MANO A MANO
8.01 PM
Apenas dos años después de su retiro del fútbol
profesional, César Juárez está un poco
calvo, un poco gordo, completamente destrozado; hecho un ovillo,
sostiene un cigarro en la mano izquierda y una pistola en la
derecha, está llorando. Entre el humo del cigarro baraja
recuerdos al azar, pero la memoria vuelve siempre a Alicia
irreductible en su cama, después del amor amargo que
hacían cuando él volvía de las giras con
el equipo.
2000
Lo más incómodo de estar ahí parado en la oficina del
dueño fue descubrir que en realidad estaba esperando a que César
le diera las gracias. A César lo jodieron las fotos desordenadas sobre
el escritorio de Torres Jiménez, como si fueran ropa sucia de un hijo
desobligado. Lo peor es que entonces César era el hijo porque el dueño
lo estaba mirando así como miran los padres cuando están esperando
una explicación.
- Se llama Teodoro Rangel. Fue todo lo que se dijo en esa
oficina.
1985
César conoció a Alicia en la preparatoria, o
mejor dicho en una fiesta en la casa de un amigo de la prepa.
Ella quería ser maestra y enseñar español
en secundaria, bebió mucho ron y César la llevó a
casa en un taxi. Para que se le bajara la borrachera y no despertar
a los padres, se quedaron hablando media hora en la banqueta.
Ella quería matar el tiempo haciendo preguntas, a César
le avergonzaba, inexplicablemente, decir que quería
jugar fútbol para vivir. Alicia tomó su mano
cuando estuvo lo suficientemente sobria como para notar esa
vergüenza, sonrió y se metió a su casa.
Después vino acompañarla en las interminables
caminatas circulares adentro de las librerías, invitarla
a verlo jugar con el equipo de la escuela, fumar soñando
y planeando el futuro en la cama del hotel. Ella le leía
poemas, a él se le quedaban versos en la cabeza que
repetía como oraciones cuando le llegaba la hora de
dormir a solas. Apenas si percibían la aversión
que le tenía a César el padre de Alicia, los
comentarios sueltos acerca de lo mal que terminan los deportistas
en México o las ventajas de tener como pareja a un profesionista
no resultaron buenos anzuelos.
13 DE FEBRERO DE 1987. VERACRUZ 0, ATLANTE 3.
Minuto 60. Samuel Rodríguez, entrenador del Atlante,
ordena un cambio. César Juárez, quien debuta
en la primera división a los 20 años, va a entrar
al campo en lugar de Roberto Navarro, que ha marcado los dos
goles de los potros. Un cambio claramente defensivo pues Juárez
se ubica en la lateral derecha y ahora el equipo capitalino
juega con cinco defensas.
Minuto 89. Tiro de esquina a favor del Atlante, va a cobrar
Julio Cortez, lo hace a primer poste donde aparece el novato
Juárez que remata cruzado y anota así el tercer
gol del Atlante. César Juárez debuta anotando.
El lateral se agrega para la jugada a balón parado y
ejecuta un excelente cabezazo. Corre hacia las cámaras
y muestra debajo de la camiseta de su equipo una playera blanca
con una dedicatoria. La leyenda dice: “Cásate conmigo
Alicia Díaz”.
LO QUE DECÍA LA MIRADA DEL SEÑOR GUILLERMO DÍAZ
La vida no tiene oportunidades para los pendejos, para los
que no tienen talento; para ellos tiene lugares reservados
detrás de la caja de un banco o en el lateral derecho
de uno de los miles de equipos de fútbol. Ellos, si
tienen suerte, contarán las historias de un gran criminal
que un día asaltó la sucursal de banco en que
trabajaban, del campeonato que ganó el equipo en que
tuvieron la oportunidad de jugar junto a un Benjamín
Galindo, un Ariel Ortega que tuviera la brillantez para compensar
la personalidad gris de otros diez que corrieran alrededor
de él. Para ellos es que existen las guerras, las religiones,
y otros sitios en los que la historia abraza a sus hijos más
mediocres.
8.30 PM
Se acordó del entrenador Rodríguez escapando
de los otros recuerdos. Rodríguez llevaba dos años
dirigiendo al equipo cuando lo hizo debutar y duró otros
cuatro años en el puesto. Cuando lo despidieron, César
lo encontró en el estacionamiento del club y se fueron
a una cantina en Revolución.
Lo principal en el juego es el tiempo, les decía Castro
durante todos los entrenamientos, hay que afinar el cuerpo
y la cabeza para, novena minutos cada semana, aparentar que
sabemos jugar fútbol. Vinieron los cambios de la federación
en el reglamento y los árbitros empezaron a compensar
los minutos que quisieran al final de cada medio tiempo. Castro
alentaba a los jugadores a inventar festejos, después
de anotar un gol simular un duelo, quitarse la camiseta y arrojarla
a la porra, ponerse una máscara. Otro cambio en las
reglas prohibió los “festejos exagerados”. Al final
la federación fue arrinconando la idea del fútbol
que tenía el entrenador del Atlante.
El fútbol se acabó, le dijo Castro a César
después de dos cubas en la cantina, y a cambio nos quieren
dar un espectáculo de animales. Festejos exagerados,
después a lo mejor prohíben las emociones exageradas,
y cuando metas un gol vas a tener que sentirte mal, como si
hubieras cometido un error, como si te sintieras mal de ganar.
Qué idiota entrenar toda la semana para conseguir algo
que no quieres. El otro equipo pierde, sí, no es bueno
ofenderlos, pero el fútbol no es un esfuerzo involuntario,
no es como si no te costara trabajo y el rival no estuviera
dispuesto a lastimarte para impedir la humillación.
Tiempo de compensación, qué mierda, noventa minutos
eran parte de la esencia del juego, veintidós uniformados,
la pelota, la alegría, la decepción y noventa
minutos. Ahora los equipos guardan las energías, corren
un poquito menos y luego desde la banca les avisan que van
a compensar cuatro o cinco minutos, entonces sacan esa carrera
que se habían reservado estafando al fútbol,
o desquitan la rabia de un marcador inalcanzable con una patada
en el delantero contrario. Si pierdes durante noventa minutos
y ganas en cinco aprovechándote de un rival cansado
entonces cuál es el objeto del juego, imagínate
el box con tiempo de compensación, imagínate
la vida con tiempo de compensación. Ni siquiera los
medios tiempos existen para un buen jugador, esos quince minutos
nunca pasan por las piernas de un futbolista de verdad, las
piernas deben seguir hirviendo con la misma intensidad cuando
el árbitro pite otra vez. La verdad del fútbol
está en noventa minutos, por más reglas que lo
contradigan.
1992
El Atlante no pasaba de la media tabla en el torneo. Cuando
llegó Carlos Ordóñez a reforzar al equipo
todos pensaron que iba a seguir el camino de los últimos
seis extranjeros que habían llegado a compartir la camiseta.
Torres Jiménez, el dueño del equipo, era bueno
para hacer una cosa: dinero. Compraba las cartas de jugadores
jóvenes en Sudamérica y si resultaban buenos,
después de una temporada o dos, los vendía al
doble o triple de lo que había invertido en ellos. Ordóñez
tenía 19 años, acababa de jugar en el campeonato
mundial juvenil donde su selección, la colombiana, había
obtenido el tercer lugar. El moreno tocaba el balón
con mucha malicia, y esa malicia la traía pintada en
la cara todos los días, una sonrisa que los rivales
confundían con burla y le ganaba dos o tres patadas
por partido.
César y él se llevaron bien de inmediato, el
colombiano iba a casa de Juárez dos o tres veces por
semana. En los viajes del equipo siempre acababan por escaparse
de la vigilancia del técnico para tomarse un trago la
noche antes del partido. En realidad Ordóñez
se llevaba bien con todos, incluso con Torres Jiménez,
quien lo llegó a estimar al grado de olvidarse de venderlo
por cinco temporadas.
9.10 PM
Todo lo que está fuera de los párpados de César
es secreto para él, condición en la que tenemos
que vivir todos. Pero esa actividad desconocida se había
desdoblado mucho tiempo atrás, hacia dentro de la vida
del ex lateral derecho del Atlante. Igual que cuando se decide
obligar al cuerpo a dormir, y la realidad apenas se sugiere
a través de ruidos y temperaturas pasajeras, Alicia
soñaba temblando y su humor era semejante a un mar caprichoso
y hostil, agua que a veces hacía seductora la idea del
naufragio. Lo claro es que Alicia no era feliz, lo estúpido
fue pensar que era por causa de César, que en sus deseos
estaba la desaparición de su esposo y el comienzo de
una historia nueva y mejor. César, un niño que
piensa que sus padres discuten por su culpa y los odia por
no quererlo.
Cuando Torres Jiménez le aplastó la verdad en
la cara ni siquiera pudo sentir vergüenza de lo estúpido
que se supo. Como si el niño en el berrinche viera cómo
su casa se empieza a quemar, pero la rabia sellara su boca
y decidiera no alertar a los padres. César fue testigo
de cómo Alicia se quemaba cada día, se le incendió el
peso del cuerpo, el volumen de la voz, el pulso a la hora de
servir el café, todo frente a los ojos del niño
idiota y enojado que cerraba unos párpados atrás
de las pupilas. Qué cobarde y fuerte fue Alicia, aguantando
la humillación sin decir palabra, sin buscar venganza,
sin matarse. Si se hubiera matado, ¿estarías
donde estás, César? ¿Hubieras sospechado? ¿Hubieras
dejado que el fuego de la casa te consumiera a ti también?
1994
A la salida de un entrenamiento, César descubrió que
había dejado las llaves adentro del carro. Carlos se
le acercó y con toda naturalidad le abrió la
puerta de la Golf con unos alambres, luego le dijo invítame
un café. César no conocía cafés
y lo llevó a un vips. El colombiano le habló de
su familia, de su barrio en Bogotá. El Cachalito era
un huérfano con padres al otro lado del continente,
así se explicó César la extraña
relación que sostenía con el dueño del
equipo. Empezaron a salir juntos, Alicia quiso rápido
a Carlos, él se la ganó con regalitos y charlas
acerca de escritores sudamericanos que él conocía
por su madre.
A veces iban a los bares de la zona rosa, que eran los que
mejor conocía César. Cuando el equipo salía
a otros estados a jugar agarraban un taxi y pedían que
los llevaran a un buen lugar, a un antrito con ambiente, aunque
a veces terminaban por error del conductor en un bar de homosexuales.
Las borracheras fuertes eran en el departamento de Torres
Jiménez, en Polanco. El dueño tenía su
casa en la colonia Condesa pero para sus fiestas utilizaba
el departamento, César fue el segundo jugador que invitó el
empresario, el primero fue Ordóñez. Se reunían
una vez al mes, a veces dos, en general los invitados eran árbitros,
directivos de otros equipos, amigos y amigas de Torres Jiménez,
y a veces policías. Carlos nunca le dijo a César
cómo y por qué el dueño lo había
invitado. ¿Quiba parserito, jalas? Decía sonriendo
y esperando a que César le abriera la puerta de la Golf.
1995
César llamó dos, tres, diez veces. En la llamada
número quince, Alicia contestó el teléfono.
Había dejado el celular en el carro, que había
dejado en el estacionamiento del Superama. ¿Otra vez?
Dos días antes había ido a hacer el súper,
y dos días antes de esa vez también, y en la
noche, a Alicia no le gustaba salir sola de noche. Carlos estaba
mirándolo desde una de las camas del cuarto que compartían
en el hotel. No pasa nada, chamaquito, no pasa nada, vámonos
a chupar. Chamaco y chupar fueron las dos primeras expresiones
que el colombiano había aprendido de Torres Jiménez.
En Guatemala había que tomar aguardiente, hasta que
ardiera en los intestinos. Todo le ardió a César
en esa gira, el alcohol, las putas, Alicia, todo menos que
el equipo perdiera sus tres partidos contra los equipos locales.
GRACIELA
El colombiano te sonreía como si quisiera hacerte el
amor, por eso las otras chicas lo adoraban. El mexicano estaba
solo, y se veía que quería imitar al otro, sonreír
con esa intención. Pasaron varias horas y en la mesa
a veces los dos y el aguardiente, a veces una chica, los dos
y el aguardiente, luego como era lógico el mexicano
y el aguardiente y a veces el mesero. Cuando me le acerqué ya
estaba borracho, balbuceaba alguna estupidez acerca de su esposa,
después reaccionó y me habló acerca de
lo bonitas que somos las guatemaltecas. Me le senté en
las piernas y me sonrió con su sonrisa de imitación.
Cuando se vino y me levanté de la cama se me ocurrió que
a diferencia del colombiano este sonreía como si te
quisiera violar. Me preguntó si me gustaba, le respondí que
sí, que a mí me gustan los hombres sinceros.
9.17 PM
Los músculos de César se están entumiendo, él
cierra los ojos y escucha la calle. ¿Qué va a
pensar Rangel, cuando me vea? Igual no va a tener tiempo de
pensar mucho, qué pena, me gustaría saber que
está pensando en las opciones. Primero pensaría
que Alicia me lo dijo todo, qué estúpido. Aunque
tendría su razón de ser pensar que ella me ha
pedido que hiciera esto, me hubiera gustado. Me hubiera gustado
que ella lo planeara, que pensara en los detalles y tal vez
se le hubiera escapado una sonrisa de satisfacción enferma.
La verdad es que Alicia no podría seguir adelante con
eso, y cómo me encabrona, me revienta saber que ella
no me hubiera dejado hacer ni madres.
1999
Los partidos fueron pasando esa temporada, lesiones y dos
tarjetas rojas, ya cualquier novato le ganaba la carrera a
César. El nuevo entrenador no lo quería y él
empezó a sospechar que nada más Torres Jiménez
lo mantenía en el equipo, no le pagaba mucho y la verdad
se reventaba la madre en el campo. Una noche en los vestidores
del estadio azulgrana el dueño lo estaba esperando y
le pidió que lo acompañara a la tribuna que ya
estaba vacía. Sin aficionados ni jugadores, aunque fuera
entrenando, el edificio tenía la apariencia de un juguete
que aburrió al niño.
- ¿Qué pasa, Juárez? Estás jugando
de la chingada.
- ¿Neta quiere saber?
- Claro, cabrón, a mí me gusta que mi equipo
gane - qué ganas de reventarle un madrazo, tu equipo
ni madres, ponte un uniforme y que a ti te agarren a patadas,
que a ti la gente te miente la madre, que te maten en el barrio
donde naciste por los pesos que ganaste sudando como caballo
cinco años en un país lejano, que los reporteros
estén jodiéndote con que si ya piensas en el
retiro, tú y todos los dueños son una bola de
putos – mira, así de cabrones, ¿tienes problemas
de dinero? ¿algún pendejo te está molestando?
- Mi vieja me engaña.- Igual quería que se callara
y ya, igual pensó que siendo éste el hijo de
puta más grande que conozco vale madres lo que le diga
y ni siquiera voy a sentir vergüenza.
15 DE NOVIEMBRE DE
2000. ATLANTE 1, PUMAS 3.
Antes de iniciar el partido los jugadores y el público
guardan un minuto de silencio en honor a Carlos “Cachalito” Ordóñez,
ex-jugador del Atlante que murió brutalmente asesinado
anoche en Bogotá, su ciudad natal. Los integrantes del
equipo azulgrana han hecho público que dedican el partido
de hoy al fino armador colombiano, en paz descanse.
Minuto 67. Los Pumas ganan dos por uno y triangulan en tres
cuartos de cancha, José Molina avanza por la izquierda
y se lleva por velocidad a Juárez. El lateral derecho
de los potros se levanta y hace una barrida criminal sobre
el extremo de los felinos dentro del área. El árbitro
no duda en marcar el penal y expulsar al infractor que se niega
a salir de la cancha y sigue provocando a los jugadores de
Pumas. El árbitro se ve obligado a solicitar a la seguridad
del estadio retirar a Carlos Juárez, que seguramente
será suspendido por varios partidos en este fatal final
de temporada para el Atlante.
COMANDANTE
Todos los judiciales somos unos hijos de la chingada. Por
eso tenemos ojo para otros culeros. Así en la calle,
como a veces los niños juegan a encontrar un carro de
cierto color, uno reconoce a los rateritos, a los que venden
mota, a quienes traen una pistola, a los funcionarios públicos,
a todos los engranes invisibles de la ciudad. Los hay discretos,
pero Dorito es una joya. Nada disimulan sus sacos, a veces
blancos, a veces azul rey; un día le vi uno rojo que
lo hacía ver tan joto. Pero lo suyo son las nenas, las
señoras, las busca en los antros del centro, les da
yumbina y luego se las lleva a un hotel de Tlalpan en su Fermont
verde metálico.
En la cajuela del Fermont lleva una cámara y ya en
el cuarto las convence de que se dejen tomar las fotografías,
ellas están tan borrachas y calientes que siempre aceptan.
De eso vive el Dorito, de aceptar una pequeña recompensa
por no enseñar su colección de fotos a maridos
y novios. Luego nos viene a visitar y nos invita una botella
de tequila, cuando andamos cortos de lana y necesitamos un
jaloncito de coca siempre podemos contar con Dorito. Cabrón,
luego se me sube el tequila y le digo que el día que
se ande cogiendo a la vieja de un diputado o de otro policía
se lo va a cargar la chingada. Él se pone valiente y
nos dice para eso tengo cuates como usted, mi comandante.
2001
Al principio el plan era descargarle las balas en uno de los
bares que frecuentaba, en el baño, en la calle, en donde
la suerte lo dispusiera. Borracho a las tres de la tarde César
seguía a Rangel, lo veía estrechar las manos
de patrulleros, sentarse en las mesas de las cantinas del centro
a jugar dominó. Igual nunca estaba solo y cuando le
disparara no habría escape posible. Pero eso ya se lo
había dicho Torres Jiménez la última vez
que lo vio y le pidió la pistola que perteneció a
uno de los guardaespaldas del dueño. Busca el momento,
dijo, no te suicides. Luego, cuando al fin le llegó la
cruda un miércoles, pensó que estaba siendo estúpido,
que si sacaba el arma en cualquier sitio era posible que ni
siquiera llegara a disparar, porque para matar los futbolistas
no son tan buenos.
Ese miércoles agarró el automóvil otra
vez y decidió pensarlo todo de nuevo, volvió a
seguir a Rangel, de La Sirena a una esquina de Tlalpan donde
siempre había unos policías, y de ahí a
la pensión donde el padrote guardaba su coche. César
no pudo evitar murmurar pero si yo soy pendejo hasta que soy
listo, y se metió con el Golf a la pensión.
Por la tarde no pudo evitar embriagarse otra vez, pensaba
que estaba festejando, pensaba que tenía derecho a festejar.
Cuando regresó a la pensión vio el Fermont de
Rangel estacionado, busco en la guantera de su Golf, agarró los
fierritos que le había regalado Carlos y abrió la
cajuela del enemigo. Vio la cámara fotográfica,
vio otras fotografías de mujeres que él no conocía,
las rompió, se metió y cerró la cajuela
desde dentro, llorando. El encargado de la pensión estaba
viendo un partido en la televisión, presumiblemente
uno del Guadalajara por la camiseta que llevaba puesta.
9.29 PM
Los sonidos se detuvieron. El Fermont frenó hasta detenerse
por completo, las voces de Rangel y una mujer enfriaron la
sangre de César. Una luz rectangular, una silueta negra
de hombre, los ojos a punto de salirse de su frontera, los
ojos de un portero solo, mano a mano con Ariel Ortega, con
Benjamín Galindo, con César Juárez. © Jorge Sosa |