frente al jardín

 

Estoy mirando el jardín, es lindo nuestro jardín. Está lloviendo mucho y hoy no salgo a jugar, estoy sentada al lado de la ventana, de frente al jardín. Cuando llueve me da por pensar y lo digo. No sólo se lo digo a Chirulo, mi gato, y a Pancha, mi perra: lo digo en alta voz. Juegas a pensar, me contesta mi papá si está en casa y me oye. Y me recuerda que es él quien tiene que pensar por todos nosotros. Mamá, si lo oye, le responde que ella también piensa y que se deje de decir bobadas. Cuando comienzan a discutir, Pancha ladra y Chirulo se hace el dormido, y yo imito al gato. O me pongo a pensar en Santa Rosa de Lima. Que es como pensar en mi abuela.

Allá en Lima hay un pozo de la época colonial donde la gente echa deseos. Santa Rosa tomaba agua de ese pozo y por eso la gente piensa que ella cumplirá los deseos. Dicen que hizo milagros. Que es hacer lo imposible. Me parece que la gente exagera esperando por la Santa. Exagera también con los deseos. Como si en los deseos estuviera la solución de todo. ¿Qué pasaría si un día desaparece el pozo? Muchos creerían que ya no habría deseos. Es tan fácil creer. Hasta creer en nada. Total, para qué, diría cualquiera. Para qué desear si no está el pozo donde echar los papelitos con los deseos que recibe Santa Rosa no sé cómo. Hace falta que ella sepa. Que sepa y que cumpla. Yo no seré grande aún pero tontita no soy y pregunto cosas. Casi nunca me las responden pero yo sigo preguntando. Dicen que el pozo queda cerca de la ermita que ella construyó con sus manos. Mi bisabuela Rosa era devota suya: hizo un viaje a Lima para ir hasta el pozo y también visitó el monasterio. La mamá de mi bisabuela se lo había hecho prometer antes de morir porque quería que la hija agradeciera a la santica que le daba nombre. Mi abuela también era muy devota y se llamaba Rosa. Coleccionaba imágenes de la Santa, tal vez porque no pudo viajar a Lima como quería su mamá. La mía siempre ha dicho que Santa Rosa era una loca porque se flagelaba. Que quiere decir que se pegaba ella misma. Abuela decía que lo hacía por amor porque quería sentir los sufrimientos que pasó Jesucristo. Pero el amor no justifica eso, le respondía mamá. «Eso», decía, y recordaba que la Santa no se llamaba verdaderamente Rosa sino Isabel. Lo cual no quita para que mamá también se llame Rosa. Que ese sea su «nombre de pila de bautismo». Es extraño todo y no puedo entender. Mamá le echa la culpa a la abuela, pero yo no lo creo. Mi abuela era como un pedacito de pan mojado en el café con leche del desayuno. Qué sabroso. El mejor pan del mejor desayuno para comenzar el día. Con la ventaja de que ella era como un desayuno a cualquier hora.

Abuela seguía la costumbre heredada de su madre: en sus libros siempre aparecían estampitas de la Santa. A veces, yo veía como las ponía en las hojas después de darles un beso. En lo que fue su dormitorio todavía hay un retrato con la sagrada imagen. «Sagrada» es una palabra que me suena como si fuera una señora gorda con cara seria y con el plumero en la mano limpia que te limpia. Cuando murió mi abuela, mamá hizo desaparecer todas las imágenes de la Santa menos ese retrato. Creo que se salvó porque yo aparezco en primer plano como un merengue, con una batica rosada, zapatos rosados y hasta un cintillo rosado, y con Santa Rosa detrás, muy grande. La foto la sacaron en la iglesia en la época en que yo comenzaba a dar los primeros pasos. Abuela insistió para la foto. No recuerdo eso: es lo que me cuentan. Pero sí recuerdo, porque no fue hace tanto, que en medio de aquella gran limpieza de mi mamá conseguí quedarme con las estampitas que pude juntar de todas las que eran de la abuela. Que tenía muchísimas. Todavía, a veces, cuando trasteo en los libreros del fondo de la casa, donde están los libros más viejos de la familia, me sorprendo descubriendo otra estampita en alguna de esas novelas de la Editorial Losada de las cuales la abuela también era devota. Pienso que es un modo que tiene mi abuela para saludarme y por eso cuando la extraño beso las estampitas.

Los deseos, ay, los deseos. «Mueven al mundo», cantan los poetas. Eso le he oído decir a papá, que a veces guitarrea y canta que es un horror. Mi papá cree que canta y no es cierto, pero eso es lo que él desea creer. Que no es lo mismo. Yo pienso que los deseos le hacen más caso a la mentira: a la mentira y a la pereza. Porque la mayoría de los deseos no se cumplen o se cumplen muy tarde cuando uno se olvida de los deseos, y por eso casi nadie puede reconocer el deseo que se le cumple.

Mamá a veces me dice perezosa porque me demoro en hacer lo que me pide. No es tan feo el sonido de la pereza, bueno, eso creo. Pero la palabra mentira tiene muchos dientes y siempre suena feo. Hay veces que pregunto cosas y siento que me responden con mordidas. Mordidas pequeñas o grandes según lo que pregunto. Hay algo en la voz que me dice que suenan raras las respuestas y entonces sé que me están diciendo mentira. Pero ellos no saben que yo sé. Ni entienden por qué digo ciertas cosas que digo. No saben que no quiero morder cuando hablo. Majadera, me dice mamá cuando digo cosas que ella dice que son inconvenientes. «Inconvenientes», así, muchos, en pandilla. Es una palabra fea y cuando pueda la voy a borrar. Ese es uno de mis deseos: yo también tengo deseos como cualquiera. Pero creo que mis deseos no son de esos que enloquecerían a las santas y a los santos. Ni tampoco a los dioses paganos como unos que tiene mi tía Fefa. A mí me parecen igualitos a los que hay en la iglesia, pero mi abuela se enojaba: decía que no pueden mezclarse las creencias. Los llamaba «santos profanos» y criticaba a Fefa por llamar Shangó a Santa Bárbara y Obatalá a la Virgen de las Mercedes. «Pagano» era una palabra que ponía muy nerviosa a mi abuela. Me suena a palabra que no lleva ropas. Creo que todos somos un poco paganos. Una vez el señor Matías, nuestro vecino, que bebe mucho, salió como un pagano a la calle. Mi abuela dijo que era un pagano, pero mi papá le gritó desvergonzado y amenazó con llamar a la policía. Me pregunto si habrá deseos que llevan ropa y otros no.

Aunque mamá me asegura que aún no llega para mí el tiempo de los mejores deseos, que me faltan cinco o seis años para que me agarre la fiebre de sudar deseos, yo creo que se me han perdido muchos deseos. Pero no me preocupo tanto porque los deseos que no olvido son fáciles. Y aunque los olvidara no me voy a pegar yo misma. Nada de eso, después no podría llorar, porque si me pego y lloro dirán que soy loca. Y locas serán las otras de mi familia. Entre los deseos que no he perdido, deseo que la mañana esté cuando me levante y ver la mano de la noche acariciando mi frente por el hueco de la ventana cuando me meto en la cama. Y deseo tener un vaso de leche tibia para dormir sin pesadillas. Que nunca más me vuelvan a vestir toda de rosado para que los que me vean no digan que están viendo un merengue de fiesta como creo que alguien dijo, o si no lo dijo lo pensó. Hay veces que deseo no llegar nunca a ser adulta. Los adultos que me rodean discuten demasiado y se quejan más, y son tan aburridos tantas veces. Pienso si no estaré queriendo un deseo difícil. Porque si es difícil no lo voy a recordar. Ni yo ni los santos que mi abuela decía que eran los santos buenos, como la bendita Santa Rosa.

Si uno cierra los ojos, desear puede convertirse en un vicio. Eso sospecho. Ay, ya lo dije: «vicio». No me dejan decir esa palabra. Hay una lista de cosas que no debo decir para no alterar a mi familia, pero he oído a papá diciendo que los vicios son muy malos porque andan sin control. No entendí si la gente anda sin control o son los vicios. Papá se lo dijo a la mujer de Manolo cuando Manolo murió. Parece que el amigo de papá se fumó la vida, o fue la vida la que se fumó a Manolo: no me quedó claro pero como está la palabra muerte no puedo preguntar mucho. La muerte es dormir sin necesidad de despertar, me dijo mamá cuando se fue la abuela. Y no sé cómo hace abuela ahora, porque recuerdo que iba mucho al baño. La he ido a ver al cementerio y no vi baño cerca. Pero no debo preguntar. Habrá un tiempo para todas las preguntas, dice mamá. Y me avisa («te aviso», dice, con una voz que parece pegamento) que no tengo que desesperarme porque habrá un tiempo en que voy a preferir no saber algo. Son complicados los adultos y no me alegra saber que estoy creciendo para ser grande.

Algunas noches, cierro los ojos pero no como si fuera a dormir para levantarme, o a dormir para no tener que ir al baño, como le pasa a mi abuela, así no: yo los cierro como para desear. Con los ojos cerrados los deseos huelen rico y, no sé por qué, creo que hasta pueden volar. Y nosotros con ellos. Creo que la gente desea soñar porque al hacerlo es como si los pies flotaran. La gente se siente ligera si no tiene siempre los pies en la tierra. Yo me siento ligerita y feliz cuando cierro los ojos para desear. Confieso que tengo un deseo secreto: de rodillas iría hasta el mismitico pozo ese de Lima a echar mi papelito, aunque mi mamá gritara que es una locura y no sé bien cómo es eso del agua y los deseos que cumple Santa Rosa. Iría con todas mis estampitas y las dejaría caer en el pozo para que me ayuden, porque sería como que me ayudara también mi abuela. Sólo por eso las echaría en el pozo, contra la Santa no tengo nada y lo juro. Mi problema es con las espinas: siempre me pincho cuando estoy corriendo por el jardín. Pero mamá no se atreve con los rosales. Los rosales son lindos, pero más que lindos es que son un regalo de la abuela, dice mamá. Los plantó ella y se ven lindos, lo sé. Pero de lejos: no estoy siempre viéndolos de lejos, ni quiero estar viéndolos de lejos como si nunca debiera acercarme. Pienso que hay muchas cosas que la gente se pasa viéndolas de lejos. No lo entiendo. Tampoco entiendo por qué hay cosas que hacen daño. Pero algún día aprenderé muchas cosas, como dice mamá. No sé si me guste aprender eso: me da miedo pensar que la gente tiene espinas, que yo las tendré cuando sea mayor. Quizá las tenía Santa Rosa. Yo sólo soy una niña que quiere jugar, me olvido de las espinas y salgo corriendo al jardín y termino llorando muchas veces: me pinchan y me da miedo ver sangre. Mamá dice que hay cosas peores que ver correr sangre por un pinchazo.

Qué pesado es crecer.

En mi deseo secreto le pido a Santa Rosa de Lima que los rosales de mi abuela dejen de pincharme, y también le pido que me permita llamarme Isabel, como de verdad se llamaba ella cuando era chiquita. Que me perdone ella que es de los santos buenos: nunca he soportado las rosas. Ni mucho menos llamarme así.

 

(Para mi madre, Esther, y para Salvador Luis, que me regaló, sin sospecharlo, la idea que estaba buscando.)

© Rosa Elvira Peláez


   
rosa elvira peláez (Cuba, 1956) Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Actualmente es corresponsal de Radio Habana Cuba en Buenos Aires y colaboradora habitual de la revista de creación literaria Nitecuento, de LOS NOVELES y de la Tertulia en Mizar. Tiene varios cuentos y relatos publicados en libros, revistas y suplementos literarios de América y Europa. Además es autora de Entre fuegos y otros cuentos (Premio del IV Concurso Manuel Llano, 2000, convocado por el gobierno de Cantabria), Ciclones (Premio Kutxa-Ciudad de San Sebastián), y de libros inéditos como Cuentos y azares y Con poco, suficiente. En 2003 su cuento El aviso ganó el premio Semana Negra de Gijón. Sitio web: Wemilere de las letras