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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

MELODRAMA

 

El sueño

La muchacha loca que sacan a la plaza para confesar su pecado, eres tú: te reconozco a pesar de su palidez y ropas de presa humillada porque tus ojos miran con la misma dulce lucidez.

Pero quién arrastra a esta muchacha al escarnio, me pregunto, sin entender mi lugar en ese público.

Tiene ella la mirada inmediata y tranquila de la verdad, pero si me descubres entre esta gente que celebra tu agonía tendría que huir.

Quiero acercarme a ella y abrazarla, aunque sólo sea para convencerme de que no eres tú; pero estoy prohibido de hacerlo porque tu crimen me alcanza y no debo ser la prueba del desamor. Por razones que ignoro y ocupan una vida de desencuentros (aunque en un sueño anterior, hace un tiempo, yo te buscaba en tu casa y me esperabas todavía) espero aún, yo ahora, de una relación sin pasado la verdad sobre mí mismo.

Soy testigo de esta mujer sufriente como si ella fuese una parte ignota mía, un tiempo inacabado que fluye en otra parte. O tal vez yo, más bien, soy la parte de razón que la extravía y que ella aún aguarda como una revelación.

Ahora busco tus ojos y pronuncio:

---------------------------eres yo mismo, sin mí

El verbo te enuncia, el pronombre me reitera, pero el lenguaje me excluye para poder definirla.

Ella, leo, es lo que no soy en mí; yo soy en ella alguien que me elude.

El espectáculo del castigo es más cruel que la locura. Rodeada por los médicos triunfales y los abogados iguales, ella sube a la tribuna de la confesión para declarar su culpa.

Por un dictado de la memoria, el populacho busca piedras en torno pero no las hay y su anacronismo es tan grosero como su encono.

La terapia de la locura manda que la herida sea abierta en público para que el paciente purgue su yo miserable.

Esa violencia me repugna pero yo, su amante secreto, estoy aquí para reconocerla, y aunque incrédulo y abocharnado no puedo sino seguir los hechos que se precipitan con la lógica canalla de la clínica.

Los hechos tienen la irreversible violencia del sueño. Pero ella, con el pelo largo y la ropa rota, descalza y vulnerable, se impone al teatro brutal con su vida ardiente, buscando con la mirada: me mira y sé que me reconoce como el milagro de su sanidad.

Me mira con alegría, y no entiende que agonizo.

 

El cuento

Mi primera reacción, al despertar, es llamarla por teléfono. Pero, ¿cómo decirle te llamo después de todos estos años para contarte un sueño?

Casi sería mejor apelar al absurdo y preguntarle si ella también soñó conmigo, para que al menos ría y me diga estás más loco que nunca, pretendes compartir el lujo de la culpa, esa falsa elocuencia.

Déjame encender un cigarrillo, diría, me despiertas a estas horas prohibidas en vez de recordar mi cumpleaños y enviarme flores o al menos un compacto italiano. Pero no la llamaré, no sabría cómo contarle un sueño en que ella aparece como una loca post-freudiana y yo como un testigo de su cama alborotada.

Salvo que la estrategia del sueño, invirtiendo los roles, me delate. Pero no hay mucho que hacer con un sueño que me excluye para interpelarme a nombre del amor perdido.

 

La confesión

¿Me dejo entender? En aquellos tiempos, nos debíamos una forma prometida. Hoy la libertad casual ha impuesto otra duración, feliz o infelizmente. La besé profundamente y cuando abrió los ojos le prometí irnos. Ella rió pero su alegría, sus ojos oscuros y tiernos, eran parte de la misma mitología.

Ella me exigió las estrellas (“¡las estrellas, espera, déjame verlas!”), y las apagábamos, jugando, con las manos.

 

La secuela

Por fin ella sube a la tribuna de los condenados, con la integridad de la víctima, urgida por la impaciencia de los jueces y el rumor del populacho dominguero. Más pálida pero más segura, nos mira a todos, resignada a su muerte clínica, y dice: “Sólo mi primer amigo me salvaría, aunque sea imposible o por eso mismo.”

Sospecho que de pronto se encenderán los grandes reflectores de la filmación de otro capítulo del romance nacional de la pareja sin nación que sumar. Pero no es esa frase la que ella ha dicho sino, para horror mío, mi nombre.

 

La filmación

¿Vencer al ejército enemigo y rescatarla en un corcel más veloz que la juventud? La literatura será mi perdición.

¿Cómo interrumpir la ceremonia (sueño, historia de sofá, capítulo telenovelado), tomarla de la mano, y escapar? Ya hemos huido varias veces, y hasta nos hemos cruzado en fuga. Tanto drama debiera hacerme retroceder. Pero cuando la ironía vuelve en mi socorro, la resisto: prefiero la luz inapelable del bochorno, interrogado por los sueños perdidos, en este mi primer síntoma claro de edad madura.

Pero la emoción nos vuelve torpes. Podríamos dejar que las lágrimas hablen por nosotros. De pronto, un breve llanto nos haría mejores. Esa sería la parte de futuro que abrir en el pasado. Aprender a hablar entre suspiros y gemidos. Sólo que también la emotividad tiene su historia ilustre. No necesitamos de esa historia: es de extravíos mutuos, irrecuperables en el tiempo.

Que nos salve el olvido.

 

La lectura

Me ha olvidado perfectamente. Soy el amigo remoto que cada reencuentro hace más ajeno, por más que cada palabra nos remita al lenguaje perdido. No sé qué hace ella aquí, poseyendo el cuento de mi vida, al que yo tendría que obedecer.

Soñar lo vivido sería redundante, soñar lo no vivido es escribirlo: con la tinta del sueño, despertar.

Intensamente exacta y a la vez ilegible, escritura rota.

Sueño contigo y me despiertas. ¿Nos queda algo por decir? ¿Se trata de tú y yo?

Algo tuyo me salva, algo mío te redime.

 

El diálogo

Dije: Eres yo mismo

Y dijiste: sin mí

En el habla oracular sería una pregunta: ¿Quién eres? ¿Yo mismo?

Y la respuesta: Sin mí.

Esto es, acaso eres yo mismo pero sin mi memoria, como si fueses un yo liberado del tiempo.

Una más clara emoción.

Quizá algo de mí la desidentifica, y algo suyo me devuelve a mí, a cambio.

Más que la referencia, la evocación. Tal vez te fuiste conmigo y sólo me dejaste para siempre. Como si te hubieses quedado sin nadie. Con y sin, somos ese ligero desacuerdo.

Cada vez que nos reencontrábamos me pasabas un papelito con tu número de teléfono. Primero respondían tus padres, luego tu marido, y no hace mucho tu hija.

Esta vez respondí yo mismo: ella no está, me dije, nos ha abandonado.

 

Los adioses

Por qué no me dejas en paz. ¿Qué quieres todavía?

Un día me escribiste desesperada y te respondí de inmediato, admirado de tu coraje. Me preguntabas por ti misma, y te convencí de quién eras. Lo más libre, a tu suerte.

En tu trono de reina desposeída te volvías y quedabas dormida, de vuelta al bosque.

Te debo una estrella de más.

 

© Julio Ortega

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio Ortega | Perú, 1942 | Crítico y narrador. Se desempeña como docente en Brown University. Ha sido profesor visitante en universidades como Harvard, Yale, Darmouth y la Universidad de Londres. Cátedra Julio Cortázar 1999. Simón Bolivar Professor of Latin American Studies (Cambridge) 1995-96. Autor, entre otros, de Retrato de Carlos Fuentes, Julio Cortázar: Rayuela (con Saúl Yurkievich), Rubén Darío: La lectura mutua y de la novela Habanera (VII Premio de Novela Breve Juan March Cencillo).