MICROZOOLOGIAS
La lagartija
Aún recuerdo a la lagartija que se me metió por
el botapié del pantalón y corrió a lo
largo de mi pierna. Se me estremeció el cuerpo y,
dándole una palmada que sonó como un sopapo,
la aplasté contra mi muslo. Sacudí el pantalón,
suponiéndola muerta o herida, mas lo único
que cayó al suelo fue un pedazo de su cola. El cuerpo
de la lagartija desapareció misteriosamente. No supe
dónde se metió, hasta que empezó a salirme
una mancha verdosa a la altura de la entrepierna, justo allí donde
la piel se levantó en forma de una pequeña
salamandra, el cuerpo alargado, la cabeza puntiaguda y las
patas extendidas a los costados. Aunque a primera vista parecía
un tatuaje chino, me causó una angustia del tamaño
de la muerte.
Con el transcurso del tiempo,
aquella parte del muslo adquirió una
tonalidad negruzca y la piel se me puso rechoncha. Lo peor
era que la lagartija, cuando daba un paso o corría,
parecía moverse debajo de mi piel como si estuviese
viva. No sentía dolor ni escozor, pero sí una
sensación sólo conocida por quienes tienen
un reptil metido en el cuerpo.
Guardé este secreto hasta el día en que decidí consultar
con un zoólogo, quien, sin salir de su asombro, me
aconsejó visitar a un médico cirujano, para
que me extrajera la lagartija y me injertara otra piel sobre
la herida. Así lo hice. El cirujano, muy extrañado
por el caso, me operó el muslo injertándome
otra piel, que resultó ser la de otro reptil más
escamoso y venenoso.
Desde entonces, en lugar de la lagartija, cargo una serpiente
enroscada entre las piernas.
El
escarabajo Yo era Gregorio Samsa, el atormentado protagonista de La
metamorfosis . Estaba tendido sobre mi duro y ovalado
caparazón. Emitía ruidos extraños
y mis seis patas, recortadas contra el techo, se movían
como hebras de lana.
Me volteé con gran esfuerzo sobre mi vientre, caminé hacia
el borde de la cama y descendí al piso. Mis patas
eran cortas, pero podía desplazarme con rapidez de
un extremo a otro. Avancé por debajo de la alfombra
y trepé por la pared, hasta alcanzar el techo tan
alto como el cielo. Allí permanecí quieto y
en silencio.
Mi padre abrió la puerta y entró en el cuarto;
tenía una cicatriz en la mejilla y unos bigotitos
que me recordaban a Hitler.
—¡Gregorio!, ¡Gregorio! —gritó con una
voz que me sacudió entero. Revolvió las frazadas
de la cama, se volvió y se fue.
Permanecí callado. Lo miré con infinito desprecio
y pensé: El hombre es el verdugo del hombre.
Mi madre asomó su cara por la puerta. Dejó errar
la mirada en derredor y desapareció.
Mi hermana no llegó, por cuanto supuse que no me
moriría de pena sino de hambre.
Los minutos se hicieron
largos y el espacio cada vez más
inconmensurable, mientras la oscura historia de mi infancia,
de la cual apenas guardo memoria, se confundía con
el murmullo de voces arrastrándose desde la habitación
contigua y con el zumbido de las moscas que revoloteaban
alrededor de la lámpara, muy cerquita de mis ojos.
Al final, cansado ya de mantenerme quieto, mirando los objetos
desde una perspectiva aérea, pensé: Si es fácil
quitarle la vida a un bicho, entonces es más fácil
todavía que él se la quite a sí mismo.
Me desprendí del techo y me dejé caer en el
vacío. Pero la caída fue tan lenta, tan suave,
que llegué a la cama como una pluma. Fue entonces
cuando desperté y me dije: Qué raro. Todo es
un sueño. No soy Samsa ni Kafka, sino apenas un escarabajo
que cuenta lo que por sí no pasa.
Los caballos
Los tres caballos, que me
acosaban en el sueño, saltaron
de las nubes y cayeron en la pradera, cerca de un lago en
cuyas aguas se reflejaba la luna. Los miré a lo lejos,
pero al verlos venir a mi encuentro, me eché a correr
atravesando montes, ríos y quebradas, hasta que de
pronto me escabullí en un huerto de árboles
frutales.
Caminé escuchando el retumbar de los cascos. Atravesé un
arco iris y aparecí ante una inmensa llanura. En el
horizonte se hundía el sol con su rosado resplandor,
mientras una bandada de pájaros se dispersaba en el
cielo.
Aunque estaba en otro tiempo
y lugar, seguía corriendo
como empujado por el viento. Di un traspié y caí en
redondo. Me levanté de un brinco y seguí corriendo
sin volver la mirada.
Los caballos avanzaban al
galope. Ninguno llevaba jinete, salvo un cuerno en la frente.
Parecían caballos domados,
pero no tenían amos. Lucían alas en las patas
y en el lomo; eran blancos, fuertes y briosos.
Aunque los tenía cerca, muy cerca, seguía
apretando el paso, mientras mis energías se me iban
por las piernas. No pensaba sino en ganar distancia. Mas
como mis piernas no respondían al ritmo impuesto por
mi instinto de sobrevivencia, me dejé caer rendido.
Los caballos me cruzaron.
Se detuvieron en seco. Se alzaron sobre sus patas traseras
y relincharon lanzando llamas como dragones alados. Los miré desde abajo, lleno de pasmo
y espanto. Ellos se acercaron al trote, haciendo crujir los
dientes y dando coces en el aire. Me bañaron con una
lluvia de babas, mientras me hablaban en un idioma desconocido,
con inflexiones de dialectos pretéritos.
—¿Qué quieren? —les
dije.
Los caballos
se levantaron sobre sus patas traseras,
aletearon
el colmo de la velocidad y se elevaron al cielo, las alas
desplegadas y las crines tendidas al viento.
Al despertar, escuché desplomarse la puerta en medio
de una polvareda que se disipó en el ámbito.
Mi madre entró en el cuarto, me lanzó una mirada
furtiva y dijo:
—¿Dónde están
los caballos?
Me restregué los ojos y limpié el
sudor de mi frente.
—¿Qué caballos? —pregunté.
—Los caballos que te perseguían en el sueño —contestó.
© Víctor Montoya |