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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

LAS CIERVAS

 

I.

Mi madre murió de cáncer la primavera en que yo cumplí quince años. Estaba muy flaca al final y mi padre nunca quiso decirle que ella estaba muriendo, para que se hiciera la ilusión de que se iba a curar. Al mes y medio que falleció, mi padre se retiró de su puesto de cajero en el Banco Francés, vendió la casa y nos fuimos a vivir a Acebal, un pueblo cerca de la ciudad. El lugar se llamaba así porque originalmente poseía un gran bosque de acebos, aunque en la actualidad apenas si quedaban dispersos unos pocos árboles a quien todos miraban con desprecio porque, decían, no servían para nada. Comer bayas de acebo era vomitivo, y uno siempre veía a un lugareño u otro levantarlas del suelo y guardarlas en los bolsillos, para mascarlas y quitarse así la borrachera de los viernes o los sábados en la noche. Al comienzo, apenas la venta de la casa estuvo hecha, mi padre ofreció entregarme la parte de mi madre que me correspondía como herencia; pensaba ponerla en el banco, en una caja de ahorros, para que yo pudiera hacer estudios universitarios sin necesidad de trabajar; sin embargo al poco tiempo mi padre cambió de opinión y decidió que sería una mejor inversión para ambos si en el terreno de Acebal que pertenecía a los abuelos, poníamos un criadero de cerdos con el dinero de la venta de la casa. Yo sabía que acabaría perdiendo mi escasa fortuna: en sus manos el dinero se iba como agua: él era incapaz de retenerlo. En esa casa yo había nacido y vivido a lo largo mis quince años; allí dije mis primeras palabras, aprendí a andar en bicicleta, escribí un libro de seis poemas. Mi padre vendió no sólo la propiedad sino también los muebles, el televisor (que él juzgaba nocivo para mi educación) y el aparato para escuchar discos que era de mi madre. Yo nada más quería conservar la biblioteca: tenía gran cantidad de libros que había venido comprando desde mis once o doce años y consideraba importante seguir poseyéndolos. Recordaba a mi madre con un libro en la mano, sonriendo mientras leía la mayoría de las veces: ella sabía decirme que la lectura era una gran cosa; que hacía que la gente no se sintiera tan sola: mi madre era una criatura infeliz. Embalamos mis libros en cajas de cartón y mi padre se deshizo de la biblioteca: el armazón era de roble y los estantes estaban hechos con la madera de unos pinos que se llaman pinos brasil; la compró un mercachifle, junto con el tocador y el espejo de pie que eran de mi madre de cuando soltera. En Acebal nuestra casa sería muy pequeña, alegaba él.

Los primeros cerdos que trajeron eran Duroc Jersey; de pelaje rojo y aspecto feroz. Eran cinco hembras; una, como un obsequio que los misioneros salesianos que manejaban el criadero le hicieran a mi padre, venía preñada. Parió ocho lechones a finales de ese mes, y mi padre hizo servir a las otras cuatro hembras en los dos celos anuales. Había construido el chiquero bastante lejos de la casa; ahí se solazaban los animales que estaban en el período de recría y pesaban menos de cien kilos. Las parideras estaban más cerca de la casa, y despedían un olor acre todo el tiempo y era imposible quitarlo con nada por mucho que se fregara. A los cerdos no les molestan las moscas; es la primera y más notoria diferencia que hay entre ellos y nosotros. Los moscardones iban y venían de las parideras a la casa, y se posaban con total desparpajo sobre las cajas que contenían mis libros. Nunca desembalé mis libros, pero yo sabía que allí bajo las moscas descansaban mis cuentos de hadas y La Ilíada y La Odisea y un manoseado ejemplar de Hamlet que conseguí en un negocio de libros usados. Al comienzo nos ayudaba solamente un viejo de la zona, don Lucas. Él decía de sí mismo que era experto en ganado porcino; pero la primera faena lo dejó descompuesto y medio muerto durante una semana. El día que se mató el primer lechón fue todo un acontecimiento, en el que se allegaron los vecinos a ayudarnos. Don Lucas dirigía la empresa, pero en cuanto el animal comenzó a chillar y a sus chillidos les correspondieron con un adiós eterno –o eso creímos nosotros, por lo menos- los cerditos que se revolcaban en el chiquero, el viejo perdió la compostura, le tembló la mano y ya no pudo degollarlo con el cuchillo. Eso lo hizo don Ernesto, el padre de Fido. Don Ernesto y Fido se daban maña para todo y vivían pasando la tranquera, justo antes de la vía del ferrocarril. Don Ernesto había sido ferroviario y ahora era apicultor; tenía colmenas de abejas italianas que daban una miel gorda y sabrosa, que formaba una espuma en la superficie. Era una miel que sabía un poco a nata dulce. El chico tenía mi edad. Ahora don Ernesto había conseguido un trabajo como puestero al norte de la provincia, en una estancia de La Gallareta, y debía dejar al chico todo el tiempo solo; eso lo apenaba. El chico sabía hacer de todo, decía don Ernesto, aunque un poco le faltaba un tornillo y también porque nunca quiso poner voluntad para ir a la escuela; lo que sabía –leer y escribir, firmar, sumar y restar- lo había aprendido de la madre, mientras vivió con ellos, pero después la madre los abandonó y se volvió al monte con los suyos, los Oscuros. Él era un chico nada más; no tenía maldad, explicaba don Ernesto. La perspectiva de la soledad del chico le hacía tener el corazón en la boca; así nunca viviría tranquilo, dijo. Mi padre, ni lerdo ni perezoso, tomó a Fido a su cargo, y fue el chico quien junto a don Lucas picaron la carne, la amasaron con los condimentos y las embutieron en las tripas de cerdo para hacer chorizos. El olor a la sangre desmayaba a cualquiera.

Los chacinados y los embutidos dejaron poca ganancia, a excepción del jamón que habían ahumado quemando ramas y hojas de acebo. Fido entraba en los almacenes y supermercados a quienes proveíamos de mercadería gritando a viva voz: “¡Salamines! ¡Salamines, señores y señoras!” Parecía contento; una vez por mes el padre le escribía y él le contestaba una vez por mes. Nos sentábamos en la cocina, y él me dictaba qué cosas quería contarle y que el padre supiera. Ninguna era una cosa trascendente; no nos pasaban cosas trascendentes a excepción de la vez que hubo que ayudar a la cerda bizca a parir, y cuando el rayo partió el acebo que estaba junto a la tranquera. Cada tres meses nos medíamos contra un árbol, un eucalipto, que estaba en el fondo; él medía casi un metro con ochenta y yo apenas si pasaba de la primera rama baja. Estaba muy alto y robusto y apenas tenía seis meses más que yo y la inteligencia de un ratoncito. Cuando se despedía del padre en las cartas, Fido siempre me hacía escribir: “Tu hijito”. Era muy cariñoso y se reía de todo. A veces, si podía quitarle un lechoncito por un rato a las cerda parida, lo traía hasta la cocina, lo ayudaba a pararse en dos patas y le enseñaba a bailar. Mi padre lo retaba, pero con suavidad; mi padre lo tenía en la chacra nada más que por la comida y el techo y le permitía que el chico se diera algunos gustos, decía él, como hacer bailar a los cerditos. Obraba injustamente no pagándole un sueldo; pero él sabía decir que algún día todos seríamos muy ricos y entonces no habría que mezquinarle el dinero a nadie. Dormía entre la casa y las parideras, en una especie de casilla que mi padre había mandado construir para él, y se pasaba el día literalmente metido en el barro con los cerdos. Usaba una larga vara de acebo para impedir que los animales se pelearan entre ellos, y una vez lo vi enfrentarse con un macho joven de unos setenta kilos sin que se le moviera un pelo de susto. Le hablaba a todos los animales, y a todos había puesto nombre y por él les llamaba. Él mismo era el matarife y los mataba lo más rápido que podía, con la ilusión de que el animal nunca llegara a enterarse de que iba a morir. Por suerte la muerte tiene un olor especial, que no puede ocultarse, y todo el que camina hacia ella termina cayendo en la cuenta de hacia adónde se dirige. Fido jamás comía los animales que faenaba, ni mi padre, ni yo tampoco; solamente don Lucas, en empanada o en un guiso con una salsa que le quitara un poco el gusto al animal muerto.

Mientras los cerdos vivieron fuimos felices. Es extraño que diga esto ahora, porque si en aquel momento me lo hubieran preguntado yo no habría respondido jamás que era feliz. Estaba triste por la muerte de mi madre, en esa época, y casi no podía pensar en otra cosa. Pero a mediados de enero, cuando había pasado ya un año largo de su muerte, una mañana los cerdos amanecieron apestados y antes de llegar el mediodía ya estaban acabados. El veterinario que llegó de Arroyo Seco no pudo hacer nada y ni siquiera supo qué decir al respecto. A lo mejor era una especie de parásito letal o bien la Fatalidad era la causante de la muerte súbita de los animales. La Fatalidad suele ser especialmente maliciosa con los desprevenidos, y llega de un día a otro, aplastando con sus borcegos de hierro: llega con sus tornados, sus terremotos, su fuego, sus guerras, sus locos sueltos armados hasta los dientes, sus conductores borrachos. Por esto es que reza el dicho que Dios premia a los astutos y abandona a los que andan tonteando. Un buen campesino siempre tiene un seguro de vida sobre las cabezas de ganado que posee, previendo catástrofes naturales como la inundación o el granizo. Mi padre había querido ahorrarse el dinero de la póliza y lo único que nos quedaba era la pequeña ganancia habida de la venta de los jamones la estación pasada; y teníamos muchas deudas. Fido estaba tirado en el barrial, llorando y pataleando, y don Lucas tuvo que sacarlo de allí a la rastra, y luego hubo que dejarlo enterrar los cerdos a los que tenía más cariño en el lindero adonde antes había estado el bosque de acebos. Lo hizo durante la noche, sollozando todo el tiempo: cavaba una fosa, los echaba dentro, aplanaba la tierra con la pala y luego les clavaba una pequeña cruz hecha con las ramitas de los árboles. Yo iba detrás de él, desclavando las cruces, porque era ilegal enterrar animales que habían muerto de peste; esperaba que a nadie se le ocurriera meternos una denuncia por esto.

II.

Ninguno de nosotros fue la misma persona después que fracasó el criadero de cerdos. Mi padre comenzó a decir que no fue un efecto cualquiera de la Fatalidad, sino que era una maldición de mi madre enviada desde el Más Allá, porque estábamos criando cerdos y habíamos llamado a la chacra “Los Nibelungos”. Mi madre había sido judía, aunque no practicaba su religión, y desde el otro mundo seguro había visto nuestras actividades con malos ojos. De aquí que ella misma premiaría nuestro triunfo si nos dedicáramos a la cría de otros animales. A mí no me causaba ningún entusiasmo seguir criando ganado. En la ciudad, yo asistía a clases de danzas clásicas tres veces a la semana y otras tres veces estudiaba inglés; también iba seguido a la biblioteca municipal y retiraba en préstamo libros demasiado preciosos o demasiado costosos para que yo pudiera comprármelos y los leía durante horas enteras. Aquí, en cambio, pasaba mis horas alimentando los pollos y los pavos que teníamos, repasando un libro de matemáticas para cuando fuera a rendir el quinto año bachiller a la ciudad, y esperando el atardecer y suspirando. Ansiaba volver a la ciudad; estaba deseosa. Con mi parte de la herencia de mi madre, yo hubiera querido viajar a conocer Grecia. Sus parientes eran de Tesalónica y habían vivido allí por siglos; a principios de éste se mudaron a Esmirna y ahí se instalaron y se dedicaron a la venta de aceitunas. Las aceitunas griegas son aquellas todas arrugadas y muy suculentas; tienen un punto agrio en el centro del sabor que anuncian el sitio por donde comenzará la corrupción.

Para empezar, mi padre cambió el nombre de la chacra y pasó llamarse “Los enanos”. Es evidente que él creía que los nibelungos que custodiaban el tesoro eran enanos y ponerle de nombre “Los enanos” a la chacra como eufemismo de “Los nibelungos” iba a traernos prosperidad y abundancia. Los conocimientos de mi padre en literatura germana de la Edad Media, no son su fuerte. Los nibelungos eran gigantes y sólo el criado que los sobrevive y que se presta a servir luego a Sigfrido, es enano. Se trata de Alberico y posee un manto que logra la invisibilidad. Gracias a este manto Sigfrido entra al lecho de Brunilda y la hace suya.

La primera idea que tuvo mi padre y que juzgó brillante, fue la de ir a cazar pecaríes a Tostado, en la frontera con la provincia de Formosa. Tenía un viejo rifle belga, un Máuser para pólvora sin humo, prácticamente del siglo pasado. Pero había muchos cazadores de pecaríes por la zona y uno podía comprobar que no nadaban en la abundancia. Después consideró la posibilidad de cazar jabalíes, en un coto en Neuquén. La carne de jabalí se pagaba bien; bastaba salarla y envasarla y luego salir a venderla a nuestros antiguos proveedores. Mi padre jamás había disparado a nada en su vida; practicaban tiro junto a don Lucas, disparando a unas piedras que ponían sobre unos tocones de árboles. Casi nunca acertaban, y eso que las piedras no eran un blanco móvil. Para cazar jabalíes el hombre se ayuda de perros dogo argentino; mi padre contaba con el Peludo, el perro cuzco de don Lucas y con el Negrito y el Arena, los nuestros. Nuestros perros eran de raza desconocida; escuálidos. El jabalí no ataca jamás, sino que se empaca y se sienta y la empieza a dentelladas contra los perros. Con sus colmillos, mata a los perros desgarrándolos en cuatro pedazos. Ni el Negrito ni el Arena se merecían un final así. Don Lucas palmeó a mi padre en los hombros y le dijo que era una empresa muy arriesgada la caza del jabalí y que ellos no eran hombres para eso. Mi padre se consoló pensando que al fin y al cabo, salir a cazar jabalíes o pecaríes era seguir con el asunto de los cerdos. Mi madre no nos bendeciría estas cacerías desde el Más Allá.

Decidieron que el animal idóneo para la cacería era el ciervo colorado. Viajarían en marzo a La Pampa, donde había una población de animales traídas a principios de siglo de los Cárpatos. Marzo es la época de celo y brama, cuando los machos se disputan a las hembras. Suelen estar furiosos para esa época y se ha visto casos en los cuales los ciervos se topaban entre sí en una pelea, y enredaban sus cornamentas de tal manera que ya no podían zafarse uno del otro, y morían al tiempo de inanición. Mi padre y don Lucas pagarían la prima para actuar en el coto de caza y el precio indicado por cada pieza obtenida; querían hacer todo correctamente. Alquilarían las armas y la jauría necesarias, y el equipo de cazador completo. Leían revistas específicas para cazadores que mi padre hacía traer de la ciudad. El pobre Fido reía viéndolos hacer estos planes; se tapaba la boca con la mano derecha para sofocar la carcajada o se apretaba la barriga contra el antebrazo. Mi padre montaba en cólera y amenazaba con llevarlo de vuelta al rancho en que vivió con don Ernesto o peor aun, mandarlo de regreso al monte con los parientes maternos, los Oscuros. Fido, con las amenazas, se mustiaba. Ellos, don Lucas y mi padre, no perderían la paciencia jamás frente a una presa, y usarían las técnicas de caza al acecho y al rececho. Irían detrás de cualquier rastro; pero mi padre no había visto ninguna huella en su vida. Únicamente los pies de mi madre, cuando pisaban la playa húmeda corriendo hacia al mar, el año que veraneamos en Villa Gessell, una década atrás. No conocía otras huellas.

Mi padre y don Lucas faltaron de la chacra un mes y medio, tal vez más, todo lo que duró la temporada de caza. Durante ese tiempo Fido y yo estuvimos solos, haciéndonos cargo de los pavos y los pollos; y Fido practicaba caligrafía en un cuaderno especial para eso, y yo leía libros que me hacía traer de la ciudad con un comisionista. Comíamos un resto de una hogaza de pan chicharrón que parecía mágico porque duraba y duraba; lo pellizcábamos día y noche, tan sabroso era. Fido tenía su primer libro también, uno para niños, que se titulaba “En cada bosque hay un ratón que toca el violín” y al que él llevaba todo el día en un bolsillo del pantalón. Trataba sobre un osezno que vive en un bosque tan pequeño que tiene nada más que una sola ardilla, un solo cuervo y un ratoncito que toca el violín. Pero sucede que el osezno comienza a crecer tanto y tanto que ya no cabe dentro del bosque y debe salir a buscar un bosque más grande que le de cobijo. Halla uno, que tiene cuervos y ardillas, y él pregunta si también tendrá un ratón que toque el violín; y le contestan que sí, que todos los bosques lo tienen. Cuando caía la noche, podíamos oler el relente del criadero de cerdos. Era un olor agrio y triste que aparecía a veces, cuando el clima estaba muy húmedo y que ponía en evidencia la ausencia de los cerdos. Yo solía pensar que siglos después de la erupción del Vesubio que tapó Pompeya, debía subir a Roma un relente semejante. Fido no entraba a dormir a su casilla, sino que se apostaba con los dos perros, uno a cada lado, en la puerta de la casa y hacía guardia como un soldado granadero. Pasaba las noches al sereno, y cuando caía el rocío al amanecer, saltaba la tranca y se perdía en el bosque de acebos. A esa hora, también los acebos despedían un olor especial. Ellos habían perdido a muchos de sus compañeros, talados para leña o por gusto del hachero de ver crecer el pasto donde antes había un ser espléndido, vivo.

III.

Las lluvias de febrero se retrasaron y comenzó a llover a principios de marzo, apenas mi padre se hubo ido. Yo cerraba todos los postigos de las ventanas y sabía que fuera estaba Fido vigilando y mojándose. Una noche sucedió. La madera de los postigos estaban tan hinchadas por la humedad, que tuve que dejarlas entornadas. Oía la lluvia repiquetear contra la madera, contra las chapas del cobertizo, y algo como las patitas de una comadreja inquieta pasarse por delante del gallinero. Había estado poniendo trampas para las comadrejas hasta muy tarde, y estaba empapada de lluvia. Eran unas trampas especiales, que habíamos diseñado para que no les rompieran las patas cuando se cerraran. Nos daban pena las comadrejas; no hacían por mal las cosas que hacían. Acababa de desvestirme cuando hubo un relámpago; el cielo se puso gris pálido y se iluminó la cara de Fido, agachado debajo de mi ventana y espiándome. En ese momento no supe qué hacer; me hice la tonta y aunque hacía mucho calor me tapé con la colcha hasta la barbilla. Decidí no leer esa noche y estuve tendida en la oscuridad, oyendo mi respiración y creyendo oír la de Fido al otro lado. Traté de imaginar lo siguiente: ¿qué había visto él de mí? Mi cuerpo no es todo lo bonito que yo quisiera: ¿se habría sentido decepcionado al verme? Yo no estaba para nada asustada. Él no habría visto demasiadas mujeres y con lo tonto que era no lograría con facilidad que se le desnuden las chicas del pueblo. Tampoco tenía un centavo a disposición, dado que mi padre no le pagaba nada. Él era virgen. No podía compararme con alguna otra. Yo tampoco había visto un hombre desnudo, a exceptuar a mi padre al que sorprendí dos o tres veces en el baño y no me hizo gran impresión. En este sentido, calculé, Fido tenía mayor experiencia que yo. ¿Cuánto haría ya que él venía espiándome? ¿Se habría aprovechado Sigfrido de su invisibilidad para contemplar a Brunilda a su antojo? La leyenda cuenta que así le robó la doncellez, sin embargo yo pienso que lo hizo de una manera mezquina: él la podía mirar pero ella no podía mirarlo a él. No pude dormir y me quedé muy tiesa boca arriba observando cómo el revoque del cielorraso se estaba rajando.

Al día siguiente, los dos actuamos con normalidad. Él repasaba las tablas de multiplicar –conocía hasta la del 5- y yo les froté a las aves una ampolla en la cabeza contra el piojillo. El Negrito estaba sarnoso y hablamos de si debíamos llamar al veterinario o bastaría con bañarlo con desinfectante. Me fui a acostar temprano y me desvestí muy lentamente frente a la ventana: un hombre me estaba mirando. Este rito se repitió durante todas las noches siguientes, pero yo trataba de ser más osada cada día. Una vez dejé el postigo un poco más abierto; otra vez lo hice con la luz encendida; otra, muy lentamente; aunque yo solía usar un camisoncito de franela, ahora me desnudaba por completo. Luego que me desvestía me metía en la cama y me tapaba hasta la barbilla. Pasaba las noches en vela; intentando recordar cómo había sido la mirada que le había visto echar sobre mí, justo antes de acostarme. Él tenía unos ojos hermosos, almendrados y largos, y su mirada era muy dulce. Durante el día estaba tan excitada que casi no podía hablarle y temblaba. Él no manifestaba ningún cambio. Se había fabricado un muñequito con unos ovillos de lana sobrante, y jugaba a hacerlo bailar. La marioneta tenía un nombre, pero ahora lo he olvidado. Cuando sopló el viento bochornoso del Norte, dejé los postigos abiertos de par en par. Él se mantuvo a distancia, apoyado contra el tocón que era el acebo que el rayo partió el año anterior, contemplándome distraído. Luego se trepó a la quemada copa del árbol derrumbada por ahí y durmió. En esos días cayó en mis manos un libro que contaba la historia de un niño galés endeble de cuerpo y deforme, pero con una inteligencia extraordinaria, tanto así que se creía que era una nueva raza, superior al Homo Sapiens o bien, que había venido del espacio. Tuve ilusión de que Fido perteneciera a esta raza. ¿Y si los Oscuros de que hablaban su padre y los vecinos era un pueblo con una inteligencia y una sensibilidad diferente y exquisita? Porque alguna noche tendría que ocurrir y él entraría a mi cuarto directamente por la ventana y entonces yo podría verlo a él. Era lo que más quería: mirarlo. Pensar en lo otro que podría suceder cuando él entrara a mi cuarto sólo me traía preocupación. Unos meses atrás había encargado al comisionista un libro que se llamaba El cuerpo de la mujer, pero lo leí con atención e igual mucho no lo entendí.

A veces, durante el día quería hablarle y proponérselo, y la saliva se me quedaba atorada en la mitad de la garganta. Él hablaba de los pajaritos que emigraban por aquella época: los mistos y las golondrinas, cuidaba de los perros y los pavos, jugaba con su marioneta y se iba por el bosquecito de acebos. Volvía a la noche, a eso de las nueve, cuando en el campo la oscuridad se eleva de la tierra como una falda enlutada que se alza. Iba a la cocina, pellizcaba el pan de chicharrón y se tomaba un tazón de leche, y después se apostaba a mi ventana; entonces yo empezaba a desnudarme. Así cada noche, todas las noches.

IV.

Aquello duró todo marzo y hasta la mitad de abril, cuando la Pascua y los primeros fríos. La última noche que estuvimos así él silbaba y actuaba como si estuviera aburrido. Luego salió corriendo y faltó dos días enteros; yo creía que había ido muy lejos o de jarana al pueblo. Lo encontré al anochecer del segundo día, viviendo en la copa de un acebo en el bosquecito. Cuando lo descubrí, él se rió a carcajadas limpias, como si hubiéramos estado jugando a las escondidas y dijo: “En cada bosque hay un ratón que toca el violín”; luego hizo un sonido extraño, un chirrido, que figuraba una nota de violín. El resto de esas noches cerré mi ventana; y aunque oí a una comadreja chillar en una trampa, ni me asomé ni salí a verla.. Mi padre y don Lucas llegaron a fin de esa semana. El día que mi padre llegó, yo me eché a llorar en sus brazos sin que nadie pudiera consolarme. Mi padre creía que era de nostalgia. “Tuvo miedo que la abandonara, mi pobrecita”, dijo, y me abrazaba. Traían dos hembras de ciervos dama; las compraron a quinientos dólares cada una en un establecimiento en Chubut: eran importadas de Nueva Zelanda. Quinientos dólares era lo que costaba el pasaje en avión a Atenas en temporada baja. Ahora había que invertir en trabajos de carpintería: levantar los potreros y los corrales para los futuros cervatillos. Los ciervos se alimentaban de pasturas y de forraje; por lo cual no costaría casi nada mantenerlos; mi padre era optimista. Cuando llegara la faena, exactamente dentro de un año, él y yo visitaríamos los grandes hoteles de Buenos Aires, el Sheraton y el Hilton y los otros, y ofreceríamos una carne de ciervo tan buena que prácticamente nos la arrancarían de las manos. En el Hotel Sheraton había una joyería muy fina que se especializaba en corales y gemas semipreciosas como la amatista, y mi padre me compraría ahí un dije o un anillo o unos aros. Recordaba la joyería porque a ese hotel había ido de luna de miel con mi madre, y ella se empecinó en comprar un cintillo nuevo con una esmeralda engarzada y que al fin perdió en las playas de Piriápolis. Cada vez que mi padre hablaba de los negocios con los animales y nuestra futura prosperidad, Fido aplaudía de alegría y palmeaba el anca de las ciervas. Ellas lo observaban esquivas; se medían con él por el rabillo del ojo. Llevaban puestos bozales, Fido se los quitó y ellas lamieron inmediatamente su palma y a mí me dio celos: tal vez él tuviera azúcar en la mano. Aquellas noches fueron tranquilas; oía los ronquidos de mi padre en el cuarto de al lado, y leve bramido de las ciervas. A veces abría mi ventana y me asomaba por si veía a Fido andar dando vueltas por ahí, pero la tercera o cuarta vez que lo hice me topé frente a frente con don Lucas que salía a ver si crecían el cebollar chino recién plantado: es una clase de cebolla que sólo crece de noche y bajo la luna, decía él, y que sirve para leer el destino. Después de eso no abrí más mi ventana.

Una noche soñé que yo era una muñeca tirolesa. Tenía una falda negra y una casaca muy blanca y almidonada y encima un delantal colorinche. Llevaba un sombrerito típico con una pluma enhiesta y me semejaba en todo a esas figuritas que tienen los reloj cucú. Me bajaba de la vitrina en que me tenían guardada mis padres y me ponía a bailar una especie de mazurca o de polca, no sé bien. Bailaba y bailaba y al final me dolían mucho las rótulas y las espinillas, y dentro del sueño me llegaba la voz de mi antigua profesora de danzas clásicas cuando sabía decir: “¿Qué saca uno del baile, a fin de cuentas? Dolor en los pies y nada más. Nada más”. Pero yo estaba segura que se podía sacar de allí algo más, había un fruto secreto en el baile y por eso seguía asistiendo a mis clases. Nunca pensé que iba a ser bailarina; únicamente me gustaba dar vueltas y sentir cada huesecito de los pies funcionar, articularse como piezas diminutas de un engranaje muy delicado.

V.

Al llegar la primavera, mi padre hizo inseminar las ciervas y esperaba con ansiedad el nacimiento de los cervatillos. Era la tercera primavera que pasábamos en el campo y nos enfrentamos en una pelea a gritos. Pedí que me entregara la parte de mi madre que me correspondía en herencia y él dijo que recién lo haría cuando yo cumpliera dieciocho años y fuera mayor de edad. Mientras tanto era mejor que lo conservara él: yo no sabría qué hacer con el dinero y seguro lo desperdiciaría. Compró una vaca lechera: ahora tendríamos leche y queso y manteca gratis. Como ninguno de todos nosotros supo cómo utilizar el suero en los quesos, enseguida se pusieron rancios. Don Lucas y mi padre viajaron a Esperanza para informarse correctamente sobre la producción de lácteos y esa noche yo abrí mi ventana por última vez. Los postigos estaban herrumbrados, tanto hacía que no la abría y chirriaron. Al otro lado, las ciervas contestaron bramando. Imaginaban, tal vez, que se trataba de un ciervo que las requería de amores. Había un dinero que mi padre dejó sobre la mesada de la cocina, para pagar al proveedor de alfalfa y yo pensaba robarlo e irme al día siguiente en el primer ómnibus hacia la ciudad. Pero esa noche Fido se paró delante de mi ventana, se estuvo un tiempo así, muy quieto y pareció que el tiempo se estiraba y duraba enormidades. Luego se sacó prenda por prenda y yo vi todo lo que anhelaba ver y me causó profunda impresión. Su cuerpo tan blanco y esas astas que parecían los huesos de la cadera justo debajo de su cintura. Me acordé de las palabras del rey Gunter cuando ve a Brunilda en camisa de dormir por primera vez: “Heme aquí con todo lo que he deseado toda la vida”. Dejó sus ropas en el suelo y empezó a reírse. Entonces yo me tenté y traté de salir por la ventana hacia donde él estaba; pero el marco estaba muy alto y me golpeé las espinillas. Cuando estuve fuera, las ropas de Fido seguían en la tierra pero él ya no estaba. Alcancé a ver el espectro de su cuerpo blanco en la oscuridad yendo hacia el bosquecito de acebos. Me quedé entonces a esperarlo allí mismo y un cuarto de hora después lo llamé a grandes voces, pero él no contestaba. Era una noche cálida y había luna creciente. Lo busqué un rato por los alrededores y al fin lo vi alejarse de la casa, muy rápido, desnudo y montado en una de las ciervas. Iba camino del monte, hacia sus Oscuros. Cuando mi padre volvió al día siguiente montó en cólera y acusó a Fido de ingrato. Él lo había tratado como a un hijo, se quejó amargamente, y así era correspondido ahora por ese indio, ese loco, ese retrasado mental, ese ladrón que se había llevado a una de sus hermosas ciervas mansas. Mañana mismo, dijo mi padre, habría que contratar un peón de algún pago para ayudar en las tareas de la chacra, y costaba mucho mantener un peón. Todo esto era culpa de ese indio loco de Fido, ese infeliz.

Yo me quedé a esperarlo toda la primavera y el verano, y luego todo el otoño y el invierno hasta la primavera siguiente en que cumplí dieciocho años y mi padre me dejó marchar. Tenía la certeza de que Fido iba a volver; él creció tanto que el bosquecito de acebos le había quedado pequeño y muy justo. Eso él lo había aprendido en un libro que yo le regalé y él llevaba siempre consigo. La mayor parte de cosas que sé la aprendí leyendo libros; es casi lo único que yo hacía mientras mi madre vivió, además de bailar danzas clásicas. Pero cuando ella murió vino todo lo demás, la vida en la chacra y los cerdos y el fracaso del criadero, y las ideas locas de mi padre y las ciervas. Y estuvo el muchacho a quien miré y me miró y por quien fui casi tocada. Casi tocada; aunque seguía igual de fuerte y de pura como Brunilda antes de Sigfrido y mi fortaleza y mi virginidad me pesaban tanto que me hacían débil a todo lo demás. La ciudad, anhelaba yo en ese entonces, me daría todo lo que me faltaba. En la ciudad cifraba yo mis esperanzas.

© Patricia Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Suárez | Argentina, 1969 | Escritora rosarina. Ganadora del Premio Clarín-Alfaguara de Novela 2003. Ha incursionado en todos los géneros y publicado las novelas Aparte del principio de la realidad y Perdida en el momento. También es autora de varios libros de cuentos, poemarios, obras teatrales y del ensayo La escritura literaria. Acaba de publicar la colección de relatos Esta no es mi noche. Página web en Los Noveles: Patricia Suárez