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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

PALACIO QUEMADO

 

Desde el principio escribí discursos para quienes postulaban a un cargo en las juventudes de su partido o en la dirección de su carrera universitaria. Compañeros: cuando yo era niño, soñaba que algún día caminaría por los parques apacibles de la ciudad de mi juventud, y sería feliz y no tendría deseo alguno de irme del país que me vio nacer. El rumor de mi mano fácil para la frase certera, la diatriba juguetona, la invectiva demoledora, fue difundiéndose por los pasillos del Monoblock —ese adefesio con las ventanas rotas y las paredes atiborradas de graffiti izquierdoso, que en su momento, quién lo creyera, fue uno de los edificios más admirados en Sudamérica: los ascensores con diseño tiawanakota, especialmente construidos para la universidad, quedaban como recuerdo del gran logro de Gabino Villanueva—. Me comenzaron a llegar pedidos para que escribiera los discursos de líderes universitarios a los que no conocía en persona pero que ya tenían un prestigio bien ganado. Nunca dije que no. Hermanos: cuando yo era adolescente, me extraviaba en los recuerdos del porvenir, y sólo encontraba felicidad en ellos: tengo un hermoso sueño, y es que el futuro es nuestro. Mi pluma se alquilaba al mejor postor. Camaradas: mi recuerdo más antiguo se remonta al día en que, en los hombros de papá, vi el lejano horizonte y pregunté si ya habíamos llegado al día siguiente: el futuro se asomaba como una bendición. Ahora que nos toca construirlo, qué maravilla saber que no dependemos de nadie más que de nuestro propio esfuerzo.

Fascinado por mi súbita popularidad, descuidé los estudios y acepté tantas propuestas que hubo ocasiones en que me las vi en figurillas porque al mismo tiempo debí escribir discursos para un dirigente de la FUL que ansiaba mantenerse en el poder y para el opositor que deseaba desbancarlo. En las paredes de la cafetería un afiche con la foto de uno de los candidatos proclamaba Un voto por mí es un voto contra la política entreguista del gobierno; en las ventanas del segundo y tercer piso se habían pegado varias calcomanías con la sigla del partido del candidato opositor y con el lema Bolivia se nos muere: con tu apoyo, apoyaremos a nuestro presidente.

Aunque muchas veces se me ofreció participar activamente siempre me negué; les decía a quienes me contactaban que podía ser más útil tras bambalinas, que no daba la talla para arengar a otros estudiantes en las frecuentes reuniones partidarias. Mi temperamento servía más para planear la estrategia en la sombra, en los cónclaves secretos de los dirigentes, o en todo caso para escribir las palabras que otros pronunciarían a voz en cuello desde un balcón, con las manos gesticulantes y las venas henchidas por el fervor en el luminoso atardecer.

A decir verdad, no quería rebajarme a ser un simple político, un demagogo de bolsillo, traicionero como una serpiente, y, como los cocodrilos, feliz de revolcarme en el pantano. Prefería mantenerme en las alturas del análisis, de la crítica, del discurso. Me daba cuenta de la ironía: estaba a disposición de gente a la que veía menor. Evité comprometerme con alguna ideología específica, con los colores de un partido. Hice como muchos otros y picoteé tanto de la centro-izquierda como de la centro-derecha; después de todo los partidos se iban pareciendo cada vez más, los líderes recalcitrantes de la izquierda que habían prometido no cruzar los ríos de sangre que los separaban de sus extorturadores de derecha decían que era hora de “construir puentes” sobre esos ríos. Y yo construía puentes, o más bien telarañas que alcanzaban a casi todos los partidos del espectro universitario, nunca a los de extrema derecha o izquierda; esos tenían demasiada fe en sus ideas, eran incapaces de un ágil movimiento de cintura.

Apenas terminé la universidad me dediqué a trabajos flotantes. Nunca ejercí de historiador, aunque sí agradecí que mis estudios le hubieran dado cierta densidad a mi mirada, la textura que sólo tiene aquel que es consciente de la acumulación del tiempo a sus espaldas. Habitaba el presente, pero a la vez me sentía parte de una tradición. El edificio ya estaba construido y sólo me tocaba darle mi propio matiz, pulir el cerrojo de una puerta en uno de los pisos más altos. A ratos me vanagloriaba de las ventajas de tener cierta perspectiva histórica para enfrentar la coyuntura que me había tocado en suerte; pero no todo era maravilla, porque otros ratos vivía esa coyuntura como una maldición. Quizás pude haber sido más útil en otro momento histórico, me decía, cuando la república era joven, el camino que se ofrecía ante ella estaba sin transitar, y la carga de fatalidad, el destino adverso que es parte fundamental de nuestro paisaje, todavía no había tergiversado nuestros pasos.

Algunos compañeros me decían que merecía difundirse mi tesis acerca de la sobrevaloración que se había hecho del letrado, en cuanto a su rol en el período fundacional del siglo XIX. Había habido, es cierto, hombres ordenadores del caos que habían inscrito sus palabras en la tabula rasa de la nación; escritores de la Constitución, de las leyes que regulaban la vida social, de la gramática que codificaba las formas en que se bifurcaba el castellano en el continente. Pero las más de las veces esos hombres eran ventrílocuos: habían prestado sus plumas para que a través de sus palabras hablaran otros: los caudillos militares, los políticos oportunistas. No me había sido difícil imaginar lo ocurrido porque yo me veía como un descendiente directo de esos letrados decimonónicos: en una escala reducida hacía lo mismo.

En verdad, no estaba interesado en convertir mi tesis en libro. Temático, obsesivo, trabajaba en todo tipo de labores para hacer lo que me apasionaba. Ya me había hecho de cierto nombre como alguien que podía salvar del apuro a quien necesitara de un discurso, y me llenaba de gozo que sonara el teléfono con un pedido apremiante de algún excompañero que todavía no se graduaba de San Andrés. Queridas secretarias: ahora que tienen el título en sus manos, y pueden escribir a máquina con envidiable naturalidad, y saben transcribir lo que les dictan sus jefes con lenguaje pulcro y atildado, quiero contarles un sueño que tuve de niño, cuando todavía no había comenzado a transitar en el futuro. Soñé que la patria ardía… Incluso algunas veces escribía los discursos de funcionarios menores, para la entrega de materiales escolares en una escuela fiscal en Achumani (hice que un secretario del alcalde dijera nuestros niños no son ni el futuro ni el presente, son un presente futuro ) o la clausura del año deportivo en el Colegio Militar (un coronel leyó con enhiesta seriedad las competencias deportivas son la mejor preparación para las contiendas bélicas; tratemos de ganar, pues, porque en el fondo nos jugamos el destino del país).

Una vez al mes iba a Cochabamba a visitar a mis papás. Mamá tenía las piernas varicosas y se quejaba de furibundos dolores en la espalda. Había abierto la florería Siempreviva cerca de la plaza Colón, le iba bien pero trabajaba a destajo: se despertaba a las seis de la mañana y no paraba hasta caer rendida a las diez de la noche. Los años le habían llegado de golpe: algunas arrugas habían aparecido en sus mejillas, y asomado canas en su negra cabellera. ¿Qué ha sido de ti, Glorita?, se preguntaba sentada frente al espejo de su dormitorio mientras se limaba las uñas como al descuido. ¿Qué ha sido de la niña que se enamoró de un cura cuando tenía quince años? Amor platónico, pero, qué churro que era, y tú, Glorita, no estabas nada mal…

Yo sentía su frustración, porque la vida se le iba y no había hecho todo lo que hubiera querido. Había dejado sus estudios de contabilidad cuando se casó con papá; se dedicó de la manera más abnegada a ser esposa, madre, ama de casa, pero cuando nos fuimos a vivir a La Paz algo pareció despertar en ella. No tenía cerca a sus amigas, con las que chismeaba y jugaba rummy en Cochabamba, y eso le hizo bien; tenía más tiempo libre y se puso a leer y escribir artículos feministas, muy influida por las ideas de Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Luego se cansó de ellos y quiso buscar trabajo. Papá se opuso con vehemencia: ¿qué dirían de él si vieran a su esposa trabajando? ¿Que no podía llevar el pan a la casa? Las continuas peleas a gritos e insultos, las dramáticas amenazas de suicidio que marcaron esa época, mostraban que había algo más en el fondo: se había extinguido el amor. El divorcio parecía la única salida. Fue en ese momento crucial que Felipe se suicidó. Aunque mamá no tenía la culpa, sintió que en algo era responsable: tanta inestabilidad familiar, decía, había contribuido a que un ser tan sensible como Felipe se quitara la vida. El mundo lo hería por todas partes, y ella, en vez de protegerlo, se había extraviado en sus propias miserias y ayudado, así, a que Felipe apretara el gatillo. Al final, no fue capaz de divorciarse: pudo más el miedo al vacío, a la soledad. Asumió su frustración personal y volvió al redil del matrimonio. Fue una buena compañera de papá, pero ya no fingía que la pasión se había extinguido. Nunca más volvió a quejarse en voz alta, pero no era difícil rasgar la coraza que la protegía y descubrir su amargura. Me alegraba que hubiera abierto un negocio: la florería la mantendría ocupada, encauzaría su energía y distraería sus pensamientos que solían girar en torno a Felipe. Mamá me preguntaba con las manos crispadas: para qué quieres quedarte en La Paz si ni siquiera tienes un buen trabajo. Y yo recordaba la vez en que se tiró de espaldas en el piso de la sala de nuestra casa en Arequipa, y movió los brazos con lentitud, arriba abajo, arriba abajo, como aleteando, y me dijo que estaba llamando al fantasma de Felipe, pidiéndole volver pues se le había aparecido la noche anterior. A las tres de la mañana, se había despertado al sentir que alguien apoyaba con levedad sus labios húmedos en los suyos. Papá roncaba a su lado. Encendió la lámpara de su velador, escuchó el golpeteo de una ventana. Se levantó y se dirigió al living. Todo permanecía como si nada hubiera ocurrido, las ventanas cerradas, los cisnes de Lladró en su lugar, la colección de perros de cerámica en un estante. Ah, pero ella sabía: era la acongojada revelación de un mundo: Felipe que la llamaba a su lado. Un misterio, cómo había podido sobrevivir con tanto dolor a cuestas.

—Pero si te encantaba La Paz —respondía.

—Esos eran otros tiempos —decía. Durante mi infancia habíamos vivido dos años en La Paz, a papá le habían ofrecido ser ministro de Informaciones y él, asaeteado por mamá, aceptó a regañadientes y dejamos nuestra vida bucólica en Cochabamba. Vivíamos a tres

cuadras del Palacio de Gobierno y por eso me la pasaba visitándolo en su despacho, tirado en el suelo de parquet recién lustrado con mis juegos de mesa y autitos de carreras y a veces un Meccano mientras él hablaba con periodistas que le pedían noticias acerca de un posible aumento salarial a los maestros. Tenía pocos amigos, solía juntarme con un primo llamado Mauricio, que andaba detrás de mi hermana Cecilia, cinco años mayor que yo, y al que perdí el rastro apenas nos fuimos. Había sido una época feliz y no sé si eso se debía a que vivía en el territorio de la infancia o en La Paz. Y todo, todo había terminado de manera tan abrupta ese febrero de 1974, miércoles por la tarde, cuando mi hermano Felipe, que acababa de cumplir diecisiete años, tuvo una discusión agitada con papá en su despacho en el Palacio Quemado, y luego salió al gran patio y le pidió a un policía que le mostrara su revólver, y antes de que éste reaccionara, Felipe ya había apretado el gatillo y estaba en el piso, el cuerpo arqueado.

—Necesito alguien que me ayude con la contabilidad

—insistía mamá mientras regaba los gladiolos y claveles de su jardín cada vez más exuberante—. Ya me he olvidado del tema, me equivoco mucho. Tu papá es un cero a la izquierda con los números y la Cecilita está todo el día metida en sus libros. ¿De dónde me salieron una socióloga y un historiador? No tendrán dónde caerse muertos y mucho menos nosotros. No le contestaba nada porque sabía que incluso un buen trabajo no la hubiera convencido de mi necesidad de vivir en una ciudad en la que ella no vivía. Me sobreprotegía desde que murió Felipe. No ayudó nada que a los doce años, un mediodía abrasador en el que había ido a Quero Queru a recoger los discos de José Luis Perales y Emmanuel que le había prestado a un amigo, perdiera el control de mi bicicleta y cayera a una acequia a media cuadra de mi casa; me golpeé la cabeza y quedé un buen rato tirado junto a unas piedras y matorrales. Sentí un líquido viscoso escurrirse por mis mejillas. Escuchaba gritos y veía imágenes borrosas en las que predominaban el verde y el amarillo. El dolor me hizo cerrar los ojos y preguntarme si todavía seguía vivo. Acaso la muerte era eso: ruidos, destellos de luces de colores en medio de una tiniebla sobrecogedora y, pese al dolor, el abrazo envolvente, cálido, del universo a mi alrededor. Luego perdí el conocimiento; no lo recuperé durante una tarde. A veces me asaltan imágenes en las que me veo flotando en un río de aguas turbias, y quiero salir a la superficie y no puedo. Y me toco la cicatriz que persiste en mi frente, y se me ocurre que con apretar un poco ésta se abrirá y dejará discurrir un líquido ambarino y pegajoso, alguna metáfora que contenga el secreto de esa tarde en que estuve en el mundo y a la vez no estuve.

De la novela Palacio quemado (Alfaguara, 2006)

 

© Edmundo Paz Soldán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Edmundo Paz Soldán | Bolivia, 1967 | Nació en Cochabamba. Ha publicado las novelas: Río fugitivo (1998), Días de papel (Premio Erich Guttentag), Sueños digitales (2001), El delirio de Turing (2003, V Premio Nacional de Novela de Bolivia) y libros de cuentos como Las máscaras de la nada (1990) y Amores imperfectos (2000). Palacio quemado es su más reciente novela (Alfaguara, 2006).