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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

PLAYA CHICA

 

Habíamos llegado a Playa Chica por azar y alquilamos junto al mar una pequeña cabaña. Desde el mirador de la ruta que seguíamos, las casitas formaban la silueta de una mujer acostada, con larga cabellera y pechos como cimitarras empinadas. Rosalía frenó para apreciar el paisaje y dijo divertida: «Ese pueblo se parece a mí». La vista era preciosa, con una espectacular playa, no muy extensa. Pensé que bien podíamos concluir allí nuestras primeras vacaciones juntos. Hasta el nombre nos gustó: Playa Chica. Simple y puntual, un nombre sin equívocos.

Llegamos esperando tener una semana de placeres multiplicados pero el clima alteró nuestros planes y Rosalía se enfermó al segundo día. El médico del pueblo le recomendó comprimidos, un jarabe y reposo total durante una semana. Mi chica quiso rebelarse, pero su impulso no hizo más que hundirla en un violento acceso de tos. Con cara de sabelotodo, el doc se rascaba su rojiza nariz mientras meneaba la cabeza como diciéndonos que llevaba las de ganar. De una bolsa en su maletín extrajo un frasco medio lleno de jarabe y un par de comprimidos para que comenzara de inmediato el tratamiento. Mientras escribía las recetas, le dijo: «Olvídese del malhumor, joven, y acepte esto como una experiencia. Recuerde que la experiencia es el conocimiento de vida que nos dan las circunstancias. Bronquitis, gripes y resfriados pueden parecerse, pero las circunstancias nunca son iguales. Lástima que la gente no piense en este punto». Me divirtió esa filosofía con resonancias del Tao. Para zanjar el dilema me senté en la cama, abracé estrechamente a Rosalía y le dije que tenía que seguir las indicaciones. Después le brindé un trago de vodka al médico. Eran las dos de una madrugada muy fresca y el hombre había mostrado buen talante desde que toqué a su puerta para sacarlo del sueño.

El doc era un tipo rechoncho, de baja estatura y con una cabeza rara, demasiado estrecha: parecía un bolo. Se notaba que tenía ganas de conversar. Me contó que el pueblo era tranquilo, con poca gente residente –cada vez menos, se quejaba–, y hasta me chismeó sobre un par de personas. Rosalía nos miraba con frustración desde la cama que se había convertido en verdugo impensado de nuestras vacaciones; gesticulé en el aire como si estuviera sirviéndole un vodka y le soplé un beso, pero no le hizo ninguna gracia, se viró de cara a la pared, tapándose hasta las orejas. En la puerta, antes de despedirse, el doctor me había susurrado: «La experiencia, no lo olvide. Si la gente no evitara tanto experimentar, sabría aprovechar mejor la vida». Antes de despedirse, me recomendó visitar un bar sobre la playa. Seguí su consejo y allí, en el bar Manosanta, todos los días me iba a cruzar al “bolo”. Vivía solo y en sus ratos libres se sentaba en la misma mesa del bar, una mesa esquinera, y conversaba distendido. Sabía un millón de historias y parecía que sabía todas las del pueblo. Todas menos una, como comprobamos después.

En este punto dejo asentado que las circunstancias –y sólo las circunstancias– me obligaron a acampar mis horas en el bar. Lamenté mucho el mal tiempo: el viento reducía al mínimo los paseos por la playa y el oleaje era insoportable. Con Rosalía en cama, yo no podía arriesgarme a una caída que complicara la situación.

Una señora recomendada por el médico me ayudaba con las comidas y los remedios para Rosalía, que se la pasaba durmiendo o leyendo. Cuando dormía, me iba al bar Manosanta, donde pelaba las horas leyendo los diarios o enganchado a la televisión por cable; y si me cansaba, conversaba con otros parroquianos o jugaba a las cartas. Pero, en el fondo, esperaba ansioso que llegara la noche. Lo mejor del bar eran las noches: a las diez en punto, una rubia alta cantaba sobre una mínima tarima. Se llamaba Sandra y el animador le arrimaba la frase: «Sandra, el Alma Misteriosa de Playa Chica».

Era maravillosa su voz: un milagro sobre la tierra, como su cuerpo. Bajo la gasa verde dorado, sus piernas largas dibujaban la más viva tentación. Mirando esas piernas eternas uno podía fantasear cómo sería llegar a la distancia cero en aquel territorio. Reconozco que yo estaba obsesionado con las piernas; las piernas en general. Había conocido a mi novia al tropezar con ella en la calle. Rosalía era antropóloga de profesión y me había explicado que la pierna es un símbolo del vínculo social porque favorece los contactos y suprime las distancias. Yo le había respondido que necesitaba urgentemente ayuda, y le dije que me evitara arrodillarme. Cualquier cosa menos eso, dije. A ella le hizo gracia, enseguida había captado la situación; así, riéndonos, comenzamos a vincularnos y ya llevábamos ocho meses: nunca una relación me había durado tanto.

Rosalía es una persona muy abierta; la cantante, en cambio, destilaba misterio. «Sandra rompe todas las fórmulas, tan hermosa como esquiva, no consigo saber de ella», se lamentaba el doctor. Desde la primera noche, el “bolo” se había presentado para ofrecerle sus servicios y ella respondió que nunca se enfermaba. Sólo cantaba durante una hora y no volvía a reaparecer después del show. Nadie la veía por el día. Había aparecido hacía menos de un mes y se hospedaba en una habitación al fondo del bar. Nadie sabía de su vida anterior a su llegada al pueblo. Sandra no aceptaba invitaciones y hablaba lo estrictamente necesario. Consciente de sus atractivos, aceptaba los piropos con una educada sonrisa, pero evitaba sentarse a la mesa de cualquiera. Pensé qué podría hacer con su tiempo libre una mujer como aquella, que prefería estar sola. Cuando comenté que quizá habría llegado a Playa Chica huyendo de alguna pena del corazón, el doctor dijo: «El amor es de las cosas que más alimentan la experiencia».

Sandra siempre subía al escenario contoneándose al compás del mismo tema... “En el mar, la vida es más sabrosa, en el mar, te quiero mucho más...”. Su paso ondulante favorecía el lucimiento de las piernas y cada noche sus ojos se detenían sobre mí. Pensé que eran mis frustradas ganas de divertirme las que me hacían delirar con una especial atención de ella, y me dejaba llevar por la voraz mirada femenina y fantaseaba, eso sí, sin pretender ningún avance. Juro que yo pensaba en Rosalía. Pero, a la quinta noche, cuando finalizaba la última canción, Sandra pasó a mi lado y dejó caer algo entre mis piernas. Nunca creí que un papelito bastara para excitarme; lo recogí y fui a leerlo al baño. «A la medianoche, en la playa, cerca de la caseta amarilla. Eres un hombre de suerte». Me hubiera gustado conversarlo con el doctor, pero había ido a visitar a un paciente en las afueras del pueblo.

Regresé a la cabaña aunque mi cabeza se desbordaba de fantasías. Rosalía dormía tranquila y estuve observándola un rato. Era linda y cariñosa; no sólo me adoraba sino que me aceptaba con mis defectos y majaderías. Si eso no es amor, ¿qué cosa es? El tratamiento iba bien y había dicho que se levantaría a la mañana siguiente y me haría olvidar el tiempo perdido. En vez de alegrarme, en lo más profundo me descubrí raro, por mi obsesión con la cantante. ¿Tiempo perdido? Pensé que Rosalía no se merecía que mis pensamientos se fugaran lejos de ella y decidí acostarme; estaba por meterme en la cama cuando sentí la voz del “bolo” resoplando en mi cabeza: «Si la gente no evitara tanto experimentar, sabría aprovechar mejor la vida». Y volví a leer el papelito de Sandra.

Razones válidas o inventadas, cualquier cantidad. Me vestí y fui a recoger mi suerte. No quería pensar qué pasaría después y para darme empuje me iba tomando lo que quedaba de mi botella de vodka, pensando que vivir es estar bastante en la cuerda floja. Más que nada, ser equilibrista y arriesgarse. Hay puntos de inflexión que nadie busca pero que la vida se encarga de situar, lo sabía muy bien; luego, sólo nos queda ir recuperando el equilibrio. O tirarnos al abismo. Yo no me había tirado, me animé. Mientras me aproximaba a mi cita, sentía que mi paso era seguro, una sensación que me era particularmente placentera. Lancé al mar la botella vacía y caminé más rápido.

La medianoche me encontró puntual junto a la caseta amarilla. La playa estaba desierta y la luna llena peinaba de belleza la soledad. Ese día no había llovido; se notaba que comenzaba a mejorar el tiempo, pero el viento todavía soplaba muy fresco. Me cerré la campera hasta el cuello y comencé a tararear la canción de Sandra. De pronto, sentí un silbido; di la vuelta y la vi: desnuda, metida en el agua. Qué ocurrencia, pensé, y me fui acercando, acostumbrándome en cada paso a visualizar su silueta: a redescubrirla. La línea del cuello presagiaba locuras para las manos que se deslizaran por el tobogán de su espalda, y la curva de sus caderas podía servir de cálculo a un universo perfecto... Ya sé: mi estado era ridículo. El punto de vista se agudiza a la distancia que ofrece el tiempo, pero en aquellos momentos Sandra me atraía, estaba hipnotizado: menos ella, todo lo demás estaba fuera de foco. Hasta el viento me resultaba súbitamente cálido. Tan pronto llegué a su lado, me abrazó y la besé. Nos besamos salvajemente. Acaricié su pecho opulento y bajé mis manos hacia sus nalgas, reverberaban, había espuma alrededor de nosotros y en ese instante supe que estaba viviendo la impresión mayúscula de mi existencia. Literalmente, brinqué.

¿Sandra? Sigue siendo misteriosa y me desvela algunas madrugadas. Su voz era un chillido horripilante. Supongo que no le gustó el sabor de la sorpresa porque nadó chillando entre las sombras del agua y no la vi más. Tuve mucha suerte porque mordió primero mi pierna izquierda. Al Manosanta no regresó y nadie creyó mi cuento cuando entré al bar, temblando, sosteniéndome a duras penas en un viejo madero. No sé cómo pude salir, ni sé cómo la dentadura de aquella mujer se volvió tan fuerte, ni de dónde le salieron tantas escamas, pero juro que se llevó la mitad de mi pierna, como juro que del vientre hacia abajo era un pez. Eso conté y todos se rieron, excepto el doctor; estaba acodado en la barra pidiendo su primer trago de la noche y enseguida se prestó a ayudarme a caminar. Me llevó a su mesa y consiguió que los bromistas se callaran. «La experiencia, piensa en eso». Me habló tuteándome por primera vez; observó los daños y me dio una palmada cómplice en el hombro. «Brindemos por ella», propuso, y pidió una botella.

Bebimos de un tirón el primer trago. Lo noté muy conmocionado mientras me quitaba algo pequeño y dorado del puño de mi chaqueta. Yo aún temblaba de miedo y no paraba de tocar mi pierna derecha. El doc se embuchó rápidamente otro trago, y otro y otro; yo lo acompañaba, con el corazón desbocado, viendo aquello que él acariciaba con sus dedos. En algún momento, mientras me miraba a través del fondo del vaso vacío como si yo fuera un objeto raro, me confesó: «He soñado siempre con vivir una historia como la tuya; quizá esto sea lo único a mi alcance». Se guardó la escama en un bolsillo –digo escama porque eso fue lo que él aseguró que era– y seguimos bebiendo hasta el amanecer. En algún momento, dejé de temblar. Y también dejé de ver al “bolo”.

Mi chica se escandalizó al verme llegar tan pasado de tragos y con aquella facha. Traté de explicarle que era un hombre nuevo y no hice más que aumentar su bronca. Teníamos que regresar enseguida a la ciudad y, justo al final de las vacaciones, había que gastar dinero en una nueva prótesis. Pero yo estaba reconciliado con mi necesidad. No volví a lamentarme de aquel antiguo accidente automovilístico y terminé casándome con Rosalía. En definitiva, ella y la pierna artificial son lo único que me vinculan a Playa Chica.

Rosalía nunca creyó mi cuento; no obstante, acepta que aquella experiencia – rareza es la palabra que ella emplea– fue decisiva para mejorar mi carácter. Nunca le he dicho que algunas madrugadas me despierto sudado, oliendo a mar y sintiendo en el tacto la memoria de ciertas curvas. He llegado a pensar en regresar al pueblo. Pero siempre termino desistiendo y ni siquiera he vuelto a acercarme al mar. Ignoro si escribir la historia me servirá para cerrarla. Puedo intentarlo, al menos.

© Rosa Elvira Peláez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rosa Elvira Peláez | Cuba, 1956 | Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Tiene varios cuentos y relatos publicados en libros, revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es autora, entre otros, del libro Entre fuegos y otros cuentos. Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve. Sitio web: Wemilere de las Letras