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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

MAGIC RESORT

 

1. El naufragio

El momento en que vi por primera vez el mar quedó grabado en mi alma con la fuerza de una condena. Tenía seis años y estaba muy contento porque me habían llevado de vacaciones a la playa. Ni bien llegamos, mi padre abrió las ventanas del cuarto y me llamó para invitarme a mirar el paisaje a través de unos prismáticos que acababa de comprar en la tienda del hotel. Yo enfoqué hacia las olas y de pronto me estremecí de espanto: había un bolso similar al nuestro, un impermeable hecho jirones, algunos billetes, fragmentos de una balsa de madera y, un poco más atrás, el pálido brillo de un cadáver que emergía entre la espuma... Sentí que mi mente se lanzaba desde un acantilado y quedaba pendiendo de la línea del horizonte; mi corazón se aceleró vertiginosamente y durante unos segundos no pude percibir nada más que el trayecto de un pánico atroz recorriéndome el cuerpo.

Mamá me preguntó si me gustaba el lugar y no supe qué decir. Giré por un instante hacia ella y su rostro me pareció irreconocible, el de una extraña; todo a mi alrededor había adquirido un aspecto irreal y amenazante. Imaginé que mis padres habían sido sustituidos por otras dos personas, tal vez unos actores; y después se me ocurrió que acaso los tres nos encontráramos atrapados en una pesadilla ajena, como si fuéramos extras de un film que algún demente dirigía involuntariamente.

Comenzó a soplar un viento fuerte y en pocos minutos la plaza se llenó de remolinos de arena. Aquel paisaje de tarjeta postal se ensombreció por completo y luego fue desfigurado por una tormenta. Recuerdo que cerraron la ventana y yo seguía perplejo, mirando en dirección al mar. No me atreví a contarles lo que había visto entre las olas. Pero la imagen del cadáver flotando entre sus propios despojos me dejó una impresión imborrable, y el recuerdo de esa trágica escena volvió como un augurio muchos años después.

 

Estaba por cumplir diecinueve. Mis padres habían viajado al Caribe y me dejaron al cuidado de la casa. Sin ningún motivo preciso, a lo largo de aquellas semanas me fui sumergiendo en una honda tristeza y no hacía otra cosa que ver televisión. Recuerdo que se había roto un caño de agua del edificio y yo contemplaba, postrado en el sofá, las manchas de humedad que se expandían minuto a minuto por las paredes del living. Ningún contratiempo conseguía vencer la indiferencia de mi depresión; nada me importaba en absoluto, e incluso las tareas más necesarias y simples, como darme un baño, vestirme y comer, me resultaban tan inaccesibles como las proezas de una gesta heroica.

No sé cómo había caído en ese estado de apatía, que parecía obligarme a lograr que mis días transcurrieran en la zona de frontera entre una abulia feroz y la vida vegetativa. Me faltaba la energía necesaria para activarme y sobre todo la convicción de que algo valiera la pena. A cada rato recordaba aquella tarde en que había visto al muerto zarandeado por el agua, pensando que así de inestable también era mi existencia, abandonada a merced de los impulsos implacables del mar, un dios idiota y despiadado.

Ya no sólo no le encontraba sentido a mis actos; la historia de la humanidad entera se me aparecía como una apremiante y obstinada carrera en pos de un progreso falso e infructuoso. La situación se volvió insostenible y llegué a la conclusión de que debía matarme. Decidí hacerlo mediante una mezcla de benzodiacepinas, gas butano y vodka, escuchando mi disco favorito. Desde entonces, todas las mañanas controlaba las pastillas que había preparado; las contaba, una por una, y volvía a guardarlas en el frasco.

En la mañana del día de mi cumpleaños, antes de que llegaran mis padres para llevarme a almorzar, trabé la puerta con el pestillo, puse el CD en el equipo de música, abrí las hornallas y me tomé los ansiolíticos. No recuerdo nada más hasta el instante en que me desperté en la habitación del hospital. Había pasado nueve días en coma. Y debo decir que no alcancé a distinguir ningún túnel con una luz al final como cuentan algunos. Curiosamente, recuperé la conciencia de manera abrupta y repentina; abrí los ojos, me incorporé y me levanté de la cama sintiéndome muy bien, rebosante de energía y entusiasmo por volver a vivir.

Los médicos me habían desahuciado, de modo que mis padres no podían creerlo. Mamá estuvo al borde del desmayo cuando entró en la habitación y me encontró sentado, calzándome con cierta urgencia por huir de allí. Recuerdo la expresión emocionada de ambos tras verme descender con pasos ágiles la escalinata del hospital. Sin embargo, ya de vuelta en casa, la alegría que les había provocado mi inesperada resurrección pasó a segundo plano; sólo parecía importarles averiguar por qué había querido suicidarme.

Es evidente que no tuve la capacidad de darles una razón convincente, ya que apenas unas horas luego me informaron que me habían arreglado doce turnos de consulta con especialistas.

 

2. Bipolar

Varios meses de mi vida se perdieron en aquella áspera e inútil gira por consultorios y clínicas de toda calaña; fue una larga y lastimosa rutina en la que cada día se agregaban más exámenes psiquiátricos y físicos que no aclaraban nada. La divergencia de opiniones me estaba sumiendo lentamente en un embotamiento por demás agobiante, e incluso a mis padres acabó por generarles fastidio, desconcierto y angustia. Quizá por eso mamá se convenció de que había que darle la última palabra al Doctor Escalante, una supuesta eminencia en el campo de la psiquiatría. Toda la familia debía concurrir a la cuarta entrevistas. En esa sesión, Escalante me diagnosticó Trastorno Bipolar.

En un primer momento pensé que suponía que yo era bisexual; lo miré bastante mal y enseguida me aclaró que se trataba de una patología maníaco-depresiva. Me dio la impresión de que a mi padre lo tranquilizaba saber que mi aflicción tenía un nombre técnico y podía combatirse con diversos fármacos. Mi madre se inclinó sobre Escalante dándole las gracias, y confesando que ella había percibido muchos síntomas de inestabilidad y cierta ciclotimia en mi comportamiento, pero había creído que todo eso entraba entre las típicas conductas rebeldes de los adolescentes. Los dos me miraron de un modo que me hizo sentir sumamente extravagante. Escalante me entregó una receta y explicó que empezaría un tratamiento con litio, insinuando que debía acostumbrarme a tomar medicamentos, porque ya no podría continuar con mi vida sin ellos.

A partir de ese momento fue como si hubiera adquirido una nueva identidad, y yo mismo me esforcé por asumir que estaba chiflado. Por entonces comencé a oír unas voces que me desafiaban. Los pensamientos se me fueron de control. Los objetos y los muebles de mi cuarto se tornaron lejanos y cobraron una consistencia espectral. Las paredes me daban instrucciones humillantes al oído. Mi mente parecía revelar un deslumbrante ingenio para construir la escenografía de un holocausto con los mismos elementos de la llamada normalidad.

Recuerdo que casi no salía y que vivía jaqueado por la sensación de una desgracia inminente. Los rostros de algunas personas tomaban la forma de aves rapaces. A veces me encerraba en el baño y me acostaba desnudo en las baldosas heladas a esperar que el alma regresara a mi cuerpo. Imaginaba que la música y la muerte se fusionaban en mis manos. Y en un par de ocasiones corrí a despertar a mis padres para preguntarles dónde estaba un piano que nunca tuvimos. De a ratos, como en fugaces raptos de lucidez, me horrorizaba pensando que ya no tenía retorno, que nunca volvería a compartir con el resto del mundo una noción de lo real.

 

Escalante me veía cada jueves más desmejorado y daba bastonazos de ciego tratando de encontrar alguna combinación adecuada; al final me dio la orden de tragar cinco pastillas diarias: un hipnótico, un ansiolítico, un antidepresivo, un antipsicótico y un estabilizador. Así me fui transformando en una excelsa encarnación de “interacciones medicamentosas”, un monstruoso mix de efectos secundarios y reacciones adversas. No lograba pronunciar una oración coherente, no podía estarme quieto, me proponía dormir una siesta y despertaba exhausto dos días después, me costaba orinar, temblaba horrores, no tenía erecciones ni hambre y para colmo engordé quince quilos en un mes.

Los remedios me habían provocado problemas tan tremendos que un día me harté y decidí suspenderlos. Intenté comunicarles a mis padres que prefería estar loco, vivir como un bipolar o lo que fuere a tener que seguir soportando el tratamiento. Ellos me miraron fijamente, hicieron un silencio y, casi al unísono, comenzaron a hablarme de El remanso, una clínica especializaba en jóvenes, según Escalante, y que contaba con profesionales sumamente preparados para atender mi problema.

Mamá sugirió que en ese ámbito podría trabajar con la gente más idónea mis dificultades, y recalcó, confundiendo conceptos, que yo no estaría entre los chicos de internación permanente sino como paciente en tránsito. Papá buscó en internet el sitio web y me mostró unas fotos de las “Habitaciones”. Luego fue a las “Especialidades” y descubrió que había una abundante lista: Trastornos Alimentarios, Adicciones, Crisis de Pánico, Manía aguda, Depresión, Intento de suicidio, Trastorno obsesivo-compulsivo, Esquizofrenia. La sección “Institucional” hablaba de un ambiente tranquilo y relajado, con distintas terapias recreativas y actividades culturales, garantizadas por la eficiencia de un equipo interdisciplinario de larga trayectoria. Por último entró en “Atención al cliente” y sonrió al observar que El remanso brindaba beneficios exclusivos para socios vip de su tarjeta de crédito: servicio de lavandería, tres pijamas y un neceser sin cargo.

Me miraron como si fuera exactamente lo que yo andaba buscando. Parecían dos astutos promotores sugestionando a un ignorante para venderle el alquiler de un Tiempo Compartido trucho. También imaginé que sería como si me invitaran a pasar las vacaciones en Disney Resort y al llegar me encontrara con la puerta de Auschwitz y su famoso cartel “El trabajo os hará libres”. Pero les dije que aceptaba porque igual no podía ser peor que lo que ya me ocurría estando en casa.

De la novela en preparación Magic Resort

 

© Florencia Abbate

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Florencia Abbate | Argentina, 1976 | Es licenciada en letras por la Universidad de Buenos Aires y periodista cultural. Ha publicado: Puntos de fuga (1996), Los transparentes (2000, poemas), Shhh… (2002), la novela El grito (2004), entre otros libros. Es colaboradora de la revista ñ del diario El Clarín de Buenos Aires y directora de la editorial Tantalia. Su próxima novela, Magic Resort, será publicada en 2007 por Planeta-Emecé.