HAMBRES
Ya iniciado pero con hambre de volver,
como para sentirme otro
y olvidar dolores de hoy o de mañana,
de eso que no empieza pero viene,
del deterioro en las tripas,
su sangre derrochada en pavimento.
Y qué va venir a decir alguien como yo
al que las palabras se le traban y la voz
se le frena, se adelanta a no decir nada,
pues lo que quiere decir no quiere ser dicho
y nada merece que se le diga así.
Qué va venir a decir alguien como yo,
si lo que resta ya no sirve y todos pasan sin ver
al hambre reventando en los windshields.
Mejor me callo, no juego a ver árboles ardiendo:
esas humaradas llevan a pensar
en la propia posibilidad de ser carbón,
de vaciarse de oxígeno.
Me ciego a la mano vacía de monedas,
triste, con ánimo de penetrar y cortarme.
Mejor callarse, que a alguien como yo no le viene bien
dar aviso que hay un cuerpo escurriendo sangre a media calle,
que los perros lamen el cadáver tendido y
que quisiera, a veces, ser como un perro,
o un perro en sí.
Alguien como yo no puede hablar
del plomo que pasa silbándole,
de fauces con sus dientes moribundos
o de las momias del crack cogiendo en las aceras.
Podría mencionar al silencio, tal vez,
pero siempre hay alguien que habla más fuerte,
uno que con su respiración deja a los otros
haciendo dibujos de vacío
y muecas dolorosas.
Me obligo a abrir la boca, a decir,
a decirme y se me cae la baba.
Lleno de saliva mi cuerpo empieza a temblar,
enfriado, aterido de baba, frío.
Ya iniciado pero con hambre, salivando.
Con deseo de entrar, no sólo hablar,
con hambre de inaugurar otro cuerpo.
Tanta insistencia en penetrar,
tanta gana de estar adentro,
caminando entrañas.
Tanto cuerpo iniciado por éste que abre la boca,
tanto gemido, tanta sangre y piel transitada.
Tanto calor hiriente, arcadas menstruales,
perfumes marinos, piernas abriéndose
al ojo perdurable.
De la luz a la sombra y de ahí de vuelta.
Vengo de donde los mudos aplauden
sabiendo que el ritmo es algo que despierta
más allá del sonido.
Estoy aquí, dispuesto a decir,
a recomenzarme, a cantar si es necesario.
Me veo lejos ya de otros cuerpos,
ahuyentando pieles furtivas,
buscando tribunas, altos para lanzar la voz
y alcanzar a alguien, rozar un páncreas
o un intestino o un cerebro
o un pulmón enfisemado.
Algunos acompañan con raros cantos,
su armonía expresa luminosidades,
geniales oscuranas, trasgos.
Voces hablan a fuerza de callarse,
nervios se tocan con los nervios
y se cosen en una fibra informe,
sus ímpetus se enhebran e interpretan
los aullidos de la carne.
Siento cerca otra vez los cuerpos.
No estoy solo.
De Poemas sensibles
© Alan Mills |