EL ATEÍSMO DE RONI

 

Sentado en el largo asiento de madera de la séptima fila, entre dos chicas envueltas en chales de gasa, Roni miró fijamente el reloj. Las notas viejas del órgano, provenientes de lo alto, se habían extinguido justo en el momento en que Roni, aturdido, comenzaba a planear una difícil estrategia de evasión. Magdalena había entrado del brazo de su padre, con ojos humedecidos y paso firme. Susana, que en vano se había aplicado rimel a prueba de agua, los esperaba en el solitario lugar de la madrina, rígida e impávida, sin haber derramado una sola de sus lágrimas previstas, indiferente a todo menos a dos ojos exaltados que no la miraban. Su modesto esplendor la había desertado hacía algunos años. Desde su asiento, Roni pensó que sus pechos estaban demasiado expuestos y que, a pesar de la operación, le hubiera convenido esconderlos de una vez y para siempre. Además del escote desaprobó el peinado, que la hacía más vieja, y los labios aumentados con delineador, que le restaban dignidad. Cada tanto, desde su morada de estatua, Susana le dirigía una mirada rápida, que parecía implorar perdón o paciencia o ambas cosas a la vez.

A fuerza de lágrimas, de injurias, de amenazas, de sacrificios, había logrado que Roni estuviera sentado en la séptima fila, mirando fijamente el reloj o la punta de sus zapatos negros, agobiado por las lúgubres palabras pronunciadas, las promesas de los novios, la voz de la cantante y el perfume único y nauseabundo de todas las mujeres juntas. Le había rogado que fuera porque apenas podía separarse de él y, además, porque quería que su ex marido, sus hermanas, su madre, su jefe y los demás invitados la vieran de la mano del hombre que vivía bajo su mismo techo hacía quince años.

Roni consideró que ya era tiempo de que aparecieran la copa y las hostias, añorados símbolos del final. Sin embargo, todos se arrodillaban, juntaban las manos y bajaban la cabeza. Roni permaneció en la misma posición. Sus ojos controlaron una vez más el lugar de las agujas. En ningún momento se había puesto de pie. Las dos chicas que lo rodeaban y que acompañaban la ceremonia con los movimientos y las palabras exactas, habían cruzado algunas miradas de perplejidad ante el gigante inconmovible y mudo, que en un momento de la misa, por distracción, había prendido un cigarrillo. Una de ellas, tímidamente, le había tirado de la manga del saco y le había señalado su error. Después sus ojos descenderían una y otra vez, con idéntica indignación, hacia el cigarrillo aplastado sobre el azulejo blanco.

Dos largas filas se formaron para recibir la comunión. Roni consideró que ya había pasado demasiado tiempo y que Susana lo había traicionado al ocultarle la verdadera duración del martirio. Se levantó, pisó sin querer el pie de una de las chicas, se disculpó con un gruñido y abandonó la iglesia. Un taxi lo llevó hasta el salón de fiestas en Costa Salguero. Fue el primero en llegar. En la barra, pidió un whisky doble y prendió un cigarrillo. Todavía faltaba lo peor. Susana le haría un escándalo por haberse ido sin ella, por no haberla besado en el atrio como corresponde, frente a todos. Susana, cuyo ojo izquierdo estaba casi cerrado por algún extraño efecto de su vejez, le diría unas palabras horribles cerca del oído, tratando de que no se notara. La primera copa siempre le daba coraje. Después lo tocaría con sus manos frías.

Cuando los invitados comenzaron a llegar, Roni pasó a la terraza cubierta. Allí tomó otro whisky y fumó algunos cigarrillos, mirando a través del vidrio las olas pequeñas y sucias, la espuma gris, la basura amontonada y, más lejos, el cielo negro que no se distinguía del río. Tarde o temprano tendría que saludar a la madre de Susana, a sus dos hermanas y a cuatro o cinco del club que había reconocido en la multitud. Alguien lo insultó al oído y le rasguñó una mano. Después, quieto y alto como un árbol, toleró las palabras de odio y de amor, el veneno ineficaz, los dedos fríos en su cuello, la lengua aborrecida.

En la mesa, cambió algunas palabras con la madre y las hermanas de Susana. Se habló de la belleza de la iglesia, de la cantante, de la entrada impecable de Magdalena y Gustavo, aunque Gustavo había caminado un poco torcido y tal vez demasiado rápido. Susana hablaba sin parar y en los intervalos se apoyaba en el hombro de Roni y le acariciaba las pantorrillas con la punta del zapato.

Cuando llegó el vals, Roni se quedó en su silla. Sabía que enseguida Susana saldría del círculo para ir a buscarlo. Con gestos suplicantes lo tomaría de las manos, presionando en las muñecas, y lo llevaría a la pista para apretar los cuerpos y hacerlos girar sin gracia y sin agilidad. Cuando todo eso ocurrió, Roni obedeció sin soltar el vaso ni el cigarrillo recién prendido. Bailaron un rato casi sin moverse del lugar. Roni sintió el sudor en la frente y en la nuca.

La voz de Frank Sinatra, sugestiva de noches estrelladas, reemplazó a los violines. Susana se colgó del cuello de Roni y abrió los labios para ser besada. Roni huyó del beso y dejó a Susana en brazos de un primo gordo. En la barra pidió un whisky y prendió un cigarrillo. El líquido espeso y dorado bajó otra vez por su garganta. Un hombre más alto que él, recién salido de la pista como de una caldera, le dio unas palmadas en la espalda, expresó su alegría y su asombro de encontrarlo y siguió de largo. Roni no logró recordar su nombre.

Después del quinto whisky, todo se volvía más lento y más distante, desprovisto de vértices. El rencor y el desprecio retrocedían como la espuma negra del río. Con ojos de vidrio, Roni reconoció el reiterado crepúsculo.

 

Del libro Humus

© María del Carril

 

Argentina, 1976 | @ Narradora bonaerense. Después de egresar de un colegio del que no conserva recuerdos entrañables, estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. En octubre de 2003, la editorial Libros del Zorzal publicó su primer libro de cuentos, Humus. Actualmente, prepara su tesis de licenciatura sobre la filósofa francesa Simone Weil. Hace muchos años asiste al taller literario de Félix della Paolera.