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nueces de la India
Tengo
una oreja que no habla de amor
tengo una enferma boca, que tiembla
leve y cansada, de tanta carne en agonía.
Tengo el sonido frío y ensangrentado
de un nombre por usar.
Tengo tus piernas amargas y calladas
con grietas saladas, por esas noches de ron
y nueces de la India.
Tengo una mujer de amor, otra de harina
y una más de queso fino.
Tengo una que da miel, otra que es paloma y
una más que es la piel de mi camisa.
Tengo un barco abandonado en su mínima cintura
tengo unos minutos de sol, cuando cruza sus piernas.
Tengo tal vez un puñado de mares y jardines,
de muelles y recuerdos,
tengo tantas caricias arrinconadas, en esta
niebla infinita,
tengo un nombre enterrado entre Cortázar y Vallejo,
evangelio del deseo,
tengo platos y palabras,
tengo en el corazón
algo parecido a la desnudez,
tengo un anden del metro,
tus párpados, tu cumpleaños.
Tengo un pájaro recién nacido,
Un mundo moribundo
Y una jarra de vino.
Tengo miedo
de que este silencio
telegrafíe tu respiración,
hasta mudarte de mi olfato,
tengo tu carne y tus huesos
tus senos y mil espejos...
Para Chichaba, cuando
se harte de viajar
de gatos y viajes
Estoy en el
lugar donde una vez vi a un gato,
descender en reversa o destrepar
-no sé si es correcta la expresión-
un viejo y torcido árbol de eucalipto.
Miro estas palabras,
cuentan que todavía hay algo que decir,
que la vida a veces
se desprende a cucharaditas,
se afana en anunciarnos
lo simple de su juego,
como con este gato malabarista.
Se trata de multiplicar
estos huesos verdes que me dejó mi madre.
De sentirme muy triste, de llorar y llorar,
por ese su afán viajero, que desde hace
nueve años, no tiene prisa.
Te digo entonces, que ahora
yo estoy embarazado de ti.
Que te alimento diez veces al día,
con este sol que me calienta por ti,
con estos papeles que no leerás,
con estas manos que hacen mapas
con una extraña arena que olvidaste
en la repisa.
Al rato, cuando se sacuda mi vientre
y tú te hartes de viajar,
te llevaré a mi mar,
en donde los cielos son muy anchos
las aguas y los vientos descienden en reversa
-como el gato que te cuento-
bajan de unas manos, de unos hombros,
de los miedos, de un Dios que
nos empapa de vez en vez,
donde el día es un ojo entrecerrado,
buscando pedacería de luz,
que te guía, que te da señales
para que regreses a casa,
donde la muerte es solo un decir,
una mentira más...
En este mar te sé hora tras hora,
aquí nos podemos mojar los pies
con el barro del olvido,
aquí caben los aerolitos
que tu llamas albóndigas,
aquí están tus hijos
tu hombre,
el hermano que fue también tu padre
y todos esos ojillos
que solo esperan tu regreso.
de
gatas y algo que olvidé
Ronronea, me
trepa
recorre con su lengua de lija
mis huesos, mi aliento.
De pronto salta,
y su condición felina pide coca-cola.
Mitad blanca, mitad púrpura
mitad mía, mitad mujer,
mitad me ha escogido, mitad me asfixia
pasea sus tetillas por mi espalda
mitad jadeo, mitad saliva,
mitad diamante, mitad carbón.
Revisa mi ropa, respira mi palabra
roba mi poesía, vive libremente
mitad en mi columna y mitad en la luna.
Se esconde en que
mitad duerme y mitad sabe que le escribo.
Mitad gata, mitad noche,
maúlla quedo,
muy suave
esperando las próximas
lunas llenas de febrero.
los cuerpos digamos
Los cuerpos,
digamos inevitables
se quedan solos, intercambiables
no contestan, se encuentran
se adhieren inútilmente,
de acuerdo,
como viejos poemas sin fecha.
Convocan olores, textos, piel,
proponen, coinciden en papel,
en las telarañas, en los nombres,
no sé, en el pan,
en las bocas.
Sin ojos con qué mirar
se arrastran como luciérnagas
corrigen sus roces,
sus rodillas,
conservan la humedad
de la última lluvia.
Se levantan, se cubren,
tejen colores de cristal,
sin hablar se tocan
por días y noches
en el eterno frío
de las minas del edén.
Al silencio le restan lágrimas,
pestañas, reflejos, esencias, los deseos jubilados.
en fin
En fin, puede
ser que la naturaleza de lo intangible consista en la amplitud
de esta luz que serpentea por el árido manto, que escogió
avanzar sobre la razón.
Ahora sabemos sobre el corazón y sus concavidades, de sus
arterias venosas, de cómo se dilatan, cómo detienen
el ritmo. De cómo la vena cava advierte, sobre esta sangre
que gota a gota llena e infla nuestro hastío, ahora reconocemos
al corazón y sus pausas.
Puedo acostumbrar mis movimientos, de hecho son la inercia mecánica
del dolor, de dormir con la necesidad de desinflar esta presión,
que corre por mi materia como una herida suave.
Pruebo entonces mis extremidades, ordeno mis dedos, alineo mis
cabellos, cierro mis orejas, levanto mis ojos, rozo los espacios
en blanco de mi cuerpo.
Ato mis temores a mi piel dura, la sangre en primer lugar, se
bate con mi respiración, va ganando, a pesar de.
La ilusión transformada en vapores, entibia mis pies, consigue
aire fresco para mis pulmones, calienta mi pulso, encierra en
mi vientre el espíritu de los lugares en donde repetí
por última vez tu nombre.
Pasemos a los nervios, la vigilia y los ensueños, los cuales
se mueven aún. Entienden esta ansiedad por los olores,
los sonidos, los colores. Por las diversas verdades y mentiras
que viven en mis huesos.
Hablan de unos días, inventados de nosotros, de las palabras
sin lenguaje, de las pasiones que niegan los discursos.
Estos viejos fundamentos persuaden lo verdadero de lo falso, parece
incluso difícil contentar esto que no entiendo, con tu
ausencia; que hace logaritmos de mis fluidos, que engaña
nuestra necesidad de creer.
Odio este reposo de los cuerpos, de las manos, de las letras;
odio conocernos tanto, odio esta perfecta inquietud, odio este
crimen que se ensancha paulatinamente por sus pliegues.
En fin, si fuera necesario dudaría de mis certezas...
©
Jesús Hernández Limón
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