el año del caballo

 

En la noche no sirve el blanco. Cuando uno tiene trece no lo piensa mucho y se acostumbra a las casas de ese color. Luego las detesta. Empecé a detestarlas después de Milagros. La conocí a los doce, pero ese es un decir porque tú conoces con certeza a una chica luego de un tiempo y precisamente cuando ella te manda por primera vez al diablo. En aquellos años era un adicto a los videojuegos hasta que eché a perder la máquina y tuve que empezar a asomar la cabeza fuera de la casa. Un día una joven se detiene en la puerta y apunta mi dirección. En la semana, mientras mi mamá riega el jardín, aparece la misma joven. La conversación no es de más de cinco minutos pero veo que mamá dice gracias mucho más de lo regular, por lo que pienso que lo que ella dijo debió haberle agradado mucho, e intuía que de repente a mí no. Y era cierto.

Mi hermano no quiso acompañarme. Unas horas antes se había encerrado en su cuarto y de allí desafiaba a mamá: ¡Yo no quiero ir a rezar!, ¡Me aburré rezar, mamá!, ¡Si yo siempre rezó cuando duermo!

A mí, Dios nunca me cayó tan mal pero eso de ir las tardes del sábado y domingo me lo hizo parecer un personaje inoportuno.

Somos católicos, es lo común, nadie nace budista o krishna. Mamá tiene sus ideas respecto a la religión y yo otras. Son casi similares, la diferencia estriba en que yo sí acepto la práctica de las maldiciones sin culpa o remordimiento. En casa no existe el principio de ir a misa los domingos, es más, hasta ahora las únicas veces que voy es en Navidad y Año Nuevo. Papá también es católico, él es quien nos enseñó que rezar demanda no solo el abreviado padre nuestro y el cruce de manos sino también un diálogo. (Gran parte de las espinas que tengo derivaron en cuatro o tres monólogos realizados desde mi cama y que algún día contaré.)

La joven que visitó mi casa, me hizo subir a su terraza. Arriba, otros niños, menores que yo, estaban inquietos sobre sus sillas. Tal vez también con la misma desazón de saber que de un día para otro pertenecían a un grupo parroquial y que si les hartaba orarle al ángel de la guardia ahora tendrían que incluir el credo y los misterios. Y fue en aquel estado de desconcierto que apareció una niña espigada, de frente amplia, con el cabello bastante largo, que corrió hacia una silla cerca de Pilar, la joven, la que nos ahorró la inscripción a su grupo, y cruzó los brazos luego de decirnos “hola”. Todos contamos algo de nuestra vida, que por ese tiempo era reducida, nimia y sin motivos, y de seguro mentíamos cuando Pilar nos preguntó si íbamos, ustedes ya saben, a misa. Empezó por mí, y mentí claro para impresionar. El contagio fue de manera masiva, similar al efecto de salir en navidad a la calle y decir que papá te ha comprado un juguete muy caro, y el otro te dice que su papá también y te inventa marcas o comerciales que nunca existieron . Pilar nos escuchó sorprendida y luego dijo: “Milagritos, ya tienes bastantes amiguitos para que te acompañen los domingos.” Ella asintió sonrojada y mientras los demás se sonreían, no sé si aliviados o porque se decían: ‘Fue muy fácil tomarle el pelo a esta santurrona’; yo supe que la niña espigada tenía casi mi edad y que era de las chicas que me llamaban mucho la atención y pensaba que eso mismo era el amor: una atracción por los cabellos largos, las manos delgadas, la boquita siempre de buen ánimo y una canción que tarareé de vuelta a mi casa.

De aquí imaginen que corre el tiempo. El grupo parroquial no duró más de seis reuniones –posible desidia, un ateísmo infantil- pero uno que otro niño insistió en subir a la terraza hasta que entró una nueva serie de televisión y al demonio el rosario. Aquellas tres reuniones eran las únicas horas posibles para ver a Milagros. Luego, ir a su casa y sin reunión:¡jamás!, a pesar de que soñaba que un día ella dejaría una nota para mí en su sitio e iríamos detrás del local comunal y nos besaríamos como locos. Como ven, yo no era nada ingenuo, nada de manitas y rubores. Secretamente era un despiadado. A ella le veía siempre sus labios, me gustaba mucho su color, nunca se le cuarteaban. Ella era muy educada o lo parecía por la manera de vestirse y recogerse el cabello. Son imágenes estereotipadas y uno no hace la diferencia después de mucho tiempo. Milagros hablaba poco, las veces que la escuché fue para referirse sobre sus tareas, que eran muy exigentes en su colegio, que su colegio era muy bueno, que ella había participado en un concurso de conocimientos, que tuvo el segundo lugar, etc, etc, etc... Sin embargo, el siguiente sábado dijo que le habían enviado un pequeño trabajo y si alguno de nosotros tenía un libro sobre José María Arguedas. Yo sabía que ese libro estaba en mi casa y era un buen inicio, o parecía serlo.

El domingo lo llevé, antes había intentado leer un cuento pero no conocía el quechua y me dormí en el intento. Milagros se sonrió cuando vio el libro bajo mi brazo. Yo continuaba mirando sus labios, realmente estaba perturbado por lo finos que eran. Ella me dijo cosas que supe entender por lo breves: gracias, luego otro gracias, después, muchas gracias no sabes, oye en verdad gracias, yo pensé que no haría esa tarea, gracias, nunca, no, gracias, no sí, nunca... gracias, en realidad, qué bueno eres, no sé yo nunca... gracias, muchas gracias...

La semana de la entrega del libro y la devolución del mismo pensaba en Milagros. En besarla, claro. Sin embargo, sucedió lo que debía de suceder muchas veces cuando tu madre te observa y te dice: ‘¿qué te sucede?, ¿por qué tan feliz?, ¿y eso que cogiste de la biblioteca para quién era?’.
-Creo que... estás enamorado.

Aquello no me disgusto sobremanera pero sí me hizo pensar en un asunto: ¿Qué quería de Milagros? ¿sus labios o a ella?. Dije antes una definición del amor, muy risueña por demás y al mismo tiempo también he dicho que yo no era nada ingenuo y que más bien era un despiadado (besar niñas así porque sí no tiene lógica). Ahora, a ustedes les resultara inverosímil que un chico de doce empiece a cuestionarse sobre los temas que relativamente uno se pregunta seriamente y con sangre a partir de los veinte; los comprendo si alguien me pretendiese decir que a los trece ya se interrogaba por el ser de las cosas es seguro que yo también hubiese volteado la página. Yo tuve ese razonamiento pero no de ese modo, fue algo más primitivo e intuitivo, me dije: o los labios de Milagros o la malicia de mi madre -una malicia buena, de esas que sirven para hacerte terrible un almuerzo con papá y hermanos a tu costado-. No me quedó mucho tiempo para escoger. Llegó el sábado y el asunto del libro se había enfriado. Ella me lo entregó sin mucho preámbulo (probablemente tampoco entendió los cuentos), repitió gracias, gracias, gracias y se marchó a su cuarto. Por dentro me dije: “ya no quiero asistir, ya me aburrí, no me interesa nada”. Y lo hice.

En Navidad, Pilar realizó una chocolatada en su casa y fui porque Milagros se apareció en mi puerta. Escuché a mamá decir: “Te busca Milagritos”, pronto estuve en la calle, le dije que sí y ella se marchó. (Síntoma recurrente: uno las olvida y ellas, como si activaran un mecanismo de rastreo para mantener su vanidad, aparecen repentinamente.)

La sala de la casa había sido adornada de tal modo que te sintieras en un pesebre. La mamá de Milagros estaba sentada en la mesa cercana a la puerta de su patio y fumaba un cigarrillo. Podría apostar que se aburría de ver tantos niños juntos que ensuciaban su piso, que apretaban sus cojines, que caminaban de la sala a la cocina y de la cocina a la sala sin cansarse, y pensaría pitando otro cigarro: “Las tonterías que tengo que soportarle a mi hija, cuando yo me cago en Dios”. Pilar invitó a un niño a cantar Alabaré, este, muy ducho, hizo un bis y luego continuó con Pescador de hombres. En mitad de la estrofa Milagros se sentó a mi costado y es innecesario que lo diga porque ya lo deben sobrentender: me sentí más nervioso de lo común. Ella tomó mi mano, mis ojos se fijaron en sus mejillas, en su madre cruzada de piernas y cigarrillo en mano, en Pilar que hizo palmas, de nuevo en ella y sus labios, parecía tan maravilloso que un sujeto como yo y una chica como ella... pero tuvo que desmoronarse cuando abrió la boca y me dijo: ‘Coge la mano de Moncho, ¡vamos, sin miedo!, formemos una cadena.’
No hay palabras.

El panetón lo sirvieron con atraso, el chocolate tenía un ligero sabor a rancio y alguien hizo caer al niño Dios del nacimiento. Muy mala racha sabiendo que Pilar se había esforzado por disfrazar la reunión como la mejor en todo el año. Cuando ella se despidió de nosotros nos abrazó uno por uno. Ya sabíamos de antemano que no nos veríamos a pesar de vivir a pocas casas. Debo agregar que pese a que soy muy amable en los detalles, hay cuestiones que no puedo obviar o corregir, así que si pensabas que Pilar era una de esas muchachas guapas universitarias que de paso se dedican a la ayuda social y la caridad, remueve esa imagen en este instante porque de guapa no tenía ni pizca.

A Milagros no la vi durante un año. Luego, mucho después, nos cruzamos una noche, una noche nublada, cuando yo volvía de caminar. Ella me dijo: “Oye, tú”. Volteé, era casi una manera de despertarse y ciertamente algo había sucedido en ella para que me detuviera y despegase los ojos del suelo, pero me distrajo cuando mencionó que yo tenía el cabello crecido y que me sentaba bien (...)

 

Fragmento de la novela inédita El año del caballo

© Rauf Neme


   
rauf neme (Perú, 1980) Nació y piensa seguir viviendo. Es colaborador de la revista LOS NOVELES y de vez en cuando ha merodeado por el campus de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Su obra narrativa se conserva inédita.