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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

LA CONDICION HUMEANA

Carta violada (pero al fin y al cabo, abierta) del Dr. Herodotus Doxus a:

 

 

De la última horneada de economistas escupidos hacia América Latina por la Universidad de Chichago, Ill&noise [1], John Polidori, PhD. [2], joven y presunto experto en conductismo tributario, tuvo a bien adelantarme –espero no muy seriamente— su proyecto de reforma para la administración de impuestos en vuestro país, inspirada, según él mismo escribe, «en el estudio plenario de la realidad nacional peruana basándose en sondeos demográficos, pirámides estamentarias, índices estadísticos de ingresos, egresos, regresos y pertrechos».

Antes de seguir sería bueno que os hicierais de una idea general de los lineamientos, harto virtuales, del conductismo tributario al que refiere Polidori: se trata nada menos que del último grito de la coctelería económica propuesta por su casa de estudios, y es, o así tengo entendido, de las modas académicas mejor acogidas por el establecimiento imperante esta temporada.

El conductismo tributario se desarrolla en la Universidad de Chichago durante los años 80 como obra conjunta de Edward Heathens [3] y Klaus Bureau [4]. Su propuesta general es a muy grandes rasgos la siguiente: ya que no podemos exonerar a la sociedad de impuestos, hagamos tanto del cobrar como del rendir tributos un placer. Podría espetársele al conductismo tributario el ser un cruce no muy logrado de psicología moderna y utilitarismo de bodegón (cosas que en algún momento pareciéronme la misma). Pero si éste es el nuevo humanismo, adónde –si es que a alguna parte— iremos a parar…

El hecho es que su ya clásico Foundations of Tax Conductivism sentó, en términos hoy casi irreconocibles, los cimientos del actual conductismo tributario, que, me urge insistir, ha discurrido –vaya a saberse cómo y a causa de qué—, por cauces menos teóricos que propiamente imprácticos. Evidencia concluyente de ello es para mí el mentado adelanto del Dr. Polidori, que comienza, como todo absurdo, ahí donde habría –y donde eventualmente habrá en razón— de terminar.

Dice pues el doctorcillo:

«Mi interés no radica en el Perú, sino concisamente en Lima: creo haber dado con que el limeño –por motivos que no tengo aún en claro— es el único ser del que se tenga noticia que responde con perfecta eficiencia a la falta absoluta de estímulos. Sin duda se imaginará usted lo que un descubrimiento de esta envergadura implica».

Claro. ¡Sin duda!

Si he de serle franco, algo en mí se rehúsa hondamente a comprender cómo semejante estupidez sería posible, mucho menos enunciable. Esto, mi querida, no es un descubrimiento (aunque muy probablemente revista el vellocino más artificioso de la invención). Como insensatez, paréceme, en virtud de nuestra previa correspondencia y vuestros amables comentarios sobre el ser limeño (o como tiene Vd. a bien decir, tan elegantemente, ‘liminar'), prometedora -sobre tablas y bajo la dirección de Roger Blin o Lugné-Poe-. O es el limeño una contradicción en términos –cosa que Vd., en tanto persona y personalidad, no termina de darme a entender—, o es algo bien distinto a lo que entiende Polidori (sea por limeño, sea por contradicción).

Espero no achaque mi sorpresa a mi denostado ‘escolasticismo', pero hasta el más extremo estado invertebrado del posmodernismo ha de tener sus límites (reparen o no éstos en la arquitectura ínsita –y creo yo, hasta comprobable— de su hermoso dios salvaje). Algo debe de diferenciar a la propuesta de Polidori del sin-sentido consumado (caso contrario, seguramente no podríamos hablar, por más difícil que nos fuera ya pensar siquiera, --y es que ¿es posible, acaso? – de o en una falacia polidoriana). Ya me dirá.

Y así observada, o eso pensé, la diferencia entre entropía económica y economía entrópica, mande la siguiente réplica al buen señor:

De asini umbra disceptare.

Eso, y nada más. Su respuesta tampoco se hizo esperar. En términos no tan cordiales, que me he tomado el trabajo de editar, contestó –y espero el contenido, presentado ad usum Delphinae, no ofenda a su sensibilidad o intelecto— que:

«Su objeción era de esperarse. Vd. debe pensar una de tres cosas:

a) que el limeño, al no responder sino a una total falta de estímulos, hace del desestímulo un estímulo-en-sí;

b) que el limeño, a falta de estímulos, los genera espontáneamente; o

c)  que existe algún estímulo sin observar que genere la respuesta del limeño.

Acierto, ¿cierto?»

De ahí me comparte –ya parecería que de mejor humor—, el esquema de la fase experimental de su primer proyecto en Lima, el que le llevó a sus actuales conclusiones: una argucia diseñada por su gente «a lo ancho, hondo y largo de las circunstancias» denominada agresIVA, que consiste en potenciar el rendimiento de tributos «si es que no hedónica, entonces por lo menos sí prácticamente». Es muy de su escuela el no distinguir entre placer y pragmatismo, de ahí que insista con que Polidori es un conductista tributario bien particular.

AgresIVA consistía en sindicar al delincuente común de tal manera que la delincuencia quedara, como estila hacerse ya en tantos países con «altos niveles de desarrollo», bajo la égida del gobierno de turno («que es, por lo menos en términos delincuenciales y bajo cualquiera de sus posibles acepciones y usanzas, una entidad casi perfectamente predecible en todas partes». Polidori dixit). El delincuente, teniendo ciertas condiciones básicas de bienestar aseguradas ya por el Estado (i.e., feriados, vacaciones pagas, seguro médico y social, comidas) podría dedicarse en pleno y sin miedo a la mera amenaza de su profesión, que prometería resumir sólo y sólo sí las condiciones pactadas fueran a incumplirse. De modo, asegura Polidori, que el contribuyente estaría orgánica y gozosamente impelido no sólo a pagar impuestos, sino a pagarlos a tiempo, y la sociedad limeña podría operar como una especie de represa de contención social que Polidori no dudó en llamar, públicamente y en su momento: «Latin America's Socioeconomical Three Gorges».

Da a entender que –por razones y de formas que tampoco aclara—, fue la propia Lima la que reaccionó «anhedónicamente» (¿pero no es acaso esto una reacción?) a su propuesta. En todo caso, Polidori, ciegamente empeñado en lo suyo, no regresó a los Estados Unidos sino que se quedó en Lima, casi sin noticias de sus peripecias, durante casi un año. Transcurrido ese período, reaparece, con esta carta, en las casillas de correo electrónicas (o más retardatarias, como es el caso de la mía) de unas pocas personas cuya opinión parecería estimar. Vaya a saberse en razón de qué me eligió a mí, a quien ni siquiera conoce. El hecho es ese, y más que no saber qué pensar de ello, preferiría simple y llanamente no pensar en él en lo absoluto.

Por lo demás, es la tercera vez que le envío esta carta, y sigo hasta la fecha, mi querida: sin respuesta. Un abrazo de vuestro,

 

 


[1] Los mismos que representaron el primer y último paso en falso de la economía chilena bajo Pinochet; cf. con apéndice a mi artículo de 1989, ‘'L´université: c´est l´antonyme de la diversité?''

[2] John Polidori (1970--). Descendiente directo del desastrado médico de cabecera de Lord Byron, cuyo único éxito en vida –el cuento que sellaría la imagen del vampiro moderno, irresistible y seductor —, fue también universal. Generaciones de Polidoris llevaron, a partir de allí, vidas convincentemente vampirescas usufructuando, sin gran inventiva pero sí con éxito insistente, del vampiro. La penúltima bandada de Polidoris tiene a su vanguardia al mentado John, rara alma mediterránea aparecida en Birmingham, economista de la Universidad de Chichago y –hay quienes dicen— discípulo terciarizado de Bureau, aunque Bureau no haya emitido comentarios al respecto. Como cualquier explotador de vampiros, no inspira confianza. Parecería, sin embargo, que se las arregla para hacer las cosas sin ella: esta sería, en efecto, la evidencia concluyente de que el principio ordenador del conductismo tributario partiría del tener fe tanto en la mala fe de uno como de los otros. El éxito particular de Polidori daría fe, a su vez, de esto.

[3] Edward Heathens, Esquire (1953--). Nacido en el seno de una familia de la alta burguesía neoyorquina, Piscis con ascendente en Leo, dedicado desde muy temprana edad al consumo de insumos «varios», pretende estudiar medicina pero las progresivas fracturas de salud sufridas le impiden hasta el escurrirse de la cama de una madre sobreprotectora y preocupada por las consecuencias de una proporción perfecta entre máxima emisión enérgica y máximo desgaste físico en la eficiencia general del hijo. Desde la cama de su madre, y a causa de una mala salud y un aislamiento incontestables, Heathens desarolla, entre su apostólica lectura del Illustrated Reader´s Digest y Sport´s Illustrated, no sólo un gusto hipertrofiado por la ilustración (sea del tipo fuere), sino la conjunción de este nuevo interés con su antigua vocación médica. A partir de allí, Heathens llega, hacia fines de los años 70, a la conclusión de que el híbrido entre Ilustración y Medicina es, como acota en su ya clásico tratado Mediconomics and the Illustrated Lifestyle «el rubro más prometedor de lo que da por entenderse como economía moderna, en tanto permite fusionar las dos grandes tendencias de la existencia en sociedad –la vital y la mortuoria (N.E: tipificadas, respectivamente, como los negocios infalibles del supermercado y de las casas fúnebres)— en una amalgama imbatible de ingresos altos, cuando no ascensionales».

En 1988 recibe el doctor honoris causa por la Universidad de Chichago, donde dicta teleconferencias cargadas de un fuerte contenido hipnótico desde 1992. Funda la Facultad de Conductismo Tributario de esta misma universidad con la asistencia del Dr. Bureau en 1997. Además de Mediconomics and the Illustrated Lifestyle (1980), ha publicado dos libros más ( Digestion & Emission, 1985; The Foundations of Tax Conductivism, co-escrito con K.Bureau, 1994) y artículos en revistas especializadas. Vive, junto a su aparato para teleconferencias, en la cama de su madre, con su madre.

[4] Klaus Bureau (1938--). Nacido Klaus Parfyonovich Burov en Austria, descendiente de joyeros ruso-judíos llegados a Graz desde Odessa, nadie sabe bien cómo (aunque se presume que a pie). Tras el Anschluss de 1939, la familia Burov emigra a los Estados Unidos y se asienta en Nueva York, donde alteran su apellido a Bureau (pronunciado bü-ro, con un fuerte acento alemán) para disimular, con un cierto «equilibrio alsaciano», una formación por lo demás ferozmente germánica.

Se dice que Klaus descubrió su vocación siendo aún muy niño. Como explicó en una entrevista de 1999 a la BBC: «creciendo en Nueva York y siendo desde muy temprana edad un fino observador, noté que no existía en los Estados Unidos una distinción entre estímulo y dinero, lo cual hacía del comportamiento general un mmm asunto harto predecible del que yo mismo fui, y soy aún, partícipe y heredero. Mi deseo, sin embargo, era dedicarme –si tan sólo para encontrarle otra pata al estímulo rector— al estudio del estímulo parafílico, del que en aquel entonces no se estilaba hablar, por considerársele una singularidad o «respuesta aberrante»; caso de excepción en los Estados Unidos que no por ello –y esto es lo que quería probar— resultaba extraño en otras partes, lo que hacía –y en efecto, hizo— de los Estados Unidos, no digamos un caso, mmm, aislado, pero, dentro de todo, una…mmm…sí, excepción. En aquel entonces, sin embargo, yo era un muchacho mmm joven, lleno de fines y sin medios: no se me ocurrió nada mejor que financiar mis investigaciones cosquilleando primero al estímulo-rector nacional, para, a partir de allí gestar un mmm plan de estudios de mayor alcance que me permitiera observar y, en lo posible, enmendar, cualquier desviación en la relación estímulo-respuesta que pudiera suscitarse en las periferias más pesadillescas del gran sueño estímulo-respuesta de orden puro que es este país. Mmm. Sí».

Obtiene el título de bachiller en psicología clínica (Universidad de Cornell) y se doctora con una tesis sobre Eros y Tánatos en Freud, filón contradictorio pero decisivo de interés personal que encontraría su contraparte en el impulso vital-mortuorio de Heathens tiempo después. Tras doctorarse en el Politécnico de Graz, Bureau pasa años alternando entre el clima abrazador de las latitudes dilatadas y los abrazos climáticos de ricas y eventuales diletantes neoyorquinas. Es en una de estas incursiones que Bureau descubre a Edward Heathens al coincidir los dos, como por accidente, en cama de Heather Warwax-Heathens, madre del teórico; la atracción entre ambos, pese a lo oneroso de las sábanas, fue magnética en tal grado que la señora Heathens, según recuerda Bureau: «fue eyectada al rimland de su propia cama. Edward, mientras tanto, se abanicaba afanosamente con el último tomo del Reader´s Digest y me hablaba, con una claridad irrefutable y diríase hasta calculada, de los misterios develados por su economía tras años de convalecencia e intelección ¡Que ideas tan sencillas hayan podido siquiera articularse en circunstancias tan complejas! Supe que mi vocación yacía allí, hablándome, sobre esa cama, con el pelo alborotado, baba en el pijama y un folletín barato entre las manos, compartiéndome –en contrapunto a los sollozos de su madre— la clave a la auténtica demanda, al significado mismo, de la vida buena…». Con las periferias bien establecidas y la Heathens puesta a los bordes, ora del hijo, ora del amante –a quienes se dice subvencionó íntegra e indiscriminadamente— nace la consultora Heathens & Bureau, Heathens; la conjunción de intereses que desembocaría en la disciplina de interés mayor que es hoy el conductismo tributario.

Klaus Bureau, co-autor de The Foundations of Tax Conductivism, fue el primer director de la ya mencionada facultad de altos estudios en la Universidad de Chichago entre 1997 y 2000. Su obra más reciente, Critical Mass and the Atomic Tribute (2001) fue voceada, aunque sin éxito, para el Premio Nobel de Economía. La causa eficiente del doctor honoris causa de Edward Heathens fue el Dr. Klaus Bureau. La causa final del Dr. Klaus Bureau es Edward Heathens, primer motor inmóvil.

 

© Mónica Belevan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mónica Belevan | Perú, 1982 | Piensa y luego existe, pero sobre todo piensa.