SIN
MIRAR ATRÁS
No
sé cuándo empezó todo esto. Hace dos años
que no consigo trabajo y mi vida se ha ido deteriorando poco
a poco, lentamente, sutilmente, hasta convertirme en esto que
ahora soy: un triste y pobre remedo de mí mismo.
Silvana
sonrió tras el teléfono: te veo en media hora
en el McDonald´s, y después... ya sabes. Ahora
tendré que ir a toda prisa por la avenida, atravesar
corriendo el Central Park, cruzar rápido a la vista de
todos los que mendigan un poco de afecto. Jhonny me mira y sonríe
con displicencia (quizá con envidia), corro como un demente
entre los árboles, sabe que veré a Silvana y que
de ella dependen los dólares para seguir viviendo. La
señora Carlson me saluda a duras penas levantando el
brazo (¿o pedirá ayuda?); desde ayer sigue tirada
entre los arbustos. Los negros de la octava creen que acabo
de robar algo, mi velocidad es espeluznante, como el pavor al
hambre. Todos están tranquilos. Saben que tengo novia
y que además me mantiene porque lo ha gritado en medio
de la avenida cuando le pedí unos dólares para
cerveza. Saben además que le gusta el sexo que tenemos
porque se los he contado con detalles. Les mostré algunas
fotos, para qué mentir. Sexo fuerte. Rico. Sin ascos.
Sólo sensaciones límite. Polos opuestos, dicen.
A veces me pide que la abrace muy fuerte, pero no puedo. La
ternura la olvidé en alguna parte y no me interesa recuperarla.
El tiempo corre y yo también. Llego a la pileta. Roy
y los italianos me hacen señas, pero hoy no quiero ir
de putas. Sólo quiero llegar al maldito McDonald´s
y devorar una de sus asquerosas ofertas.
Hace
cuatro días que no veo a Silvana y hace cuatro días
que no como. Bebo cualquier cosa y observo las formas de las
nubes. Ayer descubrí un cocodrilo en el cielo. Quisiera
ser un cocodrilo para matarla a dentelladas por envilecerme
tanto. Pero estoy tan débil que seguro se haría
un par de botas y una cartera con mi pellejo. Por eso sigo corriendo,
sólo unos metros más.
Frankie
me saluda desde el hidrante donde mean los perros, me hace señas
con una botella sellada de vodka, hoy tampoco beberé
contigo, hermano, sólo quiero comer.
Cruzo
la avenida, el parque es enorme. Estoy sudando, me demoré
cuatro minutos. El tráfico es endemoniado a esta hora,
dos cuadras más y ya, ya la vi. Ahora tendré que
oírla gritar por media hora más antes de hincar
los dientes.
Grita,
grita y grita. Ya sé, ya sé que soy un mantenido,
que estás cansada de darme de comer y que te da vergüenza
que no tenga ni unos centavos para el pan, pero todo esto va
a cambiar, ya te lo he dicho, sabes que cuando me indemnicen
del army, todo cambiará, entonces te compraré
la maldita cadena McDonald´s para que te la metas por
el culo, con todas sus salsas, pero ahora sólo cómprame
la oferta, por favor, que tengo hambre.
Pide
lo que quieras –dice sonriendo- hoy vendí
tres... Ya no la oigo, el hambre es un zumbido que quiebra
mis oídos, me siento mareado, veo las pizarras multicolores
con comida en letras. Ya sé: quiero... Pero ya pidió
por los dos y, como siempre, me toca la peor de todas: llena
de pickles, salsa de tomate y tamaño junior. Sabe que
odio esa oferta, que me irrita el estómago y me produce
gases. Pero ella paga. Igual me la comeré. Comería
lo que sea, incluso esa mierda de hamburguesa. Ella comerá
un plato especial que de sólo verlo me hará odiarla
más. Esta noche te golpearé tan fuerte las nalgas
que no podrás sentarte en días, ya verás...
y como...
Ella
habla y habla. Si el cartón no hiciera daño me
comería la caja, y el sorbete y el vaso de tecknopor.
Me quedo de hambre. Salimos. Me mira y sonríe. ¿Estás
lleno? Sí. Pero sabe que no es cierto. Detiene un
taxi y viajamos al hotel. Lo paga con un Roosevelt. Da propina.
Entramos al edificio justo cuando el ascensor abre sus hojas
y me empuja dentro. Ya me tiene. Me besa con la lengua fuera
de control. No quiero ni tocarla. Me vuelve a besar, baja por
el cuello, huelo a sudor pero parece no importarle: levanta
mis brazos y aspira mis axilas. Muerde una tetilla, aprieto
los labios. Sigue besando y lamiendo. Se arrodilla y juega con
mi bragueta. La abre mirándome fijamente y cedo. El deseo
crece con violencia. Siento su boca y cierro los ojos. El placer
inunda mi cuerpo y el ascensor se abre. Ella sale corriendo
tomada de mi mano. Estoy en el pasadizo con la pieza fuera.
Quiero guardarla pero ella se divierte viendo cómo, poco
a poco, con el aire ajeno del corredor, mi moderada vanidad
se sonroja y empequeñece, tímida, derrotada.
Busco
las llaves y entramos. Me tira al suelo de espaldas, ahora ella
tiene el control. ¿Alguna vez lo perdió? (¿Dónde
lo perdí?) Nos arrastramos por el suelo sucio, el polvo
se adhiere a mi espalda húmeda, se levanta la falda y
retirando apenas su trusa con el dedo índice, se sienta
sobre mi resucitada virilidad. Comienza a moverse en círculos,
me araña el pecho, gime como una loca, cierra los ojos,
se estira los pezones con fuerza y tira la cabeza hacia atrás,
quiero ponerla boca abajo pero me gana, me ganan las ganas de
sentirla y viene, ya viene, no pienso, ya viene, falta poco.
De pronto ella se pone de pie. No estuvo mal –dice agotada-
¿Te veo mañana? Se peina frente al espejo.
Busca su bolso mientras sigo tirado en el suelo con la pieza
al aire y el orgullo frustrado. ¿A la misma hora?
pregunta. Me abrocho los pantalones y salimos juntos.
El
ascensor baja lentamente, enciende un Lucky, salimos del edificio.
Me besa y se va. Corro tras ella. La alcanzo a unos pasos ¿Me
regalas cinco dólares? Tuerce la boca y mirándome
con desprecio abre su cartera. Busca entre el fajo de billetes.
No tengo cambio –dice, y se va. No importa, ya
le saqué veinte mientras se peinaba. Veo a Frankie que,
en la acera de enfrente, me hace señas con la botella
sellada de vodka. La observo alejarse y detener un taxi. Frankie
insiste desde lejos. Cruzo la pista en dirección opuesta
a Silvana y avanzo, sin mirar atrás.
©
Gabriel Rimachi Sialer

Perú,
1974 |
@
Arqueólogo graduado de la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos; estudió literatura en la
misma casa de estudios como alumno libre. Es autor de
los libros de cuentos: Despertares
Nocturnos; Canto
en el Infierno; El
cazador de dinosaurios y El
color del camaleón. Premio de Poesía
Francesa en 1999; ha participado en numerosos eventos
y antologías. Es asesor de la Editorial Díptico
Ediciones para el área de narrativa. Actualmente
dirige la revista Casatomada... de la ficción
y otros demonios, dedicada al cuento mundial. Ha
perdido el premio Juan Rulfo, el Rómulo Gallegos,
el Planeta, y una larga lista de prestigiosos certámenes
internacionales. Sitio web: www.camaleon.euro.st
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