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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

UNA PERVERSA PASION HECHA DE OMBLIGOS*

 

Para subyugar eróticamente a Celia Cienfuegos acaricio con lentitud los contornos aterciopelados de su ombligo, provocándole un goce profundo, recalcitrante. Celia expele aromas de fruta fresca tropical: mamey, guayaba, tamarindo. Pellizco la carne suturada y su cuerpo se estremece: el orificio de pliegues invertidos adquiere la apasionante estética rojiza de un carbón en llamas en manos de un fogonero. El tórrido desamor estimula al demonio depravado que cohabita en ella.

Celia desata los cordones de sus zapatillas y desenfunda los pies color petróleo. Desabrocha con ansiedad el botón del bluyín gastado. Frágil, se deprime, deseosa de materializar el amor vertical. Le sugiero al oído que baje las revoluciones de la ansiedad y, lentamente, la ayudo a desnudarse sin complejos absurdos. Intransigente, abro la hebilla oxidada del grueso sostén checoslovaco heredado de su madre, vanguardia de la zafra de azúcar 2004 en los trabajos “voluntarios” del campo. Al desprender el pitusa adherido por el sudor a la piel caoba, me estremezco y caigo en aparente estado de shock con aquel baluarte digno de ser inmortalizado en un museo de cera: un diminuto calzón color huevo duro tejido a croché con fino hilo de mosquitero.

Cuarenta grados en La Habana. Pegajoso clima tropical-húmedo; los pájaros caen rostizados en los parques y nosotros sin ventilador: maldito período especial con su arbitraria política de racionamiento energético. El amor y la amistad en el infierno cubano sin luz: “¡La culpa de todo la tiene Fidel!”.

Observo con ojos de lupa a Celia: posee una bemba conformada por labios carnudos, iris café con leche, nariz grande y pelo malo, rizado. Sus pechos son pequeños y puntiagudos, rebosantes de promesas de amor que no se cumplen. Acerco mi nariz: la piel huele a jabón de lavanda y aquella agradable fragancia erotiza el ambiente con una melcocha fresca de mezquino interés. Le acicalo con ternura el ombligo y, como efecto dominó, Celia esgrime sonrisa de melón de agua con una hilera de dientes color marfil.

Soy un anatomista en éxtasis, un disidente latin lover que aborrece su patria y ama sus mujeres interpretando la sinfonía gusana en do bemol: la venganza seudoanarquista de los ombligos.

Como efecto de mis caricias focalizadas, Celia contrae con fuerza los músculos del estómago. La pionerita del placer aprisiona la yema de mi dedo índice, el anfitrión cálido de su morocha y anoréxica ratonera umbilical. El calor es agobiante, peor que el socialismo.

Debatimos temas lights: la lucha contra la pobreza, el combate al narcotráfico y la amenaza de los cambios climáticos globales en América Latina. Mientras Celia discursea, me pongo de pie, me asomo por la ventana y le ruego a la cubana y morena Virgen del Cobre que invoque a los vientos alisios. Observo un fenómeno natural maravilloso: el viaje en masa de las mariposas monarcas que han arribado a La Habana. Año a año, las mariposas monarcas migran de forma masiva desde el sudeste de Canadá hasta México, pero en este equinoccio una masa de aire caliente las obligó a atravesar el trópico de cáncer, la mitad del continente americano, hasta nuestra isla caribeña. Están aturdidas, con la brújula rota. El paisaje es dantesco: millones de mariposas deleitándonos con sus bellos colores apostadas en los bancos de las plazas, las copas de los árboles, los marcos de las ventanas: la pandemia naranja cubriéndolo todo a su paso. Las mariposas copulan con una necesidad imperiosa de reproducirse, esperando salir del capullo para emprender el regreso a casa.

Milagro: llega la luz eléctrica, va a hablar el Rey de la Isla en cadena nacional. Mi anfitriona prende la antigua tele en blanco y negro, donada por la generosidad de la ex Unión Soviética, que en paz descanse. Aparece el Patriarca y va directo al pódium, cojeando con su pie enyesado, apoyándose en los hombros de dos escoltas. El Potro traga saliva para ejecutar el discurso habitual de tres horas de duración. Tema de hoy: El balance de los logros anuales de la Revolución.

Intolerante, pongo cara de chicle derretido, le ordeno a Celia que le baje el sonido a la caja idiota y que de pasadita encienda, porfa, con urgencia el ventilador: no quiero morir deshidratado.

Desde el interior del cómodo departamento de Celia surge la refrescante brisa. Mis cabellos bailotean al son del aire condisoplado. Aprovecho a tazarle el culito africano a mi hembrita caribeña de clase acomodada: un culo burgués anatómicamente perfecto.

Celebro que el Fifo, mudo, nos mire desde dentro de la pantalla cómo hacemos el amor. Sublime: pertenecemos a las generaciones de recambio del régimen, somos parte de las cosquillas del futuro, orugas sin alas. Que el Gerente General mire todo lo que quiera con tal que no me hable nunca más: llevo casi medio siglo escuchando su demagogia inspirada en el cuento de Pedrito y el lobo: viene el imperialismo, viene el imperialismo, y nunca llega el mentado cuco. Y ahora que murió Superman, menos...

Celia vuelve a mi lado y se arroja desnuda sobre la cama dispuesta a concretizar el encuentro. Tiene veintiún años, es hija de un pincho, un alto jerarca del Comité Central, y su hobby es tirar. Toda familia progresista en Cuba cuenta con una ilustre hija ninfomaníaca.

Contemplo la escultural anatomía de la hijita de papá: irradia la bondad de una nena fogosa criada con la bendición del pan con jamón, manjar de unos pocos cubanos. ¡Vivan los orgasmos y la inconsciencia del proletariado! Tiernamente, presiono el núcleo madre enroscado en el laberinto de curvas naturales del ombligo de Celia. Por fin logro desdoblar el pliegue emisor y receptor de los orgasmos libertarios. Presiono el punto G y, mágicamente, fluye el devastador efecto sexual en ella. La dicotomía de su cuerpo cae en el precipicio de la libido de las tres S.A: sabor abajo, sabor arriba y sabroso al medio.

Poseído por mi papel de profanador de ombligos run service, ausculto el cordón umbilical hasta dar con el capullo de piedras preciosas. Desenrollo la espiral de la cosa esa llamada placer. ¡Coño, estoy sudando como puerco!; la humedad es inaguantable, a pesar de que por la ventana del departamento de Celia se cuela una leve brisa con olor a salmuera, aun las aspas giratorias del ruidoso ventilador luchan para entibiar la atmósfera. Escuchamos las olas reventar: el oleaje del Malecón está embravecido y quizá, por fin, se avecina un tsunami que destruirá de una vez por todas este país ya devastado por el bloqueo internacional.

Mirándonos a los ojos, nos sobresalta la sorpresiva detonación gástrica de un destartalado y prehistórico Chevrolet Coupé de los cincuenta: es la combustión de los gases que provoca la melaza de caña de azúcar que le ponen a los motores como aditivo mecánico para paliar la falta de aceite en el prehistórico mercado automotriz. ¡Viva la economía cerrada: nada que vender, nada que comprar! Pero millonarios en mariposas y monarcas.

Prosigo con la Rebelión de los ombligos a base de caricias, besos y masajes placenteros sin coito. Descorcho el tapón de las cosquillas uterinas y la Cienfuegos gime, descontroladamente, plena de descubrirse dueña de un juguete sexual capitalista con tan innumerables propiedades eróticas. Estoy paranoico, me siento espiado por los afiches rusos, amarillentos: los próceres Marx y Lenin colgados en la pared color rosa mexicano me miran, rancios. Los escucho gritar al unísono “gusano al paredón”, y me quedo absorto observando los labios resecos de ambos, radiantes de sectarismo popular.

El cuarto de Celia está plagado de productos de consumo dispuestos como adornos: envases de desodorantes Rexona y Adidas, pasta dentífrica Colgate, cajetillas de Marlboro y Viceroy rojos, todos vacíos. El pueblo cubano idolatra los productos prohibidos del enemigo, y exhibirlos en vitrina en el living es una forma de rendirles culto, presumiendo haberlos utilizado por lo menos una vez en la vida.

La mulatica me pide un Popular sin filtro para hacer un break echando humo; le digo que no tengo tabaco, ni rubio ni negro. Me dice que sin humo no puede ponerse a tono. Le digo que eso está por verse, que de la carencia surge el amor. Le prometo llevarla a un restaurant a comer ancas de ranas empanizadas si cumple con mis peticiones. El rostro de Celia se ilumina lengüeteándose los labios, le suenan las tripas: es la expresión proteica de sus jugos gástricos agradeciendo el interesante regalo culi-nario.

Celia calienta un conchito de café y en respetuoso silencio bebemos aquel brebaje de los dioses depositado en las diminutas tazas de porcelana marca Mao Tse-tung, donadas al general Cienfuegos por la desaparecida Republica Popular China.

Revivo la calentura gracias a la sobredosis de cafeína y continúo con el placentero arte de masajearle la aureola del ombligo. Celia, envuelta en endorfinas, clama que, a pesar de los problemas cotidianos de la vida que a veces la desorientan y la desesperan, está a punto. Suplica que la haga llegar a puerto, que tiene que partir a hacer la cola de la libreta , que hoy en el almacén reparten el pollo semestral y la caja de tropicolas, nuestra Coca-Cola made in Cuba. Le comunico que me importa un rábano y prosigo con mi plan perverso: unificar el fuego contra fuego del oscuro cordón umbilical de la chiquitica Cienfuegos.

Como preámbulo al epitafio erótico, inclino la cabeza depositando un húmedo beso en el orificio que delimita la mitad corpórea de esta ardiente gebita de papá mono militar. Celia gime, desgarrada, coge mi cabeza con fuerza, tratando de guiar mi boca hacia su sexo palpitante. Me niego y me concentro con las tocaciones eróticas del hueco exterior.

Con las contracciones orgásmicas en el año del gallo del horóscopo chino, aumentan los suspiros de Celia, los gemidos asmáticos, las palabras dulces y fogosas, rogando por enésima vez que la haga mía, de una vez por todas, de forma más tradicional. Celia sigue preocupada: la cola del pollo debe ser de dos cuadras, si es que ya no se esfumaron los soñados plumíferos. Amparado en la terquedad sicopática antisistémica, motivado por la fijación por los orificios externos, continúo con la sesión de digitopuntura haciendo vista gorda al fokin racionamiento estatal.

Cojo una mariposa monarca que revolotea en mi cabeza y se la pongo en el estómago a Celia. Las patas y alas membranosas del insecto le originan mágicas microcosquillas en el vientre. Exhausta por la irrigación sanguínea, sucumbe en caída libre al precipicio multiorgásmico de las caricias escudriñadoras del insecto alado canadiense. El sexo tembloroso se abre cual fruta jugosa, humedecida por la miel de la creación celestial. Celia cae en trance, en éxtasis, poseída por las garras malditas de la seducción larvaria.

En momentáneo reposo, la abnegada Celia me susurra al oído: “Papito, eres más grande que Fidel”. Miro, de reojo la pantalla de TV: el dios inmortal, eufórico, no cesa de salivar las palabras monolíticas de su discurso de cien hojas.

Celia agradece en voz alta la iniciativa de haberme invitado unos mojitos en la barra del Floridita. Ella trabaja como bailarina en el Tropicana y acostumbra a ligar hombres los días jueves para obtener sexo express. Odia las relaciones estables de pareja, no cree en el sexo; es más, lo rotula como la pandemia de los eyaculadores precoces de La Habana. Clama sentirse hasta la tusa de los latinos que en pleno siglo XXI aún consideran a las mujeres ‘cartucheras desechables' para guardar sus pistolones... a fulminantes.

Celia considera sublime el orgasmo recién experimentado. No logra entender cómo un desconocido y solitario bebedor de barra puede resucitarle el vientre con un simple juego lúdico sin realizar el coito. Jura incorporar su orificio nudoso como número uno en la lista del placer físico de su libertino cuerpo. La mariposa monarca vuela posándose sobre el ventilador: la muy arpía sufre de calor uterino.

Aburrido de la filosofía barata de Celia, determino hacerla explotar con una sobredosis autodestructiva de orgasmos. Manipulo con sádica maestría el núcleo del oasis y, automáticamente, los suspiros de Celia se transforman en un inmensurable suspiro a control remoto de niveles cuánticos inhumanos. Comienza a asfixiarse y su rostro palidece.

Celia ruega que me detenga, está extasiada hasta el tuétano, dueña de un delicioso volcán de lava adherido a sus ovarios; en su fuero interno, aunque se siente vulnerable, desea más intensidad. Asustada, intenta retirar mi dedo de su nudoso orificio. Vuelvo al ataque: con la maestría de un cruel relojero de ombligos, insistente, manipulo los pliegues activando la capacidad estetoscópica de aquel oscuro punto exterior de carne retorcida. Fluye el néctar genético de Adán y Eva desde las catacumbas tropicales de Celia. En segundos, revienta con la intensidad de la pirotecnia de los fuegos artificiales de Año Nuevo... en Miami.

Celia, envuelta en taquicardias orgásmicas, clama que a pesar de yo ser un contrarrevolucionario, igual me ama locamente, que soy el príncipe azul con el que ha soñado toda su vida: el macho que necesita para vivir sexualmente a gusto. Considero un cursi cliché sus palabras relamidas de autocomplacencia. La mariposa monarca es pulverizada por el ventilador eléctrico: la muerte con su inevitable destino.

Más de cuarenta grados a la sombra. Le anuncio que me voy. Celia esgrime una acartonada sonrisa angelical y, al instante, se pone a llorar frente al ruidoso ventilador que comienza súbitamente a detener el giro de sus aspas. Apagón de luz: el Partido Comunista bajó el switch ; ¿la razón?: han transcurrido las horas, el Número Uno finalizó el discurso y la masa anónima de trabajadores se retira desde la Plaza de la Revolución hacia las fábricas.

Celia me cuenta cosas de su familia alargando el elástico de la desinflada convivencia: su padre es un mujeriego que se la pasa en viajes internacionales representando al gobierno; su madre se suicidó despechada por los engaños de su esposo; el hermano mayor es médico cirujano y vive en el extranjero, está casado con una española.

-Mmmm -le respondo sin ganas de entrar en terapias domésticas; Fromm, Pavlov y Sigmund Freud pueden molestarse si respondo.

Celia me cuenta cosas de su vida: estudió en el exclusivo colegio Che Guevara; fue pionerita destacada de la Escuela Lenin; luego estuvo en Los Camilitos , pero no logró titularse. Con posterioridad, estudió actuación y modelaje en un exclusivo instituto para hijos del Comité Central. Ama las plumas, las luces y la noche. Se considera una joven bohemia y asegura que si no se ha ido de la isla es porque su familia tiene conciencia revolucionaria. Mientras habla observo con odio la fotografía apoyada en el velador. Aparece su padre, sonriente, vestido de militar con charreteras de general en misión especial en Angola.

La mierda mental comienza a arder desde las profundidades del alma. Le contesto que así es refácil amar la patria teniendo todos los privilegios a los pies, mientras la gente común y corriente pasa hambre por el eterno período especial. Ella mira el techo haciendo como que no escucha mis críticas. Le cuento que antes de conocerla pasé una infinidad de noches en vela, bebiendo ron, caminando por las calles de La Habana entre jineteras y travestis, sufriendo por el destino cruel de mi pueblo. “En esta isla todo el mundo pasa por delante de las injusticias sociales sin decir nada”, le grito, enrabiado a tope.

Celia me responde que en los corruptos países capitalistas hay el triple de prostitutas y maricones que en la sagrada Revolución cubana. “Allá ellas si quieren comercializar sus cuerpos por los Yuma-dólares”, exclama, posesionada por la defensa irrestricta de la Madre Patria Socialista de los Barbones. Según Celia, toda cubana bien nacida tiene acceso gratuito a la educación, la medicina y la vivienda, y si se prostituyen es sólo por gimnasia sexual.

La miro con asco. Procedo a ensamblarme las piernas ortopédicas y me pongo de pie, apoyado en mis muletas.

-¡Coño, acere, monina, consorte, dime por lo menos tu nombre y a qué carajo te dedicas en la vida! -clama Celia, con voz de mujer sufriente.

Doy unas cortas zancadas, sin contestar.

-¡No seas cruel, chiquitico, no me botes, te amo! -me grita Celia, histérica, intentando manipularme emocionalmente.

Le digo que se calme, que no sea escandalosa. Doy unos pasos hacia la puerta. Se arroja sobre mí clavándome las uñas en el rostro. La empujo contra la pared, se golpea la nuca. Semiaturdida, Celia maúlla cual gata rabiosa: asemeja un animalito herido dispuesto a matar por amor.

-¡Tú y tus malditas recetas para culear por el ombligo con las mariposas monarcas incluidas. Se pueden ir al carajo: comemierda, paralítico malnacido, gusano, contrarrevolucionario; te voy a denunciar a los de Investigaciones para que te fusilen!- me grita con ojos ensangrentados.

Celia, descontrolada, comienza a golpearme con manos y pies. Me defiendo, forcejeamos y, finalmente, logro zafarme de los tentáculos de su pasión pulposa.

La Cienfuegos, desnuda, acaricia su idílico ombligo gritándome un sinnúmero de improperios motivada por el despecho de alcoba. Huyo raudo de la habitación. M e desplazo a zancadas por el pasillo del edificio. Bajo las escaleras. Los desgarradores gritos de Celia se diluyen, poco a poco, impregnando las paredes del cité con el recuerdo dulce de una perversa pasión hecha de ombligos.

Salgo a la calle y miro la plaza: un grupo de niños está aniquilando a tablazos a las indefensas mariposas, interrumpiéndoles su pacífico coito. Les grito que las dejen copular tranquilas y las crueles bestias liliputienses huyen despavoridas. Camino y llego a la conclusión del día: las mariposas son libres porque carecen de ombligos.

 

Mención Honrosa Concurso de Cuentos Eróticos Revista Caras 2005

© León Pascal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

León Pascal | Chile, 1964 | Narrador y periodista. Vivió en Ecuador, México, Cuba, España y Francia. Regresó en 1984 a Chile, titulándose de Periodista. Fundó la República Cultural de Ñuñork y colaboró en la extinta revista cultural La Noche. Actualmente, se desempeña como Encargado de Comunicaciones del Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes de Chile. Ha publicado cinco libros: Carretón de la Nostalgia, Un miembro en reposo, Cuerpos limpios, Delirium, cuentos con y sin drogas y Crónicas Sudacas.