LA TELARAÑA
-- Veamos, qué he de entender, es que no veo bien cómo
entender lo que usted me cuenta, lo que usted me envía
en este currículum suyo, esta carta. Verá, esto
es un despropósito, permítame decírselo
crudamente, señorita Porto, aunque bien es verdad que
ha llamado mi atención; por eso la he citado, claro,
entenderá usted, para mejor aclarar la cosa. Y bien,
podría usted ser la persona apropiada para el puesto.
Pues podría usted ser una persona competente para este
trabajo, señorita. O debería decir señora,
ya sabe usted que en España cumplida la mayoría
de edad el tratamiento apropiado es el de señora doña
para todas las mujeres, o ya no es así. No sé,
en cualquier caso, veamos esto bien, porque estas expresiones
suyas me sugieren un malestar, y no lo digo por lo que cuenta,
sino por esas palabras que resaltan, que sobresalen en su misiva,
que parecen resaltadas, auque no le están, pero lo parecen,
lo parecen, resaltadas en lo que llaman “bold characters”, “bold,
bold, characters” –Benito Lema detiene un instante su perorata,
como aclarando y liberando de lastre la garganta abullonada,
para mejor apuntalar tras un suspiro, con énfasis y
agudizando el ascenso de la o, muy británica diríase,
o muy cualquier cosa--: ¡bold! ¡bold!
-- Ay, pues disculpe por la
carta, era por hacer esto menos anónimo, pero en el currículum
le consigno mis aptitudes y experiencia.
-- Sí claro, verás, te puedo ya tutear, cierto,
señorita…Carla, mira Carla, esto del currículo,
el resumen también le llaman, es un resumen, pero el
resumen tuyo lo veo más en la carta. Tú eres
una chica seria y competente claro, claro. Pero esa competencia,
no la pongo en duda, sólo que me ha llamado la atención,
me gusta, me intriga esa queja, no, esa angustia que deja translucir
tu misiva: hablas de filias, de filias y fobias, eso está por
todas partes, de falta de seriedad, en tu actual empleo entiendo.
Este jefe tuyo del que hablas, este, sí, aparece como
un pobre hombre, pero no debe serlo en absoluto. He de decirte
que me ha caído en gracia este Lucas, este Lucas que
es tu jefe en la inmobiliaria. Parece un hombre que produce,
verdad, un hombre que produce es lo importante, hay que actuar
y producir Carla, no preguntarse constantemente por las cosas.
Yo, es que verás, no estoy ya muy interesado por la
juventud extraviada que anadea como una ameba sin definición.
Toma ejemplo de este Lucas. La mujer, Nuri, claro, la mujer
dices tú que abronca y que él es pusilánime.
Eso está resaltado también, lo resalta tu insistencia
y reiteración, aunque no lo pongas exactamente así.
Pero debes comprender que no se trata de esa tensión.
Exacto, eso es, la tensión que tú crees ver,
esas filias y fobias y demás zarandajas que mencionas
en tu escrito. No existe, mira Carla, no existe, me parece
a mí, esa tensión que a ti, y bien que se percibe,
parece contrariarte. Lo que hay, entiéndeme muchacha,
es una estabilidad basal. He ahí el quid. Es la estabilidad
conyugal, de raíz diría yo que biológica,
la que sostiene la empresa. Porque, me dirás si me equivoco,
la agencia inmobiliaria funciona bien.
-- Sí. Bueno, quizá me equivoque, es simplemente
que estoy incómoda y desearía encontrar un empleo
mejor. Pero si usted quiere podemos hacer una prueba. La prueba
de uso de los programas de Word y Excel, lo que se pedía
en el anuncio.
-- Sí, sí, claro, la prueba, pero no, mira,
este currículo tuyo, ya veo que eres muy capaz. Lo aprenderás
todo. Eres una buena chica y seria, eso se ve. Estoy seguro
de que podremos trabajar… ¿Te apetece tomar algo, un
café, una coca-cola, un vino si lo prefieres?
Sin aguardar respuesta, Benito, el señor Lema, se revuelve
en su butaca, en la que estaba repantigado como la espuma desbordando
un vaso rígido, fino y acerado, se levanta y bamboleándose
sale de la estancia. Evidentemente todo lo rígido es
enemigo de las palabras y el cuerpo de este hombre. Desconcertante.
Todo lo que ha dicho inquieta por ser a un tiempo empático
y agresivo: ha parecido querer entrometerse en el alma de Carla
y en las bambalinas de su existencia; le ha halagado ese interés
y esa intención tan chispeante del análisis.
Nunca había pensado en la cosa como él la ha
pintado. A ella le parece Lucas un hombre bondadoso pero débil,
siempre sometido a la voluntad de su mujer. ¿Cómo
puede un matrimonio trabajar bien estando los dos juntos en
un despacho, en la misma empresa? Carla no lo dice, no lo reconoce
incluso para sí, pero sospecha sin querer confesárselo,
está en la certeza de que Lucas se ha de algún
modo enamorado de ella, y de que en Nuria, al percatarse de
ello, ha nacido una antipatía hacia ella, que se muestra
y hiere cotidianamente en el pequeño --cada vez se encoge,
se hace minúsculo—despacho de Alonso Martínez.
Se oye de fondo el revolver enseres de Benito en otra ala
de la casa. Estará en la cocina. A pesar de oírse
con claridad, el tiempo que ha transcurrido hasta iniciarse
el ruido, el largo alejamiento de los pasos pesados y un no
sé qué que no puede materializarse en una idea
clara del espacio, apuntan que el movimiento acontece en un
lugar del piso ajeno, absolutamente separado, como por una
frontera militarizada, de la estancia en la que ella espera.
Carla espera en el salón, que es a la vez despacho.
Se ha dado de bruces con esta peculiar sala nada más
entrar y ser recibida por el señor Lema. Sin recibidor
ni transición. Un lugar aséptico, con mobiliario
de oficina: una mesita negra plegable de conglomerado sobre
la que hay un ordenador portátil, conectado, adivina,
a la gran pantalla de plasma. Hay también, sobre un
escritorio de plástico azul, otro equipo de sobremesa
apagado; tapizado de notitas adhesivas, con anotaciones incomprensibles
trazadas con caligrafía rápida, grande e ininteligible.
Pero no desganada o indolente. Eso no. La caligrafía
es igual de mala de la primera a la última letra, no
se nota una abdicación en el ímpetu a medida
que avanza la información –un teléfono, quizá un
nombre--. Carla piensa que probablemente sea la letra de Benito:
ha notado en su manera de palpar con precaución antes
de asir los objetos que tiene mala vista. Los dedotes gruesos
y torpes palpan, aseguran, cerciorándose de que lo que
parece, es lo que es, antes de agarrar o tomar cualquier objeto –la
pluma estilográfica con la que acariciaba su bigote
mientras hablaba, los papeles ya muy arrugados con su carta
y el currículo que envió, que él acercaba
y alejaba frenéticamente de sus ojos mientras dictaminaba,
hablaba, diagnosticaba--.
Pero al levantarse Benito, como si su inmensa encarnación
ensombreciese el más allá de la estancia, al
levantarse Benito, ha notado Carla, y ahora se queda perpleja
y extrañada fijándose en ello, cómo detrás
de la butaca de Benito, a partir de la posición de la
butaca de Benito, se encuentra una zona bien distinta de la
sala: más allá ya no rige el ambiente de plástico
y metacrilato, de quirófano. Más allá hay
desorden y se anuncia calor: alfombras superpuestas, una chimenea
y un busto de Benito, del señor Lema, sobre un pie de
madera, que parece madera de verdad, aunque Carla no acierta
a determinar de qué tipo. Nunca se ha interesado por
esas cosas: simplemente se deja inundar por la impresión
hogareña y cálida que dan las alfombras y el
sofá evidentemente mullido, atravesado --y no pegado
a una pared-- sin demasiado pensarlo; es de un color pardo,
con quemaduras en los brazos y libros medio abiertos encima,
como abandonados, pero tejiendo un vapor, una atmósfera
completamente distinta a la que se respira un poco más
acá, a este otro lado gélido en que ella se encuentra,
detrás del sofá y a partir de la butaca en la
que se sentaba hasta hace un momento Benito. Se diría
que el aire, la temperatura y olor del aire son muy distintos
en esa otra zona, velada mientras Benito ha estado presente.
Carla permanece quieta, inmóvil sentada en la silla
endeble, incómoda, como de sala de espera. No se atreve
a moverse a pesar de la curiosidad. Se diría que en
el comedio del otro lado, de la zona cálida, allí,
frente a la chimenea –sin prender--, junto al sofá y
a un lado de las estanterías con fotos --que no ve bien,
pero en las que se fuerza a distinguir perfiles risueños
y de algún modo antiguos, sancionados y salvados por
el tiempo--, se diría que atravesando a ese otro lado
de la estancia el aire debe ser vaporoso, cálido y con
aromas a coñac y tabaco puro. Carla sonríe, pensando
en las tontunas que todo aquello sugiere. Cómo va a
ser distinto el aire a cuatro metros de donde ella se encuentra.
-- Así que no estoy seguro –entra Benito con una lata
de coca-cola y un vaso en la mano--, no estoy en absoluto seguro
de que te convenga cambiar de empleo. No es que no estés
capacitada, en absoluto, seguro que lo estás, para esto.
--Según lo que se pedía en el anuncio.
-- Dejemos eso ahora, dejemos eso. Sí, es lo que puse
en el anuncio: yo redacto informes sobre valores financieros.
Se trata, se trataría, caso de que nos convenga, de
que te convenga, que ya te digo que no estoy del todo seguro,
lo que tendrías que hacer sería ayudarme a digerir,
porque esa es la palabra, digerir, la información que
vayamos sacando de ahí, de esas aplicaciones online,
de ordenarme un poco lo que llega –yo te diría cómo,
no hay problema—y luego de que veamos a ver si regurgitamos,
si producimos, una idea, un relato de lo que está sucediendo,
de cuál es la conducta, el carácter de los valores
bursátiles, y ver de proporcionarle, de contarle a nuestro
cliente cuáles son las tendencias en vigor y hacia dónde
conduce la cosa. Hay que convertir las cifras, esas curvitas
que tanto os gustan, hay que convertirlas en un cuento. Sí,
de eso se trata, yo diría que en eso consiste. Hay que
ordenar y relatar. No hay problema, entre los dos lo haríamos,
yo he tenido hasta hace poco a un chico ecuatoriano, un alma
sencilla, y menos capaz, seguro que menos capaz que tú,
aunque me entendía bien con él, pero ha encontrado
ya algo mejor, mejor para él. Parece que se encontraba
algo extraño aquí. No se lo censuro. De ahí el
anuncio, es verdad que me corre prisa encontrar alguien. Necesito
de esa muleta para producir, yo solo no me basto, verdad, porque
no entiendo bien, no entiendo bien el funcionamiento de esos
cachivaches informáticos, aunque son útiles,
no te confundas, soy partidario de ellos, pero no quiero líos,
eso me lo tienes que hacer tú, para eso pago: el dinero
es una cosa seria, sabes, es la única cosa seria que
hay en la vida, y no digo la avaricia ni el afán de
acumular grandes fortunas, no me refiero a eso no: digo que
el dinero es una cosa de fiar, sin vuelta de hoja, por eso
a mí me place pagar bien a mis empleados. La crematística
es la única ética validada por la historia. Y
me gusta que haya una proporcionalidad en lo que gano. La relación
contractual, la relación laboral es la mejor y más
limpia que existe. El resto es lío y embrollo. Entiéndeme,
por eso hay que fijar unas tareas y una remuneración
adecuada. En eso consiste. Y yo tengo ya dinero para vivir
holgadamente el resto de mi vida, pero necesito, creo que es
de rigor, producir, producir esas regurgitaciones, esos novelones
de la información financiera.
-- Yo creo que un trabajo como el que usted ofrece, más
allá del sueldo, podría resultarme una buena
experiencia, para aprender cosas nuevas.
-- Ya veo. Craso error. Anda, bebe tu coca-cola. No, aquí no
aprenderás nada. Yo te contrato, claro que te contrataré si
vemos que es bueno para ti. Pero no acabo de verlo claro: yo
creo que con ese señor Lucas estás bien. ¿No
te pagan bien, hija?
-- Sí. Lo justo. No me quejo. Es que verá usted,
señor Lema, no quiero abusar de su confianza, pero yo
temo que haya caído ya en desgracia en mi empleo actual.
Parece como si Nuri, la esposa de Lucas, ya sabe, sospeche
algo, no sé bien el qué. Es una persona suspicaz,
sabe usted. Y con el ascendente grande que tiene sobre su marido,
pienso que pudiera hablarle mal de mí.
-- No. Lo ves, si es que con vosotros no hay manera. No hay
tal. A partir de lo que sé ya veo que no hay más
que lo que se ve. Es decir, nada. Un buen empleo, en el que
tú cumples y por el que se te paga en consecuencia.
Te digo que estás muy bien donde estás. Es lo
mismo que con estos brokers imberbes: todo son teorías
extrañas, pero no se dan cuenta de que no engarzan bien,
no son verosímiles. Aciertan, sí, a veces, pero
por pura casualidad.
Carla calla. Deja su vaso a un lado y observa el respirar
trabajoso de don Benito. Es un sacudirse todo él con
un gran esfuerzo en cada resollido. Se pregunta Carla si verdaderamente
le vale la pena. Si gana algo respirando, teniendo en cuenta
el gran despilfarro de energía que le supone. Parece
un hombre al borde del infarto a cada segundo, pero a la vez,
de un modo contradictorio, dotado de un poderío físico
enorme. Lo imagina capaz de levantar grandes pesos. Don Benito
parece cansado por la conversación, por el largo esfuerzo
de sus intervenciones. La camisa azul celeste se va moteando
de oscuros de sudor: se ve que es buena, que Don Benito compra
ropa cara. Quizá se haga trajes a medida. Aunque para
qué, piensa Carla, si se pasa el día aquí dentro.
-- Bueno, bonita, ahora acaba tu coca-cola y te vas. Se está haciendo
tarde. Yo me acuesto muy temprano.
-- Y entonces, señor Lema, usted me dirá algo
para saber a qué atenerme, verdad.
-- No hay nada que decir. Ya te lo he dicho. Si quieres el
empleo, es tuyo. Pero piénsalo bien, porque ya te he
dicho que no me parece que te convenga dejar de emplearte con
ese matrimonio, Lucas y Nuri. Y ahora sí que ya te voy
a pedir que nos despidamos.
A estas horas hace ya un frío nocturno en la estación
de autobuses de Plaza de Castilla. Todavía un cuarto
de hora para que pase su autobús, y tres cuartos de
hora de regreso hasta casa. Reconoce a una señora cargada
de bolsas de supermercado con la que alguna que otra vez ha
coincidido en esa misma parada. Esperando a otro autobús
que para allí mismo. Deben de haber coincidido cuántas,
siete u ocho veces en diez años. No se conocen ni se
han dirigido jamás la palabra. La señora parece
siempre igual, pero cuántas cosas han ido cambiando
y pasando en la vida de Carla a lo largo de esos diez años.
Quizá sea similar el caso de la señora de las
bolsas, pero no se lo parece así a Carla, parece siempre
ella, la misma, en cada ocasión en que se cruzan, en
que han coincidido al paso del tiempo, la señora cargada
de bolsas. Pensando ahora, y aunque no es capaz de situar con
exactitud sus encuentros, en esas coincidencias esperando al
autobús, ve Carla cuán distinta era su situación
vital en cada una de las ocasiones. No los sitúa con
precisión, pero sabe que en cada caso ella era una persona
diferente, sometida a cambios drásticos, aunque claro
está, en cada momento le ha parecido que era ella la
auténtica Carla, la Carla de ese momento. También
cambios en su aspecto físico, y en su forma de vestir,
gorduras y adelgazamientos, y diferencias importantes en su
ocupación, estudios o empleo, cambios de empleo, estados
de ánimo. Carla no es capaz de rememorar y situar con
exactitud sus estados de ánimo y ocupaciones, que en
cada momento le parecieron tan significativos. Los jalones
del recorrido quedan mejor fijados en su memoria, curiosamente,
por lo más superficial, por cómo llevaba teñido
el pelo en una determinada época, o por los vaqueros
que solía utilizar. Todo eso no parece haber pasado
por la señora de las bolsas. Siempre idéntica,
pero Carla está segura de que también la señora
la reconoce a ella. Seguirán encontrándose, piensa
Carla, hasta la última vez, aunque nunca sabrá que
es la última vez cuando esta llegue, ni más tarde,
nunca quedará confirmado que su último encuentro
fue el último.
La suspensión del autobús es tan blanda que
por momentos parece que el vehículo despegue del asfalto,
a gran velocidad: es una sensación dolorosa de ingravidez,
que de algún modo anuncia la caída. ¿Y
si don Benito llevase razón? Es un hombre acostumbrado
a manosear y dar forma a los datos crudos. Debe de tener una
gran intuición; ella le ha contado poco, deslavazadamente,
pero aun así, parece alguien de fiar, capaz de reconstruir
lo que de verdad ocurre a partir de jirones, de pedazos sueltos
de información. Quizá su conducta, o su pensar,
o el pensar apartado, sea de adolescente fantasiosa. No hay
más que lo que se ve, ha dicho don Benito. Lucas no
está enamorado de ella y Nuri no le ha tomado manía,
es el sencillo acontecer monótono de la oficina. Es
un despacho pequeño y desangelado, una pequeña
empresa sin intrigas en la que los tres se afanan en ganar
dinero vendiendo pisos. Nada más que eso. ¿Por
qué ha tenido ella que elucubrar, que sospechar, que
montar esa historia ridícula? El autobús frena
bruscamente y el hombre negro agarrado a la barra junto a la
puerta de salida trastabilla y está a punto de caer.
Lo evita de un movimiento presto de la pierna. Se ha transformado
en un instante de amasijo anodino en chasquido poderoso, que
ha intervenido, que ha modificado lo que iba a suceder, lo
que le iba a pasar. Carla da por buena la explicación
de don Benito: él que ve siempre algo más allá,
que enlaza y asocia lo inconexo, no ha visto nada en lo suyo.
Ahora la voluntad de creer a Benito sedimenta sobre la voluntad
de negar lo que sentía. Sabe que una cosa es verdad:
es verdad que ella piensa que Lucas está enamorado de
ella y Nuri la detesta por ello. Pero esa verdad queda convenientemente
sepultada bajo la negación primero y la voluntad de
creer a don Benito después.
Benito Lema revuelve legajos y musita incoherencias. No es
español lo que habla, ni ningún otro idioma.
Musita sonidos sin sentido ninguno. Está de espaldas
a la puerta abierta por la que Carla acaba de entrar. Aparta
de un manotazo un dossier que se abre perdiendo varios folios.
Carla cree distinguir un cierto orden, no armonía, alguna
secuencia que se va haciendo familiar, o algo que de algún
modo relaciona las sílabas que aleatoriamente produce
Benito. Le pasa como cuando oye hablar en alemán. No
sabe alemán pero sabe apreciar cuándo lo que
oye es alemán. Y ahora nota, durante los segundos lentos
que Benito tarda en percatarse de su presencia, nota algo con
alguna coherencia, alguna unidad, no un idioma, sino el musitar
de Don Benito que parece distinguible de cualquier otro musitar.
-- Pasa hija, pasa. Qué desastre, qué catástrofe
ha ocurrido aquí. Quién hubiera podido pensarlo,
es inconcebible, no puede ser. No puedo pedirte que te sientes
porque ando muy ocupado, pero dime, dime, yo te escucho, para
qué has venido.
-- Usted dijo que si quería el puesto era mío.
A eso he venido. No ha habido mucho que pensar en realidad
desde ayer. Esta mañana me han despedido de la inmobiliaria.
Benito sacude la cabeza contrariado, releyendo un documento
por enésima vez. No ha hecho caso de lo que Carla ha
dicho.
-- Me han despedido de la inmobiliaria. Sin mayor explicación.
Así que voy a aceptar el puesto que usted ofrece.
-- ¿Te han despedido? ¿Cómo es posible?
Querrás decir que te has despedido, por el asunto ese
que temías, que me contaste ayer. Te dije que no te
convenía. Yo no te puedo contratar ya, hija. Ha habido
aquí un descalabro imprevisible. Ahora mismo no puedo
contratarte. Llámame, llámame en unas semanas.
Carla se sorprende de no haberse sorprendido por las palabras
de Benito.
-- No. Me han despedido. Ha sucedido lo que le he dicho. He
llegado esta mañana y me han despedido sin explicación.
Le dejo entonces. Hasta otra.
Un autobús rojo. No reconoce la línea. El número,
107, no le suena de nada. Jamás ha visto pasar el autobús
107. Ni el 33 que pasa azagado. No conoce bien las líneas
del centro, pero nunca había sucumbido tan gravemente,
con ese relajo tan grande de la atención, a la inopia.
Normalmente no reconoce las líneas de autobús,
pero no le sorprenden con esa extrañeza, con esa extranjería.
Habitualmente, un autobús número 33, desconocido
hasta ese momento para ella, se hace familiar al instante.
El rostro de la mujer vieja con la nariz torcida y el pelo
teñido de color cobrizo espanta. Es verdaderamente un
rostro distinto a cualquier otro que jamás haya visto.
El nombre del bar “El alfil” indicado sobre el panel le sorprende
vez tras vez al leerlo. Cada vez parece la primera vez que
lo lee. Ese niño que anda: nunca había visto
andar a nadie así, de esa manera: es incapaz de aunar
los andares del niño, cada paso parece un paso distinto,
absolutamente descoyuntado del anterior. No puede prever cómo
va a ser el siguiente paso del niño. Ese niño
de la bolsa de deporte no anda de ninguna manera. Da un paso,
y luego otro completamente distinto. La motocicleta petardea.
El guardia silba. No recuerda el color del peto del guardia.
Vuelve la vista hacia el guardia. Es una mujer. El peto es
amarillo. Vuelve a sorprenderle cuando se topa con él,
con ese peto nuevo, al mirar al otro lado de la calle, a la
acera de enfrente: la forma del quiosco. Se oye un chirrido
fuerte. Vuelve la cabeza. Todos esos individuos de ropas extrañas,
combinaciones imprevistas, se vuelven también. Estruendo
y vidrios rotos. Un accidente. El guardia lleva un peto amarillo.
El guardia está en el siniestro. Carla vuelve la mirada
y trata de encontrar a la mujer de las bolsas entre los transeúntes
que la rebasan. © Juan Rivera |