la red

 

Veo moscas continuamente. Por todas partes moscas: moscas, moscas. ¿Me ven ellas a mí? En todo caso, yo soy sólo uno y ellas bastantes más. Son un ejército. ¿O son muchos ejércitos? Si me ven, ¿sólo me ven a mí o son muchas representaciones de mí lo que ven? Ellas tienen más ojos. Yo sólo tengo dos. ¿Me ven cortado en trozos de forma hexagonal? Moscas, ¿qué veis?

Yo soy más grande que ellas, pero ellas son más. Si se juntaran todas serían más grandes que yo. Y tienen alas. Las moscas vuelan y yo veo a las moscas. ¿Las veo porque vuelan? ¿O sólo vuelan porque yo las veo? Yo no puedo volar.

Por eso extiendo grandes redes de seda, porque yo tengo varias glándulas seritíferas, y ellas no— y así de pronto entiendo las alas de las moscas que las traen hasta mí, las muchas unidades de visión que no alcanzan a ver mis telarañas, las moscas como moscas, los ríos, las montañas, los otros animales, la luz, Dios. Sin ellas no sería lo que soy. Es probable que algo (animal, cosa) no sería tampoco lo que es si no estuviera yo constantemente viendo moscas, moscas. ¿Vemos acaso sólo lo que necesitamos? ¿Me ven ellas a mí? Moscas, ¿qué veis?

Yo os amo. ¿Me amará alguien a mí? Esta horrible cadena natural no empieza ni termina. Es apremiante mi necesidad de servir para algo. ¿Sentirá esto un erizo? ¿Y un caballo?


-----¿Y un hombre?

 

dármana


I.

Dármana sufría hidrocefalia, malformaciones y un leve retraso mental. Su cuerpo de incipiente veinteañera albergaba un cerebro dormido, paralizado en un tiempo anterior donde todo era blando y Dármana aún podía mirarse en el espejo.

Ella y otros quince niños deficientes llenaban la Aldea del Atlas, la agrupación que estaba dirigida por Silvia y Lucía y se ocupaba de dar alojamiento, luces y palabras a Dármana y los niños.

Silvia era la hermana de Lucía. Murió en un ataque sin freno de Laimon, uno de los más fornidos del grupo, que se abalanzó sobre ella en una de las comidas organizadas en las montañas que coloreaban los alrededores de la residencia. Laimon fue brutal y certero en su ataque. Sus enormes manos de deforme bestia consiguieron lo que no había podido lograr el tenedor con el que atacó reiterativamente a Silvia. Con un ojo encharcado de sangre ella arrojó la última mirada hacia su inconsciente asesino, sin culparle de nada porque Laimon no era culpable de nada, como no lo era tampoco Silvia, como no lo era nadie en la Aldea del Atlas, porque la no conciencia liberaba de culpa.

Cuando llegué a la residencia sólo tuve tiempo para Lucía y Dármana. La primera era fea, estirada y cetrina como una actriz de tercera, condenada a recitar su réplica detrás de la cortina. No se peinaba nunca, porque llevaba el pelo recogido en un lazo permanente que le daba ese aire descuidadamente pretendido a toda su figura. Nunca vi nada más en Lucía que conversaciones de terraza, de aire y de noche, paseos oscuros con velas y Ella Fitzgerald de lunes a jueves. Los fines de semana eran siempre de Dármana, la única residente a la que no venían a recoger los viernes. Nadie llegó a conocer a sus padres, porque estos fenecieron en el accidente que cubrió de deformaciones a la niña. El último día de cada semana todos los familiares se reunían en la puerta con bóvedas del edificio de la organización, y adquirían a sus propios hijos por un período de unas treinta horas. El lunes o el domingo todo volvía a ser igual, el desayuno frío, las paredes de piedra y ladrillo, los golpes de noche y los gritos de bocas torcidas y sordas. Pero Dármana estaba con nosotros esos días callados, y así Lucía, Silvia y yo hablábamos con ella y la observábamos más de cerca que a otros, mientras compaginábamos la atención a aquella chica terriblemente sola con las tareas de organización del centro.

Dármana salía de su cuarto los fines de semana, y caminaba a rastras por el suelo hasta el salón o la cocina, donde nos encontraba y todos juntos reíamos sin prisa, Silvia lavaba platos, Lucía ayudaba a la chica en sus ejercicios de rehabilitación -hacía poco que había conseguido controlar las extremidades superiores, y sus avances eran importantes-, yo leía las noticias del día que siempre eran iguales, allí dentro alejados de todo lo real, rodeados de montañas y de olvido.

Cuando todos dormían Lucía y yo encendíamos el fuego y calentábamos agua para el té, compartiendo el insomnio y la crudeza de las experiencias en aquella casa insuficiente. Lucía llevaba mucho tiempo dedicada a esto, y yo gustaba de aprender de ella todo lo que ya iba intuyendo. Con el té y la radio hablábamos de Dármana y de Silvia, de Laimon, de los padres de fines de semana, de todas las rupturas, de aquel modo de vida voluntario, y así Lucía y yo éramos flotadores del espacio cerrado, compartíamos miedos y mantas cuando el frío llegaba.

Por la mañana, casi siempre los lunes o los martes, volvían los demás y teníamos menos tiempo para el té, para Dármana, para ver y conocer a Lucía, la estirada y blanquecina pediatra de la Aldea. Poco después fue lo de Silvia, se llevaron a Laimon a un centro de acogida de menores donde ya no importaba su parálisis ni su condición menos desarrollada. Lucía no volvió a ser la misma desde lo de su hermana, y quedábamos menos los fines de semana para cuidar a Dármana, éramos menos para todo y casi no hablábamos de noche. Con el tiempo aprendí los cuidados especiales y las normas del centro, y así siendo miembro de pleno derecho me dediqué a las tareas administrativas, especializándome en los temas legales de aceptación de nuevos deficientes, el papeleo horrible de la entrada en un mundo incompleto.

En octubre la Comunidad, con su nueva política social de cambio de gobierno, retiró las ayudas económicas al centro y fue imposible mantener el número de internos de la Aldea. Muchos padres llevaron a sus hijos a otros centros privados, y los que se quedaron no tardaron en ser trasladados a otras comunidades donde las ayudas sí eran efectivas. Al mes siguiente la enorme casa sólo la llenábamos Lucía, Dármana y yo.


II.

Dármana sufría hidrocefalia, malformaciones y un leve retraso mental. Lucía y yo cuidábamos de ella de otra forma, porque la habíamos conocido realmente, todos los fines de semana, a solas. Al principio no hablaba, acababa los días en el sofá del salón y no podía moverse demasiado. Sus ojos eran grandes y negros. Lucía solía colocarle flores o trenzas en el pelo y la peinaba continuamente, hasta que Dármana se hartaba y se tiraba al suelo a seguir con su ausencia. Había sido terriblemente hermosa, y ahora, llena de heridas, cicatrizado el rostro, enmudecida, se asemejaba al eco mudo de una obra de arte inacabada, roto el lienzo y truncados los matices de un color apagado pero vivo. Lucía, desde su fealdad asilvestrada y sucia, admiraba los rasgos de la niña, y yo admiraba a Lucía cogiendo en sus brazos a Dármana y llevándola fuera, a las montañas, donde corrían juntas desde que Dármana había empezado a recuperar estímulos motores que le permitían gatear por el valle y acercarse a nosotros para decirnos sus ruidos guturales, sus verdades oscuras por la imposibilidad de la fonética. Con el movimiento Dármana recuperó la fuerza de la expresión salvaje, comenzó a comunicarse ampliamente con un cuerpo que la poseía, un cuerpo que había permanecido en silencio desde el accidente pero que ahora quería hablar y bailar y romper a llorar al caer en un movimiento todavía no del todo aprendido. En el gimnasio, el pozo de la recuperación de Dármana, en un pequeño hueco lleno de sombras donde había colchonetas y cortinas, hablamos por primera vez los tres.


III.

-Puedes jugar con lo que quieras, Dármana.
-Tiene las mejillas tan blancas, ¿verdad?
-Claro.
Dármana cogió una de las cortinas y volvió a soltarla con fuerza casi inmediatamente.
-Acaba de recoger las piernas. ¿Crees que nos escucha?
-Yo sé que nos entiende.
La recogí del suelo y la miré entendiéndola, sabiendo que buscaba los botones de mi camisa para arrancarlos suavemente, incluso eso me daba igual si se trataba de Dármana.
-Sería tan hermoso que ella pudiera hablar –dijo Lucía desde el otro cuarto, Dármana había caído rendida por el sueño y Lucía la metía en la cama mientras pensaba lo hermoso que sería, y pasó poco tiempo desde el beso en la frente de la niña al abrazo que parecía obligado, sus brazos en mis hombros primero lentamente pero luego cerrándonos los dos en los abrazos y los besos, inesperados como las lágrimas de ella, la caída de la ropa en la cama, los cuerpos en la almohada y ninguna palabra entorpeciendo nada, sólo la sensación de estar más cerca abandonados en esa residencia muerta, la contricción que hacía necesarias las caricias. Lucía no me gustaba, no podía gustarme, pero probablemente yo tampoco le gustaba a ella, tal vez la presencia de mi cuerpo en su cuerpo se debía al deseo de suplir la carencia de Silvia, el terror de los ojos de Laimon, la belleza extrañada de Dármana. Aquella noche no nos amamos más que otras noches bailando Cheek to Cheek o probando el té verde de China que nos traían a la residencia. Aquella noche sólo nos vimos más desnudos y seguramente más ridículos, hicimos el amor más desolado y gritamos para abandonar todo lo que no nos atrevíamos a decir de otro modo. Y fue así como no hubo ninguna palabra, ni siquiera cuando en medio de una ascensión de ella hasta mi boca vi aparecer a Dármana, desvelada por la medicación o alertada por los sonidos nuevos para ella, vi aparecer su sombra en la puerta pequeña del cuarto de Lucía al final del pasillo, y por primera vez sentí la tristeza de Dármana, sus ojos añorando todo lo que sólo podía ver a medias, ver pero no sentir, y nos miramos fijamente sabiendo que ninguno de los dos entendía, hasta que mi estatismo hizo volver la cabeza a Lucía y ver también. Lanzó un grito apagado y salió de la cama protegida tan sólo por la sábana, y desapareció inmediatamente mientras empujaba a la niña hasta su cuarto. Así éramos otra vez los tres, pero ahora notando más las diferencias, la sorpresa de Dármana, el rubor de Lucía, el sueño que me hundía en la almohada todavía caliente.


IV.

Veíamos Blade Runner en el vídeo. El cuarto estaba oscuro, lleno con dos sofás que permitían comodidades separadas para Dármana, pegada a la pared, y yo, tumbado pesadamente en la otra esquina. Lucía calentaba el agua en la cocina, que se encontraba detrás de la puerta trasera del salón. Los ojos de la niña viajaban de ese cuarto a la pantalla, y parecían buscar el apoyo de Lucía ante la incomprensión de las imágenes que miraba sin ver. Harrison Ford forcejeaba en la pantalla con una enrarecida Daryl Hannah. Lucía seguía la película asomando su rostro por el hueco de la puerta, recortando la luz que desde allí llegaba con la silueta de su cuerpo. Daryl Hannah tendía el suyo en el aire con una bala que le llenaba el estómago, y el ralentí de su muerte esperada hacía todo más lento, hasta que ya en el suelo sufría el estertor salvaje ordenado por el director, pero tan cierto. Dármana se arrojó de su asiento en la escena final, quién sabe si asustada o preparándose para lo que iba a hacer, para los gritos físicos y rotos que empezó a proferir cuando Lucía se aproximaba a ella para recogerla y volver a sentarla en su sofá de siempre. Pero ahora la niña se retorcía en el suelo imitando nuestros propios sonidos de la noche pasada, cuando nos había sorprendido en el cuarto entregados a la vorágine de conocer nuestros dos cuerpos, la noche en que Lucía la había empujado hasta su cuarto, donde, según me contó luego, tuvo que abofetearla para que se tranquilizara. Dármana no había vuelto a ser la misma desde entonces, y ahora estaba explicándonos su cambio, ahora nos devolvía el desconocimiento dejándonos tan asombrados como nosotros a ella aquella noche, obligando a Lucía a volver a cogerla bruscamente del suelo forzando su silencio, sin poder atacarla o lastimarla porque aquello hubiera sido demasiado, pero terriblemente excitada y nerviosa zarandeando a Dármana, que insistía en sus gritos lascivos sin saberlo, persistiendo en sus actos repulsivos y ausentes, mientras Lucía no podía dejar de llorar y yo sentía la suciedad de todo aquello apartando los ojos hacia una pantalla donde sólo veía lluvia, oscuridad y polvo.
-Todo se está rompiendo.

Lucía hablaba desde la cocina. Dármana estaba ya en su cuarto, Lucía se habría encargado de todo, una mirada fría hacia la niña, una toalla que limpiara sus lágrimas, apagar el fuego y olvidar el té. Yo no quería mirarla, ni darle la razón y verlo todo roto, comprender que Lucía y yo no habíamos vuelto a dormir juntos, que Dármana había recuperado el movimiento gracias a la incesante rehabilitación pero había perdido el brillo de los ojos, que los tres teníamos la culpa de aquella inmensidad que ya nos superaba, que éramos los tres solos en la Aldea del Atlas.

Desde la noche de la incursión de Dármana, del cuerpo de Lucía, quedaban pocas cosas con sentido. Lucía y yo queríamos mantener aquella residencia aunque ya sólo quedara Dármana, aunque no nos quisiéramos, aunque la niña estuviera creciendo y cada vez fuese más duro pagar los alquileres, ocuparnos de ella o soportarnos.
-Todo se está rompiendo, ¿me oyes?

En un principio pareció viable, pero Lucía cada día se preocupaba menos, ni siquiera cuidaba de su cuerpo y el lazo de su pelo no variaba, cada vez más aquella residencia nos arrancaba un trozo de futuro y nos arrojaba la aspereza de Dármana, la incapacidad de Dármana, limpiar a Dármana y darle de comer y atenderla cuando ni siquiera podíamos atender de nosotros. La niña lloraba desde su habitación, era imposible no oírla. Lucía se sentó a mi lado, en el sillón.
-Si hubiéramos sabido que...

La cogí de la mano. Sin mirarle a la cara, arrastrándola apenas porque ella no tenía casi fuerza, recogí la chaqueta y en silencio me dirigí a la puerta. En el salón quedaban varias tazas, un cenicero lleno, dos facturas. El cuarto de Lucía había quedado vacío desde lo de su hermana. Yo había tenido que vender mis cosas para pagar el último alquiler del edificio. Sólo Dármana habitaba la casa. Abrí la puerta y salí yo primero, agarrando más fuerte la mano de Lucía.


V.

-Ahora ya sólo somos dos.
Lucía no decía nada, no podía decir nada. La carretera bajaba las montañas hacia la pista principal, la salida del pueblo, el adiós. Conducía deprisa, nadie iba a echar en falta el coche de la organización, conducía deprisa con la mirada al frente.
-Actuamos diferente, tú y yo.
-Tú no actúas, Lucía. Tú hubieras seguido en la Aldea con ese lazo sucio en el pelo y dividida aún más entre Dármana y yo, entre tú y las montañas. Aquello era mentira.
-Sí, pero entiéndeme como yo no te entiendo. Dejar la casa y olvidarlo todo podría ser posible, pero salir así, no recoger, dejar a Dármana. Dejar a Dármana.
-Puedes volver si quieres. Pero sabes que allí no queda nada, sabes que la niña estaba acabando con nosotros.
-Pero es que estamos yéndonos, se ha quedado allí sola.

Las frases no eran más que una repetición apresurada, tratábamos de explicar la huida repitiendo conceptos conocidos. Claro que estábamos marchándonos, que la niña se había quedado sola, y qué.
-Dármana...
-Lucía, cállate.

Aún no habíamos salido de la carretera secundaria que llegaba hasta la residencia. Lucía no entendía, sé que estaba intranquila y no podía saber lo que estaba pasando. Yo tampoco estaba muy seguro, pero la vida empezaba fuera de esas montañas, daba igual si íbamos a estar juntos o al llegar a la ciudad dos besos zanjarían el pasado; había que ocultar tantas cosas, olvidarse de Laimon y de Silvia, de la Comunidad, de Dármana. Sobre todo de Dármana.
-Está bien.

Y de pronto sentí la brisa a través de la ventana abierta, noté la carretera consumiéndose, y sonreí pensando en el ahora, en lo que nos quedaba por vivir después de superar el miedo raro de aquella residencia, la soledad de todo, los retrasos de aquellos niños tan ajenos. Miré a Lucía por primera vez desde que habíamos salido de la casa, y allí, en el asiento marrón del viejo coche, callada y blanquecina, no me pareció ya tan desolada, ni tan fea, quise decirle que podíamos acabar aquello juntos, ahora que tantas cosas nos unían, quise pedirle que lo olvidara todo y que volviéramos a compartir un té pero esta vez en casa, una casa de veras, sin inquilinos incompletos, sin aldeas ni ayudas ni voluntades falsas. Iba a hablar cuando ella me miró, y me sorprendió verla sonriendo cuando yo esperaba alguna frase sorda, otro reproche o más silencio. Yo sonreí también y callé para poder besarla, acerqué mi cabeza para darle ese beso que hubiera sido cierto de no ser porque el coche estaba tropezando con el primer arcén, el volante se desprendía de mis manos olvidadas de él y los frenos saltaban con el ruido del metal que se estrella contra un muro de piedra. Luego sólo recuerdo el fuego, la presión de mi asiento y el dolor frío y seco de la espalda, que se perdía en una posición retorcida que colocaba mi cabeza frente a la de Lucía. Su cara estaba ya quemada. Yo no podía moverme ni evitar enfrentarme a su rostro vacío, aunque logré cerrar los ojos cuando adiviné los hierros de la puerta horadando su abdomen. Con su muerte y este dolor cansado acababa la vaga tranquilidad futura y yo me daba cuenta de que la residencia no quería dejarnos, de que su profecía aún era inagotable, y así con el tiempo me voy acostumbrando a este nuevo proceso que me hunde en una cama estrecha pero cómoda, voy comprendiendo poco a poco los mecanismos de la inmovilidad y asumo mi paraplejia crónica desde este cuarto donde veo a Dármana ya claramente recuperada. Ahora que sólo somos definitivamente dos en todo el edificio, la niña me ha contado con sus signos y ruidos que fue ella la que me recogió del amasijo de metales que dejó nuestro coche entre las rocas, que nos había seguido cuando Lucía y yo la abandonamos en la residencia porque sabía que no quería estar sola y prefería seguirnos aun sin saber a dónde. Mientras me prepara el té que yo ya no puedo preparar, la imagino sacándome del hueco del asiento donde mi espalda se rompía, y la veo cargando con mi cuerpo asumiendo sus nuevas aptitudes motrices hace poco adquiridas, esas que le han permitido arrastrarme hasta aquí, postrarme en esta cama, escribir estas letras que le dicto que no son más que mi recuerdo de ella, el repaso de Dármana que me trae el té y vuelve para seguir escribiendo. Aunque no entiende del todo las palabras, sonríe cada vez que oye su nombre.

 

© Gozalo Escarpa.


   
gonzalo escarpa (España, 1977) Poeta nacido en Madrid. Licenciado en Filología Hispánica. Ha recibido diversos premios de poesía y relato corto. Colabora con varias revistas de creación literaria y forma parte del consejo editorial de Librolí Libros. Actualmente dirige la revista digital de creación literaria fósforo, y es cofundador del Grupo de Acciones Imaginarias. Es autor de los poemarios: Los brazos de un abrazo, Tetraplejias, Escapa y Amor en el colmado o colmado de amor. Sitio web: Imperio Escarpa