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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

LA NOCHE AMERICANA

 

Alicia se detuvo frente al semáforo en rojo justo cuando bajo el cegador destello de un sol invernal una larga sucesión de cuerpos de metal sembró su retina de colores difusos. En ese preciso instante otro autobús resopló, como un hipopótamo cansado, presumiendo de frenos hidráulicos y cobro automático. Se plantó frente a ella luciendo su spot publicitario con la figura de una voluptuosa y rubia modelo de revista. Una chica osadamente joven, de uno ochenta de estatura, dentadura perfecta, tetas en forma de pera de San Juan y labios color vainilla. Alicia era, muy al contrario, menuda y morena. Conservaba todavía los primorosos rasgos de la pubertad, como la niña del cuento de Carrol. Sus labios eran tan delgados y perfectos que, al juntarse, mostraban una línea delgada que resaltaba su inocente belleza. Por eso se sintió rara contemplando el anuncio del bus, recordando, sin saber por qué, las veces que sintiéndose triste contemplaba con estupor el estruendo y las risas de los concursos de la tele. Esas azafatas Barbie montadas en el señuelo del flamante modelo Mercedes Benz, sus exagerados y operados bustos, y sus nalgas de chica bulímica de discoteca. Esa falsa alegría que le dejaba un poso de extrañeza y tontuna en el paladar.

Alzó la mano para protegerse los ojos, una mano delgada y endeble como una pluma. El reflejo vagamente dorado de los automóviles bañó sus ojos de una somnolencia repleta de diminutas y luminosas estrellas blancas.

Su zapato de charol se balanceó sobre el bordillo de la acera, al extremo mismo del paso cebra. Distraídamente, hurgó a tientas en su bolso buscando el paquete de rubio que había comprado el jueves en el entreacto de un concierto barroco. Nunca se perdía Las cuatro Estaciones de Vivaldi. Adoraba Vivaldi. En su ingenuidad, se sentía más allá del tiempo inmediato, esa magnífica continuidad de vigor y esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, privilegio de la juventud. Pero no se decidió a sacar el cigarrillo, unas caladas le calmarían los nervios, eso sí podía permitírselo. Lo buscaba, el cigarrillo, pero sin apartar la vista de esa marisma azul y blanca, roja y oro, amarilla y burdeos de los automóviles que no hacían caso del ámbar, veloces y espléndidos en su transitar festivo. Porque era domingo, un soleado domingo de abril. Alicia miró su reloj de pulsera. Las diez y cuarto. Había quedado citada con Alberto a las diez y media, llegaba con tiempo suficiente.

Mientras cruzaba la acera, evocó por un instante la expresión descompuesta de su rostro, el de Alberto, una superposición de sobresalto y pánico (que más tarde, ella sabía, se convertiría en una secreta explosión de alegría), cuando le dijo, en el Publi echan una película de Truffaut. La imagen de Alberto se interpuso entre sus pensamientos cuando desistió, sin saber por qué, de ese primer cigarrillo, al tiempo que se protegía del sol con la palma de la mano. Justo cuando ese ejército de luciérnagas blancas inundó su cara, entonces se interpuso Alberto, su rostro atribulado respondiéndole que sí, que a él también le encantaría ver una película de Truffaut. La miró, por fin. La miró a los ojos, y ella, casi alegre de ocasionar tanta turbación a su alumno predilecto, dejó escapar un, ¿quieres que vayamos el domingo? Al matinal, quiero decir.

No supe qué decirle. Me quedé tan cortado que no supe qué decir. Cuando ella me miró, a los ojos, sin escapatoria posible, y me dijo que en el Publi echaban una película de Truffaut, yo, sencillamente me quedé de piedra. El miedo me atenazó. La historia de vida, por otra parte: elegir entre un miedo u otro. Pensar en la huida y desear, al mismo tiempo, que algo suceda por fin. Parece mentira las cosas que uno llega a pensar en diez segundos, cuando sobreviene una situación imprevista que ataca allí donde más duele, las vueltas que da, esas cosas, las tonterías que uno puede llegar a decir. Y lotorpe que se puede llegar a ser. Apenas me había recuperado del susto, del susto de ver cómo ella se sentaba y ojeaba descuidadamente su libro de texto, y se quedaba quieta y tranquila mientras cogía aquella hoja pautada, escondida entre sus apuntes, y la leía. Y, acto seguido, ¡oh, maldición! Acto seguido miraba a su alrededor, como un profesor cualquiera buscando un culpable, una víctima propiciatoria. Y, finalmente, sus ojos me encontraron. Claro que no dijo lo que yo me temía. No dijo ¿has sido tú? Pregunta que hubiera bastado para aniquilarme, desintegrarme, la tierra hundiéndose bajo mis pies, la puerta demasiado lejos de mi pupitre como para darme la oportunidad de una huida digna, y por otra parte una desconocida alegría naciendo de mis entrañas. Sólo entonces, cuando mi alegría me traicionó, fui consciente de mi torpeza. Dije sí, claro que dije que sí, ¿qué otra cosa podía hacer si no quería quedarme muerto para siempre? Cuando ella mencionó lo del cine, yo, con toda mi tortura a cuestas, atiné a balbucir heroicamente, a mí también me encantaría. Y gracias que dije eso.


Tuvo que girar en Travesera de Gracia para divisar, a lo lejos, la efigie de Alberto, su alumno de BUP. No tuvo necesidad de verlo más de cerca para imaginarse su aspecto nada atlético, su inocente mirada de pupilas nerviosas y ojos oscuros agazapados tras sus gafas de varilla metálica. Mocasines, tejanos y pullóver. Un bonito pullóver rojo. Al descubrir su presencia, la saludó enseguida aunque sin saber qué hacer con ese brazo a media asta. Se estremeció inevitablemente cuando ella, hermosa y resplandeciente dentro de su suéter de angorina, le besó en la mejilla. Nunca lo había hecho hasta entonces.

Aunque no es lo mismo, pensó Alicia, cuando ya estuvo frente a él. No es éste el mismo rostro de pequeños ojos oscuros y vidriosos, ojos marrones difuminados por el neón amarillento y gastado del aula de esa pequeña academia de la calle de Enrique Granados, un aula musicada por el tecleteo de las máquinas de escribir Lexicon y los destellos de algún ordenador recién importado de vete a saber dónde. Ahora mismo, bajo aquel sol brillante de primavera, cuando casi podía sentir su aliento, el semblante de Alberto le pareció menos aniñado, y por qué no decirlo, más atractivo, y eso la desorientó de entrada, liberados los dos y de golpe de aquella recopilación de gestos que la costumbre entretejía cada noche, durante la clase y que habían quedado como por arte de magia suspendidos en lo alto de ese minuto y de su misterio. Como ocurre cuando algo que aparentemente no ha existido nunca se convierte en una inesperada realidad. Y, sin embargo, pensó Alicia, parecía tan lejano aquel día, ¿ayer, quizás?, cuando abrió descuidadamente el manual de Literatura Contemporánea y halló una hoja de papel pautado en la que destacaba esa frase que difícilmente olvidaría, una frase que más tarde supo escribió Franz Kafka a Felice Bauer: Daría cualquier cosa por mirarte a los ojos.

Apareció en su clase una noche sin decir esta boca es mía. Se conocían, claro, aquella academia tan pequeña no tenía secretos. Alberto entró sin decir nada y buscó rápidamente un pupitre en la fila

Abrió la libreta

Y se quedó mirándola a hurtadillas, con cierta malicia, mientras hurgaba en la bolsa y masticaba sus pipas.

Tampoco dijo nada cuando ella le rogó

Alberto, por favor, las pipas…

que dejase las pipas y explicase su presencia allí a esas alturas del curso. Averiguó luego que venía precedido de una larga lista de suspensos en el diurno y del acuerdo unánime del profesorado en su conjunto recomendándole que abandonara el BUP y se formara en alguna profesión útil. Más tarde, averiguó otro de los motivos de Alberto para aterrizar de aquella manera en el nocturno, que no era otro que la coincidencia con Magda, pero ya hablaremos de eso más tarde. Digamos, de momento, que a Alicia le agradó esa vis cómica en sus ojos, esos ojos de persona grande con los que la desafiaba pero también, en los sucesivos días, con los que la miraba y preguntaba y conversaba. Esa naturalidad con la que, superados los primeros momentos de pudor, se sentaba sobre el tablero de su pupitre y le decía ¿Ciertamente, le gusta Picasso? ¿De verdad cree en los extraterrestres? ¿Cree usted en Dios? Océano de preguntas sin respuesta necesaria, osadía de juventud en su frente, rematada por un flequillo rebelde, del que está dispuesto a llevar la contraria al más pintado; sí, eso también le agradó, esa mancha joven en el iris de sus ojos, esa determinación de no convertirse en un muermo, como todos los viejos de treinta y pico de años que formaban el claustro de aquella academia de mala muerte.

Un trabajo para que la nena se fogueara. Porque su madre confiaba, como todas las madres, pero ella más, dada su calidad de profesora titular, en que su eminente y precoz hija acabaría dando clases en la Universidad, bordando la tesis doctoral y publicando en revistas especializadas.

Sí, así se imaginaba a Alberto, un alumno valiente disfrazado de alumno preferido, tímido y puede que hasta miedoso. Claro que luego estaba esa aureola que empezaba a atraerla, esa apremiante curiosidad, ese reírse de todo y de todos.

Los días se sucedían con ese tranquilo afán del invierno en los cursos nocturnos, los cuchicheos de la tarde cuando oscurece, la fatiga del profesor pluriempleado, las luces de neón adormecidas y disminuidas en un tono ambarino. Los abrigos colgados del viejo perchero. Los alumnos flotando en su monótono quehacer. De vez en cuando, no obstante, la rutina del arte románico y la literatura centro europea se interrumpía gracias a un corte en el tiempo que permitía el vuelo de un ángel, de un silencio, de un comentario disperso, y, entonces, Alberto tenía la oportunidad de declarar intempestivamente su incondicional apoyo a la revolución francesa y al guerrillero Ernesto Che Guevara.

- Habría que cortar algunas cabezas -decía, con su voz inevitablemente inofensiva.

- La única solución es hacer tabla rasa -sentenciaba.- Como en la revolución bolchevique

Y así pasaban los días, uno tras otro, hasta que sonaba el precario timbrazo de las diez y todo el mundo se abalanzaba hacia los anoraks y tabardos y, apenas sin un adiós, se lanzaban hacia la puerta,

pies para qué os quiero,

Bueno, Alberto no, Alberto esperaba a Magda y salían juntos después de desearle a Alicia buenas noches.

Yo, la mayoría de las veces llegaba un poco más tarde de lo habitual y ella se me quedaba mirando. Desde el cielo abierto de sus ojos me daba su particular recibimiento, como si aún fuera ayer y estuviéramos discutiendo todavía de aquellos extraterrestres que nos visitarían muy pronto, o de la genial revolución de Pablo Picasso.

Que nunca quiso envejecer -insistía Alicia-.

Y a pesar de que ella seguía de pie ante el encerado, en ese entramado de olores a tiza, humedad y libros viejos prestados en la Biblioteca Central, con su cháchara sobre el arte etrusco, yo repetidamente prefería creer que me había dado algún tipo de bienvenida, que acabaría mirándome y hablándome, oponiéndose fervientemente a los degollamientos de la revolución francesa y sacando a Rabindranath Tagore, el poeta, el pacifista, de su chistera mágica, y todo el mundo acabaría gritando la suya, y así llegaríamos invariablemente al final de la noche, a ese famélico momento al borde de las palabras en que, cansados, exudaríamos de nuestros cuerpos

¡La hora!

Y nos pondríamos los abrigos y chaquetas y, sin dejar de hablar, nos abriríamos a la otra noche, la del adiós y hasta mañana, y yo sin poderlo evitar, sin poder evitar que ese tiempo se me escurriera de los dedos, y con él la noche toda entera, y ella, Alicia, se alejara para siempre, hasta mañana. Sí, ese pequeño y espeso mundo que para mí era la noche, que me subía por el esternón hasta el cerebro y allí se quedaba durante un buen rato hasta el punto de provocarme pensamientos absurdos e inconfesables, mi boca llenándose de su boca y de su piel, sus pezones oscuros endureciéndose en mi lengua, seres extraños, los dos, de un planeta extraño que se extingue, para acabar durmiéndome entre sábanas de papel y olor rancio a cigarrillo y cuarto cerrado, como si todo fuera mentira y yo más dichoso que la propia mentira.

¡Error! Marcador no definido.

Alberto empezó a transfigurarse sin que Alicia pudiera evitarlo. Un buen día llegó con una camiseta de David Bowie. O con una pegatina ANTI-OTAN pegada a la solapa de la cazadora. Alicia estudiaba Pedagogía en la Universidad Central, en Pedralbes, y por las noches daba clases de B.U.P. y C.O.U. Y, sin previo aviso, aquel curso que amenazaba con ser un mero tránsito hacia otro futuro, quizás prometedor, ya que su madre esperaba para ella

una cátedra de Universidad

una beca para el doctorado en Wisconsin

un novio licenciado en exactas

un pretendiente ejecutivo de IBM

una boda por todo lo alto

un palco en el Liceo

un pisazo en la Bonanova

empezó a cambiar de forma insospechada cuando, de camino a la academia privada, subiendo la calle Balmes, girando por Provenza, se descubrió a sí misma evocando de nuevo el rostro de Alberto, su fular de seda italiana, los cuatro pelos incipientes de su mentón, su sonrisa burlona ante tanta disertación baloncestística.

Porque unos alumnos eran adictos a Epi II, la estrella del Barcelona y otros lo eran de Michael Jordan, el fenómeno de los Bulls de Chicago. Y los había de la Yamaha 500, carenada en rojo. Y hasta quedaban los más tradicionales, los admiradores de Koeman, copito de nieve.

Todos jugaban a persona mayor, pero Alberto el que más.

- Qué rollo. ¿No tenéis otras cosas en qué pensar? - repetía a veces, con un mohín que hinchaba levemente sus carrillos y sorprendía siempre a Alicia entre broma y risa, inmersos en el barullo del último cuarto de hora de clase. Dispuesto a sentarse, con desenfado, sobre la puntera de su sólida mesa de profesora

y a comprarse un plátano en la tienda de la esquina para entrar con él en clase, bocado que te va, en plan provocativo

y a hacer comentarios sagaces sobre el trepa del Cicerón

y a llevarle la contraria acerca de la revolución francesa

En unas poses pensadas para gustar, para gustarle a ella especialmente. Alicia lo sabía. Por eso se quedaba mirándole sin saber a qué carta quedarse, si censurarle

Siéntate de una vez.

O bien eso otro que acabó diciendo

En el Publi echan una de Truffaut...

Y fue justo en el trance de esos días y sus noches, cuando se descubrió a sí misma confusa, tan confusa y acalorada como para no querer reconocer que la coquetería con su alumno predilecto se veía desbordada imprevisiblemente por algún que otro agujero. El del deseo, por ejemplo. Y así, la candidez de los poemas de Tagore sucumbían en la intimidad de su cuerpo ante la fantasía de acariciarse alguna noche, imaginando comiéndose esa boca, mordiendo esos labios, esa sonrisa burlona, pero sobre todo, dejándose hacer, dejándose llevar por una sensación de melaza en el paladar, ese temblor en las caderas, ese vértigo en la nuca, ese brusco capricho de ser deseada, dejándose llevar por esos dedos inexpertos que hurgaban en la costura de sus bragas y se colaban hasta la comisura de su sexo, frotándola con la experiencia de su propia fantasía, la de ella misma, arrancándole un gemido tras otro hasta que el sexo se le derretía, apagando su grito con la punta de la almohada. Pero todo no era eso, había más. Lo peor de todo era desnudarse a sí misma en el pequeño descansillo de la bañera, dejándose vencer por la ensoñación de unos labios, los de Alberto, acariciando sus pechos, sus pezones endurecidos y ligeramente oscuros, lamiendo la espuma de su sexo, enviándole mensajes de miel y azúcar a su boca. Y después había lo del tratamiento de usted, tan chocante en esas circunstancias. Y en el autobús, esa sonrisa traidora reflejada en el cristal de la ventana donde justamente ponía SALIDA DE SOCORRO.

Y la excitación venció al sonrojo cuando halló, entre las páginas de su libro de texto, una frase escrita sobre un papel pautado de libreta escolar. Una frase que, en el acto, reconoció como ajena, como una de esas expresiones que sólo aparecen en las novelas románticas. Una oración, a la vez gramatical y religiosa, escrita privadamente, lo supo luego, por uno de los genios de la Literatura Universal: Franz Kafka.

Todo fue tan rápido como en los encestes de Michael Jordan, cuando embocaba la bola en la red en un salto reservado a los dioses del Olimpo. No le fue preciso averiguar lo que ya supo desde un primer momento: que esa nota la había puesto uno de sus alumnos y que ese alumno no era otro que Alberto, quien, por otra parte, seguía sintiéndose absurdamente seguro tras el incógnito de un papel anónimo y todas las posibilidades contra ninguna de ser descubierto.

Y como siempre hay algo peor, al volver a casa, con la sopa de la cena ante sus narices, llegaba al final de sí misma, entrando en disquisiciones sobre las posibles mezquindades de Magda, esa rubita coqueta y superficial, con su jersey de angorina azul, calcetines blancos y una diadema en el pelo de color del oro, que permanecía sentada elegantemente detrás de su pupitre, anotando con aparente despreocupación los datos biográficos de un importante novelista checo, como si no pasara nada, como si verdaderamente no hubiera estallado la tercera guerra mundial, qué otra cosa era lo que estaba pasando, quién se lo iba a creer, de repente esas ganas de levantarse de la mesa y abofetearla y, claro, pensó, loca de remate.

Era normal que me encontrara nervioso, quizá por eso hice esa tontería, comprarme un plátano en el colmado y entrar con él en clase, claro que me quedé de piedra, qué estupendo fue, cuando en lugar de la bronca del año y ese ¡Fuera de clase!

del que yo siempre me enorgullecía

y echarme con cajas destempladas, se acercó a mí, aceptó la invitación y le pegó un bocado al plátano. Fue entonces cuando sus ojos relumbraron al mirarme, y me entró terror, y lo peor es que ya no podía hacer nada, imposible volver al libro de texto, Literatura Contemporánea, Volumen Primero, y rescatar aquella nota que inconsciente e irresponsablemente había depositado con la reproducción literal de aquella frase que Kafka le escribiera a Felice Bauer, su novia al parecer, y el pánico me atrapó de lleno cuando ella se sentó lentamente, se puso las gafas de varilla metálica y empezó a hojear el libro buscando la lección del día, y de pronto se quedó como parada y pensativa, y durante unos instantes, que a mí me parecieron eternos, la saliva secándoseme en el paladar, ella se quedó leyendo aquella frase tan corta y tan fuera de lugar, y en ese momento, me sentí tan ridículo que, acto seguido, decidí que el papel con el mensaje lo podía haber dejado cualquiera y que, además, la frase de Franz era la cursilada del siglo, así que me volví hacia Boada y exclamé vaya plasta el Kafka, y como él me respondiera poniendo cara de bulldog, como diciéndome y a mí qué me cuentas muchacho, y de facto me lo imaginé espetándome aquello de “despertose un día Gregorio Samsa convertido en un repelente escarabajo”, me cogió el lado tonto, a carcajada limpia, mi risa retumbando y entre las blancas paredes, y los demás también se rieron, todos menos Alicia que se me quedó mirando yo no sabía muy bien por qué, y ella entonces dijo vamos a ver, y la normalidad con su acorde suave de plumas y el chirimiri de los cuchicheos de los alumnos, y el flotar dormido del aleteo de las páginas, veamos, hasta la página ciento treinta y dos, sí, todo ello me apaciguó, me tranquilizó finalmente, y fue entonces cuando, sin previo aviso, me encontré con sus ojos, justo cuando Martínez me decía no sé que de a la salida y, claro, así cualquiera, pensaba yo, más cobarde que nunca.

Magda, esa era la pura verdad, nunca le había hecho demasiado caso a Alberto, ni siquiera le reía sus gracias sobre Kafka, aunque últimamente, desde que Alberto no le hacía demasiado caso a Magda, ella se mostraba más atenta, bueno, esas cosas. Ni siquiera le miraba las piernas al sentarse, que es lo que hacía irrevocablemente y al unísono el resto de la clase. “Realmente no es su tipo”, pensaba Alicia un segundo antes de avergonzarse de sí misma. E inevitablemente añadía: “sus gafas de concha son demasiado llamativas, horteras, eso es lo que son”. Magda era la alumna más aplicada del curso. Y la más despierta, la más guapa y la más todo. O al menos eso era lo que pensaba Manuel, el profesor de inglés quien, en el no va más de la objetividad, opinaba que era de lo mejorcito de la clase. A veces, Magda, que “en el colmo de la sofisticación” se hacía llamar Ma, le recordaba a Alicia el cartón piedra de los espots publicitarios de jabón de tocador y desodorantes y tal. Eso fue lo que le dijo a Manuel, tirando a matar como quien dice, disparando a boca de jarro, no me digas que te has encaprichado de esa niña, y ahí lo remató, y así lo dejó tumbado a la primera, fumándose un cigarrillo entre clase y clase. Claro que lo mejor fue cuando ella, la profesora entrometida, la profesora perspicaz, la profesora brillante, entró en su clase y, de pronto, precisamente aquella noche en que su extraordinaria oratoria había pulverizado a Manuel, no tuvo otra opción que dejarse caer en esos ojos, sí, esos ojos que la besaron al entrar, en un arrojo de valor casi suicida, mientras los labios aún la llamaban de usted.

Encajó la paradoja un día tras otro hasta que abrió el libro de texto y leyó la frase de Kafka. Y, claro, buscó esa dedicatoria en las cartas del escritor y por fin la encontró, sí, encontró la carta en la que Kafka empieza tratando a Felice Bauer de usted y acaba tuteándola y se despide con un “amor mío”. Claro que cuando la halló ya no supo qué hacer. ¿Comentar su hallazgo con Alberto? Ni muerta. No se atrevía, tanta sabiduría y, de pronto, todos esos años que le llevaba de ventaja se le esfumaron de los dedos como el humo del tabaco. Suele ocurrirles a las personas con un exceso de imaginación, conjeturan lo inverosímil y desconocen lo evidente. Se quedó de piedra cuando, una tarde, mientras se dirigía a la academia cruzando los túneles del metro le vino como un relámpago la certeza de que Alberto era el emisario de la frase de Kafka. Sí, en ese momento la incertidumbre se convirtió en una extraña mezcla de congoja y alegría que ya no le venía de nuevo. Tuvo que esperar ese momento, cruce casual de una canción con el regusto del biter tomado momentos antes, tantos pensamientos dispersos para coincidir en esa certeza absoluta. Y enseguida le vino encima otra imagen convertida en palabra, sobrevivir: tantas horas perdidas en la cháchara de la noche. Sí, una forma de hablar y deshojar el tiempo los viernes cuando salían de la academia y se juntaban todos en el bar de la esquina y demoraban la diáspora hasta las tantas, hablando de quimeras, camino de la medianoche, conversación que indefectiblemente se repetía como inocente ritual, o sacrificio, vete a saber, de aquellos viernes contaminados de la euforia por la proximidad del fin de semana. Y a pesar de lo reiterativo de los debates, a Alicia le subía el rubor por dentro cuando recordaba su airada defensa de las tesis de Alberto (dispuesto a vagabundear, a dar la vuelta al mundo en ochenta días por así decirlo, a no convertirse en un perverso oficinista, y menos en un amargado profesor de inglés, JA, pensó ella) frente a las ironías de Manuel, su aburrida madurez. O, quizás, pensó luego, no fuera eso solamente, que estaba de acuerdo con Alberto, quizás también pasó que no pudo soportar que triunfara el escepticismo infalible de aquella caterva de profesores y alumnos acomodados a nada. O acaso fuera aquella sonrisa de desaprobación en la boca de Magda. O, más que nada, aquella palabra, sí, aquella palabra tensa como un cometa a punto de echar a volar, sí, sobrevivir...

Lo que siguió fue el mismo largo transcurso de las noches de invierno, los abrigos y tabardos amontonados sobre los pupitres del rincón, las manos manchadas de boli, como mariposas en los dedos, y la sombra de ceniza en los párpados de aquel tiempo minúsculo que se resistía a marcharse, colándose por los agujeros de las cerraduras. Y, sobre todo, bajo esa aura, mezcla de polvo de tiza y neón gastado, ese entramado de secretas y diminutas complicidades que se materializaban en el acto de abrocharse el abrigo, de percibir con agrado, al salir a la calle, esa gota de humedad en los ojos justo antes del último adiós, cada noche.

Y así hasta que a Alicia se le ocurrió decirle que en el Publi echaban una película de Truffaut. Y que podían ir el domingo. Sí, esos matinales que no comprometen a nada.

Al atravesar el umbral del cine, el tenue cambio de luz casi la obligó a cerrar los ojos mientras buscaba entre las escasas personas del vestíbulo a Alberto. Inmediatamente una figura borrosa fue a su encuentro y levantó la mano en ademán de saludo espontáneo y juvenil. Eso le agradó. Fue entonces cuando percibió sus ojos luminosos diciéndole ¡Hola!, dejándose llevar los dos por una especie de encantamiento, y enseguida se pusieron a hablar. Hablaron de la película, claro, mientras cruzaban el vestíbulo hacia la taquilla y él le contaba todo lo que sabía referente a la magia del cine - ya no como en clase, cuando él contestaba a sus preguntas, sino con autoridad, como se habla a un amigo que te escucha con interés exclusivo - y más concretamente acerca de esa disciplina llamada “noche americana”, una técnica que se sacaron los americanos de la manga, ¿quién, sino? Y que consistía en rodar las escenas nocturnas durante el día sirviéndose de unos filtros y con todas las ventajas de rodaje consiguientes. Genial, ¿no? dijo él. Y en aquel momento, mágico como ninguno, en el que ella le escuchaba, mientras se paraban justo ante la taquilla y sacaban de sus monederos el dinero de la entrada, creyó escuchar una canción de Louis Armstrong, What a Wonderful World, y decidió allí mismo que el tiempo era maravilloso cuando se detenía para siempre como en aquel preciso instante.

Entraron en la sala y fue entonces cuando a Alicia le cayó encima la oscuridad ruidosa y fría. Sí, es cierto, pensó en “la noche americana”, una técnica, le había dicho Alberto, para transformar el día en la noche. Y, claro, consideró la circunstancia de aquella cita pensada en todo momento como casta, un matinal blanco y perezoso que flotaba ahora mismo en sus labios con su ensueño. Y al sentarse y rozar su pierna, Alberto se encogió en el fondo de su butaca, estableciendo un puente de salvaciones con la pantalla, tratando de recordar por un instante quizás, y por toda la vida, que junto a él se hallaba Alicia, con sus llamativas gafas de concha y su vestido rojo y el cabello recogido con aquel bonito pasador de cuero.

Recordar, sí, lo más difícil sería recordar que se hallaba instalado en una mañana soleada de invierno y no en aquella aula desvencijada repleta de constelaciones opacas y medio dormidas, recordar que su respiración pendía como un hálito de calor sobre su pecho, que el tiempo volaba suave y nuevo en aquel abismo matinal, sin la protección de los pupitres y la atmósfera colmada por la charlatanería de los alumnos. Recordar que el codo de Alicia rozaba su brazo inmóvil, inerte, paralizado. Recordar para siempre esa delgada mano que acariciaba su pecho, sus labios, sus ojos.

Y entonces pensó que amaba a Alicia, porque, lo averiguaría mucho más tarde, el que ama es el afortunado. Y con sólo ese pensamiento se sintió feliz, tan feliz, tan dichoso, que descansó, descansaron sus tensos músculos, sus ojos reposaron finalmente bajo los inermes párpados, y cerró por fin el libro de Kafka y desistió de escribir aquella frase en la libreta y depositarla luego a escondidas en el libro de su profesora, vaya idea más extravagante. Sí, cerró el libro y dejó caer lentamente su cabeza sobre los brazos en forma de cruz y se quedó dormido y su madre se acercó sigilosamente y cerró la lámpara de la mesita de noche, y se quedó así, tan dormido en esa tarde de invierno casi sin estrellas.

Del libro Nada personal

© Artur Montfort

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Artur Montfort | España, 1951 | Narrador nacido en la ciudad de Barcelona. Es autor de un libro de relatos, Casi el olvido (1990) y de una novela, Yo soy la morsa (1997). Tiene inédito el libro de cuentos Nada personal. Es, además, uno de los editores y artífices de la revista literaria Literatuya. Sitio web: www.literatuya.com