LAS CIERVAS
I.
Mi madre murió de cáncer la primavera en que
yo cumplí quince años. Estaba muy flaca al
final y mi padre nunca quiso decirle que ella estaba muriendo,
para que se hiciera la ilusión de que se iba a curar.
Al mes y medio que falleció, mi padre se retiró de
su puesto de cajero en el Banco Francés, vendió la
casa y nos fuimos a vivir a Acebal, un pueblo cerca de la
ciudad. El lugar se llamaba así porque originalmente
poseía un gran bosque de acebos, aunque en la actualidad
apenas si quedaban dispersos unos pocos árboles a
quien todos miraban con desprecio porque, decían,
no servían para nada. Comer bayas de acebo era vomitivo,
y uno siempre veía a un lugareño u otro levantarlas
del suelo y guardarlas en los bolsillos, para mascarlas y
quitarse así la borrachera de los viernes o los sábados
en la noche. Al comienzo, apenas la venta de la casa estuvo
hecha, mi padre ofreció entregarme la parte de mi
madre que me correspondía como herencia; pensaba ponerla
en el banco, en una caja de ahorros, para que yo pudiera
hacer estudios universitarios sin necesidad de trabajar;
sin embargo al poco tiempo mi padre cambió de opinión
y decidió que sería una mejor inversión
para ambos si en el terreno de Acebal que pertenecía
a los abuelos, poníamos un criadero de cerdos con
el dinero de la venta de la casa. Yo sabía que acabaría
perdiendo mi escasa fortuna: en sus manos el dinero se iba
como agua: él era incapaz de retenerlo. En esa casa
yo había nacido y vivido a lo largo mis quince años;
allí dije mis primeras palabras, aprendí a
andar en bicicleta, escribí un libro de seis poemas.
Mi padre vendió no sólo la propiedad sino también
los muebles, el televisor (que él juzgaba nocivo para
mi educación) y el aparato para escuchar discos que
era de mi madre. Yo nada más quería conservar
la biblioteca: tenía gran cantidad de libros que había
venido comprando desde mis once o doce años y consideraba
importante seguir poseyéndolos. Recordaba a mi madre
con un libro en la mano, sonriendo mientras leía la
mayoría de las veces: ella sabía decirme que
la lectura era una gran cosa; que hacía que la gente
no se sintiera tan sola: mi madre era una criatura infeliz.
Embalamos mis libros en cajas de cartón y mi padre
se deshizo de la biblioteca: el armazón era de roble
y los estantes estaban hechos con la madera de unos pinos
que se llaman pinos brasil; la compró un mercachifle,
junto con el tocador y el espejo de pie que eran de mi madre
de cuando soltera. En Acebal nuestra casa sería muy
pequeña, alegaba él. Los primeros cerdos que trajeron eran Duroc Jersey; de pelaje
rojo y aspecto feroz. Eran cinco hembras; una, como un obsequio
que los misioneros salesianos que manejaban el criadero le
hicieran a mi padre, venía preñada. Parió ocho
lechones a finales de ese mes, y mi padre hizo servir a las
otras cuatro hembras en los dos celos anuales. Había
construido el chiquero bastante lejos de la casa; ahí se
solazaban los animales que estaban en el período de
recría y pesaban menos de cien kilos. Las parideras
estaban más cerca de la casa, y despedían un
olor acre todo el tiempo y era imposible quitarlo con nada
por mucho que se fregara. A los cerdos no les molestan las
moscas; es la primera y más notoria diferencia que
hay entre ellos y nosotros. Los moscardones iban y venían
de las parideras a la casa, y se posaban con total desparpajo
sobre las cajas que contenían mis libros. Nunca desembalé mis
libros, pero yo sabía que allí bajo las moscas
descansaban mis cuentos de hadas y La Ilíada y La
Odisea y un manoseado ejemplar de Hamlet que
conseguí en un negocio de libros usados. Al comienzo
nos ayudaba solamente un viejo de la zona, don Lucas. Él
decía de sí mismo que era experto en ganado
porcino; pero la primera faena lo dejó descompuesto
y medio muerto durante una semana. El día que se mató el
primer lechón fue todo un acontecimiento, en el que
se allegaron los vecinos a ayudarnos. Don Lucas dirigía
la empresa, pero en cuanto el animal comenzó a chillar
y a sus chillidos les correspondieron con un adiós
eterno –o eso creímos nosotros, por lo menos- los
cerditos que se revolcaban en el chiquero, el viejo perdió la
compostura, le tembló la mano y ya no pudo degollarlo
con el cuchillo. Eso lo hizo don Ernesto, el padre de Fido.
Don Ernesto y Fido se daban maña para todo y vivían
pasando la tranquera, justo antes de la vía del ferrocarril.
Don Ernesto había sido ferroviario y ahora era apicultor;
tenía colmenas de abejas italianas que daban una miel
gorda y sabrosa, que formaba una espuma en la superficie.
Era una miel que sabía un poco a nata dulce. El chico
tenía mi edad. Ahora don Ernesto había conseguido
un trabajo como puestero al norte de la provincia, en una
estancia de La Gallareta, y debía dejar al chico todo
el tiempo solo; eso lo apenaba. El chico sabía hacer
de todo, decía don Ernesto, aunque un poco le faltaba
un tornillo y también porque nunca quiso poner voluntad
para ir a la escuela; lo que sabía –leer y escribir,
firmar, sumar y restar- lo había aprendido de la madre,
mientras vivió con ellos, pero después la madre
los abandonó y se volvió al monte con los suyos,
los Oscuros. Él era un chico nada más; no tenía
maldad, explicaba don Ernesto. La perspectiva de la soledad
del chico le hacía tener el corazón en la boca;
así nunca viviría tranquilo, dijo. Mi padre,
ni lerdo ni perezoso, tomó a Fido a su cargo, y fue
el chico quien junto a don Lucas picaron la carne, la amasaron
con los condimentos y las embutieron en las tripas de cerdo
para hacer chorizos. El olor a la sangre desmayaba a cualquiera.
Los chacinados y los embutidos dejaron poca ganancia, a
excepción del jamón que habían ahumado
quemando ramas y hojas de acebo. Fido entraba en los almacenes
y supermercados a quienes proveíamos de mercadería
gritando a viva voz: “¡Salamines! ¡Salamines,
señores y señoras!” Parecía contento;
una vez por mes el padre le escribía y él le
contestaba una vez por mes. Nos sentábamos en la cocina,
y él me dictaba qué cosas quería contarle
y que el padre supiera. Ninguna era una cosa trascendente;
no nos pasaban cosas trascendentes a excepción de
la vez que hubo que ayudar a la cerda bizca a parir, y cuando
el rayo partió el acebo que estaba junto a la tranquera.
Cada tres meses nos medíamos contra un árbol,
un eucalipto, que estaba en el fondo; él medía
casi un metro con ochenta y yo apenas si pasaba de la primera
rama baja. Estaba muy alto y robusto y apenas tenía
seis meses más que yo y la inteligencia de un ratoncito.
Cuando se despedía del padre en las cartas, Fido siempre
me hacía escribir: “Tu hijito”. Era muy cariñoso
y se reía de todo. A veces, si podía quitarle
un lechoncito por un rato a las cerda parida, lo traía
hasta la cocina, lo ayudaba a pararse en dos patas y le enseñaba
a bailar. Mi padre lo retaba, pero con suavidad; mi padre
lo tenía en la chacra nada más que por la comida
y el techo y le permitía que el chico se diera algunos
gustos, decía él, como hacer bailar a los cerditos.
Obraba injustamente no pagándole un sueldo; pero él
sabía decir que algún día todos seríamos
muy ricos y entonces no habría que mezquinarle el
dinero a nadie. Dormía entre la casa y las parideras,
en una especie de casilla que mi padre había mandado
construir para él, y se pasaba el día literalmente
metido en el barro con los cerdos. Usaba una larga vara de
acebo para impedir que los animales se pelearan entre ellos,
y una vez lo vi enfrentarse con un macho joven de unos setenta
kilos sin que se le moviera un pelo de susto. Le hablaba
a todos los animales, y a todos había puesto nombre
y por él les llamaba. Él mismo era el matarife
y los mataba lo más rápido que podía,
con la ilusión de que el animal nunca llegara a enterarse
de que iba a morir. Por suerte la muerte tiene un olor especial,
que no puede ocultarse, y todo el que camina hacia ella termina
cayendo en la cuenta de hacia adónde se dirige. Fido
jamás comía los animales que faenaba, ni mi
padre, ni yo tampoco; solamente don Lucas, en empanada o
en un guiso con una salsa que le quitara un poco el gusto
al animal muerto.
Mientras los cerdos vivieron fuimos felices. Es extraño
que diga esto ahora, porque si en aquel momento me lo hubieran
preguntado yo no habría respondido jamás que
era feliz. Estaba triste por la muerte de mi madre, en esa época,
y casi no podía pensar en otra cosa. Pero a mediados
de enero, cuando había pasado ya un año largo
de su muerte, una mañana los cerdos amanecieron apestados
y antes de llegar el mediodía ya estaban acabados.
El veterinario que llegó de Arroyo Seco no pudo hacer
nada y ni siquiera supo qué decir al respecto. A lo
mejor era una especie de parásito letal o bien la
Fatalidad era la causante de la muerte súbita de los
animales. La Fatalidad suele ser especialmente maliciosa
con los desprevenidos, y llega de un día a otro, aplastando
con sus borcegos de hierro: llega con sus tornados, sus terremotos,
su fuego, sus guerras, sus locos sueltos armados hasta los
dientes, sus conductores borrachos. Por esto es que reza
el dicho que Dios premia a los astutos y abandona a los que
andan tonteando. Un buen campesino siempre tiene un seguro
de vida sobre las cabezas de ganado que posee, previendo
catástrofes naturales como la inundación o
el granizo. Mi padre había querido ahorrarse el dinero
de la póliza y lo único que nos quedaba era
la pequeña ganancia habida de la venta de los jamones
la estación pasada; y teníamos muchas deudas.
Fido estaba tirado en el barrial, llorando y pataleando,
y don Lucas tuvo que sacarlo de allí a la rastra,
y luego hubo que dejarlo enterrar los cerdos a los que tenía
más cariño en el lindero adonde antes había
estado el bosque de acebos. Lo hizo durante la noche, sollozando
todo el tiempo: cavaba una fosa, los echaba dentro, aplanaba
la tierra con la pala y luego les clavaba una pequeña
cruz hecha con las ramitas de los árboles. Yo iba
detrás de él, desclavando las cruces, porque
era ilegal enterrar animales que habían muerto de
peste; esperaba que a nadie se le ocurriera meternos una
denuncia por esto.
II.
Ninguno de nosotros fue la misma persona después
que fracasó el criadero de cerdos. Mi padre comenzó a
decir que no fue un efecto cualquiera de la Fatalidad, sino
que era una maldición de mi madre enviada desde el
Más Allá, porque estábamos criando cerdos
y habíamos llamado a la chacra “Los Nibelungos”. Mi
madre había sido judía, aunque no practicaba
su religión, y desde el otro mundo seguro había
visto nuestras actividades con malos ojos. De aquí que
ella misma premiaría nuestro triunfo si nos dedicáramos
a la cría de otros animales. A mí no me causaba
ningún entusiasmo seguir criando ganado. En la ciudad,
yo asistía a clases de danzas clásicas tres
veces a la semana y otras tres veces estudiaba inglés;
también iba seguido a la biblioteca municipal y retiraba
en préstamo libros demasiado preciosos o demasiado
costosos para que yo pudiera comprármelos y los leía
durante horas enteras. Aquí, en cambio, pasaba mis
horas alimentando los pollos y los pavos que teníamos,
repasando un libro de matemáticas para cuando fuera
a rendir el quinto año bachiller a la ciudad, y esperando
el atardecer y suspirando. Ansiaba volver a la ciudad; estaba
deseosa. Con mi parte de la herencia de mi madre, yo hubiera
querido viajar a conocer Grecia. Sus parientes eran de Tesalónica
y habían vivido allí por siglos; a principios
de éste se mudaron a Esmirna y ahí se instalaron
y se dedicaron a la venta de aceitunas. Las aceitunas griegas
son aquellas todas arrugadas y muy suculentas; tienen un
punto agrio en el centro del sabor que anuncian el sitio
por donde comenzará la corrupción.
Para empezar, mi padre cambió el nombre de la chacra
y pasó llamarse “Los enanos”. Es evidente que él
creía que los nibelungos que custodiaban el tesoro
eran enanos y ponerle de nombre “Los enanos” a la chacra
como eufemismo de “Los nibelungos” iba a traernos prosperidad
y abundancia. Los conocimientos de mi padre en literatura
germana de la Edad Media, no son su fuerte. Los nibelungos
eran gigantes y sólo el criado que los sobrevive y
que se presta a servir luego a Sigfrido, es enano. Se trata
de Alberico y posee un manto que logra la invisibilidad.
Gracias a este manto Sigfrido entra al lecho de Brunilda
y la hace suya.
La primera idea que tuvo mi padre y que juzgó brillante,
fue la de ir a cazar pecaríes a Tostado, en la frontera
con la provincia de Formosa. Tenía un viejo rifle
belga, un Máuser para pólvora sin humo, prácticamente
del siglo pasado. Pero había muchos cazadores de pecaríes
por la zona y uno podía comprobar que no nadaban en
la abundancia. Después consideró la posibilidad
de cazar jabalíes, en un coto en Neuquén. La
carne de jabalí se pagaba bien; bastaba salarla y
envasarla y luego salir a venderla a nuestros antiguos proveedores.
Mi padre jamás había disparado a nada en su
vida; practicaban tiro junto a don Lucas, disparando a unas
piedras que ponían sobre unos tocones de árboles.
Casi nunca acertaban, y eso que las piedras no eran un blanco
móvil. Para cazar jabalíes el hombre se ayuda
de perros dogo argentino; mi padre contaba con el Peludo,
el perro cuzco de don Lucas y con el Negrito y el Arena,
los nuestros. Nuestros perros eran de raza desconocida; escuálidos.
El jabalí no ataca jamás, sino que se empaca
y se sienta y la empieza a dentelladas contra los perros.
Con sus colmillos, mata a los perros desgarrándolos
en cuatro pedazos. Ni el Negrito ni el Arena se merecían
un final así. Don Lucas palmeó a mi padre en
los hombros y le dijo que era una empresa muy arriesgada
la caza del jabalí y que ellos no eran hombres para
eso. Mi padre se consoló pensando que al fin y al
cabo, salir a cazar jabalíes o pecaríes era
seguir con el asunto de los cerdos. Mi madre no nos bendeciría
estas cacerías desde el Más Allá.
Decidieron que el animal idóneo para la cacería
era el ciervo colorado. Viajarían en marzo a La Pampa,
donde había una población de animales traídas
a principios de siglo de los Cárpatos. Marzo es la época
de celo y brama, cuando los machos se disputan a las hembras.
Suelen estar furiosos para esa época y se ha visto
casos en los cuales los ciervos se topaban entre sí en
una pelea, y enredaban sus cornamentas de tal manera que
ya no podían zafarse uno del otro, y morían
al tiempo de inanición. Mi padre y don Lucas pagarían
la prima para actuar en el coto de caza y el precio indicado
por cada pieza obtenida; querían hacer todo correctamente.
Alquilarían las armas y la jauría necesarias,
y el equipo de cazador completo. Leían revistas específicas
para cazadores que mi padre hacía traer de la ciudad.
El pobre Fido reía viéndolos hacer estos planes;
se tapaba la boca con la mano derecha para sofocar la carcajada
o se apretaba la barriga contra el antebrazo. Mi padre montaba
en cólera y amenazaba con llevarlo de vuelta al rancho
en que vivió con don Ernesto o peor aun, mandarlo
de regreso al monte con los parientes maternos, los Oscuros.
Fido, con las amenazas, se mustiaba. Ellos, don Lucas y mi
padre, no perderían la paciencia jamás frente
a una presa, y usarían las técnicas de caza
al acecho y al rececho. Irían detrás de cualquier
rastro; pero mi padre no había visto ninguna huella
en su vida. Únicamente los pies de mi madre, cuando
pisaban la playa húmeda corriendo hacia al mar, el
año que veraneamos en Villa Gessell, una década
atrás. No conocía otras huellas.
Mi padre y don Lucas faltaron de la chacra un mes y medio,
tal vez más, todo lo que duró la temporada
de caza. Durante ese tiempo Fido y yo estuvimos solos, haciéndonos
cargo de los pavos y los pollos; y Fido practicaba caligrafía
en un cuaderno especial para eso, y yo leía libros
que me hacía traer de la ciudad con un comisionista.
Comíamos un resto de una hogaza de pan chicharrón
que parecía mágico porque duraba y duraba;
lo pellizcábamos día y noche, tan sabroso era.
Fido tenía su primer libro también, uno para
niños, que se titulaba “En cada bosque hay un ratón
que toca el violín” y al que él llevaba todo
el día en un bolsillo del pantalón. Trataba
sobre un osezno que vive en un bosque tan pequeño
que tiene nada más que una sola ardilla, un solo cuervo
y un ratoncito que toca el violín. Pero sucede que
el osezno comienza a crecer tanto y tanto que ya no cabe
dentro del bosque y debe salir a buscar un bosque más
grande que le de cobijo. Halla uno, que tiene cuervos y ardillas,
y él pregunta si también tendrá un ratón
que toque el violín; y le contestan que sí,
que todos los bosques lo tienen. Cuando caía la noche,
podíamos oler el relente del criadero de cerdos. Era
un olor agrio y triste que aparecía a veces, cuando
el clima estaba muy húmedo y que ponía en evidencia
la ausencia de los cerdos. Yo solía pensar que siglos
después de la erupción del Vesubio que tapó Pompeya,
debía subir a Roma un relente semejante. Fido no entraba
a dormir a su casilla, sino que se apostaba con los dos perros,
uno a cada lado, en la puerta de la casa y hacía guardia
como un soldado granadero. Pasaba las noches al sereno, y
cuando caía el rocío al amanecer, saltaba la
tranca y se perdía en el bosque de acebos. A esa hora,
también los acebos despedían un olor especial.
Ellos habían perdido a muchos de sus compañeros,
talados para leña o por gusto del hachero de ver crecer
el pasto donde antes había un ser espléndido,
vivo.
III.
Las lluvias de febrero se retrasaron y comenzó a
llover a principios de marzo, apenas mi padre se hubo ido.
Yo cerraba todos los postigos de las ventanas y sabía
que fuera estaba Fido vigilando y mojándose. Una noche
sucedió. La madera de los postigos estaban tan hinchadas
por la humedad, que tuve que dejarlas entornadas. Oía
la lluvia repiquetear contra la madera, contra las chapas
del cobertizo, y algo como las patitas de una comadreja inquieta
pasarse por delante del gallinero. Había estado poniendo
trampas para las comadrejas hasta muy tarde, y estaba empapada
de lluvia. Eran unas trampas especiales, que habíamos
diseñado para que no les rompieran las patas cuando
se cerraran. Nos daban pena las comadrejas; no hacían
por mal las cosas que hacían. Acababa de desvestirme
cuando hubo un relámpago; el cielo se puso gris pálido
y se iluminó la cara de Fido, agachado debajo de mi
ventana y espiándome. En ese momento no supe qué hacer;
me hice la tonta y aunque hacía mucho calor me tapé con
la colcha hasta la barbilla. Decidí no leer esa noche
y estuve tendida en la oscuridad, oyendo mi respiración
y creyendo oír la de Fido al otro lado. Traté de
imaginar lo siguiente: ¿qué había visto él
de mí? Mi cuerpo no es todo lo bonito que yo quisiera: ¿se
habría sentido decepcionado al verme? Yo no estaba
para nada asustada. Él no habría visto demasiadas
mujeres y con lo tonto que era no lograría con facilidad
que se le desnuden las chicas del pueblo. Tampoco tenía
un centavo a disposición, dado que mi padre no le
pagaba nada. Él era virgen. No podía compararme
con alguna otra. Yo tampoco había visto un hombre
desnudo, a exceptuar a mi padre al que sorprendí dos
o tres veces en el baño y no me hizo gran impresión.
En este sentido, calculé, Fido tenía mayor
experiencia que yo. ¿Cuánto haría ya
que él venía espiándome? ¿Se
habría aprovechado Sigfrido de su invisibilidad para
contemplar a Brunilda a su antojo? La leyenda cuenta que
así le robó la doncellez, sin embargo yo pienso
que lo hizo de una manera mezquina: él la podía
mirar pero ella no podía mirarlo a él. No pude
dormir y me quedé muy tiesa boca arriba observando
cómo el revoque del cielorraso se estaba rajando.
Al día siguiente,
los dos actuamos con normalidad. Él
repasaba las tablas de multiplicar –conocía hasta
la del 5- y yo les froté a las aves una ampolla en
la cabeza contra el piojillo. El Negrito estaba sarnoso y
hablamos de si debíamos llamar al veterinario o bastaría
con bañarlo con desinfectante. Me fui a acostar temprano
y me desvestí muy lentamente frente a la ventana:
un hombre me estaba mirando. Este rito se repitió durante
todas las noches siguientes, pero yo trataba de ser más
osada cada día. Una vez dejé el postigo un
poco más abierto; otra vez lo hice con la luz encendida;
otra, muy lentamente; aunque yo solía usar un camisoncito
de franela, ahora me desnudaba por completo. Luego que me
desvestía me metía en la cama y me tapaba hasta
la barbilla. Pasaba las noches en vela; intentando recordar
cómo había sido la mirada que le había
visto echar sobre mí, justo antes de acostarme. Él
tenía unos ojos hermosos, almendrados y largos, y
su mirada era muy dulce. Durante el día estaba tan
excitada que casi no podía hablarle y temblaba. Él
no manifestaba ningún cambio. Se había fabricado
un muñequito con unos ovillos de lana sobrante, y
jugaba a hacerlo bailar. La marioneta tenía un nombre,
pero ahora lo he olvidado. Cuando sopló el viento
bochornoso del Norte, dejé los postigos abiertos de
par en par. Él se mantuvo a distancia, apoyado contra
el tocón que era el acebo que el rayo partió el
año anterior, contemplándome distraído.
Luego se trepó a la quemada copa del árbol
derrumbada por ahí y durmió. En esos días
cayó en mis manos un libro que contaba la historia
de un niño galés endeble de cuerpo y deforme,
pero con una inteligencia extraordinaria, tanto así que
se creía que era una nueva raza, superior al Homo
Sapiens o bien, que había venido del espacio.
Tuve ilusión de que Fido perteneciera a esta raza. ¿Y
si los Oscuros de que hablaban su padre y los vecinos era
un pueblo con una inteligencia y una sensibilidad diferente
y exquisita? Porque alguna noche tendría que ocurrir
y él entraría a mi cuarto directamente por
la ventana y entonces yo podría verlo a él.
Era lo que más quería: mirarlo. Pensar en lo
otro que podría suceder cuando él entrara a
mi cuarto sólo me traía preocupación.
Unos meses atrás había encargado al comisionista
un libro que se llamaba El cuerpo de
la mujer, pero lo
leí con atención e igual mucho no lo entendí.
A veces, durante el día quería hablarle y
proponérselo, y la saliva se me quedaba atorada en
la mitad de la garganta. Él hablaba de los pajaritos
que emigraban por aquella época: los mistos y las
golondrinas, cuidaba de los perros y los pavos, jugaba con
su marioneta y se iba por el bosquecito de acebos. Volvía
a la noche, a eso de las nueve, cuando en el campo la oscuridad
se eleva de la tierra como una falda enlutada que se alza.
Iba a la cocina, pellizcaba el pan de chicharrón y
se tomaba un tazón de leche, y después se apostaba
a mi ventana; entonces yo empezaba a desnudarme. Así cada
noche, todas las noches.
IV.
Aquello duró todo marzo y hasta la mitad de abril,
cuando la Pascua y los primeros fríos. La última
noche que estuvimos así él silbaba y actuaba
como si estuviera aburrido. Luego salió corriendo
y faltó dos días enteros; yo creía que
había ido muy lejos o de jarana al pueblo. Lo encontré al
anochecer del segundo día, viviendo en la copa de
un acebo en el bosquecito. Cuando lo descubrí, él
se rió a carcajadas limpias, como si hubiéramos
estado jugando a las escondidas y dijo: “En cada bosque hay
un ratón que toca el violín”; luego hizo un
sonido extraño, un chirrido, que figuraba una nota
de violín. El resto de esas noches cerré mi
ventana; y aunque oí a una comadreja chillar en una
trampa, ni me asomé ni salí a verla.. Mi padre
y don Lucas llegaron a fin de esa semana. El día que
mi padre llegó, yo me eché a llorar en sus
brazos sin que nadie pudiera consolarme. Mi padre creía
que era de nostalgia. “Tuvo miedo que la abandonara, mi pobrecita”,
dijo, y me abrazaba. Traían dos hembras de ciervos
dama; las compraron a quinientos dólares cada una
en un establecimiento en Chubut: eran importadas de Nueva
Zelanda. Quinientos dólares era lo que costaba el
pasaje en avión a Atenas en temporada baja. Ahora
había que invertir en trabajos de carpintería:
levantar los potreros y los corrales para los futuros cervatillos.
Los ciervos se alimentaban de pasturas y de forraje; por
lo cual no costaría casi nada mantenerlos; mi padre
era optimista. Cuando llegara la faena, exactamente dentro
de un año, él y yo visitaríamos los
grandes hoteles de Buenos Aires, el Sheraton y el Hilton
y los otros, y ofreceríamos una carne de ciervo tan
buena que prácticamente nos la arrancarían
de las manos. En el Hotel Sheraton había una joyería
muy fina que se especializaba en corales y gemas semipreciosas
como la amatista, y mi padre me compraría ahí un
dije o un anillo o unos aros. Recordaba la joyería
porque a ese hotel había ido de luna de miel con mi
madre, y ella se empecinó en comprar un cintillo nuevo
con una esmeralda engarzada y que al fin perdió en
las playas de Piriápolis. Cada vez que mi padre hablaba
de los negocios con los animales y nuestra futura prosperidad,
Fido aplaudía de alegría y palmeaba el anca
de las ciervas. Ellas lo observaban esquivas; se medían
con él por el rabillo del ojo. Llevaban puestos bozales,
Fido se los quitó y ellas lamieron inmediatamente
su palma y a mí me dio celos: tal vez él tuviera
azúcar en la mano. Aquellas noches fueron tranquilas;
oía los ronquidos de mi padre en el cuarto de al lado,
y leve bramido de las ciervas. A veces abría mi ventana
y me asomaba por si veía a Fido andar dando vueltas
por ahí, pero la tercera o cuarta vez que lo hice
me topé frente a frente con don Lucas que salía
a ver si crecían el cebollar chino recién plantado:
es una clase de cebolla que sólo crece de noche y
bajo la luna, decía él, y que sirve para leer
el destino. Después de eso no abrí más
mi ventana.
Una noche soñé que yo era una muñeca
tirolesa. Tenía una falda negra y una casaca muy blanca
y almidonada y encima un delantal colorinche. Llevaba un
sombrerito típico con una pluma enhiesta y me semejaba
en todo a esas figuritas que tienen los reloj cucú.
Me bajaba de la vitrina en que me tenían guardada
mis padres y me ponía a bailar una especie de mazurca
o de polca, no sé bien. Bailaba y bailaba y al final
me dolían mucho las rótulas y las espinillas,
y dentro del sueño me llegaba la voz de mi antigua
profesora de danzas clásicas cuando sabía decir: “¿Qué saca
uno del baile, a fin de cuentas? Dolor en los pies y nada
más. Nada más”. Pero yo estaba segura que se
podía sacar de allí algo más, había
un fruto secreto en el baile y por eso seguía asistiendo
a mis clases. Nunca pensé que iba a ser bailarina; únicamente
me gustaba dar vueltas y sentir cada huesecito de los pies
funcionar, articularse como piezas diminutas de un engranaje
muy delicado.
V.
Al llegar la primavera, mi padre hizo inseminar las ciervas
y esperaba con ansiedad el nacimiento de los cervatillos.
Era la tercera primavera que pasábamos en el campo
y nos enfrentamos en una pelea a gritos. Pedí que
me entregara la parte de mi madre que me correspondía
en herencia y él dijo que recién lo haría
cuando yo cumpliera dieciocho años y fuera mayor de
edad. Mientras tanto era mejor que lo conservara él:
yo no sabría qué hacer con el dinero y seguro
lo desperdiciaría. Compró una vaca lechera:
ahora tendríamos leche y queso y manteca gratis. Como
ninguno de todos nosotros supo cómo utilizar el suero
en los quesos, enseguida se pusieron rancios. Don Lucas y
mi padre viajaron a Esperanza para informarse correctamente
sobre la producción de lácteos y esa noche
yo abrí mi ventana por última vez. Los postigos
estaban herrumbrados, tanto hacía que no la abría
y chirriaron. Al otro lado, las ciervas contestaron bramando.
Imaginaban, tal vez, que se trataba de un ciervo que las
requería de amores. Había un dinero que mi
padre dejó sobre la mesada de la cocina, para pagar
al proveedor de alfalfa y yo pensaba robarlo e irme al día
siguiente en el primer ómnibus hacia la ciudad. Pero
esa noche Fido se paró delante de mi ventana, se estuvo
un tiempo así, muy quieto y pareció que el
tiempo se estiraba y duraba enormidades. Luego se sacó prenda
por prenda y yo vi todo lo que anhelaba ver y me causó profunda
impresión. Su cuerpo tan blanco y esas astas que parecían
los huesos de la cadera justo debajo de su cintura. Me acordé de
las palabras del rey Gunter cuando ve a Brunilda en camisa
de dormir por primera vez: “Heme aquí con todo lo
que he deseado toda la vida”. Dejó sus ropas en el
suelo y empezó a reírse. Entonces yo me tenté y
traté de salir por la ventana hacia donde él
estaba; pero el marco estaba muy alto y me golpeé las
espinillas. Cuando estuve fuera, las ropas de Fido seguían
en la tierra pero él ya no estaba. Alcancé a
ver el espectro de su cuerpo blanco en la oscuridad yendo
hacia el bosquecito de acebos. Me quedé entonces a
esperarlo allí mismo y un cuarto de hora después
lo llamé a grandes voces, pero él no contestaba.
Era una noche cálida y había luna creciente.
Lo busqué un rato por los alrededores y al fin lo
vi alejarse de la casa, muy rápido, desnudo y montado
en una de las ciervas. Iba camino del monte, hacia sus Oscuros.
Cuando mi padre volvió al día siguiente montó en
cólera y acusó a Fido de ingrato. Él
lo había tratado como a un hijo, se quejó amargamente,
y así era correspondido ahora por ese indio, ese loco,
ese retrasado mental, ese ladrón que se había
llevado a una de sus hermosas ciervas mansas. Mañana
mismo, dijo mi padre, habría que contratar un peón
de algún pago para ayudar en las tareas de la chacra,
y costaba mucho mantener un peón. Todo esto era culpa
de ese indio loco de Fido, ese infeliz.
Yo me quedé a esperarlo toda la primavera y el verano,
y luego todo el otoño y el invierno hasta la primavera
siguiente en que cumplí dieciocho años y mi
padre me dejó marchar. Tenía la certeza de
que Fido iba a volver; él creció tanto que
el bosquecito de acebos le había quedado pequeño
y muy justo. Eso él lo había aprendido en un
libro que yo le regalé y él llevaba siempre
consigo. La mayor parte de cosas que sé la aprendí leyendo
libros; es casi lo único que yo hacía mientras
mi madre vivió, además de bailar danzas clásicas.
Pero cuando ella murió vino todo lo demás,
la vida en la chacra y los cerdos y el fracaso del criadero,
y las ideas locas de mi padre y las ciervas. Y estuvo el
muchacho a quien miré y me miró y por quien
fui casi tocada. Casi tocada; aunque seguía igual
de fuerte y de pura como Brunilda antes de Sigfrido y mi
fortaleza y mi virginidad me pesaban tanto que me hacían
débil a todo lo demás. La ciudad, anhelaba
yo en ese entonces, me daría todo lo que me faltaba.
En la ciudad cifraba yo mis esperanzas.
© Patricia Suárez |