herreros y alquimistas (VII)
El mar existe. Y el cielo puro que cruje entre el cemento. Así la lluvia existe, y la débil danza de su aguja que va deshilachando cada sombra, que por eso dura. Y dios existe; pero igual que un gran artista de maravillosas dotes, nada tiene que ver él con su obra. Pero yo, que sólo me contemplo en el cuerpo que se apaga. Entre la multitud que asienta y que acongoja; que beso las criaturas que después no son, también existo. Yo, que he visto a las garzas nevando sobre los manglares, bebiendo la carroña del estero, iluminando las aguas detrás de nuestras casas, donde nuestro grupo humano estudia, palmo a palmo, esa moral y ese excremento que nos hace. Yo, que aún sueño poseer los mil discursos que habrán de derrotarme. Y me digo, por un día siquiera, sería bueno ver las cosas en su origen. Sería bueno que los caminos opuestos fracasaran una vez en calma. Por un día siquiera, sería bueno que el anverso y el reverso no estorbaran. Ver las cosas como hubieran sido. Porque sé que he terminado como todos, siendo el hombre que jamás deseé.
babricot o el canto del buen hombre
Como una llama triste en los pastizales, la tierra cruza la zanja de la noche,
barrida por los aguaceros.
Y el jaguar del viento, que se deja definir en la distancia,
labra un débil rastro en mi casa que se viste con arena.
(las aves, una vez más, han cerrado las ventanas
deteniendo la humedad por un invierno)
Pero qué inútil, me digo, si el cuerpo que se acuesta es el que olvida. Si el modo como un astro se deshoja en el rumor cruel de las ideas, roído por el miedo, vuelve a las hortensias a quemar su obra. Vuelve, a modo de esperanza, abanicando las legiones de plegarias muertas.
Pero cuánto hombre tiene como yo los miembros tristes.
Y cuánto corazón callado, en su Getsemaní, sueña la sangre.
En las praderas, mordidas en cadena por la luna,
ruedan las voces de esos rebaños de hojas que viajan boca abajo
hasta el final del sueño. De ese dolor compartido,
que viene a acostumbrarse en nuestro nombre.
lautrec en montmartre (imitación de la vida)
no habrá entre nosotros punto medio. No habrá intervalo, equilibrio o medición del sujeto por ninguna parte. Mira qué pálidos contornos trazan tus pezones en mi barba, con un sabor parecido al de la grosella, que sólo en ciertas mujeres (núbiles y coronadas por el miedo) existe para extirpar la hombría.
mira la copa digna de vencerme, y las peras de la luna que no conocerán los olmos.
la cordura que los otros piden. La calma y contrapeso, igual en la bebida, el ejercicio, la labor o el odio. (igual en el amor, que miente y miente, porque no adora su asfixia en los excesos)
ríete baronesa; y muévete conmigo al compás de la sangre hirviendo en las crestas de los gallos.
ríete, que sólo los extremos son reales. Que el bien o el mal, la castidad o la impudicia, serán siempre amuletos de la piel deshecha…
ríete y recuerda, baronesa, que todo lo que en cuerdas balancea, sólo puede ser hipocresía.
deudas que lamentan lo que somos, calladas como están.
© Ernesto Carrión |