LA NOCHE AMERICANA
Alicia se detuvo frente al semáforo en rojo justo cuando
bajo el cegador destello de un sol invernal una larga sucesión
de cuerpos de metal sembró su retina de colores difusos.
En ese preciso instante otro autobús resopló,
como un hipopótamo cansado, presumiendo de frenos hidráulicos
y cobro automático. Se plantó frente a ella luciendo
su spot publicitario con la figura de una voluptuosa y rubia
modelo de revista. Una chica osadamente joven, de uno ochenta
de estatura, dentadura perfecta, tetas en forma de pera de
San Juan y labios color vainilla. Alicia era, muy al contrario,
menuda y morena. Conservaba todavía los primorosos rasgos
de la pubertad, como la niña del cuento de Carrol. Sus
labios eran tan delgados y perfectos que, al juntarse, mostraban
una línea delgada que resaltaba su inocente belleza.
Por eso se sintió rara contemplando el anuncio del bus,
recordando, sin saber por qué, las veces que sintiéndose
triste contemplaba con estupor el estruendo y las risas de
los concursos de la tele. Esas azafatas Barbie montadas en
el señuelo del flamante modelo Mercedes Benz, sus exagerados
y operados bustos, y sus nalgas de chica bulímica de
discoteca. Esa falsa alegría que le dejaba un poso de
extrañeza y tontuna en el paladar.
Alzó la mano para protegerse los ojos, una mano delgada
y endeble como una pluma. El reflejo vagamente dorado de los
automóviles bañó sus ojos de una somnolencia
repleta de diminutas y luminosas estrellas blancas.
Su zapato de charol se balanceó sobre el bordillo de
la acera, al extremo mismo del paso cebra. Distraídamente,
hurgó a tientas en su bolso buscando el paquete de rubio
que había comprado el jueves en el entreacto de un concierto
barroco. Nunca se perdía Las cuatro Estaciones de Vivaldi.
Adoraba Vivaldi. En su ingenuidad, se sentía más
allá del tiempo inmediato, esa magnífica continuidad
de vigor y esperanza que ignora toda pausa y toda introspección,
privilegio de la juventud. Pero no se decidió a sacar
el cigarrillo, unas caladas le calmarían los nervios,
eso sí podía permitírselo. Lo buscaba,
el cigarrillo, pero sin apartar la vista de esa marisma azul
y blanca, roja y oro, amarilla y burdeos de los automóviles
que no hacían caso del ámbar, veloces y espléndidos
en su transitar festivo. Porque era domingo, un soleado domingo
de abril. Alicia miró su reloj de pulsera. Las diez
y cuarto. Había quedado citada con Alberto a las diez
y media, llegaba con tiempo suficiente.
Mientras cruzaba la acera, evocó por un instante la
expresión descompuesta de su rostro, el de Alberto,
una superposición de sobresalto y pánico (que
más tarde, ella sabía, se convertiría
en una secreta explosión de alegría), cuando
le dijo, en el Publi echan una película de Truffaut.
La imagen de Alberto se interpuso entre sus pensamientos cuando
desistió, sin saber por qué, de ese primer cigarrillo,
al tiempo que se protegía del sol con la palma de la
mano. Justo cuando ese ejército de luciérnagas
blancas inundó su cara, entonces se interpuso Alberto,
su rostro atribulado respondiéndole que sí, que
a él también le encantaría ver una película
de Truffaut. La miró, por fin. La miró a los
ojos, y ella, casi alegre de ocasionar tanta turbación
a su alumno predilecto, dejó escapar un, ¿quieres
que vayamos el domingo? Al matinal, quiero decir.
No supe qué decirle.
Me quedé tan cortado que
no supe qué decir. Cuando ella me miró, a los
ojos, sin escapatoria posible, y me dijo que en el Publi echaban
una película de Truffaut, yo, sencillamente me quedé de
piedra. El miedo me atenazó. La historia de vida, por otra parte: elegir
entre un miedo u otro. Pensar en la huida y desear, al mismo tiempo, que algo
suceda por fin. Parece mentira las cosas que uno llega a pensar en diez segundos,
cuando sobreviene una situación imprevista que ataca allí donde
más duele, las
vueltas que da, esas cosas, las tonterías que uno puede llegar a decir.
Y lotorpe que se puede llegar a ser. Apenas me había recuperado del
susto, del susto de ver cómo ella se sentaba y ojeaba descuidadamente
su libro de texto, y se quedaba quieta y tranquila mientras cogía aquella
hoja pautada, escondida entre sus apuntes, y la leía. Y, acto seguido, ¡oh,
maldición! Acto seguido miraba
a su alrededor, como un profesor cualquiera buscando un culpable, una víctima
propiciatoria. Y, finalmente, sus ojos me encontraron. Claro que no dijo lo
que yo me temía.
No dijo ¿has sido tú? Pregunta que hubiera bastado para aniquilarme,
desintegrarme, la tierra hundiéndose bajo mis pies, la puerta demasiado
lejos de mi pupitre como para darme la oportunidad de una huida digna, y por
otra parte una desconocida alegría naciendo de mis entrañas.
Sólo
entonces, cuando mi alegría me traicionó, fui consciente de mi
torpeza. Dije sí,
claro que dije que sí, ¿qué otra cosa podía hacer
si no quería
quedarme muerto para siempre? Cuando ella mencionó lo del cine, yo,
con toda mi tortura a cuestas, atiné a balbucir heroicamente, a mí también
me encantaría. Y gracias
que dije eso.
Tuvo que girar en Travesera de Gracia para divisar, a lo lejos,
la efigie de Alberto, su alumno de BUP. No tuvo necesidad
de verlo más de cerca
para imaginarse su aspecto nada atlético, su inocente mirada
de pupilas nerviosas y ojos oscuros agazapados tras sus gafas de varilla metálica.
Mocasines, tejanos y pullóver. Un bonito pullóver rojo. Al descubrir
su presencia, la saludó enseguida aunque sin saber qué hacer
con ese brazo a media asta. Se estremeció inevitablemente cuando ella,
hermosa y resplandeciente dentro de su suéter de angorina, le besó en
la mejilla. Nunca lo había hecho hasta entonces. Aunque no es lo mismo, pensó Alicia,
cuando ya estuvo frente a él. No es éste el mismo
rostro de pequeños ojos oscuros y vidriosos, ojos
marrones difuminados por el neón amarillento y gastado del aula de esa
pequeña academia de la calle de Enrique Granados, un aula musicada por
el tecleteo de las máquinas de escribir Lexicon y los destellos de algún
ordenador recién importado de vete a saber dónde. Ahora mismo,
bajo aquel sol brillante de primavera, cuando casi podía sentir su aliento,
el semblante de Alberto le pareció menos
aniñado, y por qué no decirlo, más atractivo, y eso la
desorientó de
entrada, liberados los dos y de golpe de aquella recopilación de gestos
que la costumbre entretejía
cada noche, durante la clase y que habían quedado como por arte de magia
suspendidos en lo alto de ese minuto y de su misterio. Como ocurre cuando algo
que aparentemente no ha existido nunca se convierte en una inesperada realidad.
Y, sin embargo, pensó Alicia, parecía tan lejano aquel día, ¿ayer,
quizás?, cuando abrió descuidadamente el manual de Literatura
Contemporánea y
halló una hoja de papel pautado en la que destacaba esa frase que difícilmente
olvidaría,
una frase que más tarde supo escribió Franz Kafka a Felice Bauer:
Daría cualquier cosa por mirarte a los ojos.
Apareció en su clase una noche sin decir esta boca
es mía. Se conocían, claro, aquella academia
tan pequeña no tenía secretos. Alberto entró sin
decir nada y buscó rápidamente un pupitre en
la fila
Abrió la libreta
Y se quedó mirándola a hurtadillas, con cierta
malicia, mientras hurgaba en la bolsa y masticaba sus pipas.
Tampoco dijo nada cuando ella le rogó
Alberto, por favor, las pipas…
que dejase las pipas y explicase su presencia allí a
esas alturas del curso. Averiguó luego que venía
precedido de una larga lista de suspensos en el diurno y del
acuerdo unánime del profesorado en su conjunto recomendándole
que abandonara el BUP y se formara en alguna profesión útil.
Más tarde, averiguó otro de los motivos de Alberto
para aterrizar de aquella manera en el nocturno, que no era
otro que la coincidencia con Magda, pero ya hablaremos de eso
más tarde. Digamos, de momento, que a Alicia le agradó esa
vis cómica en sus ojos, esos ojos de persona grande
con los que la desafiaba pero también, en los sucesivos
días, con los que la miraba y preguntaba y conversaba.
Esa naturalidad con la que, superados los primeros momentos
de pudor, se sentaba sobre el tablero de su pupitre y le decía ¿Ciertamente,
le gusta Picasso? ¿De verdad cree en los extraterrestres? ¿Cree
usted en Dios? Océano de preguntas sin respuesta necesaria,
osadía de juventud en su frente, rematada por un flequillo
rebelde, del que está dispuesto a llevar la contraria
al más pintado; sí, eso también le agradó,
esa mancha joven en el iris de sus ojos, esa determinación
de no convertirse en un muermo, como todos los viejos de treinta
y pico de años que formaban el claustro de aquella academia
de mala muerte.
Un trabajo para que la nena se fogueara. Porque su madre confiaba,
como todas las madres, pero ella más, dada su calidad
de profesora titular, en que su eminente y precoz hija acabaría
dando clases en la Universidad, bordando la tesis doctoral
y publicando en revistas especializadas.
Sí, así se imaginaba a Alberto, un alumno valiente
disfrazado de alumno preferido, tímido y puede que hasta
miedoso. Claro que luego estaba esa aureola que empezaba a
atraerla, esa apremiante curiosidad, ese reírse de todo
y de todos.
Los días se sucedían con ese tranquilo afán
del invierno en los cursos nocturnos, los cuchicheos de la
tarde cuando oscurece, la fatiga del profesor pluriempleado,
las luces de neón adormecidas y disminuidas en un tono
ambarino. Los abrigos colgados del viejo perchero. Los alumnos
flotando en su monótono quehacer. De vez en cuando,
no obstante, la rutina del arte románico y la literatura
centro europea se interrumpía gracias a un corte en
el tiempo que permitía el vuelo de un ángel,
de un silencio, de un comentario disperso, y, entonces, Alberto
tenía la oportunidad de declarar intempestivamente su
incondicional apoyo a la revolución francesa y al guerrillero
Ernesto Che Guevara.
- Habría que cortar
algunas cabezas -decía,
con su voz inevitablemente inofensiva.
- La única solución
es hacer tabla rasa -sentenciaba.- Como en la revolución
bolchevique
Y así pasaban los días, uno tras otro, hasta
que sonaba el precario timbrazo de las diez y todo el mundo
se abalanzaba hacia los anoraks y tabardos y, apenas sin un
adiós, se lanzaban hacia la puerta,
pies para qué os quiero,
Bueno, Alberto no, Alberto esperaba a Magda y salían
juntos después de desearle a Alicia buenas noches.
Yo, la mayoría de las veces llegaba un poco más
tarde de lo habitual y ella se me quedaba mirando. Desde el
cielo abierto de sus ojos me daba su particular recibimiento,
como si aún fuera ayer y estuviéramos discutiendo
todavía de aquellos extraterrestres que nos visitarían
muy pronto, o de la genial revolución de Pablo Picasso.
Que nunca quiso envejecer -insistía Alicia-.
Y a pesar de que ella seguía de pie ante el encerado,
en ese entramado de olores a tiza, humedad y libros viejos
prestados en la Biblioteca Central, con su cháchara
sobre el arte etrusco, yo repetidamente prefería creer
que me había dado algún tipo de bienvenida, que
acabaría mirándome y hablándome, oponiéndose
fervientemente a los degollamientos de la revolución
francesa y sacando a Rabindranath Tagore, el poeta, el pacifista,
de su chistera mágica, y todo el mundo acabaría
gritando la suya, y así llegaríamos invariablemente
al final de la noche, a ese famélico momento al borde
de las palabras en que, cansados, exudaríamos de nuestros
cuerpos
¡La hora!
Y nos pondríamos los abrigos y chaquetas y, sin dejar
de hablar, nos abriríamos a la otra noche, la del adiós
y hasta mañana, y yo sin poderlo evitar, sin poder evitar
que ese tiempo se me escurriera de los dedos, y con él
la noche toda entera, y ella, Alicia, se alejara para siempre,
hasta mañana. Sí, ese pequeño y espeso
mundo que para mí era la noche, que me subía
por el esternón hasta el cerebro y allí se quedaba
durante un buen rato hasta el punto de provocarme pensamientos
absurdos e inconfesables, mi boca llenándose de su boca
y de su piel, sus pezones oscuros endureciéndose en
mi lengua, seres extraños, los dos, de un planeta extraño
que se extingue, para acabar durmiéndome entre sábanas
de papel y olor rancio a cigarrillo y cuarto cerrado, como
si todo fuera mentira y yo más dichoso que la propia
mentira.
¡Error! Marcador no definido.
Alberto empezó a transfigurarse sin que Alicia pudiera
evitarlo. Un buen día llegó con una camiseta
de David Bowie. O con una pegatina ANTI-OTAN pegada a la solapa
de la cazadora. Alicia estudiaba Pedagogía en la Universidad
Central, en Pedralbes, y por las noches daba clases de B.U.P.
y C.O.U. Y, sin previo aviso, aquel curso que amenazaba con
ser un mero tránsito hacia otro futuro, quizás
prometedor, ya que su madre esperaba para ella
una cátedra de Universidad
una beca para el doctorado
en Wisconsin
un novio licenciado en exactas
un pretendiente ejecutivo de IBM
una boda por todo lo alto
un palco en el Liceo
un pisazo en la Bonanova
empezó a cambiar de forma insospechada cuando, de camino
a la academia privada, subiendo la calle Balmes, girando por
Provenza, se descubrió a sí misma evocando de
nuevo el rostro de Alberto, su fular de seda italiana, los
cuatro pelos incipientes de su mentón, su sonrisa burlona
ante tanta disertación baloncestística.
Porque unos alumnos eran adictos a Epi II, la estrella del
Barcelona y otros lo eran de Michael Jordan, el fenómeno
de los Bulls de Chicago. Y los había de la Yamaha 500,
carenada en rojo. Y hasta quedaban los más tradicionales,
los admiradores de Koeman, copito de nieve.
Todos jugaban a persona mayor, pero Alberto el que más.
- Qué rollo. ¿No tenéis otras cosas en
qué pensar? - repetía a veces, con un mohín
que hinchaba levemente sus carrillos y sorprendía siempre
a Alicia entre broma y risa, inmersos en el barullo del último
cuarto de hora de clase. Dispuesto a sentarse, con desenfado,
sobre la puntera de su sólida mesa de profesora
y a comprarse un plátano en la tienda de la esquina
para entrar con él en clase, bocado que te va, en plan
provocativo
y a hacer comentarios sagaces sobre el trepa del Cicerón
y a llevarle la contraria acerca de la revolución francesa
En unas poses pensadas para gustar, para gustarle a ella especialmente.
Alicia lo sabía. Por eso se quedaba mirándole
sin saber a qué carta quedarse, si censurarle
Siéntate de una vez.
O bien eso otro que acabó diciendo
En el Publi echan una de Truffaut...
Y fue justo en el trance de esos días y sus noches,
cuando se descubrió a sí misma confusa, tan confusa
y acalorada como para no querer reconocer que la coquetería
con su alumno predilecto se veía desbordada imprevisiblemente
por algún que otro agujero. El del deseo, por ejemplo.
Y así, la candidez de los poemas de Tagore sucumbían
en la intimidad de su cuerpo ante la fantasía de acariciarse
alguna noche, imaginando comiéndose esa boca, mordiendo
esos labios, esa sonrisa burlona, pero sobre todo, dejándose
hacer, dejándose llevar por una sensación de
melaza en el paladar, ese temblor en las caderas, ese vértigo
en la nuca, ese brusco capricho de ser deseada, dejándose
llevar por esos dedos inexpertos que hurgaban en la costura
de sus bragas y se colaban hasta la comisura de su sexo, frotándola
con la experiencia de su propia fantasía, la de ella
misma, arrancándole un gemido tras otro hasta que el
sexo se le derretía, apagando su grito con la punta
de la almohada. Pero todo no era eso, había más.
Lo peor de todo era desnudarse a sí misma en el pequeño
descansillo de la bañera, dejándose vencer por
la ensoñación de unos labios, los de Alberto,
acariciando sus pechos, sus pezones endurecidos y ligeramente
oscuros, lamiendo la espuma de su sexo, enviándole mensajes
de miel y azúcar a su boca. Y después había
lo del tratamiento de usted, tan chocante en esas circunstancias.
Y en el autobús, esa sonrisa traidora reflejada en el
cristal de la ventana donde justamente ponía SALIDA
DE SOCORRO.
Y la excitación venció al sonrojo cuando halló,
entre las páginas de su libro de texto, una frase escrita
sobre un papel pautado de libreta escolar. Una frase que, en
el acto, reconoció como ajena, como una de esas expresiones
que sólo aparecen en las novelas románticas.
Una oración, a la vez gramatical y religiosa, escrita
privadamente, lo supo luego, por uno de los genios de la Literatura
Universal: Franz Kafka.
Todo fue tan rápido como en los encestes de Michael
Jordan, cuando embocaba la bola en la red en un salto reservado
a los dioses del Olimpo. No le fue preciso averiguar lo que
ya supo desde un primer momento: que esa nota la había
puesto uno de sus alumnos y que ese alumno no era otro que
Alberto, quien, por otra parte, seguía sintiéndose
absurdamente seguro tras el incógnito de un papel anónimo
y todas las posibilidades contra ninguna de ser descubierto.
Y como siempre hay algo peor, al volver a casa, con la sopa
de la cena ante sus narices, llegaba al final de sí misma,
entrando en disquisiciones sobre las posibles mezquindades
de Magda, esa rubita coqueta y superficial, con su jersey de
angorina azul, calcetines blancos y una diadema en el pelo
de color del oro, que permanecía sentada elegantemente
detrás de su pupitre, anotando con aparente despreocupación
los datos biográficos de un importante novelista checo,
como si no pasara nada, como si verdaderamente no hubiera estallado
la tercera guerra mundial, qué otra cosa era lo que
estaba pasando, quién se lo iba a creer, de repente
esas ganas de levantarse de la mesa y abofetearla y, claro,
pensó, loca de remate.
Era normal que me encontrara nervioso, quizá por eso
hice esa tontería, comprarme un plátano en el
colmado y entrar con él en clase, claro que me quedé de
piedra, qué estupendo fue, cuando en lugar de la bronca
del año y ese ¡Fuera de clase!
del que yo siempre me enorgullecía
y echarme con cajas destempladas, se acercó a mí,
aceptó la invitación y le pegó un bocado
al plátano. Fue entonces cuando sus ojos relumbraron
al mirarme, y me entró terror, y lo peor es que ya no
podía hacer nada, imposible volver al libro de texto,
Literatura Contemporánea, Volumen Primero, y rescatar
aquella nota que inconsciente e irresponsablemente había
depositado con la reproducción literal de aquella frase
que Kafka le escribiera a Felice Bauer, su novia al parecer,
y el pánico me atrapó de lleno cuando ella se
sentó lentamente, se puso las gafas de varilla metálica
y empezó a hojear el libro buscando la lección
del día, y de pronto se quedó como parada y pensativa,
y durante unos instantes, que a mí me parecieron eternos,
la saliva secándoseme en el paladar, ella se quedó leyendo
aquella frase tan corta y tan fuera de lugar, y en ese momento,
me sentí tan ridículo que, acto seguido, decidí que
el papel con el mensaje lo podía haber dejado cualquiera
y que, además, la frase de Franz era la cursilada del
siglo, así que me volví hacia Boada y exclamé vaya
plasta el Kafka, y como él me respondiera poniendo cara
de bulldog, como diciéndome y a mí qué me
cuentas muchacho, y de facto me lo imaginé espetándome
aquello de “despertose un día Gregorio Samsa convertido
en un repelente escarabajo”, me cogió el lado tonto,
a carcajada limpia, mi risa retumbando y entre las blancas
paredes, y los demás también se rieron, todos
menos Alicia que se me quedó mirando yo no sabía
muy bien por qué, y ella entonces dijo vamos a ver,
y la normalidad con su acorde suave de plumas y el chirimiri
de los cuchicheos de los alumnos, y el flotar dormido del aleteo
de las páginas, veamos, hasta la página ciento
treinta y dos, sí, todo ello me apaciguó, me
tranquilizó finalmente, y fue entonces cuando, sin previo
aviso, me encontré con sus ojos, justo cuando Martínez
me decía no sé que de a la salida y, claro, así cualquiera,
pensaba yo, más cobarde que nunca.
Magda, esa era la pura verdad, nunca le había hecho
demasiado caso a Alberto, ni siquiera le reía sus gracias
sobre Kafka, aunque últimamente, desde que Alberto no
le hacía demasiado caso a Magda, ella se mostraba más
atenta, bueno, esas cosas. Ni siquiera le miraba las piernas
al sentarse, que es lo que hacía irrevocablemente y
al unísono el resto de la clase. “Realmente no es su
tipo”, pensaba Alicia un segundo antes de avergonzarse de sí misma.
E inevitablemente añadía: “sus gafas de concha
son demasiado llamativas, horteras, eso es lo que son”. Magda
era la alumna más aplicada del curso. Y la más
despierta, la más guapa y la más todo. O al menos
eso era lo que pensaba Manuel, el profesor de inglés
quien, en el no va más de la objetividad, opinaba que
era de lo mejorcito de la clase. A veces, Magda, que “en el
colmo de la sofisticación” se hacía llamar Ma,
le recordaba a Alicia el cartón piedra de los espots
publicitarios de jabón de tocador y desodorantes y tal.
Eso fue lo que le dijo a Manuel, tirando a matar como quien
dice, disparando a boca de jarro, no me digas que te has encaprichado
de esa niña, y ahí lo remató, y así lo
dejó tumbado a la primera, fumándose un cigarrillo
entre clase y clase. Claro que lo mejor fue cuando ella, la
profesora entrometida, la profesora perspicaz, la profesora
brillante, entró en su clase y, de pronto, precisamente
aquella noche en que su extraordinaria oratoria había
pulverizado a Manuel, no tuvo otra opción que dejarse
caer en esos ojos, sí, esos ojos que la besaron al entrar,
en un arrojo de valor casi suicida, mientras los labios aún
la llamaban de usted.
Encajó la paradoja un día tras otro hasta que
abrió el libro de texto y leyó la frase de Kafka.
Y, claro, buscó esa dedicatoria en las cartas del escritor
y por fin la encontró, sí, encontró la
carta en la que Kafka empieza tratando a Felice Bauer de usted
y acaba tuteándola y se despide con un “amor mío”.
Claro que cuando la halló ya no supo qué hacer. ¿Comentar
su hallazgo con Alberto? Ni muerta. No se atrevía, tanta
sabiduría y, de pronto, todos esos años que le
llevaba de ventaja se le esfumaron de los dedos como el humo
del tabaco. Suele ocurrirles a las personas con un exceso de
imaginación, conjeturan lo inverosímil y desconocen
lo evidente. Se quedó de piedra cuando, una tarde, mientras
se dirigía a la academia cruzando los túneles
del metro le vino como un relámpago la certeza de que
Alberto era el emisario de la frase de Kafka. Sí, en
ese momento la incertidumbre se convirtió en una extraña
mezcla de congoja y alegría que ya no le venía
de nuevo. Tuvo que esperar ese momento, cruce casual de una
canción con el regusto del biter tomado momentos antes,
tantos pensamientos dispersos para coincidir en esa certeza
absoluta. Y enseguida le vino encima otra imagen convertida
en palabra, sobrevivir: tantas horas perdidas en la cháchara
de la noche. Sí, una forma de hablar y deshojar el tiempo
los viernes cuando salían de la academia y se juntaban
todos en el bar de la esquina y demoraban la diáspora
hasta las tantas, hablando de quimeras, camino de la medianoche,
conversación que indefectiblemente se repetía
como inocente ritual, o sacrificio, vete a saber, de aquellos
viernes contaminados de la euforia por la proximidad del fin
de semana. Y a pesar de lo reiterativo de los debates, a Alicia
le subía el rubor por dentro cuando recordaba su airada
defensa de las tesis de Alberto (dispuesto a vagabundear, a
dar la vuelta al mundo en ochenta días por así decirlo,
a no convertirse en un perverso oficinista, y menos en un amargado
profesor de inglés, JA, pensó ella) frente a
las ironías de Manuel, su aburrida madurez. O, quizás,
pensó luego, no fuera eso solamente, que estaba de acuerdo
con Alberto, quizás también pasó que no
pudo soportar que triunfara el escepticismo infalible de aquella
caterva de profesores y alumnos acomodados a nada. O acaso
fuera aquella sonrisa de desaprobación en la boca de
Magda. O, más que nada, aquella palabra, sí,
aquella palabra tensa como un cometa a punto de echar a volar,
sí, sobrevivir...
Lo que siguió fue el mismo largo transcurso de las
noches de invierno, los abrigos y tabardos amontonados sobre
los pupitres del rincón, las manos manchadas de boli,
como mariposas en los dedos, y la sombra de ceniza en los párpados
de aquel tiempo minúsculo que se resistía a marcharse,
colándose por los agujeros de las cerraduras. Y, sobre
todo, bajo esa aura, mezcla de polvo de tiza y neón
gastado, ese entramado de secretas y diminutas complicidades
que se materializaban en el acto de abrocharse el abrigo, de
percibir con agrado, al salir a la calle, esa gota de humedad
en los ojos justo antes del último adiós, cada
noche.
Y así hasta que a Alicia se le ocurrió decirle
que en el Publi echaban una película de Truffaut. Y
que podían ir el domingo. Sí, esos matinales
que no comprometen a nada.
Al atravesar el umbral del cine, el tenue cambio de luz casi
la obligó a cerrar los ojos mientras buscaba entre las
escasas personas del vestíbulo a Alberto. Inmediatamente
una figura borrosa fue a su encuentro y levantó la mano
en ademán de saludo espontáneo y juvenil. Eso
le agradó. Fue entonces cuando percibió sus ojos
luminosos diciéndole ¡Hola!, dejándose
llevar los dos por una especie de encantamiento, y enseguida
se pusieron a hablar. Hablaron de la película, claro,
mientras cruzaban el vestíbulo hacia la taquilla y él
le contaba todo lo que sabía referente a la magia del
cine - ya no como en clase, cuando él contestaba a sus
preguntas, sino con autoridad, como se habla a un amigo que
te escucha con interés exclusivo - y más concretamente
acerca de esa disciplina llamada “noche americana”, una técnica
que se sacaron los americanos de la manga, ¿quién,
sino? Y que consistía en rodar las escenas nocturnas
durante el día sirviéndose de unos filtros y
con todas las ventajas de rodaje consiguientes. Genial, ¿no?
dijo él. Y en aquel momento, mágico como ninguno,
en el que ella le escuchaba, mientras se paraban justo ante
la taquilla y sacaban de sus monederos el dinero de la entrada,
creyó escuchar una canción de Louis Armstrong,
What a Wonderful World, y decidió allí mismo
que el tiempo era maravilloso cuando se detenía para
siempre como en aquel preciso instante.
Entraron en la sala y fue entonces cuando a Alicia le cayó encima
la oscuridad ruidosa y fría. Sí, es cierto, pensó en “la
noche americana”, una técnica, le había dicho
Alberto, para transformar el día en la noche. Y, claro,
consideró la circunstancia de aquella cita pensada en
todo momento como casta, un matinal blanco y perezoso que flotaba
ahora mismo en sus labios con su ensueño. Y al sentarse
y rozar su pierna, Alberto se encogió en el fondo de
su butaca, estableciendo un puente de salvaciones con la pantalla,
tratando de recordar por un instante quizás, y por toda
la vida, que junto a él se hallaba Alicia, con sus llamativas
gafas de concha y su vestido rojo y el cabello recogido con
aquel bonito pasador de cuero.
Recordar, sí, lo más difícil sería
recordar que se hallaba instalado en una mañana soleada
de invierno y no en aquella aula desvencijada repleta de constelaciones
opacas y medio dormidas, recordar que su respiración
pendía como un hálito de calor sobre su pecho,
que el tiempo volaba suave y nuevo en aquel abismo matinal,
sin la protección de los pupitres y la atmósfera
colmada por la charlatanería de los alumnos. Recordar
que el codo de Alicia rozaba su brazo inmóvil, inerte,
paralizado. Recordar para siempre esa delgada mano que acariciaba
su pecho, sus labios, sus ojos.
Y entonces pensó que amaba a Alicia, porque, lo averiguaría
mucho más tarde, el que ama es el afortunado. Y con
sólo ese pensamiento se sintió feliz, tan feliz,
tan dichoso, que descansó, descansaron sus tensos músculos,
sus ojos reposaron finalmente bajo los inermes párpados,
y cerró por fin el libro de Kafka y desistió de
escribir aquella frase en la libreta y depositarla luego a
escondidas en el libro de su profesora, vaya idea más
extravagante. Sí, cerró el libro y dejó caer
lentamente su cabeza sobre los brazos en forma de cruz y se
quedó dormido y su madre se acercó sigilosamente
y cerró la lámpara de la mesita de noche, y se
quedó así, tan dormido en esa tarde de invierno
casi sin estrellas.
Del libro Nada
personal
© Artur Montfort |