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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

máscaras para un olvido

 

Muchas veces me pregunté qué rostro tendría el olvido.

Aquel que sería mi olvido, mi propia tormenta sin retorno, mis únicos suspiros disfrazados de acertijo.

Mi olvido acaso tenga el rostro enigmático de aquel hombre que vi una sola vez, que no olvidaré jamás, pero cuyos rasgos sería incapaz de reconocer entre la gente. Aún si estuviéramos solos en el mundo, y alguien (uno de esos fuegos fatuos que atraviesan mis días) me dijera "es él". Tantas veces imaginé el momento caliginoso, el atisbo engañoso, que no creo poder tener otra reacción más que la de huir. (Y como dijo Breton, los que se rían de esto son unos cerdos). Deseable y viejo desconocido mío, mi olvido toma la forma de tu piel, que sabré reconocer únicamente a la luz de nuestra ausencia.

Desde que aquel hombre eclipse me olvidó sin ambages, busco desesperadamente el olvido y trato de explorar sus telas de silencio. ¿En qué torrente se disolvió el relámpago? Y entre todos los caminos que crearon el segundo del olvido, ¿cuál fue el que debí tomar para impedir que menguara nuestra estrella?

Hay algo que me acosa: ¿y si el olvido tuviera el rostro siempre nuevo de aquel que me distrae de los demás olvidados? Un hombre que nunca es el mismo, ese hombre de múltiples facetas que me mece entre sus arenas movedizas, y por cuyas manos pensé poder ausentarme del juicio en el que estaré frente a un jurado invisible, -el de mis olvidados-, y en el que juzgaré a un imperdible, el que me olvidó.

Si, como Orfeo, voy tejiendo melodías hasta el infierno de la memoria, ¿qué demonios podré encontrar?

Tal vez descubra una noche sin sombras, un eterno baile de máscaras dado en mi honor en una galería de espejos de humo, al que nunca me llamaron. Cada invitado tendrá una máscara de vidas que acaso fueron mías - y al quitársela quizás descubra que detrás de ella no hay nada más que un abismo de cenizas.

 

el hombre eclipse

 

Durante años he sido prisionera de un hombre de bronce y de coral, un enigmático eclipse de incienso y de rocío - un hombre de sombras y suspiros, cuyo cuerpo mengua en función de mis tormentas.

He sido, falena febril, la prisionera ferviente de un coloso de olas que tejí con harapos de un recuerdo, espuma de volcanes y gritos de sonámbula.

Durante años he regresado a la misma orilla imaginaria, fiel al retrato sin imagen de un hombre que me besa en torbellino sin haberme mostrado su rostro de vendaval.

Y cada noche, sospecho su olor ondeante de minotauro escondido en la alborada, mientras me repito en tenebrosas lejanías:

Le inventaré unas mañanas junto a mí, improvisaré recuerdos de castillos que recorrimos al atardecer, bajo crisolampos misteriosos que nos unían en secreto.

Le inventaré caídas para creer que lo consuelo, le inventaré una fuerza de titán para que me tome entre sus brazos al venir la pesadilla.

Nos inventaré fugas, retornos, fiestas y días de pereza,

inventaré partidas y encrucijadas, para convencerme de que nuestro amor de ánfora negra era imposible.

 

De Espejismo de la falena

 

© Gabriela Trujillo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gabriela Trujillo | El Salvador, 1981 | Nació en San Salvador y vive en París desde los diecisiete años. Tiene estudios de Historia del Arte y Cine. Actualmente se especializa en el Cine Experimental Latinoamericano. Ha publicado diversos artículos sobre poesía y cine en revistas francesas e italianas. La mayor parte de su poesía permanece inédita.