| acerca de Los Noveles | staff | archivo | autores | convocatoria | enlaces | contacto |

 

Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

DIQUES PARA UN VIAJE

 

El mar de mi abuela fue un antídoto contra el dolor, allá, en los días de infancia.

En las secas tierras, a la orilla de un volcán que escupía cenizas, las grandes extensiones de agua sólo podían ser una magnífica ilusión. Cubierta por la luz de las fogatas yo le prometí que iríamos juntas al mar. Echábamos a la lumbre pedazos de madera y en seguida saltaban chispas que parecían estrellas salidas de nuestros cuerpos. Sé que esos ojos llameantes de la abuela no dejaron de esperar el viaje nunca.

A través de los años, en la marea de mi vida, el pueblo y mi abuela se fueron alejando. Hasta que ella casi murió.

Mi madre llamó:

- ¿Recuerdas que de niña le prometiste llevarla al mar?

Silencio. Se me anudó la voz, no supe responder pues pensé que después habría, del otro lado, algo como: “Ya no podrá ser”.

Mamá continuó:

- Está enferma, ya sabes, su viejo corazón. Ven a verla.

El regreso, los olores, el polvo de los caminos tierra adentro, muy adentro.

Me despertaba la infancia. Una niña de trenzas largas, ojos negros y llorosos. Una niña que lloraba por todo. Hija única. Como mi madre. Como la abuela. Mis lágrimas, heredadas, pertenecían por igual a las tres.

 

La casa apenas ha cambiado. Techos altos, las vigas, las tejas de donde saltan al vacío las arañas. El gran huerto con sus árboles frutales repletos. El olor a membrillos. Mi madre me recibe con su acostumbrada gravedad. Alta y derecha, la frente amplia. Sus ojos no aprueban el trocito de acero que incrusté en mi nariz, pero me besa y abraza con fuerza.

Me acuesto junto a la abuela con mucho tiento. Meto la cabeza entre su pelo, como antes. Y de nuevo, medio dormida, ella dice: el mar, el mar.

La abuela sonríe apacible, intenta erguirse:

- Dejen que me levante, quiero hacerles la comida, ¡cuánto hace que no estamos juntas!

En su aliento percibo que ha bebido, me doy vuelta en la cama y con una mano adivino la botella entre las sábanas, la saco y bebo. Es cuatecomate, una mezcla de alcohol de caña y frutas. Es fuerte, por un instante mi garganta arde. La abuela ríe, mi madre finge distraerse con algo del huerto. La abuela levanta un dedo y me limpia diligente las comisuras de los labios. Entonces nos miramos a gusto. Registramos los cambios, mis cejas depiladas, su ojo izquierdo más pequeño que el derecho; mi cabello teñido de rojo; su palidez, la afilada barbilla, el piercing en mi nariz, la tristeza que no nos escondemos. Mi madre se acerca. Me hago a un lado y se mete en medio. Nos toma de la mano y propone:

- ¿Por qué no nos dejamos de pendejadas y nos vamos al mar?

Sigue un intercambio de miradas y monosílabos. Toda la vida nos hemos entendido con poco. Echamos a la cajuela lo que nos parece necesario. Ellas se sientan atrás y yo arranco, con el mapa de los sueños clavado en la frente.

Tres mujeres que nunca han visto el mar, bajo el dominio de su enigma.

Esta es la primera vez que mi abuela deja el pueblo.

Mi abuelo le dijo un día, el mismo en que ella le anunció su embarazo:

- Ana, no me esperes, me voy a un barco, al mar.

El castillo de arena que el abuelo construyó se quedó ahí, con ella adentro.

En el camino, de nuevo las alas enhiestas del polvo.

Horas después el aire encierra otros secretos. Las miro por el retrovisor, las espío. Con movimientos nerviosos otean, tratan de adivinar de dónde viene ese olor a aire mojado, de dónde llega ese sonido que acaricia y hiere. Al fin, aún lejos, un aletazo azul. Un cielo en movimiento. El estremecimiento del corazón: es miedo, puro miedo. Mi abuela me ordena que pare con apenas un hilo de voz. Detengo el coche a la orilla de la carretera. Las miro por el retrovisor, forcejean, mi madre trata de arrancarle la botella de cuatecomate. Recuerdo con alivio la cocaína en la guantera, saco algo y la froto en mis encías mientras ellas susurran primero y después pelean francamente. En náhuatl. Lo hacen para que no me entere de lo que dicen. No aprendí el dialecto, mi madre jura que es porque no quise. Porque era una niña engreída. Y llorona. No entiendo un carajo. Me cruzo de brazos y las sigo en el espejo.

Mamá, hastiada, dice al fin:

- Que no quiere llegar allá, que se le va a parar el corazón.

-  A ver, abuela, ¿cómo que se te va a parar el corazón?

- Miren, no quiero saber nada del mar. ¡Estoy hasta la coronilla del mar!

Nos sumergimos en el silencio durante varios minutos. Hace muchísimo calor. Por hacer algo, me pongo los lentes oscuros. La abuela abandona el auto con cierta dificultad, se detiene unos pasos adelante, buscando algo en la distancia. Mi madre aprovecha para tomar la botella de cuatecomate, se baja también y la lanza lejos. El ruido del cristal roto no atrae a la abuela, inmersa en una línea de aguas remotas; de pronto levanta la mano y la agita, casi con alivio. Adiós, muchas veces. Y se suben al coche. Cierran de un portazo.

Arranco y doy la vuelta.

- Abuela, ¿cómo dices adiós en náhuatl? —pregunto mientras me pongo un cigarro en los labios.

Antes de que haya una respuesta mi madre me quita el cigarro de un manotazo.

© Socorro Venegas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Socorro Venegas | México, 1972 | Ha publicado los libros de cuentos Habitación, La risa de las azucenas, La muerte más blanca y Todas las islas. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y escritora residente en Writers Room de Nueva York. Premio Nacional de Cuento Benemérito de América 2002 por Todas las islas. Premio Nacional de Novela Carlos Fuentes 2004 por su novela Será negra y blanca.