UNA PERVERSA PASION HECHA
DE OMBLIGOS*
Para subyugar
eróticamente a Celia Cienfuegos acaricio con lentitud
los contornos aterciopelados de su ombligo, provocándole
un goce profundo, recalcitrante. Celia expele aromas de fruta
fresca tropical: mamey, guayaba, tamarindo. Pellizco la carne
suturada y su cuerpo se estremece: el orificio de pliegues
invertidos adquiere la apasionante estética rojiza de
un carbón en llamas en manos de un fogonero. El tórrido
desamor estimula al demonio depravado que cohabita en ella.
Celia desata los cordones
de sus zapatillas y desenfunda los pies color petróleo.
Desabrocha con ansiedad el botón del bluyín gastado. Frágil,
se deprime, deseosa de materializar el amor vertical. Le sugiero
al oído que baje las revoluciones de la ansiedad y,
lentamente, la ayudo a desnudarse sin complejos absurdos. Intransigente,
abro la hebilla oxidada del grueso sostén checoslovaco
heredado de su madre, vanguardia de la zafra de azúcar
2004 en los trabajos “voluntarios” del campo. Al desprender
el pitusa adherido por el sudor a la piel caoba, me
estremezco y caigo en aparente estado de shock con aquel baluarte
digno de ser inmortalizado en un museo de cera: un diminuto
calzón color huevo duro tejido a croché con fino
hilo de mosquitero.
Cuarenta grados en La Habana.
Pegajoso clima tropical-húmedo; los pájaros caen
rostizados en los parques y nosotros sin ventilador: maldito
período especial con su arbitraria política de
racionamiento energético. El amor y la amistad en el
infierno cubano sin luz: “¡La culpa de todo la tiene
Fidel!”.
Observo con ojos de lupa a
Celia: posee una bemba conformada por labios carnudos,
iris café con leche, nariz grande y pelo malo, rizado.
Sus pechos son pequeños y puntiagudos, rebosantes de
promesas de amor que no se cumplen. Acerco mi nariz: la piel
huele a jabón de lavanda y aquella agradable fragancia
erotiza el ambiente con una melcocha fresca de mezquino interés.
Le acicalo con ternura el ombligo y, como efecto dominó,
Celia esgrime sonrisa de melón de agua con una hilera
de dientes color marfil.
Soy un anatomista en éxtasis,
un disidente latin lover que aborrece su patria y
ama sus mujeres interpretando la sinfonía gusana en
do bemol: la venganza seudoanarquista de los ombligos.
Como efecto de mis caricias
focalizadas, Celia contrae con fuerza los músculos del
estómago. La pionerita del placer aprisiona
la yema de mi dedo índice, el anfitrión cálido
de su morocha y anoréxica ratonera umbilical. El calor
es agobiante, peor que el socialismo.
Debatimos temas lights: la
lucha contra la pobreza, el combate al narcotráfico
y la amenaza de los cambios climáticos globales en América
Latina. Mientras Celia discursea, me pongo de pie, me asomo
por la ventana y le ruego a la cubana y morena Virgen del Cobre
que invoque a los vientos alisios. Observo un fenómeno
natural maravilloso: el viaje en masa de las mariposas monarcas
que han arribado a La Habana. Año a año, las
mariposas monarcas migran de forma masiva desde el sudeste
de Canadá hasta México, pero en este equinoccio
una masa de aire caliente las obligó a atravesar el
trópico de cáncer, la mitad del continente americano,
hasta nuestra isla caribeña. Están aturdidas,
con la brújula rota. El paisaje es dantesco: millones
de mariposas deleitándonos con sus bellos colores apostadas
en los bancos de las plazas, las copas de los árboles,
los marcos de las ventanas: la pandemia naranja cubriéndolo
todo a su paso. Las mariposas copulan con una necesidad imperiosa
de reproducirse, esperando salir del capullo para emprender
el regreso a casa.
Milagro: llega la luz eléctrica,
va a hablar el Rey de la Isla en cadena nacional.
Mi anfitriona prende la antigua tele en blanco y negro, donada
por la generosidad de la ex Unión Soviética,
que en paz descanse. Aparece el Patriarca y va directo al pódium,
cojeando con su pie enyesado, apoyándose en los hombros
de dos escoltas. El Potro traga saliva para ejecutar
el discurso habitual de tres horas de duración. Tema
de hoy: El balance de los logros anuales de la Revolución.
Intolerante, pongo cara de
chicle derretido, le ordeno a Celia que le baje el sonido a
la caja idiota y que de pasadita encienda, porfa,
con urgencia el ventilador: no quiero morir deshidratado.
Desde el interior del cómodo
departamento de Celia surge la refrescante brisa. Mis cabellos
bailotean al son del aire condisoplado. Aprovecho
a tazarle el culito africano a mi hembrita caribeña
de clase acomodada: un culo burgués anatómicamente
perfecto.
Celebro que el Fifo, mudo,
nos mire desde dentro de la pantalla cómo hacemos el
amor. Sublime: pertenecemos a las generaciones de recambio
del régimen, somos parte de las cosquillas del futuro,
orugas sin alas. Que el Gerente General mire todo lo que quiera
con tal que no me hable nunca más: llevo casi medio
siglo escuchando su demagogia inspirada en el cuento de Pedrito
y el lobo: viene el imperialismo, viene el imperialismo,
y nunca llega el mentado cuco. Y ahora que murió Superman,
menos...
Celia vuelve a mi lado y se
arroja desnuda sobre la cama dispuesta a concretizar el encuentro.
Tiene veintiún años, es hija de un pincho,
un alto jerarca del Comité Central, y su hobby es tirar.
Toda familia progresista en Cuba cuenta con una ilustre
hija ninfomaníaca.
Contemplo la escultural anatomía
de la hijita de papá: irradia la bondad de
una nena fogosa criada con la bendición del pan con
jamón, manjar de unos pocos cubanos. ¡Vivan los
orgasmos y la inconsciencia del proletariado! Tiernamente,
presiono el núcleo madre enroscado en el laberinto de
curvas naturales del ombligo de Celia. Por fin logro desdoblar
el pliegue emisor y receptor de los orgasmos libertarios. Presiono
el punto G y, mágicamente, fluye el devastador
efecto sexual en ella. La dicotomía de su cuerpo cae
en el precipicio de la libido de las tres S.A: sabor abajo,
sabor arriba y sabroso al medio.
Poseído por mi papel
de profanador de ombligos run service, ausculto el
cordón umbilical hasta dar con el capullo de piedras
preciosas. Desenrollo la espiral de la cosa esa llamada placer. ¡Coño,
estoy sudando como puerco!; la humedad es inaguantable, a pesar
de que por la ventana del departamento de Celia se cuela una
leve brisa con olor a salmuera, aun las aspas giratorias del
ruidoso ventilador luchan para entibiar la atmósfera.
Escuchamos las olas reventar: el oleaje del Malecón
está embravecido y quizá, por fin, se avecina
un tsunami que destruirá de una vez por todas
este país ya devastado por el bloqueo internacional.
Mirándonos a los ojos,
nos sobresalta la sorpresiva detonación gástrica
de un destartalado y prehistórico Chevrolet Coupé de
los cincuenta: es la combustión de los gases que provoca
la melaza de caña de azúcar que le ponen a los
motores como aditivo mecánico para paliar la falta de
aceite en el prehistórico mercado automotriz. ¡Viva
la economía cerrada: nada que vender, nada que comprar!
Pero millonarios en mariposas y monarcas.
Prosigo con la Rebelión
de los ombligos a base de caricias, besos y masajes
placenteros sin coito. Descorcho el tapón de las cosquillas
uterinas y la Cienfuegos gime, descontroladamente, plena
de descubrirse dueña de un juguete sexual capitalista
con tan innumerables propiedades eróticas. Estoy paranoico,
me siento espiado por los afiches rusos, amarillentos: los
próceres Marx y Lenin colgados en la pared color rosa
mexicano me miran, rancios. Los escucho gritar al unísono “gusano
al paredón”, y me quedo absorto observando los labios
resecos de ambos, radiantes de sectarismo popular.
El cuarto de Celia está plagado
de productos de consumo dispuestos como adornos: envases de
desodorantes Rexona y Adidas, pasta dentífrica Colgate, cajetillas
de Marlboro y Viceroy rojos, todos vacíos. El pueblo
cubano idolatra los productos prohibidos del enemigo, y
exhibirlos en vitrina en el living es una forma de rendirles
culto, presumiendo haberlos utilizado por lo menos una vez
en la vida.
La mulatica me pide
un Popular sin filtro para hacer un break echando
humo; le digo que no tengo tabaco, ni rubio ni negro. Me dice
que sin humo no puede ponerse a tono. Le digo que eso está por
verse, que de la carencia surge el amor. Le prometo llevarla
a un restaurant a comer ancas de ranas empanizadas si cumple
con mis peticiones. El rostro de Celia se ilumina lengüeteándose
los labios, le suenan las tripas: es la expresión proteica
de sus jugos gástricos agradeciendo el interesante regalo culi-nario.
Celia calienta un conchito
de café y en respetuoso silencio bebemos aquel brebaje
de los dioses depositado en las diminutas tazas de porcelana
marca Mao Tse-tung, donadas al general Cienfuegos por la desaparecida
Republica Popular China.
Revivo la calentura gracias
a la sobredosis de cafeína y continúo con el
placentero arte de masajearle la aureola del ombligo. Celia,
envuelta en endorfinas, clama que, a pesar de los problemas
cotidianos de la vida que a veces la desorientan y la desesperan,
está a punto. Suplica que la haga llegar a puerto, que
tiene que partir a hacer la cola de la libreta , que
hoy en el almacén reparten el pollo semestral y la caja
de tropicolas, nuestra Coca-Cola made in Cuba. Le
comunico que me importa un rábano y prosigo con mi plan
perverso: unificar el fuego contra fuego del oscuro cordón
umbilical de la chiquitica Cienfuegos.
Como preámbulo al epitafio
erótico, inclino la cabeza depositando un húmedo
beso en el orificio que delimita la mitad corpórea de
esta ardiente gebita de papá mono militar.
Celia gime, desgarrada, coge mi cabeza con fuerza, tratando
de guiar mi boca hacia su sexo palpitante. Me niego y me concentro
con las tocaciones eróticas del hueco exterior.
Con las contracciones orgásmicas
en el año del gallo del horóscopo chino, aumentan
los suspiros de Celia, los gemidos asmáticos, las palabras
dulces y fogosas, rogando por enésima vez que la haga
mía, de una vez por todas, de forma más tradicional.
Celia sigue preocupada: la cola del pollo debe ser
de dos cuadras, si es que ya no se esfumaron los soñados
plumíferos. Amparado en la terquedad sicopática
antisistémica, motivado por la fijación
por los orificios externos, continúo con la sesión
de digitopuntura haciendo vista gorda al fokin racionamiento
estatal.
Cojo una mariposa monarca
que revolotea en mi cabeza y se la pongo en el estómago
a Celia. Las patas y alas membranosas del insecto le originan
mágicas microcosquillas en el vientre. Exhausta por
la irrigación sanguínea, sucumbe en caída
libre al precipicio multiorgásmico de las caricias escudriñadoras
del insecto alado canadiense. El sexo tembloroso se abre
cual fruta jugosa, humedecida por la miel de la creación
celestial. Celia cae en trance, en éxtasis, poseída
por las garras malditas de la seducción larvaria.
En momentáneo reposo,
la abnegada Celia me susurra al oído: “Papito, eres
más grande que Fidel”. Miro, de reojo la pantalla de
TV: el dios inmortal, eufórico, no cesa de salivar las
palabras monolíticas de su discurso de cien hojas.
Celia agradece en voz alta
la iniciativa de haberme invitado unos mojitos en
la barra del Floridita. Ella trabaja como bailarina en el Tropicana
y acostumbra a ligar hombres los días jueves para obtener sexo
express. Odia las relaciones estables de pareja, no cree
en el sexo; es más, lo rotula como la pandemia de
los eyaculadores precoces de La Habana. Clama sentirse
hasta la tusa de los latinos que en pleno siglo XXI aún
consideran a las mujeres ‘cartucheras desechables' para guardar
sus pistolones... a fulminantes.
Celia considera sublime el
orgasmo recién experimentado. No logra entender cómo
un desconocido y solitario bebedor de barra puede resucitarle
el vientre con un simple juego lúdico sin realizar el
coito. Jura incorporar su orificio nudoso como número
uno en la lista del placer físico de su libertino cuerpo.
La mariposa monarca vuela posándose sobre el ventilador:
la muy arpía sufre de calor uterino.
Aburrido de la filosofía
barata de Celia, determino hacerla explotar con una sobredosis
autodestructiva de orgasmos. Manipulo con sádica maestría
el núcleo del oasis y, automáticamente, los suspiros
de Celia se transforman en un inmensurable suspiro a control
remoto de niveles cuánticos inhumanos. Comienza a asfixiarse
y su rostro palidece.
Celia ruega que me detenga,
está extasiada hasta el tuétano, dueña
de un delicioso volcán de lava adherido a sus ovarios;
en su fuero interno, aunque se siente vulnerable, desea más
intensidad. Asustada, intenta retirar mi dedo de su nudoso
orificio. Vuelvo al ataque: con la maestría de un cruel
relojero de ombligos, insistente, manipulo los pliegues activando
la capacidad estetoscópica de aquel oscuro punto exterior
de carne retorcida. Fluye el néctar genético
de Adán y Eva desde las catacumbas tropicales
de Celia. En segundos, revienta con la intensidad de la pirotecnia
de los fuegos artificiales de Año Nuevo... en Miami.
Celia, envuelta en taquicardias
orgásmicas, clama que a pesar de yo ser un contrarrevolucionario,
igual me ama locamente, que soy el príncipe azul con
el que ha soñado toda su vida: el macho que necesita
para vivir sexualmente a gusto. Considero un cursi cliché sus
palabras relamidas de autocomplacencia. La mariposa monarca
es pulverizada por el ventilador eléctrico: la muerte
con su inevitable destino.
Más de cuarenta grados
a la sombra. Le anuncio que me voy. Celia esgrime una acartonada
sonrisa angelical y, al instante, se pone a llorar frente al
ruidoso ventilador que comienza súbitamente a detener
el giro de sus aspas. Apagón de luz: el Partido Comunista
bajó el switch ; ¿la razón?:
han transcurrido las horas, el Número Uno finalizó el
discurso y la masa anónima de trabajadores se retira
desde la Plaza de la Revolución hacia las fábricas.
Celia me cuenta cosas de su
familia alargando el elástico de la desinflada convivencia:
su padre es un mujeriego que se la pasa en viajes internacionales
representando al gobierno; su madre se suicidó despechada
por los engaños de su esposo; el hermano mayor es médico
cirujano y vive en el extranjero, está casado con una
española.
-Mmmm -le respondo sin ganas
de entrar en terapias domésticas; Fromm, Pavlov y Sigmund
Freud pueden molestarse si respondo.
Celia me cuenta cosas de su
vida: estudió en el exclusivo colegio Che Guevara; fue
pionerita destacada de la Escuela Lenin; luego estuvo en Los
Camilitos , pero no logró titularse. Con posterioridad,
estudió actuación y modelaje en un exclusivo
instituto para hijos del Comité Central. Ama las plumas,
las luces y la noche. Se considera una joven bohemia y asegura
que si no se ha ido de la isla es porque su familia tiene conciencia
revolucionaria. Mientras habla observo con odio la fotografía
apoyada en el velador. Aparece su padre, sonriente, vestido
de militar con charreteras de general en misión especial
en Angola.
La mierda mental comienza
a arder desde las profundidades del alma. Le contesto que así es
refácil amar la patria teniendo todos los privilegios
a los pies, mientras la gente común y corriente pasa
hambre por el eterno período especial. Ella
mira el techo haciendo como que no escucha mis críticas.
Le cuento que antes de conocerla pasé una infinidad
de noches en vela, bebiendo ron, caminando por las calles de
La Habana entre jineteras y travestis, sufriendo por el destino
cruel de mi pueblo. “En esta isla todo el mundo pasa por delante
de las injusticias sociales sin decir nada”, le grito, enrabiado
a tope.
Celia me responde que en los
corruptos países capitalistas hay el triple de prostitutas
y maricones que en la sagrada Revolución cubana. “Allá ellas
si quieren comercializar sus cuerpos por los Yuma-dólares”,
exclama, posesionada por la defensa irrestricta de la Madre
Patria Socialista de los Barbones. Según Celia, toda
cubana bien nacida tiene acceso gratuito a la educación,
la medicina y la vivienda, y si se prostituyen es sólo
por gimnasia sexual.
La miro con asco. Procedo
a ensamblarme las piernas ortopédicas y me pongo de
pie, apoyado en mis muletas.
-¡Coño, acere,
monina, consorte, dime por lo menos tu nombre y a qué carajo
te dedicas en la vida! -clama Celia, con voz de mujer sufriente.
Doy unas cortas zancadas,
sin contestar.
-¡No seas cruel, chiquitico,
no me botes, te amo! -me grita Celia, histérica,
intentando manipularme emocionalmente.
Le digo que se calme, que
no sea escandalosa. Doy unos pasos hacia la puerta. Se arroja
sobre mí clavándome las uñas en el rostro.
La empujo contra la pared, se golpea la nuca. Semiaturdida,
Celia maúlla cual gata rabiosa: asemeja un animalito
herido dispuesto a matar por amor.
-¡Tú y tus malditas
recetas para culear por el ombligo con las mariposas monarcas
incluidas. Se pueden ir al carajo: comemierda, paralítico
malnacido, gusano, contrarrevolucionario; te voy a denunciar
a los de Investigaciones para que te fusilen!- me grita con
ojos ensangrentados.
Celia, descontrolada, comienza
a golpearme con manos y pies. Me defiendo, forcejeamos y, finalmente,
logro zafarme de los tentáculos de su pasión
pulposa.
La Cienfuegos, desnuda, acaricia
su idílico ombligo gritándome un sinnúmero
de improperios motivada por el despecho de alcoba. Huyo raudo
de la habitación. M e desplazo a zancadas por el pasillo
del edificio. Bajo las escaleras. Los desgarradores gritos
de Celia se diluyen, poco a poco, impregnando las paredes del cité con
el recuerdo dulce de una perversa pasión hecha de
ombligos.
Salgo a la calle y miro la
plaza: un grupo de niños está aniquilando a tablazos
a las indefensas mariposas, interrumpiéndoles su pacífico
coito. Les grito que las dejen copular tranquilas y las crueles
bestias liliputienses huyen despavoridas. Camino y llego a
la conclusión del día: las mariposas son libres
porque carecen de ombligos.
Mención Honrosa
Concurso de Cuentos Eróticos Revista Caras 2005
© León Pascal |