ESTA
NO ES MI NOCHE
Hola.
Mi nombre es Cindy Ambrosetti. Trabajo en McDonald’s hace
diez años. Tengo veintinueve; voy a cumplir treinta el
próximo enero. Fui empleada del mes catorce veces y en
la casa de mis padres están colgados los catorce retratos
míos; estoy en todos con la camisa a rayas rojas verticales;
en los primeros muy sonriente porque en aquel tiempo no me importaba
que se me vieran los fierritos de la ortodoncia. En los últimos
ya no sonrío tanto. Míster Talcott, el jefe supremo,
como le llamamos, dijo una vez que lo más importante
en un empleado de McDonald’s es la imagen, no el cuerpo;
mientras que lo más importante a tener en cuenta en un
cliente de McDonald’s es el cuerpo y no la imagen; le
vendemos hamburguesas hasta a los mendigos. Soy la empleada
de mayor antigüedad junto con Priscila, que lleva aquí
cinco años y medio. Mis compañeros me llaman “la
anciana”. Con Priscila nunca podremos saber si nos han
tenido tanto tiempo empleadas porque somos eficientes o porque
les damos pena y no se animan a ponernos en la calle. De todos
modos, hace menos de un mes di los exámenes para entrar
en el Programa Fast Track de gerentes efectivos pero no coincido
con el perfil buscado; antes de fin de año deberé
retirarme. El perfil-buscado es una abstracción imponderable
como Dios, el amor y la patria. Alguien me dijo que me presente
de candidata para hacer de payaso Ronnie, porque los payasos
melancólicos ahora tienen mayor éxito que los
alegres. Eso no es propio del oficio de payaso, pienso yo, sería
como un mozo de bar que atiende las mesas en silla de ruedas.
Además, yo no soy melancólica, solamente estoy
triste. Okey, gracias.
Lo
que más me gusta preparar en McDonald’s es el postre.
Tenemos conos de tres sabores y combinado de crema americana
y chocolate. El sabor dulce de leche existe únicamente
en Argentina. Un cono debe tener hasta diez centímetros
de crema por sobre el borde del barquillo. Está probado
científicamente que si fuera un poco más alto
se caería; es algo así como la Ley de Newton en
la gastronómica de nuestra empresa. Digo “nuestra”
pero yo no tengo nada. También me gusta preparar el batido
de crema y migas de galletitas Oreo; larga un olor muy dulce
mientras la máquina lo revuelve; como a flor. Una vez
pedí que me trasladaran al McDonald’s de Helsinki
o de Moscú, al menos para ver algo de este ancho mundo.
Hay locales de McDonald’s diseminados por toda la tierra:
si todavía existiera la Legión Extranjera, también
tendría un McDonald’s. Con mi pedido de traslado
sólo conseguí que me mandaran a un Automac sobre
la autopista Panamericana. En Helsinki el McSwing de galletitas
Oreo se llama McFlurry y no lleva galletitas sino jarabe de
frutilla; en finés se dice Mansikkasuklaa. El que vendió
la máquina de hacer batidos a los hermanos irlandeses
McDonald fue Ray Croc. Un tipo con un apellido como un graznido
de cuervo. Eso ocurrió en 1954 en San Bernardino, California;
más o menos, deduce Míster Talcott, por la época
en que Irwin Berlin compuso Navidad blanca: tal vez
hasta fueran vecinos uno del otro y ambos se sintieran embelesados
en un sueño de nieve. Ray Croc puso la máquina
y dijo: “Ninguno de nosotros es tan bueno como todos nosotros
juntos”; esta frase es hoy un lema de la empresa. Aunque
nadie se explica a quiénes se refería con “nosotros”
cuando dijo “nosotros”. Él fue el que puso
la consigna de que todos los empleados debemos responder con
“okey, gracias”; es como el amén de nuestro
trabajo. Hago turnos de diez horas, lo cual significa casi doble
turno porque en principio me había propuesto ahorrar
para alguna cosa que ya se me olvidó porque nunca logro
ahorrar nada. Nuestros sueldos son tan magros como la Cheeseburger.
Entre mi casa y el restaurante tengo cuarenta minutos de tren.
En cuarenta minutos, los empleados de McDonald’s deben
ser capaces de despachar 13,33 hamburguesas desde que se recibe
el pedido hasta que se lo embucha el cliente. El 0,33 no sé
bien cómo se trasluce. La gente se queja de que nuestras
raciones son mínimas y Míster Talcott dice que
esto es una infamia. Sin embargo, muchos de los que vienen aquí
dicen que en Burger King la hamburguesa es más gorda
y jugosa, y que los batidos de Wendy's –allí se
llaman Frisby- son enormes y muy superiores. Una vez pensé
en postularme en Wendy's y estuve tantos meses dándole
vueltas a la idea en mi cabeza, que al fin Wendy's se retiró
de la Argentina porque no obtenía las ganancias deseadas.
Luego le fueron con el chisme de que aquí somos pobres
y escuálidos a otras cadenas de comida rápida
como la Kentucky Fried Chicken, el Coffee Shop, Tim Horton’s
y demás. Pusieron hace muy poco un Jarp Café pero
el límite de edad de los empleados es 26. Okey, gracias.
Lo que se dice “novio” no tuve nunca y tampoco un
amor verdadero. Chicos conozco por docenas y tuve romances con
casi todos ellos, incluido el hermano de Priscila que es un
tarado mental. A veces me pregunto qué estoy esperando
todavía, porque la estadística está siempre
en contra mía: después de los 30 años,
dice, hay más probabilidades de que a una mujer le caiga
un piano en la cabeza de que consiga un hombre como compañero.
Espero que llegue un corazón extraño. Me gustan
los jóvenes que vienen con trajes a rayas y camisas finas
y huelen a perfumes sutiles, parecen ejecutivos de grandes empresas;
pero luego resulta que son vendedores de teléfonos celulares
o de juguetes de Taiwán abandonados en el puerto y rematados
a mejor postor. A uno le compré una vez un cangrejo de
plástico rojo que al darle cuerda camina de costado,
y a otro un juego de maquillaje para niñas donde enseñaban
cómo se maquillaban las cuatro divas de Disney: Blancanieves,
la Cenicienta, la Bella Durmiente y Bella la de la Bella y la
Bestia. Los polvos estaban húmedos. Okey, gracias.
Estoy
en la fotografía de promoción donde los empleados
formamos una gran M junto al Obelisco. Soy la sexta de la pata
izquierda de la M. No se me ve el rostro; estoy parada allí
como un soldado y en ese instante pensaba lo que piensan los
soldados justo antes de ser enviados al campo de batalla: “¿Qué
quedará de mis pies cuando esto acabe?” y “¿Quedarán
mis pies?”
Míster Talcott tararea viejas canciones norteamericanas
todo el día. Al comienzo las inventaba él mismo;
tenía dos o tres de su invención y esperaba escribir
unas doce para lanzar su propio disco solista. Él usaba
el término “disco solista”. Esto no sucedió
nunca. Aunque es un hombre que visto a cierta distancia y con
benevolencia, no carece de atractivos, semeja más bien
un garabato humano; tiene la cara cuadrada y la mandíbula
recta y cuando mueve la boca parece que fuera un robot esforzándose
en muecas increíbles para suspirar. Los robots no suspiran.
Míster Talcott tampoco. Si el suspiro es la expresión
física de un anhelo, en Míster Talcott es reemplazado
por el bostezo. Bosteza dos o tres veces seguidas y luego se
larga a tararear canciones como una fonola descompuesta y provista
de caprichos propios; muchos son himnos del Templo Evangélico
y otras son del mundo de los cowboys: Oh, Susana, Clementine,
Ka, Ka, Kathy y Diecieséis toneladas.
Esta última es casi la única que me gusta; su
letra dice: “Nací un día en que no apareció
el sol...” Mister Talcott no ha variado su repertorio
en diez años y cuando alguien le pide con mucho respeto
que cante otra cosa o por el amor de Dios se calle un poco,
él responde: “Nosotros somos un país de
canciones, no de arias”. Cuando él dice “nosotros”
se refiere al pueblo norteamericano. Okey, gracias.
La
Cajita Feliz es un producto que me gusta; debo confesar que
a veces robo los juguetes que trae o pido los sobrantes o dañados
y luego los pongo en fila india en la repisa de mi cuarto. Tengo
casi todos los muñequitos, muchos de ellos fallados:
a Betty Mármol, por ejemplo, le falta un ojo. Los cachorros
de los ciento un dálmatas los regalé a mi sobrinita
Brisa; es la hija de Paula, mi hermana, quien aunque es cuatro
años menor que yo oficia dentro de mi familia de hermana
mayor. Me gusta mi cuarto porque nadie entra en él: mi
padre porque respeta mi intimidad, mi madre porque se escandaliza
por el desorden y mi hermano Daniel porque es trotskista y no
soporta la vista de mis discos, mis pósters ni mis animales
de peluche. Una vez hasta me presentó un amigo suyo para
salir; me pasó a buscar en un Ford muy viejo y destartalado.
El chico no era un completo tarado mental, ni parecía
muy feo, pero la verdad es que estaba muy oscuro y de todas
maneras mi madre me recomendó que ya me dejara de una
vez de hacerle ascos a cada pretendiente que se me presentaba.
No sé bien a qué se refiere mi madre con “no
hacerle ascos”. Me llevó a la parte oscura de un
parque y estuvo hablándome de la frondosidad de los árboles
y el tipo de fotosíntesis que llevan a cabo para vivir
mientras tironeaba del bretel de mi corpiño como si hubiera
sido una honda. Él decía que quería ser
guardaparques en el sur y se hallaba en esas semanas tramitando
los papeles para el viaje. En ese instante pensé que
todo lo de la botánica boscosa era un truco del chico
para llevarme a las partes más oscuras del parque y aprovecharse
de mí. Utilizo esta expresión sin mayor exactitud.
Luego del aprovechamiento, resultó que el Ford se rompió
y hubo que empujarlo unas cinco cuadras a través del
lodazal del parque y aunque toda esa noche a fin de cuentas
tuvo su propia gracia, al final resultó que el chico
verdaderamente se fue y se hizo guardaparques en el sur. Comenté
todo esto a mi hermano en un instante de debilidad y haciéndole
jurar discreción por sobre la vida de mis padres. Dije
que seguramente su amigo no había podido creer en la
facilidad de su buena suerte, mientras que para mí esa
no había sido mi mejor noche. Mi hermano dijo que su
amigo no creía en la suerte; no sólo porque no
fuera supersticioso sino porque nadie con dos dedos de frente
podría considerar a eso que había tenido conmigo
una noche de suerte. También agregó que lo dejaba
frío el asunto de los juramentos y si nuestros padres
seguían vivos o no en caso de enterarse de lo acontecido.
Okey, gracias.
La
Encargada se llama Nora Enríquez, tiene veintiocho años
y me trata de usted. Eso me pone bastante incómoda. Entró
a McDonald’s hace seis meses, directamente como Encargada
porque estudió tecnicatura de empresas y aspira a gerenta.
Tiene pasta para serlo. Cuando habla utiliza siempre el plural
mayestático; en su reinado incluye a la empresa, supongo;
Priscila dice que habla así porque es tonta. Mi padre
cree que en los trabajos uno asciende por pura buena voluntad
y servilismo, como le pasó a él en su juventud
cuando trabajaba en el ferrocarril. Mi madre cree que soy díscola
y por eso no lo logro; su amiga Edit, que es psicóloga,
cuando yo tenía cuatro años diagnosticó
que yo tenía una clara personalidad esquizofrénica.
Mi madre está convencida de que soy esquizofrénica.
Durante el curso de los últimos dos meses traté
de imitar en todo a la Encargada. Movimientos precisos, rictus
en la boca, ropa pulcra, almidonada; jamás confunde los
botones que aprieta en la caja registradora; cuando come una
hamburguesa lo hace mordiendo trozos mínimos, casi invisibles,
como si ella fuera un canario. Cuando Míster Talcott
apareció con que se sabía la canción Hay
humo en tus ojos sospeché que estaban teniendo un
romance. Digo “romance” porque no encuentro otra
palabra mejor para denominarlo sin caer en la grosería.
Luego comprendí que no; Priscila dice que la Encargada
tiene el conducto vaginal cancelado. También deduje que
era imposible que le cantara a ella Hay humo en tus ojos;
porque esa mujer es sólida como un toro. Se aplicaría
más a mí, que tengo humo en todas las partes del
cuerpo, por dentro y por fuera y también hasta en el
encéfalo y la médula espinal. A veces pienso que
esto se debe al hecho de haber respirado tanta carne asándose
en la plancha o a los vahos mortíferos que lanza la salsa
ketchup cuando se le ha quedado a uno pegada a los dedos de
la mano. Otras veces pienso que es mi naturaleza y que un día
me voy a desvanecer por completo sin dejar rastro y voy a ascender
al cielo en cuerpo y alma como la asunción de la Virgen;
con la diferencia que nadie decente vendrá luego a erigirme
un altar y ponerme velas; solamente algún tarado mental,
una noche de borrachos. Andar haciéndole favores a los
tarados mentales es mi sino. Okey, gracias.
Hace
cinco noches me acosté con Míster Talcott nada
más que por bondad. No podría definir ahora exactamente
esta palabra. Aunque también me gustaría que se
elevara mi calificación para entrar de una vez por todas
de gerenta en McDonald’s. En una serie que miro los lunes
en la noche, la psicoanalista aconseja a su pacienta que una
mujer bonita debe utilizar el sexo en su propio beneficio. Si
no los hombres la usan a una en su propio beneficio. Los lunes
a la noche suelo estar muy deprimida. Tampoco sé si soy
bonita; me siento demasiado cansada para examinarme a conciencia
en el espejo. Paula, mi hermana, dice que lo soy como consuelo:
obviamente ella es más bonita que yo; cuando éramos
niñas la pretendían un montón de chicos,
los mismos que a mí sólo pretendían robarme
los útiles de colegio. La frase “utilizar el sexo”
tiene un tufillo a prostitución; pero no podría
yo a ponerme a juzgar qué es prostitución y qué
no, cuando lo único que veo a mi alrededor es explotación,
angustia y carne muerta en el asador. El martes en la noche
fui a un hotel con Míster Talcott; él fue muy
amable y cantó toda la velada; nunca he conocido a nadie
que no parara de hablar tan sólo un minuto. Ese hombre
tiene unos pulmones magníficos, es todo lo que puedo
decir. Debería correr la maratón de San Silvestre.
Lo haría cantando a viva voz. La esposa de Míster
Talcott está en estos días en Baltimore con los
cuatro chiquitos visitando a los abuelos; él no la ama
pero no se divorciará jamás porque son católicos;
van al Templo Bautista nada más que porque la empresa
espera de ellos que sean evangélicos y no católicos,
pero ellos en su fuero interno son más papistas que el
Papa, dijo. No sé de quién hablaba cuando decía
“ellos”. Me invitó a dormir estas noches
en su casa, ahora despoblada de familia, pero ya bastante me
entraron ganas de cortarme las venas por pasar dos horas en
un hotel con él, como para instalarme en su casa. Tal
vez si tomara aspirinas o si me pusiera algodones en los oídos...,
pero mejor no. Okey, gracias.
Cuando
tengo un momento de paz, cierro los ojos y sueño. Me
veo echada en una reposera, en el verde, junto a una gran piscina.
Bajo la sombrilla hay una mesita con bebidas y tragos largos
que me prepara un camarero: Alexanders y Tom Collins y todas
esas cosas. A mi costado están tirados dos galgos afghanos
del tamaño de unos potrillos. Tengo cuatro hijos que
son educados por una institutriz inglesa. Tengo una secretaria
de unos cuarenta años que a su vez tiene un secretario
de unos veinticinco que estudia en la Universidad, está
fascinado por mi obra y requiere de amores a mi secretaria.
Yo soy actriz, escritora, o diseñadora de modas; dudo
verdaderamente que semejante fortuna la haya hecho como gerenta
de McDonald’s. Tengo una cocinera francesa y su ayudante
es una mujer china enamorada en secreto de mí; yo lo
sé pero no estoy del todo dispuesta a entregarle mi amor.
Tengo un mayordomo que abre la puerta y un chófer negro:
ambos usan guantes de cabritilla amarilla. No sé cómo
mantengo a toda mi servidumbre y nos damos la buena vida. También
tengo un marido, pero a él no logro verlo: es el único
de los que están en mi sueño a quien no mantengo.
Cuando oigo el pitido del tren, significa que mi padre acaba
de llegar a la casa; es el último de todos nosotros en
venir del trabajo salvo cuando mi hermano Daniel tiene reuniones
del comité. En la Farmacia le hacen bajar la persiana
a él, porque los empleados temen descerrajarse una vértebra.
Opinan que para eso tienen personal de seguridad. Apenas ve
a mi padre cruzar la vía, el Salamín, nuestro
perro, salta por la cerca y se aguanta el ladrido. Recién
cuando está muy cerca de él, le ladra y mi padre
le palmea el morro en señal de gratitud. “Buen
perro”, le dice, y a veces “Buen chico”. Mi
madre recalienta el minestrón y él cena solo iluminado
por una lámpara de pie cuya luz crea un tono verdoso
sobre todo lo que toca. A eso de las diez y media, él
telefonea a mi hermana Paula y pide hablar con su nieta. Durante
los dos últimos años, este es el único
momento en que sonríe.
Mi
madre comentó que mi tía Berta, la de Campana,
está por abrir una boutique. Tal vez yo pudiera ir a
ayudarla y comenzar allí una vida nueva. Me lo dijo porque
hace dos días que falto al trabajo. No me pasa nada malo,
solamente siento cansancio. Cuando entra la luz del sol a mi
cuarto, escondo la cabeza debajo de las sábanas y no
salgo de ahí más o menos hasta las siete de la
tarde. Mi madre amenazó con llamar al médico de
la empresa. No tenemos médico; los empleados de McDonald’s
no tenemos sindicato; somos como huérfanos laborales.
Míster
Talcott vino llorando por mi ausencia hasta la puerta de mi
casa y me pidió matrimonio. Yo le comenté mi idea
de abrir unos McDonald’s en Lobería y en Azul pero
él me hizo callar y me besó. Él me palpó
los pechos con disimulo y frialdad, como un doctor. La palabra
disimulo no está bien usada en este caso. Después
me pellizcó la nuca. Alegó que porque él
tenía la desgracia de ser casado, todas las mujeres de
las que se enamoraba lo abandonaban luego. Era un abandonado,
dijo. Era muy enamoradizo, agregó. Me hizo acordar a
la letra de una canción mejicana de Jorge Negrete; tal
vez ahora Míster Talcott se dedicara a aprenderse el
repertorio de Jorge Negrete, pensé. Yo insistí
en que podríamos huir a Lobería o a Azul y trabajar
los dos en un McDonald’s que atenderíamos. No sé
por qué dije eso, porque él es la clase de tipo
con el que yo no iría ni a la esquina. No arribamos a
ninguna conclusión y acabó por irse cuando por
cuarta vez me negué a subir a su auto. Después
entré a mi casa por la ventana. Mi hermano se me quedó
mirando estupefacto como si yo hubiera sido un fantasma. Nada
más pronuncié: “Okey, gracias”.
En
París, hace poco menos de diez años, un empleado
de McDonald’s llamado Eric Murphy, hechó veneno
para ratas en el batido de americana. Aparentemente lo hizo
para provocar un boicot en la empresa, sólo que el único
que consumió el batido fue él y murió a
la media hora. Ni la prensa ni la opinión popular pudo
entender por qué el chico había hecho tal cosa:
sólo un verdadero empleado de McDonald’s podría
comprenderlo.
Ayer
justo unos minutos antes de las once, fui a retirar mis cosas
del local y me despedí de todos. Al principio pensé
en decirles que me iba porque me había salido un trabajo
afuera, en Australia, por ejemplo. Pero de Australia no sé
nada además de que hay canguros y koalas. Esa no era
mi noche para mentir; en realidad hace ya un buen tiempo que
ninguna noche es mi noche por completo. Les dije que me iría
a Campana, a trabajar con mi tía Berta. Creo que es lo
que haré en cuanto descanse un poco. Cuando entré
en el baño la Encargada estaba vomitando; se metía
dos dedos en la garganta y devolvía la comida: aquello
eran papas fritas, hamburguesas, pollo, y la ensalada del chef.
Temí ofenderla y no me animé a ofrecerle ayuda;
de lejos me llegaba la voz argentina de Míster Talcott
(la palabra “argentina” tiene una aplicación
muy ambigua en este caso) cantando Buenas noches, Irene:
es una canción que no sé quién escribió
mientras estuvo en la cárcel: posee una melodía
conmovedora. Él mismo me acompañó hasta
la puerta y se mantuvo a una discreta distancia, a la vez que
me proponía subir a su auto por última vez para
despedirnos sin rencores. Subrayó lo de “sin rencores”.
Me quedé un momento junto a Míster Talcott detrás
del vidrio de la puerta, observando a mis compañeros
tomar los últimos pedidos y servirlos. Entonces tuve
la certidumbre o bien algo muy semejante a la certidumbre, acerca
de que la tristeza emanaba de los tubos fluorescentes, de allí
descendía y nos cubría a todos como un manto.
No era una clase de tristeza volátil, sino pringosa como
el aceite que metíamos en la freidora, y todos estábamos
impregnadas con ella y a ella sujetos igual que pequeños
insectos tiesos en una red y esperando a ser devorados. Di un
paso fuera; en el cielo una estrella bastante grande titilaba
cerca de la luna; me pregunté si sería Venus o
Marte porque yo no conozco nada de astronomía. Recordé
la única canción que Míster Talcott inventó
el primer año que llegó de Maryland directamente
a trabajar en McDonald’s; decía: “Vuela,
vuela lo más alto que puedas”. Okey, gracias.
©
Patricia Suárez

Argentina,
1969 |
@
Escritora y periodista cultural. Ganadora del Premio
Clarín de Novela 2003 con la obra Perdida
en el momento. Ha publicado la
novela Aparte del principio
de la realidad y en 1997 obtuvo uno de
los premios en el Concurso Juan Rulfo con el cuento
Historia de Pollito Belleza.
Su novela inédita, Flor
de lino, fue finalista del XL Premio
Casa de las Américas. También es autora
de Rata paseandera,
La Italiana
y otros cuentos, Completamente
solo, La
flor incandescente, de los poemarios
Fluido Manchester
y Late,
de obras teatrales como La
varsovia y Las
polacas y del ensayo La
escritura literaria. Recientemete
recibió el premio Rafael González Castell,
otorgado por el Ayuntamiento de Montijo, Badajoz, por
la novela Caminando sobre
vidrio molido. Página web en LOS
NOVELES: Patricia
Suárez
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