargar un amuleto. También porque alguno ha perdido toda la suerte.

Siempre que volabas llevabas unos audífonos y escuchabas tus discos. Decías que si tenías que estrellarte contra el suelo, lo harías con una de tus canciones favoritas.

 

La novia del científico era una chica menuda y bronceada. Tumbada en el sofá de un pequeño apartamento, soñaba con autos veloces, noches largas y una gran aventura. El científico tenía un control remoto y un montón de secretos. Ella soñaba, como tú, con pisar el acelerador a fondo y largarse a cualquier parte. Pero yo no soy como el científico, revivir muertos y viajar por el tiempo no son algunas de mis cualidades. Por eso quiero verte en la pantalla de un cine, muerta de miedo, con esa bomba conectada a tu corazón y esos monstruos persiguiéndote. Todos muertos, todos locos.

 

En la televisión dan una película de un submarino lleno de fantasmas. Hay una niña que atraviesa las paredes, un viejo que aparece colgado en la sala de comunicaciones y un soldado de la segunda guerra que dispara balas que no pueden hacerte daño. Detrás de una escotilla que se abre con una contraseña que solo el capitán conoce, hay una caja de madera pequeña adornada con esvásticas, rodeada con una cadena de acero. La tripulación está al borde de la locura y todos andan con las pistolas en guardia y la frente llena de sudor. Voy a la cocina, detrás de mí se escuchan gritos, disparos y agua correr por todas partes.

Sobre la mesa está la correspondencia y un cereal con la foto de un muñeco parecido al conde drácula, te invita a dar una vuelta por Six Flags con un cupón de descuento que está al reverso de la caja.

 

Hay más postales. En una apareces con un uniforme azul de Viaje a las estrellas y llevas puestas unas orejas puntiagudas. Un robot te apunta con una pistola de luces y tienes una de tus mejores sonrisas. “Espero que algún día salgas de ese agujero en donde te escondes y sacudas el polvo que has acumulado encima”, decía al reverso.

Yo espero que el idiota que está dentro del robot no esté contigo. Ojalá sea una venganza, una broma de mal gusto. Aunque siempre te gustaron las matemáticas y los programas de ciencia ficción.

 

La versión final de la historia está lista y no hay nada que pueda hacer por ti. Al final vuelas en pedazos. Los dinosaurios, los vikingos y los muertos vivientes gobiernan la tierra. En el cielo hay naves espaciales, ciudades suspendidas en las nubes y autopistas a otras dimensiones. El científico ha tomado muchas de estás últimas y ha dado con una pista, una dimensión en donde te has enamorado de un loco matemático y pasan veladas resolviendo fórmulas, teoremas imposibles y brindando con un trago de vino cada artículo que él publica en las revistas especializadas. Pero el científico está dispuesto a destruir este y otros mundos. Borrar todas las alternativas. Si existe un dios, -piensa-, no le habrá hecho gracia mi pequeña campaña, seguro nos veremos las caras en un duelo al amanecer.

 

© Jaime Garza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Garza | México, 1974 | Narrador mexicano. Amante de las malas artes, conocedor de la cultura basura y el cine clase B. Ha colaborado en Revista Kitsch y Los Noveles. Escribe, con cierta frecuencia irremediable, una bitácora cibernética dispuesta a nada. Blog de Jaime Garza: Días feroces