fernando y sus terrores

 

w.c.

ERA LA PRIMERA gasolinera en varios kilómetros y suspiré agradecido porque los intestinos se me disolvían entre retortijones. Un hombre sin párpados me señaló un corredor devorado por la penumbra y hacía allí caminé de baldosa en baldosa, como un equilibrista que no quiere que el público descubra que lleva las mallas descosidas. En el baño no había espejo ni luz, y el chapoteo de mis pasos delataba dos dedos o tres de un líquido sin nombre. El primer kleenex lo gasté limpiando a ciegas la rueda. Al darme la vuelta pateé algo así como un casco de moto y me senté sujetándome los pantalones para que no se empaparan.

La sensación de alivio y beatitud sólo duró unos segundos porque alguien cerró la puerta con llave desde afuera. Pensé en mi coche y en el ordenador portátil que estaba en el asiento trasero. Pensé en el hombre sin párpados con mis corbatas de seda. En todo eso pensaba cuando un maullido líquido brotó de las entrañas del alcantarillado.

Sentado en el retrete percibí que algo veloz y delirante subía por las tuberías. Sus uñas crepitaban metálicas y los sorbos de la criatura eran tan intensos como el chasquido de sus mandíbulas. El segundo kleenex se me cayó en aquel charco espeso. Me incorporé hacia la puerta sin soltar mis pantalones cuando algo salió del guáter con la potencia de las focas de los circos rusos. Caí de bruces al suelo.

La conciencia del asco era más fuerte que los mordiscos. Con el tercer kleenex me limpié la boca. El casco de moto tenía dos cuencas vacías.


la cueva

CUANDO ERA NIÑO me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.

He oído que mamá ha muerto.


el bibliófilo

DURANTE EL VELORIO del decano me dediqué a curiosear por sus estanterías. Aquel hombre tenía maravillas, ediciones agotadas y curiosas, libros que jamás poseería. ¿Qué haría la viuda con su biblioteca? Donarla, venderla o tirarla. Seguro. Por eso aguardé al momento preciso para embolsarme un volumen de su valiosa colección de crónicas de Indias.

Aquella noche no pude dormir y desperté sudando y sobrecogido. El decano estaba sentado a los pies de mi cama, mirándome con angustia y ferocidad. A primera hora de la mañana quise ir a su casa para devolver el libro, pero era el entierro y no tuve más remedio que enfrentarme a su espectro una noche más. Me desperté cubierto de polvo y tenía los labios azules.

Ojeroso, demacrado y lívido, corrí al día siguiente a su vieja casona. La viuda también tenía mala cara, pero cuando le dije que venía a entregarle un libro que su marido me había prestado, una luz de enloquecida maldad reverberó en sus ojeras: «Ese es su problema, joven». Y me cerró la puerta.

Su traje parecía cubierto de polvo y tenía los labios azules.


ya no quiero a mi hermano

«CARLITOS ESTÁ AQUÍ», dijo la médium con su voz de drácula, y de pronto se transformó y puso cara de buena. Entonces mamá le hizo muchas preguntas y el espíritu respondía a través de la señora. Seguro que era Carlitos porque sabía dónde estaba el robot y cuántas monedas había en su alcancía, dijo cuál era su postre favorito y también los nombres de sus amigos.

Cuando la médium nos miró haciendo las muecas de Carlitos papá empezó a llorar y mamá le pidió por favor, por favor que no se fuera. Las luces se apagaban y encendían, los cuadros se caían de las paredes y los vasos temblaban sobre la mesa. Me acuerdo que la señora se desmayó y que una luz atravesó a mamá como en las películas. «Carlitos está aquí», dijo con cara de felicidad.

Desde entonces hemos vuelto a compartir el cuarto y los juguetes, el ordenador y la Play-Station, pero la bicicleta no. Mamá quiere que sea bueno con Carlitos aunque me dé miedo. No me gusta su voz de drácula. Y además huele a vieja.


las manos de la fundadora

QUÉ MIEDO ME daba besar el hábito de la madre fundadora cada vez que las monjas nos arrastraban hasta la capilla del colegio para ver su cuerpo incorrupto. No me gustaban ni su cara de momia ni sus manos verdosas como bizcochuelos podridos. Aunque lo peor era esa Virgen adornada con el pelo de la madre fundadora, blanco y erizado como la telaraña de una tarántula.

Un día las monjas me encerraron en la capilla por mentirosa, amenazándome con la cachetada de la fundadora. Ellas creen que vomité de susto, pero tenía que impedir que me pegara. La mano izquierda sabía mejor.


© Fernando Iwasaki


   
fernando iwasaki (Perú, 1961) Realizó sus estudios de Licenciatura y Maestría en la Universidad Católica del Perú. Ha sido profesor de Historia en diversas universidades del Perú y España. Es autor de una docena de títulos como la novela Libro de mal amor, el ensayo literario El Descubrimiento de España, las crónicas reunidas El sentimiento trágico de la Liga y de los libros de relatos Tres noches de corbatas, A Troya, Helena e Inquisiciones peruanas. Recientemente publicó la colección de cuentos Un milagro informal. Reside en Sevilla donde dirige la revista literaria Renacimiento. Es columnista del diario ABC y director de la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco. Sitio web: www.fernandoiwasaki.com