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eva,
la sucia
-No
me voy a bañar, no me voy a lavar el pelo ni a cortar las
uñas, ni a cepillar los dientes hasta que vuelvas -le dijo
Eva a mi foto.
Lo
había jurado y lo estaba cumpliendo, y todas las tardes
ponía a prueba su protesta, a la misma hora, sentada frente
a la ventana, mirando las bombillas que empezaban a alumbrar.
-Cuando la noche está limpia se juntan las estrellas con
las luces y todo parece un solo cielo, abajo con los vivos y arriba
con los muertos -me dice y se dice ella, mirándome en la
foto.
Sostiene
el retrato con las manos manchadas y me lleva a su pecho. Aprieta
para que la foto no se suelte o para que el corazón no
se salga. Intenta decir algo pero no dice nada, trata de moverse
pero es como si mi foto le pesara. O le pesa por mi ausencia,
y porque ya es de noche y todas las noches llora.
-Quisiera oír algo distinto -me dice al fin.
Metido
en la foto no puedo decirle nada. Pero me gustaría contarle
una mentira distinta a las que le han dicho en estos seis meses;
decirle: no te amargues, Eva, que el día menos pensado
llego; decirle: no llores más que no vale la pena; ve y
báñate, Eva, que ya hace muchos días que
fue lunes.
De
pronto un grito oscuro: es Eva quien grita, a sí misma,
a la ventana, a las luces y a mí. Ruge mi nombre como si
mi ausencia fuera por mi culpa. Todas las noches grita a la misma
hora, apenas se confunden noche y montaña.
-¡Y hoy voy a gritar más duro! -amenaza Eva, y pega
su frente contra la mía y con su boca babea mi foto. Yo
quisiera lamer lo que ha mojado. Sé que mil veces ha querido
rasgarme en pedazos, pero en lugar de hacerlo me come a besos,
y no le importa que su boca sepa a sales y a dektol. Un sabor
más para la colección de olores en su boca.
-¿En
qué habíamos quedado, Eva?
-En nada -me había dicho, pero luego añadió-:
en todo, en que nos iríamos, en que viviríamos juntos,
en que todas las noches nos acostaríamos temprano.
-Lo dices porque tienes sueño.
-Lo digo -me había contestado- porque me gusta estar en
la cama.
Lo decía agazapada a mi lado, los dos apestando porque
no habíamos pasado por la ducha en todo el fin de semana
y porque nos gustaba quedarnos así: dos días encerrados,
sin lavar platos, sin recoger la ropa, sin lavarnos las bocas
ni los sexos, sin desodorantes ni perfumes; los dos malolientes
y excitados.
Eva
mira la foto y me dice:
-Ahora debes estar inmundo.
Levanto
los brazos y me huelo las axilas, paso mi mano sobre la cara y
la barba me raspa, me toco el pelo y siento la grasa y los nudos,
con la lengua repaso mis dientes y me digo: sí, estoy bastante
sucio, pero eso no importa.
Lo
que importa es que Eva está sola a estas horas, que lleva
meses sola y que no sabemos cuántos le faltarán.
-No lavo los platos, no saco la basura, no me cambio de ropa hasta
que vuelvas -jura Eva con rabia, con su voz saliéndole
a pedazos de su boca pastosa. Con la ventana cerrada para que
los olores se concentren pero atenta a cada luz nueva, como si
adivinara en cuál de todas ellas podría estar yo.
Sé que hoy todo va a empeorar apenas comience la bulla
y las luces artificiales no dejen ver las otras donde me busca
Eva. Quisiera decirle: cierra la cortina, vete a tu cuarto y enciérrate;
tómate un somnífero, duérmete ya, Eva. Sé
que Eva va a angustiarse cuando todos comiencen a festejar.
-Si
algún día me pasara algo, Eva.
Para que no hablara me vaciaba leche en el pelo.
-Si alguna vez...
Y para que no siguiera me tiraba espaguetis a la cara.
Eva
grita de nuevo, grita duro y se dobla sobre mi foto. Es un chillido
largo que no dice nada, que sólo saca el dolor que le lleva
las manos al pelo y la hace enmarañar los cadejos que ya
ha formado la mugre. Zapatea como si el piso tuviera la culpa
y sin pensarlo me arroja sobre los periódicos, la ceniza,
las botellas y los platos sucios. También hay comida por
todo el piso.
-¡Y no me limpio la nariz ni los oídos, ni me cambio
las medias hasta que aparezcas!
Va
a la cocina y sirve agua de la llave en un vaso sucio. Eva bebe
el agua turbia y cuando termina sirve más. Camina por la
cocina con el vaso lleno. Camina por toda la casa con un vaso
en la mano. Gime y bebe y se echa en el piso junto a mi foto,
me levanta con cariño, me toca con su nariz y gime; afuera
se oyen los primeros fragores de la pólvora. En un golpe
apresurado, Eva ha derramado el agua sobre la baldosa.
Se
desliza entre el desorden hacia la ventana y arrastra mi foto.
Estira el cuello y primero asoma los ojos, entonces ve lo que
no quería, lo que yo tanto temía que llegara, la
explosión de luces, los destellos en lo negro. Pega la
boca al borde de la ventana, lame el polvo y escucha los estruendos,
los coscorrones secos de la pólvora contra el cielo.
Yo
espero el grito anunciado, pero abrazada a mí se da vuelta
y queda de espaldas al festejo. Recoge del piso una colilla, gatea
hasta donde están desparramados los fósforos. Todavía
no grita.
-Hoy no vale la pena gritar -dice-. Hasta Dios anda en su cuento.
Quisiera
decirle: eso es, Eva, piensa que es lunes y que ya estamos limpios,
que ya recogimos el desorden, que ya nos bañamos, me afeité
y te arreglaste y todo quedó en su sitio como si aquí
no hubiera pasado nada. Decirle: hasta la próxima vez,
Eva, cuando volvamos a encochinarnos con restos de comida, con
licor y saliva, con pegotes y sudores de nuestros propios cuerpos.
-¡Y no cambio las sábanas y las toallas, ni lavo
el baño!
Cuando
nos despedimos los dos estábamos limpios, su boca olía
y sabía a menta, y su pelo lavado había recobrado
el color. Su cuerpo olía a jabón, el cuello a perfume
y la ropa a detergente. Era lunes y todo volvía a empezar.
La casa se sentía fresca, las ventanas estaban otra vez
abiertas y el aire nuevamente se dejaba respirar. Todo volvía
a ser perfecto y era imposible presentir que ese lunes yo no iba
a regresar.
Entonces
esa noche lanzó su primer grito, no pegó los ojos
y no dejó de llamarme hasta el amanecer. Y esa mañana
frente al espejo, con los párpados abultados, la nariz
dilatada, la piel enrojecida y los labios mordidos, fue que sentenció:
-Así me vas a encontrar.
Lo repitió mirándome a los ojos en la foto que rescató
de su cajón: así me vas a encontrar, como si el
tiempo no hubiera pasado.
A la
misma y única foto que no ha soltado desde entonces. Una
foto inútil, sin esperanza, la misma que ha aparecido en
periódicos y pancartas, la misma con la que Eva ha enarbolado
su dolor. El retrato de un olvidado, de un secuestrado, de un
desaparecido. O en unos días, o tal vez en horas, la foto
de un muerto.
-La Navidad engorda las penas -dice Eva.
Muy despacio se deja caer. Como si ya no fuera suyo abandona la
firmeza de su cuerpo, y estirada y larga esconde la cara entre
sus brazos.
-A mí qué me importa que mañana sea otro
día, otro año u otro siglo si me voy a levantar
igual -dice Eva sin esfuerzo.
Afuera
la fiesta se desmanda. El cuarto ha sido invadido por las luces
y las descargas. Cualquiera pensaría que el mundo está
a punto de reventar. Eva me toca con su boca. Quisiera decirle:
mañana nada va a ser igual.
-Mañana todo va ser igual -me dice Eva-. Únicamente
estaré más sucia.
De
Maldito amor
©
Jorge Franco
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