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el
gato del abismo
Estoy
aferrado a la baranda de este solitario puente. el viento golpea
mi rostro. alborota mi cabello en esta oscuridad. Unos minutos
y el sol bañará la ciudad. elevo la mirada al cielo.
Una plegaria estaría de más. dicen que los gatos
suelen soportar bien las caídas.
La
vi bajar tenue en esa oscuridad. Llegó blandiendo sus enormes
alas. Y me quedé con las palabras mutiladas, la lengua
gastada. Era el momento preciso en que yo, sin más consuelo,
había decidido dejar mi cuerpo caer al río, dejarme
llevar por la corriente y la soledad que asediaba mis noches.
Pero al verla me detuve. Imposible saltar.
Su
aleteo era torpe, tan torpe. Pensé que ella, con esa inestabilidad
de vuelo, perdería altura y caería sobre las aguas.
Decidí salvarla. Me sujeté de la baranda del viejo
puente y estiré mis manos para apresar su cuerpo antes
que cayera definitivamente al río. Ya entre mis brazos,
observé su mirada de niña tonta. Y tuve ganas de
vivir, ganas locas de caminar, de callejear sin rumbo como siempre.
Pero aún no estábamos a salvo. Así que la
agarré con firmeza y la saqué del borde del puente.
Fui tan tosco en el rescate que su frágil cuerpo se tendió
inconsciente sobre el asfalto. Perdió aliento. Desmayó.
Cuando
la acomodaba en el suelo, abrió los ojos como pidiendo
perdón. Yo sonreía y hasta el motivo absurdo por
el que quise lanzarme al vacío ya se había disipado.
Intenté hablarle y que me hablara, mas sólo replicaba
en una lengua extraña. Intenté comunicarme a través
de gestos. Una sonrisa se escapó de sus labios. Intentó
ponerse de pie, pero no lo consiguió porque algo en sus
piernas se lo impedían. Me percaté que sus tobillos
no estaban bien, parecían hincharse. Fui brusco en el rescate.
No tuve mayor remedio que cargarla en mis brazos y llevarla a
casa.
No
era tan pesada como parecía. Incluso estaba flaca y pálida
para venir de un lugar de tan buena fama como el cielo. Ya empezaba
a dudar que allá estuvieran tan bien como pregonaban los
curas los domingos. Su vestidura estaba algo amarillenta y desgastada
por el uso. Sus alas carecían de algún tipo de cuidado,
diría yo por la gran cantidad de plumas caídas.
Sus pies descalzos, agrietados y sucios, no dejaban de hacerme
pensar en la ingenuidad de Dante. Ya en ese momento me había
convencido de que aquí, en el infierno, hasta se podía
vivir mejor.
Mientras
la llevaba en brazos, me percaté que tenía lindas
tetas. Eran los pechos más perfectos sobre la faz de la
tierra. Eso me excitó mucho. Ella se percató de
aquello, pues mi cuerpo rozaba con el suyo. Por un instante vi
sus ojos, y esa mirada de niña torpe ya no estaba, ahora
era una grieta densa e insoslayable.
Pensaba
en la intención de esa extraña mirada, cuando por
fin llegamos a casa. El edificio donde yo vivía era viejo
y ruinoso, era uno de esos edificios que se construyeron en la
bonanza de la ciudad. Antes estuvo lleno de suntuosas oficinas,
sendos estudios de abogados, consultorios, despachos de hombres
importantes en el negocio de inmuebles y seguros. Cuando llegó
la gran crisis todos huyeron. En el paisaje, corbatas y maletines
cambiaron por mendigos y traficantes. La construcción fue
quedando sola y abandonada a su suerte como todos los edificios
de esta parte triste de la ciudad. Ahora el musgo crecía
en los baños, los pasillos estaban llenos de cagada y orina
de vagabundos que pululaban de piso en piso.
Los
únicos habitantes formales del viejo lugar eran unos esotéricos
del nivel tres, un chamán que atendía al público
en el seis y yo que vivía en el cinco. La verdad es que
ya ni pagábamos el alquiler. El edificio había perdido
todo interés por parte de los que algún día
fueron sus dueños. De vez en cuando llegaban unos hombres
para hacer estudios de demolición, pero nada, esperaban
el tiempo, que él hiciera lo suyo, derribe todo de a poco.
Crisis. Imposible saltar.
En
cuanto a mí y al misterioso ser alado que llevaba en mis
brazos, sí que fue una eternidad llegar arriba: la fetidez
en las escaleras era cada día más insoportable.
Intenté llegar lo más rápido posible conteniendo
la respiración. Ella estaba feliz, por momentos daba grandes
suspiros con aquel hedor. De pronto sentí su mano sobre
mi pantalón, acariciándome sobre y entre las piernas.
No podía comprender por qué hacía eso. Llegamos
a mi puerta y rió. Luego la ayudé a llegar hasta
el viejo sofá azul que tenía en la sala, el mismo
sofá que hacía de cama, de comedor, de silla y todo
lo que uno se podía imaginar en esas circunstancias de
miseria.
Cuando
la dejé en el sofá no pude controlarla, me sujetó
fuerte del brazo y envolvió entre sus alas. Tuve sus labios
y su fría nariz de perro vagabundo rozando mis mejillas.
Su sonrisa lujuriosa era ahora un trazo de cielo en mis ojos.
No pude contenerme, la tomé por las nalgas y restregué
sobre mí, asiéndola a mi cuerpo. ¡Mierda!
Las sorpresas no se habían acabado esa noche: ella misma
me desnudó y cuando se consumó el sacrilegio entendí
que no tenía ni una pizca de virgen.
Aquella
madrugada tuve los sueños más increíbles
de mi vida. Desperté tarde. Ella estaba junto a mí,
todavía dormía. Traté de levantarme para
salir pronto al trabajo, pero me sujetó entre sus alas.
Todo el día estuvimos así, entre plumas y sudor.
Por
la noche recién logró ponerse de pie. Aunque le
costaba mucho esfuerzo caminar dio unos pasos. Preparé
unos huevos revueltos para cenar, pero no le gustaron. Relacioné:
huevos-pollos-alas-plumas = ángeles. Así que desistí
de mi primer intento y pensé en algo más, pero no
tenía nada más que sobras de días pasados:
huesos resecos en una bolsa, algo de concolón de arroz
en una sucia olla y dos o tres panes duros, durísimos,
sobre la vieja mesa. “No tengo nada para invitarte”,
dije. Y rió señalando atenta cada una de las sobras.
¡Estaba loca! Eso era para empachar a cualquiera: una porquería.
Pero algo, dentro, como una vieja resignación me hizo mover
las manos, recoger aquellas sobras y acompañarlas por una
insolente taza de té que puse frente a ella. Comió
con tal hambre que no hubiera imaginado ni en el más harapiento
de los vagabundos de esta parte de la ciudad. Eso confirmó,
definitivamente para mí, la inexistencia del paraíso
como tal.
Al
día siguiente desperté a su lado. No quise ir a
trabajar. En realidad no tenía trabajo. Hacía más
de un año que, cuando se inició la gran crisis,
la compañía de teatro quebró, ya nadie iba
a la carpa, perdimos el carromato y todos los trajes de época
fueron embargados. Todo el grupo emigró, cada uno por su
cuenta viajó a lugares lejanos. Yo me quedé. Mi
liquidación de tramoyista consistió en una cafetera,
un par de disfraces, una foto de Klaus Kinsky y una Biblia para
las noches frías.
Por
las mañanas me recurseaba haciendo de payaso en las plazas
y por las tardes vendía caramelos en los microbuses, sobrevivía
importunando a toda esa gente que iba de regreso a sus hogares.
Siempre quise actuar. Y hacer de payaso era lo más cercano
a eso. Pero aquella mañana no quise hacer nada, no quise
poner los pies en el cielo o la tierra, no quise salir a ningún
lugar, no quise levantarme y persignarme frente a la foto de Kinsky,
no. Sólo me quedé abrazando mi ángel, acariciando
por ratos sus enormes alas. Me puse a pensar en todo lo que estaba
sucediendo. Era totalmente increíble su presencia, la existencia
misma de alguien como ella. Era tan difícil “pensar”
y sobre todo “creer” que aquello estaba realmente
ocurriendo, que entré en shock.
Desperté
luego de abrir las puertas de la duda. Mientras volvía
de aquel vacío abrí los ojos y creí que todo
era un sueño. Imaginé que era un delirio de días
tortuosos. Eso que únicamente les ocurre a los ahorcados
antes de morir. Pensaba en ello cuando mis ojos incrédulos
la encontraron frente a mí: sonreía, estaba vestida
con mi traje de payaso. Luego la besé como nunca a nadie
había besado y deseé hacerle el amor infinitamente.
Era
tan feliz, tanto, que no me bastaba esa débil certeza.
La intuición de la felicidad nos hace infelices. Imposible
saltar. Una duda, una espina, se apoderó de mí.
Desesperado subí las escaleras para pedir consejo al chamán
del piso seis. Era la persona más idónea con quien
podía conversar de estos temas de fe.
“Tu
vives abajo, ¿verdad?”, me inquirió la
gorda que recibía a todas las personas que entraban a consulta
con el chamán. Afirmé que sí con un nervioso
movimiento de cabeza. “El maestro te atenderá
en unos minutos, le está haciendo la limpieza a una señora”,
replicó sonriente la gorda y continuó. “Y
por qué has venido a ver al maestro, ¿por pasada
de cuy? ¿Amarre? ¿Impotencia? ¿Daño?”
“¡No, no!”, respondí exasperado
y entonces ya no molestó más.
Una
vez adentro, sospeché que era un tremendo error hablar
con ese chamán. Un fuerte olor a mirra e incienso inundó
mis sentidos. “...se postraron para adorarlo y abriendo
sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Mateo
2,11”, repetí maquinalmente y luego quedé
en silencio con más ganas de salir corriendo. El pequeño
lugar estaba tenuemente iluminado. De las paredes colgaban santos
y espadas. Avancé unos pasos y me topé con unas
amarillentas calaveras que dominaban el lugar. Entre velas por
aquí, botellas con culebras por allá, pude distinguir
una replica de San Jorge y el Dragón. Me sentí
dragón herido. Imposible saltar.
Luego
de ver toda esa parafernalia esotérica las dudas se hicieron
más espinosas y concluí que hablar con el chamán
era un total y rotundo error.
––Disculpe, maestro, pero mejor vuelvo luego –le
dije tartamudeando.
––Qué es lo que tienes hijo. Vienes por un
amarre, te están haciendo daño. En qué te
puedo ayudar, no seas tímido. Es por un amarre, lo sé,
estás enamorado y no sabes cómo decirlo. No tengas
miedo hijo, es normal, mucha gente lo hace. Yo haré que
ella venga a ti en veinticuatro horas, ya verás –dijo
con voz de cobrador de bus y cogió un atado de ruda al
tiempo que se preparaba a llevar una botella a la boca para rociar
un líquido verde sobre mí.
––¡No! No haga eso por favor. No es eso, no
es por eso que vengo, estoy por... Mejor olvídelo, se reirá
de mí.
––Te lo aseguro, no lo haré –me respondió
mientras ponía más atención y fruncía
el ceño.
Se
lo conté todo al tiempo que su rostro adquiría asombro
a los pequeños detalles que describía en mi historia.
Cuando terminé se quedó en silencio unos segundos
y luego no paró de reír. “Una ángel...
que gusta del sexo...”, repetía resoplando sin
parar de reír. “No era virgen...”
y se carcajeaba más aún. Mientras reía le
dije fastidiado que sería mejor que la viera por sí
mismo y lo jalé del brazo hasta mi puerta.
Cuando
la vio durmiendo desnuda sobre mi mueble, como la Maja
de Goya, pero flaca y con alas sucias, no pudo más que
asombrarse y temblar. En el momento que comprobó que las
plumas eran reales lloró, pataleó, era un niño
asustado. Yo le dije: “Qué hago, maestro, qué
hago, usted es la única persona que me puede ayudar”.
“¿Yo?” Dijo él. “Yo que sé,
toda mi vida he engañado a esas viejitas y locos enamorados
que vienen a mí. Yo no puedo, yo no puedo...”
y diciendo esto se fue corriendo, espantado. Desde ese día
me di cuenta de que estaba solo, con mi ángel, y nada podía
hacer.
Una
mañana, después que se acabaron las sobras en la
cocina, decidí salir a la calle a ganarme algunas monedas
para traer alimento. “Espérame aquí, vuelvo
pronto, voy a traer comida, no te muevas”, le dije
y salí con mi traje de payaso y mi bolsita de caramelos.
En
la plaza la gente no me compró más que un puñado
de dulces que sirvió para pagar un triste menú de
comedor popular. Luego regresé al edificio abandonado para
alimentarla. Estaba más hambrienta que nunca. Cuando terminó,
la noté aburrida, triste y decidí salir con ella
a caminar. Pensé en algo para ocultar sus alas. Se me ocurrió
cubrirlas con una sábana, poner un poncho sobre ellas,
amarrarlas, pero era totalmente inútil querer disimular
ante los demás la presencia de esas enormes alas. Lo único
que me quedó fue vestirla con el traje de payaso y dejar
que todos la vean como si usara un estrambótico disfraz.
Le
hice una abertura en la espalda al traje de payaso para que salieran
por allí sus alas. Luego le puse la nariz de bolita roja
y salimos a la calle.
Afuera,
a la gente le pareció divertida la presencia de una payasita
con alas. Muchos turistas que pasaban cerca quisieron tomarse
fotos con ella, algunos nos compraban muchos caramelos. Los niños
se nos acercaban y le jalaban las plumas. Yo la veía soportar
pacientemente el dolor que le producía que esos niños
cogieran sus alas y le arrancaran de vez en cuando una pluma.
¡A ella, que tanto le hacían falta! Yo intentaba
alejarlos de sus alas pateándolos, puteándolos,
mandándolos al carajo. Era una difícil tarea. Me
miraba a los ojos con odio, como diciendo: ¿Para esto
me has traído? Ya te fregaste, huevón.
Me
dio algo de miedo su mirada. “Y levantaron los ángeles
sus espadas de fuego. Apocalipsis 10,1”. Así
que decidí llevarla pronto a casa. El dinero recolectado
nos daría para vivir sin hambre un par de días.
Pasamos comprando panes y víveres por la tienda.
Al
momento en que cerré la puerta de la habitación,
soltó su ira contenida. Gritó, pataleó, extendió
sus alas, intentó volar y no pudo. Cayó en un rincón
bañada en llanto. Yo me quedé tirado en un extremo
de la sala, observando, pensando.
En
los días siguientes la dejé en casa mientras yo
cumplía con el diario ritual de vagar por allí,
vestido como payaso, con la bolsa de caramelos en mano.
Una
noche llegué a nuestro piso algo más temprano de
lo normal. Estaba cansado y marchito, cuando en eso encuentro
al chamán haciendo el amor con “mi” ángel
sobre “mi” mueble. Cogí el cuerpo seboso del
rastrero y lo tiré al suelo. “¡Maldito
desgraciado, hijo de puta!” Y lo pateaba por donde
más daño le hiciera. “¡Ella empezó,
te lo juro, detente!” Y se cubría la cara y
retorcía de dolor. Luego lo boté al pasillo, desnudo,
sangrando por todas partes.
En
cuanto a ella, me acerqué para darle una bofetada que le
marcó el rostro con un rojo intenso. Se puso a llorar de
manera celestial, era el sonido del oleaje, turbio y lejano. No
soporté el sentimiento de culpa que desbordó en
mí. Llegué hasta sus pies e imploré perdón.
Sólo quería tenerla en mis brazos. Me besó
y luego nos deslizamos irreverentes sobre el mueble azul.
Así
pasaron los días en que yo salía a trabajar y traía
uno que otro regalo terrenal que ella sabía agradecer con
placeres celestiales e inexplicables. Habíamos llegado
a inventar un código de comunicación muy cercano
al balbuceo.
Una
tarde decidí llegar temprano para pasar más tiempo
con ella. Me extrañó encontrar en la entrada de
mi departamento decenas de ebrios vagabundos, ancianos famélicos,
sucios drogadictos. Gatos del abismo. Estaban aglomerados, algunos
incluso hacían cola, otros se apretujaban para entrar antes.
No podía imaginar lo que pasaba.
––Pero, qué pasa acá... –le pregunté
intrigado al primer viejo vago que vi.
––¡Tú estas detrás de mí!
¡Así que no te hagas el vivo! ¡No te vayas
a zampar como todos los demás que ya han entrado! –gruñó
el viejo.
––Pero, qué es esto, de qué habla –insistí.
––Todos esperan su turno para pasar con una bella
chica “algo loquita” que se cree ángel y está
regalando amor a todos –dijo relamiendo sus labios y levantando
las cejas repetidamente.
No
podía creerlo, me enfurecí tanto que con todas mis
fuerzas me escabullí entre los demás. Llegué
y encontré a mi ángel revolcándose en mi
mueble con un hombre. Otros la rodeaban esperando su turno. “¡Es
mi mujer!”, grité. Todos rieron. “Ya
compare, espera tu turno nomás”, me dijo un
flaco despeinado con cara de enfermo. No pude contener la rabia
y cogí un palo de la cocina con el que rompí la
cabeza al que hacía el amor con ella en ese instante, al
flaco y a todos los que pude. Un grupo se resistió. Trataron
de detenerme, me golpearon, pero mi ira era tal que acabé
por dispersarlos. El resto se fue entre maldiciones, silbidos
y abucheos. Algunos me gritaban: “¡Aguafiestas!”.
Otros murmuraban asustados: “es el marido de la loca”.
Cuando
todos se fueron, no pude más que mirarla con total y profundo
desprecio. Ella sólo suspiraba desnuda sobre el mueble
azul. Me acerqué hasta ella con el palo en alto. La miré
a los ojos. Tensé los puños, pero dejé caer
el tronco en el piso y le escupí el rostro. Luego me fui
a la cocina para poder pensar a solas y lavar la sangre que brotaba
de mis labios. Esbocé mil hipótesis para calmar
mi tormenta: argumenté desde la locura de Dios, al inicio
del Apocalipsis, hasta la redención del Maligno;
pero todo sería igual o nada lo mismo para mí, así
que decidí volver.
Salí
de la cocina para abrazarla, pero no la encontré. Sólo
vi sus plumas por todas partes, encima del gastado mueble azul,
en toda la sala, en el pasillo, en las escaleras. Salí
desesperado a buscarla en cualquier lugar, pero sólo encontraba
en las calles plumas ennegrecidas por el polvo de los autos y
las huellas de insomnes transeúntes. Gatos. Abismo. Imposible
saltar.
Caminé
por toda la ciudad buscándola hasta el día siguiente.
Con el primer rayo de sol se me ocurrió pegar carteles
que dijeran: “Se busca puta ángel payaso...”
Pero me pareció ridículo. Y así continué
con mi búsqueda por los rincones más solitarios
de la ciudad, a la sombra de edificios ruinosos, en todas partes.
Un día, ya agotado y faltando poco para el amanecer, no
pude contener el sueño, el cansancio, las lágrimas.
Entrecerrando los ojos de tanto buscar he llegado, sin saber cómo,
hasta este viejo puente sobre el río torrentoso.
Estoy
aferrado a la baranda de este solitario puente. El viento golpea
mi rostro, alborota mi cabello en esta oscuridad. Unos minutos
y el sol bañará la ciudad. Elevo la mirada al cielo.
Una plegaría estaría de más. Dicen que los
gatos suelen soportar bien las caídas.
De
Cuatrogatos
©
Julio César Vega
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