LA ENFERMEDAD DE LA SHEIKA
Abds Salám


Hospital

Me trataron de la peor manera en el hospital al que asistí para ser sometido a una serie de pruebas de salud. Ni siquiera pude conseguir la sesión de masajes que me prometieron el día anterior. Hubiera caído nada mal –sobre todo tomando en cuenta mi estado general- un tratamiento donde sintiera cómo mis músculos iban gradualmente relajándose hasta llevarme a la inconsciencia casi total. Pero ese día parecía que todos los que trabajaban en aquel hospital estaban ocupados en otras cosas. Daba la impresión de haberse producido un desbalance en las citas programadas. O tal vez se habían presentado más emergencias que las habituales. Convencido de que se trataba de una jornada perdida, que había desperdiciado inútilmente la mañana en acudir a una serie de citas truncas, me dispuse a abandonar la institución. No sé por qué decidí salir por la puerta de las emergencias. Quizá para comprobar mi idea de que se habían presentado más casos inesperados que de costumbre.

Avión

Siempre que estoy a punto de abordar un avión siento el inusitado impulso de elegir, entre el grupo de desconocidos que suele poblar los aeropuertos, a una persona de la que nunca en mi vida me gustaría desprenderme. Situaciones semejantes les suele suceder a menudo a los miembros de las comunidades sufíes dispersas en el mundo. En ciertas ocasiones algo les dice que la persona que tienen al frente formará a partir de entonces parte de sus existencias. Pero pese a esta circunstancia tan excepcional no puede dejarse de abordar el avión. Se deben reprimir hasta cierto punto los sentimientos y actuar como un ser común y corriente. Ya se ha hecho bastante con despojarse de la indumentaria necesaria para efectuar los giros místicos y las ceremonias en las cuales el recuerdo de dios está más que presente. Para atenuar de alguna manera la sensación de pérdida, antes de dirigirme a las salas de abordaje acostumbro hacer el juramento de que pese a que mi cuerpo se desplazará cientos de kilómetros no dejaré de estar en ningún momento al lado de la persona elegida.

Zapato

Cuando salgo del hospital veo aparecer a la sheika Amina, es decir a la representante de la comunidad sufí a la que pertenezco desde hace cerca de diez años, llevada del brazo por Duja, una de nuestras derviches más antiguas. La sheika parece encontrarse mal de salud. Tiene la mirada perdida y su piel muestra una palidez excepcional. La saludo pero no da muestras de reconocerme. Cuando después de unos minutos parece percatarse de mi presencia, y constata además la extraña circunstancia de nuestro encuentro, trata de sonreír. De inmediato hago que se siente en una silla. Desaparezco después en busca de un médico. Como ya señalé, ese día parecía excepcional en aquel sanatorio. No encuentro por eso a nadie que pueda ayudarme. Empiezo a temer que la sheika carecerá de una rápida atención. Después de algunas pesquisas logro ver a uno de los médicos que momentos antes hizo caso omiso a mis citas. Luego de escucharme da la orden de trasladar a la sheika a un jardín, donde hay colocada en el centro una mesa de madera. El médico hace que dos enfermeras tiendan encima a la sheika. Me pide que le quite los zapatos. Es una tarea que se me hace imposible de realizar. La sheika Amina está calzada con unos zapatos muy difíciles de definir. Son negros, de terciopelo, con tacones altos y borlas que se transforman en lazos. Es imposible desatar las cuerdas que los sujetan a los tobillos. Mientras me esfuerzo por desanudarlas escucho al médico hablar de un inminente cambio de turno. Trato de apurarme pero no logro que las cuerdas se desaten. El médico empieza a sugerir que la enferma sea tratada en una sucursal del hospital. El tiene que irse y no cree que en el lugar donde nos encontramos exista nadie dispuesto, mejor dicho, nadie en condiciones de examinar como se debe a una sheika. Sin embargo, no explicó las razones de tal afirmación, piensa que en la sucursal habrá médicos lo suficientemente preparados para casos de esa naturaleza.

Cornisa

La intención de llevar miles de kilómetros conmigo el recuerdo de una persona amada y desconocida, para algunos podría representar la escenificación de una situación extremadamente romántica. Sin embargo no lo es en absoluto. Se trata más bien de la búsqueda que debe emprender cualquier miembro de una comunidad sufí para estar presente en los espíritus de varias personas al mismo tiempo. En momentos así percibo la sensación de que soy capaz de desplazar mi cuerpo muy lejos y quedarme al mismo tiempo en el punto donde encontré a la persona elegida en el instante de mi mirada. Por lo general las cosas suelen ir bien. Durante el viaje acostumbro tener presentes fragmentos del aeropuerto, de la subida a la aeronave, de la luz que recibía la persona escogida. Pese a todo, siento siempre a mi llegada al lugar de destino un miedo infinito. La sensación es similar a encontrarme de pie en la cornisa de un alto edificio o manejando un auto en una curva cerrada a gran velocidad y por el carril contrario.

Mártires

Reparo entonces -una vez que compruebo lo descabellado del intento de descalzar a una sheika- en que Duja, la derviche que acompañaba a Amina, ha desaparecido. En su lugar ha dejado, como una suerte de representante, a una joven que se autodenominó una sirvienta de bajo rango. Después de oír las palabras del médico la sheika se incorpora por sus propios medios y se pone de pie. Salimos con rumbo al estacionamiento. Subimos al auto de la sheika, a quien aparentemente la corta caminata parece haberle sentado bien. Se le ve algo repuesta. El auto es bastante viejo. Se trata de un Datsun del año 1975. Recuerdo que ella antes tuvo otro coche similar, que andaba casi de milagro. Es un auto parecido, pero éste es amarillo y la pintura está descascarada. La sheika Amina insiste en conducir. Yo le pido el volante. Ella sonríe y me dice la desconcertante frase que nadie tropieza dos veces con la misma piedra. Me quedo pensando en aquella sentencia. Advierto entonces que la sheika no parece tenerme ninguna confianza. Seguramente intuye que si yo manejo nunca llegaremos a nuestro destino. Trato de recordar alguna ocasión anterior en que yo haya conducido y aparece la vez en que las llevé, a la sheika y a su madre, de la mezquita a su casa. Recuerdo que fue un viaje divertido. La madre pareció disfrutar mucho con mi coche deportivo, también de color amarillo pero descapotable. Me acuerdo con nitidez de su alegría cuando el techo se fue abriendo en forma automática. Pero también recuerdo la ocasión en que traté de guiar a la sheika -cuando me acompañó a visitar a mi médico de cabecera- por una serie de calles oscuras que no llevaban a ninguna parte. Le di entonces la razón. Era lógico que no me quisiera ceder el volante. Fue bastante tenebrosa aquella noche, en que después de haber recibido mi diagnóstico de desahuciado me fui internando por avenidas cada vez más desconocidas. Aquel extravío terminó cuando la sheika afirmó que desde ese momento yo pasaba a la categoría de mártir del sufismo. Se lo dijo Muzafer Efendi en Turquía años atrás, cuando la sheika le preguntó en qué categoría debían situarse los derviches condenados a muerte. De inmediato apareció en mi cabeza la imagen de plástico del pequeño derviche girador que se encuentra colocado sobre una repisa de la mezquita. Aquella imagen ha perdido un brazo desde hace algunos meses. Cuando lo vi por primera vez me pregunté si ese derviche sería también un mártir del sufismo. Para la sheika estar conduciendo su propio auto parece hacerla sentir mejor. Ya no es ni la sombra de la enferma que ingresó al hospital. Empieza a animarse cada vez más. Es curiosa la relación que se establece entre su vuelta a la vida y el coche que va conduciendo, pues se trata de un vejestorio que apenas puede caminar. A nuestro paso se producen una serie de incidentes de tráfico ocasionados principalmente por la velocidad ínfima a la que nos desplazamos. Debo reconocer que no tenía idea de la ruta que íbamos tomando y en ese momento reparé en que nunca hubiera sabido cómo llegar a la sucursal del hospital donde supuestamente nos dirigíamos. En el asiento de atrás viaja la sirvienta de bajo rango sin decir palabra. El trayecto es largo. La monotonía sólo se interrumpe con algún comentario de la sheika, quien hace acotaciones referentes a lo destartalado del coche y al intenso tráfico de la ciudad. En cierto momento voltea la cabeza hacia la sirvienta y le dice que yo soy su mejor derviche. Esas palabras me impresionan. Entre otras cosas pienso en lo pésimos derviches que deben ser los demás. Siento una especie de nostalgia por la comunidad de la que formo parte. No puedo creer, no solamente que haya derviches peores que yo, sino que absolutamente todos estén por debajo de mi nivel. En ese instante el auto se detiene frente a una pequeña casa.

Perro

Cuando bajo del avión descubro que no estoy en ninguno de los dos espacios que yo pensaba me pertenecían. No me encuentro ni en el aeropuerto de un lejano país, ni delante de la persona frente a la cual experimenté la sensación de no querer separarme jamás. Estoy seguro de que nunca sabré dónde estoy realmente. Es como el extraño proceso de bajar y subir incesantemente por una escalera desconocida. Nadie a mi alrededor. Quizá sólo un perro al cual Mohammed –la paz sea con él- determinó no como un can sino como un Saluki, un perro que no es perro.

Tekke

Frente a la casa a la cual llegamos hay algunos coches en desuso. También restos de tubos y materiales de construcción. Ante mi sorpresa, pues pensaba que íbamos a la sucursal del hospital que nos indicó el médico, la sheika dice que estamos en la casa del plomero que hará arreglos en las cañerías de la tekke en la cual solemos reunirnos tres veces a la semana. Añade que ha concertado la cita esa misma mañana pues nuestra mezquita no puede continuar con desperfectos de tal magnitud. Baja después del auto, se agacha y afirma que no puede vomitar, símbolo de que ya se encuentra curada del todo. Con paso decidido se dirige hacia la casa. Puedo notar que las borlas de sus zapatos arrastran por el terreno fangoso. Veo cuando el plomero le abre la puerta. Quedo confuso. Recién entonces las palabras del médico dándole un plazo a mi vida adquieren otra dimensión. Mientras tanto, en el asiento de atrás la sirvienta continúa sin decir palabra.

© Mario Bellatin

 

México, 1960 | Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima y de guión en la Escuela Internacional de Cine Latinoamericano de San Antonio de los Baños. Publicó sus primeras novelas en el Perú para trasladarse luego a la ciudad de México. En 2000 fue finalista del Premio Medicis a la mejor novela extranjera publicada en Francia y también ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia. Es autor de una docena de novelas entre las que sobresalen Salón de belleza, El jardín de la señora Murakami, Canon perpetuo, Shiki Nagaoka: una nariz de ficción y Flores. Su obra ha sido traducida al alemán, inglés y francés. Actualmente dirige la Escuela Dinámica de Escritores en el Distrito Federal. Página web en Los Noveles: Mario Bellatin