EL
LLANTO DE LOS NIÑOS MUERTOS
La
abuela quiso gritar pero su cabeza, arrancada del cuerpo, no
pudo emitir más sonido que el deslizar arenoso de la
lengua y el flop que hizo al caer.
-----Trituré lo que quedaba
del cuello con mi hocico. Tragué sin masticar del todo
y aullé. Desde el suelo, su mirada vacía me observaba,
queriendo descifrar lo que había pasado. Sólo
pudo ver cómo rasgaba su caja torácica para masticar
los intestinos.
Lo
primero que recuerdo de la casona son los largos pasillos de
techos altos por los que siempre corría un viento silbante.
Las criadas decían que era el llanto de los niños
muertos sin bautizar. La abuela decía que eran los muertos
y punto.
-----En el cielo de la hacienda
no brillaba el sol, siempre estaba cubierto de nubes grises.
Conocí el sol hasta el día en que acompañé
a la abuela al pueblo por primera vez. Tendría once años.
Esa es la hija del Clemente, murmuraba la gente a nuestro paso.
Ella los ignoraba. Yo ni siquiera sabía que mi papá
se llamaba así. En el pueblo llovía luz al mediodía.
Quise que el calor besara mi rostro, mis brazos. La abuela me
apuraba sin que los tibios rayos me tocaran. Esa misma noche,
en la hacienda, descubrí que la luna vertía también
su modesto esplendor sobre la comarca. Sin que las nubes opacaran
su luz. Fue la primera vez que bañé mi cuerpo
desnudo bajo su regalo luminoso.
Dicen
que poco después que murió su papá, el
Clemente hizo un pacto con el diablo. Que se lo encontró
caminando por el lecho del río. Que se le apareció
en forma de una mujer muy hermosa, de piel blanca y cabello
negro. Que la mujer lo sedujo y a cambio de su semilla le ofreció
un deseo. Nadie sabe lo que pidió. A los nueve meses
apareció la tal mujer en la hacienda. Se apersonó
frente a la mamá del Clemente y le mostró el fruto
de su extraño amor: una niña con cuerpo de leche
y cabello de tinta. Dicen también que la mujer cobró
caro el deseo del Clemente, porque se llevó su razón
y lo dejó loco. Desde ese día nadie la volvió
a ver. El Clemente se creyó un animal y huyó al
bosque, donde corría desnudo en cuatro patas y cazaba
animales pequeños, hasta que unos cazadores lo mataron
al confundirlo con un lobo. Su mamá se quedó con
la niña, a quien culpa de haber perdido a su único
hijo. Dicen que por eso la odia, que no la perdona y que la
trata como si estuviera loquita y no la deja salir de la hacienda.
Dicen.
El
beso de la luna es frío y azul. Yo salía a escondidas
hasta el pozo, desnuda, envuelta en un rebozo; descalza avanzaba
tratando de no pisar los alacranes. Sólo escuchaba el
silencio de la noche y los murmullos de sus criaturas. Entonces
dejaba caer el rebozo y ofrecía mi cuerpo a la luna para
que lo recorriera. Cerraba los ojos y sentía cómo
el frío lamía cada rincón de mi piel. Cuando
me sentía por completo lamida por esa fría luz,
recogía mi rebozo y regresaba a mi cuarto en la casona.
Las
penumbras siempre me han protegido a pesar de mi piel cremosa.
La oscuridad me envuelve con su manto y se traga los ruidos
que mis pisadas producen. Me deslizaba entre las sombras, espantaba
a las criadas al aparecer a sus espaldas sin que me escucharan.
Jamás pude espantar a la abuela, ella siempre sabía
que era yo. Decía que era una hija de la noche. Se equivocaba,
sólo soy su amiga.
Todas
las madrugadas las criadas acarreaban ollas de barro con agua
que hervían en la cocina para que la abuela se bañara.
Eran ocho las que la lavaban, la peinaban y la perfumaban. Recuerdo
el baño inundado con el vapor y el aroma a talco de la
abuela. Su trenza larga y blanca, como mi piel, caía
por su espalda.
-----Yo nunca fui pura como ella.
Bien
pronto la abuela descubrió la suciedad en mí.
Un día, cuando era pequeña, me sorprendió
manoseándome en medio de las piernas. Me golpeó
con una vara que zumbaba con cada azote y luego ordenó
a una de las criadas que me untara chile ahí donde no
debía tocarme. Desde entonces me supe impura e indigna,
que estaba sucia por dentro, sin importar cuánto me bañara
y tallara con zacate y agua caliente. Por eso busco el beso
de la luna todas las noches. Para que mi alma se blanqueé
como mi cuerpo.
Los
domingos venía el padre a confesar a la abuela. Venía
desde el pueblo a desayunar tempranito con nosotras. En la casona
no podían entrar hombres, excepto él; todos los
peones se quedaban afuera y si había algo que arreglar
lo hacián en el recibidor. Jamás pasaban hasta
la sala, mucho menos al comedor.
-----Esta niña es el
demonio, le decía la abuela al cura mientras nos servían
chocolate caliente a los tres, no importa cuánto la bendiga,
jamás estará libre de pecado, es la esencia misma
de la maldad. El sacerdote me veía, sonreía, daba
un trago a su taza y contestaba: También los demonios
son hijos del Señor.
-----No sé por qué
la abuela decía eso. Yo nunca le hice daño a ella.
Sólo a algunos de los hijos de las criadas.
Fue
una vez que todos los peones de la hacienda se plantaron frente
a la casona, con antorchas en las manos y gritos en sus gargantas.
Entonces conocí al Maligno. La abuela salió a
hablar con ellos. Adentro, las criadas no me dejaban acercarme.
Lo vi desde donde estaba. Era moreno, del color del chocolate
que nos servían todos los domingos y desde mi lugar supe
también que olía a vainilla. Su cabello era negro
como el mío, pero sus hebras eran gruesas, en su mirada
se adivinaba el dolor de quienes caminan descalzos por las piedras,
de quienes enfrentan la jornada con tortillas y café
en el estómago. Él también volteó
a verme y desde ese momento quedé marcada por su deseo.
Lo supe por la ola fría que recorrió mi espalda
y por el vacío helado que desde ese día tejió
su telaraña sobre mi pecho.
La
abuela logró calmar a los peones y alejarlos de la casona.
A todos menos a él.
La
biblioteca estaba tapizada por los libros del abuelo. Había
una escalera que se delizaba entre los estantes para que no
hubiera volumen que no se pudiera alcanzar. Tenía prohibido
acercarme a los libros pero siempre me las arreglaba para llegar
hasta ellos y leer a la luz de las velas que llevaba escondidas
bajo mi vestido.
-----Toda mi ropa era negra porque
la abuela me hacía llevar el luto por mi padre. Ella
se vestía igual, del cuello a los pies.
-----Cuando terminaba de leer,
me gustaba apagar las velas con la punta de mi lengua.
-----Fue el padre quien me enseñó
a leer, mientras me daba el catecismo. Fue él quien me
habló por primera vez de la biblioteca, oculta detrás
de una puerta clausurada en el extremo de la casona. En su juventud,
había sido amigo del abuelo. También era el único
que me sonreía y al hacerlo su cara se llenaba de arrugas
profundas y me mostraba sus enormes dientes.
El
Maligno empezó a merodear la casona. Las criadas más
jóvenes creyeron que las buscaba a ellas. No era el primer
peón que se acercaba a buscar los favores de alguna de
las mujeres morenas para saciar su ardor furtivamente, ocultos
en el cuarto de planchado de la casona. Pero este hombre me
buscaba a mí, lo supe por su mirada inflamada que podía
verse desde el balcón de mi cuarto. Y por el hueco de
mi pecho, que se enfriaba apenas sentía su presencia.
-----Tuve miedo. Recordé
los gemidos que escapaban a media noche del cuarto de planchado,
en la planta baja, cuando las parejas pensaban que nadie las
oía, ignorando que yo las espiaba bajo las escaleras,
con el pecho palpitando y la mirada perdida en las penumbras.
-----Dejé de salir a recibir
el beso lunar. Sabía que la bestia rondaba la casona,
con su entrepierna henchida de lujuria. Desde la primera noche,
sentí que la impureza crecía dentro mi cuerpo.
Gracias
a uno de los libros del abuelo que se llama Decamerón,
supe que el deseo hace su nido entre las piernas de los hombres,
en correspondencia con la suciedad que se aloja en medio de
las piernas de las mujeres. Un día, mientras me bañaba,
vi que la pelusilla que cubría mi bajo vientre comenzaba
a oscurecerse. Tuve mucho miedo, pero no tanto como al descubrir,
tiempo después, que durante una noche la suciedad que
se extendía dentro de mí había hecho llorar
sangre a mi cuerpo, dejando una huella escarlata en el colchón.
-----Quise ocultarlo lavando las
sábanas yo misma, pero una de las lavanderas me descubrió.
-----Intenté explicarlo,
pero de mis labios sólo escaparon balbuceos.
-----Ella se rió.
-----Se rió de mí.
-----Maldita india.
Tuve
que pensar cómo seguir recibiendo el baño lunar
sin salir hasta el pozo. Quería evitar al Maligno. Un
domingo por la noche subí al techo de la casona. Apenas
había media luna en el cielo. Dejé caer el rebozo
y extendí los brazos, queriendo abarcar el tímido
abrazo de Selene. Abajo el Maligno acechaba y, al descubrir
en el aire el aroma de mi impureza, comenzó a aullar.
La abuela y las criadas no tardaron en despertarse; no tuve
tiempo de correr a mi habitación. Al escuchar los pasos
en la azotea subieron y fui descubierta.
-----Esa noche la abuela me azotó
hasta cansarse con la hebilla del viejo cinturón de mi
papá.
-----De Clemente.
-----Cuando terminó, mi
cuerpo estaba cruzado por líneas rojas. No lloré.
Creo que eso la enfureció más. Pero ya no tenía
fuerzas para seguir golpeándome.
-----Ordenó que me dejaran
encerrada en el cuarto de planchado durante una semana. Desnuda.
A merced del Maligno. Las criadas ni siquiera se atrevieron
a tocarme, sólo me empujaban con varas.
-----Pasé la primera noche
lamiendo mis heridas. El Maligno, sabio en su maldad, ni siquiera
se acercó.
A todo se acostumbra uno, menos a no comer, dicen los peones.
-----Para alimentarme, la abuela
ordenó a las criadas que deslizaran por el suelo un plato
lleno de las sobras del día. Las primeras veces ni siquiera
quise olerlo, pero el quejido del estómago me hizo vencer
el asco y pronto lamía los frijoles refritos pegados
a los platos, roía los huesos en busca de algún
jirón de carne olvidado, masticaba las tortillas frías
y resecas.
-----Por la noche, la abuela bajaba
a azotarme con la vara. Jamás lloré frente a ella.
-----Me había acostumbrado
al dolor.
Me
volví peligrosa para las criadas. Tenían que lanzarme
los platos rápidamente si no querían que las mordiera
hasta lastimarlas. El gusto salado de su sangre me erizaba los
pezones. La abuela desistió de azotarme por miedo a que
la atacara.
-----Yo esperaba el domingo para
que apareciera el padre y me sacara de ahí, pero los
días pasaban lentos y vacíos.
-----Llegó la noche del
sábado y con ella la sangre que otra vez escurrió
por mis piernas como lágrimas de mi condenación
irremediable.
-----Afuera, la luna llena derramaba
su leche. A lo lejos un aullido anunció al Maligno. Sentí
los vellos de mi cuerpo erguirse al instante. Mi vacío
pectoral se inflamó hasta convertirse en una onda helada
que descendió de la base del cuello a la ingle, donde
explotó en una húmeda inflamación que hizo
salivar a mi entrepierna. El corazón se inquietó
en mi pecho, saltando descontrolado. El miedo chocó de
frente con un deseo incontenible de llenar el abismo diminuto
que se abría en medio de mis muslos.
-----Quise huir, arañé
la puerta hasta arrancarme las uñas y sangrar mis lúnulas.
Aullé para orientar al Maligno y guiarlo entre la oscuridad
hasta la ventana de mi prisión. Me hice un ovillo ante
el inminente ataque. Abrí las piernas para que el viento
nocturno llevara el perfume de mi lubricidad hasta el intruso.
Grité el nombre de la abuela rogando clemencia, como
último recurso al oír al predador que trepaba
los dos metros que le separaban de la ventana. Cuando estuvo
dentro del cuarto hundí dos dedos en mi triángulo
velludo y dibujé a su alrededor un círculo para
que el olor sanguíneo azuzara a la bestia.
La
sombra del Maligno me cobijó. Las hebras oscuras de su
cabellera se habían extendido por todo su cuerpo. Ya
no olía a vainilla. Sentí en la cara el aliento
calido que escapaba por entre sus dientes filosos como navajas.
Estiré la punta de la lengua y me encontre con la suya,
que mordí hasta hacerlo sangrar. Él me embistió
con su demonio enhiesto, que deslizaba dentro de mí fácilmente
hasta llenar de dolor mi gran vacío. Rodamos por el suelo
envueltos por la oscuridad del cuarto de planchado. Entendí
el placer del dolor más allá de los azotes de
la abuela. Él rasgaba mi espalda, yo hundía los
dedos en la suya, peluda. Me mordió hasta dejarme tapizada
de moretones goteantes. Desde lejos, mientras se deslizaba dentro
y fuera de mí, sentí venir la explosión
que se anunciaba como los truenos a la distancia de una noche
nubosa. El Maligno aceleró su ritmo adivinando la proximidad
del final...
-----...que toma por asalto tu
cuerpo...
-----...que chasquea como un relámpago
en medio de tus penumbras...
-----...que llena tu universo entero
hasta los huecos más remotos...
-----...que inflama cada uno de
tus rincones...
-----...y que desapareció
en segundos, dejando el eco de su violencia retumbando por todo
mi cuerpo. Tensé brazos y piernas alrededor de él
hasta dificultarle la respiración. No dejó de
lamer las heridas de mi rostro ni salió de mi cuerpo
hasta que después de una breve eternidad me aflojé.
-----Entonces comenzó mi
transformación.
¿Cómo
explicar a los seres lampiños y de dientes romos lo que
es tener la piel hirsuta, las uñas y los dientes transformados
en filos mortales? ¿Cómo decirles a criaturas
de ojos miopes y oídos estrechos lo que es ver en la
oscuridad y escuchar el caminar confiado de la presa a muchas
varas de distancia? ¿Cómo hacer sentir a quien
la naturaleza sólo dotó de burdos remedos de sentidos?
¿Cómo decir lo que es ser un lobo?
-----Hubo dolor durante la transformación.
Un dolor familiar, nuevo pero que se sabe conocido en algún
rincón de las entrañas, que se espera desde antes
de nacer y que sin embargo se ignora. Pero ya estaba aprendiendo
a gozar el sufrimiento. Cuando me sentí una loba completa,
volteé hacia el Maligno, que me observaba con ojos amarillos.
En su mirada leí que mi tiempo había llegado,
que desde ese momento debía caminar sola, que él
sólo había quebrado el cascarón de la semilla
maldita con que yo nací. Luego trepó por la ventana
y salió de mi vida para siempre.
-----El instinto me susurró
al oído lo que tenía que hacer.
-----Derribé la puerta del
cuarto de planchado.
-----Y me dirigí a la alcoba
de la abuela.
Nuestros
gritos habían despertado a las criadas, que corrían
despavoridas de un lado a otro sin saber qué hacer. Las
casas de los peones estaban demasiado lejos como para que alguien
escuchara sus gritos de auxilio. Descubrí a la india
que se había burlado de mi primera sangre y me lancé
sobre su cuello. Quiso gritar pero quebré su laringe
antes de que lo hiciera. Hubiera seguido mordiendo su cuerpo,
que se revolvía en medio de convulsiones, pero tenía
una presa más importante.
-----Mientras subía las
escaleras con pasos lentos, escuché a la abuela rezar
en su habitación un rosario atropellado mientras cargaba
el mosquetón que colgaba de una de las paredes. La pólvora
que resbalaba por el cañón despedía un
aroma acre que se confundía con el olor a talco que intentaba
disimular el tufillo decadente de sus carnes resecas.
-----Al olerla con olfato de lobo
entendí su pequeñez, su insignificancia. No hay
peor tiranía que la ejercida por enanos.
-----Me detuve a unos metros de
la puerta. Oí su respiración, el murmullo de sus
rezos, su corazón palpitante. Olía el sudor que
resbalaba por su espalda. El recuerdo de los azotes, del escozor
del picante untado en mi sexo infantil, de la mordaza y las
ligaduras cuando apenas caminaba, del odio en su mirada, de
sus acusaciones con el padre, concentró en mí
un odio ardiente que corría por mis venas.
-----Tomé impulso y salté.
Al cruzar la puerta la abuela gritó:
—¡Muere, bestia! — y disparó.
-----Falló.
No
paré hasta desgarrar sus carnes mucho después
de que el cadáver había perdido toda forma humana.
Bañada por su sangre tibia, aullé a la noche y
salté por una ventana. Al hacerlo, derribé un
quinqué. Escapé de la hacienda, dejando atrás
la casona con sus niños muertos llorando por los pasillos,
con su velo de nubes ocultando el sol, con su maldición
y su demencia.
-----Corrí durante horas,
llevada por caminos invisibles en los que el instinto guiaba
con voces dentro de mi cabeza, voces que no eran humanas. No
me detuve hasta llegar al corazón del bosque.
-----Al lugar de los lobos.
Desde
esa noche vivo aquí, agazapada en la oscuridad que me
regalan los árboles. Sólo salgo a lo descubierto
para recibir el beso de la Luna. Cazo animales pequeños
que mato con mis dientes; siempre es más difícil
hacerlo sin los colmillos de lobo.
-----Por eso, cuando vuelve la
transformación, salgo a cazar algo más grande,
cerca del pueblo. Un viajero nocturno o un niño extraviado.
-----Siempre me gustó lastimar
a los niños.
-----Aún no me siento pura,
y menos ahora que me he manchado no sólo con mi propia
sangre, sino con la de quien ha muerto entre mis dientes.
-----Pero ahora ya no me importa.
Dicen que la
maldición se desató sobre la hacienda una noche
de luna llena. Que desde la casona se alcanzaron a escuchar
los gritos de las criadas, que no podían salir porque
la señora había echado el cerrojo y nadie más
tenía llaves. Que el fuego devoró la casona hasta
dejar los cimientos y sus cuerpos calcinados. Que nunca encontraron
el cadáver de la hija del Clemente, la loquita, pero
sí el de su abuela, que estaba decapitada. Que tras esa
noche la región está maldita, la tierra estéril
y el bosque alberga demonios que huyen de la luz del sol pero
se dejan ver al rayo de la luna. Que desde entonces los caminos
ya no son seguros por la noche, que el que se interna entre
los árboles no regresa jamás, y que los niños
que llegan a acercarse desaparecen sin dejar rastro.
-----Dicen.
De
El llanto de los niños muertos
©
Bernardo Fernández

México,
1972 |
@
Historietista, ilustrador y guionista de cómics.
Como narrador está incluido en varias antologías
entre las que destacan Nuevas
voces de la literatura mexicana y Visiones
Periféricas. Ha publicado los libros
infantiles: Error de programación
y Cuento de hadas para conejos,
así como una primera antología de cuentos,
¡¡Bzzzzzzt!! Ciudad
Interfase. Es cofundador (junto con Pepe
Rojo y Deyanira Torres) de la Editorial Pellejo/Molleja,
donde ha editado y diseñado la revista SUB
y la antología de historieta de ciencia ficción
Pulpo Comics.
Sus trabajos han sido mostrados en exposiciones colectivas
en el Museo de Culturas Populares de la ciudad de México
y en el Centre Culturelle du Mexique en París.
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