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deshabitación
Despoblada
la piedra de recuerdos
¿Aún te aferras a ella?
¿Cuánta agua
ha tenido que resbalar sobre tu corazón
hasta dejarlo pulido y redondo
como un canto de río?
¿Y cuánta más tendrá que pasar
hasta que te arrastre?
De
Derecho de asilo
John
Smith, de Liverpool
John Smith,
de Liverpool.
Lo encontré en Puerto Banús
con su mujer y
unos ojos acuosos
como las lunas empañadas
de un cuarto de baño.
Un perrillo correteaba incansable,
pero él parecía drogado.
John Smith, de Liverpool,
contable,
47 años en la misma empresa,
jubilado.
Sonreía,
sonreía a todo,
como si un invisible cliente
le preguntase algo.
Seguro
que calculaba inconscientemente
el registro bruto de los barcos
para rellenar un formulario.
Vamos a ver
¿Qué haces aquí,
John Smith,
rodeado de niños
y de gaviotas chillonas?
¿De dónde te has escapado?
J.S. fue reculando
hasta que se sentó en un escalón
y, mirando al mar, exclamó:
¡Oh dear!
La multitud pasaba indiferente,
pero yo comprendía lo que le estaba sucediendo
mejor que las cámaras ocultas de su oficina.
Vamos a ver,
John Smith,
¿Qué haces aquí
con tantas mañanas por llenar,
sin un jefe que te apriete las tuercas?
Y, de pronto,
J.S. se sintió ante un abismo.
Podía ver en su rostro
cómo pasaban las hojas del calendario
y repentinamente una en blanco.
Ay, John Smith
¿Serás capaz de comenzar de nuevo
con los hijos lejos de aquí,
sin tu mesa de trabajo,
con todo lejos?
Dicen los místicos
que la felicidad consiste en que todo le sobre a uno,
pero eso lleva una vida y mientras tanto
lo peor que puede suceder es que uno le sobre a todo.
Si es eso lo que te ocurre, salúdame al menos,
todos estamos en la misma barca.
Pero J.S. no me ve,
mirando al sol dice:
¡Oh, great!
y se va, paseando.
la
gallina ciega
Ahora me digo
que el tiempo
es sólo una habitación más
en la casa que habitamos,
una habitación cerrada
donde poco a poco van a parar
todos los muebles.
Un día echamos en falta uno, luego otro,
así hasta que la casa está vacía
y sabemos que somos el siguiente en el traslado.
Cuando estos pensamientos acuden a mi mente,
te miro y me pregunto si allí también
continuaremos jugando a la gallina ciega,
golpeándonos contra los muebles en la oscuridad.
viajeros
Hay muchas
clases de viajeros,
yo soy de ésos que viajan desde su escritorio,
la forma más necesaria: sin ella nos pegaríamos
un tiro.
¿O debería decir que somos drogadictos de la soledad?
¿O minusválidos o masoquistas o utopistas?
¿O amantes del autoengaño?
¿O simplemente amantes de lo que no conocemos?
¿Pequeños dioses celosos del gran Dios
que nos mantiene al margen de todo?
Marginales, eso es, seres marginales,
autostopistas de los senderos de la imaginación,
presos fugados del alcatraz cotidiano,
actores que perdieron su rostro en el espejo,
eso somos, pero también:
brujos con el poder de convocar a vivos y muertos, podemos
inventar un juego en que no hay supervivientes,
convencer a nuestros educadores de que no hay cuidado:
somos peores que ellos, peores que cualquier cosa imaginable,
pero también podemos
decir a nuestros padres que, pese a ser como somos, no somos un
estorbo,
decir a todos que no somos un estorbo,
decir a todos que ellos tampoco son un estorbo.
Somos el coche-escoba que recoge los sueños del mundo
y los suelta otra vez en mitad de la carrera.
Viajamos en nuestras cuartillas hasta donde el hombre es posible.
De
Poesía (1975-2000)
©
José Elgarresta
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