él


1.

En su casa a él lo esperaban su hijo y su mujer; pero a mí no me esperaba nadie. Nos reuníamos todos los viernes, más o menos del mediodía hasta que promediaba la tarde, luego yo me volvía a mi ciudad: veníamos haciendo esto desde hacía un año, tal vez más. Almorzábamos en un sitio que se llamaba Edelweiss; yo apenas probaba la comida porque no lograba que los bocados bajaran por mi garganta; mientras tanto, él me hablaba de los juguetes que acababa de comprar y hacer traer de la China, porque se dedicaba a importar juguetes y le iba muy bien en el negocio; yo, lo miraba y bebía largos sorbos de vino blanco para empujar la comida hacia el estómago: yo estaba enamorada de él. Cuando él me miraba en el restaurante, de pronto me convencía de que estaba verificando mi torpeza; no me atrevía casi a levantar la copa, por temor a derramar la bebida; no osaba pedir platos complicados con los cuales hubiera que lidiar con el cuchillo y el tenedor –de hecho, en aquel tiempo, yo no comía casi nada fuera de queso-; era absolutamente incapaz de alzar la vista del plato; me la pasaba temblando, a punto de pedir de perdón a cada instante por mi brusquedad: no me sentía digna de estar a su lado: él me tenía encantada. Cuando terminábamos de almorzar, nos dirigíamos a su Estudio; quedaba muy cerca, a pocas cuadras, pero a mí me parecía que distaba kilómetros y yo caminaba muy atenta a las veredas, tanto era mi temor de tropezar y hacer el ridículo delante suyo. Él, sin embargo, siempre estaba fresco, siempre sonreía; había nacido para deslizarse en este mundo como una oruga se desliza por el toronjil. Su Estudio era azul; permanecía en penumbras, olía a madera, a libros antiguos, a veces olía un poco a tabaco, un tabaco achocolatado que era el que él fumaba cuando, luego de hacer el amor, se sentaba en el borde de la cama: las volutas de ese humo nunca ascendían demasiado en la habitación. Hacíamos el amor intensa, silenciosamente, palpando el sitio donde el otro era más vulnerable para poder clavar allí los mejores venablos; un tiempo después, cuando la pasión dejó lugar a un dolor extendido como una inflamación epidérmica o como un páramo, lo hacíamos de una manera distraída, sin animarnos a confesar que hubiéramos preferido conversar casi sobre cualquier cosa a entregarnos el uno al otro. Pero eso sucedió recién al final, al final de todo; y es mi descuido quien me ha hecho ser víctima de todas estas cosas alguna vez. Antes de eso éramos felices juntos. A eso de las seis de la tarde, tomábamos un café y luego yo me marchaba; él paraba el taxi que me llevaba a la estación, y yo lo veía alejarse con lentitud, metido dentro de su gamulán gris que lo protegía del frío y la lluvia: hoy se me antoja creer que siempre estaba lloviendo por esa época en Buenos Aires. No era muy alto, y el cabello que había sido rojo ahora estaba ceniciento y parecía un eco de las nubes de tormenta. Cuando nos separábamos, imaginaba que a él lo esperaba su familia para festejar la salida de la primera estrella del viernes. En el taxi, yo cumplía un rito: entablaba verborrágicas conversaciones con el conductor; charlaba con energía sobre el clima, la política o la carestía, como si en ello me fuera la vida: no soportaba el silencio.

2.

Hablábamos sobre casi todo, pero había temas que ni siquiera mencionábamos: su mujer, el marido que yo había tenido, y Dios. Sus temas preferidos eran los libros y los pintores que él había conocido en su juventud; la descripción de sus charlas con su psicoanalista -charlas en las que yo solía aparecer-, y el recuerdo de los viajes que había hecho y de los que, por su trabajo, se veía obligado a hacer. Viajaba frecuentemente, y donde fuera que estaba me telefoneaba: Hawai, Madrid, Bruselas, Seattle, Quito. Me traía de regalo bisutería francesa, muy fina, pero donde ninguna gema era la que él decía que era: el dije que él compró por ámbar era acrílico engarzado en plata. Era el nuestro un romance al estilo del “imperio austro-húngaro”, lleno de fatalidad; achacábamos al Destino delitos que se debían, en realidad, a nuestro carácter mezquino: éramos mezquinos, éramos taimados, esa es la verdad. Sabíamos que algún día la aventura se iba a terminar, a menos que ambos decidiéramos hacer el esfuerzo de vernos el uno al otro tal como éramos: como escarabajos, como hojas de afeitar y como telarañas; a veces éramos el uno para el otro, pero la más de las veces éramos dos extraños. Ninguno de los dos quería siquiera mencionar el fin del romance; preferíamos embotarnos con lo que parecía era alegría. Él decía: “La suerte podrá separarnos, pero nuestras almas seguirán unidas”. Era una frase de Jean Jacques Rousseau. Leíamos los mismos libros, a la vez, y los comentábamos esos viernes por la tarde, como si asistiéramos a alguna estrambótica escuela de literatura: leímos a uno o dos autores franceses y a varios autores rusos del siglo diecinueve –ése era nuestro siglo; el de los amores prohibidos-; y él decía de sí mismo que lo hacía porque en su espíritu latía Rusia; yo solía pensar que los rusos se hubieran desembarazado de él en un progromo sin pensárselo dos veces.

3.

Su familia había muerto en Europa; sus hermanos, sus padres, todos, en el Holocausto, explicaba, sus parientes eran alemanes, ucranianos y eran lituanos. Hablaba de una manera tal como si él mismo hubiera sido un sobreviviente, pero esto no era posible porque era demasiado joven para serlo; yo, sin embargo, lo consolaba. Me contaba sus sueños, con soldados y rostros de parientes muertos a los que quizá nunca había visto; se llenaba de pena y yo ponía todo de mí para compartir esa pena con él: solía apoyar su cabeza en mi seno mientras relataba y mi manera de darle consuelo era escucharlo inmóvil, hasta que me cosquilleaban las piernas y debía ponerme en movimiento porque ni siquiera sentía mis pies. Una vez me pidió que yo le relatara mis sueños, las imágenes que venían a mi cabeza durante la noche, pero yo no soñaba: había dejado de hacerlo años atrás, casi como una decisión conciente, como quien deja de fumar o de beber alcohol, e invierte su ansiedad en otra clase de cosas. No sentía que yo careciera de algo por no tener sueños; estaba orgullosa de que él los tuviera y los compartiera conmigo, como un tesoro o una fórmula alquímica: sabía, claro está, que muchos de los sueños que él me contaba eran inventos, patrañas, o pequeñas historias que había leído en libros. Tengo facilidad para plegarme a la mentira ajena, por piedad o por comodidad; me parece que hago un bien a las demás personas creyéndome las mentiras que me cuentan, como si conmigo y en mí depuraran y descargaran la alta dosis de locura que hay en el mentiroso. Él ya podía contarme que al lanzar al aire su lapicera fuente, había volado hasta tan lejos que la pluma se clavó en la luna, como sucedió con el hacha del Barón de Münchhausen; yo estaba dispuesta a escucharlo. Si hoy vuelvo la vista atrás, pienso que en aquel entonces también yo estaba un poco loca.

4.

Dejó de creer en Dios, me dijo, a los siete años, cuando los nazis fusilaron a sus parientes lituanos y los vio caer en las fosas; nunca especificó cuál era el grado de parentesco con estos difuntos; podría haberse tratado de su madre tal vez, o de primos lejanos; era imposible saberlo. Como todo esto me olía a mentira, yo jamás indagaba sobre el asunto; me parecía que ya era bastante doloroso en sí, en caso de que fuera cierto, para venir a pedirle pelos y señales de cada acontecimiento. Él decía que estas cosas sólo podía contármelas a mí, como si yo hubiera sido una depositaria de su pasado; y yo me sentía honrada porque era un honor que me hacía, un distingo que me volvía especial y amada y diferente en todo de su mujer. Su esposa era una mujer horrible; él trataba de dejarlo claro a cada momento, aunque tampoco citaba hechos o situaciones de las que yo pudiera deducir que así lo era; ni siquiera sabía cómo era ella físicamente: sólo sabía que yo era más hermosa y más noble, más inteligente, más graciosa; yo era dichosa cuando él hablaba así y la dicha y la vanidad me obnubilaban: eran, como se suele decir, el árbol que no me permitía ver el bosque. Él, sin lugar a dudas, era un hombre muy inteligente en cuestiones de amor: él era un verdadero experto.

5.

Veraneaban, según él dijo, en la Riviera francesa todos los años; pero cuando me conoció a mí, la convenció a ella de vacacionar en la Patagonia, para estar de esta forma cerca mío. Puso a su esposa la excusa de que sus negocios jugueteros clamaban por él en Buenos Aires, tomó un avión y vino a encontrarme: yo era feliz. Anhelaba, decía, pasar conmigo una semana en Italia, en Roma; pero rompimos antes de que llegáramos siquiera a pergeñar semejante viaje: mucho después supe que había visitado Italia con todas sus amantes anteriores; que Italia era, por decir así, el paso obligado en sus relaciones amorosas. En tren de delirar sabía decir que compraríamos un cafetal en Kenya y huiríamos ahí los dos solos. Una vez estuvimos en un hotel en donde desde nuestra ventana se veían unas palmeras altísimas: las llamábamos, aun sabiendo que no lo eran, Washingtonias. Las Washingtonias se convirtieron en un símbolo de nuestro amor, precisamente por lo que eran: nombraban musicalmente una cosa por otra. En la época en que todavía me complacía amarlo, yo sabía quejarme de que nuestra relación era nada más que una especie de retórica; fue mucho después cuando me animé a decirme que había sido sólo una alucinación: había perdido el tiempo teniendo un romance conmigo misma.

6.

Me dijo que lo esperara once años; que al cabo de once años abandonaría a su mujer y vendría a vivir conmigo. Me sentía como uno de esos personajes de los cuentos de hadas de Andersen que deben guardar silencio durante una cantidad de años como prenda y ofrenda para que se cumplan sus deseos. ¿Por qué once años?, ¿por qué no diez o doce o quince? Al comienzo pensé que había soñado con esta cifra y por eso me lo pedía; luego calculé que como su hijo tenía dos años, ¿no estaría proponiéndome que aguardara hasta que celebraran el Bar Mitzvah?; y él, que se decía tan ateo, ¿pensaba acaso, verdaderamente, que un chico de trece años es un hombre? El hijo tenía un nombre bíblico, que era el nombre de un pariente muerto en un Campo; a los tres años el niño aun permanecía mudo y yo comentaba para mis adentros, embargada de malicia, que lo haría para evitar ser esclavo de sus palabras, y porque esos padres lo trataban con cruel indiferencia. Cuando yo decía “esos padres”, me refería, por supuesto, a la madre; él no: él era cálido, lleno de ternura y cariño sin límites. Yo pasaba las solitarias noches en blanco, preguntándome qué cosa entendería él por amor; recordaba el dicho popular que dice que quien se mete con un casado o una casada no duerme en la noche ni al alba. Él solía decir que Cupido nos había flechado con sus saetas de oro, las más dolorosas; hablaba de Cupido como de una entidad real, como un católico podría expresarse sobre el Ángel Gabriel anunciándose a la Virgen. Yo reía: ¿cómo creer en estas deidades inferiores?; él afirmaba que era posible, y que de los cuatro grados de amor que existían para María de Francia –dar esperanzas; ofrendar el beso; el placer de los abrazos y la entrega total de la persona- nosotros estábamos en el cuarto. Yo lo creía a pie juntillas también; después supe que nunca habíamos pasado del tercero. Deseaba que, de morir, me enterraran junto a él; pero él calmaba mi exaltación explicándome que debería yo convertirme al judaísmo para ser sepultada a su lado, y que, por otra parte, él esperaba no tener que morirse nunca.

7.

Andando el tiempo, como él se mostrara esquivo, comencé a sospechar que veía a otras mujeres; tal vez hasta tuviera otra amante: ¡él era tan atractivo! En La Habana pasó más tiempo del que había anunciado que pasaría; y al poco tiempo se demoró en Lima más de lo previsto; estas cosas exacerbaban mis celos. ¿Con quién iba, con quién estaba? ¿Cómo soportaría yo así el paso de los once años? En esos días, durante una madrugada, atacada de tristeza, disqué su número en Buenos Aires; atendió la esposa, la voz ronca, adormilada; luego colgué. El cielo estaba colorado y había relámpagos; abrí la ventana y olí el ozono: llovería. ¿Estaría lloviendo también en su ciudad? Imaginé a su mujer a la mañana siguiente, haciendo sus abluciones matinales y agradeciendo a Dios el nuevo día y pidiendo por la salud y el bienestar de su esposo y su chiquito mudo: ellos eran una familia; y yo, yo no era nadie.

8.

Con la llegada del invierno, cuando él volvió a Buenos Aires, nuestros encuentros se acortaron. A las cinco en punto estábamos fuera de su Estudio y yo subía al taxi y él seguía calle abajo. Una vez lo vi saludar a una mujer desde el taxi; era delgada e iba toda encapotada porque la lluvia arreciaba; otra vez me contó que había pasado una velada con una señora que fabricaba muñecas de paño. Fue una cena sin importancia, explicó, pero él se había deleitado con los detalles de la costura de vestiditos y la clase de ojos que elegía la simpática señora para sus creaciones; estaban en un restaurante húngaro, y ella tomaba la comida con la punta de los dedos, dijo, muy, muy delicadamente: monté en cólera, eso es lo que recuerdo, chillé que era una vulgaridad comer de esa manera. Me vino a la memoria esa escena de “El gatopardo”, en que Concetta cree que su primo la preferirá a ella y no a la rubia voluptuosa, porque la rubia levanta afectadamente el meñique al alzar la copa, simulando una clase que no tiene. El primo, por supuesto, elige la vitalidad de la rubia y no los exquisitos modales en la mesa de Concetta. A mitad de agosto, mientras yo estaba sola en su Estudio, el cartero trajo una tarjeta postal para él que provenía de Miami y estaba firmada por una mujer. Era una simple tarjeta de cartulina blanca en la que se leía: “Dos cosas te pido, no me las rehúses antes de mi muerte: aleja de mí la mentira y la palabra engañosa; no me des pobreza ni riqueza, déjame gustar mi bocado de pan; no sea que llegue a hartarme y reniegue, y diga: ‘¿Quién es el Señor?’; no sea que, siendo pobre, me dé al robo, e injurie el nombre de Dios. No calumnies a tu sierva delante de su amo, no sea que te maldiga y tengas que pagar la pena. Palabras de Agur. Proverbios 30, 7-10.” Rompí la tarjeta en pedazos muy chiquitos y arrojé los fragmentos por la ventana; memoricé el nombre de la mujer, por si acaso; se llamaba: Regina Tolosa.

9.

Dos semanas después, luego que nos hubimos despedido, decidí seguirlo. Ese viernes nos habíamos separado apenas pasadas las tres de la tarde –nuestros encuentros se acortaban casi imperceptiblemente-; él estaba igual que siempre, sonreía, decía haber pasado una velada espléndida porque había estado relatando durante gran parte de nuestro encuentro su amistad con el pintor R., ya fallecido, que hacía unas cuadros que él juzgaba semejantes a los de Paul Klee; él se engolosinaba con su propia voz; muchas veces hablaba delante mío como si yo hubiera sido un vidrio esmerilado o un espejo; no le importaba si me aburría. Cuando se despidió de mí, llovía a cántaros, y me besó en la calle, debajo de su paraguas, cuidando de no lastimarme; luego se fue, prácticamente saltando los charcos, y feliz, tal vez feliz porque había estado conmigo, pero en aquel momento, yo me dije que esa felicidad se debía a que iba de visita a lo de otra mujer. No esperó a que yo subiera a un taxi, y un transeúnte común y corriente me paró uno, me lo cedió, y abrió la puerta para que yo subiera en él. Bajé en la esquina siguiente y rehice el camino; corrí para alcanzarlo y ponerme unos veinte metros detrás de él. A veces pensaba qué pasaría si él se volvía y me veía; cómo sería su asombro, cómo sería su enfado. Caminamos muchas cuadras, quince o más, el cielo se había oscurecido por efecto del frío y la tormenta, y yo tiritaba debajo de mi abrigo; me había entrado agua por el cuello, y un chorro fino y helado bajó hasta detenerse en el elástico del corpiño, a la mitad de la espalda: supe que al día siguiente estaría resfriada, con tos, que me iría enfermando lentamente y que la enfermedad me duraría mucho tiempo, y de alguna manera ya no volvería a respirar con la tranquilidad que lo había hecho hasta ese entonces, cuando el acto de respirar venía a significar, simplemente, que uno era una criatura que se gozaba de estar viva. (Recordé un día en que luego de reprocharle su distancia, le grité que me sentía tan mal que deseaba únicamente morirme, y él me contestó palmeándome un omóplato: “Vamos, vamos; no será para tanto”.) Tuve que detenerme a estornudar y acabé llorando; las lágrimas me hicieron perderlo de vista. Era una calle con casas viejas, un bar, una florería y una Iglesia en la esquina; ¿se había detenido a comprarle flores a la otra amante?, ¿él? (Poco tiempo atrás me había comprado un clavel, muy rojo, como acto de reconciliación por una pelea que habíamos tenido, y yo, despechada, lo tiré a un pozo delante suyo, con gestos ampulosos; es natural que hoy me sienta arrepentida.) Pero la florería estaba desierta; y un empleado adolescente y gris no recordaba haber atendido ningún señor; tampoco estaba él en el bar, ¡se había metido dentro de alguna de esas casas! ¡La otra vivía ahí! Me juré que no volvería a mi ciudad hasta verlo salir, tan orondo, tan campante de ese lugar y me senté en la escalera de la Iglesia a esperarlo; entonces las horas comenzaron a pasar, con ese andar que tiene el tiempo cuando uno está apurado y él se empecina en hacer creer que uno es el alfiletero y él el alfiler: la noche cayó de pronto a las siete y media. Un grupo de mujeres enlutadas, subieron las escaleras de la Iglesia a rezar el rosario: era la hora del Ángelus. Una mujer se quedó mirándome como si me conociera; se alzó el velo para verme mejor y noté que tenía una cicatriz larga y oscura en la mejilla: se me antojó una muñequita de trapo a la que hubieran zurcido torpemente; luego bajó su velo y subió. Un cuarto de hora después, llegaron hasta mí susurros y canciones del interior de la Iglesia; alabanzas: ¿y si fuera verdad que se puede amar a Dios más que a una persona?, me pregunté. Tosí; con ímpetu subí los escalones y entré. El humo de los cirios me hizo arder los ojos; y caminé alrededor de la nave central, contemplando las imágenes: Santa Risa de Casia, Patrona de lo Imposible –de sus lágrimas brotaban rosas-; Santa Teresita de Jesús; San Roque; San José y el Niño; Nuestra Señora de los Ángeles. Más adelante, al final del pasillo el Cuerpo de Cristo Muerto, envuelto en un sudario dentro de un cofre de cristal; desde donde yo estaba veía la sangre pintada en la frente –la afrenta de la Corona de Espinas- y la expresión un poco taciturna; en el ataúd una placa de bronce con una inscripción que parecía decir: “Morir habemos”. Me acerqué muy despacio, casi atemorizada, intentando no taconear y a cada paso dejaba un hilo de agua que caía de mis ropas, como si yo hubiera sido una babosa o cualquier otra alimaña de jardín. Cuando estuve a metro o metro y medio de la imagen, caí en la cuenta de que el cuerpo que se convulsionaba en sollozos arrodillado delante del Cristo era él, todavía abrigado por su gamulán y con el paraguas cerrado y chorreando lluvia a su lado, como un báculo que un rey antiguo hubiera decidido partir en dos pedazos golpeándolo contra sus muslos, y al final le hubieran fallado los muslos, ya demasiado débiles. Apretaba un pañuelo contra su boca y tenía los ojos cerrados; durante un momento no supe qué hacer, no sabía si debía interrumpirlo, abrazarlo, si debía irme por donde había venido... Me embargó el temor que uno suele sentir cuando entra en una habitación donde alguien está tocando el piano a solas, o cuando se ve a un sonámbulo andar por una cornisa... Apoyé mi mano sobre su hombro; él no se volvió a mirarme y creo que ni siquiera supo que era yo; siguió concentrado en su llanto, hipeando y murmurando palabras inaudibles. No me atreví a molestarlo; salí de la Iglesia tan rápido como pude, subí a un taxi y regresé a mi ciudad. No traté de interpretar qué era aquello que había visto, que había sucedido; tan alelada estaba. Sencillamente, me preguntaba: ¿quién era ese hombre que a hurtadillas iba a llorar a una Iglesia cristiana?; ¿con quién, en verdad, había estado yo?; ya no contesté el teléfono, le mandé una esquela diciendo que lamentaba el fin de nuestras relaciones pero que no consentía en seguir viéndonos; él no me insistió. Durante mucho tiempo tuve la sensación de que mi rostro envejecía a ojos vista, de que mis hombros se encorvaban; no me animaba a mirarme en el reflejo de los vidrios por temor a encontrarme con una anciana; una persona a la que el sufrimiento había devastado.

Al cabo de un tiempo, supe que le había nacido otro hijo; pero en ese entonces yo ya casi estaba insensible al pasado. Un año después de la ruptura volví un viernes a la misma Iglesia; donde estaba antes el Cristo habían puesto un pesebre que incluía vacas, burros y pastores de yeso y que resultaba un poco extraño semejante cosa en pleno julio; pregunté a una devota el por qué del pesebre fuera del tiempo navideño. La devota me miró reacia, como si yo fuera una antropóloga insulsa buscando datos para sus archivos; frunció los labios de una manera que me pareció iba a escupirme y luego contestó que el Cristo Muerto lo había comprado un señor un poco excéntrico, que antes solía ir con asiduidad a la Iglesia para hincarse de rodillas y llorar sus lamentos; lo quería para tenerlo en su casa había dicho él; el cura al principio se había opuesto, pero como el señor ofrecía pagar una fortuna por la imagen, el Obispo lo conminó a venderla. ¿Era una imagen valiosa?, pregunté, ¿con valor artístico? No, dijo la devota, no valía una nada; el cuerpo estaba hecho con yeso y arcilla blanca, y el sudario era de percal; ella siempre había aconsejado vistieran al pobre Cristo con un género mejor, dado que el percal, como todos saben, no sirve para otra cosa que para atraer la polilla.


© Patricia Suárez


   
patricia suárez (Argentina, 1969) Nació en Rosario y es colaboradora de la revista LOS NOVELES. Ganadora del Premio Clarín de Novela 2003 con la obra Perdida en el momento. Ha publicado la novela Aparte del Principio de la Realidad y en 1997 obtuvo uno de los premios en el Concurso Juan Rulfo. Su novela inédita, Flor de lino, fue finalista del XL Premio Casa de las Américas. También es autora de Rata Paseandera, La Italiana, Completamente solo, La flor incandescente, de los poemarios Fluido Manchester y Late, de obras teatrales como La Varsovia y Las Polacas y del ensayo La escritura literaria. Página web en LOS NOVELES: Patricia Suárez