¿Y ahora qué hace? Su duda
se anticipa a cualquier otra cosa.
Incluso hasta la propia muerte
debería, si se presentara, esperar.
¿Le da la razón a las cenizas
y se olvida que de algún modo,
por alguna vía, por quién sabe qué ardid,
pudo ser feliz y nada hizo al respecto?
( El fuego, le dijeron, siempre tiene roto el
extremo.
No lo entendió entonces, sigue sin entenderlo.)
¿Enfermo de un mar curable
y sin embargo mortal, plantará
un cyclamen en la estepa
sabiendo que no tardará en marchitarse?
(Le dijeron: no tendrás nunca una casa,
cuando quieras ver el día será tarde, será de
noche.)
Ecos remotos, cada vez más inaudibles:
Tigris y Eufrates, emenagogo,
creosota, Es como un alto en la vida,
un súbito miedo a despertar, Jeremías
en San Vincenzo,
el Evangelio de Nicomedo, las flores
de Leonardo, virgen de oro, camafeo...
¿Se llama a sí mismo y no asiste,
yerra y todo renace, acierta
y todo sigue bajo el lodo,
se llama a sí mismo y asiste, desnudo,
sucio de tiempo y cenizas?
(Albrecht Dürer, 1502)
¿A quién ofrecerle este oro?
Una música larga, tañida, pulsada,
una larga soga de techo a techo
de la que cuelgan, sin ser movidos,
aunque sople, por el viento,
papeles manchados por un aliento puro,
un amor casi puro,
bermellón, terracota. ¿Y esa liebre?
¿Esa virgen rodeada de animales?
¿A quién ofrecerle el desnudo,
las manos antes de la malaria,
la altura que no precisa de puentes,
la mirada puesta en aguas que se componen
y descomponen, alas
que rasgan la superficie
y, abajo, la misma, eterna sed
de proporciones y perspectivas.
¿A qué médico, a cuál vida
o hacia qué muerte, linfa, enjambre,
aliento de lobo marino,
arena?
(Balthus, Thérèse Rêvant
, 1938, a Delphine Eggly)
Del mundo sólo conozco un nombre.
Sombra de luz sobre fugaces ecos.
Espejo puesto en lo más profundo del suburbio
para que en él se miren
los que huérfanos de piedad
se sientan cada noche entre pajas, detritus.
¿Qué dicen ese nombre, esa sombra,
ese espejo? Tal vez deseo, máscara quemada,
signos de vida contra arenas, lastimaduras,
tijeras que cortan la soga
que ata a la criatura con su roto animal
bajo la lluvia. ¿Con qué sueña ahora,
con anémonas, corales,
perdidos puertos donde esperan,
confiados, los niños, los ignotos, los desnudos?
(Cyclamen)
Allí brota en el frío
del suelo oscuro
que no se resigna
a ser dispersado por el viento;
y serán horas, y noches,
y días. Allí estoy yo, estamos,
libres, posesos,
viles, virtuosos, desnudos,
desde el fondo hacia lo alto.
¿Perfume de amantes,
alimento para las bestias?
Una u otra cosa, tal vez,
ambas; de todos modos,
como siempre, habrá un cielo indiferente,
una escarcha decidida
a quemar. Y lo que tenga que suceder,
sucederá en silencio.
Del libro Radiación
de fondo
© Carlos Barbarito |