EL
DEBUT DEL CHICO TATUADO
Entré
en la oficina del maestro de perfiles a recoger el sobre que
contenía el resultado del reconocimiento médico-laboral
que me habían efectuado en los servicios médicos
de la empresa quince días antes.
SE ACONSEJA ACUDIR A SU MÉDICO DE CABECERA CON ESTOS
ANÁLISIS.
Acudí.
En
la sala de espera, dos mujeres daban la lengua:
-¿Cuánto has adelgazado? -preguntó una.
- Veintiséis kilos -respondió la otra.
- Estás más guapa así.
Oí mi nombre y mis apellidos. Entré en la consulta,
me senté, dije:
- He adelgazado nueve kilos en menos de un año.
- Me vas a hacer análisis de sangre y orina.
-¿Y tú a qué lo achacas? -me preguntó,
unos días después, el médico, el mismo.
- A los nervios -le dije.
-¿Así que tú crees que la causa son los
nervios?
- Sí -le dije-. Eso creo. Sí.
- Veamos -dijo.
Pulsó uno de los botones de su interfono:
-¿Están por ahí los resultados de la analítica
practicada a David González?
Estaban. Se los trajeron. Les echó un vistazo por encima.
- Diabetes -me dijo-. Esa, y no otra, es la causa del adelgazamiento.
-¿Y eso tiene cura? -le pregunté.
- La diabetes es una enfermedad crónica -me contestó.
-¿Y tendrá que pincharse insulina? -le preguntó
la mujer que antepone mis necesidades a las suyas.
- Si no hubiera indicios de acetona, quizá no.
-¿Pero cuál es la relación de la acetona
con la diabetes? -le preguntó ella.
- Cuando aparece acetona significa que la insulina que produce
el páncreas no trabaja bien -le dijo el médico-.
No depura el azúcar -explicó-. Entonces, el organismo
sustituye esa insulina por otra sustancia, la grasa por ejemplo.
De ahí que David haya adelgazado tanto - terminó.
Luego me preguntó:
-¿Hay antecedentes de diabetes en tu familia?
- Que yo sepa no -le respondí-. Aunque mi madre se puso
insulina durante mi embarazo.
- Te voy a preparar un volante para que vayas mañana
al hospital -me dijo-. Vas por urgencias.
El bolígrafo con el que garabateaba, de madera, tenía
su nombre grabado, en letras doradas, en la pestaña de
acero inoxidable.
-¿Fumas? -me preguntó.
- Sí.
-¿Cuánto?
- Dos cajetillas al día.
-¿Fumas porros?
- Alguno, sí. Pero pocos.
-¿Alguna otra droga?
La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard.
-¿El alcohol cuenta?
- Sí.
- Pues entonces alcohol también.
-¿Y aparte del alcohol?
- A veces esnifo farlopa?
-¿Cocaína?
- Sí.
-¿Qué cantidad?
- No sé…Tres o cuatro rayas los fines de semana.
¿Pero a quién pretendías engañar,
tío? ¿Al médico o a ti mismo? Sabías
de sobra que era raro el finde que bajabas de los dos o tres
gramos.
El médico me miró, como si pensara: y qué
más.
- Y pastis.
-¿Éxtasis?
- Sí. En alguna fiesta.
-¿Tus padres viven?
- Sí -aún no les había matado a disgustos.
-¿Tienes alguna enfermedad?
- Diabetes -le vacilé.
Levantó los ojos de la mesa, me miró.
-Aparte -me dijo.
- No.
Me firmó el parte de la baja laboral.
- Y no te preocupes -me dijo-. Podrás seguir haciendo
una vida normal (ya) y podrás seguir trabajando (también).
Salimos de la consulta, del ambulatorio, y subimos al coche
(porque de aquella aún tenía coche). No alcanzaba
a comprender todavía, a imaginar siquiera, si finalmente
se confirmaba, la importancia de lo que el médico de
cabecera acababa de decirme. La gravedad de la dolencia que
me había diagnosticado. Ni como afectaría a mi
vida y a la de todos aquellos con quienes la compartía,
en especial a la de la mujer que se desvive por mí.
-¿Avisaré a mi madre? -le pregunté.
- Espera a mañana -me dijo-. Espera a ver qué
pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di a la llave de contacto, las lágrimas arrancaron
a la primera.
-Tranquilo -me dijo ella acariciándome la espalda con
ternura-. Tranquilo -repitió-. Deja de llorar. No llores
más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.
A las nueve en punto de la mañana entregué el
volante en la ventanilla de admisión de urgencias del
hospital.
Un celador me acompañó hasta una habitación
minimalista: una cama diminuta, un armario metálico y
una mesa.
- Quítate toda la ropa, menos los calzoncillos, y métela
en esa bolsa.
Una bolsa de plástico, como las de la basura, del mismo
color.
- Y ponte este camisón.
No sabía cómo se ponía, así que
terminé por ponérmelo del revés. Me dejaba
al descubierto los tatuajes del pecho: una paloma con una hoja
de laurel en el pico y un revólver del calibre cuarenta
y cinco.
Entró una enfermera, reparó en los tatuajes.
- ¿Tiene ganas de orinar el chico tatuado? -me preguntó.
- No muchas, la verdad.
- Entonces me veré obligada a ponerte la sonda -dijo.
- De repente me han entrado unas ganas tremendas -dije.
Entró una mujer, médico, endocrino, joven, guapa,
saludable. La paloma, en su vuelo, le pasó raspando la
cara. El revólver la encañonó.
-¿Dónde te hiciste eso? -me preguntó.
Es mejor, siempre que sea posible, decir la verdad.
- En la cárcel -le dije.
-¿Y por qué fuiste allí? -quiso saber.
- Por malo.
-¿Y estuviste mucho tiempo?
- Tres años.
Entró otra vez la enfermera.
- Vamos a hacerle un electro al chico tatuado -dijo.
Entonces, de repente, reparé en las uñas de mis
pies. Con las prisas, los nervios, el madrugón, me había
olvidado de cortarlas. Me daba vergüenza, mucha vergüenza,
que la enfermera pudiera llegar a pensar que yo era un marrano.
La sábana no alcanzaba a taparme los pies. Estaban largas,
mis uñas, tan largas que hubiera podido enroscarlas sin
ningún problema a los barrotes que había a los
pies de la cama. Sin embargo, la enfermera no pareció
darse cuenta, o ya estaba acostumbrada, y mi cuerpo se transformó,
en apenas unos instantes, en un amasijo de cables, pinzas y
parches.
La habitación no tenía puerta. Cortinas. Estaban
descorridas. Observé lo que sucedía en el interior
del cuarto número seis. Exploraban a una paciente, una
chica joven, pelirroja, con aspecto de yonqui. Llevaba puestas
unas bragas y un sujetador, a juego con el color de su piel,
el blanco. El adjetivo delgado se quedaría corto si me
viese en la tesitura de tener que hacer una descripción
de su cuerpo. Pero si tuviese que describirlo, diría
que estaba consumido. Igual que su rostro. Los pómulos
sobresalían tanto que parecían nudillos. Los ojos,
en un intento desesperado por escapar de la invasión
a que estaba siendo sometida su intimidad, se detuvieron, por
unos segundos, en los míos, reconociéndolos, aceptándolos.
Su mirada lo decía todo: En manos de extraños,
tío, así acabamos. En manos de extraños.
Entró un médico. Se fijó en las tres cicatrices
del antebrazo, del siniestro. Puso cara de asco. Pero era humano,
el endocrino, sentía curiosidad.
-¿Y eso? -me preguntó-. ¿Te cortaste?
- Me lo hice en la cárcel con la hoja de una maquinilla
de afeitar -le contesté.
- Así que te diste a la mala vida, ¿eh?
- Algo parecido, sí.
- Pues ahora ya se te acabó -dijo, con satisfacción.
Me acordé de Hubert Selby Jr, el escritor estadounidense,
de algo que dijo, o escribió: La luna de miel se ha terminado.
- Tienes diabetes de debut, diabetes insulinodependiente -me
dijo el médico-. ¿Has venido con alguien? Vamos
a dejarte aquí.
En manos de extraños, pensé, y volví la
vista hacia el cuarto número seis, pero en el cuarto
número seis no había nadie. La chica con aspecto
de yonqui, la pelirroja, ya no estaba. Se la habían llevado.
De
Anda, hombre, levántate de
ti
©
David González

España,
1964 |
@
Nació en San Andrés de los Tacones, Gijón.
Es director de la colección de poesía
Zigurat que edita el Ateneo Obrero de Gijón.
Sus poemas han sido traducidos al árabe, inglés,
portugués y al alemán. Entre sus últimos
libros publicados destacan El
hombre de las suelas de viento. Poemas africanos de
Arthur R (Germania, 2003), Anda,
hombre, levántate de ti (Bartleby,
2004) y Hasta los paranoicos
tienen enemigos (La Tapadera, 2004). Ha
sido incluido, entre otras, en las siguientes antologías
de poesía y narrativa: FEROCES.
Radicales, marginales y heterodoxos en la última
poesía (DVD, 1998), Poesía
para los que leen prosa (Visor, 2004), Voces
del Extremo (Moguer, 2004),
Golpes. Ficciones de la crueldad social
(DVD, 2004). Sitio web: David
González
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