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tardes en el campo de batalla (te estoy esperando)
César
estaba recostado en la cama, reposando un cigarrillo de marihuana
que fumó en el auto: con el matamoscas en una mano y el
control remoto del televisor en la otra. Le picaba el pecho, sobre
la cicatriz de una operación al corazón, resultado
de su primer y único infarto.
Erica
estaba recostada en un sofá de cuero negro, reposaba un
trago de tequila y unos chilaquiles con pollo y salsa verde. La
marihuana se le había terminado. Llevaba una camiseta corta
que le descubría el vientre y se acariciaba la cicatriz
de la cesárea que le ardía como una gota de ácido.
Se acordó de un hijo que tuvo y que dejó olvidado
en la central de autobuses de Reynosa, Tamaulipas. El niño
tenía siete años y usaba una camiseta de los cuatro
fantásticos. También se acordó de César,
de cómo se veía con su pose de rebelde, con su pelo
negro echado hacia atrás, lustroso en brillantina, sus
botas vaqueras, su pantalón ajustado de mezclilla negra
y su camisa a cuadros rojos y blancos. Con él se fumó
su primer cigarrillo de marihuana.
------Ahora los dos tenían
cuarenta y ocho años y nada que perder.
------César
veía en la televisión una carrera de autos que no
entendía.
------Erica había salido a
comprar cervezas y cacahuates.
César
vivía con su madre y tenía un auto rojo que se caía
a pedazos.
Erica vivía sola en un apartamento del centro y tenía
un gato.
El hijo de Erica tenía veintisiete años y se llamaba
Agustín. Viajaba en un autobús en la ruta Reynosa-Monterrey.
Tenía una novia muy linda llamada Beatriz y una pistola
negra que no tenía nombre. A Beatriz la había dejado
en McAllen, Texas. La pistola la traía consigo, llena de
balas.
-----César lloraba cuando
esnifaba una línea muy larga de cocaína.
-----Erica lloraba cuando estaba
hasta la madre de marihuana y veía telenovelas.
-----Agustín no lloraba nunca.
No sabía cómo.
César le gritaba a su madre que se iría a la chingada
pero no se iba nunca. Ya no usaba botas vaqueras y una vez que
quiso dar puntapiés a la puerta de su cuarto -se había
enojado con su madre porque no había ropa limpia- se rompió
el dedo gordo del pie -ahora usaba sandalias de tela-. Nunca más
dio otra patada en su vida. La camisa a cuadros rojos y blancos
se había transformado en una camiseta de algodón
que no alcanzaba a cubrir su abultado vientre, el pantalón
de mezclilla era ahora un pantalón deportivo holgado y
el cabello antes negro, ordenado y brillante, era una mata de
pelo gris ingobernable. Cuando era joven llegó a ser cinta
negra en karate. Su madre todavía guardaba en una bolsa
de plástico el uniforme blanco y la cinta negra.
Erica
le gritaba a su gato cuando este subía a la mesa y quería
robarle un bocado de su plato de comida. Cuando era joven, usaba
pantalones acampanados y camisetas psicodélicas. Tenía
un cuerpo increíble que con unas cuantas cervezas, pastillas,
hongos, ácidos o marihuana le podía pertenecer a
cualquiera. Ella nunca se consideró una cualquiera, los
cualquiera eran los otros, los hombres, así pensaba. Ahora
usaba faldas largas, sin sostén, sus pechos le caían
sobre el vientre. A los sesenta kilos que pesaba en su juventud
le había sumado veinte. Seguía usando camisetas
psicodélicas y unos pendientes de ámbar. En navidad,
por la tarde, mientras bebía una cerveza noche buena, escuchaba
a los Beatles.
Agustín
no gritaba, era muy callado. Cuando era niño, lo recogió
un hombre acaudalado de la frontera, este lo convirtió
en una estrella infantil de cine clandestino. Pornografía
barata. Antes de los diez años ya se había acostado
delante de una cámara de video con otros niños:
norteamericanos, mexicanos, muchos brasileños y un japonés.
También lo hizo con una adolescente argentina, dos negros
cubanos y una cuarentona que le recordaba a su madre, con lo poco
que le quedaba de su recuerdo. Su carrera cinematográfica
terminó muy pronto, a los quince años cuando encontraron
muerto al fronterizo que lo había recogido y que financiaba
todas las películas en donde trabajaba. Le habían
disparado a quemarropa en un baño sauna que tenía
en una de sus propiedades. Nadie supo quién lo hizo. Ese
día Agustín quedó en la calle -o al menos
eso pensaron todos-, el fronterizo le pagaba con hospedaje, ropa
y comida. Esa noche llegó a un hotel y pagó una
semana por adelantado. Cargaba una bolsa deportiva. En la habitación
vació la bolsa sobre la cama: fajos de billetes, una pistola
negra, una caja de balas y un libro llamado How to Make Porn
Movies de C. Smith.
César era un fracasado, nunca pudo conservar un empleo.
Uno de sus mayores logros fue llegar a ser mesero en un restaurante
de las Vegas que por las noches presentaba a Tom Jones. Vivió
mucho tiempo de pasar drogas a los Estados Unidos. En una ocasión
lo detuvieron unos federales en Coahuila, cerca de Saltillo. Iba
con otros dos. Los llevaron a despoblado. Era de noche, les dieron
dos palas y un pico y los hicieron cavar tres hoyos, uno para
cada uno. Cuando terminaron los dejaron fumarse un cigarrillo.
Iban a pedirles que se hincaran delante de los hoyos cuando una
llamada detuvo su ejecución. Después de eso los
llevaron al Distrito Federal, les levantaron cargos por tráfico
de estupefacientes y salieron en el noticiero de las nueve. César
tardó una semana en salir del reclusorio oriente. Nunca
dijo cómo logró hacerlo. Después de eso tuvo
un infarto y su madre lo obligó a quedarse en casa. Ahora
dedica sus días a ver televisión, fumar marihuana
y hacer planes de negocios que nunca llegan.
Erica
era una fracasada, servía tragos por las noches en una
cantina y en ocasiones se iba con un cliente a un hotel o a un
auto para conseguir algo de dinero extra a cambio de sus favores
sexuales. En una ocasión, por la madrugada, dos hombres
la llevaron a una casa pequeña cerca de los límites
de la ciudad. La metieron en un cuarto, le sirvieron una cerveza
de lata y le dijeron que se quitara la ropa. Uno de los hombres
sacó del closet un bate de béisbol y el otro una
cámara de video. El hombre del bate le dijo "Sonríe.
Estás en televisión". A la mañana siguiente
amaneció medio muerta dentro de una caja de basura de una
empresa de alimentos.
Agustín
tuvo éxito, aprendió rápidamente el negocio
de las películas pornográficas. Cruzó la
frontera y fue la estrella de varias películas para adultos
antes de dedicarse a dirigir y producir. Dejó el estrellato
para estar detrás de cámaras. Ahí conoció
a Beatriz, una aspirante a actriz que si se hubiera dedicado al
cine porno habría tenido mucho más éxito
que Agustín. Era increíblemente bella y cuando audicionó
para él, este quedó encantado con su belleza. La
rechazó para el papel pero la invitó a cenar y a
pasar una velada bebiendo vino y fumando cigarrillos franceses.
Ambos se enamoraron uno del otro y ahora trabajan juntos en su
propia compañía productora. A petición de
ella, la dejó estelarizar una película que tuvo
bastante éxito y aumentó sus cuentas de banco. Después
de eso Beatriz nunca más volvió a hacer pornografía.
Viven en Texas, en McAllen, en donde tienen una lujosa residencia
desde donde dirigen la productora. Viajan con frecuencia a Los
Ángeles y Nueva York, pero pasan más tiempo en su
casa de Texas. Tienen dos perros pastor alemán y una piscina
con la forma de la silueta de una manzana.
César se masturbaba cuando, habiendo perdido el sueño
la noche anterior, por la mañana, salía al patio
trasero de la casa de su madre a fumarse un cigarrillo de marihuana
y volvía a su habitación y se acostaba en la cama
viendo programas de aerobics.
Erica
se masturbaba una o dos veces por semana pensando en todos los
hombres con quienes no había logrado acostarse, entre ellos
César y Paul McCartney.
Agustín
se masturba secretamente, a solas, cuando se queda en el cuarto
de entretenimiento y Beatriz viaja a Los Ángeles para hacerse
cargo de algunos asuntos pendientes de la productora o dirigir
alguna película. Enciende el inmenso televisor de alta
definición y pone Sexual Armageddon -la única
película en la carrera de actriz de Beatriz- en el reproductor
de dvd. No se lo dice a nadie, pero le pone caliente ver a su
mujer acostarse con otros.
César
no se acordaba de Erica ese día que recibió la llamada.
Erica consiguió un número de teléfono en
donde podía localizar a César. Se había encontrado
en un salón de belleza de la colonia Roma a una de las
hermanas de César y le pidió un número en
donde localizarlo. Ese mismo día, al llegar a casa, marcó
nerviosa el número de teléfono que había
conseguido.
Agustín
llegaba a la central de autobuses de Monterrey. No llevaba equipaje.
Lo primero que hizo fue meterse en un hotel.
César
mintió a Erica, le dijo que ojalá se vieran pronto
y que llamara otro día para ponerse de acuerdo y salir.
Cuando colgó el teléfono le dio instrucciones a
su madre de que no le pasara más llamadas de ninguna mujer.
Erica
se bebió de un trago una cerveza y celebró esa noche
invitando a una amiga del trabajo a cenar hamburguesas y beber
de un tequila que le había costado una fortuna.
Agustín se sentía como un idiota encerrado en ese
cuarto de hotel. Se dio cuenta de que en realidad no se acordaba
de la ciudad en donde nació.
César seguía acostado, viendo una pelea de box por
televisión. Tenía ganas de levantarse a orinar,
pero no lo hacía porque pensaba que estaba demasiado cansado.
Había pasado una semana desde la llamada de aquella mujer
y para entonces ya había olvidado su nombre.
Erica
pasó una semana entera llamando a César, siempre
le decían que estaba dormido, que se encontraba en el baño
o que había ido a visitar al médico. Después
de siete días de insistencia, no hizo falta que nadie le
dijera nada para darse cuenta de que César no quería
saber de ella.
Agustín
pasó una semana dando vueltas por la ciudad. Recorriendo
cada calle esperando encontrar algo que le recordara cualquier
cosa: alguna ruta perdida en su memoria que lo llevara a lugares
conocidos, a las plazas donde jugaba con su madre, a la casa en
donde vivió de niño. No encontró nada, sólo
se sintió más perdido y solo que nunca. La tarde
del sexto día llamó a Beatriz y hablaron de lo mucho
que se extrañaban y prometió volver al día
siguiente. Echó la pistola y las balas en un bote de basura
de un 7-Eleven, envueltos en la funda de una almohada.
------César estaba dormido.
No soñaba nada.
------Erica estaba triste, sirviendo
tragos a desconocidos, en la radio sonaba una canción norteña
que detestaba, eran los Tigres del Norte tocando Contrabando
y traición. Cómo la odiaba. En la cantina entró
un joven muy apuesto, distinto a los habituales que usan bigote
y barriga amplia. Se acercó a la mesa del joven apuesto
y tomó su orden: una dos equis en lata. Erica le preguntó
de dónde era, él le dijo que de otra parte. El joven
parecía triste y era igualito a Paul McCartney.
Agustín
salió a beber una cerveza, se metió en la primera
cantina que encontró. Al primer trago quería salir
corriendo, no soportaba la música norteña que sonaba
en las bocinas del lugar. No lo hizo, no salió corriendo.
Le había gustado una cuarentona que le recordaba a una
mujer madura con la que había hecho una de sus primeras
películas, cuando era niño. Aquella mujer que le
recordaba a su madre. El recuerdo de su madre había desaparecido
por completo, con el paso de los años el único recuerdo
de ella era el de la cuarentona de senos grandes con la que hizo
la película. La invitó a pasar la noche en su cuarto
de hotel y se fueron caminando tomados de la mano, iluminados
por los neones de los anuncios de los bares topless, las
salas de masaje y las cantinas. Agustín habló poco,
elogiando con mentiras las amplias curvas de la mujer que sacó
de la cantina.
©
Jaime Garza
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