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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

LO IMPORTANTE ES PERDER

 

Muy pronto, con seis o siete años, empecé a intuir que algo raro y sospechoso ocurría con el tiempo pasado. Me extrañaba que siempre los momentos recordados me parecieran mucho más felices que los instantes presentes. Durante un tiempo esta impresión (que lo vivido era siempre mejor que lo que estaba viviendo) me llevó incluso a pensar que la vida iría siempre a peor, cuesta abajo, lo cual me provocaba considerables angustias. Poco a poco, sin embargo, me fui dando cuenta de que la felicidad de los momentos recordados no era necesariamente proporcional a la cantidad de tiempo transcurrido desde que los había vivido; una tarde pasada en el cine dos semanas atrás, por ejemplo, podía parecerme más extraordinaria que la mañana en que, tres años antes, había ido a pescar con mi tío, lo cual parecía incompatible con la idea de una progresiva e incesante decadencia.

De este modo empecé a admitir la posibilidad de que la felicidad que desprendían los momentos pretéritos no hubiera existido jamás en la realidad. Es decir, la mayor estima que yo sentía hacia las vivencias pasadas tal vez no se derivaba de que, objetivamente, aquéllas hubieran sido mejores que las que podía estar viviendo en el momento en que las recordaba, sino de algo que se había añadido a ellas posteriormente, una vez abandonado el núcleo del presente. Como una mano oculta que redecora el escenario cuando la función ha terminado y los actores se han ido del teatro. ¿Era esto posible? ¿Era posible que, una vez abandonado el presente, los momentos entraran en un proceso de embellecimiento y se me mostraran después engalanados por una luz y unos encantos de los que carecían cuando yo los había vivido?

Una tarde en que acompañé a mi madre al mercado, creí entrever la posibilidad de descubrir lo que realmente ocurría con el paso del tiempo. Mi madre tenía su mano entrelazada con la mía y caminábamos lentamente, deteniéndonos delante de los escaparates. No había nada de extraordinario en aquel momento, de hecho estaba enojado y algo triste porque mi madre se había negado a comprarme unas golosinas en el estanco. De pronto empecé a preguntarme si, con el tiempo, no habría de acabar también recordando con nostalgia aquel momento insignificante y más bien penoso. Al detenernos frente a una floristería observé atentamente las distintas flores, aspiré su perfume, me fijé en un letrero en el que, con letras verdes sobre un fondo naranja, se leía: “Floristería Freixas”, y después, cerrando los ojos, me concentré e intenté grabar aquel instante en la memoria. Cuando volví a abrir los ojos me dije: «Si dentro de un tiempo, cuando recuerde esta tarde gris, se me aparece como una experiencia dulce y feliz, sabré entonces que el paso de los años falsea la realidad y que no deberé fiarme nunca de los recuerdos.»

Por supuesto el experimento estaba condenado al fracaso. El paso del tiempo no admite interferencias ni tutelas en su misión de elegir y cristalizar las vivencias que posteriormente serán evocadas. No nos está permitido decidir qué momentos pasarán a formar parte de nuestro pasado y cuáles ocultarán su rastro, como si no hubieran existido. El mosaico de la historia memorable de cada uno queda siempre al margen de la voluntad personal. Es cierto que yo, al concentrar toda mi atención, había conseguido grabar aquel momento concreto (y por añadidura todo el paseo junto a mi madre) en mi memoria y que, por tanto, podría recordarlo siempre que me viniera en gana, sin embargo había obviado una circunstancia fundamental que anulaba todo el experimento: al instrumentalizar aquel momento, al convertirlo en el objeto de mi investigación, le impedía realizar el tránsito natural hacia el pasado, o lo que es lo mismo: lo mantenía de modo indefinido en el presente. El paseo con mi madre había pasado a formar parte de un experimento que se proyectaba hacia el futuro. Así que, algunos meses después, al evocar mi imagen frente a la Floristería Freixas, lo que vería no sería una fotografía del pasado, sino una escena que se estaba desarrollando todavía en el presente y que, por tanto, quedaba a salvo de toda nostalgia, inmune al proceso de embellecimiento que yo pretendía desenmascarar. Contrariado por los resultados de mi investigación, realicé nuevas pruebas, retuve otras vivencias y analicé después los efectos del tiempo sobre ellas, pero siempre con el mismo resultado: todas ellas parecían inmunes a la nostalgia. En cambio, continuamente me asaltaban nostalgias inesperadas, nostalgia de momentos a los que no había prestado atención mientras se desarrollaban, momentos que no había intentado retener y que creía olvidados pero que, de pronto, al oír una música o una palabra, al llegarme un aroma o descubrir un paisaje, revivían de nuevo espontáneamente, con una fuerza y un fulgor insospechados. Esos momentos, al no poder yo recordar cómo habían sido en el presente, no aportaban nada nuevo a mis investigaciones. Me sentía como el vigilante del castillo que espera impaciente junto a la trampa por él ideada mientras los enemigos se cuelan por el flanco opuesto de la fortaleza. Cada vez estaba más convencido de que el tiempo poseía una mano invisible encargada de maquillar las experiencias cuando éstas habían traspasado las fronteras del presente, sin embargo no conseguía demostrar la existencia de aquel proceso secreto.

Pero pasaron los años, y una mañana, cuando contaba yo catorce o quince y me había olvidado incluso de aquellos experimentos, al pasar junto al puesto de flores de un hospital, como si una multitud de fotógrafos, enfocándome, hubiera empezado a disparar sus cámaras y la luz de los flashes me cegara, se esfumó de golpe el vestíbulo del hospital por el que avanzaba y emergió frente a mí, en imágenes fragmentadas pero unidas por un mismo e intensísimo perfume, el recuerdo de aquella lejana tarde. La nostalgia se apoderó entonces de mí. Incluso creo que, por un momento, queriendo llenarme de aquella sensación inmensamente dulce y dolorosa, detuve mis pasos y cerré los ojos. Al fin aquella remota experiencia arrojaba los resultados que confirmaban mis sospechas, al fin aquella tarde anodina aparecía ante mí como algo delicioso e irrepetible. Atajé bruscamente la nostalgia que había empezado a crecer en mi interior y, cuando todos los sentidos hubieron regresado al presente, sonreí satisfecho y orgulloso.

En contra de lo que suele pensarse, nunca como en la infancia se ve uno tan sometido al peso de la nostalgia. Los cambios se producen en la niñez con tal celeridad que ni siquiera tiene uno tiempo de conformar una idea completa de los sucesivos universos que va habitando. En cuanto el niño empieza a acostumbrarse a un estado de cosas, se produce una transformación que trastoca por completo el decorado. Y de este modo, precipitadamente, sin despedidas ni lutos, acuciado por la voracidad de los acontecimientos, va abandonando los escenarios que le habían acogido, mundos que quedarán incompletos, que perderá antes de que los pueda aprehender del todo, mundos compuestos por multitud de imágenes, de olores, de sonidos, de impresiones, mundos que, una vez perdidos, desde un lugar remoto, empezarán a emitir señales que atravesarán el tiempo y llegarán hasta el presente, con toda la magia y la belleza de una melodía conocida, para reclamarle que vuelva de nuevo a su lado. Yo había querido taparme los oídos, no escuchar aquel coro de sirenas. El torbellino de transformaciones, del mismo modo que generaba paraísos huérfanos y perdidos, habilitaba, en la dirección opuesta, un espacio luminoso que, igualmente, pugnaba por conquistarme. Las expectativas de futuro, de un futuro virgen, apenas explorado, casi infinito, me arrastraban hacia delante y me impelían a romper con las cadenas del pasado. Y ahora tenía al fin la prueba que necesitaba, el argumento que me permitía resolver a favor del futuro la contradicción que se había generado en mi interior entre el dolor por la pérdida y mis deseos de crecer: la nostalgia, que tantas veces me había llenado de melancolía, no era sino una ruin abdicación ante los engaños del tiempo; el recuerdo no era sino una distorsión de la experiencia real que le había servido de molde. ¿Por qué sentir nostalgia de algo que jamás existió tal y como lo recordamos? ¿Por qué querer regresar a un tiempo del que sólo poseemos una imagen falsa, irreal? ¿Por qué seguir anclado a un pasado que en verdad no nos pertenece?

Pero los años pasan, uno crece, se convierte en adulto, y a medida que va engrosándose el volumen de lo vivido, en la misma proporción se reduce el espacio que habíamos otorgado al porvenir. El juego de luces que crean los distintos planos del tiempo se modifica, como una sala alumbrada por distintos focos que fueran graduando la intensidad de su luz a fin de ofrecer al habitante distintas perspectivas de la estancia, y la concepción que teníamos del tiempo deja entonces de servirnos, debemos encontrar otra que se adapte a las circunstancias, que responda mejor a las nuevas necesidades. Si de niño había ideado un experimento que permitiera protegerme del pasado, ahora, con treinta y tres años y una irreprimible sed de nostalgia, ese mismo experimento me servía, curiosamente, para llegar a conclusiones muy distintas y justificar mi viaje hacia los años perdidos.

Para experimentar el presente, el hombre cuenta con un número limitado de sensaciones nacidas todas ellas bajo el signo de la urgencia. El espectador de una película o de un documental tiene al alcance de sus sentidos un universo mucho más vasto y complejo que el protagonista, pues éste, involucrado de un modo excesivo, casi pornográfico, en la acción, no puede atender lo que le rodea, no puede verse a sí mismo avanzando a través de la historia. Lo mismo ocurre con nuestras vivencias. Así como cuando se atraviesa un puente delgado e inestable, nuestro ojo, despreciando el paisaje, busca el lugar exacto en el que habremos de poner el pie para no caer al precipicio, del mismo modo, cuando avanzamos por el presente, nuestra percepción queda limitada al nexo sensorial que enlaza el instante en el que nos encontramos con el inmediatamente siguiente. Por eso, aquella tarde, mientras paseaba con mi madre, mis sentidos sólo podían percibir lo más cercano, lo que guardaba una implicación más directa y visceral con lo que estaba viviendo: el cansancio de mis piernas, el sonido de una bocina que me hacía girar la cabeza hacia la calle, una brisa que se levantaba de pronto y que erizaba el vello de mis brazos, un grupo de niños que corrían tras una pelota y que nos obligaban a modificar el paso, la desilusión y el enfado por no haber querido mi madre comprarme unas golosinas… Sin embargo, las cualidades del contexto en el que se enmarcaba la vivencia no quedaban incorporadas al momento presente, pues esas cualidades, para poder ser aprehendidas por mis sentidos, hubieran necesitado renovarse a cada instante a fin de provocar en mí un estímulo lo suficientemente intenso como para competir con la atención que me reclamaba lo que me iba saliendo al paso. Pasear con mi madre era una actividad placentera y agradable, pero también habitual, en aquella época casi rutinaria, por lo que el placer del paseo, al no ser novedoso, quedaba subordinado a las contingencias del presente: bastaba un ligero malestar físico o un sobresalto en la rutina de las calles para que se echara a perder. Del mismo modo, el conjunto de circunstancias que conformaban mi vida en aquel entonces, y sin las cuales aquella tarde se habría convertido en algo totalmente distinto, a la hora de enfrentarme al presente no conseguían imponerse a mis sentidos; la relación que entonces me unía a mi madre, la ausencia de angustia respecto al futuro, la atracción que había empezado a sentir por una compañera de colegio, una música que tarareaba constantemente, los privilegios y cuidados propios de la niñez…, todo eso, pese a estar flotando en el aire de la tarde, pasaba desapercibido para mí. La experiencia quedaba, pues, limitada a un conglomerado de sensaciones más bien vulgares y anodinas, basándome en las cuales había llegado a la conclusión de que aquella vivencia jamás merecería ser añorada.

Estaba equivocado. Las mentes simples tienden a otorgar al presente el monopolio de lo real, pero es al contemplarla desde la distancia cuando la realidad nos ofrece todos sus flancos, es desde el pasado desde donde la realidad abre todas sus puertas a nuestros sentidos, y sólo entonces podemos descubrir la importancia que una determinada vivencia tuvo para nosotros. Porque sólo podemos captar todo el universo de sensaciones que permitía una determinada situación cuando el protagonista de esa situación se convierte, con el paso del tiempo, en alguien distinto del yo presente que recuerda. Es necesario salir de nuestra propia vida para poder apreciarla, para descubrir el sustrato sobre el que está asentada, para recuperar en toda su intensidad las sensaciones que en el presente, frustradas por la ausencia, no supimos experimentar.

Sí, al atravesar el vestíbulo del hospital, al pasar junto al puesto de flores, me sorprendió de pronto una intensísima nostalgia. Y es que al fin aquella tarde que yo había querido retener en la memoria había entrado definitivamente en el pasado. Abandonaba yo la infancia y me adentraba en la adolescencia. El mundo se había transformado a mi alrededor y otras leyes regían mi vida. Los paseos con mi madre, a causa de sus obligaciones laborales, se habían esfumado de mis días, y aunque aún entonces, como excepción, pudiera surgir la posibilidad de salir a pasear con ella, ese paseo sería ya algo totalmente distinto, porque también yo había cambiado, también yo me había convertido en alguien distinto, en alguien que, por ejemplo, creía ser demasiado mayor para ir cogido de la mano de su madre o quejarse por unas golosinas. Y justamente por haberme convertido en alguien distinto, precisamente por haber dejado de ser un niño y haber perdido ya para el presente la posibilidad de repetir aquel paseo, su recuerdo me devolvía una infinidad de sensaciones pertenecientes a aquella época. El que paseaba en mi recuerdo no sufría ya las limitaciones del presente, tenía a su alcance la fascinante posibilidad de sentirlo todo al mismo tiempo, todo el universo de impresiones que en aquel tiempo alimentaban mi vida. Y ese ser, que ya no era yo pero al que me unía todavía una ambigua relación de identidad, me permitía compartir con él (aunque yo me resistía al ofrecimiento, convencido de que se trataba de un engaño), durante unos instantes, esa embriagadora e intensísima mezcla de sensaciones que eran, a un mismo tiempo, esencia y metáfora de una época perdida.

Pensaba ahora en todo esto mientras avanzaba por una sinuosa carretera en dirección a Sant Honorat. Estaba dispuesto a recuperar el pasado, quería reencontrarme con el niño que había habitado aquel lugar años atrás, y tenía la impresión de que, si lo conseguía, si lograba hacer renacer en mí algo de la felicidad que aquel lugar me había proporcionado en la niñez, podría enfrentarme al futuro con fuerzas renovadas. La persona que hasta hacía pocos días yo creía ser había empezado a dejar de existir, y la idea de enfrentarme al futuro sin la coraza que hasta entonces me había brindado mi personaje me provocaba un vértigo aterrador. Pero ahí estaba el pasado para recordarme que no todo estaba perdido, que no todo había sido engullido por la avasalladora fuerza del vacío, que quedaba todavía algo en mí, algo incorruptible y vigoroso, algo lleno de vida que, si bien había permanecido dormido durante todos aquellos años, despertaría ahora para acogerme en sus brazos y librarme de la caída.

La mañana era azul y calurosa. Circulaba por el medio de la estrecha carretera con un brazo fuera de la ventanilla, levantándolo a veces para comprobar la resistencia del viento u obedeciendo a los compases de la música que había sintonizado en la radio. Los tupidísimos bosques de encinas y robles que escoltaban la calzada pronto dejaron paso a extensos prados en cuyo verde despuntaban inesperadas amapolas o margaritas. Reconocí alguna masía, y también, en lo alto de una pequeña colina, los restos de un castillo medieval al que no pocas veces habíamos acudido para merendar entre sus ruinas. La armonía que flotaba en el ambiente desde buena mañana parecía hacerse más perfecta e intensa a medida que me acercaba a mi destino, pero también más frágil y delicada. Mis movimientos, al encender un cigarrillo, al cambiar de marcha, al girar el volante, eran lentos y cuidadosos. El sol brillaba cada vez más alto.

Tras un revuelo pronunciado divisé a lo lejos, al final de una recta de aproximadamente dos kilómetros, unos bloques de edificios de tres o cuatro plantas. Tras ellos se adivinaban las sombras de otras construcciones de menor altura.

Fragmento del libro Lo importante es perder (Anagrama, 2003)

© Manuel Pérez Subirana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Pérez Subirana | España, 1971 | Nació en Barcelona, ciudad en la que se licenció en Derecho. Es autor de las novelas Lo importante es perder (Anagrama, 2003) y Egipto (Anagrama, 2006), finalista del Premio Herralde de Novela 2005.