EMANUEL MENDI
Esto
lo escribimos vos y yo aunque no estábamos,
dormidos en el reformatorio del humo de una pipa.
Al despertarse, Emanuel
buscó el reloj con forma de cabeza de Bambi que le habían
regalado. Estaba en una mesita junto a la cama, al alcance de
sus dedos. Era un reloj deportivo, que venía recubierto
de peluche para imitar la piel del animal. La claridad perezosa
de la mañana entraba por la pieza, aunque afuera igual
los postes de la luz seguían prendidos. Mirando por la
ventana se veía un muro verde y después otro rosa.
Y en la esquina antes de cruzar la calle, había un estacionamiento
para autos, ocupado por tres o cuatros gatos tirados al sol,
mirando con sus ojos fijos pájaros más bien marrones,
que iban hasta una pileta a tomar agua.
*
Si era muy temprano él se quedaba en la cama, sintiendo
los movimientos de la casa; los ruidos que hacía su mamá
mientras preparaba el desayuno, untando con manteca unas tostadas
sobre un aparador de la cocina. Y la imagen se detenía
siempre ahí, centrada. Como si fuera el pozo de la infancia
ese lugar. Las pecas de una varicela; las figuras de trineos
que recortaba de un álbum. Y el recuerdo de los autos
que pasaban, resaltando cada habitación con una filigrana
de luz, un parpadeo.
*
La montañita en una salva de delirio aullaba, era de
noche. Y los patos daban vueltas en el Parque Independencia
ya sin nadie. Ese paseo se quedó grabado en su pupila
opalina, como los ojos de una vaca que donde mira hay redes
de pasto verde que tragar. ¿Mantendría la atención
en los carros que bordean el lago, mientras su padre servía
vino blanco helado de una jarra?
*
Después
de la escuela se juntaba con sus amigos en un baldío
del barrio, tapiado por altos paredones de ladrillo. Compartían
golosinas, camotes que asaban en pozos a ras del suelo. En los
negocios de la zona se dedicaban a pillar lo que cabía
en sus manos. Robos de frutas o bizcochos que guardaban para
comer todos juntos. Se pasaban así horas enteras, en
esa atmósfera indistinta que recubre los primeros años.
El baldío en tiempos pasados había sido una estancia
llamada Villa María, según un cartel pintado en
una chapa muy vieja. En el centro una pileta de natación
abandonada los llamaba, poniendo sus acentos a la diversión.
Había también unos montículos de tierra
apisonada, que ellos prepararon para hacer bici-cross: era furor
en esa época. Con sus bicicletas saltaban entre las lomas.
A veces un vidrio semienterrado despedía un reflejo como
un guiño, donde los juegos de la tarde continuaban. El
polvo del piso formaba unas nubecitas del color de la madera
que se quedaba ahí con ellos, fijándose sobre
sus cuerpos fibrosos de comer avena, como la que usan los caballos.
*
Salía
a la vereda para atender el llamado de Tito: sin cruzar la reja
verde por su seguridad. Se acercaba y él le alcanzaba
un libro, (Tito) lector de Julio Verne. Emanuel lo guardaba
entre sus ropas gastadas, con el aura amarilla del jabón
en polvo popular. Tito era un hombre raro. Se la pasaba repitiendo
el nombre de su perro, aunque no se le entendía nada
porque hablaba para adentro. Las orbitas de sus ojos giraban
por sí mismas, sin buscar nada especial donde fijarse.
Parado delante de la heladera, señalaba una botella sin
terminar. Tomaba alcohol puro con jugo de naranja. Haciendo
señas desde la ventana abierta, enloquecido por las novelas
de piratas.
*
Quién hubiera visto la forma donde una experiencia se
dormía o estaba por despertar, al mirar la cara de un
bebé llena de arena; escuchado el fraseo multicolor o
el roce albino, de un gato que entinta sus huellas con la miel
de un panal. Como pasando figuritas muy diversas se quedaba,
moviendo despacio los dedos con las manos vacías. Sin
saber qué cuerda había pulsado, en esa fantasía
que describía su vida como un círculo: o un circo
donde él era cada uno de los animales y las gentes. Los
dibujaba y con la goma de borrar repasaba cada cuadro. Después
iba hacia atrás y se quedaba, tirado en el suelo mordiendo
una madera.
*
Hundida en su piel la memoria de un día. Los claros que
iluminaron con sus puntas escenas más claras, objetos
que habrían de llegar tarde o temprano; como ese recipiente
de mimbre donde juntaba las monedas cuando era monaguillo. Y
en la parroquia entre cajones de mermelada mezclaba el vino
de color rubí con un poco de soda. Le alcanzaba el copón
al sacerdote y el gallo en su recorte volvía a cantar.
La sotana le enseñaba sus vueltas, plegada en una silla
iba cubriendo su cuerpo todo entero, empezando por los brazos
y las piernas. Le mostraba cómo el trigo se mezclaba,
con el revoque desprendido sobre un muro diagonal de la capilla.
Era feliz sintiéndose útil con las encomiendas
y mandados de la misa, siempre a medio comenzar. Una tarde aburrido
mirando un reclinatorio, se imaginó a sí mismo
saliendo de la iglesia con los ojos cerrados.
*
Al
padre Pablos le gustaba pasarle la mano por su pelo crespo y
marrón, enredarle los dedos acariciando su cabeza. Se
quedaba los domingos para jugar a las cartas, con una damajuana
sujetada en los tobillos. Mendi se pasaba la tarde mirando los
partidos, donde por ser un niño además de monaguillo,
no lo dejaban participar. Pero igual lo ayudaba al cura, y haciéndose
el boludo miraba los naipes de los otros jugadores. Pablos le
había enseñado el valor de las cartas, y cómo
hacérselo saber con unas cuantas muecas. Y Mendi mientras
cargaba los vasos de la mesa, aprovechaba para espiar, predecir
cada jugada. Todas las apuestas del partido giraban en una sola
dirección, y nadie se daba cuenta de nada. La hucha del
sacerdote se llenaba rápidamente, con un tintinear apagado,
sin brillo.
*
Los huesos reclaman su inscripción. Los animales enterrados
en el fondo de la iglesia piden permanencia. Sí, Mendi,
los pondremos. Y también al padre Maura con sus lápices,
que te enseñó los ornamentos del dibujo religioso.
*
Llovía en la aldea municipal, cerca de la estatua de
un bombero cargando una criatura, fumó una pajilla, brotes
de tabaco en hilachas. Unos chicos le enseñaron a aspirar
poxirán, aplicando directamente el pegamento contra una
bolsa untuosa. Por un vidrio oscuro veían todo colgados.
Imágenes disueltas con los bordes tapizados en gamuza.
El flash duraba solo unos segundos. Hay voces que resuenan,
fragmentos de conversaciones que se ovillaron en sus oídos.
Con los años adquirió la costumbre de caminar
sin rumbo, andando con una carterita deshilachada, llena de
objetos que se golpeaban al andar. Y sus lápices. El
paisaje es de tinta aguada, irregular. Sus pestañas son
largas, algo curvadas. Va en línea recta, con las manos
en los bolsillos del pantalón de lana. En un corralón
había un camión descargando materiales. Y el sonido
del motor cortaba los silencios de la tarde. Desde donde estaba
sentado si quería podía verlo, copiarlo en el
cuaderno de papel con finas rayas.
*
El
olor del aire del invierno le traía recuerdos de su infancia.
El viento sacudía esas texturas mentales, una detrás
de otra. Y volvían a la memoria de manera olfativa. Un
perfume o el olor de una humareda de cuando queman hojas. Cualquier
cosa podía ser. Y era estar en un trance, al costado
de la vida, sintiéndose de repente integrado al paisaje,
en una sucesión dulce donde se representaban los momentos
de su vida. Los años cambiaban rápidamente, ¿pero
qué había pasado en realidad? Se esfumaban, como
un bosque de eucaliptos en la niebla.
*
Mientras pensaba en eso veía a una persona, que a unos
cincuenta metros lo miraba desde una ventana, fijamente. No
sabía precisar si era una mujer o un hombre. Pero lo
que sí notaba con claridad era su pelo largo, hondeándole
sobre los hombros, en la sombra que despedía la figura
delante de una pared. Él estaba en la puerta de un bar.
Adentro había una nena sentada frente a un televisor,
donde pasaban una cinta de dibujos animados. Y ella señalaba
en la pantalla a un sombrerito con los ojos cubiertos de lágrimas,
que se despedía trepado a una carreta. Eso lo distrajo
un momento. Y al volver la vista en dirección de la ventana,
la persona se había ido. Mendi se quedó pensando
en cómo se unían los destinos a partir de accidentes
insignificantes. Y cómo eso se volcaba con mínimas
variantes, para diseñar la vida personal de cada uno.
Las imágenes se volvían extrañas. A más
ideas, más grande la inmovilidad. Las cosas oscuras parecían
demasiado claras y a la inversa. Siempre pensaba en el mundo
que se sacudía en su cabeza. Uniendo todas las partes
en un punto y volviéndolas a desarmar, en un retablo
de marionetas donde se tensaba cada hilo. A través de
esos seres inarticulados, se podían mostrar o sugerir
cosas dormidas. Al sacarlos rápidamente de un baúl
para representar una serie de actos casuales, que finalmente
lo decidían todo.
*
Llega un día en que se encuentra pidiendo en la calle
y de repente ya es mendigo. Y los árboles como una manta
calurosa dan su abrigo. Cuando la noche lo encuentra desprevenido,
se acuesta sobre el banco de una plaza a descansar. Se burlan
los niños de su cabeza de melón. Los mechones
de los pelos no le ocultan los ojos. Fantaseando, volando, pensando
en una cosa. Hasta el color del rocío le resulta más
claro, rodeando a la sombra en un halo antes de evaporar.
*
Los
idiotismos de la lengua, “el loco, el vago”, que
también incorporó. Relatos donde un fondo de estilo
se iba fijando a la conducta. Las estaciones de trenes son espacios
que alimentan el flujo que divide una ciudad. Con la gente sacando
pasajes o caminando llenas de bolsos. Haciendo los trámites
necesarios antes de iniciar un nuevo viaje. Tirados en los bordes
del césped puede verse a unos mendigos que conversan.
Por el tono de la charla seguro que se están pasando
datos, las monedas que guardan para un cambio irregular.
*
Si el loco que perdió los dientes después de haber
comprado su dentadura nueva, pudiese recordar donde había
estado. Si encontrase una pausa para fijar la cifra de los trenes
que vio pasar. Como el recuerdo de aquel viejo que balearon,
mientras tocaba el acordeón en una plaza. Y Emanuel se
sentaba a escucharlo, con las palomas que zumbaban imponiendo
un vahído entre cada nota. La barba raída que
un remordimiento roe; un fantasma se sienta en su cama, le dicta:
“ese fuelle blandito que se pinchó hace rato, las
uñas que trababan las teclas siguen creciendo todavía”.
*
En un asado Mendi pidió la palabra, dijo: “Carretas,
bueyes, el color de un mendigo. Las inscripciones para recordar
un momento, la sopa de la tarde y el pan. La mirada de una vieja
cuando viene de ponerse la vacuna, la farmacia prendida, las
recetas viciadas".
*
O cuando pasaba a buscar comida por la carnicería donde
trabajaba Sebastián Salami. Muchas veces se lo encontraba
a punto de cogerse a una vaca, de las que él colgaba
de un gancho al terminar de desollar. Eso no era nada, también
lo hacía con pedazos de hígado, después
de calentarlos en una cacerola. Se jactaba de conocer el punto
justo de cocción. La refrigeración del aire enrarecía
el ambiente, dejando una escarcha azulada en las barbillas o
las peras. Emanuel se quedaba apoyado en la puerta de la heladera,
mirando cómo Sebastián agujereaba con la punta
de un cuchillo alguna parte blanda, copulando de una manera
silenciosa. De chicos habían vivido en el mismo barrio,
una casa pegada a la otra. Habían sido compañeros
en la escuela. Toda la vida de Sebastián era un catálogo
de perversiones domesticas, casi rurales. Que iba realizando
con paciencia cuando se quedaba solo.
*
Una mañana Mendi se acostó en la puerta de una
casa para dormir un rato. La noche anterior la había
pasado despierto. Las anfetaminas lo mantenían así.
Pero enseguida salió una vieja con una escoba para barrer
la vereda, y que al verlo ahí tirado le dijo que por
favor se levantara. La forma en que le habló era tranquila,
pero igual se notaba un fondo de violencia. En la zona estaban
aterrados con el "loco de la medalla"; un demente
que rondaba pegándole a la gente con una medalla del
tamaño de un compac, que llevaba soldada en la punta
de una cadena. Ese miedo volvía a la gente muy desconfiada,
irracional. Haciéndola tomar recaudos sobre cualquier
situación inesperada. Los vecinos reaccionaban frente
a los extraños con cautela y paranoia. No se podía
andar tranquilo. Los mendigos eran revisados por la policía,
que les hacía vaciar sus bolsas en la calle. Mostrando
a los ojos de los curiosos un rejunte de cosas, que cada una
por separado no despertaría la atención de nadie,
pero que juntas se convertían instantáneamente,
en una colección bastante rara. Se temía que “el
loco” apareciera en cualquier parte. Que lo habían
visto revoleando la cadena en la puerta de un colegio de monjas;
que el loco había amasado una fortuna inmensa, y por
eso la medalla, como un golpe de la suerte que iba dando...
Era de miedo, porque de un solo golpe podía matar a cualquiera,
o en el mejor de los casos mandarlo al hospital. Todas estas
versiones y muchas otras circulaban por ahí. Ya todos
estaban medio hartos, pero ese personaje era como una excusa
para la comunicación en caliente, sin preámbulos.
Era algo que estaba en el aire. Mendi se levantó del
piso enseguida, y se fue a dormir a un jardincito que estaba
ahí cerca. Postrando los brazos sobre el pecho se quedó
dormido. Apenas su cuerpo tocó el suelo con la cabeza
recostada sobre la campera de jean, ya estaba soñando.
*
Cuando duerme se encuentra siempre en el mismo lugar, en la
misma fantasía algo cambiada. Traspasada en los cimientos
de una idea, como bocas de ratón llenas de escamas. El
que cuelga la ropa se ve colgando la ropa, el que la lava siente
como la suciedad va aflojando al vaciar la palangana. Bajo un
puente la oscuridad se revela por contrastes. La oposición
al gris ceniza es un verde demente de mamboretá. Y unas
voces: "Mendi recordamos, el umbral natalicio y los pasos
lechosos".
*
Al caminar se detenía frente a las vidrieras colmadas
de los bazares, o en los puestos de los floristas. Un arreglo
de flores, una coronita de novia, lo perdía. Entonces
se imaginaba sobrevolando un jardín a través de
tumescencias nudosas, viajando por el interior de una planta
humedecida, con la saliva brillante de una oruga. Si tuviera
un perro lo habría abrazado entre unas frazadas a cuadros,
pegando su cabeza junto a la del animal, para quedarse así
en silencio unos segundos. Las vidrieras iluminadas de los negocios,
le causaban un temblor imperceptible, que se manifestaba con
unas pequeñas fisuras azules que corrían de izquierda
a derecha por las paredes de su pecho. En los diarios que de
vez en cuando leía, lo que más le gustaba era
mirar las fotos y fijarse en la ropa que llevaban las personas
retratadas. Encontrar esas camisas festoneadas con tela de toalla
que estaban a la moda. Pero retrocedamos un poco en la historia.
Una noche él se entretenía golpeando con las muletas
de su abuelo las puertas del ropero. Y al agitar el mueble con
los golpes, se cayó una valija llena de ropa que tuvo
que acomodar con mucho esfuerzo, para que nadie notara ese incidente.
Al subir la valija encima del ropero, esta se le escurría
entre sus manos pegoteadas. Ese fue el invierno del descubrimiento
del sexo, donde se masturbaba todo el tiempo y siempre andaba
cansado. Cuando hablaba la voz que resonaba era bien neutra,
y le costaba despegar por su garganta. En la oscuridad apreciaba
formas vacías, que retenía entre sus piernas apretando
las rodillas. Se sentía como un junco que flotaba en
la corriente. Era por la misma época en que escribía
su nombre como un loco, por todos los lugares que podía.
Estragaba sus iniciales escritas por el hollín de una
llama, o con un rotulador. Y pensaba que esas letras datarían
a unas estrellas, como un mapa clavado con tachuelas sobre el
armazón de una ventana. Una brisa lo reintegraba hacia
esos días, mirando el techo de un baño en la terminal
de colectivos, surgieron esos recuerdos.
*
Cuando en el baldío de los mendigos andaban de polvareda,
era porque llegaba una patota de linyeras. Mezclados como en
un cono, no era difícil adelantarse para saber de qué
forma iban a terminar. Se ponían a tomar alcohol y al
rato llegaba más bebida; y cuando se querían acordar
ya estaban todos borrachos, y se armaba pelea seguro. Estos
encuentros se sucedían bastante a menudo. Dadas las condiciones
de vida que llevaban, y las cajas de vino que vaciaban rapidísimo,
era difícil creer que las cosas pudieran ser de otra
manera. Con las peleas se aligeraban de la locura y de la frustración,
y de paso se divertían. Ya se sabe: la violencia es escapismo.
Y el alcohol funciona como una dinamita negra que ayuda a olvidar,
mientras va corriendo por la sangre. Siempre había problemas
entre linyeras y mendigos. Entre ellos no se veían con
ojos buenos. Cada grupo se molestaba mutuamente. Y en sus actividades
intentaban prevalecer sobre los otros, en un margen superior.
Las peleas empezaban de cualquier manera, siempre buscadas.
Podía ser que un mendigo al que le faltaba una pierna,
le gritara alguna cosa despectiva a un linyera, mientras le
daba una chupada a su lata de pasta-base. O sino que un linyera
se pusiera a mear sobre el fuego, con una mano sujetando la
caja de vino que no pasaba, chorreándole en la barba.
Y atrás un coro de voces que subían y bajaban,
gritando, refrescándose las gargantas a los ritmos del
recreo, o aspirando en las latas de pasta-base un humo condensado
y gris. Enseguida las cosas tomaban otro matiz y los gritos
explotaban dentro de su cabeza como muñecos a resorte.
Y se empezaban a dar golpes de muletas, patadas, piquetes de
ojos, posturas bizarras de karate, cualquier cosa podía
ser. Volaban ladrillazos, baldosas, botellas se estrellaban
contra una cabeza calva… La bebida y la droga eran importantes,
más todavía que comer; total siempre se encontraba
algo revolviendo en los tachos de basura, para conseguir un
alimento que enseguida se apresuraban a engullirlo en la boca
y tragarlo sin masticar… Y en el descontrol también
se perseguían otras metas. El sexo existe en todas partes.
Y esas reuniones eran concurridas exclusivamente por el género
masculino. Los más viejos aprovechaban las peleas para
llevarse a algún jovencito hasta un lugar alejado entre
matorrales o chapas. Y lo amenazaban con unos palos para ver
qué resistencia oponía. O si no cuando veían
que aparecía uno por ahí, algún pibe sin
casa, lo invitaban a quedarse junto a ellos, haciéndose
los buenos, mostrándole la deferencia de estar juntos.
Le daban de comer, le convidaban cigarrillos. Y después
se cobraban todo junto. De un día para otro se hacían
los ofendidos, y no le daban bola de golpe, como si no existiera.
Y el pibe llamando a la realidad, se repreguntaba qué
estaba pasando. Como un ternero que busca el calor de la vaca
más gorda. Y el mendigo de golpe le espetaba: "¿Pero
creés que te voy a andar cuidando como si fuera tu niñera?
Ya me cansé de vos y de tus mañas. Y pensá
en hacer algo para que los días no se vuelvan más
tristes y largos para vos"… Y seguía en ese
tono tratando de quebrarlo al pibe. Le hablaba muy serio mientras
se tocaba la pija por encima del pantalón. El pibe se
quedaba muy turbado con ese gesto, confundido. Él que
había pensado que el otro era su amigo, casi un padre.
Y entonces una noche entre rondas de ginebra y tortas enharinadas
muy cerca del fuego, el mendigo aprovecha y lo emborracha. Lo
que sigue es dado a las variables que cada cual se puede imaginar;
pero el mendigo lo viola.
*
Las
abejas de la plaza se descolgaban del panal cuando lo veían
a Emanuel para abrigarlo, parecidas a un pulóver. Eran
caprichosas con sus cascos cruzados por líneas anaranjadas.
A veces se posaban sobre sus orejas y les hablaban al oído.
Siempre repetían lo mismo, mientras con una pasta de
polen lo alimentaban en la boca. Sus cuerpitos huecos refulgiendo
al sol parecían cucharas de la sopa, un poco cuadradas,
amigables. Él sabía devolverles el gesto y jugaba
con ellas acercándole flores de largos pistilos, tirado
entre las plantas. Permitiéndoles quedarse un tiempo
más entre sus ropas, envolverse con su cuerpo de muchacho.
*
Una iniciación aumenta con los días, se fija en
las rótulas; los huesos traspasados dan su fe. Como la
esclava de un niño que suelta las porosas letras de un
estancamiento amarillo, en la fuente de las cosas donde escribirá
su vida. Que empezó como una broma familiar: "Hay
un mendigo, que se la pasa sentado leyendo una historieta. Y
no se queda quieto hasta no ver que los personajes traspasan
por los blancos de su histeria. Y allí donde los cuadros
se terminan, él busca las huellas que se hunden en el
pasto marcando unas pisadas, para internarse con ellos y empezar
la revista otra vez desde el principio".
*
Bajo un tinglado de chapas, allí donde la camisa de un
linyera cuelga de una horqueta que sostiene los tirantes del
rancho, Emanuel resalta en la tierra del patio pobre, igual
que en un teatrito místico, mientras el pordiosero lo
cubre con una manta espesa, como goma… Una perrita babea
su saliva caliente, curativa. Y él la besa en el hocico
afilado, muy cerca de los dientes. Fijando la mirada en las
paredes oxidadas, consigue una visión muy hermosa, lenta.
Donde unos enanitos se arrastran por un terraplén lleno
de barro, con sus cabezas nimbadas con una luz de témpera.
Si entrecierra los párpados la imagen se borra rápidamente.
Pero quedan en la retina unos puntitos, con espasmos que recorren
los colores.
*
Cuando mendigaba en la puerta de la Facultad de Medicina, se
sentaba cerca de una ventana. Y desde ahí veía
una vitrina llena de recipientes con fetos que flotaban en formol.
Él se quedaba ensimismado. Pensando que con sus manos
pequeñas le era imposible tomar uno de esos frascos,
y estudiarlo como a un huevo que se mira a trasluz, antes de
que caiga el sol, oscurezca. Los límites que separan
la realidad de la fantasía bailan sobre un cubo. A veces
la claridad de un rebote ilumina una figura que antes no se
notaba. Los estudiantes caminaban yendo a sus clases con pesados
libros bajo el brazo; o repasando unos apuntes todavía
calientes que traían de la fotocopiadora. Pasaban a su
lado sin notarlo. Mendigar ya se sabe, también es un
trabajo, una artesanía donde solo se necesita modular
mucho la voz. Para que cause algún efecto hay que lograr
una distancia, recubrir la cotidianidad de cierto extrañamiento.
Algunos recurren a distintos artificios, como hacerse pasar
por inválidos o ciegos. Otros cambian las paradas cada
tanto y con eso les alcanza. Así la convivencia no se
pone en juego y la mendicidad no cansa a nadie. La ciudad de
Rosario para eso era algo único. Tenía todos los
atractivos de la novedad, y siempre había lugares llenos
de gente, que se podían cambiar a cada rato. Con solo
caminar unas cuadras se renovaba la atención. Un día
de esos cuando iba por ahí, vio como un hombre amenazaba
con tirarse de la terraza de un edificio. El viento distorsionaba
sus gritos. Y por la distancia con que llegaba su voz, parecía
que estaba haciendo mímica, que era otra persona la que
hablaba detrás de él, con un timbre aflautado,
de mujer. En un momento cuando los curiosos que estaban abajo
rodeando el lugar, lo habían convencido para que se bajara,
el hombre perdió la estabilidad y se fue al suelo. Su
cuerpo cayó en el medio de la calle, con el ¡crack!
de su cabeza al golpear el pavimento. La imagen del suicida
se quedó grabada en la memoria de Emanuel toda su vida.
Cuando en un momento de distracción miraba hacia lo alto,
en una pesadilla encontraba a ese hombre repetido que caía,
cubriéndose la cara torpemente con las manos. El cielo
se llevaba los ecos de esa historia acabada, que iba diciendo
adiós de mil maneras. Las nubes estaban moldeadas con
formas colosales, macizas. Algunas parecían estadios
de fútbol, o planetas gelatinosos del tamaño de
un puño, vistos a través de un telescopio. La
luz de la tarde invitaba a internarse en los espacios solitarios,
que llamaban al abandono y al repliegue. Y en ese ambiente resaltaban
sus mejillas y sus ojos. Ahí donde nosotros buscamos
las palabras para componer algo de esto: ¡Mendi!
©
Francisco Garamona

Argentina,
1976 |
@
Escritor bonaerense. Cursó estudios en música
y artes plásticas. Es autor de los libros: Parafern,
Deldiego, 2000; El verano,
Deldiego, 2001; Carcarañá,
Casa de la Poesía de la Ciudad de Buenos Aires,
2002; Tavali,
amaranta, 2003; Cuaderno de
vacaciones, Siesta, 2003; Pequeñas
urnas, Gog y Magog, 2003; Una
escuela de la mente, Eloísa Cartonera,
2004 y La momificación
de Bárbara, Junco y Capulí,
2004. Tiene un disco con sus canciones titulado, Garamona!
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