| memoria
de lagartos
Comenzaría
con infinitas frases
Carmen Camacho
I
Yo: así
comienza el poema.
Yo he visto, ayer sin ir más lejos, un lagarto feliz.
Claro, afirmar que yo he visto un lagarto
y que ese lagarto es feliz son afirmaciones que,
a pesar de su coherencia, parecen
impropias de mí.
Todo puede explicarse razonablemente
si tomamos por indudable la primera
aseveración, la primera certeza:
ciertamente, ayer vi un lagarto.
Con cierta indulgencia, hacia mí,
hacia el lagarto,
alguien podría creer sin ciencia posible
en la existencia de lagartos felices,
y ya puesto en ello, no le costaría nada convencerse
de que uno de ellos es el lagarto feliz que vi ayer
entre las hierbas,
bajo la piedra,
desde la orilla,
sobre el tejado.
Lástima que ayer no tuviera tiempo
para salir de esta casa sin ventanas.
II
No fue prudente
la verdad.
Decididamente. Cuando en la imprecisa
fecha de un mes de invierno fueron las palabras,
cayó el mantel y tras él, los alimentos.
Después
vino el tiempo. Siglos reglados,
matemáticamente sucedidos.
Siglos de verdad.
Los ojos entonces se preguntaban a menudo.
Se había hecho costumbre la duda,
la atenazante y quieta duda de lo cierto.
-No hay más preguntas.
III
Cuando Zah
Zamán recuperó la sangre en sus mejillas y volvió
a sonreír, algunos pájaros alzaron el vuelo. La
risa inocente y ruin subiendo del sexo hasta los ojos. Las manos
palmoteando gratas. El dolor olvidado.
Cuando Zah
Zamán sanó de su enfermedad de venas hinchadas en
la enfermedad fraterna, ignoraba que su hermano también
sonreía con los ojos rojos detrás de unos matorrales.
IV
Esta noche
un hombre me ha hecho el amor.
Se dice así. Está bien.
No me molesta en absoluto la implicatura de pasividad del objeto
indirecto.
Cierro los ojos y sueño con lagartos.
Está bien. Me gusta.
V
Algunos locos
me han contado que ayer me vieron
besando un perro en la calle.
Enseguida les he hecho una mueca de aprobación
y gratitud por el interés mostrado.
Casi a la vez, uno de ellos, el más alto,
ha dicho: "era un perro callejero".
VI
El narrador
ha prometido no contarme el final de la historia.
Le he besado la boca.
VII
En la séptima
planta del edificio
MCQ Ltd, junto al temporizador
de la red de ambientadores perfumados,
Caín permanecía de pie.
Esperaba pacientemente que algún familiar
le aceptara el currículum que tan primorosamente
un vecino le había pasado a ordenador.
VIII
Hubo un tiempo
-y esto puede comprobarse porque yo estuve allí- en que
la humedad lo ocupó todo. Antes de que alguien pueda sonreír
quiero hacerle reparar en la facilidad con que se explica todo
si se piensa en la edad. No es lo mismo. A esas edades, uno siempre
está hablando de humedad.
La extenuación,
sin duda húmeda, dio lugar a que esta insistencia se convirtiera
en rutina. Humedad de la boca, humedad de los ojos, humedad del
vientre, del ombligo, todas las mucosas húmedas, el pelo
húmedo. Las piernas alegremente humedecidas. Toda la humedad
posible descendiendo enfebrecida del útero hasta el suelo.
Humedad en
el campo, en la escalera, en los servicios sin limpiar. En los
semáforos en rojo o en ámbar o en verde.
Hablé
durante mucho rato. Años de palabras húmedas (a
veces susurradas, como si cayeran en papel secante) para llegar
a la conclusión de que, por mucho que me insistan, nunca
cambiaré mi crema hidratante por ninguna otra.
IX
Nadie me cree.
Pero yo sé cuál es el camino recto. Lo he visto
en un libro de ilustraciones. (Era un boceto en técnica
de sanguina).
X
No sé
cuántos libros he leído ya sobre el insomnio. Mi
rechazo a las píldoras redondas azules se ha extendido
a todas las formas posibles y a todos los colores: las ovaladas
simples, las ovaladas divididas por una estría, las cápsulas
bicolores con letras impresas en blanco, las redondas de punta
roma, las esferas, las formas estrelladas, los árboles,
los bancos de los parques, las cometas de colas rizadas, las trenzas
con lazos, los álbumes de fotos. En fin, cualquier tipo
de pastillas imaginable. Claro, este rechazo ralentiza mi curación.
Pero yo no desisto y leo todo lo que encuentro sobre el insomnio.
Me paso noches enteras leyendo y releyendo todo tipo de técnicas
naturales para conseguir el sueño. La última vez
que visité al médico me dijo: "Tiene usted
que levantarse de vez en cuando de la cama para superar esta falta
de sueño". Mi madre, que tiene una gran fe en la Medicina,
me recuerda a menudo este consejo, pero no le hago mucho caso,
está algo mayor y dice cosas sin sentido. Últimamente,
anda diciendo que este médico no pronuncia las eses finales.
XI
Ahora hablo
de amor. Te amo. Alegre, dolorosamente. Con descansos intermitentes,
con vehemencia, sin sangre. Te amo en cuclillas y con los brazos
en alto. En la canción (en la canción te amo sin
respiro), en la cola del médico, después de amarte.
Pero no solamente te amo sino que amo todo lo tuyo, hasta lo más
odioso de ti. Insospechadamente he comenzado a amar tus calcetines,
los tiquets de los autobuses que coges a diario, las mujeres con
las que duermes y con las que andas despierto, el dobladillo de
tus pantalones, la clave de tu tarjeta de crédito, las
cuartillas amorosamente recortadas que separan las páginas
de tus libros, la llave de tu buzón, tus bolsillos. Al
vecino que ronca, del que una vez me hablaste con cierto cariño,
también he comenzado a amarlo.
Yo sé
que tú puedes disculparme por no decirte nunca estas palabras.
Te amo. Ya conoces mi aversión por las cosas redondas.
Eternamente
agradecida.
XII
Me despierto
en la mitad de la noche.
Apenas muevo
la cabeza. Tan sólo un breve movimiento de los ojos me
basta para comprender que estoy sola.
El otro calor,
la otra respiración, la otra ansia son aspectos puramente
formales que no suelo descifrar en su presencia.
XIII
El 31 de agosto
de 1927 aparecía publicado en la revista Orto, Manzanillo
(Cuba), el poema "Tu recuerdo" de Nicolás Guillén.
Quisiera haber
estado allí y haber sido yo el poeta para comprobar si
es cierto, si puede ser cierto.
Me angustia
tener que esperar todo un año para perder tu cabeza. Aunque
(bueno, esto nunca te le he dicho) me encantan tus brazos.
XIV
Siempre la
imaginé triste. Con esa tristeza que tanto nos inquieta
a las mujeres. Una mujer conoce bien el poder de una mujer triste.
Por encima de sus pechos redondos, de sus ojos profundos, de sus
muslos melosos, la lejana envoltura de una mujer triste puede
arrebatárnoslo todo.
My funny Valentine,
divisada en el llanto, en el beso angustiado y culpable, en las
manos tristes.
En cierta
forma, a pesar de todo, la quise. Una noche, curiosamente, la
vi sonreír en el sueño.
Comprendí
entonces que había dejado de ser mía.
His funny
Valentine.
XV
Recuerdo la
fecha precisa (aunque por razones obvias debo silenciarla) en
que nuestros ojos se unieron en puntos distintos del universo.
Nuestros ojos
(incluso cerrados), más unidos que nunca, veían
los mismos astros, las mismas montañas, los mismos órganos.
Los míos,
aún lo veo nítidamente, se detuvieron en una oscuridad
de vientos huracanados. Había un mar cerca o lejos. Y había
una piel, más piel que nunca.
Los suyos,
se detuvieron en un nombre de tres sílabas, como el mío,
que obviamente, y por motivos que podrán comprenderse,
también debo silenciar. Como dice una amiga mía
a la que hace tiempo que no veo: ya he dicho bastante.
©
Rosario Pérez Cabaña
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