ÁYAX
Monsieur
Reverdy es un hijo de puta, dictaminó una vez Letea y
nadie vio el fuego que ardía en sus ojos amarillos. ¿Quién
se acuerda de la rabia de Áyax? Me escabullí en
sus narices y ni cuenta se dio, se jactaba, orgullosa, y nadie
vio el fuego de sus ojos. ¿Quién se acuerda de
esa neblina, del vapor de pescados y mariscos podridos que llegaba
del mar y flotaba durante días sobre el colegio? Había
una red, yo estoy seguro, un tejido vibrante o una ciudad de
miradas curiosas y el monumento central de esa urbe atentísima
era la estatua de Letea silente en su pupitre: ídolo
tutelar de la promoción ese último año,
ya se acaba la vaina, finalmente, yo estudiaré ingeniería,
yo nada. La recuerdo, lectora tenaz de los clásicos griegos
y la única estudiante capaz de desafiar a madame Vitrac,
¿No escucharon a esa estúpida dizque licenciada
en literatura?, “como sabemos, Sófocles, nacido
en Egina ...”, ¡inmenso desliz, bruta!, ¿Por
qué desliz?, Porque Sófocles nació en Atenas,
fue Platón el de Egina, ignorantes, ¿no han leído
a Sófocles?
Así
nos bañabas de petulancia casi todos los días,
aunque a mí nunca me interesó tu erudición,
Letea, solo quería saber por qué, por qué
razón llevaste a Mario y no a mí, por qué
me dejaste atenazado en la pesadilla de verlos juntos, no de
la mano, pero cerca, demasiado cerca, alientos fundidos, casi
corriendo y empujando a los niños en el patio, de espaldas
la imagen, daban ganas de pegarte, te advierto, Mario, tu mamá
ya viene a recogerte, no estarás en la puerta, madame
Aragon ya te está llamando y adónde vas con Letea
después de la clase de química, seguro a preparar
el proyecto de ciencias, seguro a preparar el proyecto de ciencias,
adónde quiere llevarte, los escuché, los escuchamos,
oigan todos, miren a esos dos, qué parlanchines, ¿serán
enamorados?, por supuesto que no, puras mentiras, ella es demasiado
esnob para él, pero ¿no los ves yéndose
juntos, no recogen sus cuadernos y cargan sus mochilas y desaparecen
tras los arbustos de neoporo?, tras los arbustos de neoporo,
tras los arbustos de neoporo, yo los seguí con el pecho
muerto tras los arbustos de neoporo y los vi secretear ante
la puerta cerrada del pabellón gris del laboratorio de
ciencias, después Mario me contó la historia,
puta madre, está loca, ¿será cierto que
la vieron en la Arequipa ofreciéndose con un sostén
plateado?, ella sacó un extraño fierrito retorcido
que parecía un aguijón de alacrán y ¿no
me crees?, si yo digo la verdad, hermano, dejaron la puerta
abierta y yo los seguí de cerca y vi los tubos de ensayo
sobre las mesas y los mecheros brillantes y espigados y los
afiches de las paredes con los elementos y la puertita batiente
y por allí entramos, yo dije tengo miedo y ella cobarde
de mierda, mirada de reto, prometiste ayudarme y yo está
bien, te sigo, las escalerillas de roca estaban húmedas,
casi me resbalo en un líquido rojo, estragos de experimentos
fallidos, ¿mercurio, algún ácido?, no sabría
decirlo, estaba oscuro como una catacumba, me quedé escuchando,
parlamentaban, gotas de voces punzaban la quietud como un concilio
de ratones, hasta que, de repente, estalló el grito,
el prolongado alarido de orangután colérico rasgando
la noche y retumbando en mil ecos violentísimos mientras
yo huía manoteando y me convencía a la fuerza
de lo imposible y por lo que más quieras créeme,
hermano, no gritó ella, no fui yo, si lo vi con mis propios
ojos, Mario me agarró de los hombros y juró por
su vida que allí abajo, en el depósito subterráneo
del laboratorio de ciencias, hay un hombre encerrado que no
se viste como nosotros y grita muy fuerte cuando lo miran.
Quédate
quieto o te saco la mierda. Las manitos tiemblan inútilmente
cubriendo la cara congestionada, cruzada de rasguños
y moretones violáceos. Te lo advertí, amenaza
Vicente y dispara un puntapié fortísimo en el
estómago del niño, que ya no tiene aliento para
llorar. Escupe un chorrito de sangre en su camisa blanca y se
retuerce adolorido en la grama. Vicente lo observa sin piedad:
Perro, tú y los demás me la pagarán, también
tú. Levanta al niño apretándole el cuello,
lo avienta contra la pared y le incrusta un puñetazo
en el ojo antes de que caiga. El niño gime sin sonido.
Tomando aire, articula una súplica: Por favor, ¿qué
quieres?, ¿mi plata?. No quiero nada de ti. Rebusca en
su bolsillo, extrae unas monedas y las arroja al techo. Descarga
un último manotazo sobre la pequeña cabeza pelada
y parte la carrera, si me encuentran aquí me expulsan.
Más
tarde, durante la clase de trigonometría, su indignación
no amengua. Se pregunta, iracundo, por qué el llanto
fingido de los niños que llegan al colegio en la mañana
engatusa con tanta facilidad a los padres de familia. Los ve
todos los días y es igual: pucheros, ojitos brillosos,
caritas de susto y bracitos aferrados desesperadamente al cuerpo
de la madre, siempre el chantaje, el patético espectáculo
repetido diariamente ante el portón. Claro, seguro que
los mayores se tragaron el cuento del pequeño huérfano,
del niñito indefenso que extraña el calor de mamá
cuando se queda solo en la inmensidad del colegio, con sus niños
grandes tan propensos a robar loncheras y sus profesores violentos
tan apegados al castigo como norma. Qué gracioso, en
sus épocas él también empleaba esa estrategia.
Mediante rabietas perfectamente calculadas conseguía
que su madre se sintiera lo suficientemente culpable como para
ofrecerle consuelos nada desdeñables a cambio de moderar
su conducta: si vas al colegio, te compro un muñeco a
la salida, pero no llores, te lo ruego. Vicente conocía
esa debilidad suya y la aprovechaba para incrementar su colección
de juguetes. Si la niñez no había cambiado en
los últimos tiempos, creía tener argumentos suficientes
para fundamentar la existencia de una conspiración infantil
facilitada por la estupidez paterna.
Los
niños son asesinos en potencia, como tú. Su poder
era demasiado grande, demasiado profundo, y nadie lo percibía.
Detenerlos como sea, aunque haya sangre. Si solo abriesen los
ojos... se había topado con una resistencia insalvable
cuando intentó reclutar adeptos para su causa. Todos
sus compañeros se burlaron de la idea, imbécil,
qué te pasa, qué tienes con los chibolos, déjalos
en paz. ¿Dejarlos en paz? Apatía, indiferencia,
o peor aún, compasión, era todo lo que los niños
necesitaban para adueñarse del colegio. Los veía
secreteando en las esquinas, con sus ojitos relucientes de malicia
y sus boquitas torcidas en un gesto espantoso. Conocía
muy bien sus corazones, eran crueles, traicioneros y más
oscuros que los trozos de mierda que una vez le había
embutido en la boca a una niña en un estallido de furia.
Lo asaltaban estos arranques siempre que, atizado por la frustración,
imaginaba las posibles consecuencias del dominio de los niños
y sentía la necesidad de detener la perversa maquinaria
lo antes posible, un solo hombre enfrentado a la terrible realidad
de un mundo controlado por bestezuelas. Sin embargo, sus precarios
ataques individuales, ojos morados en el recreo, narices sangrantes
a la salida, algún hueso roto si tenía suerte,
no hacían mella en el núcleo de una organización
que se nutría de la ignorancia para sembrar sus parásitos
en el vientre de las víctimas.
Volverá.
Cuando timbra la campana del recreo, un ramalazo de terror enfría
su espina. Tengo que encontrarlo antes. Conociendo su naturaleza
vengativa, sabe que es necesario eliminar definitivamente al
renacuajo para evitar las represalias. Ahora todos vendrían
contra él; ya había sucedido; terminó con
la camisa rasgada; si un puñado de niños se unía
en su contra, no podría defenderse. Retorciéndose
las manos, recuerda brumosamente la cara, huesuda, pecosa, quizás
bonita, ¿así será la tuya?; tendrá
que buscarlo en el patio de primaria. Lo llevará tras
los árboles y se ensañará. No hay duda
en el día soleado, ya se acerca el verano, pronto saldremos
de la cárcel y él se aposta a la sombra de una
pared para observar el panorama: niñas juegan a la rayuela,
niños bailan sus trompos, otros vuelan cometas entre
el griterío y allí está el maldito: sentadito
bajo la arcada, ojos resentidos y aire compungido, aún
le duele la paliza. Aprieta los dientes y, decidido, cruza el
patio interrumpiendo las rayuelas y repartiendo cachetadas hasta
pararse delante del niño, que va elevando la vista desde
sus pies hasta su cara sin reconocerlo de inmediato.
— Vengo por ti. ¡De una vez!
El niño asiente sin resistencia y se levanta en silencio.
Obediente, se deja atrapar del brazo y avanza lloriqueando hacia
el jardín de grama alta y tupidos arbolillos de cucarda.
El follaje los oculta de los profesores; Vicente lo empuja suavemente
y el niño cae a tierra. El niño se abraza a sus
zapatos y los moja con lágrimas y mocos, Perdón,
señor, no sé qué hice mal, le ruega por
favor que lo deje ir, porque ya ahorita llegan los otros y usted
piensa en su salud, ¿no es así?
Se
escucha una risita extraña. Hay un peso negro, una malla
de miradas acechantes colgando de las hojas. Vicente siente
una punzada en la espalda y de pronto empieza la lluvia de piedras.
Se acuesta en la grama con las manos sobre la cabeza, cierra
los ojos deseando estar en una pesadilla y casi no siente la
primera patada en los testículos, Ya está resignado,
salgan todos, al ataque. Entre lágrimas temblorosas vislumbra
al niño delator, está muy cerca, dice algo así
como te jodiste, estás muerto, y Vicente no le calcula
más de diez años.
Desnudo,
cuenta sus heridas ante el espejo. Tiene un corte largo en la
frente, un moretón en el pómulo y varios arañazos
en el pecho, como relámpagos. Por un momento cree que
es la imagen y no su cuerpo lo que sufre. Está bien,
admite, se lo tiene merecido por incauto. De ahora en adelante
ya no podrá andar tan descuidado, necesita un aliado
que guarde sus espaldas. ¿Quién podría
ser? Quizás esa chica rara que no conversa con nadie
y siempre parece molesta por algo. ¿Podrá utilizar
esa rabia a su favor? Mira el absceso purulento, su barriga
redonda y más prominente que nunca, y se repite una vez
más que a pesar de la guerra, el verdadero enemigo habita
adentro. Esperar los nueve meses enteros, ver por fin el rostro
de su hijo y retorcer su cuellito con dos dedos, disfrutándolo
intensamente ...
Tirando
los libros que dormían entre sus mantas, Letea despegó
un ojo y pensó tiritando: hoy tengo cita con mi superyó.
La cara negra del hombre simiesco iba dibujándose poco
a poco en su mente como las manos asesinas de un hado maligno,
mientras cantaba bajo el agua y decidía no ponerse la
bata para bajar así, desnuda y fresca a la mesa del desayuno,
con ganas de escandalizar a todos y mira qué casualidad,
buenas días abuelita, buenas días Mariana, su
familia vestía de blanco ese día: como una cita
textual. Borregos, pensó, todos borregos o payasos, inmundos
animales cómicos disfrazados con chompas lanudas, casacas
abrigadoras, chalinas y mitones de seres humanos, yo quisiera
ser borrego en tus manos, Áyax, pero no esa aberración
de oveja con forma de madre comedida que le sirvió la
leche caliente y le recordó, como si pudiera olvidarlo,
que su padre había llamado anoche y la esperaba temprano
en el café de siempre en Miraflores.
— Te escribí el número de cuenta —
dijo entregándole un papelito —. Que se acuerde
de la matrícula de Marianita, ayer me llamó la
directora del colegio.
La
vincha de felpa rosada le quedaba bien, por supuesto, y había
pruebas innegables de fuentes diversas: aquel hombre infecto
que la violó con los ojos en el microbús pareció
notar la bella curvatura de su frente y cómo el cabello
recogido hacia atrás despejaba su fino rostro moreno
y agrandaba sus intensos ojos amarillos. Muchas veces le habían
elogiado la fiereza de su mirada y ahora, aspirando jirones
de neblina por la ventana abierta, ironizó sobre el desperdicio
de aquellos ojos tan populares, pues no solía mirar con
ellos a ningún ser viviente: las páginas no tienen
ojos, pensó, ¿o será que mientras yo leía
mis tragedias los héroes de Troya me espiaban admirados
y luego alguno, el único que importa, se enamoró
de mí creyéndome Tecmesa? Quiso jugarle una broma
a la realidad y, cuando el cobrador le pidió el dinero
del pasaje, ella se inclinó para susurrarle: ¿tú
también me quieres?, justo antes de saltar del microbús
soltando una estela de carcajadas amarillas y correr como una
cérvida azul entre las bocinas chirriantes de los automóviles.
Se colgó de un poste telefónico y bailó
en derredor imaginando que era un falo empapelado con avisos
publicitarios, luego sacó el plumón negro de su
bolsillo: “Áyax está vivo”, escribió
sobre el aviso, y sonrió contemplando su niñería.
Áyax está vivo: ¿quién entendería
el criptograma? Nadie, mejor así, cuando él venga
será el único en descifrarlo. Su nueva teoría
del universo le parecía bastante original, aun en sus
vacíos. Por ejemplo, las condiciones de la transmigración
ficcional no estaban definidas: ¿cómo podría
reconocerlo cuando lo viera cuajar en un grumo de aire? La sangre
rojísima en las manos, manchando el vientre, coloreando
el pelo, parecía un buen indicio, aunque nada certero.
Desconfiar de su imaginación era un acto cotidiano: Ingenua
cartesiana, echó a reír, ¿cómo dominar
a tu genio? Había hecho y desecho mil sueños en
una noche, pero esta vez se sentía afortunada. Estudió
una vez más la frase: Áyax está vivo, y
derivó: Porque está muerto. Si los suicidas de
los libros pululan por doquier, ¿cómo defenderse
de un Harry Haller y su posible tentación de convertirla
en Armanda? Ella no quería ser musa, era un rol muy exigente,
y, además, carecía de magia. Por eso todavía
estaba aquí, ¿verdad?, porque la magia es una
potencia de la voluntad y hasta ahora no reunía el coraje
para matarse: naturalmente, Áyax era un héroe
reconocido y no una niña cobarde como ella, de ahí
su deseo de conocerlo muy pronto. Áyax, como tantos otros
personajes que no le interesaban, había arrojado sus
armas guerreras para cruzar el umbral que comunica el mundo
de los cuentos con el mundo de la sombra: la única llave
es la muerte premeditada, la conciencia del otro lado. Así
había escrito en su cuaderno de lógica: “La
literatura es una vida que aún no prueba la muerte, y
la vida es un borrador que solo vivirá con su aniquilación:
ambas se tocan, como los cuerpos trenzados por el amor”.
Debía confiar a ciegas en esa máxima, más
que en su propia existencia y en los míseros quinientos
soles que estaba obligada a sacarle a su padre esa mañana
si quería pagar la cuota de su examen de admisión
y cancelar la luz ese mes, resulta imposible leer con velas
y además es muy romántico.
Tras
el vidrio pintado con plantas artificiales, el hombre aplastó
su cigarrillo y arqueó las comisuras con impaciencia.
Miró su reloj: nueve y media, Ya sé que quedamos
a las nueve en punto, ¿qué te cuesta esperar si
igual no me ves en todo el año y ni siquiera recuerdas
mi rostro desde que huiste? Yo tenía tres años,
ahora tengo dieciséis y mis senos te impresionarían.
Parada en la vereda frente al café, maquinaba un plan
inconcebible: seducir a su padre y chantajearlo con su cuerpo,
¿lo había intentado alguna vez? Por eso se había
maquillado como sus amiguitas alegres, la sombra violeta de
los ojos fortalecía aun más su mirada y el rosa
de sus labios carnosos invitaba al mordisco, no lo niegues,
papito. Sujetaba el plumón en la mano, lo miraba satisfecha.
Se agachó un momento y buscó un lugar en la acera:
“¿Cuándo, Áyax, cuándo?”
Era el título de una historia que había escrito
en el cuaderno: ella iba de madrugada al aeropuerto y lo veía
bajar del avión vestido como todo un hombre de mundo,
elegante y perfumado, convenientemente enfundado en un sobrio
abrigo de piel de camello. ¿Así sería?
Ésa, o alguna de las múltiples posibilidades que
había imaginado y escrito se cumpliría tarde o
temprano: estaba segura. Nerviosa, se aclaró la garganta
y ensayó con voz insinuante: ¿cómo estás,
padre? Cruzó la pista. Casi la atropellan. El hombre
levantó la mirada y esbozó una sonrisa débil.
— ¿Quieres un café?
— No, gracias. Desayuné temprano.
Hablaron unos veinte minutos. Cuando subió al microbús,
Letea tenía un cheque por quinientos soles en la cartera
y se arrepentía de haber hecho la promesa de matricularse
en Contabilidad:
— Que se vaya a la mierda, estudiaré Literatura.
Y si no viene a mi graduación, él se la pierde.
Madame
Vitrac lo miró enfadada y se cruzó de brazos.
Él cerró los puños, dejó caer la
revista de mujeres desnudas con un orgullo que lo enaltecía
y embistiendo la puerta saltó al jardín abierto,
piscina verdosa de reflejos centelleantes latigueados por el
sol a la hora del recreo. Los alumnos pululaban entre humores
pantanosos, esquivó el culo de una chica que reía
con escándalo y se rozó la frente con las hojas
de higuera que colgaban sobre el umbral del laboratorio de ciencias.
Jadeaba con las piernas separadas, la vista nublada por el sudor
fluctuando sobre el fondo negro de la pizarra donde algún
chistoso había dibujado un corazón deforme, alargado,
demasiado estrecho, en cuyo interior los nombres Vicente y Letea
estallaban, se perdían, cortados por fronteras, contornos,
el deseo, la realidad perversa. Escupió la pizarra y
borró el corazón con la mano, dejando un círculo
más oscuro que la superficie entizada. Se introdujo los
dedos en la nariz y aspiró profundamente el hedor metálico
de la esperma, o del semen, no sabía la diferencia. Hormigueaba
en sus ojos la danza eléctrica de colores vivientes,
iridiscentes, de las carátulas inasibles colgando en
el quiosco como trozos de carne cruda y apestosa, senos descomunales
con pezones ásperos brotados de granos negros, agujeros
vaginales profundos y cavernosos, de rojizos bordes inflamados
y rugosamente dentados como grutas geológicas en las
que podían extraviarse esos bestiales taladros negros
tatuados de anillos concéntricos como troncos de árbol
viejo, una vez había leído en alguna de esas revistas
que en el fondo todos los hombres son homosexuales, porque el
gozo provocado por la evacuación de chorizos de mierda
por el esfínter es muy similar a la dulce penetración
anal, noticia que había desestimado por considerarla
absurda aunque perturbadora y, no se atrevía a confesárselo,
la sospecha disparaba lagartijas por su espinazo, peligrosamente
verosímil. Espiaba la revista que quería comprar
desde lejos, a escondidas, y después de esperar medio
oculto tras una esquina durante una hora, hasta que los colegiales
que preguntaban por álbumes de figuritas se marcharon,
se aproximó temblando, con la cara bañada en sudor
frígido, presintiendo una muerte atroz en cualquier instante,
y depositó el aguanoso billete de veinte soles, todos
sus fondos, sobre la mano del anciano periodiquero, quien le
extendió la revista. Se la arranchó violentamente
y la metió en su mochila tirándose a la avenida,
se lanzó a correr por los vericuetos de la compacta riada
de autos sintiendo el fuego de los motores rugientes en las
gotas de sudor que estallaban en su frente y resbalaban por
el tabique nasal hasta mojar los labios y ser recogidos por
la lengua: eran saladas, eran saladas, Reverdy, verdes gafas
botellescas y mirada ingeniosa le guiñó el ojo
a la entrada del colegio y él pensó cabro, qué
me miras, lo reconfortó la gelidez del corredor orillado
de puertas abiertas por las que salían volando avioncitos
de papel, groserías berreadas y puños cerrados
y piernas pateando enzarzados en riñas monótonas
que no se detuvo a investigar. Por suerte no había cola
ante la puerta blanca, cerró tras de sí y se sentó
en el piso sembrado de charcos jabonosos, bolas de papel higiénico
azul y pelos ensortijados. Se sentó en el inodoro, abrió
el cierre de la mochila y extrajo la revista empaquetada, podía
intuir las formas carnosas de la portada, rasgó ferozmente
el plástico con los dientes, sintió la aspereza
del papel en el temblor de sus dedos y pasó rápidamente
las páginas rebosantes de muslos y celulitis hasta el
póster central. Sí, el parecido era fenomenal,
no se había engañado con los visos del rostro
en la carátula, la mujer que no carecía de distinción
le pareció lozana, doñeguil, placentera y hermosa;
cortés y mesurada, halagüeña, donosa y graciosa:
amor en toda cosa. Estaba sentada en un taburete rojo con las
largas piernas abiertas, la mano morena culebreando bajo el
rosado chillón de las bragas, los pezones naranjas bien
erectos y apuntando hacia fuera las tetas esbeltas, una cruz
dorada sobre los huesos marcados del esternón, la cabeza
de corto cabello negro inclinada hacia delante, el bello rostro
de pómulos salientes, el incendio verde de los ojos un
poco alzados y fijos en el hombre que estaba junto a ella, la
boca exageradamente abierta, los estriados labios violetas abrazando
la cintura venosa del pene anchísimo, su cabeza redonda
tensando la piel del cachete izquierdo y las uñas pintadas
de blanco de la modelo sujetándolo por el tronco grueso.
Bajó el cierre de su jean, sumió los rollos de
la barriga, hundió los dedos en la mata fragante y jaló
su miembro, que parecía una pasa encogida; las rodillas
le entrechocaban; empezó a masajearse; el roce de las
pieles causaba ardor; sintió que sus testículos
se endurecían y replegaban; sintió la sangre llegar
a borbotones, latiendo, inflamando, hinchando el tejido blando
y alargándolo hasta alcanzar una estatura respetable;
risas en el pasillo le clavaron agujas frías en el pecho
y se afanó en masajear; escupió tres míseros
gargajos moquientos, sin placer, una contracción escueta,
un espasmo esmirriado; respiró hondo, metió la
revista en la mochila, se lavó como pudo y salió
al pasillo: los ojos biliosos de Madame Vitrac auscultaban con
regusto sus manos aceitosas, goteantes, delatoras.
Un
nombre alemán extraño a mis oídos, pero
aun así, dueño de una dulzura poco común:
Werther. Werther, tu vida fue un chiste, palaciega, aristocrática,
demoníaca y enamorada, hay una fiesta, ridículas
galas, bailan una pieza y luego la tormenta: caíste fulminado,
¿verdad?, así fue: singular explosión de
flores en tu pecho, la mujer es hermosa, la mujer es hermosa,
resuena esta frase hasta el cansancio en tus sueños y
al final te aniquila, no puedes evitarlo. De un escopetazo.
Porque no te quieren. Muerte triste, sin duda, pero Goethe la
lloró demasiado, demasiada compasión en esa forma
de narrar una mentira bruñida, perfecta. Hasta tú
te engañaste, ¿no, Goethe?, hasta tú. Creías
controlarlo todo, ese fue tu error, y tú, Werther, qué
silencio magistral, qué manera de callar bajo la pluma
en ese lodo gris de la página que tanto odiaste y te
obligó a venir. ¿En qué momento decidiste
seguirle el juego a tu creador? ¿En qué momento
dejaste de sentir amor y todo fue darse cuenta, darse cuenta
y escapar del único modo posible? Imagino tu mente colmada
de proyectos, de preguntas, ¿cómo será
al otro lado, quiénes vivirán allá, quién
seré yo en ese lugar? ¿La curiosidad? ¿Fue
ese tu motivo además del hartazgo? ¿O podría
decirse que abrigabas esperanzas? ¿Algo nuevo, mejor,
distinto, la oportunidad de ser un dios? Pobre de ti. Pasaste
de la mano hostil que aborrecías a otro espacio sin misericordia,
porque yo te someto a la máxima degradación que
puedo concebir desde éste mi infierno: hago de ti una
turbia emanación de mis ideas. ¿Alguna vez me
imaginaste? ¿Me imaginaste delirando contigo y recorriendo
divertida mi lista de destinos en busca del más denigrante?
Llegué rápido, Werther, escogí un mundo
para recibirte y cuando llegaste fue demasiado tarde para retroceder:
ya estabas muerto y eras mío. La confeccioné especialmente
para ti, pensando en tus altas esperanzas: una vida de mi invención.
Ahora todos los hombres se enamoran perdidamente de ti. Tu nombre
es Carlota y eres una mujer bellísima que vive entre
reflejos dorados y miradas masculinas. Quieren tomarte, sufren
por ti, te cortejan largos años con promesas y regalos
y al final siempre los rechazas, porque tú no te enamoras.
Simplemente careces de esa capacidad. Un estado que antes te
sentaba tan bien, que llevaste a sus últimas consecuencias
con absoluta naturalidad, te es ahora tan extraño como
lo era para la displicente damisela que te desdeñó.
Ahora sabes qué se siente y no te gusta nada. ¿Verdad
que soy malvada? Pero no te quejes, sí tú lo pediste,
siendo tan patético y ridículo en tus creencias
y en tu amor pedías secretamente ese castigo, esa culpa
que has de cargar para siempre. Es imposible morir dos veces,
querido Áyax; el tuyo es un caso completamente diferente.
Eso lo sabía muy bien y por esa razón no cesaba
de buscarte. Debe de estar en alguna parte, pensaba, si no se
puede ir; ¿verdad que no podías irte, verdad que
viniste a quedarte en esta vida y pululabas por ahí,
en algún barrio sórdido, intoxicándote
con hierba y escuchando música mientras esperabas que
te encontrase? Te alegraste de verme. Aceptaste hospedarte debajo
del laboratorio. La vida que soñé para ti sería
muy distinta de la miseria que padece Werther. Tú estás
aquí para servirme en importantes misiones, ¿no
es un honor compartir el aire que respiro y saber que tu existencia
aliviará mi necesidad? Espera solo un poco más,
sé que odias tu horrible prisión pero pronto el
martirio acabará. El día está por llegar,
lo presiento, es cuestión de esperar un poco. Imagina
el rostro de Reverdy cuando vea mi proyecto de ciencias. Será
muy rápido, cumplirás sin demora la tarea y luego
podrás hacer lo que quieras, serás libre de mi
imaginación, veloz Ariel. Te entregaré en las
manos la potestad de crear, ¿no es un don maravilloso
el que quiero regalarte, futuro Próspero dueño
de su isla? Yo no estaré cerca cuando concretes tu transformación;
habrá partido lejos de aquí, hacia la mente de
otro dios que tal vez sea benigno conmigo y tal vez no. Sinceramente
no importa qué suceda, cualquier novela, cuento o poema
estará bien para mí. La meta es salir, morir es
nacer, no importa dónde: ¿en el barroco, en la
Roma clásica, en el Simbolismo francés? Me tiene
sin cuidado. Solo sé que aquí todo es muy malo,
seguramente lo has notado en tu celda, que no es más
pequeña ni más incómoda que la mía.
Solo quiero respirar. Alejarme de Castañeda y de su crudeza.
Cuando tú te liberes yo también podré hacerlo.
Solo quiero respirar. Respiraremos juntos, ¿te gusta
la idea? ¿No te parece algo así como una forma
más bella de matrimonio? A mí sí, qué
exacta metáfora, claro, respirar...
—
Yo vivo en Amberes — declaró Letea encogiéndose
de hombros, y todas las miradas cayeron sobre ella. Un rubor
pálido coloreó sus mejillas y sus ojos bajaron
hacia su blusa blanquísima abultada por el monte de sus
senos redondos.
— Señorita — amonestó Monsieur Reverdy
negando con la cabeza —. Señorita, usted dice unas
cosas...
— ¿Por qué no le cree? — me puse de
pie, enérgico. Escuché algunas risas —.
Si ella dice que vive en Amberes, debe ser cierto.
— Señor Arévalo, por favor. Por favor ...
— No me defiendas — cortó Letea —.
Yo dije la verdad, no necesito avales. Todas las tardes, después
del colegio, cojo mis cosas y me voy para Amberes. Fuera del
colegio hay un tranvía, y ese tranvía me espera,
y todos los días pago dos reales para llegar. Amberes
es muy linda.
— No puedo con usted — dijo Reverdy —. Vamos
a ver, si lo que dice es cierto, entonces ¿por qué
nunca vi ese tranvía?
— Muy simple. Sus ojos están mendigos de pasos,
como los de todo el mundo.
Repicó salvadora la campana del recreo y hubo una marea
de cuerpos frenéticos irguiéndose para salir.
Monsieur Reverdy, su cuello atosigado por una corbata gigante
color púrpura, seguía negando con la cabeza mientras
guardaba sus apuntes de física en el portafolio de plástico.
Nos miró un instante a Letea y a mí, los últimos
alumnos parados delante de nuestras carpetas, y chasqueó
la lengua como diciendo: qué desperdicio.
— ¿Ustedes viven juntos en Amberes? — preguntó
antes de irse —. Espero que presenten el proyecto de ciencias.
— Perro capitalista — masculló Letea.
Seguí
su falda de cuadritos hasta el patio. La neblina creaba remolinos
sobre el cemento vacío. Los hombres no estaban, preferían
jugar fútbol en las canchas y las mujeres iban a observarlos
y coquetearles de lejos. Son unas fáciles, decía
Letea. Ella siempre escogía una banquita de piedra adornada
con mayólicas azules que quedaba bajo un árbol
de ficus. Yo me sentaba en la banca del otro lado, posición
simétrica, y abría un cuaderno cualquiera para
hacer algo mientras la espiaba a través del aire húmedo.
Ella abría un libro y entonces yo sentía crecer
algo así como un fuego: sus ojos amarillos comían
las palabras durante veinte minutos hasta el fin del recreo,
con una constancia que me asustaba y atraía. Nunca habíamos
hablado hasta esa mañana, aunque mi tendencia a defenderla
en las clases y su habitual respuesta desalentadora eran ya,
en mi imaginación, una especie de introducción
al diálogo.
— ¿Qué haces? — me preguntó
viniendo a sentarse junto a mí. Yo me quedé lelo,
no supe qué decir.
— Estudio lógica — respondí —.
El examen está difícil.
— Tonterías. Son tiempos muy malos. ¿Sabías
que hay alguien que quiere destruirnos? Deberías estar
planeando tu proyecto, como yo.
Me quitó el cuaderno y leyó la etiqueta. Decía
religión.
— ¿Por qué tienes vergüenza? Oye, tú
deberías hacer el amor conmigo, aprenderías muchas
cosas.
Empecé a temblar y la miré con simpatía.
— Ya veo, estás embarazado. La barriguita te delata.
Algunas personas creen que es incómodo hacer el amor
cuando se está embarazado. Yo no, aunque nunca he estado
así. ¿Quieres conocer a alguien?
— ¿A quién? Pero ¿por qué
dices que estoy ...?
— Ven. Está aquí cerca, en la ciudad elástica.
Me
llevó de la mano a través del patio. Yo escondí
la cara entre las solapas de mi chompa, seguramente las profesoras
estaban almorzando en la oficina y yo no quería ser visto
con una chica, ¿qué si miraban por la ventana?,
mi reputación de alumno aplicado y señorito decente
primer puesto de su clase dejaría de existir, todos se
preocuparían, convocarían a una junta de emergencia
para discutir mi caso y quizás hasta mandaran llamar
a mis padres, su hijo ha cambiado mucho, les dirían,
los vimos andando con esa lunática, qué pasará
con sus estudios, su carrera de economía ...
— ¡No rompas los arbustos! Pobrecitos, ¿ellos
qué te han hecho? Vicente, mírate: cómo
sudas. Estás muy nervioso.
— No estoy nervioso. Lo que pasa es que hay reglas. Está
prohibido entrar al laboratorio sin autorización de Monsieur
Reverdy.
— Yo entro todos los días y no tengo autorización
de nadie. ¿No me viste la otra vez con Mario? Ese imbécil
se fue corriendo...
— Yo no vi nada.
— Mejor, te ahorras problemas. De lo contrario, pobre
de ti. Sí, yo la fabriqué. Es una ganzúa,
¿te sorprende? Puede resultar muy útil esta pequeña
herramienta.
Bajamos con cuidado las escalerillas mojadas. Sentí que
ingresábamos a una catacumba.
— ¿Has leído El pozo y el péndulo?
Me asombras, no me equivoqué contigo. Si yo no hubiera
leído ese cuento, este lugar sería distinto.
Llegamos a la puerta de una celda. Las rejas eran de metal.
Olía a musgo. Me asomé para mirar.
— ¡Cuidado! Está dormido. Se molesta cuando
lo despiertan. Hay que ser muy delicados.
Letea recogió una piedrita redonda y golpeó dos
veces contra una reja. El sonido fue agudo. Muy cerca de nosotros,
algo gruñó en la oscuridad.
— ¿Qué estás haciendo?
— Cierra los ojos. Suavecito ... es mi mano. ¿No
te gusta que lo acaricie?
— Sí me gusta. Pero aquí ...
— Yo lo hice en lugares más raros. Vamos, no tengas
miedo ...
Miré a mi alrededor. El hombre de la túnica ensangrentada
protegía un pájaro en la mano, de pronto lo soltó.
El animal no tenía ojos, voló torpemente hasta
estrellarse contra la pared y cayó al suelo, se volvió
a elevar. Todo era verde, explosión de savia en el bosque.
Letea dijo algo extraño, algo así como vivencia
punzante privada de camisas en la noche de libélulas
de un muchacho cualquiera. Me pareció difícil,
pero luego entendí: ha dicho que a su paso por la ciudad
de mecánicas indignas imaginaba la génesis de
una redención encantadora y no estaba allí incansablemente.
Miré a Áyax. Seguía persiguiendo al pájaro
y, al parecer, quería destrozarlo todo, a juzgar por
las babas de fuego que le colgaban de la boca embrutecida. La
tortuga volaba en alguna parte, quizás mis intestinos,
y el humo de un grito era parte significativa del trato así
como haber volado sobre una negra hinchada de quistes con los
pétalos purpurantes de neblina y el fuego divergente
que bebió como un té inglés entre animales
enloquecidos mientras le crecía este deseo y era ya famélico
en su ser de búsqueda. Está bien, muy bien, decía
ella, y yo seguí: dimensión, dimensión
renovada en los cartílagos apolillados, estructura para
incendios, sueño antagónico de duplicar el alba
de espejos negros sin imágenes memorables hechas a semejanza
de sus piernas velludas carentes de abrazo por el bien de los
pianos de cola. Solamente, seguí, cada vez más
feliz, solamente porque quiso luminosas disyuntivas para llegar
al palacio de vaginas flotantes cuando todo destruido y aplanado,
cuando muerta la inteligencia geográfica y nadificado
el silencio del tiempo antes pronto a cuajar en lógicas
páginas y flores sintácticas plagadas de hermosos
zorros disecados y organismos incomparables y dichosamente esperados,
tan distintos los dominios tumescentes que se yerguen sobre
un campo abierto como torres de planetas y entre tanto: revienta
la flor de carne oscura y fluyen los sismos y una flora ambivalente
de invernadero y ahora hay en la caverna intangibles bastones
de fuego especialmente diseñados para muchachos enfermos
y muchachas idiotas y en relieve clarísimo el perfil
dañino de la selva regada de caretas transformadas en
senos cuya blanca leche intocable refresca muy bien la sombra
del concepto y el deber refulgente de cuantificar mejor la monotonía
difamada por esta voluntad y estos números que suman
sin cesar una damisela prostituta que nunca existió fuera
de su semilla pensante y floreciendo orgullosamente en el paroxismo
de los ríos que produjo una avenida de carestías
doradas.
Cuando pude pensar había luz. Estábamos en un
parque. Letea a mi lado, los dos tendidos sobre el pasto.
— Bebe esto — me extendió una botella con
agua —. Lo haces bien, para haber sido un sueño.
Desperté
a las siete de la mañana, listo para ir al colegio.
©
Luis Hernán Castañeda

Perú,
1982 |
@
Estudia Literatura en la Pontificia Universidad Católica
del Perú. Ha publicado la novela Casa
de Islandia (Lima: Estruendomudo, 2004),,
textos de creación y de crítica en las
revistas Hueso Húmero, Hoguera de
Silencios y Elisión. En 2003 participó
en la Colección Underwood dirigida por
el narrador Ricardo Sumalavia. Actualmente prepara su
segunda novela.
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