ÁYAX

 

Monsieur Reverdy es un hijo de puta, dictaminó una vez Letea y nadie vio el fuego que ardía en sus ojos amarillos. ¿Quién se acuerda de la rabia de Áyax? Me escabullí en sus narices y ni cuenta se dio, se jactaba, orgullosa, y nadie vio el fuego de sus ojos. ¿Quién se acuerda de esa neblina, del vapor de pescados y mariscos podridos que llegaba del mar y flotaba durante días sobre el colegio? Había una red, yo estoy seguro, un tejido vibrante o una ciudad de miradas curiosas y el monumento central de esa urbe atentísima era la estatua de Letea silente en su pupitre: ídolo tutelar de la promoción ese último año, ya se acaba la vaina, finalmente, yo estudiaré ingeniería, yo nada. La recuerdo, lectora tenaz de los clásicos griegos y la única estudiante capaz de desafiar a madame Vitrac, ¿No escucharon a esa estúpida dizque licenciada en literatura?, “como sabemos, Sófocles, nacido en Egina ...”, ¡inmenso desliz, bruta!, ¿Por qué desliz?, Porque Sófocles nació en Atenas, fue Platón el de Egina, ignorantes, ¿no han leído a Sófocles?

Así nos bañabas de petulancia casi todos los días, aunque a mí nunca me interesó tu erudición, Letea, solo quería saber por qué, por qué razón llevaste a Mario y no a mí, por qué me dejaste atenazado en la pesadilla de verlos juntos, no de la mano, pero cerca, demasiado cerca, alientos fundidos, casi corriendo y empujando a los niños en el patio, de espaldas la imagen, daban ganas de pegarte, te advierto, Mario, tu mamá ya viene a recogerte, no estarás en la puerta, madame Aragon ya te está llamando y adónde vas con Letea después de la clase de química, seguro a preparar el proyecto de ciencias, seguro a preparar el proyecto de ciencias, adónde quiere llevarte, los escuché, los escuchamos, oigan todos, miren a esos dos, qué parlanchines, ¿serán enamorados?, por supuesto que no, puras mentiras, ella es demasiado esnob para él, pero ¿no los ves yéndose juntos, no recogen sus cuadernos y cargan sus mochilas y desaparecen tras los arbustos de neoporo?, tras los arbustos de neoporo, tras los arbustos de neoporo, yo los seguí con el pecho muerto tras los arbustos de neoporo y los vi secretear ante la puerta cerrada del pabellón gris del laboratorio de ciencias, después Mario me contó la historia, puta madre, está loca, ¿será cierto que la vieron en la Arequipa ofreciéndose con un sostén plateado?, ella sacó un extraño fierrito retorcido que parecía un aguijón de alacrán y ¿no me crees?, si yo digo la verdad, hermano, dejaron la puerta abierta y yo los seguí de cerca y vi los tubos de ensayo sobre las mesas y los mecheros brillantes y espigados y los afiches de las paredes con los elementos y la puertita batiente y por allí entramos, yo dije tengo miedo y ella cobarde de mierda, mirada de reto, prometiste ayudarme y yo está bien, te sigo, las escalerillas de roca estaban húmedas, casi me resbalo en un líquido rojo, estragos de experimentos fallidos, ¿mercurio, algún ácido?, no sabría decirlo, estaba oscuro como una catacumba, me quedé escuchando, parlamentaban, gotas de voces punzaban la quietud como un concilio de ratones, hasta que, de repente, estalló el grito, el prolongado alarido de orangután colérico rasgando la noche y retumbando en mil ecos violentísimos mientras yo huía manoteando y me convencía a la fuerza de lo imposible y por lo que más quieras créeme, hermano, no gritó ella, no fui yo, si lo vi con mis propios ojos, Mario me agarró de los hombros y juró por su vida que allí abajo, en el depósito subterráneo del laboratorio de ciencias, hay un hombre encerrado que no se viste como nosotros y grita muy fuerte cuando lo miran.

Quédate quieto o te saco la mierda. Las manitos tiemblan inútilmente cubriendo la cara congestionada, cruzada de rasguños y moretones violáceos. Te lo advertí, amenaza Vicente y dispara un puntapié fortísimo en el estómago del niño, que ya no tiene aliento para llorar. Escupe un chorrito de sangre en su camisa blanca y se retuerce adolorido en la grama. Vicente lo observa sin piedad: Perro, tú y los demás me la pagarán, también tú. Levanta al niño apretándole el cuello, lo avienta contra la pared y le incrusta un puñetazo en el ojo antes de que caiga. El niño gime sin sonido. Tomando aire, articula una súplica: Por favor, ¿qué quieres?, ¿mi plata?. No quiero nada de ti. Rebusca en su bolsillo, extrae unas monedas y las arroja al techo. Descarga un último manotazo sobre la pequeña cabeza pelada y parte la carrera, si me encuentran aquí me expulsan.

Más tarde, durante la clase de trigonometría, su indignación no amengua. Se pregunta, iracundo, por qué el llanto fingido de los niños que llegan al colegio en la mañana engatusa con tanta facilidad a los padres de familia. Los ve todos los días y es igual: pucheros, ojitos brillosos, caritas de susto y bracitos aferrados desesperadamente al cuerpo de la madre, siempre el chantaje, el patético espectáculo repetido diariamente ante el portón. Claro, seguro que los mayores se tragaron el cuento del pequeño huérfano, del niñito indefenso que extraña el calor de mamá cuando se queda solo en la inmensidad del colegio, con sus niños grandes tan propensos a robar loncheras y sus profesores violentos tan apegados al castigo como norma. Qué gracioso, en sus épocas él también empleaba esa estrategia. Mediante rabietas perfectamente calculadas conseguía que su madre se sintiera lo suficientemente culpable como para ofrecerle consuelos nada desdeñables a cambio de moderar su conducta: si vas al colegio, te compro un muñeco a la salida, pero no llores, te lo ruego. Vicente conocía esa debilidad suya y la aprovechaba para incrementar su colección de juguetes. Si la niñez no había cambiado en los últimos tiempos, creía tener argumentos suficientes para fundamentar la existencia de una conspiración infantil facilitada por la estupidez paterna.

Los niños son asesinos en potencia, como tú. Su poder era demasiado grande, demasiado profundo, y nadie lo percibía. Detenerlos como sea, aunque haya sangre. Si solo abriesen los ojos... se había topado con una resistencia insalvable cuando intentó reclutar adeptos para su causa. Todos sus compañeros se burlaron de la idea, imbécil, qué te pasa, qué tienes con los chibolos, déjalos en paz. ¿Dejarlos en paz? Apatía, indiferencia, o peor aún, compasión, era todo lo que los niños necesitaban para adueñarse del colegio. Los veía secreteando en las esquinas, con sus ojitos relucientes de malicia y sus boquitas torcidas en un gesto espantoso. Conocía muy bien sus corazones, eran crueles, traicioneros y más oscuros que los trozos de mierda que una vez le había embutido en la boca a una niña en un estallido de furia. Lo asaltaban estos arranques siempre que, atizado por la frustración, imaginaba las posibles consecuencias del dominio de los niños y sentía la necesidad de detener la perversa maquinaria lo antes posible, un solo hombre enfrentado a la terrible realidad de un mundo controlado por bestezuelas. Sin embargo, sus precarios ataques individuales, ojos morados en el recreo, narices sangrantes a la salida, algún hueso roto si tenía suerte, no hacían mella en el núcleo de una organización que se nutría de la ignorancia para sembrar sus parásitos en el vientre de las víctimas.

Volverá. Cuando timbra la campana del recreo, un ramalazo de terror enfría su espina. Tengo que encontrarlo antes. Conociendo su naturaleza vengativa, sabe que es necesario eliminar definitivamente al renacuajo para evitar las represalias. Ahora todos vendrían contra él; ya había sucedido; terminó con la camisa rasgada; si un puñado de niños se unía en su contra, no podría defenderse. Retorciéndose las manos, recuerda brumosamente la cara, huesuda, pecosa, quizás bonita, ¿así será la tuya?; tendrá que buscarlo en el patio de primaria. Lo llevará tras los árboles y se ensañará. No hay duda en el día soleado, ya se acerca el verano, pronto saldremos de la cárcel y él se aposta a la sombra de una pared para observar el panorama: niñas juegan a la rayuela, niños bailan sus trompos, otros vuelan cometas entre el griterío y allí está el maldito: sentadito bajo la arcada, ojos resentidos y aire compungido, aún le duele la paliza. Aprieta los dientes y, decidido, cruza el patio interrumpiendo las rayuelas y repartiendo cachetadas hasta pararse delante del niño, que va elevando la vista desde sus pies hasta su cara sin reconocerlo de inmediato.
— Vengo por ti. ¡De una vez!
El niño asiente sin resistencia y se levanta en silencio. Obediente, se deja atrapar del brazo y avanza lloriqueando hacia el jardín de grama alta y tupidos arbolillos de cucarda. El follaje los oculta de los profesores; Vicente lo empuja suavemente y el niño cae a tierra. El niño se abraza a sus zapatos y los moja con lágrimas y mocos, Perdón, señor, no sé qué hice mal, le ruega por favor que lo deje ir, porque ya ahorita llegan los otros y usted piensa en su salud, ¿no es así?

Se escucha una risita extraña. Hay un peso negro, una malla de miradas acechantes colgando de las hojas. Vicente siente una punzada en la espalda y de pronto empieza la lluvia de piedras. Se acuesta en la grama con las manos sobre la cabeza, cierra los ojos deseando estar en una pesadilla y casi no siente la primera patada en los testículos, Ya está resignado, salgan todos, al ataque. Entre lágrimas temblorosas vislumbra al niño delator, está muy cerca, dice algo así como te jodiste, estás muerto, y Vicente no le calcula más de diez años.

Desnudo, cuenta sus heridas ante el espejo. Tiene un corte largo en la frente, un moretón en el pómulo y varios arañazos en el pecho, como relámpagos. Por un momento cree que es la imagen y no su cuerpo lo que sufre. Está bien, admite, se lo tiene merecido por incauto. De ahora en adelante ya no podrá andar tan descuidado, necesita un aliado que guarde sus espaldas. ¿Quién podría ser? Quizás esa chica rara que no conversa con nadie y siempre parece molesta por algo. ¿Podrá utilizar esa rabia a su favor? Mira el absceso purulento, su barriga redonda y más prominente que nunca, y se repite una vez más que a pesar de la guerra, el verdadero enemigo habita adentro. Esperar los nueve meses enteros, ver por fin el rostro de su hijo y retorcer su cuellito con dos dedos, disfrutándolo intensamente ...

Tirando los libros que dormían entre sus mantas, Letea despegó un ojo y pensó tiritando: hoy tengo cita con mi superyó. La cara negra del hombre simiesco iba dibujándose poco a poco en su mente como las manos asesinas de un hado maligno, mientras cantaba bajo el agua y decidía no ponerse la bata para bajar así, desnuda y fresca a la mesa del desayuno, con ganas de escandalizar a todos y mira qué casualidad, buenas días abuelita, buenas días Mariana, su familia vestía de blanco ese día: como una cita textual. Borregos, pensó, todos borregos o payasos, inmundos animales cómicos disfrazados con chompas lanudas, casacas abrigadoras, chalinas y mitones de seres humanos, yo quisiera ser borrego en tus manos, Áyax, pero no esa aberración de oveja con forma de madre comedida que le sirvió la leche caliente y le recordó, como si pudiera olvidarlo, que su padre había llamado anoche y la esperaba temprano en el café de siempre en Miraflores.
— Te escribí el número de cuenta — dijo entregándole un papelito —. Que se acuerde de la matrícula de Marianita, ayer me llamó la directora del colegio.

La vincha de felpa rosada le quedaba bien, por supuesto, y había pruebas innegables de fuentes diversas: aquel hombre infecto que la violó con los ojos en el microbús pareció notar la bella curvatura de su frente y cómo el cabello recogido hacia atrás despejaba su fino rostro moreno y agrandaba sus intensos ojos amarillos. Muchas veces le habían elogiado la fiereza de su mirada y ahora, aspirando jirones de neblina por la ventana abierta, ironizó sobre el desperdicio de aquellos ojos tan populares, pues no solía mirar con ellos a ningún ser viviente: las páginas no tienen ojos, pensó, ¿o será que mientras yo leía mis tragedias los héroes de Troya me espiaban admirados y luego alguno, el único que importa, se enamoró de mí creyéndome Tecmesa? Quiso jugarle una broma a la realidad y, cuando el cobrador le pidió el dinero del pasaje, ella se inclinó para susurrarle: ¿tú también me quieres?, justo antes de saltar del microbús soltando una estela de carcajadas amarillas y correr como una cérvida azul entre las bocinas chirriantes de los automóviles. Se colgó de un poste telefónico y bailó en derredor imaginando que era un falo empapelado con avisos publicitarios, luego sacó el plumón negro de su bolsillo: “Áyax está vivo”, escribió sobre el aviso, y sonrió contemplando su niñería. Áyax está vivo: ¿quién entendería el criptograma? Nadie, mejor así, cuando él venga será el único en descifrarlo. Su nueva teoría del universo le parecía bastante original, aun en sus vacíos. Por ejemplo, las condiciones de la transmigración ficcional no estaban definidas: ¿cómo podría reconocerlo cuando lo viera cuajar en un grumo de aire? La sangre rojísima en las manos, manchando el vientre, coloreando el pelo, parecía un buen indicio, aunque nada certero. Desconfiar de su imaginación era un acto cotidiano: Ingenua cartesiana, echó a reír, ¿cómo dominar a tu genio? Había hecho y desecho mil sueños en una noche, pero esta vez se sentía afortunada. Estudió una vez más la frase: Áyax está vivo, y derivó: Porque está muerto. Si los suicidas de los libros pululan por doquier, ¿cómo defenderse de un Harry Haller y su posible tentación de convertirla en Armanda? Ella no quería ser musa, era un rol muy exigente, y, además, carecía de magia. Por eso todavía estaba aquí, ¿verdad?, porque la magia es una potencia de la voluntad y hasta ahora no reunía el coraje para matarse: naturalmente, Áyax era un héroe reconocido y no una niña cobarde como ella, de ahí su deseo de conocerlo muy pronto. Áyax, como tantos otros personajes que no le interesaban, había arrojado sus armas guerreras para cruzar el umbral que comunica el mundo de los cuentos con el mundo de la sombra: la única llave es la muerte premeditada, la conciencia del otro lado. Así había escrito en su cuaderno de lógica: “La literatura es una vida que aún no prueba la muerte, y la vida es un borrador que solo vivirá con su aniquilación: ambas se tocan, como los cuerpos trenzados por el amor”. Debía confiar a ciegas en esa máxima, más que en su propia existencia y en los míseros quinientos soles que estaba obligada a sacarle a su padre esa mañana si quería pagar la cuota de su examen de admisión y cancelar la luz ese mes, resulta imposible leer con velas y además es muy romántico.

Tras el vidrio pintado con plantas artificiales, el hombre aplastó su cigarrillo y arqueó las comisuras con impaciencia. Miró su reloj: nueve y media, Ya sé que quedamos a las nueve en punto, ¿qué te cuesta esperar si igual no me ves en todo el año y ni siquiera recuerdas mi rostro desde que huiste? Yo tenía tres años, ahora tengo dieciséis y mis senos te impresionarían. Parada en la vereda frente al café, maquinaba un plan inconcebible: seducir a su padre y chantajearlo con su cuerpo, ¿lo había intentado alguna vez? Por eso se había maquillado como sus amiguitas alegres, la sombra violeta de los ojos fortalecía aun más su mirada y el rosa de sus labios carnosos invitaba al mordisco, no lo niegues, papito. Sujetaba el plumón en la mano, lo miraba satisfecha. Se agachó un momento y buscó un lugar en la acera: “¿Cuándo, Áyax, cuándo?” Era el título de una historia que había escrito en el cuaderno: ella iba de madrugada al aeropuerto y lo veía bajar del avión vestido como todo un hombre de mundo, elegante y perfumado, convenientemente enfundado en un sobrio abrigo de piel de camello. ¿Así sería? Ésa, o alguna de las múltiples posibilidades que había imaginado y escrito se cumpliría tarde o temprano: estaba segura. Nerviosa, se aclaró la garganta y ensayó con voz insinuante: ¿cómo estás, padre? Cruzó la pista. Casi la atropellan. El hombre levantó la mirada y esbozó una sonrisa débil.
— ¿Quieres un café?
— No, gracias. Desayuné temprano.
Hablaron unos veinte minutos. Cuando subió al microbús, Letea tenía un cheque por quinientos soles en la cartera y se arrepentía de haber hecho la promesa de matricularse en Contabilidad:
— Que se vaya a la mierda, estudiaré Literatura. Y si no viene a mi graduación, él se la pierde.

Madame Vitrac lo miró enfadada y se cruzó de brazos. Él cerró los puños, dejó caer la revista de mujeres desnudas con un orgullo que lo enaltecía y embistiendo la puerta saltó al jardín abierto, piscina verdosa de reflejos centelleantes latigueados por el sol a la hora del recreo. Los alumnos pululaban entre humores pantanosos, esquivó el culo de una chica que reía con escándalo y se rozó la frente con las hojas de higuera que colgaban sobre el umbral del laboratorio de ciencias. Jadeaba con las piernas separadas, la vista nublada por el sudor fluctuando sobre el fondo negro de la pizarra donde algún chistoso había dibujado un corazón deforme, alargado, demasiado estrecho, en cuyo interior los nombres Vicente y Letea estallaban, se perdían, cortados por fronteras, contornos, el deseo, la realidad perversa. Escupió la pizarra y borró el corazón con la mano, dejando un círculo más oscuro que la superficie entizada. Se introdujo los dedos en la nariz y aspiró profundamente el hedor metálico de la esperma, o del semen, no sabía la diferencia. Hormigueaba en sus ojos la danza eléctrica de colores vivientes, iridiscentes, de las carátulas inasibles colgando en el quiosco como trozos de carne cruda y apestosa, senos descomunales con pezones ásperos brotados de granos negros, agujeros vaginales profundos y cavernosos, de rojizos bordes inflamados y rugosamente dentados como grutas geológicas en las que podían extraviarse esos bestiales taladros negros tatuados de anillos concéntricos como troncos de árbol viejo, una vez había leído en alguna de esas revistas que en el fondo todos los hombres son homosexuales, porque el gozo provocado por la evacuación de chorizos de mierda por el esfínter es muy similar a la dulce penetración anal, noticia que había desestimado por considerarla absurda aunque perturbadora y, no se atrevía a confesárselo, la sospecha disparaba lagartijas por su espinazo, peligrosamente verosímil. Espiaba la revista que quería comprar desde lejos, a escondidas, y después de esperar medio oculto tras una esquina durante una hora, hasta que los colegiales que preguntaban por álbumes de figuritas se marcharon, se aproximó temblando, con la cara bañada en sudor frígido, presintiendo una muerte atroz en cualquier instante, y depositó el aguanoso billete de veinte soles, todos sus fondos, sobre la mano del anciano periodiquero, quien le extendió la revista. Se la arranchó violentamente y la metió en su mochila tirándose a la avenida, se lanzó a correr por los vericuetos de la compacta riada de autos sintiendo el fuego de los motores rugientes en las gotas de sudor que estallaban en su frente y resbalaban por el tabique nasal hasta mojar los labios y ser recogidos por la lengua: eran saladas, eran saladas, Reverdy, verdes gafas botellescas y mirada ingeniosa le guiñó el ojo a la entrada del colegio y él pensó cabro, qué me miras, lo reconfortó la gelidez del corredor orillado de puertas abiertas por las que salían volando avioncitos de papel, groserías berreadas y puños cerrados y piernas pateando enzarzados en riñas monótonas que no se detuvo a investigar. Por suerte no había cola ante la puerta blanca, cerró tras de sí y se sentó en el piso sembrado de charcos jabonosos, bolas de papel higiénico azul y pelos ensortijados. Se sentó en el inodoro, abrió el cierre de la mochila y extrajo la revista empaquetada, podía intuir las formas carnosas de la portada, rasgó ferozmente el plástico con los dientes, sintió la aspereza del papel en el temblor de sus dedos y pasó rápidamente las páginas rebosantes de muslos y celulitis hasta el póster central. Sí, el parecido era fenomenal, no se había engañado con los visos del rostro en la carátula, la mujer que no carecía de distinción le pareció lozana, doñeguil, placentera y hermosa; cortés y mesurada, halagüeña, donosa y graciosa: amor en toda cosa. Estaba sentada en un taburete rojo con las largas piernas abiertas, la mano morena culebreando bajo el rosado chillón de las bragas, los pezones naranjas bien erectos y apuntando hacia fuera las tetas esbeltas, una cruz dorada sobre los huesos marcados del esternón, la cabeza de corto cabello negro inclinada hacia delante, el bello rostro de pómulos salientes, el incendio verde de los ojos un poco alzados y fijos en el hombre que estaba junto a ella, la boca exageradamente abierta, los estriados labios violetas abrazando la cintura venosa del pene anchísimo, su cabeza redonda tensando la piel del cachete izquierdo y las uñas pintadas de blanco de la modelo sujetándolo por el tronco grueso. Bajó el cierre de su jean, sumió los rollos de la barriga, hundió los dedos en la mata fragante y jaló su miembro, que parecía una pasa encogida; las rodillas le entrechocaban; empezó a masajearse; el roce de las pieles causaba ardor; sintió que sus testículos se endurecían y replegaban; sintió la sangre llegar a borbotones, latiendo, inflamando, hinchando el tejido blando y alargándolo hasta alcanzar una estatura respetable; risas en el pasillo le clavaron agujas frías en el pecho y se afanó en masajear; escupió tres míseros gargajos moquientos, sin placer, una contracción escueta, un espasmo esmirriado; respiró hondo, metió la revista en la mochila, se lavó como pudo y salió al pasillo: los ojos biliosos de Madame Vitrac auscultaban con regusto sus manos aceitosas, goteantes, delatoras.

Un nombre alemán extraño a mis oídos, pero aun así, dueño de una dulzura poco común: Werther. Werther, tu vida fue un chiste, palaciega, aristocrática, demoníaca y enamorada, hay una fiesta, ridículas galas, bailan una pieza y luego la tormenta: caíste fulminado, ¿verdad?, así fue: singular explosión de flores en tu pecho, la mujer es hermosa, la mujer es hermosa, resuena esta frase hasta el cansancio en tus sueños y al final te aniquila, no puedes evitarlo. De un escopetazo. Porque no te quieren. Muerte triste, sin duda, pero Goethe la lloró demasiado, demasiada compasión en esa forma de narrar una mentira bruñida, perfecta. Hasta tú te engañaste, ¿no, Goethe?, hasta tú. Creías controlarlo todo, ese fue tu error, y tú, Werther, qué silencio magistral, qué manera de callar bajo la pluma en ese lodo gris de la página que tanto odiaste y te obligó a venir. ¿En qué momento decidiste seguirle el juego a tu creador? ¿En qué momento dejaste de sentir amor y todo fue darse cuenta, darse cuenta y escapar del único modo posible? Imagino tu mente colmada de proyectos, de preguntas, ¿cómo será al otro lado, quiénes vivirán allá, quién seré yo en ese lugar? ¿La curiosidad? ¿Fue ese tu motivo además del hartazgo? ¿O podría decirse que abrigabas esperanzas? ¿Algo nuevo, mejor, distinto, la oportunidad de ser un dios? Pobre de ti. Pasaste de la mano hostil que aborrecías a otro espacio sin misericordia, porque yo te someto a la máxima degradación que puedo concebir desde éste mi infierno: hago de ti una turbia emanación de mis ideas. ¿Alguna vez me imaginaste? ¿Me imaginaste delirando contigo y recorriendo divertida mi lista de destinos en busca del más denigrante? Llegué rápido, Werther, escogí un mundo para recibirte y cuando llegaste fue demasiado tarde para retroceder: ya estabas muerto y eras mío. La confeccioné especialmente para ti, pensando en tus altas esperanzas: una vida de mi invención. Ahora todos los hombres se enamoran perdidamente de ti. Tu nombre es Carlota y eres una mujer bellísima que vive entre reflejos dorados y miradas masculinas. Quieren tomarte, sufren por ti, te cortejan largos años con promesas y regalos y al final siempre los rechazas, porque tú no te enamoras. Simplemente careces de esa capacidad. Un estado que antes te sentaba tan bien, que llevaste a sus últimas consecuencias con absoluta naturalidad, te es ahora tan extraño como lo era para la displicente damisela que te desdeñó. Ahora sabes qué se siente y no te gusta nada. ¿Verdad que soy malvada? Pero no te quejes, sí tú lo pediste, siendo tan patético y ridículo en tus creencias y en tu amor pedías secretamente ese castigo, esa culpa que has de cargar para siempre. Es imposible morir dos veces, querido Áyax; el tuyo es un caso completamente diferente. Eso lo sabía muy bien y por esa razón no cesaba de buscarte. Debe de estar en alguna parte, pensaba, si no se puede ir; ¿verdad que no podías irte, verdad que viniste a quedarte en esta vida y pululabas por ahí, en algún barrio sórdido, intoxicándote con hierba y escuchando música mientras esperabas que te encontrase? Te alegraste de verme. Aceptaste hospedarte debajo del laboratorio. La vida que soñé para ti sería muy distinta de la miseria que padece Werther. Tú estás aquí para servirme en importantes misiones, ¿no es un honor compartir el aire que respiro y saber que tu existencia aliviará mi necesidad? Espera solo un poco más, sé que odias tu horrible prisión pero pronto el martirio acabará. El día está por llegar, lo presiento, es cuestión de esperar un poco. Imagina el rostro de Reverdy cuando vea mi proyecto de ciencias. Será muy rápido, cumplirás sin demora la tarea y luego podrás hacer lo que quieras, serás libre de mi imaginación, veloz Ariel. Te entregaré en las manos la potestad de crear, ¿no es un don maravilloso el que quiero regalarte, futuro Próspero dueño de su isla? Yo no estaré cerca cuando concretes tu transformación; habrá partido lejos de aquí, hacia la mente de otro dios que tal vez sea benigno conmigo y tal vez no. Sinceramente no importa qué suceda, cualquier novela, cuento o poema estará bien para mí. La meta es salir, morir es nacer, no importa dónde: ¿en el barroco, en la Roma clásica, en el Simbolismo francés? Me tiene sin cuidado. Solo sé que aquí todo es muy malo, seguramente lo has notado en tu celda, que no es más pequeña ni más incómoda que la mía. Solo quiero respirar. Alejarme de Castañeda y de su crudeza. Cuando tú te liberes yo también podré hacerlo. Solo quiero respirar. Respiraremos juntos, ¿te gusta la idea? ¿No te parece algo así como una forma más bella de matrimonio? A mí sí, qué exacta metáfora, claro, respirar...

— Yo vivo en Amberes — declaró Letea encogiéndose de hombros, y todas las miradas cayeron sobre ella. Un rubor pálido coloreó sus mejillas y sus ojos bajaron hacia su blusa blanquísima abultada por el monte de sus senos redondos.
— Señorita — amonestó Monsieur Reverdy negando con la cabeza —. Señorita, usted dice unas cosas...
— ¿Por qué no le cree? — me puse de pie, enérgico. Escuché algunas risas —. Si ella dice que vive en Amberes, debe ser cierto.
— Señor Arévalo, por favor. Por favor ...
— No me defiendas — cortó Letea —. Yo dije la verdad, no necesito avales. Todas las tardes, después del colegio, cojo mis cosas y me voy para Amberes. Fuera del colegio hay un tranvía, y ese tranvía me espera, y todos los días pago dos reales para llegar. Amberes es muy linda.
— No puedo con usted — dijo Reverdy —. Vamos a ver, si lo que dice es cierto, entonces ¿por qué nunca vi ese tranvía?
— Muy simple. Sus ojos están mendigos de pasos, como los de todo el mundo.
Repicó salvadora la campana del recreo y hubo una marea de cuerpos frenéticos irguiéndose para salir. Monsieur Reverdy, su cuello atosigado por una corbata gigante color púrpura, seguía negando con la cabeza mientras guardaba sus apuntes de física en el portafolio de plástico. Nos miró un instante a Letea y a mí, los últimos alumnos parados delante de nuestras carpetas, y chasqueó la lengua como diciendo: qué desperdicio.
— ¿Ustedes viven juntos en Amberes? — preguntó antes de irse —. Espero que presenten el proyecto de ciencias.
— Perro capitalista — masculló Letea.

Seguí su falda de cuadritos hasta el patio. La neblina creaba remolinos sobre el cemento vacío. Los hombres no estaban, preferían jugar fútbol en las canchas y las mujeres iban a observarlos y coquetearles de lejos. Son unas fáciles, decía Letea. Ella siempre escogía una banquita de piedra adornada con mayólicas azules que quedaba bajo un árbol de ficus. Yo me sentaba en la banca del otro lado, posición simétrica, y abría un cuaderno cualquiera para hacer algo mientras la espiaba a través del aire húmedo. Ella abría un libro y entonces yo sentía crecer algo así como un fuego: sus ojos amarillos comían las palabras durante veinte minutos hasta el fin del recreo, con una constancia que me asustaba y atraía. Nunca habíamos hablado hasta esa mañana, aunque mi tendencia a defenderla en las clases y su habitual respuesta desalentadora eran ya, en mi imaginación, una especie de introducción al diálogo.
— ¿Qué haces? — me preguntó viniendo a sentarse junto a mí. Yo me quedé lelo, no supe qué decir.
— Estudio lógica — respondí —. El examen está difícil.
— Tonterías. Son tiempos muy malos. ¿Sabías que hay alguien que quiere destruirnos? Deberías estar planeando tu proyecto, como yo.
Me quitó el cuaderno y leyó la etiqueta. Decía religión.
— ¿Por qué tienes vergüenza? Oye, tú deberías hacer el amor conmigo, aprenderías muchas cosas.
Empecé a temblar y la miré con simpatía.
— Ya veo, estás embarazado. La barriguita te delata. Algunas personas creen que es incómodo hacer el amor cuando se está embarazado. Yo no, aunque nunca he estado así. ¿Quieres conocer a alguien?
— ¿A quién? Pero ¿por qué dices que estoy ...?
— Ven. Está aquí cerca, en la ciudad elástica.

Me llevó de la mano a través del patio. Yo escondí la cara entre las solapas de mi chompa, seguramente las profesoras estaban almorzando en la oficina y yo no quería ser visto con una chica, ¿qué si miraban por la ventana?, mi reputación de alumno aplicado y señorito decente primer puesto de su clase dejaría de existir, todos se preocuparían, convocarían a una junta de emergencia para discutir mi caso y quizás hasta mandaran llamar a mis padres, su hijo ha cambiado mucho, les dirían, los vimos andando con esa lunática, qué pasará con sus estudios, su carrera de economía ...
— ¡No rompas los arbustos! Pobrecitos, ¿ellos qué te han hecho? Vicente, mírate: cómo sudas. Estás muy nervioso.
— No estoy nervioso. Lo que pasa es que hay reglas. Está prohibido entrar al laboratorio sin autorización de Monsieur Reverdy.
— Yo entro todos los días y no tengo autorización de nadie. ¿No me viste la otra vez con Mario? Ese imbécil se fue corriendo...
— Yo no vi nada.
— Mejor, te ahorras problemas. De lo contrario, pobre de ti. Sí, yo la fabriqué. Es una ganzúa, ¿te sorprende? Puede resultar muy útil esta pequeña herramienta.
Bajamos con cuidado las escalerillas mojadas. Sentí que ingresábamos a una catacumba.
— ¿Has leído El pozo y el péndulo? Me asombras, no me equivoqué contigo. Si yo no hubiera leído ese cuento, este lugar sería distinto.
Llegamos a la puerta de una celda. Las rejas eran de metal. Olía a musgo. Me asomé para mirar.
— ¡Cuidado! Está dormido. Se molesta cuando lo despiertan. Hay que ser muy delicados.
Letea recogió una piedrita redonda y golpeó dos veces contra una reja. El sonido fue agudo. Muy cerca de nosotros, algo gruñó en la oscuridad.
— ¿Qué estás haciendo?
— Cierra los ojos. Suavecito ... es mi mano. ¿No te gusta que lo acaricie?
— Sí me gusta. Pero aquí ...
— Yo lo hice en lugares más raros. Vamos, no tengas miedo ...


Miré a mi alrededor. El hombre de la túnica ensangrentada protegía un pájaro en la mano, de pronto lo soltó. El animal no tenía ojos, voló torpemente hasta estrellarse contra la pared y cayó al suelo, se volvió a elevar. Todo era verde, explosión de savia en el bosque. Letea dijo algo extraño, algo así como vivencia punzante privada de camisas en la noche de libélulas de un muchacho cualquiera. Me pareció difícil, pero luego entendí: ha dicho que a su paso por la ciudad de mecánicas indignas imaginaba la génesis de una redención encantadora y no estaba allí incansablemente. Miré a Áyax. Seguía persiguiendo al pájaro y, al parecer, quería destrozarlo todo, a juzgar por las babas de fuego que le colgaban de la boca embrutecida. La tortuga volaba en alguna parte, quizás mis intestinos, y el humo de un grito era parte significativa del trato así como haber volado sobre una negra hinchada de quistes con los pétalos purpurantes de neblina y el fuego divergente que bebió como un té inglés entre animales enloquecidos mientras le crecía este deseo y era ya famélico en su ser de búsqueda. Está bien, muy bien, decía ella, y yo seguí: dimensión, dimensión renovada en los cartílagos apolillados, estructura para incendios, sueño antagónico de duplicar el alba de espejos negros sin imágenes memorables hechas a semejanza de sus piernas velludas carentes de abrazo por el bien de los pianos de cola. Solamente, seguí, cada vez más feliz, solamente porque quiso luminosas disyuntivas para llegar al palacio de vaginas flotantes cuando todo destruido y aplanado, cuando muerta la inteligencia geográfica y nadificado el silencio del tiempo antes pronto a cuajar en lógicas páginas y flores sintácticas plagadas de hermosos zorros disecados y organismos incomparables y dichosamente esperados, tan distintos los dominios tumescentes que se yerguen sobre un campo abierto como torres de planetas y entre tanto: revienta la flor de carne oscura y fluyen los sismos y una flora ambivalente de invernadero y ahora hay en la caverna intangibles bastones de fuego especialmente diseñados para muchachos enfermos y muchachas idiotas y en relieve clarísimo el perfil dañino de la selva regada de caretas transformadas en senos cuya blanca leche intocable refresca muy bien la sombra del concepto y el deber refulgente de cuantificar mejor la monotonía difamada por esta voluntad y estos números que suman sin cesar una damisela prostituta que nunca existió fuera de su semilla pensante y floreciendo orgullosamente en el paroxismo de los ríos que produjo una avenida de carestías doradas.
Cuando pude pensar había luz. Estábamos en un parque. Letea a mi lado, los dos tendidos sobre el pasto.
— Bebe esto — me extendió una botella con agua —. Lo haces bien, para haber sido un sueño.

Desperté a las siete de la mañana, listo para ir al colegio.

 

© Luis Hernán Castañeda

 

Perú, 1982 | @ Estudia Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado la novela Casa de Islandia (Lima: Estruendomudo, 2004),, textos de creación y de crítica en las revistas Hueso Húmero, Hoguera de Silencios y Elisión. En 2003 participó en la Colección Underwood dirigida por el narrador Ricardo Sumalavia. Actualmente prepara su segunda novela.