PLAYA CHICA
Habíamos llegado a Playa Chica por azar y alquilamos
junto al mar una pequeña cabaña. Desde el mirador
de la ruta que seguíamos, las casitas formaban la
silueta de una mujer acostada, con larga cabellera y pechos
como cimitarras empinadas. Rosalía frenó para
apreciar el paisaje y dijo divertida: «Ese pueblo se
parece a mí». La vista era preciosa, con una
espectacular playa, no muy extensa. Pensé que bien
podíamos concluir allí nuestras primeras vacaciones
juntos. Hasta el nombre nos gustó: Playa Chica. Simple
y puntual, un nombre sin equívocos.
Llegamos esperando tener una semana de placeres multiplicados
pero el clima alteró nuestros planes y Rosalía
se enfermó al segundo día. El médico
del pueblo le recomendó comprimidos, un jarabe y reposo
total durante una semana. Mi chica quiso rebelarse, pero
su impulso no hizo más que hundirla en un violento
acceso de tos. Con cara de sabelotodo, el doc se
rascaba su rojiza nariz mientras meneaba la cabeza como diciéndonos
que llevaba las de ganar. De una bolsa en su maletín
extrajo un frasco medio lleno de jarabe y un par de comprimidos
para que comenzara de inmediato el tratamiento. Mientras
escribía las recetas, le dijo: «Olvídese
del malhumor, joven, y acepte esto como una experiencia.
Recuerde que la experiencia es el conocimiento de vida que
nos dan las circunstancias. Bronquitis, gripes y resfriados
pueden parecerse, pero las circunstancias nunca son iguales.
Lástima que la gente no piense en este punto».
Me divirtió esa filosofía con resonancias del
Tao. Para zanjar el dilema me senté en la cama, abracé estrechamente
a Rosalía y le dije que tenía que seguir las
indicaciones. Después le brindé un trago de
vodka al médico. Eran las dos de una madrugada muy
fresca y el hombre había mostrado buen talante desde
que toqué a su puerta para sacarlo del sueño.
El doc era un tipo rechoncho, de baja estatura
y con una cabeza rara, demasiado estrecha: parecía
un bolo. Se notaba que tenía ganas de conversar. Me
contó que el pueblo era tranquilo, con poca gente
residente –cada vez menos, se quejaba–, y hasta me chismeó sobre
un par de personas. Rosalía nos miraba con frustración
desde la cama que se había convertido en verdugo impensado
de nuestras vacaciones; gesticulé en el aire como
si estuviera sirviéndole un vodka y le soplé un
beso, pero no le hizo ninguna gracia, se viró de cara
a la pared, tapándose hasta las orejas. En la puerta,
antes de despedirse, el doctor me había susurrado: «La
experiencia, no lo olvide. Si la gente no evitara tanto experimentar,
sabría aprovechar mejor la vida». Antes de despedirse,
me recomendó visitar un bar sobre la playa. Seguí su
consejo y allí, en el bar Manosanta, todos los días
me iba a cruzar al “bolo”. Vivía solo y en sus ratos
libres se sentaba en la misma mesa del bar, una mesa esquinera,
y conversaba distendido. Sabía un millón de
historias y parecía que sabía todas las del
pueblo. Todas menos una, como comprobamos después.
En este punto dejo asentado que las circunstancias –y sólo
las circunstancias– me obligaron a acampar mis horas en el
bar. Lamenté mucho el mal tiempo: el viento reducía
al mínimo los paseos por la playa y el oleaje era
insoportable. Con Rosalía en cama, yo no podía
arriesgarme a una caída que complicara la situación.
Una señora recomendada por el médico me ayudaba
con las comidas y los remedios para Rosalía, que se
la pasaba durmiendo o leyendo. Cuando dormía, me iba
al bar Manosanta, donde pelaba las horas leyendo los diarios
o enganchado a la televisión por cable; y si me cansaba,
conversaba con otros parroquianos o jugaba a las cartas.
Pero, en el fondo, esperaba ansioso que llegara la noche.
Lo mejor del bar eran las noches: a las diez en punto, una
rubia alta cantaba sobre una mínima tarima. Se llamaba
Sandra y el animador le arrimaba la frase: «Sandra,
el Alma Misteriosa de Playa Chica».
Era maravillosa su voz: un milagro sobre la tierra, como
su cuerpo. Bajo la gasa verde dorado, sus piernas largas
dibujaban la más viva tentación. Mirando esas
piernas eternas uno podía fantasear cómo sería
llegar a la distancia cero en aquel territorio. Reconozco
que yo estaba obsesionado con las piernas; las piernas en
general. Había conocido a mi novia al tropezar con
ella en la calle. Rosalía era antropóloga de
profesión y me había explicado que la pierna
es un símbolo del vínculo social porque favorece
los contactos y suprime las distancias. Yo le había
respondido que necesitaba urgentemente ayuda, y le dije que
me evitara arrodillarme. Cualquier cosa menos eso, dije.
A ella le hizo gracia, enseguida había captado la
situación; así, riéndonos, comenzamos
a vincularnos y ya llevábamos ocho meses: nunca una
relación me había durado tanto.
Rosalía es una persona muy abierta; la cantante,
en cambio, destilaba misterio. «Sandra rompe todas
las fórmulas, tan hermosa como esquiva, no consigo
saber de ella», se lamentaba el doctor. Desde la primera
noche, el “bolo” se había presentado para ofrecerle
sus servicios y ella respondió que nunca se enfermaba.
Sólo cantaba durante una hora y no volvía a
reaparecer después del show. Nadie la veía
por el día. Había aparecido hacía menos
de un mes y se hospedaba en una habitación al fondo
del bar. Nadie sabía de su vida anterior a su llegada
al pueblo. Sandra no aceptaba invitaciones y hablaba lo estrictamente
necesario. Consciente de sus atractivos, aceptaba los piropos
con una educada sonrisa, pero evitaba sentarse a la mesa
de cualquiera. Pensé qué podría hacer
con su tiempo libre una mujer como aquella, que prefería
estar sola. Cuando comenté que quizá habría
llegado a Playa Chica huyendo de alguna pena del corazón,
el doctor dijo: «El amor es de las cosas que más
alimentan la experiencia».
Sandra siempre subía al escenario contoneándose
al compás del mismo tema... “En el mar, la vida
es más sabrosa, en el mar, te quiero mucho más...”.
Su paso ondulante favorecía el lucimiento de las piernas
y cada noche sus ojos se detenían sobre mí.
Pensé que eran mis frustradas ganas de divertirme
las que me hacían delirar con una especial atención
de ella, y me dejaba llevar por la voraz mirada femenina
y fantaseaba, eso sí, sin pretender ningún
avance. Juro que yo pensaba en Rosalía. Pero, a la
quinta noche, cuando finalizaba la última canción,
Sandra pasó a mi lado y dejó caer algo entre
mis piernas. Nunca creí que un papelito bastara para
excitarme; lo recogí y fui a leerlo al baño. «A
la medianoche, en la playa, cerca de la caseta amarilla.
Eres un hombre de suerte». Me hubiera gustado conversarlo
con el doctor, pero había ido a visitar a un paciente
en las afueras del pueblo.
Regresé a la cabaña aunque mi cabeza se desbordaba
de fantasías. Rosalía dormía tranquila
y estuve observándola un rato. Era linda y cariñosa;
no sólo me adoraba sino que me aceptaba con mis defectos
y majaderías. Si eso no es amor, ¿qué cosa
es? El tratamiento iba bien y había dicho que se levantaría
a la mañana siguiente y me haría olvidar el
tiempo perdido. En vez de alegrarme, en lo más profundo
me descubrí raro, por mi obsesión con la cantante. ¿Tiempo
perdido? Pensé que Rosalía no se merecía
que mis pensamientos se fugaran lejos de ella y decidí acostarme;
estaba por meterme en la cama cuando sentí la voz
del “bolo” resoplando en mi cabeza: «Si la gente no
evitara tanto experimentar, sabría aprovechar mejor
la vida». Y volví a leer el papelito de Sandra.
Razones válidas o inventadas, cualquier cantidad.
Me vestí y fui a recoger mi suerte. No quería
pensar qué pasaría después y para darme
empuje me iba tomando lo que quedaba de mi botella de vodka,
pensando que vivir es estar bastante en la cuerda floja.
Más que nada, ser equilibrista y arriesgarse. Hay
puntos de inflexión que nadie busca pero que la vida
se encarga de situar, lo sabía muy bien; luego, sólo
nos queda ir recuperando el equilibrio. O tirarnos al abismo.
Yo no me había tirado, me animé. Mientras me
aproximaba a mi cita, sentía que mi paso era seguro,
una sensación que me era particularmente placentera.
Lancé al mar la botella vacía y caminé más
rápido.
La medianoche me encontró puntual junto a la caseta
amarilla. La playa estaba desierta y la luna llena peinaba
de belleza la soledad. Ese día no había llovido;
se notaba que comenzaba a mejorar el tiempo, pero el viento
todavía soplaba muy fresco. Me cerré la campera
hasta el cuello y comencé a tararear la canción
de Sandra. De pronto, sentí un silbido; di la vuelta
y la vi: desnuda, metida en el agua. Qué ocurrencia,
pensé, y me fui acercando, acostumbrándome
en cada paso a visualizar su silueta: a redescubrirla. La
línea del cuello presagiaba locuras para las manos
que se deslizaran por el tobogán de su espalda, y
la curva de sus caderas podía servir de cálculo
a un universo perfecto... Ya sé: mi estado era ridículo.
El punto de vista se agudiza a la distancia que ofrece el
tiempo, pero en aquellos momentos Sandra me atraía,
estaba hipnotizado: menos ella, todo lo demás estaba
fuera de foco. Hasta el viento me resultaba súbitamente
cálido. Tan pronto llegué a su lado, me abrazó y
la besé. Nos besamos salvajemente. Acaricié su
pecho opulento y bajé mis manos hacia sus nalgas,
reverberaban, había espuma alrededor de nosotros y
en ese instante supe que estaba viviendo la impresión
mayúscula de mi existencia. Literalmente, brinqué.
¿Sandra? Sigue siendo misteriosa y me desvela algunas
madrugadas. Su voz era un chillido horripilante. Supongo
que no le gustó el sabor de la sorpresa porque nadó chillando
entre las sombras del agua y no la vi más. Tuve mucha
suerte porque mordió primero mi pierna izquierda.
Al Manosanta no regresó y nadie creyó mi cuento
cuando entré al bar, temblando, sosteniéndome
a duras penas en un viejo madero. No sé cómo
pude salir, ni sé cómo la dentadura de aquella
mujer se volvió tan fuerte, ni de dónde le
salieron tantas escamas, pero juro que se llevó la
mitad de mi pierna, como juro que del vientre hacia abajo
era un pez. Eso conté y todos se rieron, excepto el
doctor; estaba acodado en la barra pidiendo su primer trago
de la noche y enseguida se prestó a ayudarme a caminar.
Me llevó a su mesa y consiguió que los bromistas
se callaran. «La experiencia, piensa en eso».
Me habló tuteándome por primera vez; observó los
daños y me dio una palmada cómplice en el hombro. «Brindemos
por ella», propuso, y pidió una botella.
Bebimos de un tirón el primer trago. Lo noté muy
conmocionado mientras me quitaba algo pequeño y dorado
del puño de mi chaqueta. Yo aún temblaba de
miedo y no paraba de tocar mi pierna derecha. El doc se
embuchó rápidamente otro trago, y otro y otro;
yo lo acompañaba, con el corazón desbocado,
viendo aquello que él acariciaba con sus dedos. En
algún momento, mientras me miraba a través
del fondo del vaso vacío como si yo fuera un objeto
raro, me confesó: «He soñado siempre
con vivir una historia como la tuya; quizá esto sea
lo único a mi alcance». Se guardó la
escama en un bolsillo –digo escama porque eso fue lo que él
aseguró que era– y seguimos bebiendo hasta el amanecer.
En algún momento, dejé de temblar. Y también
dejé de ver al “bolo”.
Mi chica se escandalizó al verme llegar tan pasado
de tragos y con aquella facha. Traté de explicarle
que era un hombre nuevo y no hice más que aumentar
su bronca. Teníamos que regresar enseguida a la ciudad
y, justo al final de las vacaciones, había que gastar
dinero en una nueva prótesis. Pero yo estaba reconciliado
con mi necesidad. No volví a lamentarme de aquel antiguo
accidente automovilístico y terminé casándome
con Rosalía. En definitiva, ella y la pierna artificial
son lo único que me vinculan a Playa Chica.
Rosalía nunca creyó mi cuento; no obstante,
acepta que aquella experiencia – rareza es la palabra
que ella emplea– fue decisiva para mejorar mi carácter.
Nunca le he dicho que algunas madrugadas me despierto sudado,
oliendo a mar y sintiendo en el tacto la memoria de ciertas
curvas. He llegado a pensar en regresar al pueblo. Pero siempre
termino desistiendo y ni siquiera he vuelto a acercarme al
mar. Ignoro si escribir la historia me servirá para
cerrarla. Puedo intentarlo, al menos.
© Rosa Elvira
Peláez |