LOS FUNERALES DE LA
ESPERANZA
Dicen que he perdido la
memoria. Dicen que siempre fui una mujer trastornada y melancólica
y que ahora, además, me estoy convirtiendo en una
vieja chiflada. Es posible que así sea, no lo sé,
pero no es cierto que haya perdido la memoria. También
dicen que los viejos sólo recordamos lo que ocurrió hace
muchos años, cuando éramos jóvenes o
niños, y olvidamos lo que ocurrió la semana
pasada o hace un mes. Eso creen y yo dejo que lo crean, pero
me acuerdo muy bien del día del mes de febrero de
este mismo año, no hace ni tres meses, cuando Marisol
y su marido vinieron a buscarnos a casa y nos trajeron a
este sanatorio. Nos dijeron que no era un sanatorio sino
una casa de reposo donde nos atenderían y nos cuidarían
porque estábamos enfermos. Él sí estaba
enfermo, muy enfermo, llevaba tantos meses en cama que tenía
el cuerpo lleno de llagas y había perdido la voz de
tanto gritar. ¡Dios mío qué gritos daba!
Si lo habré oído yo gritar toda la vida, pero
en estos últimos tiempos se desgañitaba tanto
que perdía la voz. Ahora ya casi ni se lo oye porque
está perdiendo fuerzas, eso al menos me parece cuando
me llevan a verlo los domingos a la enfermería de
los hombres, del otro lado del edificio. Todavía intenta
hablar pero cada vez menos, quizá porque ya va entrando
en la agonía, no sé. Creo que morirá,
esta vez sí morirá, está tan delgado
que apenas abulta bajo las sábanas, tiene la cara
como una calavera cubierta de pellejo y ya no le queda carne
en los brazos. Pero yo no, yo no estoy enferma. Que yo recuerde
nunca he tenido una gripe, ni me he sentido sin fuerzas,
y eso que sigo tan menuda y tan delgada como cuando me casé hace
ya 56 años, 56, claro que me acuerdo. Lo que ocurrió,
aunque no querían que lo supiéramos, es que
el administrador de la casa decidió prescindir de
la portería, y ellos, Marisol y su marido, no tenían
más remedio que buscarnos algún lugar donde
vivir. Por eso dijeron que estábamos enfermos los
dos y nos trajeron aquí. Y por eso cuando hablan delante
de mí, hablan como si fuera sorda, más aún,
como si hubiera perdido la memoria y también el entendimiento,
igual que las personas que están en este asilo. Pero
son ellos los que no tienen memoria porque dicen que no hablo
y en realidad yo nunca he hablado, nunca, desde que me casé.
Respondía cuando me preguntaban, eso sí, con
gestos e incluso a veces con palabras, pero ahora ni eso. ¿Para
qué? ¿De qué sirve hablar? Hacen lo
que quieren de todos modos. Cuando era pequeña y hablaba
más de la cuenta, o gritaba, mi padre me hacía
callar con una bofetada. Eran tiempos difíciles, ya
lo sé, bombardeos y hambre, miedo y más hambre,
siempre hambre. El día que lo despidieron de la fábrica
me dio tan fuerte que comenzó a salirme sangre a chorros
de la nariz. Mi madre estaba más asustada que yo pero
no le dijo nada y yo desde entonces comencé a callar
porque me entró el miedo. El mismo miedo que tuve
después, el día que apareció el legionario
que se había instalado en la pensión del primer
piso de la casa del Portal del Ángel donde mi madre
era la portera. Lo habíamos visto por primera vez
cuando los nacionales entraron en Barcelona, un día
de enero recuerdo que era, del 39, sí, un día
de mucho frío, y ya no se había movido de allí.
Entraba y salía vestido de uniforme sin que nadie
supiera lo que hacía ni a dónde iba. Mi padre
nos había prohibido ir a la calle hasta que las cosas
se calmaran, pero era por miedo, el que tenía miedo
entonces era él. Y mi madre también. No había
más que verlos. Mi madre lloraba junto a la puertecita
cristalera que daba a la entrada desde donde podía
verse la calle llena de gente, sobre todo de militares pero
no eran como los de antes, los que hacía apenas una
semana se habían ido. Mi padre tenía miedo
porque pertenecía al sindicato y todos sus compañeros
habían huido. Y él sin saber qué hacer
decidió quedarse en Barcelona donde, dijo, tal vez
no encuentre trabajo pero nadie nos va a quitar la portería.
-¿Y si te llevan preso?- preguntó mi
madre sin dejar de llorar.
-No pueden llevarnos a todos presos.
Pero a los pocos días fueron a buscarlo,
aunque no supimos que estaba preso hasta al cabo de dos meses cuando le comunicaron
a mi madre que lo habían condenado a veinte años de trabajos forzados
en el penal de Ocaña por actividades subversivas contra la patria, creo
que dijeron, de esto la verdad no me acuerdo demasiado.
Yo era muy joven entonces, tenía solamente
dieciséis años, diecisiete cumplí en agosto de aquel año,
y cuando vino el legionario, bueno no era legionario, pero así lo llamaban
en el barrio porque tenía los andares de un legionario, decían,
y caminaba como si la calle fuera tierra conquistada, pues cuando vino, mi madre
me dijo que me fuera a la cocina que ella quería hablar a solas con ese
señor en el comedor. Desde que mi padre se había ido mi madre siempre
tenía en la mano un pañuelo hecho una bola con el que se estrujaba
los ojos, pero ese día no lloraba sino que se le había puesto la
cara triste y asustada como yo no la había visto nunca.
-Ve hija, ya te llamaremos.
La cocina era un cuchitril con una ventana
al patio oscuro, un fogón y una pila para fregar los platos, una alacena
vacía y una pequeña mesa de madera desgastada que mi madre fregaba
con estropajo y arena. No podía sentarme porque no había silla,
ni irme a mi cuarto porque tenía que pasar por el comedor.
Al cabo de una hora o quizá más,
mi madre abrió la puerta y frotándose los ojos con la bola blanca
del pañuelo que tenía en la mano, dijo: -Ven Julita- nunca antes
me había llamado Julita-. Ven Julita. Este señor tan amable nos
invita a dar un paseo el domingo por la tarde.
-Adiós señora- alzó la
voz tras ella el legionario. -Lo dicho, las recogeré a las cuatro de la
tarde-. Dio un golpe en el suelo con el tacón y se fue sin esperar a que
le abriéramos la puerta. Tras el portazo mi madre se sentó en la
silla del comedor y comenzó a llorar.
-Se llama Claudino López del Moral y
es teniente o algo así- dijo entre hipos y sollozos.
Yo no entendí por qué lloraba
hasta que por la noche en su cama, donde yo dormía con ella desde que
se habían llevado preso a mi padre, me enteré de que el legionario
había dicho a mi madre que a toda costa quería casarse conmigo,
aunque nunca supe de qué otras cosas habían hablado durante aquella
hora tan larga, y mi madre sin dejarme preguntar ni darme más explicaciones
añadió, sorbiéndose los mocos y las lágrimas, que
el legionario, que no era un legionario sino un teniente, le había prometido
a cambio, bien, no a cambio pero dijo que siempre sería una seguridad
para nosotras, a cambio pues, que haría todo lo posible para que se redujera
la condena de mi padre. Además, prosiguió mi madre, con él
no habría de faltarnos nada porque tenía un amigo en Abastos y
nos conseguiría las cartillas de racionamiento que nos habían negado
hasta la fecha. No lo dijo pero yo leí en su mirada suplicante que se
habrían acabado para nosotras el hambre y la miseria.
Me casé con el legionario el 29 de junio,
el día de San Pedro, de aquel mismo año. Se empeñó en
que fuera ese día porque era el santo patrón de su padre que había
muerto en la Cruzada y por lo tanto no podría asistir. Su madre vino del
pueblo, en la provincia de Burgos, y se puso peineta y mantilla para la ceremonia
que se celebró en Santa Ana, la parroquia que nos habían adjudicado. Éramos
muy pocos porque mi madre no quiso decírselo a nadie, ni siquiera a la
familia y a los vecinos, aunque ya lo sabían. Yo llevaba un traje de seda
de color rosa de mi madre que ella misma me había arreglado porque yo
estaba muy delgadita, y una mantilla blanca que también había sido
suya porque así lo quería el legionario.
-Deja de llamarlo el legionario- decía
mi madre cuando estábamos solas. Vas a casarte con él, es un hombre
bueno que nos trae pan blanco y azúcar y garbanzos y hasta de vez en cuando
un pedazo de carme.
Pero para mí fue siempre el legionario
aunque nunca me habría atrevido a llamarlo así. De hecho, si lo
pienso bien, no creo que lo haya llamado nunca de ninguna manera desde que lo
conozco.
El día de la boda apenas nos habíamos
visto más que los dos o tres domingos en que vino a buscarnos para dar
un paseo por las Ramblas, otro día que nos invitó a las golondrinas
del puerto con un pase que le había dado un amigo, y cuando por las tardes
venía a tomar el café que mi madre preparaba con aquella especie
de malta que él nos había traído. Pero nunca me hablaba
a mí, sólo a mi madre, como si yo no estuviera. A mí me
inspiraba respeto el legionario, porque era un señor de treinta años,
y un poco de miedo también cuando se quitaba las gafas de sol, entornaba
los párpados, me miraba y hacía una mueca, como una media sonrisa
que le quedaba fija en la cara. Luego se ponía a hablar sin quitarme los
ojos de encima y a repasarme de arriba abajo lo que me ponía nerviosa
a mí y también a mi madre que siempre buscaba algo que hacer para
olvidarse de él y de su mirada. Tenía una voz un poco chillona,
era alto y rollizo, y con el tiempo engordó de forma desmesurada. Lo que
son las cosas, Dios santo, para acabar como ahora convertido en un pellejo. Pero
entonces estaba tan orondo que los botones de la guerrera siempre parecía
que iban a estallarle, llevaba un bigotito largo y fino como una línea
negra sobre el labio superior y casi siempre calzaba botas negras.
Mi madre nos cedió su habitación
y ella se trasladó a la más pequeña que había sido
la mía porque él le había comunicado que se quedaría
a vivir con nosotras. El día antes de la boda trasladó sus ropas
desde el primer piso de la pensión hasta nuestro semisótano y mi
madre sacó del armario ropero el traje de mi padre y otras ropas suyas
que puso llorando en un baúl debajo de su cama como si ya se hubiera muerto.
En la boda éramos sólo siete.
Mi madre había preparado un arroz con lentejas y sardinas que comimos
en casa y él trajo cuatro botellas de vino que se bebió con otros
tres tenientes que había invitado porque nosotras, las tres mujeres, teníamos
refresco de limonada. Habíamos comenzado a comer muy tarde y la comida
se prolongó hasta las seis casi. Es la sobremesa, decía él,
un día es un día.
Aunque desde el comedor mi madre podía
vigilar quien entraba y salía de la casa, se retiró a la garita
de la portería cuando la madre de él dijo que volvía a la
pensión, y yo me quedé sola con los cuatro tenientes sin saber
qué hacer. Acabaron el vino pero sacaron de no sé donde dos botellas
de coñac Veterano y una baraja y se pusieron a jugar a las cartas. Yo
quería irme a la habitación pero él me cogió por
la manga y ya no me dejó escapar. Me manoseaba y se reía y me pellizcaba
las nalgas pero yo no podía hacer otra cosa que estar allí, quieta,
porque me tenía sujeta. Cuando a las nueve mi madre cerró el portal
y entró en el comedor ya se habían quitado todos las guerreras
y se habían quedado en mangas de camisa, reían y gritaban y cantaban
y el ambiente en el comedor era irrespirable por el calor de julio y el humo,
aunque ellos no parecían darse cuenta. Mi madre saludó y asustada
se metió en el cuartito, y cuando los tenientes decidieron irse porque
no quedaba ni vino ni coñac se levantaron los cuatro tambaleándose,
se despidieron dándose golpes en la espalda y con grandes risas los otros
tres se fueron. Él, el legionario, que los había acompañado
hasta el portal, volvió con una colilla de puro en la boca mirándole
de aquella forma que me llenaba de terror y que tanto inquietaba a mi madre,
y yo comprendí enseguida que había llegado mi hora.
Sólo unos años más tarde
supe que muchos hombres han aprendido a acostarse con mujeres en los burdeles
y que lo que más les gusta es insultarlas y maltratarlas porque, según
me dijo mi amiga Laura, la única persona a la que me he atrevido a contar
estas cosas en toda mi vida, esto es lo que más les excita. Pero yo no
lo sabía entonces. A decir verdad no sabía nada. De haber sabido
lo que me esperaba aquella noche -y todas, todas las noches que siguieron a esa
primera, todas las que transcurrieron en los cuarenta años siguientes
y aún más, con excepción de dos o tres semanas cuando nació mi
hija Marisol, todas digo y no me falla la memoria, porque cada una la tengo grabada
en el alma, en el corazón, en mi carne y en mi mente y puedo rememorar
sin esfuerzo alguno las palabrotas, las procacidades y las risotadas, los golpes
de aquella primera vez cuando traté de huir, los gritos y hasta los azotes
con que al cabo de los años esperaba recuperar la potencia y la hombría
de que había hecho gala durante toda su vida ante cualquiera, ante mí sobre
todo, riéndose de mi alma de mosca muerta, de mi incapacidad de sacarle
placer a la vida, del aspecto de monja estéril con alma de pelandusca
que no había sido capaz de quedarme embarazada hasta diez años
después, oh Dios mío- de haber podido tener una visión de
lo que me esperaba aquella noche, digo, tal vez habría tenido ante la
imaginación el coraje que no tuve ante la presencia militar de aquella
bestia con la que me había casado. Ahora que soy vieja ya lo puedo decir,
era una bestia y nunca ha dejado de serlo, aunque entonces no me habría
atrevido ni a pensarlo porque siempre había oído decir a mi madre
que habíamos venido al mundo a sufrir y estaba convencida de que así eran
todos los hombres con todas las mujeres. Y cuando comprendí que estaba
equivocada y que a mí me había tocado la peor parte, ya era demasiado
tarde.
Pero aún así, aquella primera
noche, cuando asomaba el amanecer por el triste ventanuco que daba al patio,
brotó por primera vez de mi alma, dando vida a su rostro tal como lo había
visto unos minutos antes, babeante, con los ojos en banco y convulsionado por
espasmos y lamentos agónicos, brotó digo un anhelo profundo, un
deseo insondable que ya no había de abandonarme jamás, de que lo
mataran esos mismos estertores que lo habían tumbado al otro lado de la
cama liberándome de su cuerpo sudoroso. Un ansia feroz de que, para que
el mundo siguiera siendo mundo, su muerte fuera tan necesaria que de haberme
atrevido yo a matarlo, ni un atisbo de compasión, ningún escrúpulo
hubiera hecho temblar mi mano. Este pensamiento me alivió un poco y por
un instante recobré el sosiego y se tranquilizaron mi alma dolorida y
mi cuerpo descoyuntado y maltrecho. Pero volvió la desolación y
con ella la convicción de que tendría que ser la vida la que decidiera
el día y la hora, o Dios o el azar quienes lo apartaran de mí,
porque por intenso que fuera el anhelo de verlo desaparecer no bastaba para liberarme
del miedo que me envolvía como una telaraña y que a partir de ahora
y para siempre habría de paralizar mi palabra y mi voluntad.
Al día siguiente mi madre que debía
de haber oído las voces y los rugidos, apenas se atrevió a mirarme
para no verme la cara magullada. El legionario salió por la mañana
muy temprano, dijo que no vendría a comer y que para el día siguiente
le tuviéramos planchada y limpia la camisa que se había puesto
para la boda. Y no volvió hasta la hora de la cena. Habló poco
porque estaba pendiente de la radio y después de fumarse el último
cigarrillo, me agarró del brazo con la misma furia que la noche anterior
y sin decirme una palabra me llevó de nuevo a la habitación. Y
así fue durante todos los días de aquel año y de todos los
años que siguieron.
Sí, habíamos conseguido cartillas
de racionamiento y teníamos a menudo pan blanco y hasta chocolate. Pero
mi padre seguía en el penal y ni mi madre ni por supuesto yo, teníamos
dinero para ir a verlo. El viaje era largo y caro, se necesitaba un salvoconducto
y él nos había dicho que de momento no solicitáramos ningún
documento oficial no fuera que estropeáramos todo lo que él hacía
por nosotras. Ya llevábamos dos años de casados y todavía
no nos había dado ni un céntimo. Dinero, lo que se dice dinero,
ni nos daba ni nos dio hasta que nació la niña y ni madre ni yo
nos atrevíamos a pedírselo. Recibíamos todas las semanas
grandes lotes de comida, pan y leche que nos traía un soldado y más
adelante, cuando fue cediendo la escasez, cestas, cupones, entradas para el cine
y hasta ropa de cama. Seguíamos viviendo en la portería y él
seguía yéndose temprano y volviendo a la hora de cenar. Los domingos
salíamos los tres a pasear por la mañana, él de uniforme
y con las botas recién lustradas, yo cogida de su brazo y mi madre caminando
junto a nosotros a su aire. Comíamos después en casa y por la tarde él
desaparecía para volver a altas horas de la noche, casi siempre borracho.
Pero ni siquiera las veces que tuvimos que arrastrarlo a la cama y dejarlo en
ella como un saco, me libré de su incontinencia, enconada por el malestar
en el estómago y por lo eructos, y multiplicada por el alcohol que no
se había desprendido aún de su mente cuando su propia tos o sus
pesadillas lo despertaban de madrugada.
Un día, estábamos tan apuradas
de dinero que mi madre se decidió a preguntarle dónde trabajaba,
cuánto ganaba. Se acercó a él mientras desayunaba y repitió las
palabras que había estado ensayando la tarde anterior. Él levantó la
cabeza y la miró sorprendido y ofendido, y replicó con altanería
dando voces:
-Que ¿cuánto gano?, que ¿dónde
trabajo? Y a usted ¿qué le importa?- la miró de arriba abajo
y continuó con sorna: - ¿Me meto yo acaso con sus bragas?- y se
fue dando un portazo. Mi madre se sentó en la silla que había dejado
vacía y se puso a llorar.
Lo trajeron aquella misma tarde herido, en
una riña con otro teniente, dijeron los soldados que lo dejaron en casa,
pero él se negó a ir al hospital militar, así que lo tuvimos
entre la vida y la muerte durante tres semanas. Encendí una vela y la
puse sobre la cómoda de nuestra habitación, debajo de un cuadro
tan oscuro que no se veía qué santo era, pero a mí me daba
igual, yo se la ponía a Dios o a quien pudiera oírme porque,
aunque nunca he sido muy religiosa, deseaba con tal fuerza que muriera que necesitaba
creer que en algún lugar del universo un ser superior a nosotros, alguien
sabio, bueno y poderoso, vendría a hacerme justicia y a ayudarme si se
lo pedía. Durante horas estuve sentada en el cuarto escrutando sus quejidos
y su respiración, ávida de ser testigo del desenlace que, según
decía el médico, no se haría esperar. Entonces, en aquellas
largas horas de tedio y aburrimiento oyendo cómo se quejaba y daba vueltas
sobre sí mismo resbalando en su propio sudor, resoplando, rugiendo y con
la mente dando tumbos entre la razón y la inconsciencia, comencé a
considerar qué potente rayo de luz sería su muerte para mi vida.
Y lo imaginé cadáver, arreglado y vestido como había visto
a mi abuelo, la cara blanca y fría, reordenado el aspecto que tenía
en este momento, con las manos juntas sobre el pecho, con el uniforme y el bigote
recién recortado, habría que llamar al barbero de la esquina para
que lo afeitara también, veía el ataúd demasiado pequeño
para él, tan gordo y tan grande que apenas cabía en él,
oía el ruido de la tapa al cerrarse y contemplaba las maniobras de los
empleados de pompas fúnebres para sacarlo a la calle por la estrecha puerta
cristalera. ¿Vendrían aquellos tenientes del día de la boda
y lo cargarían a hombros? No, un coche de caballos lo llevaría
a la iglesia y después al cementerio. Yo lo seguiría vestida de
viuda junto a mi madre. Tendría que teñir el vestido rosa de la
boda con esos sobres de tinte que según decían dejaban el tejido
mejor que nuevo. No tenía zapatos negros pero tal vez mi madre me dejara
comprar los de suela de corcho que habían puesto en el escaparate de la
zapatería, y me pondría una peineta y una mantilla como la de mi
suegra. No, una peineta no quedaría bien, una mantilla, una mantilla negra
sobre el flequillo que, eso sí, me rizaría como los dibujos de
chicas modernas que había visto en los figurines. Era primavera y aunque
los días habían comenzado a ser claros y calurosos no podría
ir sólo con el vestido, tal vez mi madre me prestara su abrigo negro que
me echaría sobre los hombros, como una capa. Entraría en la iglesia
tras el féretro cubierto con un paño negro y en el altar nos esperarían
los curas con sus capas bordadas y una cruz en la mano. Una viuda tan joven,
diría la gente, tan niña, pobre criatura, y yo bajaría la
vista en señal de recogimiento, y al volver del cementerio iría
a casa y...
Pero una mañana despertó sin
fiebre y en dos días se puso bien. Y yo, que ya me había acostumbrado
a las ensoñaciones, mientras él dormía a mi lado, inquieto,
porque siempre durmió inquieto, acosado por los silbidos de su respiración
y de sus continuas toses, resoplando y tirando de la sábana hasta dejarme
con el borde sobre el hombro y la espalda al aire, me envolvía en mí misma
hasta que tocaba la barbilla con las rodillas y esperaba el sueño pensando
en las variaciones que podría hacerle a mi traje de novia cuando ese hombre
que dormía a mi lado muriera de una vez.
Durante el día, al no estar él,
todo parecía más alegre. Por la mañana, mientras mi madre
fregaba la escalera y la entrada, iba al mercado de Santa Catalina que poco a
poco comenzaba a llenarse de verduras y de pescados, o hacía cola en la
panadería cuando no nos habían traído pan blanco. Después limpiaba
la casa y me entretenía con el canto del jilguero de los del quinto que
no callaba en toda la mañana y a mediodía escuchaba la música
de las campanas de san Jaime, santa María del Mar, santa Ana, el Pino,
la parroquia del Carmen, la Catedral,... Había acabado por conocer el
tañido de cada una de ellas y seguía el orden en que se encadenaban
mientras imaginaba los campanarios sobre la ciudad brumosa que a veces veía
desde la azotea cuando subía a tender la ropa. Y por la tarde me sentaba
en un rincón del comedor a escuchar la radio y hacer bolillos, como cuando
era niña en la escuela del barrio, y me dejaba adormilar por el temblor
y el castañeo de la madera sobre el que me llegaban lejanos los ruidos
de la calle, un perro que ladraba, la puerta de un taxi que se cerraba de golpe,
el grito ronco del trapero o el silbido del afilador que yo tomaba por señales
misteriosas de que algo iba a ocurrir, de que algo iba a cambiar. Pero sólo
había cambio en las largas tiras de puntilla y entredós con que
pensaba adornar las ropas que le pondría a mi niño, cuando naciera.
El cajón de la cómoda estaba lleno y yo ya no sabía donde
ponerlas porque pasaban los años y no me quedaba embarazada.
Una tarde, llegó él con muchas
prisas, se puso el uniforme de gala y me dijo, vámonos, y yo lo seguí por
la calle llena de gente hasta una gran tarima que se había levantado cerca
de Colón donde había muchos tenientes como él, y al cabo
de un rato vimos pasar a Eva Perón y me gustó tanto su figura de
dama delgada y rubia que por la noche cuando él ya roncaba a mi lado,
me puse a imaginar que yo también me dejaba el pelo largo y me hacía
un moño como el suyo, tan elegante y tan adecuado para una viuda, y de
paso me se me ocurrió que no sería tan difícil hacerme un
traje de chaqueta como el que llevaba en una foto que se veía en las revistas
del quiosco, aunque no de cuadritos porque para un funeral no había más
remedio que ir de negro, pero le pondría también el cuello de terciopelo
y seguiría con la misma mantilla aunque esta vez echada para atrás.
Tendría que comprar zapatos y medias de seda porque, como decía
mi madre, una pierna con una buena media y un zapato de tacón es una pierna
mucho más bonita. Yo no era muy alta, pero si lograba ponerme esos zapatos
y peinarme con el tupé y el pelo recogido en aquel moño que le
llegaba hasta la espalda, tal vez lograría parecerme a esa deliciosa mujer
que había conquistado la ciudad.
De todos modos, a fuerza de pensar en el mismo
traje noche tras noche, acabé cansándome de él. Así que
fui cambiando el modelo igual que cambiaba la actitud que tendría en el
funeral. Cuando mi Marisol tenía pocos años, me complacía
en la imagen que formábamos, madre e hija vestidas de negro, entrando
en la iglesia, aunque recuerdo que tardé mucho tiempo en solucionar el
asunto de los calcetines. ¿Tendrían que ser negros, o siendo tan
pequeña podría ponérselos blancos? porque no me gustaba
una niña con calcetines negros. Para mí había previsto un
traje de falda acampanada muy ancha y bastante larga, una chaqueta corta casi
una torera y en el pelo estaba decidida a cambiar la mantilla por un sombrero.
Sí, sabía que no era lo que me correspondía, pero pensaba
que si fuera un sombrero pequeño, una especie de casquete como el que
había visto en un desfile de modelos del NO+DO y le añadía
un velo corto que me tapara la cara podría quedar bien y no llamar demasiado
la atención. Entonces se llevaban zapatos de salón muy puntiagudos,
con los tacones tan altos y estrechos que no sabía si sería capaz
de caminar con ellos. Y al cabo de un tiempo encontré la solución
porque decidí hacerme un vestido como Audrey Hepburn, tan delgada como
yo aunque mucho más alta, un traje liso, sin cuello, ceñido y con
manga larga y como ella unos zapatos completamente planos, gafas de sol y un
pañuelo negro anudado bajo el cuello. Este fue tal vez el conjunto que
más me gustó de todos los de aquella época y me parecía
imposible que el legionario no muriera ahora que de verdad había encontrado
el traje adecuado.
No murió ni entonces ni más adelante.
No se moría aunque yo me hubiera aferrado a la idea de la viudez como
la única solución a mis tormentos. Fue por esa época cuando
conocí a Laura, mi única confidente, y ella en cambio decía
que esperar la muerte no tenía sentido, que para mí lo más
seguro sería que se armara otra guerra civil. De momento se lo llevarían
al frente y allí lo más probable es que lo mataran.
-Mujer, no seas así, la guerra es terrible, ¿te
acuerdas?
-¿Y no es terrible...?
-Sí, pero además de él
morirían otros muchos.
-Ya ves, otros muchos como él- repuso
Laura que también tenía lo suyo.
Todo seguía igual, se diría que
el tiempo que tanto había cambiado las modas y las personas y hasta el
aspecto de las calles y de la ciudad, se había olvidado de mí y
de mi vida. Y aunque yo entonces no quería ni pensarlo, así había
de ser un año más, y diez años, veinte, como de hecho ha
sido hasta ahora.
En el año 50 cuando el hambre y la miseria
comenzaban a remitir, había nacido mi hija Marisol que fue una luz en
mi vida, sobre todo los primeros años. Pero el tiempo pasa rápido
y enseguida dejó de ser mi niña a todas horas porque iba a las
monjas de la calle del Carmen, y luego pasó a la Universidad y antes de
que pudiéramos darnos cuenta había decidido irse a Inglaterra en
verano para lo que no consiguió el permiso de su padre con el que nunca
se llevó bien, aunque se fue de todos modos en septiembre de 1967, no
sé cómo, y no volvió hasta muchos, muchos años después,
casada con el inglés con el que vive ahora, ese señor delgado y
silencioso que la acompaña cuando me visita.
Mi madre había muerto para entonces
al poco tiempo de morir mi padre en el penal, un año antes de cumplir
la condena, y nos quedamos él, el legionario y yo, en la casa más
vacía y yo sintiéndome más desamparada, más desgraciada
y más inerte cada día. Él ya no vestía de uniforme
sino de civil porque había conseguido un empleo en Correos, no sé muy
bien de qué, pero andábamos cada vez peor porque apenas había
más dinero en casa del que yo sacaba de la portería que había
heredado de mi madre. Nunca supe qué hacía con el sueldo, ni jamás
se lo pregunté.
Ahora me doy cuenta de que a partir de que
mi madre murió y Marisol se fue, apenas recuerdo qué hacía
sola durante todo el día. Debía fregar la escalera y atender la
portería y limpiar la casa, y quizá seguía escuchando el
canto de un jilguero o de un canario, si los tenía por entonces algún
vecino, o hacía bolillos, pero no lo sé. En esto tienen razón,
no logro recordar cómo se sucedieron los días de estos últimos
veinticinco años, sólo tengo presentes las noches, cada noche minuto
a minuto. Y también todos los trajes, con sus cambios y adornos, los zapatos,
las medias y los guantes, todo lo que me ponía para asistir al funeral,
para caminar sola por el pasillo central y ocupar el primer lugar del primer
banco de la iglesia. Veo aún los rayos de luces de colores que salen del
rosetón en la fachada de Santa Ana y puedo seguir con mis pasos sus dibujos
en suelo. Oigo la campanilla de los monaguillos y aspiro el aroma del incienso
que el cura echa a los asistentes exactamente igual que lo vi y lo viví en
las largas noches de vela hasta la madrugada.
Hubo un tiempo en que creí que no podría
ir a la iglesia, fue al final de los años sesenta porque había
decidido ponerme pantalones para ir al funeral. ¿Qué podían
decirme? Al fin y al cabo el único que lo habría podido impedir
era él, y él estaría muerto. Así que renuncié a
los trajes de los años anteriores, incluso a la copia exacta del que llevaba
Jackie Kennedy en el entierro de su marido, con el velo, la falda corta, la chaqueta
corta también, que había sido mi preferido después del de
Audrey Hepburn y lo cambié por unos pantalones de pata ancha, negros,
con un jersey negro de cuello alto y la melena suelta sin mantilla como había
visto a algunas chicas en la misa de tarde de los domingos. Pero al cabo de unas
semanas volví a cambiar, me di cuenta que iba a tener problemas con el
cura y no sabía qué había que hacer si nadie lo quería
enterrar en el cementerio, así que me convencí de que no hacía
falta insistir en lo de los pantalones y en cambio podía ponerme uno de
esos trajes rectos y un poco acampanados, sin cuello ni cintura, con la falda
por encima de la rodilla y unas botas negras de charol muy, muy altas, que se
llevaban entonces. Con mantilla o con velo, o sin nada, eso ya era lo de menos.
Puedo recordar también los trajes
de los últimos tiempos, los tengo bien presentes, y eso que cada vez me
costaba más decidir lo que iba a ponerme porque me daba cuenta de
que se me echaban los años encima y ya no me veía yo como antes.
Y ahora soy tan vieja que yo misma me asusto cuando me miro en el espejo y me
encuentro con una persona tan distinta de la chica a la que estaba acostumbrada.
Se me hacía difícil y se me hace aún escoger el vestido
porque no me gusta ni me ha gustado nunca llamar la atención y si exceptuamos
los pantalones de pata ancha que me dio por querer llevar en aquellos años
en que la gente se atrevía a cualquier cosa, todos
mis vestidos han sido discretos. Hace un tiempo, poco antes de venir aquí,
tenía pensado uno muy bonito, era un traje sastre con la falda a media
pierna y la chaqueta larga y recta casi, de corte muy sencillo que podría
quedarme bien. Pero con la edad cada vez duelen más los zapatos, así que
tuve que renunciar a esas faldas largas y rectas que si no las llevas con unos
buenos tacones te ves muy patosa.
Cuando llegué al sanatorio, como no
podría salir a comprarme un traje y tampoco tenía dinero, se me
ocurrió aprovechar el vestido de lanilla que tengo en el armario, esto
sí, arreglándolo que eso ya lo sé hacer, porque aunque no
he engordado tengo las caderas mucho más anchas, parece mentira como cambia
el tipo con la edad. Le cerraría el escote y como ya tengo setenta y tres
años, setenta y cuatro voy a cumplir en agosto, le pondría un cuello
alto de puntilla blanca fruncida como los que llevan las ancianas de los cuentos.
Pero al cabo de unos días, no sé por qué, me cansé del
cuellecito y me dio por un escote en pico no muy pronunciado y una cinta
negra ceñida al cuello, como una gargantilla, que también es muy
distinguido para una persona mayor, sobre todo si lleva moño como yo y
tiene el pelo tan blanco como yo lo tengo. Pero después de todo me he
decidido por el cuello de encaje que al fin y al cabo es lo que he hecho durante
toda la vida. Cuando me trajeron aquí me llevé de casa una caja
con unos cuantos metros de una puntilla que con el tiempo se ha vuelto un poco
dorada y me vendrá muy bien. No tengo más que fruncirla, adaptarla
a mi medida y coserla a una pieza de tela al bies. El vestido ya tiene muchos
años pero todavía está en buen estado y quedará mejor
aún con los cambios que pienso hacerle. Así que en ello estoy desde
hace unos días.
Sólo le pido a Dios o a quien sea que
pueda oírme, que prolongue un poco más la agonía del legionario
para que me dé tiempo a terminar el cuello de puntilla y el arreglo del
vestido que pienso ponerme el día del funeral.
¿Qué otra cosa puedo hacer?
© Rosa Regàs |