cordialmente
Buceaba en el mar como bucean
en la vida abrumada tras la muerte
de un ser querido. Y al salir del agua,
mis zapatos busqué entre mis camisas,
entre la arena gris y las resacas.
Cordialmente no estaban. Cordialmente
opté por adueñarme de otro par
absorto de zapatos cuya dueña
reaccionó cuando yo ya estaba huyendo
y más remedio no hubo que usurpar
unas sandalias de algún viejo verde.
Hoy toda la ciudad viaja despacio,
sobre zapatos que les muerden huesos.
Yo solo dando tumbos me pregunto
sobre qué monte ansiado se perdieron
mis dos originarios zapatos disconformes.
umbral
Estoy en el umbral de tu demencia.
Tú estás acurrucada, quisieras ocupar
el espacio más mínimo. Pero esta habitación
no se parece a un útero de lana.
En ella no te escuchan ni tu madre
ni su abuela que cose, en blanco y negro,
enmarcada en la plata
de vuestro empeño en conservarlo todo,
su bufanda incompleta eternamente,
ya destruida y todavía a medias.
Da un paso al frente y trae con él
tus fantasías, todas, el espectro
de lo que estuvo a punto de ocurrir
y hoy todavía sigue sucediendo en tu carne
y te sigue truncando y corta el filo
de cada día con tijeras romas.
Y lo que queda es esta habitación,
completa y aireada, que contiene
la infinita prudencia enloquecida,
labios de timidez entre dos bocas,
ola de miedo que a la niña impide
reconocer las olas.
Cuando cierras los ojos, el mundo continúa
enhebrándose igual, no sólo entre lo negro,
no sólo en comprender que abuelas de otro siglo
se casaban de oscuro y olvidaban bufandas
desde su luto crónico a una muerte
que ya ha pasado y que ni a ti te importa,
igual que nadie ahora tú le afectas
salvo a mí, en el umbral de tu inocencia,
salvo a mí que me encuentro a cinco pasos
y traigo una noticia y soy el mundo.
Abre la vista y mira a la persona
que satura el umbral de tus carencias,
que está sin hacer nada, sólo viendo
cómo tú no haces nada. Mírale,
pregúntale por qué persiste aún.
Tal vez por nunca haberte acariciado
no te pudo aprender la nuca, no
pudo agarrarse de ella y empujarte
entre los oleajes porque vieras
a quien estaba al fondo, y eras tú,
tú misma, sola, ahogada para siempre.
Pero esto no es el mar sino tu cuarto,
y aunque estás sola puedes respirar,
incluso ver. Tú mira a quien te espera
de pie, en la entrada, con noticias, firme,
y agradece el absurdo de esperarte.
Pero abre ya los ojos. Aquí estoy,
salúdame. Por una vez no eres
tú misma la que está ininterrumpida
en el umbral de siempre de tu puerta,
con tres horas mirando a tu vacío,
esperando que nadie te responda.
paisanaje
Se frena el autobús y yo me agarro
al mundo por las barras que simulan
dos columnas hebreas; yo, cegado,
cegado y traicionado por dalila,
quiero salir cuanto antes del vehículo
y no es posible, porque cuando pulso
el botón, no se enciende el cartelito
y el conductor, con barba de tres días,
ni se inmuta ni opina ni me chilla.
Y así me quedo, doble ventanilla
adentro, mientras miro los paisajes
con gente viva. Y yo, contemplativo,
voy perdiendo de vista los objetos,
poniendo el alma toda en los objetos
que dentro de un momento pasarán
a habitar la región de la invidencia,
de lo que no debiera volver a ser mirado.
De Urbi et orbi
© David Leo García |