EL LIBRO DE LOS POLACOS
una varsovia de la mente
I
la lejanía
Cuando imagino su nombre sólo veo el pavimento
la dureza del gris donde arrastraron sus pisadas mis
abuelos
No sé una palabra del idioma
de zetas y eses
El lenguaje que la lengua no pronuncia
que pronuncia la lejanía
dice: Warszawa
II
El mapa partido, el territorio es lejanía
para siempre se aparta
de dueños eventuales
Para siempre en su pasado que se me cierra
para siempre Warszawa como el marco de la puerta
después del temblor
o es el temblor mismo
y tristísimo
III
El nacimiento se me partió en la lejanía de
un
territorio
Luego
un despliegue
de sus tácticas & estrategias
para sobrevivir
Luego
vinieron Siberia & las cáscaras de papa para el
hambre
& El Líbano & Irán
& Egipto & Palestina & Londres
último
el mapa partido & este país
IV
De Warszawa en mi rostro no queda rastro alguno
ni el nombre permanece
ni la lejanía siquiera
y sólo veo quedarse un semblante como un muro
un recuerdo que lo jaspea
los ojos aguados
de todo un lado de mi familia.
STEFANIA, 1939
I-
No dejes que me llueva dentro,
dijo al despedirse
le dijo a Dios, tal vez, esas palabras
porque su madre no escuchó de ella ni una queja
ni un suspiro.
Ese día en Warszawa, octubre, 1939
el temporal bajaba por las calles,
sin detenerse
Y ella tenía su maleta lista,
su abrigo negro
y sabía que vendrían los soldados.
Pero no sabía lo de la lluvia,
para esas cosas no estaba preparada.
II-
Eran cinco
Agnieszka Halina Olga Ewa Stefania
en esa foto
tomadas del brazo.
Domingo, seguro.
Día de cine
en la calle transversal.
Trece años, o catorce:
el cabello marcado con bigudíes,
el distintivo de la szkola
los vestidos almidonados
como todas las muchachas en Warszawa
antes del levantamiento y del servicio diario
de trenes a Dachau.
Antes de que
fusilaran a Agnieszka contra la pared de su cuarto
y reclutaran a Olga para coser heridas en el Hospital Nacional
antes de Halina enferma de tifus
Ewa escondida con su tía en una granja en Zamosc
y Stefania en un convoy a Siberia
escondiendo la foto
en el bolsillo interior de su abrigo negro.
Fragmento de El libro
de los polacos © Ana
Wajszczuk |