ESPERANZAS PARA TODOS

 

Siempre he sido un incrédulo, un tipo de esos que van derecho a los bifes sin meditaciones ni elucubraciones sobre el plasma espiritual, el karma, la energía de las pirámides y otras burundangas por el estilo. Pero ellos hablaron de tal forma que me enganché en la conversación. Vi las bolsas cerradas y me dejé llevar por la idea de las esperanzas, aunque —con los pies en este mundo— siempre he considerado que son pocas las agarraderas.

Estaba dejando pasar la tarde en un bar cualquiera cuando me dijeron que en la esquina vendían esperanzas a un precio increíble de tan barato. Que no había que presentar ningún documento ni llenar formularios, no hacían preguntas, ni siquiera miraban con atención el rostro del solicitante. Que uno se acercaba al mostrador y sin que mediara palabra le entregaban una bolsa vacía y con un amable dedo apuntaban hacia una puerta. Había un solo empleado para atender a los solicitantes y una única puerta al fondo. El hombre se movía como los gatos, tomaba el dinero y si era preciso daba el cambio. Todo en silencio. En el umbral del negocio, un portero muy serio, de uniforme negro, permitía la entrada de tres en tres, abriendo una pesada puerta de roble. De todo esto me informaron quienes estaban celebrando en la barra del bar; eran cinco mujeres y dos hombres. No quisieron contarme de sus esperanzas, ninguna referencia sobre lo que pasaba detrás de la puerta blanca; sin embargo, describieron muchas cosas. El aviso «Esperanzas para todos», colocado en la puerta de roble, estaba escrito en letras de estilo gótico y de color terracota sobre fondo verde; y el portero, con voz neutra, recitaba ante los clientes las breves instrucciones y recalcaba que no hablaran adentro; después, enmudecía y hacía pasar a la gente. Ningún cartel exigía mantener silencio, pero en aquel ambiente era como si hablar trastocara el orden del universo. Eso dijeron los del bar. Que todo era simple como el mismo salón de transacciones: aguardar en fila el momento de acercarse al mostrador, pagar, firmar un papel y recibir la bolsa y la factura. Cuando llenaban la bolsa, uno salía del lugar por otra parte. Una de las mujeres detalló que del otro lado de la puerta de roble había un guardia muy delgado sentado en una banqueta alta, y que las paredes del salón eran azules, de un tono claro; y otra, recordó que no había ventanas ni asientos, tampoco plantas, ni cuadros. Se escuchaba una música de violines que removía nostalgias, dijo uno de los hombres. Me llamó la atención que todos coincidieran en que el guardia tenía cara de indiferencia; pensé que quizá el tipo extraviaba sus pensamientos soñando con una mínima alteración del orden que nunca llegaba. Este detalle acabó por decidirme; yo estaba aburrido y ellos juraron que habían salido con la bolsa llena de esperanzas. Daba envidia.

Cada persona con la que hablé parecía estar en el mejor de los mundos; cada una aseguró que iba a esperar el tiempo convenido: si quería reunirse con sus esperanzas, tenía que dejar transcurrir un año para abrir la bolsa. Era una condición excluyente de la venta, escrita en la factura; la otra condición era omitir cualquier referencia a lo que había detrás de la puerta del fondo. La que daba al recinto de las esperanzas.

Entré dándole una palmadita en el hombro al guardia —yo había entrado tercero—, y sonreí, diciéndole que era muy triste la música. No respondió y se puso de pie. Al tocarme el turno, mientras tamborileaba con los dedos sobre el mostrador —un sobrio mostrador de madera noble con señales de desgaste—, le pedí al empleado que me diera la bolsa más grande; de paso, le recomendé una pomada para el grano que amenazaba en su barbilla y sugerí que cambiaran la música, incluso mencioné ciertos temas. No dijo nada; me clavó la vista con ojos de regaño que sus lentes agrandaban, aun así, protesté cuando me entregó una bolsa pequeña. Su mirada era siniestra de un modo ridículo, del tipo de película sub B; sin embargo, me sorprendí a mí mismo al optar por el silencio, y firmé sin leer el papel que me dio. Un pequeño papel que después él tomó con delicadeza. El tipo se ajustó los anteojos para leerlo. Demoraba una eternidad; su cara no mostraba ninguna expresión y pensé si no sería mejor retirarme. El silencio funcionaba en mi cabeza como una plomada desorientada. Podía pispear al guardia detrás de mí; cuando di media vuelta, comprobé que portaba una pistola y no le temblaba la mano. Tragué en seco, nadie me había hablado del arma, y la rabadilla lanzó el primer signo de alerta: sentí un punzón de hielo. Rompiendo la quietud, el empleado me miró y noté que se estaba poniendo gris; sin hablar, señaló hacia la puerta. Su brazo extendido era el más largo que vi en mi vida y, lo peor, la puerta ya no era blanca como cuando había entrado al salón. Aquello era demasiado; me pregunté en qué momento la cambiaron si todo el tiempo la tuve frente a mí. Como no quise entrar, el guardia comenzó a empujarme con fuerza. Traté de explicarles que todo había sido una broma, me iba y podían seguir con su circo. Que no los iba a denunciar, no me importaba lo que hacían. Había cesado la música y el empleado se veía cada vez más gris; los rasgos de su rostro se dispersaban como si un pincel furioso los removiera en el intento de fijarlos. Mantenía el brazo extendido y pensé si no estaría pidiendo ayuda. ¿O me la estaba ofreciendo? Tenía aquella mano a mi alcance, pero el guardia, a punta de pistola, me obligó a entrar. La rabadilla se me enfrió otra vez: el guardia también se estaba poniendo gríseo, y no tuve que tocar la puerta: se abrió sola, silenciosamente. Una enorme puerta negra. Entré con la respiración en un hilo y solté una risita, última filigrana de mi escurridiza seguridad. Me dio la impresión de que la puerta se agigantaba y se estrechaba al mismo tiempo, mientras me tragaba... Y en unos segundos se cumplirá la hora.


«Cuando transcurra una hora puede abrir la bolsa». Eso dijeron. Ellos, los que estaban detrás de la puerta negra. No sé cuántos eran. Todos llevaban el rostro cubierto y mortificaban con sus risas estridentes. En vano intenté contarlos, siempre me equivocaba y tenía que volver a empezar. Una insoportable música de charanga taladraba mi cabeza. Aquello parecía una mala película, con el inconveniente de que yo estaba adentro. Me mareaba al pretender calcular las dimensiones de aquel espacio de colores cambiantes, donde las paredes estaban en movimiento. Sólo había cajas y más cajas hasta el techo, amontonadas con una dislocada geometría. Cajas y varias escaleras que parecían no tener fin, como el techo. Mientras más arriba miraba, más alto lo veía. Había una puerta de un intenso color que quemaba la vista, mezcla de amarillo con anaranjado y rojo: lo único inmóvil en el recinto. Por ahí me hicieron salir con la bolsa. Me resistí a llevarla, pero no pude desprenderla de mis manos y tuve la sensación de que la bolsa me arrastraba. Todo ocurrió con rapidez; giré la cabeza para encontrar una pared que no sé de dónde había salido y el golpe me hundió en las sombras. Al recobrar el sentido, estaba de pie y resoplaba, pensando que era la bolsa la que me había levantado: mis dos manos seguían sosteniéndola, como sellando un destino fuera de dudas. No se veía ninguna entrada en aquel sucio callejón de paredones altos y ciegos; ni había el menor indicio del negocio en toda la manzana. En ese instante, recordé con fastidio que no me habían entregado la factura, y regresé al bar.

Los otros se habían ido y nadie me supo decir sobre el negocio de las esperanzas. Salí a la calle. La gente iba y venía, lo usual, entre la prisa, el cansancio y la indiferencia; y seguí caminando. El sudor frío pautaba mis sensaciones y la rabadilla volvió a avisarme. No podía soltar la bolsa aferrada a mis manos. Estas cosas tontas no ocurren, dije en voz baja. La bolsa había crecido y comencé a respirar para apagar mi preocupación; a inspirar profundamente y a exhalar con lentitud, tratando de pensar en nada. Algo difícil. Era como si los recuerdos que mi vida había ensartado se disputaran por salir al aire, todos a la vez. La memoria es un espejo de fantasmas. Lo había leído en algún libro: la memoria como un espejo que muestra a veces unos objetos demasiado lejanos para ser vistos, y otras veces los hace aparecer demasiado próximos. Para cuando recordé esto, me sentía muy confundido: mis fantasmas estaban todos juntos en primer plano, y empujaban por acercarse más. Podía renegar de muchos recuerdos podridos y de ciertas pesadillas —como el que más, el que menos—, pero no podía evitar que estuvieran conmigo. Sentía que estaba metido dentro de una compactadora. En la primera media hora, por momentos me veía a mí mismo, desenfocado, como en otra dimensión. Me dio por sospechar de inexactitudes en mi vida, hasta que el ardor de la ansiedad invadió mis ojos y quise creer en otra cosa: sí, el truco de la bolsa les había salido genial. Miré alrededor para descubrir alguna cámara oculta de un show televisivo, imaginando las carcajadas de un público sin rostro que se burla de mí. Pero después noté que algo se mueve dentro de la bolsa. He oído ruidos que no alcanzo a definir, y hasta he palpado cosas. No sé qué cosas.


Desde entonces percibo que mi respiración se extravía con frecuencia. Siento que se congeló definitivamente mi rabadilla, mas sigo caminando. En este tiempo, no dejé de hablarles a los transeúntes. Nadie hizo caso y fue inevitable obsesionarme con el reloj. Ya ni siquiera me enoja que la gente ignore mi espera. Estoy sobrio, no deliro ni tengo fiebre: tan seguro estoy de mi estado como del olor que comenzó a emanar de esta bolsa que no puedo abrir. Un olor que hostiga mis emociones.

Apenas faltan unos segundos; si no caigo al suelo es porque ella me sostiene. Todas mis esperanzas han confluido en una descomunal esperanza mientras espero acompañado por lo único que me hace sentir que no estoy solo: esta pesada bolsa. Cada vez más grande y pesada.

Ellos dijeron que la llenaron de temores. Mi única esperanza es que no sea cierto.

 

© Rosa Elvira Peláez

 

Cuba, 1956 | @ Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Es corresponsal de Radio Habana Cuba en Buenos Aires y colaboradora habitual de la revista LOS NOVELES. Tiene varios cuentos y relatos publicados en libros, revistas y suplementos literarios de América y Europa. Además es autora de Entre fuegos y otros cuentos (Premio del IV Concurso Manuel Llano, 2000, convocado por el gobierno de Cantabria), Ciclones (Premio Kutxa-Ciudad de San Sebastián), y de libros inéditos como Cuentos y azares y Con poco, suficiente. En 2003 su cuento El aviso ganó el premio Semana Negra de Gijón. Sitio web: Wemilere de las letras