MELODRAMA
El sueño
La muchacha loca que sacan a la plaza para confesar su pecado,
eres tú: te reconozco a pesar de su palidez y ropas
de presa humillada porque tus ojos miran con la misma dulce
lucidez.
Pero quién arrastra a esta muchacha al escarnio,
me pregunto, sin entender mi lugar en ese público.
Tiene ella la mirada inmediata y tranquila de la verdad,
pero si me descubres entre esta gente que celebra tu agonía
tendría que huir.
Quiero acercarme a ella y abrazarla, aunque sólo
sea para convencerme de que no eres tú; pero estoy
prohibido de hacerlo porque tu crimen me alcanza y no debo
ser la prueba del desamor. Por razones que ignoro y ocupan
una vida de desencuentros (aunque en un sueño anterior,
hace un tiempo, yo te buscaba en tu casa y me esperabas todavía)
espero aún, yo ahora, de una relación sin pasado
la verdad sobre mí mismo.
Soy testigo de esta mujer sufriente como si ella fuese una
parte ignota mía, un tiempo inacabado que fluye en
otra parte. O tal vez yo, más bien, soy la parte de
razón que la extravía y que ella aún
aguarda como una revelación.
Ahora busco tus ojos y pronuncio:
---------------------------eres
yo mismo, sin mí
El verbo te enuncia, el pronombre me reitera, pero el lenguaje
me excluye para poder definirla.
Ella, leo, es lo que no soy en mí; yo soy en ella
alguien que me elude.
El espectáculo del castigo es más cruel que
la locura. Rodeada por los médicos triunfales y los
abogados iguales, ella sube a la tribuna de la confesión
para declarar su culpa.
Por un dictado de la memoria, el populacho busca piedras
en torno pero no las hay y su anacronismo es tan grosero
como su encono.
La terapia de la locura manda que la herida sea abierta
en público para que el paciente purgue su yo miserable.
Esa violencia me repugna pero yo, su amante secreto, estoy
aquí para reconocerla, y aunque incrédulo y
abocharnado no puedo sino seguir los hechos que se precipitan
con la lógica canalla de la clínica.
Los hechos tienen la irreversible violencia del sueño.
Pero ella, con el pelo largo y la ropa rota, descalza y vulnerable,
se impone al teatro brutal con su vida ardiente, buscando
con la mirada: me mira y sé que me reconoce como el
milagro de su sanidad.
Me mira con alegría, y no entiende que agonizo.
El cuento
Mi primera reacción, al despertar, es llamarla por
teléfono. Pero, ¿cómo decirle te llamo
después de todos estos años para contarte un
sueño?
Casi sería mejor apelar al absurdo y preguntarle
si ella también soñó conmigo, para que
al menos ría y me diga estás más loco
que nunca, pretendes compartir el lujo de la culpa, esa falsa
elocuencia.
Déjame encender un cigarrillo, diría, me despiertas
a estas horas prohibidas en vez de recordar mi cumpleaños
y enviarme flores o al menos un compacto italiano. Pero no
la llamaré, no sabría cómo contarle
un sueño en que ella aparece como una loca post-freudiana
y yo como un testigo de su cama alborotada.
Salvo que la estrategia del sueño, invirtiendo los
roles, me delate. Pero no hay mucho que hacer con un sueño
que me excluye para interpelarme a nombre del amor perdido.
La confesión
¿Me dejo entender? En aquellos tiempos, nos debíamos
una forma prometida. Hoy la libertad casual ha impuesto otra
duración, feliz o infelizmente. La besé profundamente
y cuando abrió los ojos le prometí irnos. Ella
rió pero su alegría, sus ojos oscuros y tiernos,
eran parte de la misma mitología.
Ella me exigió las estrellas (“¡las estrellas,
espera, déjame verlas!”), y las apagábamos,
jugando, con las manos.
La secuela
Por fin ella sube a la tribuna de los condenados, con la
integridad de la víctima, urgida por la impaciencia
de los jueces y el rumor del populacho dominguero. Más
pálida pero más segura, nos mira a todos, resignada
a su muerte clínica, y dice: “Sólo mi primer
amigo me salvaría, aunque sea imposible o por eso
mismo.”
Sospecho que de pronto se encenderán los grandes
reflectores de la filmación de otro capítulo
del romance nacional de la pareja sin nación que sumar.
Pero no es esa frase la que ella ha dicho sino, para horror
mío, mi nombre.
La filmación
¿Vencer al ejército enemigo y rescatarla en
un corcel más veloz que la juventud? La literatura
será mi perdición.
¿Cómo interrumpir la ceremonia (sueño,
historia de sofá, capítulo telenovelado), tomarla
de la mano, y escapar? Ya hemos huido varias veces, y hasta
nos hemos cruzado en fuga. Tanto drama debiera hacerme retroceder.
Pero cuando la ironía vuelve en mi socorro, la resisto:
prefiero la luz inapelable del bochorno, interrogado por
los sueños perdidos, en este mi primer síntoma
claro de edad madura.
Pero la emoción nos vuelve torpes. Podríamos
dejar que las lágrimas hablen por nosotros. De pronto,
un breve llanto nos haría mejores. Esa sería
la parte de futuro que abrir en el pasado. Aprender a hablar
entre suspiros y gemidos. Sólo que también
la emotividad tiene su historia ilustre. No necesitamos de
esa historia: es de extravíos mutuos, irrecuperables
en el tiempo.
Que nos salve el olvido.
La lectura
Me ha olvidado perfectamente. Soy el amigo remoto que cada
reencuentro hace más ajeno, por más que cada
palabra nos remita al lenguaje perdido. No sé qué hace
ella aquí, poseyendo el cuento de mi vida, al que
yo tendría que obedecer.
Soñar lo vivido sería redundante, soñar
lo no vivido es escribirlo: con la tinta del sueño,
despertar.
Intensamente exacta y a la vez ilegible, escritura rota.
Sueño contigo y me despiertas. ¿Nos queda
algo por decir? ¿Se trata de tú y yo?
Algo tuyo me salva, algo mío te redime.
El diálogo
Dije: Eres yo mismo
Y dijiste: sin mí
En el habla oracular sería una pregunta: ¿Quién
eres? ¿Yo mismo?
Y la respuesta: Sin mí.
Esto es, acaso eres yo mismo pero sin mi memoria, como si
fueses un yo liberado del tiempo.
Una más clara emoción.
Quizá algo de mí la desidentifica, y algo
suyo me devuelve a mí, a cambio.
Más que la referencia, la evocación. Tal vez
te fuiste conmigo y sólo me dejaste para siempre.
Como si te hubieses quedado sin nadie. Con y sin, somos ese
ligero desacuerdo.
Cada vez que nos reencontrábamos me pasabas un papelito
con tu número de teléfono. Primero respondían
tus padres, luego tu marido, y no hace mucho tu hija.
Esta vez respondí yo mismo: ella no está,
me dije, nos ha abandonado.
Los adioses
Por qué no me dejas en paz. ¿Qué quieres
todavía?
Un día me escribiste desesperada y te respondí de
inmediato, admirado de tu coraje. Me preguntabas por ti misma,
y te convencí de quién eras. Lo más
libre, a tu suerte.
En tu trono de reina desposeída te volvías
y quedabas dormida, de vuelta al bosque.
Te debo una estrella de más.
© Julio Ortega |