ANOTACIONES PARA UNA CUMBIA

Afuera, las nubes
con forma de nubes.
Adentro, preguntas aleatorias:
¿cómo le llama una madre
al hijo que, ya adulto,
cambia de nombre?

Abrir el tubo
y que dos segundos de agua tibia
sean la única noticia
del día de sol que no disfrutamos.

Treinta y dos años con el mismo nombre
¿no será un exceso?
Demasiado tiempo para esta sola certeza:
jamás ninguna nube
será mejor que aquel globo
con figura de ratón.

Un nuevo jugo
anuncia la llegada del verano.
Los pies, el agua tibia,
la sal de Inglaterra,
sin embargo, nada anuncian.
Se fue otro bisiesto
sin mayor novedad.
De lo bueno, ma,
nos quedó lo malo.


TRADUCCIÓN LIBRE DE UN TEMA INÉDITO DE CHAN MARSHALL


i

Arrancaron la hiedra.
De raíz. No les fue fácil, sin embargo.
Emplearon podadoras,
palas y guantes para no lastimarse.
Esa hiedra que tardó años en cubrir
la pared al fondo del patio.
Aferrada al concreto, parecía resistirse.
Era su territorio.
Si hubiera podido hablar
no lo hubiera hecho,
habría gritado,
no hubiera perdido el tiempo
en hacerlos entrar en razón
porque el objetivo de esta mañana
era cortarla, ver la pared lisa, perpendicular.
La hiedra dejó marcas
como huellas de ave pequeña,
similares a las que dejan en la arena
los pájaros marinos.

Tenías dieciséis en esa foto,
atrás la hiedra crecía como un cáncer.
Sin simetría, con determinación.
Dieciséis y ya sabías
lo que las manos no alcanzaban,
lo que era tu nombre escrito en tinta china,
lo que era una canción repetida hasta dormir,
despertar con ella.
Sabías de esta ciudad de tullidos,
obesos y descompensados,
condenada a la pequeñez.
La hiedra nada sabía de eso
pero crecía detrás tuyo
en la misma foto
donde aún tenés dieciséis
y ya la pared está totalmente verde,
cubierta por la hiedra que no sabe
lo que nosotros sí.
Por eso pueden cortarla de raíz,
con esfuerzo pero con éxito.
Al sol le da lo mismo,
igual cae directo sobre la pared
donde no está tu sombra.
Ni la hiedra.


ii

La lluvia sobre tu nombre
escrito con tinta china, ¿recordás?
Empezó a correr sobre el papel,
sin simetría, con voluntad propia.
Como lo haría una hiedra en la pared
donde alguien hubiera podido tomar una foto
a la niña de dieciséis,
que ya no era niña,
obsesionada con la palabra deformidad,
dormida escuchando la misma canción
que ya es difícil precisar de dónde proviene
si de adentro o de afuera
yellow hair / you are such a funny bear
Y las cosas que crecían sin saber nada de esto.
Durmiera o no la niña, crecían, como el cáncer.
La hiedra también.
Entonces el nombre se convertía en otra cosa:
una mancha negra sobre papel,
como una enfermedad
o la idea que tenemos de la enfermedad.

La hiedra en cambio
no tiene ideas.
Si se enferma, muere.
La niña tiene ideas,
se enferma, muere.
Pero la hiedra estaba sana,
seguía creciendo,
empezaba a invadir la casa del vecino.
El vecino tullido que vive con su madre,
la madre obesa,
la familia descompensada
que tenemos de vecinos.
De todas formas, la cortaron de raíz
aunque estaba sana,
de un verde temperamental.
No porque tuviera ideas la planta
sino por cosas que explicaría mejor
un biólogo o un botánico
o tal vez la gorda de al lado
que vive hablando de su jardín,
del jardín y de la voluntad de un dios
que le envió un hijo tullido
como castigo tal vez,
por obesa,
por gorda,
por solterona,
por vecina,
por que sí.

Porque no hay razón para nada,
un día algo está sano,
la mañana siguiente lo arrancan de raíz.
Un día se tiene dieciséis
y la vida es una extensa playa en la tarde,
la arena tatuada con huellas de pájaros marinos.
Y ese momento dura lo que dura
una canción que se repite
hasta entrar en el sueño
mientras lo demás sigue creciendo,
dentro y fuera,
en silencio,
lejos de la simetría,
con determinación.


¿TAN RÁPIDO LLEGÓ EL 2002?

El sonido de los refrigeradores
arrulla a las familias
y creen que es la lluvia
o viceversa.
Para los turistas,
esto que es tu casa
será un video amateur
de palomas que llegan a comer
de sus manos.

No hace mucho tiempo
dormíamos sin soñar
mientras nuestros pies se tocaban.
Sin duda, los primitivos
encontrarían aquí un significado.

Del cine salen los electores
a vivir una película
en que todos son extras
y nada hay en eso de dramático,
como tampoco nada excepcional
en el charco de diesel tornasolado
donde los niños escupen para divertirse.

Allá donde fue tu casa
ya no está la foto blanco y negro
de la hija de un alcohólico.
El árbol que creció con los hermanos
tiene dos iniciales encerradas
en un poliedro
que debió ser corazón.

Llamarnos por nuestros nombres
debería parecernos un milagro
o al menos algo digno
de esas películas para intelectuales.

Herencia de mi madre es hablar poco,
el resto no es culpa de nadie.
Vivo en la que fue su casa
como un turista
y es mi padre ese señor
que alimenta a las palomas.

Nos arrulló varios inviernos la lluvia
o eso queremos creer,
pero es cierto
que dormíamos sin soñar
y que nuestros pies se tocaban.


TITULAR

La pregunta es:
¿seré tan estúpido
como la música que me gusta?
O la pregunta es:
¿qué se leerá en los titulares?
Un linaje que abandona los bosques
y desarrolla el cromosoma
de la inseguridad.

En el futuro está la mañana
en que te pasearás por el parque
y en la sombra del monumento ecuestre,
para mayor precisión,
en la sombra de la mano
sobre el adoquinado,
colocarás el tetrabrik vacío
como si el benemérito brindara
por vos, por ella, por la patria,
por la tribu de reductores de cabezas.

Pero todavía falta el paso del tiempo,
cubrir esa curva descendente
que el calendario traza
en números enteros,
y la música que escucho
aún no supera la inutilidad
de escribir en verso
lo que a todas luces es prosa.
Alguien tiene que decirlo:
más que literatura,
esto es deforestación.


XXXX

Será labor del tiempo
convertir este período
en tres o cuatro anécdotas.

Un caluroso viaje hasta Masaya.
La casa que guardó su olor.
Los jabones blancos del Hotel Rosario.


Del libro inédito Chan Marshall

© Luis Chaves

 

Costa Rica, 1969 | Ha publicado El anónimo, Los animales que imaginamos, Historias Polaroid y Cumbia. Con el libro Los animales que imaginamos ganó el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1997. El libro Historias Polaroid obtuvo mención como uno de los tres finalistas en el Premio Internacional de Poesía del Festival de Poesía de Medellín 2001. Publicó también la Antología de la nueva poesía costarricense. La traducción de parte de su obra al italiano obtuvo el premio internacional que otorga la Fondazione Cassa di Risparmio de Ascoli Piceno. Desde 1998 coedita la revista de poesía joven latinoamericana Los amigos de lo ajeno. Actualmente reside en Buenos Aires.