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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

MANO A MANO

 

8.01 PM

Apenas dos años después de su retiro del fútbol profesional, César Juárez está un poco calvo, un poco gordo, completamente destrozado; hecho un ovillo, sostiene un cigarro en la mano izquierda y una pistola en la derecha, está llorando. Entre el humo del cigarro baraja recuerdos al azar, pero la memoria vuelve siempre a Alicia irreductible en su cama, después del amor amargo que hacían cuando él volvía de las giras con el equipo.

2000


Lo más incómodo de estar ahí parado en la oficina del dueño fue descubrir que en realidad estaba esperando a que César le diera las gracias. A César lo jodieron las fotos desordenadas sobre el escritorio de Torres Jiménez, como si fueran ropa sucia de un hijo desobligado. Lo peor es que entonces César era el hijo porque el dueño lo estaba mirando así como miran los padres cuando están esperando una explicación.

- Se llama Teodoro Rangel. Fue todo lo que se dijo en esa oficina.

1985

César conoció a Alicia en la preparatoria, o mejor dicho en una fiesta en la casa de un amigo de la prepa. Ella quería ser maestra y enseñar español en secundaria, bebió mucho ron y César la llevó a casa en un taxi. Para que se le bajara la borrachera y no despertar a los padres, se quedaron hablando media hora en la banqueta. Ella quería matar el tiempo haciendo preguntas, a César le avergonzaba, inexplicablemente, decir que quería jugar fútbol para vivir. Alicia tomó su mano cuando estuvo lo suficientemente sobria como para notar esa vergüenza, sonrió y se metió a su casa.

Después vino acompañarla en las interminables caminatas circulares adentro de las librerías, invitarla a verlo jugar con el equipo de la escuela, fumar soñando y planeando el futuro en la cama del hotel. Ella le leía poemas, a él se le quedaban versos en la cabeza que repetía como oraciones cuando le llegaba la hora de dormir a solas. Apenas si percibían la aversión que le tenía a César el padre de Alicia, los comentarios sueltos acerca de lo mal que terminan los deportistas en México o las ventajas de tener como pareja a un profesionista no resultaron buenos anzuelos.

13 DE FEBRERO DE 1987. VERACRUZ 0, ATLANTE 3.

Minuto 60. Samuel Rodríguez, entrenador del Atlante, ordena un cambio. César Juárez, quien debuta en la primera división a los 20 años, va a entrar al campo en lugar de Roberto Navarro, que ha marcado los dos goles de los potros. Un cambio claramente defensivo pues Juárez se ubica en la lateral derecha y ahora el equipo capitalino juega con cinco defensas.

Minuto 89. Tiro de esquina a favor del Atlante, va a cobrar Julio Cortez, lo hace a primer poste donde aparece el novato Juárez que remata cruzado y anota así el tercer gol del Atlante. César Juárez debuta anotando. El lateral se agrega para la jugada a balón parado y ejecuta un excelente cabezazo. Corre hacia las cámaras y muestra debajo de la camiseta de su equipo una playera blanca con una dedicatoria. La leyenda dice: “Cásate conmigo Alicia Díaz”.

LO QUE DECÍA LA MIRADA DEL SEÑOR GUILLERMO DÍAZ

La vida no tiene oportunidades para los pendejos, para los que no tienen talento; para ellos tiene lugares reservados detrás de la caja de un banco o en el lateral derecho de uno de los miles de equipos de fútbol. Ellos, si tienen suerte, contarán las historias de un gran criminal que un día asaltó la sucursal de banco en que trabajaban, del campeonato que ganó el equipo en que tuvieron la oportunidad de jugar junto a un Benjamín Galindo, un Ariel Ortega que tuviera la brillantez para compensar la personalidad gris de otros diez que corrieran alrededor de él. Para ellos es que existen las guerras, las religiones, y otros sitios en los que la historia abraza a sus hijos más mediocres.

8.30 PM

Se acordó del entrenador Rodríguez escapando de los otros recuerdos. Rodríguez llevaba dos años dirigiendo al equipo cuando lo hizo debutar y duró otros cuatro años en el puesto. Cuando lo despidieron, César lo encontró en el estacionamiento del club y se fueron a una cantina en Revolución.

Lo principal en el juego es el tiempo, les decía Castro durante todos los entrenamientos, hay que afinar el cuerpo y la cabeza para, novena minutos cada semana, aparentar que sabemos jugar fútbol. Vinieron los cambios de la federación en el reglamento y los árbitros empezaron a compensar los minutos que quisieran al final de cada medio tiempo. Castro alentaba a los jugadores a inventar festejos, después de anotar un gol simular un duelo, quitarse la camiseta y arrojarla a la porra, ponerse una máscara. Otro cambio en las reglas prohibió los “festejos exagerados”. Al final la federación fue arrinconando la idea del fútbol que tenía el entrenador del Atlante.

El fútbol se acabó, le dijo Castro a César después de dos cubas en la cantina, y a cambio nos quieren dar un espectáculo de animales. Festejos exagerados, después a lo mejor prohíben las emociones exageradas, y cuando metas un gol vas a tener que sentirte mal, como si hubieras cometido un error, como si te sintieras mal de ganar. Qué idiota entrenar toda la semana para conseguir algo que no quieres. El otro equipo pierde, sí, no es bueno ofenderlos, pero el fútbol no es un esfuerzo involuntario, no es como si no te costara trabajo y el rival no estuviera dispuesto a lastimarte para impedir la humillación. Tiempo de compensación, qué mierda, noventa minutos eran parte de la esencia del juego, veintidós uniformados, la pelota, la alegría, la decepción y noventa minutos. Ahora los equipos guardan las energías, corren un poquito menos y luego desde la banca les avisan que van a compensar cuatro o cinco minutos, entonces sacan esa carrera que se habían reservado estafando al fútbol, o desquitan la rabia de un marcador inalcanzable con una patada en el delantero contrario. Si pierdes durante noventa minutos y ganas en cinco aprovechándote de un rival cansado entonces cuál es el objeto del juego, imagínate el box con tiempo de compensación, imagínate la vida con tiempo de compensación. Ni siquiera los medios tiempos existen para un buen jugador, esos quince minutos nunca pasan por las piernas de un futbolista de verdad, las piernas deben seguir hirviendo con la misma intensidad cuando el árbitro pite otra vez. La verdad del fútbol está en noventa minutos, por más reglas que lo contradigan.

1992

El Atlante no pasaba de la media tabla en el torneo. Cuando llegó Carlos Ordóñez a reforzar al equipo todos pensaron que iba a seguir el camino de los últimos seis extranjeros que habían llegado a compartir la camiseta. Torres Jiménez, el dueño del equipo, era bueno para hacer una cosa: dinero. Compraba las cartas de jugadores jóvenes en Sudamérica y si resultaban buenos, después de una temporada o dos, los vendía al doble o triple de lo que había invertido en ellos. Ordóñez tenía 19 años, acababa de jugar en el campeonato mundial juvenil donde su selección, la colombiana, había obtenido el tercer lugar. El moreno tocaba el balón con mucha malicia, y esa malicia la traía pintada en la cara todos los días, una sonrisa que los rivales confundían con burla y le ganaba dos o tres patadas por partido.

César y él se llevaron bien de inmediato, el colombiano iba a casa de Juárez dos o tres veces por semana. En los viajes del equipo siempre acababan por escaparse de la vigilancia del técnico para tomarse un trago la noche antes del partido. En realidad Ordóñez se llevaba bien con todos, incluso con Torres Jiménez, quien lo llegó a estimar al grado de olvidarse de venderlo por cinco temporadas.

9.10 PM

Todo lo que está fuera de los párpados de César es secreto para él, condición en la que tenemos que vivir todos. Pero esa actividad desconocida se había desdoblado mucho tiempo atrás, hacia dentro de la vida del ex lateral derecho del Atlante. Igual que cuando se decide obligar al cuerpo a dormir, y la realidad apenas se sugiere a través de ruidos y temperaturas pasajeras, Alicia soñaba temblando y su humor era semejante a un mar caprichoso y hostil, agua que a veces hacía seductora la idea del naufragio. Lo claro es que Alicia no era feliz, lo estúpido fue pensar que era por causa de César, que en sus deseos estaba la desaparición de su esposo y el comienzo de una historia nueva y mejor. César, un niño que piensa que sus padres discuten por su culpa y los odia por no quererlo.

Cuando Torres Jiménez le aplastó la verdad en la cara ni siquiera pudo sentir vergüenza de lo estúpido que se supo. Como si el niño en el berrinche viera cómo su casa se empieza a quemar, pero la rabia sellara su boca y decidiera no alertar a los padres. César fue testigo de cómo Alicia se quemaba cada día, se le incendió el peso del cuerpo, el volumen de la voz, el pulso a la hora de servir el café, todo frente a los ojos del niño idiota y enojado que cerraba unos párpados atrás de las pupilas. Qué cobarde y fuerte fue Alicia, aguantando la humillación sin decir palabra, sin buscar venganza, sin matarse. Si se hubiera matado, ¿estarías donde estás, César? ¿Hubieras sospechado? ¿Hubieras dejado que el fuego de la casa te consumiera a ti también?

1994

A la salida de un entrenamiento, César descubrió que había dejado las llaves adentro del carro. Carlos se le acercó y con toda naturalidad le abrió la puerta de la Golf con unos alambres, luego le dijo invítame un café. César no conocía cafés y lo llevó a un vips. El colombiano le habló de su familia, de su barrio en Bogotá. El Cachalito era un huérfano con padres al otro lado del continente, así se explicó César la extraña relación que sostenía con el dueño del equipo. Empezaron a salir juntos, Alicia quiso rápido a Carlos, él se la ganó con regalitos y charlas acerca de escritores sudamericanos que él conocía por su madre.

A veces iban a los bares de la zona rosa, que eran los que mejor conocía César. Cuando el equipo salía a otros estados a jugar agarraban un taxi y pedían que los llevaran a un buen lugar, a un antrito con ambiente, aunque a veces terminaban por error del conductor en un bar de homosexuales.

Las borracheras fuertes eran en el departamento de Torres Jiménez, en Polanco. El dueño tenía su casa en la colonia Condesa pero para sus fiestas utilizaba el departamento, César fue el segundo jugador que invitó el empresario, el primero fue Ordóñez. Se reunían una vez al mes, a veces dos, en general los invitados eran árbitros, directivos de otros equipos, amigos y amigas de Torres Jiménez, y a veces policías. Carlos nunca le dijo a César cómo y por qué el dueño lo había invitado. ¿Quiba parserito, jalas? Decía sonriendo y esperando a que César le abriera la puerta de la Golf.

1995

César llamó dos, tres, diez veces. En la llamada número quince, Alicia contestó el teléfono. Había dejado el celular en el carro, que había dejado en el estacionamiento del Superama. ¿Otra vez? Dos días antes había ido a hacer el súper, y dos días antes de esa vez también, y en la noche, a Alicia no le gustaba salir sola de noche. Carlos estaba mirándolo desde una de las camas del cuarto que compartían en el hotel. No pasa nada, chamaquito, no pasa nada, vámonos a chupar. Chamaco y chupar fueron las dos primeras expresiones que el colombiano había aprendido de Torres Jiménez.

En Guatemala había que tomar aguardiente, hasta que ardiera en los intestinos. Todo le ardió a César en esa gira, el alcohol, las putas, Alicia, todo menos que el equipo perdiera sus tres partidos contra los equipos locales.

GRACIELA

El colombiano te sonreía como si quisiera hacerte el amor, por eso las otras chicas lo adoraban. El mexicano estaba solo, y se veía que quería imitar al otro, sonreír con esa intención. Pasaron varias horas y en la mesa a veces los dos y el aguardiente, a veces una chica, los dos y el aguardiente, luego como era lógico el mexicano y el aguardiente y a veces el mesero. Cuando me le acerqué ya estaba borracho, balbuceaba alguna estupidez acerca de su esposa, después reaccionó y me habló acerca de lo bonitas que somos las guatemaltecas. Me le senté en las piernas y me sonrió con su sonrisa de imitación.

Cuando se vino y me levanté de la cama se me ocurrió que a diferencia del colombiano este sonreía como si te quisiera violar. Me preguntó si me gustaba, le respondí que sí, que a mí me gustan los hombres sinceros.

9.17 PM

Los músculos de César se están entumiendo, él cierra los ojos y escucha la calle. ¿Qué va a pensar Rangel, cuando me vea? Igual no va a tener tiempo de pensar mucho, qué pena, me gustaría saber que está pensando en las opciones. Primero pensaría que Alicia me lo dijo todo, qué estúpido. Aunque tendría su razón de ser pensar que ella me ha pedido que hiciera esto, me hubiera gustado. Me hubiera gustado que ella lo planeara, que pensara en los detalles y tal vez se le hubiera escapado una sonrisa de satisfacción enferma. La verdad es que Alicia no podría seguir adelante con eso, y cómo me encabrona, me revienta saber que ella no me hubiera dejado hacer ni madres.

1999

Los partidos fueron pasando esa temporada, lesiones y dos tarjetas rojas, ya cualquier novato le ganaba la carrera a César. El nuevo entrenador no lo quería y él empezó a sospechar que nada más Torres Jiménez lo mantenía en el equipo, no le pagaba mucho y la verdad se reventaba la madre en el campo. Una noche en los vestidores del estadio azulgrana el dueño lo estaba esperando y le pidió que lo acompañara a la tribuna que ya estaba vacía. Sin aficionados ni jugadores, aunque fuera entrenando, el edificio tenía la apariencia de un juguete que aburrió al niño.

- ¿Qué pasa, Juárez? Estás jugando de la chingada.

- ¿Neta quiere saber?

- Claro, cabrón, a mí me gusta que mi equipo gane - qué ganas de reventarle un madrazo, tu equipo ni madres, ponte un uniforme y que a ti te agarren a patadas, que a ti la gente te miente la madre, que te maten en el barrio donde naciste por los pesos que ganaste sudando como caballo cinco años en un país lejano, que los reporteros estén jodiéndote con que si ya piensas en el retiro, tú y todos los dueños son una bola de putos – mira, así de cabrones, ¿tienes problemas de dinero? ¿algún pendejo te está molestando?

- Mi vieja me engaña.- Igual quería que se callara y ya, igual pensó que siendo éste el hijo de puta más grande que conozco vale madres lo que le diga y ni siquiera voy a sentir vergüenza.

15 DE NOVIEMBRE DE 2000. ATLANTE 1, PUMAS 3.

Antes de iniciar el partido los jugadores y el público guardan un minuto de silencio en honor a Carlos “Cachalito” Ordóñez, ex-jugador del Atlante que murió brutalmente asesinado anoche en Bogotá, su ciudad natal. Los integrantes del equipo azulgrana han hecho público que dedican el partido de hoy al fino armador colombiano, en paz descanse.

Minuto 67. Los Pumas ganan dos por uno y triangulan en tres cuartos de cancha, José Molina avanza por la izquierda y se lleva por velocidad a Juárez. El lateral derecho de los potros se levanta y hace una barrida criminal sobre el extremo de los felinos dentro del área. El árbitro no duda en marcar el penal y expulsar al infractor que se niega a salir de la cancha y sigue provocando a los jugadores de Pumas. El árbitro se ve obligado a solicitar a la seguridad del estadio retirar a Carlos Juárez, que seguramente será suspendido por varios partidos en este fatal final de temporada para el Atlante.

COMANDANTE

Todos los judiciales somos unos hijos de la chingada. Por eso tenemos ojo para otros culeros. Así en la calle, como a veces los niños juegan a encontrar un carro de cierto color, uno reconoce a los rateritos, a los que venden mota, a quienes traen una pistola, a los funcionarios públicos, a todos los engranes invisibles de la ciudad. Los hay discretos, pero Dorito es una joya. Nada disimulan sus sacos, a veces blancos, a veces azul rey; un día le vi uno rojo que lo hacía ver tan joto. Pero lo suyo son las nenas, las señoras, las busca en los antros del centro, les da yumbina y luego se las lleva a un hotel de Tlalpan en su Fermont verde metálico.

En la cajuela del Fermont lleva una cámara y ya en el cuarto las convence de que se dejen tomar las fotografías, ellas están tan borrachas y calientes que siempre aceptan. De eso vive el Dorito, de aceptar una pequeña recompensa por no enseñar su colección de fotos a maridos y novios. Luego nos viene a visitar y nos invita una botella de tequila, cuando andamos cortos de lana y necesitamos un jaloncito de coca siempre podemos contar con Dorito. Cabrón, luego se me sube el tequila y le digo que el día que se ande cogiendo a la vieja de un diputado o de otro policía se lo va a cargar la chingada. Él se pone valiente y nos dice para eso tengo cuates como usted, mi comandante.

2001

Al principio el plan era descargarle las balas en uno de los bares que frecuentaba, en el baño, en la calle, en donde la suerte lo dispusiera. Borracho a las tres de la tarde César seguía a Rangel, lo veía estrechar las manos de patrulleros, sentarse en las mesas de las cantinas del centro a jugar dominó. Igual nunca estaba solo y cuando le disparara no habría escape posible. Pero eso ya se lo había dicho Torres Jiménez la última vez que lo vio y le pidió la pistola que perteneció a uno de los guardaespaldas del dueño. Busca el momento, dijo, no te suicides. Luego, cuando al fin le llegó la cruda un miércoles, pensó que estaba siendo estúpido, que si sacaba el arma en cualquier sitio era posible que ni siquiera llegara a disparar, porque para matar los futbolistas no son tan buenos.

Ese miércoles agarró el automóvil otra vez y decidió pensarlo todo de nuevo, volvió a seguir a Rangel, de La Sirena a una esquina de Tlalpan donde siempre había unos policías, y de ahí a la pensión donde el padrote guardaba su coche. César no pudo evitar murmurar pero si yo soy pendejo hasta que soy listo, y se metió con el Golf a la pensión.

Por la tarde no pudo evitar embriagarse otra vez, pensaba que estaba festejando, pensaba que tenía derecho a festejar. Cuando regresó a la pensión vio el Fermont de Rangel estacionado, busco en la guantera de su Golf, agarró los fierritos que le había regalado Carlos y abrió la cajuela del enemigo. Vio la cámara fotográfica, vio otras fotografías de mujeres que él no conocía, las rompió, se metió y cerró la cajuela desde dentro, llorando. El encargado de la pensión estaba viendo un partido en la televisión, presumiblemente uno del Guadalajara por la camiseta que llevaba puesta.

9.29 PM

Los sonidos se detuvieron. El Fermont frenó hasta detenerse por completo, las voces de Rangel y una mujer enfriaron la sangre de César. Una luz rectangular, una silueta negra de hombre, los ojos a punto de salirse de su frontera, los ojos de un portero solo, mano a mano con Ariel Ortega, con Benjamín Galindo, con César Juárez.

© Jorge Sosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jorge Sosa | México, 1981 | Poeta y narrador. Ha participado en talleres independientes y de la Sociedad General de Escritores de México. Su obra terminada e inédita consta de dos cuentarios: Retablo de Encuentros Rojos y El 1492 (en conjunto con Manuel Nepomuseno Dávila Galindo Olivares), una novela: El ejército invisible, y los poemarios: El diario de los ahogados y Carne irredenta. Blog de Jorge Sosa: Una habitación tan oscura