EMANUEL MENDI

 

Esto lo escribimos vos y yo aunque no estábamos,
dormidos en el reformatorio del humo de una pipa.


Al despertarse, Emanuel buscó el reloj con forma de cabeza de Bambi que le habían regalado. Estaba en una mesita junto a la cama, al alcance de sus dedos. Era un reloj deportivo, que venía recubierto de peluche para imitar la piel del animal. La claridad perezosa de la mañana entraba por la pieza, aunque afuera igual los postes de la luz seguían prendidos. Mirando por la ventana se veía un muro verde y después otro rosa. Y en la esquina antes de cruzar la calle, había un estacionamiento para autos, ocupado por tres o cuatros gatos tirados al sol, mirando con sus ojos fijos pájaros más bien marrones, que iban hasta una pileta a tomar agua.

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Si era muy temprano él se quedaba en la cama, sintiendo los movimientos de la casa; los ruidos que hacía su mamá mientras preparaba el desayuno, untando con manteca unas tostadas sobre un aparador de la cocina. Y la imagen se detenía siempre ahí, centrada. Como si fuera el pozo de la infancia ese lugar. Las pecas de una varicela; las figuras de trineos que recortaba de un álbum. Y el recuerdo de los autos que pasaban, resaltando cada habitación con una filigrana de luz, un parpadeo.

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La montañita en una salva de delirio aullaba, era de noche. Y los patos daban vueltas en el Parque Independencia ya sin nadie. Ese paseo se quedó grabado en su pupila opalina, como los ojos de una vaca que donde mira hay redes de pasto verde que tragar. ¿Mantendría la atención en los carros que bordean el lago, mientras su padre servía vino blanco helado de una jarra?

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Después de la escuela se juntaba con sus amigos en un baldío del barrio, tapiado por altos paredones de ladrillo. Compartían golosinas, camotes que asaban en pozos a ras del suelo. En los negocios de la zona se dedicaban a pillar lo que cabía en sus manos. Robos de frutas o bizcochos que guardaban para comer todos juntos. Se pasaban así horas enteras, en esa atmósfera indistinta que recubre los primeros años. El baldío en tiempos pasados había sido una estancia llamada Villa María, según un cartel pintado en una chapa muy vieja. En el centro una pileta de natación abandonada los llamaba, poniendo sus acentos a la diversión. Había también unos montículos de tierra apisonada, que ellos prepararon para hacer bici-cross: era furor en esa época. Con sus bicicletas saltaban entre las lomas. A veces un vidrio semienterrado despedía un reflejo como un guiño, donde los juegos de la tarde continuaban. El polvo del piso formaba unas nubecitas del color de la madera que se quedaba ahí con ellos, fijándose sobre sus cuerpos fibrosos de comer avena, como la que usan los caballos.

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Salía a la vereda para atender el llamado de Tito: sin cruzar la reja verde por su seguridad. Se acercaba y él le alcanzaba un libro, (Tito) lector de Julio Verne. Emanuel lo guardaba entre sus ropas gastadas, con el aura amarilla del jabón en polvo popular. Tito era un hombre raro. Se la pasaba repitiendo el nombre de su perro, aunque no se le entendía nada porque hablaba para adentro. Las orbitas de sus ojos giraban por sí mismas, sin buscar nada especial donde fijarse. Parado delante de la heladera, señalaba una botella sin terminar. Tomaba alcohol puro con jugo de naranja. Haciendo señas desde la ventana abierta, enloquecido por las novelas de piratas.

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Quién hubiera visto la forma donde una experiencia se dormía o estaba por despertar, al mirar la cara de un bebé llena de arena; escuchado el fraseo multicolor o el roce albino, de un gato que entinta sus huellas con la miel de un panal. Como pasando figuritas muy diversas se quedaba, moviendo despacio los dedos con las manos vacías. Sin saber qué cuerda había pulsado, en esa fantasía que describía su vida como un círculo: o un circo donde él era cada uno de los animales y las gentes. Los dibujaba y con la goma de borrar repasaba cada cuadro. Después iba hacia atrás y se quedaba, tirado en el suelo mordiendo una madera.

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Hundida en su piel la memoria de un día. Los claros que iluminaron con sus puntas escenas más claras, objetos que habrían de llegar tarde o temprano; como ese recipiente de mimbre donde juntaba las monedas cuando era monaguillo. Y en la parroquia entre cajones de mermelada mezclaba el vino de color rubí con un poco de soda. Le alcanzaba el copón al sacerdote y el gallo en su recorte volvía a cantar. La sotana le enseñaba sus vueltas, plegada en una silla iba cubriendo su cuerpo todo entero, empezando por los brazos y las piernas. Le mostraba cómo el trigo se mezclaba, con el revoque desprendido sobre un muro diagonal de la capilla. Era feliz sintiéndose útil con las encomiendas y mandados de la misa, siempre a medio comenzar. Una tarde aburrido mirando un reclinatorio, se imaginó a sí mismo saliendo de la iglesia con los ojos cerrados.

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Al padre Pablos le gustaba pasarle la mano por su pelo crespo y marrón, enredarle los dedos acariciando su cabeza. Se quedaba los domingos para jugar a las cartas, con una damajuana sujetada en los tobillos. Mendi se pasaba la tarde mirando los partidos, donde por ser un niño además de monaguillo, no lo dejaban participar. Pero igual lo ayudaba al cura, y haciéndose el boludo miraba los naipes de los otros jugadores. Pablos le había enseñado el valor de las cartas, y cómo hacérselo saber con unas cuantas muecas. Y Mendi mientras cargaba los vasos de la mesa, aprovechaba para espiar, predecir cada jugada. Todas las apuestas del partido giraban en una sola dirección, y nadie se daba cuenta de nada. La hucha del sacerdote se llenaba rápidamente, con un tintinear apagado, sin brillo.

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Los huesos reclaman su inscripción. Los animales enterrados en el fondo de la iglesia piden permanencia. Sí, Mendi, los pondremos. Y también al padre Maura con sus lápices, que te enseñó los ornamentos del dibujo religioso.

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Llovía en la aldea municipal, cerca de la estatua de un bombero cargando una criatura, fumó una pajilla, brotes de tabaco en hilachas. Unos chicos le enseñaron a aspirar poxirán, aplicando directamente el pegamento contra una bolsa untuosa. Por un vidrio oscuro veían todo colgados. Imágenes disueltas con los bordes tapizados en gamuza. El flash duraba solo unos segundos. Hay voces que resuenan, fragmentos de conversaciones que se ovillaron en sus oídos. Con los años adquirió la costumbre de caminar sin rumbo, andando con una carterita deshilachada, llena de objetos que se golpeaban al andar. Y sus lápices. El paisaje es de tinta aguada, irregular. Sus pestañas son largas, algo curvadas. Va en línea recta, con las manos en los bolsillos del pantalón de lana. En un corralón había un camión descargando materiales. Y el sonido del motor cortaba los silencios de la tarde. Desde donde estaba sentado si quería podía verlo, copiarlo en el cuaderno de papel con finas rayas.

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El olor del aire del invierno le traía recuerdos de su infancia. El viento sacudía esas texturas mentales, una detrás de otra. Y volvían a la memoria de manera olfativa. Un perfume o el olor de una humareda de cuando queman hojas. Cualquier cosa podía ser. Y era estar en un trance, al costado de la vida, sintiéndose de repente integrado al paisaje, en una sucesión dulce donde se representaban los momentos de su vida. Los años cambiaban rápidamente, ¿pero qué había pasado en realidad? Se esfumaban, como un bosque de eucaliptos en la niebla.

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Mientras pensaba en eso veía a una persona, que a unos cincuenta metros lo miraba desde una ventana, fijamente. No sabía precisar si era una mujer o un hombre. Pero lo que sí notaba con claridad era su pelo largo, hondeándole sobre los hombros, en la sombra que despedía la figura delante de una pared. Él estaba en la puerta de un bar. Adentro había una nena sentada frente a un televisor, donde pasaban una cinta de dibujos animados. Y ella señalaba en la pantalla a un sombrerito con los ojos cubiertos de lágrimas, que se despedía trepado a una carreta. Eso lo distrajo un momento. Y al volver la vista en dirección de la ventana, la persona se había ido. Mendi se quedó pensando en cómo se unían los destinos a partir de accidentes insignificantes. Y cómo eso se volcaba con mínimas variantes, para diseñar la vida personal de cada uno. Las imágenes se volvían extrañas. A más ideas, más grande la inmovilidad. Las cosas oscuras parecían demasiado claras y a la inversa. Siempre pensaba en el mundo que se sacudía en su cabeza. Uniendo todas las partes en un punto y volviéndolas a desarmar, en un retablo de marionetas donde se tensaba cada hilo. A través de esos seres inarticulados, se podían mostrar o sugerir cosas dormidas. Al sacarlos rápidamente de un baúl para representar una serie de actos casuales, que finalmente lo decidían todo.

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Llega un día en que se encuentra pidiendo en la calle y de repente ya es mendigo. Y los árboles como una manta calurosa dan su abrigo. Cuando la noche lo encuentra desprevenido, se acuesta sobre el banco de una plaza a descansar. Se burlan los niños de su cabeza de melón. Los mechones de los pelos no le ocultan los ojos. Fantaseando, volando, pensando en una cosa. Hasta el color del rocío le resulta más claro, rodeando a la sombra en un halo antes de evaporar.

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Los idiotismos de la lengua, “el loco, el vago”, que también incorporó. Relatos donde un fondo de estilo se iba fijando a la conducta. Las estaciones de trenes son espacios que alimentan el flujo que divide una ciudad. Con la gente sacando pasajes o caminando llenas de bolsos. Haciendo los trámites necesarios antes de iniciar un nuevo viaje. Tirados en los bordes del césped puede verse a unos mendigos que conversan. Por el tono de la charla seguro que se están pasando datos, las monedas que guardan para un cambio irregular.

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Si el loco que perdió los dientes después de haber comprado su dentadura nueva, pudiese recordar donde había estado. Si encontrase una pausa para fijar la cifra de los trenes que vio pasar. Como el recuerdo de aquel viejo que balearon, mientras tocaba el acordeón en una plaza. Y Emanuel se sentaba a escucharlo, con las palomas que zumbaban imponiendo un vahído entre cada nota. La barba raída que un remordimiento roe; un fantasma se sienta en su cama, le dicta: “ese fuelle blandito que se pinchó hace rato, las uñas que trababan las teclas siguen creciendo todavía”.

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En un asado Mendi pidió la palabra, dijo: “Carretas, bueyes, el color de un mendigo. Las inscripciones para recordar un momento, la sopa de la tarde y el pan. La mirada de una vieja cuando viene de ponerse la vacuna, la farmacia prendida, las recetas viciadas".

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O cuando pasaba a buscar comida por la carnicería donde trabajaba Sebastián Salami. Muchas veces se lo encontraba a punto de cogerse a una vaca, de las que él colgaba de un gancho al terminar de desollar. Eso no era nada, también lo hacía con pedazos de hígado, después de calentarlos en una cacerola. Se jactaba de conocer el punto justo de cocción. La refrigeración del aire enrarecía el ambiente, dejando una escarcha azulada en las barbillas o las peras. Emanuel se quedaba apoyado en la puerta de la heladera, mirando cómo Sebastián agujereaba con la punta de un cuchillo alguna parte blanda, copulando de una manera silenciosa. De chicos habían vivido en el mismo barrio, una casa pegada a la otra. Habían sido compañeros en la escuela. Toda la vida de Sebastián era un catálogo de perversiones domesticas, casi rurales. Que iba realizando con paciencia cuando se quedaba solo.

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Una mañana Mendi se acostó en la puerta de una casa para dormir un rato. La noche anterior la había pasado despierto. Las anfetaminas lo mantenían así. Pero enseguida salió una vieja con una escoba para barrer la vereda, y que al verlo ahí tirado le dijo que por favor se levantara. La forma en que le habló era tranquila, pero igual se notaba un fondo de violencia. En la zona estaban aterrados con el "loco de la medalla"; un demente que rondaba pegándole a la gente con una medalla del tamaño de un compac, que llevaba soldada en la punta de una cadena. Ese miedo volvía a la gente muy desconfiada, irracional. Haciéndola tomar recaudos sobre cualquier situación inesperada. Los vecinos reaccionaban frente a los extraños con cautela y paranoia. No se podía andar tranquilo. Los mendigos eran revisados por la policía, que les hacía vaciar sus bolsas en la calle. Mostrando a los ojos de los curiosos un rejunte de cosas, que cada una por separado no despertaría la atención de nadie, pero que juntas se convertían instantáneamente, en una colección bastante rara. Se temía que “el loco” apareciera en cualquier parte. Que lo habían visto revoleando la cadena en la puerta de un colegio de monjas; que el loco había amasado una fortuna inmensa, y por eso la medalla, como un golpe de la suerte que iba dando... Era de miedo, porque de un solo golpe podía matar a cualquiera, o en el mejor de los casos mandarlo al hospital. Todas estas versiones y muchas otras circulaban por ahí. Ya todos estaban medio hartos, pero ese personaje era como una excusa para la comunicación en caliente, sin preámbulos. Era algo que estaba en el aire. Mendi se levantó del piso enseguida, y se fue a dormir a un jardincito que estaba ahí cerca. Postrando los brazos sobre el pecho se quedó dormido. Apenas su cuerpo tocó el suelo con la cabeza recostada sobre la campera de jean, ya estaba soñando.

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Cuando duerme se encuentra siempre en el mismo lugar, en la misma fantasía algo cambiada. Traspasada en los cimientos de una idea, como bocas de ratón llenas de escamas. El que cuelga la ropa se ve colgando la ropa, el que la lava siente como la suciedad va aflojando al vaciar la palangana. Bajo un puente la oscuridad se revela por contrastes. La oposición al gris ceniza es un verde demente de mamboretá. Y unas voces: "Mendi recordamos, el umbral natalicio y los pasos lechosos".

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Al caminar se detenía frente a las vidrieras colmadas de los bazares, o en los puestos de los floristas. Un arreglo de flores, una coronita de novia, lo perdía. Entonces se imaginaba sobrevolando un jardín a través de tumescencias nudosas, viajando por el interior de una planta humedecida, con la saliva brillante de una oruga. Si tuviera un perro lo habría abrazado entre unas frazadas a cuadros, pegando su cabeza junto a la del animal, para quedarse así en silencio unos segundos. Las vidrieras iluminadas de los negocios, le causaban un temblor imperceptible, que se manifestaba con unas pequeñas fisuras azules que corrían de izquierda a derecha por las paredes de su pecho. En los diarios que de vez en cuando leía, lo que más le gustaba era mirar las fotos y fijarse en la ropa que llevaban las personas retratadas. Encontrar esas camisas festoneadas con tela de toalla que estaban a la moda. Pero retrocedamos un poco en la historia. Una noche él se entretenía golpeando con las muletas de su abuelo las puertas del ropero. Y al agitar el mueble con los golpes, se cayó una valija llena de ropa que tuvo que acomodar con mucho esfuerzo, para que nadie notara ese incidente. Al subir la valija encima del ropero, esta se le escurría entre sus manos pegoteadas. Ese fue el invierno del descubrimiento del sexo, donde se masturbaba todo el tiempo y siempre andaba cansado. Cuando hablaba la voz que resonaba era bien neutra, y le costaba despegar por su garganta. En la oscuridad apreciaba formas vacías, que retenía entre sus piernas apretando las rodillas. Se sentía como un junco que flotaba en la corriente. Era por la misma época en que escribía su nombre como un loco, por todos los lugares que podía. Estragaba sus iniciales escritas por el hollín de una llama, o con un rotulador. Y pensaba que esas letras datarían a unas estrellas, como un mapa clavado con tachuelas sobre el armazón de una ventana. Una brisa lo reintegraba hacia esos días, mirando el techo de un baño en la terminal de colectivos, surgieron esos recuerdos.

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Cuando en el baldío de los mendigos andaban de polvareda, era porque llegaba una patota de linyeras. Mezclados como en un cono, no era difícil adelantarse para saber de qué forma iban a terminar. Se ponían a tomar alcohol y al rato llegaba más bebida; y cuando se querían acordar ya estaban todos borrachos, y se armaba pelea seguro. Estos encuentros se sucedían bastante a menudo. Dadas las condiciones de vida que llevaban, y las cajas de vino que vaciaban rapidísimo, era difícil creer que las cosas pudieran ser de otra manera. Con las peleas se aligeraban de la locura y de la frustración, y de paso se divertían. Ya se sabe: la violencia es escapismo. Y el alcohol funciona como una dinamita negra que ayuda a olvidar, mientras va corriendo por la sangre. Siempre había problemas entre linyeras y mendigos. Entre ellos no se veían con ojos buenos. Cada grupo se molestaba mutuamente. Y en sus actividades intentaban prevalecer sobre los otros, en un margen superior. Las peleas empezaban de cualquier manera, siempre buscadas. Podía ser que un mendigo al que le faltaba una pierna, le gritara alguna cosa despectiva a un linyera, mientras le daba una chupada a su lata de pasta-base. O sino que un linyera se pusiera a mear sobre el fuego, con una mano sujetando la caja de vino que no pasaba, chorreándole en la barba. Y atrás un coro de voces que subían y bajaban, gritando, refrescándose las gargantas a los ritmos del recreo, o aspirando en las latas de pasta-base un humo condensado y gris. Enseguida las cosas tomaban otro matiz y los gritos explotaban dentro de su cabeza como muñecos a resorte. Y se empezaban a dar golpes de muletas, patadas, piquetes de ojos, posturas bizarras de karate, cualquier cosa podía ser. Volaban ladrillazos, baldosas, botellas se estrellaban contra una cabeza calva… La bebida y la droga eran importantes, más todavía que comer; total siempre se encontraba algo revolviendo en los tachos de basura, para conseguir un alimento que enseguida se apresuraban a engullirlo en la boca y tragarlo sin masticar… Y en el descontrol también se perseguían otras metas. El sexo existe en todas partes. Y esas reuniones eran concurridas exclusivamente por el género masculino. Los más viejos aprovechaban las peleas para llevarse a algún jovencito hasta un lugar alejado entre matorrales o chapas. Y lo amenazaban con unos palos para ver qué resistencia oponía. O si no cuando veían que aparecía uno por ahí, algún pibe sin casa, lo invitaban a quedarse junto a ellos, haciéndose los buenos, mostrándole la deferencia de estar juntos. Le daban de comer, le convidaban cigarrillos. Y después se cobraban todo junto. De un día para otro se hacían los ofendidos, y no le daban bola de golpe, como si no existiera. Y el pibe llamando a la realidad, se repreguntaba qué estaba pasando. Como un ternero que busca el calor de la vaca más gorda. Y el mendigo de golpe le espetaba: "¿Pero creés que te voy a andar cuidando como si fuera tu niñera? Ya me cansé de vos y de tus mañas. Y pensá en hacer algo para que los días no se vuelvan más tristes y largos para vos"… Y seguía en ese tono tratando de quebrarlo al pibe. Le hablaba muy serio mientras se tocaba la pija por encima del pantalón. El pibe se quedaba muy turbado con ese gesto, confundido. Él que había pensado que el otro era su amigo, casi un padre. Y entonces una noche entre rondas de ginebra y tortas enharinadas muy cerca del fuego, el mendigo aprovecha y lo emborracha. Lo que sigue es dado a las variables que cada cual se puede imaginar; pero el mendigo lo viola.

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Las abejas de la plaza se descolgaban del panal cuando lo veían a Emanuel para abrigarlo, parecidas a un pulóver. Eran caprichosas con sus cascos cruzados por líneas anaranjadas. A veces se posaban sobre sus orejas y les hablaban al oído. Siempre repetían lo mismo, mientras con una pasta de polen lo alimentaban en la boca. Sus cuerpitos huecos refulgiendo al sol parecían cucharas de la sopa, un poco cuadradas, amigables. Él sabía devolverles el gesto y jugaba con ellas acercándole flores de largos pistilos, tirado entre las plantas. Permitiéndoles quedarse un tiempo más entre sus ropas, envolverse con su cuerpo de muchacho.

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Una iniciación aumenta con los días, se fija en las rótulas; los huesos traspasados dan su fe. Como la esclava de un niño que suelta las porosas letras de un estancamiento amarillo, en la fuente de las cosas donde escribirá su vida. Que empezó como una broma familiar: "Hay un mendigo, que se la pasa sentado leyendo una historieta. Y no se queda quieto hasta no ver que los personajes traspasan por los blancos de su histeria. Y allí donde los cuadros se terminan, él busca las huellas que se hunden en el pasto marcando unas pisadas, para internarse con ellos y empezar la revista otra vez desde el principio".

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Bajo un tinglado de chapas, allí donde la camisa de un linyera cuelga de una horqueta que sostiene los tirantes del rancho, Emanuel resalta en la tierra del patio pobre, igual que en un teatrito místico, mientras el pordiosero lo cubre con una manta espesa, como goma… Una perrita babea su saliva caliente, curativa. Y él la besa en el hocico afilado, muy cerca de los dientes. Fijando la mirada en las paredes oxidadas, consigue una visión muy hermosa, lenta. Donde unos enanitos se arrastran por un terraplén lleno de barro, con sus cabezas nimbadas con una luz de témpera. Si entrecierra los párpados la imagen se borra rápidamente. Pero quedan en la retina unos puntitos, con espasmos que recorren los colores.

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Cuando mendigaba en la puerta de la Facultad de Medicina, se sentaba cerca de una ventana. Y desde ahí veía una vitrina llena de recipientes con fetos que flotaban en formol. Él se quedaba ensimismado. Pensando que con sus manos pequeñas le era imposible tomar uno de esos frascos, y estudiarlo como a un huevo que se mira a trasluz, antes de que caiga el sol, oscurezca. Los límites que separan la realidad de la fantasía bailan sobre un cubo. A veces la claridad de un rebote ilumina una figura que antes no se notaba. Los estudiantes caminaban yendo a sus clases con pesados libros bajo el brazo; o repasando unos apuntes todavía calientes que traían de la fotocopiadora. Pasaban a su lado sin notarlo. Mendigar ya se sabe, también es un trabajo, una artesanía donde solo se necesita modular mucho la voz. Para que cause algún efecto hay que lograr una distancia, recubrir la cotidianidad de cierto extrañamiento. Algunos recurren a distintos artificios, como hacerse pasar por inválidos o ciegos. Otros cambian las paradas cada tanto y con eso les alcanza. Así la convivencia no se pone en juego y la mendicidad no cansa a nadie. La ciudad de Rosario para eso era algo único. Tenía todos los atractivos de la novedad, y siempre había lugares llenos de gente, que se podían cambiar a cada rato. Con solo caminar unas cuadras se renovaba la atención. Un día de esos cuando iba por ahí, vio como un hombre amenazaba con tirarse de la terraza de un edificio. El viento distorsionaba sus gritos. Y por la distancia con que llegaba su voz, parecía que estaba haciendo mímica, que era otra persona la que hablaba detrás de él, con un timbre aflautado, de mujer. En un momento cuando los curiosos que estaban abajo rodeando el lugar, lo habían convencido para que se bajara, el hombre perdió la estabilidad y se fue al suelo. Su cuerpo cayó en el medio de la calle, con el ¡crack! de su cabeza al golpear el pavimento. La imagen del suicida se quedó grabada en la memoria de Emanuel toda su vida. Cuando en un momento de distracción miraba hacia lo alto, en una pesadilla encontraba a ese hombre repetido que caía, cubriéndose la cara torpemente con las manos. El cielo se llevaba los ecos de esa historia acabada, que iba diciendo adiós de mil maneras. Las nubes estaban moldeadas con formas colosales, macizas. Algunas parecían estadios de fútbol, o planetas gelatinosos del tamaño de un puño, vistos a través de un telescopio. La luz de la tarde invitaba a internarse en los espacios solitarios, que llamaban al abandono y al repliegue. Y en ese ambiente resaltaban sus mejillas y sus ojos. Ahí donde nosotros buscamos las palabras para componer algo de esto: ¡Mendi!

 

© Francisco Garamona

 

Argentina, 1976 | @ Escritor bonaerense. Cursó estudios en música y artes plásticas. Es autor de los libros: Parafern, Deldiego, 2000; El verano, Deldiego, 2001; Carcarañá, Casa de la Poesía de la Ciudad de Buenos Aires, 2002; Tavali, amaranta, 2003; Cuaderno de vacaciones, Siesta, 2003; Pequeñas urnas, Gog y Magog, 2003; Una escuela de la mente, Eloísa Cartonera, 2004 y La momificación de Bárbara, Junco y Capulí, 2004. Tiene un disco con sus canciones titulado, Garamona!