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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

cordialmente

 

Buceaba en el mar como bucean

en la vida abrumada tras la muerte

de un ser querido. Y al salir del agua,

mis zapatos busqué entre mis camisas,

entre la arena gris y las resacas.

Cordialmente no estaban. Cordialmente

opté por adueñarme de otro par

absorto de zapatos cuya dueña

reaccionó cuando yo ya estaba huyendo

y más remedio no hubo que usurpar

unas sandalias de algún viejo verde.

Hoy toda la ciudad viaja despacio,

sobre zapatos que les muerden huesos.

Yo solo dando tumbos me pregunto

sobre qué monte ansiado se perdieron

mis dos originarios zapatos disconformes.

 

 

umbral

 

Estoy en el umbral de tu demencia.

Tú estás acurrucada, quisieras ocupar

el espacio más mínimo. Pero esta habitación

no se parece a un útero de lana.

En ella no te escuchan ni tu madre

ni su abuela que cose, en blanco y negro,

enmarcada en la plata

de vuestro empeño en conservarlo todo,

su bufanda incompleta eternamente,

ya destruida y todavía a medias.

 

Da un paso al frente y trae con él

tus fantasías, todas, el espectro

de lo que estuvo a punto de ocurrir

y hoy todavía sigue sucediendo en tu carne

y te sigue truncando y corta el filo

de cada día con tijeras romas.

Y lo que queda es esta habitación,

completa y aireada, que contiene

la infinita prudencia enloquecida,

labios de timidez entre dos bocas,

ola de miedo que a la niña impide

reconocer las olas.

 

Cuando cierras los ojos, el mundo continúa

enhebrándose igual, no sólo entre lo negro,

no sólo en comprender que abuelas de otro siglo

se casaban de oscuro y olvidaban bufandas

desde su luto crónico a una muerte

que ya ha pasado y que ni a ti te importa,

igual que nadie ahora tú le afectas

salvo a mí, en el umbral de tu inocencia,

salvo a mí que me encuentro a cinco pasos

y traigo una noticia y soy el mundo.

 

Abre la vista y mira a la persona

que satura el umbral de tus carencias,

que está sin hacer nada, sólo viendo

cómo tú no haces nada. Mírale,

pregúntale por qué persiste aún.

Tal vez por nunca haberte acariciado

no te pudo aprender la nuca, no

pudo agarrarse de ella y empujarte

entre los oleajes porque vieras

a quien estaba al fondo, y eras tú,

tú misma, sola, ahogada para siempre.

 

Pero esto no es el mar sino tu cuarto,

y aunque estás sola puedes respirar,

incluso ver. Tú mira a quien te espera

de pie, en la entrada, con noticias, firme,

y agradece el absurdo de esperarte.

Pero abre ya los ojos. Aquí estoy,

salúdame. Por una vez no eres

tú misma la que está ininterrumpida

en el umbral de siempre de tu puerta,

con tres horas mirando a tu vacío,

esperando que nadie te responda.

 

 

paisanaje

 

Se frena el autobús y yo me agarro

al mundo por las barras que simulan

dos columnas hebreas; yo, cegado,

cegado y traicionado por dalila,

quiero salir cuanto antes del vehículo

y no es posible, porque cuando pulso

el botón, no se enciende el cartelito

y el conductor, con barba de tres días,

ni se inmuta ni opina ni me chilla.

 

Y así me quedo, doble ventanilla

adentro, mientras miro los paisajes

con gente viva. Y yo, contemplativo,

voy perdiendo de vista los objetos,

poniendo el alma toda en los objetos

que dentro de un momento pasarán

a habitar la región de la invidencia,

de lo que no debiera volver a ser mirado.

 

De Urbi et orbi

 

© David Leo García

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

David Leo García | España, 1988 | Nació en Málaga, donde reside y escribe desde los 13 años. Ha obtenido premios como el Noctiluca de Poesía Amorosa (2005), el Málaga-Crea del Ayuntamiento de Málaga (2006), y el Premio Hiperión 2006, por el libro Urbi et orbi.